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sábado, 11 de octubre de 2025

Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

Joel 4,12-21; Salmo 96; Lucas 11,27-28

Una alabanza siempre es agradable; no es que la busquemos, pero el reconocimiento de lo bueno siempre puede ser un estímulo. Puede ser una señal de gratitud por parte de aquellos que se sienten beneficiados con lo bueno que reciben; es de nobleza de corazón el reconocerlo. Pero sin que esos reconocimientos y homenajes se conviertan en una razón para que hagamos las cosas bien, una palabra agradable que reconozca lo bueno que se hace se puede convertir en un estimulo interior para seguir haciendo lo bueno. Claro que sabremos actuar rectamente y hasta con generosidad aunque no recibamos esos reconocimientos, sin que nos rindan homenajes y canten alabanzas en nuestro honor. El bien que hacemos es nuestra más honda satisfacción.

Pero no se trata solamente de la satisfacción y el estimulo que sentimos en nuestro interior cuando hablan bien de nosotros, sino que por una parte hemos de sentir eso mismo en las alabanzas que prodiguen a los demás por lo bueno que realizan, y lejos de nosotros ha de estar todo atisbo de envidia o de celos porque a ellos se lo reconocen aunque de nosotros no digan nada – necesitamos también muchas veces esa cura de humildad para evitar orgullos y vanaglorias propias – sino que cuando está en referencia a seres a quienes tenemos especial aprecio como puede ser incluso a nuestros familiares, nuestro gozo tendría que ser mucho más hondo.

Podría parece que todo esto que voy reflexionando se viene abajo en el breve pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Podrían parecer cortantes las palabras de Jesús cuando alguien en medio de la multitud levanta su voz en alabanza a la propia madre de Jesús. Es una aclamación espontánea la que surge en medio de las gentes; también nosotros muchas veces nos lo decimos cuando nos encontramos con alguien que resalta por su bondad o por buen hacer, ‘¡qué orgullosa tiene que sentirse esa madre!’, pensamos nosotros. Es lo que viene a decir aquella mujer anónima en medio de la multitud. ‘¡Dichosos los pechos que te alimentaros y el vientre que te llevó!’, Dichosa la madre que te parió, diríamos nosotros en un lenguaje como más ordinario.

Pero Jesús quiere dirigir nuestros ojos a otra óptica. Está bien que miremos las cosas desde ese lado humano, y aquí rebosa humanidad el grito de aquella mujer, pero tenemos elevar nuestra mirada, tenemos que tener otra perspectiva. Bien sabemos cuando contemplamos un paisaje que depende del lugar desde donde miremos para apreciar diversos detalles, depende del encuadre que le hagamos y hasta el marco que ponemos alrededor para resaltar algo en lo que quizás no nos habíamos fijado; a mi me gusta cuando hago una fotografía, por ejemplo, a un paisaje encuadrar la imagen que quiero tomar en un marco, darle un primer plano que le de profundidad, o resaltar quizás una sombra que haga brillar de una forma distinta su colorido. Así tendríamos que aprender a mirar en la vida.

Jesús viene a ayudarnos a cambiar esas perspectivas, esos encuadres que hemos de hacer en la vida, esa forma de mirar las cosas y las personas, esa manera de leer los acontecimientos, para descubrir lo que de verdad nos quieren enseñar, para descubrir donde está el mensaje, para saber cual es el colorido que le hemos de dar a la vida. Es lo que significa la buena nueva del evangelio; por eso es buena nueva, por eso es siempre buena noticia para nosotros, por eso es la novedad que siempre ha de significar para nosotros la Palabra de Dios.

Es lo que con una simple frase como respuesta a la alabanza de aquella mujer dice Jesús y que no es quitarle valor a la alabanza que se hace de la madre de Jesús. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchar la Palabra de Dios y plantarla en el corazón. Así, simplemente, alcanzaremos la dicha, nos dice Jesús. Es el filtro que hemos de ponerle a nuestra vida, es el cristal a través del cual hemos de mirar, es el color que tenemos que resaltar de la vida, es el encuadre que tenemos que hacer.

Desde la Palabra de Dios, escuchada y plantada en el corazón encontraremos para todo otro sentido, encontraremos la verdadera luz para nuestros ojos, descubriremos lo que es el verdadero valor de nuestra vida, se nos abrirán caminos de verdadera plenitud y felicidad. Pero tenemos que dejarnos sorprender por esa buena noticia que nos trae; como aquella mujer se sintió sorprendida por la presencia de Jesús y pensó en su madre, que para ella se convertía en un gozo y una felicidad de la que de alguna manera quería hacerse partícipe.

