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martes, 2 de junio de 2026

No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

 


No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

A veces nos gustaría estar como en una burbuja; sí, en cierto modo como aislados para no contagiarnos, como cuando la pandemia que teníamos que vivir evitando contactos y evitando contagios, por eso nos impusieron un confinamiento. Y no se trata ahora de enfermedades o pandemias que nos pueden contagiar, sino que mirando el estado de nuestra sociedad nos sentimos envueltos por tantas cosas, tantas contradicciones por una parte, pero también con ese nuevo estilo y sentido de sociedad que se está imponiendo, donde se van perdiendo tantas valores, donde tantas cosas que no consideramos rectas ni justas algunas veces tratan de imponérnoslas como si eso fuera el sentido de la vida, con tantas cosas que van corrompiendo las conciencias hasta llegar a una pérdida de un sentido ético o de una moralidad.

¿A dónde nos lleva esta sociedad? Y ¿qué hacemos? ¿Qué estamos pintando en medio de todo eso quienes queremos tener unos principios, quienes queremos mantener nuestros valores cristianos porque pensamos que son los que dan verdadera humanidad a la vida? Por eso, como decía, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos en una burbuja?

No es fácil. Es la realidad de nuestro mundo y es ahí donde tenemos que estar. No podemos hacer dejación de nuestros valores ni de nuestros principios; es más, nos sentimos más obligados a dar el testimonio de nuestros valores, porque es ahí donde tenemos que sembrar el evangelio.

No podemos desentendernos de los problemas que vive nuestra sociedad, y precisamente toda esa confusión es un grave problema, pero ahí en medio tenemos que ser luz, aunque las tinieblas la rechacen muchas veces. Nos gustaría, como decíamos, crearnos una burbuja para vivir nosotros tranquilos, pero somos semilla sembrada en esa tierra aunque esté llena de pedruscos o de zarzales; tenemos que cultivar esa tierra para que acoja la semilla y no nos podemos desentender.  Pero eso nos obliga más a la integridad de nuestra vida; eso nos obliga más a que tenemos que ser buenos ciudadanos y desde nuestros valores seguimos sembrando nuestra semilla. A ese mundo nos ha enviado Jesús con la fuerza de su Espíritu como hemos venido reflexionando.

Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo tratan de enrollar a Jesús con preguntas capciosas. Era complejo el mundo judío en aquellos momentos en que además vivían bajo el sometimiento a Roma, y donde se habían ido introduciendo desde generaciones anteriores nuevas costumbres y nuevas prácticas en la vida de la sociedad, recibiendo muchas influencias del mundo exterior.

Por allí andaban inquietos con eso de tener que pagar los impuestos al emperador de Roma y por ahí vienen las preguntas que ahora le hacen a Jesús. Y viene a decirles Jesús que como ciudadanos tienen unas obligaciones y unas leyes que cumplir. Por eso ante la pregunta que le hacen en medio de sus adulaciones diciendo que Jesús era una persona sincera y leal, Jesús les pide le enseñen la moneda, que la efigie que llevaba era la del César. Por eso les dice al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios.

Lo que es de Dios nunca tiene que perder su preponderancia en nuestra vida, si verdaderamente nos sentimos creyentes, por eso nos mantenemos en nuestros principios y en nuestros valores, por eso tenemos que cuidar nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio también en ese ambiente en que se ha perdido el sentido espiritual de la vida. ¿Dónde estamos, pues, los cristianos? Cuidado no nos dejemos envolver por ese ambiente tan poco espiritual que nos rodea y no seamos valientes para dar el testimonio claro de nuestra fe que tenemos que dar. Desde esa fe que nos compromete y nos compromete con nuestro mundo a ser los mejores ciudadanos.

lunes, 1 de junio de 2026

Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

 


Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

2Pedro 1,1-7; Salmo 90;  Marcos 12,1-12

¿Nos sentiremos tan dueños de lo que tenemos entre manos que llegamos a pensar que podemos hacer con ello lo que nos apetezca? Dicen que cada uno hace de su capa un sayo, pero no es tan simple cuando consideramos el valor de lo que tenemos entre manos, la responsabilidad que tengamos ante ello o el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida; queremos ser tan autónomos y autosuficientes que de nada ni de nadie queremos depender y quizás hasta podemos olvidar el sentido de la vida misma o del engranaje del que formamos parte en el conjunto de la vida y de la sociedad que nos tiene que hacer ver las consecuencias de nuestros actos para ese conjunto de la vida o de la sociedad de la que formamos parte. No podemos ir de egoístas, autosuficientes e insolidarios por la vida, porque así hemos perdido el sentido de la vida misma.

Habla Jesús en esta parábola, y ya nos comenta el evangelista que en esta ocasión hablaba a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, haciendo referencia a los que eran los dirigentes de la sociedad de entonces, y habla del hombre que plantó una viña, la dotó de todo lo necesario, una cerca, un lagar, una torre de vigilancia, y la arrendó a unos labradores para que la trabajaran y le rindieran sus frutos.