Es el camino que nosotros hemos de emprender, es donde encontraremos la verdadera alabanza para lo que luego vamos a hacer, es con lo que proclamaremos la gloria de Dios.

sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


martes, 27 de agosto de 2024

Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

 


Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Las cosas las vemos según las perspectivas que tengamos, o como solemos decir también, las vemos según el color del cristal a través del cual miramos, o tenemos unos criterios según la educación que hayamos recibido o quizás también de las cosas que nos hayan sucedido en la vida que de alguna manera marcan nuestro actuar o nuestra manera de ver las cosas; podemos tener la tendencia de querer liberalizarlo todo de manera que al final todo lo volvemos relativo, o por esas circunstancias que mencionábamos nos hemos endurecido de manera que queremos como ponerle un corsé a las cosas. Nos lleva a una disparidad de criterios, nos puede llevar a enfrentamientos y controversias, nos puede llevar a encasquillarnos en determinadas posturas de las que nos es difícil salirnos.

No pretendo justificar nada, sino de alguna manera respetuosamente constatar esa diversidad, y tratar de comprender también esa variedad de opiniones y criterios que según en qué vamos tomando en la vida; lo que en principio tendría que ser enriquecedor si supiéramos escucharnos y respetar y valorar lo bueno que veamos en los demás, nos lleva muchas veces a un no entendimiento que nos enfrenta. Veamos lo que sucede en nuestra sociedad en donde en lugar de contribuir cada uno desde su lado al bien común, nos conduce a descalificaciones y enemistades.

Es la situación que podemos descubrir a través del evangelio en el pueblo judío que de alguna manera se sentían únicos y distintos en el planteamiento religioso que hacían de su vida y de su historia, que de alguna manera podía llevar a algunos a estar como a la defensiva frente a los pueblos que los circundaban y la cultura que desde el mundo heleno y romano también pretendían imponerle. De alguna manera podemos comprender esa reacción defensiva y en cerrazón de algunos grupos que influían en el pueblo judío de la época. El evangelio nos habla de saduceos y de fariseos, como también estaban los herodianos o aquellos zelotes que luchaban incluso de forma violenta contra la imposición de los romanos que los dominaban políticamente.

Pero entre los dirigentes del pueblo en aquel momento predominaban con fuerza no solo los saduceos sino también los fariseos, que desde un fanatismo religioso de rigorismo pretendían imponer al pueblo una manera de entender las cosas que se alejaban muchas veces del espíritu de la Ley de Moisés que ellos precisamente pretendían defender; los veremos con frecuencia enfrentados a Jesús porque no terminaban de entender su mensaje y porque además Jesús se mostraba muy crítico con ellos. Es lo que estamos escuchando en el evangelio en estos días. Había un exceso de vanidad y de hipocresía, que es lo que Jesús viene denunciándoles porque muchas veces rayaban la superficialidad poniendo el acento en un rigor que le quitaba alma a sus vidas.

‘Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad’, les dice claramente Jesús como hoy le escuchamos. Rigorismo frente a la verdadera grandeza de corazón que se ha de manifestar en el espíritu de servicio, en la generosidad y en el desprendimiento que nace del amor. Y les habla de cómo quieren mantener las apariencias, mientras el corazón está lleno de podredumbre y de muerte. ‘Limpias el plato o el vaso por fuera, mientras dentro está lleno de suciedad’.

Algunas veces pasamos nosotros por situaciones, por actitudes semejantes, influenciados por muchas circunstancias que nos pueden llevar a un formalismo ritual en aquello que hacemos, pero al mismo tiempo a una sequedad del corazón. O nos volvemos intransigentes o todo nos lo permitimos; o nos quedamos en un inmovilismo que nos paraliza, o queremos estar innovando siempre dejándonos llevar por los vientos de la vida perdiendo el verdadero norte de nuestra existencia; o pensamos que siempre los tiempos pasados fueron mejor, o queremos rechazar la memoria y la tradición de la vida porque siempre la consideramos inservible.

Nos pasa en los caminos de la sociedad; nos pasa en el interior de la Iglesia; nos pasa en nuestro propio interior cuando nos quedamos en la superficialidad; nos pasa en las interpretaciones que nos hacemos donde perdemos el sentido de la ética y de unos profundos criterios morales que hemos de fundamentar en el evangelio.

¿Por donde realmente andaremos? ¿Cuál es la profundidad de sentido que le damos a la vida, a lo que hacemos y vivimos?

 

sábado, 27 de julio de 2024

No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 





No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

2Reyes 4, 42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

¡Que alguien haga algo! ¿No suele ser esa la reacción primera cuando sucede algo como un accidente, o cuando contemplamos una situación alarmante en la que pensamos que realmente habría que hacer algo? Que hay guerras y violencias, que los poderosos hagan algo; que hay situaciones extremas de pobreza y de miseria, que vendan todos esos tesoros y con eso podemos darle de comer a toda esa gente; que sentimos que nos llegan los inmigrantes ilegales y ya no sabemos que hacer, que pongan remedio, que los políticos se mojen, que haya barreras que impidan esa invasión que nos está llegando… y podríamos pensar en mil situaciones más. ¿Cuál es el remedio? ¡Que alguien haga algo! Siempre estamos esperando que sean otros los que comiencen a hacer algo. ¿Nos podemos quedar en eso?

Somos muy buenos para tirar los balones fuera, como se suele decir, pero apuntar a ver qué es lo que yo puedo o tengo que hacer, eso es algo que nos cuesta más pensar. ¿Estaremos definiéndonos así sobre el sentido y el valor que le damos a la vida, a nuestra vida y a la implicación que nosotros tenemos o tendríamos que tener? Cuando nosotros pasamos por situaciones así, en ese accidente, esa violencia, en esas miserias, ¿con qué nos contentamos? ¿Simplemente nos resignamos? Algunas veces destacamos por la mucha pasividad que hay en nuestras vidas; qué difícil se nos pone el salir de esa pasividad.

Escuchamos hoy una página muy hermosa del evangelio que está muy llena de mil detalles que nos tendrían que hacer pensar. No la podemos leer de corrido, dando por sentado que ya la conocemos y nos la sabemos. Es evangelio hoy para nosotros, luego es noticia de salvación y de vida hoy para nosotros y como tal tenemos que escucharla, de lo contrario estaríamos destrozando el evangelio, cuando le hacemos perder esa novedad, esa buena noticia que tiene hoy para nosotros.

Jesús se ha puesto en camino con los discípulos, en este caso haciendo una travesía, para ir más allá, para ir al otro lado. Allí se van a encontrar con algo distinto e inesperado; tenemos que salir también, ponernos en camino, saber ir al otro lado… pero entonces nos dice el evangelista que Jesús subió a la montaña. Ir al otro lado y hacer una ascensión a un lugar más alto, nos dará una nueva perspectiva; sabemos bien que una mirada desde la altura nos hace situar las cosas y los lugares con más precisión y de distinta manera. ¿Tendrá ya esto algún significado para nosotros? ¿No estaremos quedándonos siempre en el mismo sitio y con la misma perspectiva y por eso no seremos capaces de ver algo nuevo?

¿Qué se encuentra Jesús? Una multitud hambrienta; siempre decimos la gente tenía ganas de escuchar a Jesús, es cierto, pero es algo más. Allí estaba aquella gente con sus necesidades, con sus problemas, con sus dificultades para la vida y también estarían esperando una respuesta. Pero además aquella multitud tenía hambre, habían caminado mucho para llegar a donde encontrarse con Jesús y las provisiones parece que habían sido pocas.

‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Es la pregunta que, como decíamos antes, nos hacemos también ante las necesidades, los problemas, todo eso que vemos en la vida. ¿Serán otros los que tienen que resolverlo? Y cuando los discípulos se hacen sus cálculos de cuanto necesitaría para alimentar a toda aquella gente, además si hubiera un sitio donde conseguirlo que allí en el desierto no lo tenían, es cuando Jesús les dice que le den ellos de comer. No hay que ir a busca a ningún sitio, sino que ellos tenían que darle de comer. ¿Nos dice algo?

Mientras Felipe se entretiene haciéndose sus cálculos, Andrés viene diciendo que por allí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. ‘¿Pero qué es eso para tantos?’ Como con lo que tenemos no podemos alcanzar, ¿nos lo guardamos? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? ¿No le damos importancia ni valor a lo que son las cosas pequeñas? ¿Vamos a despreciar la oferta de aquel muchacho porque eso no da para todo lo que se necesita?

Ya vemos que el actuar de Jesús no va por esos caminos. Aquellos cinco panes de cebada, los panes de los pobres, sí van a ser aceptados. Por eso Jesús pedirá que la gente se siente en el suelo y ya conocemos todo lo que sucedió a continuación. Comieron todos hasta saciarse y al final hasta sobró. ‘Recoged los pedazos que han sobrado para que nada se pierda’, les dice Jesús.