Vemos por una parte la intencionalidad de Jesús al señalarnos el evangelista a los dirigentes de entonces que tenían una responsabilidad en aquella sociedad; habla de la generosidad al preparar la viña con todo lo necesario, pero por supuesto para percibir sus frutos. Aquí tenemos, pues, los puntos de referencia para comprender su sentido. ¿Hasta dónde llegaría la responsabilidad de aquellos labradores? Aquellos dirigentes por los que Jesús hablaba se estaban viendo señalados, como luego veremos que hasta querrán quitarse de en medio a Jesús. Siempre hemos interpretado esta parábola como un resumen de lo que ha sido la historia de Israel pero sobre todo con ese aspecto de quienes se sentían dueños y manipuladores de la religiosidad y de la fe del pueblo judío no aceptando o rechazando los enviados de Dios para mantener su poder de influencia en la vida del pueblo judío.

Pero mucho podemos sacar en consecuencia para nuestra vida hoy y la respuesta que hoy damos. A muchos aspectos nos podría llevar a la reflexión. Cuanto somos y cuanto hemos recibido en la vida, ¿a qué nos obliga? Primero que nada, tendríamos que decir, un reconocimiento del don de Dios. Sí, es mi vida, son mis dones, son mis cualidades y valores, pero, ¿los tenemos por nosotros mismos? Esa viña de nuestra vida está llamada a dar unos frutos, ¿nos sentiremos dueños por nosotros mismos para hacer de mi capa un sayo, como antes decíamos? ¿Qué hemos hecho del evangelio de Jesús y cómo está siendo en verdad el criterio de los valores que hemos de buscar y con los que hemos de enriquecer nuestra vida?

También hacemos nuestras interpretaciones cuando llega la hora de la verdad y tenemos que aplicarlo a las diversas situaciones de nuestra vida. Queremos suavizar, queremos hacer rebajas, queremos quedarnos en los mínimos, queremos hacer nuestras combinaciones para quizás no tener que arrancar tantos apegos que seguimos llevando en el corazón, queremos justificarnos para no ser tan radicales como nos lo plantea Jesús y queremos ir haciendo arreglitos por acá o por allá.

Al final seremos la higuera con mucho ramaje y con pocos frutos. ¿Nos creeremos tan dueños de la higuera o de la viña que nos creemos que cuantos somos o hacemos es solo una riqueza personal? Como nos decía el apóstol Pedro ‘crezca en nosotros la gracia y la paz por el conocimiento de Dios y Salvador Jesucristo…’ por eso continuaba diciéndonos que ‘es necesario saber de Jesucristo, familiarizarnos con su Evangelio’. ¿Será eso algo primordial en nuestra vida?


viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?


miércoles, 22 de octubre de 2025

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

 


Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48

Que nos digan la hora exacta en que va a llegar y nosotros estaremos allí, mientras tanto podemos estar aprovechando el tiempo en otras cosas, quizás le digamos a quien nos convoca para algo determinado, para que esperemos a alguien que ha de venir; queremos aprovechar hasta el último minuto en nuestras cosas, porque si nos dicen esa hora exacta, pensamos, que vamos a estar perdiendo el tiempo en la espera. Así somos apurados y exigentes en tantas ocasiones, y digo apurados, porque queremos apurar hasta el último minuto en lo que estamos. Si sabemos la hora para ese momento prepararemos todo, aunque como suele suceder cuando dejamos las cosas para última hora que algo sale mal, algo se nos olvida, o algo importante no tenemos preparado a tiempo.

Claro que a quien esperamos, según el evangelio que hoy se nos propone, no nos dice la hora de llegada, porque lo importante no es hacer haciendo arreglos a última hora para quedar bien, sino de lo que se trata es de una vida, toda ella, que hemos de vivir en rectitud, a la que tenemos que darle su sentido y su valor. Así andamos con nuestra vida espiritual, así andamos en la recepción de los sacramentos, así andamos en lo de vivir en verdad nuestro compromiso cristiano; ya tendremos tiempo nos decimos tantas veces, y ahora seguimos con nuestras rutinas, seguimos con nuestros desórdenes porque tantas veces nos falta esa necesaria congruencia en nuestra vida, andamos con nuestra falta de compromiso porque siempre decimos que no tenemos tiempo, que ya volverá otra ocasión, otra oportunidad. ¿Volveremos a tener la oportunidad que ahora tenemos? ¿Por qué tanto dejarlo para más adelante?

Nos falta seriedad en la toma de decisiones, nos falta seriedad en los planteamientos que hemos de hacernos en referencia a lo de vivir nuestra vida cristiana, seguimos andando con muchos remiendos, pero no somos capaces de tomar el paño nuevo que nos haga esa vestidura nueva, como tantas veces nos dice Jesús en el evangelio; seamos capaces de reconocerlo, pero andamos con demasiadas hipocresías en nuestra vida, lo de las dos caras, andamos con la vida dividida, en unos momentos o en unas situaciones queremos aparentar que somos muy cristianos, poniendo una fachada por delante, pero por detrás andan nuestros desórdenes, andan nuestras actitudes y posturas poco claras, seguimos con nuestras cositas aguantando mientras podamos pero nos dominan las pasiones, las viejas costumbres, las rutinas y no sabemos mostrarnos con la suficiente entereza.

Hoy Jesús nos está hablando que nos han nombrado administradores y tenemos una tarea que realizar, que entraña también el trato que tengamos con los que están a nuestro lado; Jesús nos dice de aquel administrador que no era justo con sus compañeros empleados, a los que sintiéndose dueño en ausencia del amo trataba mal y de forma injusta. ¿Así nos sentiremos nosotros tan dueños de la vida que pretendemos hacer lo que nos parece olvidándonos de la rectitud que tendría que brillar en nosotros?

‘Estad preparados, nos dice Jesús, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’. Y nos dice que es necesario que nos encuentre en vela; y estar en vela no es solo estar despierto haciendo lo que nos parece, sino estar con esa responsabilidad en la vida donde tiene que prevalecer en nosotros el espíritu de servicio.

Aquí tendríamos que analizar muy bien todo lo que significa ese estar en vela, en nuestra vida y en nuestras responsabilidades, en lo que es nuestro crecimiento humano y espiritual en el cultivo de esos valores que aprendemos en el evangelio, en el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia con la misión que hayamos asumido, pero también en lo que podemos aportar a nuestra sociedad con nuestro compromiso, con nuestra implicación en todo lo que sea el bien de esa sociedad a la que pertenecemos.


martes, 21 de octubre de 2025

Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

 


Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Salmo 39; Lucas 12, 35-38

No todos entendemos quizás el vivir de la misma manera. Muchos parece que simplemente se dejan vegetar, o sea, respiran, caminan, el corazón mantiene su ritmo de pulsaciones, simplemente van dejando pasar lo que sucede delante de sus ojos, pero como una película de la que no nos sentimos actores; muchos que se dejan arrastrar por lo que salga, pasivamente van respondiendo quizás a unos estímulos o impulsos que les de la vida misma o los acontecimientos pero por si mismos parece que nada tienen que ofrecer; quienes se dejan arrastrar por lo que dicen o hacen los demás pero parece que no tienen opinión propia, reaccionan según las influencias que reciban pero además a tono con esas influencias sin enriquecer nada porque no ponen nada de su parte.

Pero hay quienes quieren construir su vida, no simplemente dejarse arrastrar ni influir, sino que provocarán iniciativas, ideas, planteamientos, pero además quieren darle sabor a su vida poniendo emoción pero poniendo sobre todo el vigor del amor, que los hace creadores, revolucionarios incluso, pero que no se quedan solo a ras de la tierra, aunque pisan con fuerza el suelo sobre el que caminamos, pero se elevan dando una trascendencia a su vida, a lo que hacen, que va más allá del tiempo presente o de un futuro inmediato porque tienen visiones de eternidad.

La vida no puede ser pasiva aunque estemos llenos de esperanza; la vida tiene que ser constructiva porque ahí está todo lo que cada uno puede aportar; pero en la vida tenemos que estar con los ojos abiertos porque también vivimos en una interrelación y hemos de estar atentos a lo vamos poniendo para hacerlo siempre con sentido, pero abiertos también a lo que sucede a nuestro alrededor, como también a cuanto llega a nosotros que siempre nos enriquecerá.

Pero en esta trascendencia espiritual que los creyentes, los cristianos que seguimos a Jesús, queremos darle a nuestra existencia vivimos en la esperanza de la llegada del Señor a nuestra vida; y no pensamos solamente en el momento final de nuestra existencia – en el que también tendremos que pensar – sino en el hoy de nuestra vida donde Dios llega a nosotros y se nos manifiesta, podríamos decir, de mil maneras.

Es el Señor que con la fuerza de su Espíritu viene a actuar en nosotros inspirándonos todo lo bueno que hemos de realizar, hablándonos al corazón allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que hemos de estar sintonizados en esa onda especial de Dios; es el Espíritu de Dios que está nosotros fortaleciéndonos en ese camino y haciéndonos sentir su gracia y su fuerza para vernos liberados del mal. ¿No nos ha enseñado Jesús a orar pidiendo que nos veamos liberados del mal y no caigamos en la tentación? Pero aunque lo decimos con mucha prontitud y fidelidad cuando rezamos el padrenuestro luego no estamos atentos y vigilantes cuando nos pueda venir la tentación, para poder superarla con esa fuerza del Espíritu de Dios que está en nosotros.

Hoy nos está hablando Jesús de esa necesaria vigilancia que tendría que haber en nuestra vida, porque la esperanza no es quedarnos con los brazos cruzados y medios dormidos esperando pasivamente lo que nos pueda venir o suceder. El que espera y porque lo hace ya predispuesto con esa seguridad que le va a dar esa esperanza, estará vigilante, estará atento para sentir la señal, para dar respuesta, para ese nuevo actuar.