¿Cuándo vamos a pensar en ser ese muchacho de los panes de los pobres? Es que yo no valgo, es que yo no tengo, es que lo necesito para mí, es que… y cuantas disculpas nos vamos poniendo, porque no nos hemos puesto en camino, porque no hemos ido más allá, porque no hemos subido a la altura, porque seguimos con nuestras rastreras perspectivas. Y seguimos viniendo a la Iglesia, y seguimos de la misma manera; y celebramos la Eucaristía pero se nos queda en un rito que no nos impulsa a algo más; y seguimos diciendo que venimos a comulgar en la Misa, pero no comulgamos con los hermanos; y nos damos la paz ritualmente en la celebración, pero luego no buscamos la manera de llevarnos bien con el vecino o con el pariente con quien no nos hablamos…

Cuánto nos cuesta arrancar, cuánto nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos, cuánto nos cuesta hacer Eucaristía de nuestra vida. Seguiremos en los próximos domingos que vienen a ser continuación de este signo de hoy de la multiplicación de los panes.

lunes, 19 de febrero de 2024

Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

 


Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

No siempre vemos las cosas de la misma manera, ni aunque tengamos delante de los ojos las mismas cosas no todos lo vemos de la misma manera, por medio pueden estar muchas cosas, desde las perspectivas desde donde lo veamos, la cercanía o la lejanía en que estemos, el estado de ánimo en que nos encontremos, o el cristal que tengamos delante de los ojos.

Variemos la perspectiva, más allá o más acá, desde un ángulo o desde otro, acerquémonos para ver los detalles, quedémonos en la distancia, o mirémoslo en su conjunto, limpiemos o no el cristal de nuestras lentes y estaremos viendo las cosas de distinta manera. Hagamos vibrar las fibras de nuestro corazón, o desprendámonos de  aquellas cosas que nos crean disonancias y comenzaremos a sentir de manera distinta. Es lo que nos está enseñando hoy Jesús.

¿Cómo miramos al que está a nuestro lado? ¿Por qué con unos nos sonreímos y sacamos la mejor expresión de nuestro rostro y pronto la conversación se hace amena y agradable, mientras que con otros nos mostramos adustos y ni a la fuerza somos capaces de sacar una sonrisa, y lo más que saldrá de nuestros labios son monosílabos entrecortados? Lo que decíamos, ¿cómo miramos al que está a nuestro lado?

No se trata solo de lo que no debemos hacer, en nombre del respeto que deberíamos tener a toda persona, simplemente por eso, por su dignidad que respetamos, sino lo que tendríamos que ser capaces de hacer cuando tenemos el corazón caldeado con el amor. Quizás solo desde el respeto evitaremos hacerle daño pero nuestras relaciones son frías y pueden quedarse en la distancia porque la fibra que tendría que vibrar no la hemos afinado lo suficiente desde el amor; es por donde tenemos que ir.

Si el que está a tu lado lo sientes como amigo seguro que esa fibra vibrará de una forma distinta; si aquel que está lejos, aunque no lo veamos claramente a causa de la distancia sabemos que es el amigo que viene a nosotros para con nosotros compartir el más pequeño detalle nos será reconocible y en la esperanza del encuentro nuestro corazón comenzará a destilar nuevos y bonitos sentimientos. Nadie será ya indiferente para mi vida.

Hoy Jesús en el evangelio, cuando está hablándoles a los discípulos, aquellos que siempre estaban con El y que incluso estaban dispuestos a todo por Jesús porque lo amaban, para decirles que su amor tiene que tener una cobertura más universal les dice que todo lo que le hagan a los demás es como si se lo estuvieran haciendo a El a quien tanto amaban. Les está haciendo cambiar la perspectiva de la mirada que han de tener con los demás, han de tener con todos. Si en el otro están viendo a Jesús estarán viendo a quien tanto les ama, y de ese amor de Jesús ellos se sienten bien seguros, y entonces como si dieran respuesta a ese amor de Jesús han de amar a los demás.

En el otro ya no vemos, no podemos estar mirando desde esas categorías humanas con las que nos catalogamos, con las que nos hacemos nuestros distingos y nuestras separaciones, en el otro estaremos viendo a Jesús, que nos llama amigos porque nos ama, que nos hace sentirnos hermanos porque comenzamos a ser una nueva familia, que nos hace vernos a nosotros mismos también de una forma distinta porque nos dice que somos hijos de Dios porque somos amados de Dios.