Y el que está vigilante a causa de eso que espera no se mete en la boca del lobo, sino que si sabe que el lobo está cerca – y la tentación nos acecha en todo momento y por toda partes por donde menos lo esperamos – vigilará para no acercarse allí donde sabe que está el peligro; quien padece de vértigo evita ponerse frente a un abismo porque sabe que en esas circunstancias va a sentir con mas fuerza ese episodio del vértigo. ¿Estaremos haciendo eso en nuestra vida?

‘Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…’

sábado, 30 de agosto de 2025

No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

 


No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

1Tesalonicenses 4, 9-11; Salmo 97; Mateo 25, 14-30

No todos somos iguales ni tenemos que ser iguales, porque seríamos como una estampa repetida. Es la variedad y al mismo tiempo la riqueza de la vida. Cada uno con nuestros valores y nuestras cualidades y así mutuamente nos enriquecemos y enriquecemos la vida. El desarrollo de cada uno no es querer ser igual al otro, es hacer que eso que yo soy se enriquezca y llegue a su plenitud; no es copiar ni simplemente imitar, aunque lo que veamos en los demás nos estimule, nos impulse a ser nosotros mismos, no una copia, no una repetición; no es sentirnos clonados de los demás sino alcanzar la plenitud de mi propio ser, en lo que soy y en lo que valgo por mi mismo. Esa variedad será, como decíamos, la riqueza de la vida, la riqueza del mundo en el que vivimos.

En esto me hace pensar la parábola que nos propone hoy el evangelio. El rey que al marchar de viaje confía sus bienes a sus servidores, dando a cada uno según su capacidad, como incluso nos dice la parábola. Cada uno según su capacidad ha de negociar aquellos talentos que se les han confiado, un día han de rendir cuentas. Pero como nos dice la parábola uno no fue capaz de negociar nada, le parecía tan poca cosa lo que había recibido que simplemente optó por no perderla. Así se presentó ante su señor a la hora de rendir cuentas, y reconoce que no ha hecho nada, no había sido capaz de realizar la función que le habían encomendado, porque aquellos les fueron confiados para que les sacaran rendimiento. No era solo cuestión de guardarlos.

Creo que nos puede ayudar a reflexionar sobre muchas cosas, empezando por la valoración que hemos de hacer de nosotros mismos, sin comparaciones y sin envidias, reconociendo lo que somos y valemos aunque nos creamos pequeños, pero aunque pequeños tenemos nuestra función, tenemos nuestro lugar, tenemos nuestra responsabilidad de la que no nos podemos escaquear. Y aquello que somos o que tenemos hemos de saberlo cultivar. 

No nos valen las falsas humildades, no nos valen los recelos ante lo que los demás tienen, han recibido o han conseguido con su esfuerzo y su trabajo. Nos entretenemos mirando a los demás y no nos miramos a nosotros mismos, no somos capaces de ponernos a trabajar en lo nuestro para obtener su fruto.

Ya nos decía san Pablo hoy en la carta a los tesalonicenses que no dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y alejando de nosotros toda clase de agobios para mantener siempre la paz. Las comparaciones, las envidias y las desconfianzas nos paralizan, no nos dejan pensar ni en lo que nosotros somos por nosotros mismos y menos nos ayudarán a desarrollar con responsabilidad nuestra tarea. 

No podemos estar pensando que los talentos de los otros son más valiosos o importantes. Nadie es más importante que los demás, todos tenemos el mismo valor y la misma dignidad y así  no hemos de temer presentarnos ante los demás, no haciendo alardes ni poniéndonos condecoración, con la verdad de lo que somos, pero también con la humildad de los que queremos poner nuestro grano de arena y queremos caminar con los demás. La hondonada de la pereza en la que caemos nos hará olvidarnos o dejar de lado lo que son nuestras propias responsabilidades.

Se nos está ofreciendo, con este texto de la Palabra de Dios hoy, un momento propicio para examinar nuestra vida y reconocer nuestros valores, pero un momento también para ver hasta donde hemos cultivado nuestra vida, hasta donde hemos hecho crecer nuestra vida y lo que somos, hasta donde somos conscientes también que nuestros valores enriquecen a los demás, estamos haciendo florecer ese jardín de la vida donde todos podamos sentirnos de forma más agradable porque estaremos construyendo y haciendo florecer ese hermoso jardín de la vida. 

Que resplandezcan en consecuencia esos valores del Reino de Dios, que tiene que ser nuestra tarea y compromiso desde la escucha y el seguimiento de Jesús.

jueves, 28 de agosto de 2025

La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

 


La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

1Tesalonicenses 3, 7-13; Salmo 89; Mateo 24, 42-51

Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en los artículos del Credo. ‘Está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Hoy el Evangelio nos habla de estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora, como el ladrón que puede llegar a nuestra casa y hemos de estar atentos y vigilantes. Pero la venida del Señor no es la venida de un ladrón – es una imagen para indicarnos lo imprevisible – porque la venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en ese amor, en sintonía con ese amor.