Otra es entonces la pauta, la medida, el estilo, el sentido que le damos al amor a los demás. Y lo que le pasa a los demás lo sentimos ya incluso como si nos pasara a nosotros mismos porque entramos en otras ondas de solidaridad.


lunes, 6 de noviembre de 2023

Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

 


Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14

Hoy por ti, mañana por mí, solemos decir muchas veces cuando nos echamos una mano para ayudarnos en algo. Está bien que tengamos esa disponibilidad y que nos ayudemos los unos a los otros; lo vemos en muchas situaciones de la vida, en nuestras tareas domésticas, en nuestros trabajos, entre vecinos o familiares. ¿Será como un pago que nos hacemos por la ayuda recibida ofreciendo también nuestra ayuda? Hay ese peligro de tomárnoslo como una compraventa de favores, donde no empleamos el dinero pero en nuestros intereses está muy presente lo que los otros nos hayan hecho positiva o negativamente. Casi como anécdota he escuchado a alguien que ha asistido a un entierro de un vecino, que está adelantando un día de trabajo para el día de mañana, como queriendo decir que ahora está asistiendo a ese funeral para que cuando le llegue su hora sean también muchos los que asistan.

Por eso, también habremos escuchado aquello de que a aquella persona nadie le ayuda, porque él realmente tampoco le ayuda a nadie; vive como un huraño, metido en sus cosas y se las resuelve por si mismo, ni pide ayuda, ni es capaz de ofrecer ayuda a alguien, se aísla.

Pero cuando nosotros estamos hablando del amor cristiano, el amor según el sentido de Cristo, no nos podemos quedar aquí. Es a lo que está haciendo referencia hoy en el evangelio. Y es que nuestro amor cristiano es amar con el amor de Cristo, con un amor como el de Cristo. Y ya sabemos lo generoso que es su amor. Y es también el paso que nos cuesta dar. Somos generosos hasta cierto punto; en nuestra generosidad tenemos el peligro y la tentación de poner medidas y contramedidas, pesos y contrapesos. Y algo que nos estaría fallando en la medida de ese amor.

Es cierto que amamos a Dios porque nos sentimos amados, y de qué manera, por El; de ahí arranca todo nuestro amor; queremos, por así decirlo, parecernos a Dios; a imagen suya hemos sido creados. Y cuando nos sentimos inundados por su amor parece que ya no nos queda otra, sino amar con un amor como el que El nos tiene. Así de generoso tiene que ser nuestro amor; así tendrá que ser el amor que le tengamos a los demás, porque además amamos a los que Dios ama.

Por eso en un ejercicio, por así decirlo, de un amor verdadero nosotros nos adelantamos como lo hace Dios con nosotros. Así es como tiene que ser el amor que le tengamos a los demás; no porque ellos nos amen, no porque ellos sean buenos con nosotros, no como un pago o una correspondencia al amor que nos tienen, lo que ya en sí sería muy hermoso. Es que en nuestro amor, a la manera del amor que el Señor nos tiene, nosotros nos adelantamos a todo el amor que podamos recibir. Es la generosidad que tiene que resplandecer en nuestro amor.

Y de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio. Como recordamos Jesús estaba asistiendo a una comida a la que le había invitado uno de los principales de la ciudad. Y allí estaba Jesús rodeado de todos aquellos amigos del que lo había invitado. Parece lo normal, invitamos a una comida a nuestros amigos. Y así vamos correspondiéndonos los unos con los otros. Nos sentimos obligados a invitar a quien nos ha invitado. Y es ahí donde Jesús nos hace que nos detengamos.

‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Todo un cambio de perspectiva. Una mirada nueva al sentido del amor. Una dimensión que nos va a engrandecer. Es mucho más de lo de hoy por ti y mañana por mí, que solemos hacer. ¿No decimos que amamos sin esperar nada a cambio? ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo?

 

 

martes, 8 de agosto de 2023

Detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos, detengámonos, pero hagámoslo con Jesús en oración

Detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos, detengámonos, pero hagámoslo con Jesús en oración

Mateo, 14, 13-21

Nos cuesta entender que es lo que tenemos que hacer, o nos falta decisión para tomar la determinación de hacerlo, Hay ocasiones en que en cierto modo nos vemos agobiados porque los problemas se acumulan, nos encontramos estresados y cansados y al final no damos pie con bola, todo es tensión a nuestro alrededor y seguimos empeñados en seguir adelante, en intentar poner paños calientes para resolver las cosas cuando eso no es la solución de los problemas y parece que así todo se va agravando más y más.