Pero esa venida del Señor de la que Jesús nos habla hoy no es solo referencia a los últimos tiempos a esa venida final con gran poder y majestad como nos dirá en otro momento del Evangelio. Es en el aquí y en el ahora donde tenemos que estar atentos y vigilantes porque el Señor viene a nuestra vida, y nos llega en los acontecimientos, pero nos en ese encuentro con los demás que día a día vamos viviendo, son gracias del Señor, son regalo de Dios que no podemos desechar de cualquier manera, sino que con gozo hemos de saberlo recibir.

Una actitud de vigilancia que nos hará vivir la vida de manera distinta, porque sabemos que todo momento es importante, todo momento tiene su trascendencia y no podemos dormirnos, no podemos vivir de cualquier manera, a cada acto que realicemos hemos de darle su importancia, cada paso que demos ha de ser una búsqueda de lo mejor, cada momento hemos de vivirlo con total responsabilidad, sea cual sea la labor que realicemos o el estatus o situación que vivamos. El vigilante que se duerme no se dará cuenta de quien pasa ante él, y puede dejar escapar grandes ocasiones, podrá suceder que la vida le sorprenda con sus imprevistos y tenemos que saber dar respuesta a cada situación. Y eso no lo podemos hacer de cualquier manera.

Hoy nos habla Jesús de la responsabilidad del administrador que tiene que cuidar cualquier situación que se presente en la responsabilidad que tiene entre sus manos. Cuidará de la casa y los bienes que tiene encomendados, pero ha de cuidar también esas personas que están a su cargo. Somos los administradores de nuestra vida, esa vida que Dios nos ha regalado – toda vida viene de Dios y es un don de Dios – y que nosotros hemos de cuidar, que no es solo mantenerla de forma pasiva, sino que con esos dones y cualidades de los que Dios nos ha dotado tenemos que saber desarrollar, saber hacer crecer, sea el momento o la situación que sea y que estemos viviendo. Nunca podemos darlo por ganado todo ya, sino que siempre tenemos la posibilidad de crecer, pero también de ayudar a crecer a quienes están a nuestro lado o a nuestro encargo.

Responsabilidad de la vida, de tu vida, pero también de los que están en tu entorno, de todos aquellos que forman parte también de tu vida. ¿Serán los padres con sus hijos? ¿Serán los esposos entre sí? ¿Serán los miembros de la familiar ayudándose mutuamente los unos a los otros? ¿Será esa sociedad en la que vivimos de la que todos tenemos que sentirnos responsables y cada uno aportar su granito de arena? No nos podemos sentir ajenos los unos a los otros.

Y en cada uno de esos momentos y situaciones en que nos encontramos con la vida saber sentir al Señor que viene a nosotros, estar atentos a esa venida de Dios que nos transformará a nosotros pero que también transformará nuestro mundo. Tenemos también que ser vehículo, signo de esa presencia de Dios en nuestro mundo, que también a través de nosotros va a llegar a los demás. ¿Nos podemos cruzar de brazos tan tranquilos como si no tuviéramos nada que hacer?

miércoles, 20 de agosto de 2025

Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

 


Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

Jueces 9,6-15; Salmo 20; Mateo 20, 1-16a

Yo ahora estoy de vacaciones, a mi ahora que no me molesten, que este tiempo es para mi y no pienso dar golpe, nos dirá uno; otro nos dirá que ya está jubilado, que bastante ha trabajado en la vida, y para que va a andar ahora con preocupaciones; otro nos hablará que tiene su ‘paguita’, que bastante le costó conseguirla – aunque tendríamos que ver con que artimañas – y que ya el trabajo no es para él; otros están soñando y contando el tiempo que le falta para la jubilación porque bien se merece un descanso con todo lo que ha trabajado en la vida. Así podríamos seguir fijándonos en tantos que han llegado a una situación en la vida en la que reina la pasividad, el dejarse arrastrar por los días, en un vacío del que al final incluso nos van a decir que qué vida más aburrida.

Y yo realmente me pregunto ¿qué sentido tiene una vida así? ¿Eso es realmente vivir y gozar de la vida? ¿No tenemos nada que aportar a la vida con nuestros años, con nuestra experiencia, con la riqueza de espíritu, sabiduría, que hayamos podido acumular en nuestro interior?

‘¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día?’ se pregunta aquel buen hombre que está buscando trabajadores para su viña. Es la parábola que hoy nos ofrece Jesús. No solo en la mañana al comienzo de la jornada, sino en diversas horas del día saldrá a la plaza y a los que va encontrando los va invitando a trabajar en su viña. Ya ha ajustado lo justo con los primeros contratados, aunque luego veremos realmente el pago que les ofrece a todos.

La parábola, es cierto, sugiere que aquellos que están en la plaza querían trabajar pero nadie les había contratado. Pero esa pregunta que hace aquel que va buscando trabajadores para su viña nos puede sugerir muchas más cosas; creo que nos puede estar planteando ese sentido que le damos a la vida y a nuestro trabajo; lo veremos luego en la valoración que hará aquel buen hombre del trabajo de todos, aunque fueran a trabajar en distintas horas. Era algo más que una remutación económica, aunque es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos la vida, obtenemos unos medios para valernos y para tener una vida digna.

Pero el trabajo es mucho más. Estamos contribuyendo con nuestras posibilidades y capacidades a la vida de nuestro mundo. Podríamos decir quizás que no somos indispensables, pero sí que podemos pensar que ese grano de arena que yo estoy poniendo con mi trabajo, sea en lo que sea, o sea a la hora que sea de nuestra vida es importante para el bien de ese mundo en el que vivimos y vivimos interrelaciones los unos con los otros. De ahí cómo hemos de amar nuestro trabajo, cómo hemos de disfrutar con lo que hacemos, como sentimos el gozo que aquello que nosotros hacemos puede hacer felices a los demás. Hacemos una pelota, por ejemplo, y nos puede parecer insignificante, pero ¿habremos pensado en lo feliz que se a sentir un niño el día que juegue con esa pelota?

Nuestra vida en la pasividad no tiene sentido ni valor, no podemos andar dormidos por la vida porque decimos que ahora nos toca descansar, esa riqueza interior que hemos acumulado a través de nuestros años, nuestras luchas, nuestros logros, nuestras experiencias es algo que le debemos también a ese mundo que nos rodea y con ellos lo hemos de compartir.

¿Un denario va a ser el usufructo de lo que realicemos? En la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, es algo mucho más intenso porque es llenarnos del gozo de Dios.

domingo, 10 de agosto de 2025

Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza, es el signo de esperanza que tenemos que ser para los demás en la vida

 


Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza, es el signo de esperanza que tenemos que ser para los demás en la vida

Sabiduría 18, 6-9; Salmo 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19; Lucas 12, 32-48

Mira que eres confiado, nos habrá dicho alguien cuando nos ha visto esperando y esperando aunque no haya señales de llegada de quien estábamos esperando o no hay señales de que se realice aquello que quizás nos prometieron; nos pidieron quizás que guardáramos algo que teníamos que entregar a quien había de venir, y nosotros seguimos guardando y aguardando, porque cuidamos aquello que nos han confiado y mantenemos la tensión y la atención ante la llegada de quien nos prometieron.

Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza. Podría parecer que eso no son cosas que se lleven hoy, porque hemos perdido toda la confianza, porque ya no creemos en las promesas, porque pasamos de todo y ya no nos creemos nada de lo que nos anuncian o nos prometen; hay desencanto, porque hemos perdido la esperanza, porque hemos perdido la confianza, porque ya nos cuesta creer. Lo palpamos alrededor y podemos sentirnos también contagiados de esos cansancios y esas desesperanzas. Nos puede hacer perder el sentido y el valor de la vida, nos podemos por otra parte como que nos metemos en una coraza y ya no tenemos sensibilidad, ya no nos importa nada y vivimos la vida sin trascendencia.

Pero si decimos que es algo que palpamos en el mundo que nos rodea, en la manera de vivir de tantos en nuestro entorno - ¿Dónde han puesto muchos sus esperanzas? ¿Qué es lo que ahora andan buscando? Con cuantas cosas, cuantos sustitutivos queremos camuflar nuestras desesperanzas y perdida de sentido – pero sin embargo es una virtud y un valor fundamental para nosotros los cristianos. No es la frase socorrida que decimos muchas veces de que la esperanza es lo último que se pierde.  Esa esperanza que hemos de manifestar en nuestra vida es un signo de esa búsqueda y esa vivencia que queremos hacer del Reino de Dios. Es alimento de nuestra vida. Es sentido de nuestra vida.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando por otra parte nos está invitando a la vigilancia. Como el dueño de casa que no sabe a qué hora viene el ladrón, como las doncellas que esperan la llegada del novio para participar en el cortejo nupcial con sus lámparas encendidas, como el sirviente que espera la llegada de su amo para abrirle la puerta apenas llegue. Es la vigilancia de nuestra vida para vivirla en plenitud, también en el aquí y en el ahora. No solo pensamos en esa vigilancia porque nos puede llegar la hora de la muerte cuando menos pensemos y estemos dispuestos para presentarnos al juicio de Dios.

Es que eso lo prepararemos en ese día a día vigilante en nuestras tareas y responsabilidades, en ese trato humano que tengamos con los demás, en ese compromiso que todos tenemos de hacer que nuestro mundo sea mejor, en ese esfuerzo que hacemos cada día por superarnos y mejorar en nuestra vida, por crecer interiormente, por compartir lo que somos con los demás. ¿No nos ha hablado del administrador que tiene que repartir su ración a cada uno en su hora oportuna? Y si se descuida y no lo hace, si se aprovecha de su situación sintiéndose superior a los demás, si obra de una manera injusta, tendrá que dar cuentas. ¿No es lo que tenemos que hacer en nuestra vida de cada día? Somos administradores de esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos con todos sus dones y cualidades; tenemos que ser esos buenos administradores.