Nos sucede en el ámbito de nuestras responsabilidades, en el negocio que queremos sacar adelante, en nuestra vida personal que se ve acojonada con problemas, con dudas, con preguntas sin resolver, con acosos que podemos sufrir por un lado o por otro. ¿Qué hacer? ¿Por qué no dar un paso a un lado y detenernos? ¿Por qué no buscar un momento en que paremos esa tensión para que el estrés no nos siga haciendo daño? ¿Por qué no ponernos a cierta distancia de todo lo que nos está pasando para tratar de ver otra perspectiva, tener otra visión, encontrar quizá un nuevo camino?

Sí, necesitamos saber detenernos en el camino y encontrar ese momento de relax, de descanso, de silencio quizá, para sentir y para escuchar quizás otros nuevos sonidos. No podemos ir demasiado a la carrera siempre en la vida. Quizás descubrimos que las montañas no son tan grandes, o los baches no tienen tanta profundidad, y que hay otros senderos por donde hacer camino tan válido como lo que estábamos intentando hacer.

El evangelio hoy nos dice que Jesús se enteró de lo que había sucedido con Juan, que Herodes lo había mandado decapitar. Estaba Jesús en momento de gran intensidad en la tarea del anuncio de la Buena Nueva del Reino, pero en estos momentos Jesús decide marchar con los discípulos más cercanos a un lugar apartado y solitario. Necesitaba estar a solas con los discípulos, que los discípulos estuvieran a solas con El. Lo veremos en otros momentos del evangelio; en ocasiones incluso marchará por lo que son casi las fronteras del norte para poder ir hablando tranquilamente con los discípulos mientras van de camino. Hay momentos en que Jesús quiere instruirlos de manera especial, pero son momentos para el reposo, para el silencio y la reflexión, para aprender a tener otras miradas nuevas y distintas. Como tantas veces nosotros necesitamos.

Pudiera parecer que los deseos de Jesús se ven frustrados porque al llegar a aquel sitio se encontró que allí también estaban esperándolo. Mucha gente había acudido también de otros sitios porque querían estar con Jesús. Pero no hubo frustración ni desencanto.  Veremos que ahora ya son los discípulos – que tanto pensaban siempre en si mismos con sus ambiciones y sus sueños  - los que ahora mostrarán la preocupación por aquella gente, aunque no sepan encontrar cual es la mejor solución.

Envíalos a casa, despídelos, le dicen a Jesús, porque estamos lejos, porque estamos en descampado y a esta gente se les ha acabado sus propios suministros, para que vayan a alguna aldea para comprar pan. Es un paso distinto el que están dando los discípulos. Ya no están allí con el miedo que podían haber sentido por lo que le había pasado a Juan sino que ya ellos también estaban comenzando a actuar.

Pero Jesús los implica más. ‘No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer’. Es el siguiente paso de la lección. La solución está en sus manos aunque aun ellos están sin saber cómo. ‘No tenemos más que cinco panes y dos peces’. Todavía la mirada sigue siendo raquítica y pobre, pero ya se están dando cuenta que han de comenzar por desprenderse de lo poco que tienen aunque se queden sin nada. Son otras las perspectivas humanas, son distintos los caminos que han de tomar. Aquel tiempo allá en el lugar apartado, tan apartado que no tienen ni donde comprar pan, les va a servir para emprender una tarea nueva. ¡Cómo se olvidaban los problemas antiguos cuando estamos atentos a lo nuevo que se nos va presentando y a lo que hay que dar una distinta solución!

Detengamos, sí, y comencemos a pensar distinto; detengamos para darnos cuenta de ese nuevo camino que se abre ante nosotros y en el que antes ni habíamos pensado; detengámonos para encontrar una nueva luz que nos ilumine; detengámonos para darnos cuenta que en ese silencio podemos encontrar la paz; detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos; detengámonos, pero hagámoslo con Jesús. Es nuestra oración. Con El a nuestro lado una nueva luz se nos abre en la vida, quizás donde menos pensábamos que podríamos encontrarla.


miércoles, 8 de febrero de 2023

Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

 


Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Los cambios de perspectivas nos hacen ver en muchas ocasiones las cosas con ojos nuevos; podemos estar acostumbrados a ver un paisaje siempre desde el mismo lugar, pero por las circunstancias que sea un día nos trasladamos al lado contrario, que quizás no frecuentábamos descubrimos aquella panorámica, aquel paisaje que estábamos acostumbrados a verlo siempre del mismo sitio, ahora de forma distinta, haciéndonos observar detalles o lugares en los que nunca nos habíamos fijado. Nos parecen nuevas las cosas, son para nosotros como un lugar distinto.

En la vida no nos podemos encerrar en una idea, en una costumbre, en aquello que siempre decimos es que esto se ha hecho siempre así, sino que hemos de estar abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer, por supuesto haciéndonos también nuestro juicio crítico para no tragarnos todo lo que se nos presente como nuevo como algo bueno, pero siempre dando paso a esa perspectiva nueva.

Es la mirada nueva que Jesús quiere que hagamos, es la novedad de su anuncio del Reino de Dios, es esa buena noticia, pero que además como noticia siempre es nueva, que nos ofrece cuando comienza su predicación. Las palabras de Jesús, es cierto, que dejaban descolados a muchos, para quienes la vida y la religión habían entrado en un camino de rutina y ya no se planteaban lo nuevo que Jesús nos pudiera ofrecer. Era, es cierto, un pueblo de tradiciones, pero si observamos la trayectoria de los profetas aparte de mantener con toda su fidelidad al Dios de la Alianza, siempre sin embargo estaban ofreciendo caminos nuevos para vivir esa fidelidad a Dios en las circunstancias concretas que en cada momento vivían.

Han venido a Jesús con el problema de la impureza o no de comer o no comer sin haberse lavado antes y Jesús quiere centrarlos en lo que verdaderamente es principal. El evangelio de hoy es continuación cierta del ayer escuchado. Y Jesús nos viene a hablar hoy de donde está la verdadera pureza o impureza de lo que hacemos. No es algo que podemos observarlo desde lo exterior, como si fueran las cosas las que nos hacen impuros.

Y nos viene a decir Jesús que la verdadera maldad del hombre, la mayor impureza, arranca del corazón del hombre. es ahí donde se anidan los malos deseos, es ahí donde tenemos el caldo de cultivo de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, es ahí donde nace el egoísmo que nos hace insolidario, las envidias que nos llevan a las malquerencias hacia los demás, los resentimientos y los odios que terminan destruyéndonos a nosotros mismos.

‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Ahí tenemos las palabras de Jesús que no necesitan muchos comentarios. Es la nueva visión que Jesús quiere ofrecernos de cómo no tenemos que preocuparnos tanto de lavar los platos o las ollas por fuera, sino que es el interior del corazón del hombre lo que tenemos que purificar. Es la nueva perspectiva que Jesús quiere ofrecernos para que encontremos la verdadera autenticidad de la persona.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

 


Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

 Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva del paisaje que tenemos delante o del cuadro que nos están presentando, podremos ver el detalle de la realidad o todo se nos puede diluir y desfigurar ocultando a nuestros ojos lo que desde otro lugar se vería con mayor claridad o mejor perspectiva.

Pero no vamos a contemplar paisajes ni obras de arte, se trata de contemplar la realidad de la vida que muchas veces se nos difumina y se nos hace turbia dejando de ver lo que tenemos crudamente delante de nosotros. ¿Cuál sería la mejor perspectiva o el mejor punto de vista?

Estamos ante un capítulo del evangelio que creo que nos podría ayudar. El samaritano vio al herido y se detuvo junto a él mientras el sacerdote y el levita dieron un rodeo para evitar encontrarse de frente con el hombre caído y disculparse de no haberle visto o de no haberle atendido; el padre vio al hijo pródigo que volvía a casa aun estando lejos, mientras el hermano mayor rehuyó entrar en la casa porque no quería encontrarse con el hermano y así crecerse en sus protestas y exigencias; Jesús ve a los discípulos y los llama uno por uno por su nombre, ve a la multitud que se ha congregado a su alrededor y se pone a enseñarles y a curar enfermos, como cuando Dios ve desde el cielo el sufrimiento de su pueblo y decide bajar para enviar quien los libere de la esclavitud. Hay quien ve y hay quien no quiere ver.

Es lo que concretamente vemos en el evangelio que hoy se nos ofrece; allí está el rico enfrascado en sus banquetes y sus fiestas y no es capaz de ver al pobre Lázaro que está en su misma puerta hambriento y cubierto de llagas. ¿Qué es lo que está cambiando la perspectiva y a uno cierra los ojos, mientras otros son capaces de detenerse para llenarse de compasión ante el sufrimiento de los demás?

El que se encierra en sí mismo, no piensa sino en si mismo, rehuye la posibilidad de manchar sus ropajes, tendrá siempre los ojos cerrados para los demás y no será capaz de descubrir lo que tiene en su misma puerta por donde entra y sale todos los días. Cuando nos sentimos instalados o acomodados en nuestras cosas o en nuestras rutinas perdemos la verdadera perspectiva que nos lleva a descubrir a los demás. Son muchas las cosas que nos pueden hacer que nos sintamos instalados y ya no queramos ver otra cosa.