Y eso es una manifestación de nuestra confianza y nuestra esperanza. Porque sabemos que en esa tarea no estamos solos, que Dios es nuestra fortaleza, que El nos regala la luz de Espíritu para que podamos discernir lo bueno en cada momento. Aunque haya momentos oscuros, noches oscuras, sabemos siempre que el Señor está ahí. Su promesa no nos falla, su presencia y la fuerza de su Espíritu es permanente en nuestra vida. Confiamos, esperamos. Y seguimos realizando nuestra tarea, seguiremos afrontando las dificultades de la vida, no podemos dejar llenar nuestro corazón de angustia como si estuviéramos solos, porque con nosotros está el Señor, aunque a veces no lo veamos, pero si abrimos nuestro espíritu lo sentiremos en nuestro corazón.

Es el signo de esperanza que tenemos que ser en medio de los que nos rodean, para que de nuevo comencemos a confiar, de nuevo todos comencemos a poner nuestra mano en el arado para transformar de verdad nuestro mundo. La esperanza es nuestra fuerza y nos dará sentido a nuestra vida.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

 


Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

2Juan 4-9; Salmo 118; Lucas 17, 26-37

La vida no siempre es fácil, todos lo sabemos. Exige esfuerzo y deseos de superación, nos pide muchas veces estar en pie de lucha ante las dificultades que van apareciendo, muchas veces nos suceden cosas que nos lo pueden trastocar todo y quedarnos como con las manos vacías sin saber que hacer, pero siempre podemos encontrar el ánimo, la fuerza de voluntad, el apoyo que necesitamos en ese camino. Son las luchas y los trabajos de cada día, familia, responsabilidades, crecimiento personal, que muchas veces desde nosotros mismos nos encontramos con tropiezos, por nuestros cansancios y nuestra falta de constancia, por nuestras propias pasiones que en ocasiones nos hacen perder el sentido más profundo, por cuanto nos sucede a nuestro alrededor. Pero yo diría que no podemos sentirnos derrotados.

Tiene que aparecer toda la madurez de nuestra propia persona, para reflexionar y para discernir, para saber encontrar el camino y no perder la esperanza, para mantenernos fieles a nuestros valores y a nuestros principios, para sentir también que la mano de Dios está detrás de todo eso y quizás a través de esas mismas cosas que nos suceden El quiere hablarnos al corazón, como al mismo tiempo abrirnos a nuevos horizontes. Aquí tiene que aparecer el discernimiento de nuestra fe, para no confundirnos, para saber que siempre hay una luz, que no nos faltará el amor de Dios, aunque el camino nos parezca oscuro. En cañadas oscuras El nos conduce como rezamos en alguno de los salmos.

El evangelio de hoy nos puede parecer un tanto enigmático y difícil de comprender. Jesús está en el camino de su subida a Jerusalén para la pascua y sabe bien cuál es la pascua que allí ha de vivir. En su entorno aunque los discípulos más fieles están siempre con El, alguno fallará sin embargo, comienza también a notarse el rechazo de algunos principales y que más tarde en Jerusalén se hará bien patente. Las palabras de Jesús de alguna manera tienen este trasfondo.

En los próximos días también vamos a escuchar mucho que Jesús hablará de los tiempos finales, de los últimos tiempos, como también anunciará proféticamente lo que va a suceder en medio de su pueblo, aunque a la gente le cueste entender las palabras de Jesús. Pero ahí han quedado en el evangelio y son palabras iluminadoras en todos los tiempos en que siempre los cristianos o nos vamos a encontrar con momentos difíciles, o vivimos también en la expectación de los últimos días. Por eso las palabras de Jesús siguen siempre palabras que iluminan, palabras de esperanza para los hombres de todos los tiempos.

Hemos hablado de nuestras luchas y de lo difícil que se nos pone la vida de muchas maneras, pero también hemos insinuado la necesidad de que reflexionemos sobre la vida y cuanto nos sucede, y seamos capaces de hacer un discernimiento para encontrar lo que tiene que ser nuestro camino, nuestro camino precisamente iluminado por esa fe que ponemos en Jesús.

En todo momento de la vida tenemos que descubrir esa luz que no nos falta, porque Dios estará siempre con nosotros aunque tengamos que pasar por momentos negros en la vida. Cuanto sucede a nuestro alrededor nos ha de servir de lección, de toque de atención, de plantearnos que es lo que de verdad estamos haciendo que la vida, qué estamos haciendo nuestro mundo, qué respuesta tenemos que ir dando.

En nuestra tierra hemos pasado – sobre todo en aquellas regiones más afectadas aunque todos queremos sentirlo como algo que nos ha sucedido a nosotros, como algo nuestro – unos momentos difíciles donde ha aparecido la destrucción y la muerte. ¿Todo esto no nos tendría que hacer pensar? ¿Cuáles han de ser los verdaderos afanes que hemos de tener en la vida? ¿Qué estamos haciendo allí donde estamos, allí donde vivimos, allí donde ejercemos nuestras responsabilidades por hacer que nuestro mundo sea mejor?

En medio de tanto dolor y oscuridad siempre podemos encontrar una luz, como siempre tenemos que sentir una llamada del Señor. Se ha despertado la solidaridad de muchos, hemos roto esa cadena de insensibilidad en que a veces parece que caminamos en la vida, ha habido una respuesta hermosa en tantos y tantos que han sentido como propios los sufrimientos de esas personas y de tantos que de una forma o de otra se han movilizado para ayudar.

¿No tendría que hacernos pensar en que sería de otra manera como gestionáramos nuestro mundo? Incluso desde nuestra vida personal, allí donde estemos o con la responsabilidad que tengamos, ¿no nos daremos cuenta que quizás haya muchas cosas que tendríamos que cambiar en nosotros mismos, en nuestra manera de hacer las cosas o donde empleamos lo que somos y lo que tenemos? Pueden ser llamadas que Dios está haciendo a nuestro corazón.

martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


miércoles, 30 de octubre de 2024

Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

 


Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

Efesios 6,1-9; Salmo 144; Lucas 13,22-30

‘La guagua se espera en la parada, y la misa en el altar’, me decían cuando era chico. La guagua, para los que no son canarios, es nuestra forma de llamar al transporte público, los autobuses. Con ese dicho se nos estaba enseñando en que no podíamos dormirnos. No podíamos dejar pasar la guagua – claro que en aquellos tiempos el transporte publico era más escaso y su frecuencia era menor – porque era perder la oportunidad. Había que estar en el momento oportuno, había que estar en lo que se estaba haciendo, era una forma de actuar con responsabilidad, asumir lo que en verdad era la vida.

Algo así nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Hay que aprovechar este momento, porque puede que no se vuelva a repetir; hay que estar atentos, aunque eso cueste esfuerzo y sacrificio. Nos habla Jesús de puertas estrechas; quizás era una imagen muy oportuna en que las ciudades estaban rodeadas de murallas y tenían sus puertas de entrada. Según fuera el momento, según fuera lo que iba a entrar a aquella ciudad se utilizarían determinadas puertas; no todas tenían la misma grandiosidad y amplitud para que todo pudiera entrar; las puertas más habituales de entradas y salidas eran más pequeñas y estrechas; cualquier cosa no podía entrar por ellas, recordemos aquello que en otro momento Jesús nos hablará del ojo de la aguja por el que es difícil el paso de un camello cargado, aunque le sea más fácil que a un rico.

Cuando nos habla hoy Jesús de puerta estrecha no está queriéndonos decir que El nos pone dificultades; quiere hablarnos de nuestro esfuerzo, quiere hablarnos de esa atención que hemos de prestar, de esa vigilancia para no dejarnos dormir; y eso cuesta, como nos costará controlarnos para no dejarnos arrastrar por nuestra rutinas, para no dejarnos arrastrar por lo que sea una vida cómoda y llena de vanidades, para no dejarnos arrastrar por la tentación al egoísmo y la insolidaridad de solo pensar en mí mismo, para no dejarnos cautivar por nuestras ambiciones, afanes de grandeza o de los orgullos que nos quieren hacer subirnos a los pedestales. No es fácil ese control y ese dominio de nosotros mismos, no es fácil arrancarnos de esos apegos, nos cuesta limpiar el cristal con que miramos a los demás para que nuestra mirada sea más luminosa. Por eso nos habla Jesús de la puerta estrecha.

Si nos dejamos dormir se nos pasa la guagua, y luego querremos viajar pero ya no tenemos forma de hacerlo. Aquellos doncellas de las que nos hablará en otro momento en el evangelio no fueron previsoras para tener el aceite suficiente para que sus lámparas se mantuvieran encendidas y cuando quisieron entrar al banquete de bodas la puerta estaba cerrada, y ya no las reconocieron.

Hoy nos dice Jesús que no nos vale decir que en otro momento fuimos buenos, si no hemos mantenido esa perseverancia en nuestras vidas. Es que yo de pequeño fui monaguillo, dicen algunos, e iba a misa todos los días, pero ahora ya me olvidé de todo y hasta donde está la puerta de la Iglesia para entrar, porque hace tiempo que no entro. Es que yo antes colaboraba en muchas cosas, pero no supimos mantener ese espíritu de generosidad y desprendimiento y ahora solo me preocupan mis ganancias o mis placeres. Cuántos ejemplos podríamos poner en este sentido.

Nos dice Jesús. ‘Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes…’

Y termina diciéndonos Jesús: ‘Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’. Se nos adelantarán otros en el Reino de Dios. Por eso, vigilancia, pero junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, para que haya ese desprendimiento y generosidad en mi vida, fidelidad.

 

martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.