Tantos apegos del corazón que nos quitan la verdadera libertad interior. Serán las riquezas o serán los caprichos de la vida, serán nuestras comodidades o nuestras rutinas, serán tantas baratijas de la vida que nos entretienen y nos roban nuestro tiempo o nuestra voluntad, serán tantas cosas que nos vuelven insensibles y nos impiden llenar de compasión el corazón para poder tener la mejor visión de manera que ya no importan las distancias para descubrir allí donde está aquel que necesita de nosotros.

Algo nos está queriendo decir hoy el evangelio. Cuántas veces en la vida damos rodeos, cuántas veces no queremos acercarnos para no encontrarnos, cuántas veces pensamos que nos valemos por nosotros mismos y no necesitamos de nadie y por eso no terminamos de prestar atención a lo que hay a nuestro alrededor, cuántas veces vamos ensimismados en nuestras preocupaciones o en nuestros intereses porque no queremos llegar tarde a aquellas cosas que habíamos convertido en prioritarias incluso por encima de las personas.

Al final quizás las circunstancias de la vida nos obligan a detenernos y comenzamos a darnos cuenta de lo que podíamos haber hecho y no hicimos, nos damos cuenta que no son las cosas sino las personas lo que nos debería haber importado que tendrían que ser las realmente prioritarias, nos damos cuenta de que por mucho que nos sintamos fuertes con lo que tengamos realmente estamos siempre necesitados de la mano de los demás.

Nos hace falta una nueva visión, una nueva perspectiva, algo que realmente nos despierte y nos haga abrir los ojos. No es necesario que pidamos milagros extraordinarios, que estemos corriendo de un lugar para otro buscando apariciones milagrosas; algunas veces nos parece que ese es el recurso fácil y que pronto daría resultados; pudieran convertirse en luces fugaces de un día o de un momento, pero que no son los que realmente van a mover el corazón.

Aquel hombre desde el abismo, cuando ahora ya había comenzado de alguna manera a pensar en los demás, todavía pensaba que con apariciones milagrosas sus hermanos podrían cambiar de vida para que no cayeran en el abismo en el que él estaba. ‘Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento… que si un muerto va a ellos, se arrepentirán…’ Pero Abrahán le contestará: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’.

Ahí tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que si la plantamos bien en el corazón nos transformará. Será el Evangelio, la buena noticia de Jesús, lo que en verdad transformará nuestros corazones. Es la semilla que hemos de plantar en nuestro corazón dejando que eche raíces en nosotros para que surja una nueva vida.

 

jueves, 25 de noviembre de 2021

Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

 


Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

Daniel 6, 12-28; Sal: Dn. 3,68-74; Lucas 21, 20-28

En estos días finales del ciclo litúrgico se nos proponen unos evangelios que nos hablan de los tiempos finales y de la destrucción de Jerusalén con un luego apocalíptico que, hemos de confesar, nos llenan de una cierta angustia y de temor. Podríamos decir que es una reacción normal por nuestra parte, porque a nadie le gusta la muerte ni la destrucción y en cierto modo se nos contagia esa angustia de la que se nos habla para esos tiempos finales.

La muerte siempre es un desgarro en la vida, porque queremos vivir y nos querríamos que la vida se acabara; pensar en el final de algo nos puede traer angustia y desasosiego, porque se producen en nuestro interior incertidumbres y preguntas. ¿Cómo será ese final? Hasta el final de un partido de cualquier deporte si se está viviendo con cierta intensidad produce desasosiego en quienes lo están viviendo o incluso en quienes lo están contemplando. Como no se nos va a producir ese desasosiego si se nos habla del final de la vida o del final del mundo.

Cuando en nuestro entorno contemplamos catástrofes en la naturaleza, ya sea por condiciones climatológicas adversas como temporales u otro tipo de catástrofes como las que se están viviendo en nuestras islas estos días, meses ya, con el volcán, algo dentro de nosotros nos hace estar inquietos, brotan los temores y las angustias ante lo que sucede o ante el futuro incierto que se avecina. Pero como ya hemos reflexionado en otros momentos es reflejo también de esas luchas de la vida a las que cada día hemos de enfrentarnos.

Y hoy Jesús nos dice que levantemos la cabeza, que son momentos de liberación. Nos cuesta entender. Parece más bien todo lo contrario porque lo que se está generando muchas veces es angustia y sufrimiento. ¿Cómo entender las palabras de Jesús? Jesús siempre quiere poner esperanza en el corazón, que no nos falte la paz del espíritu por muy fuertes que sean las tormentas.

¿Qué nos sucede cuando nos vemos envueltos, por ejemplo, en una tormenta? Queremos tener un refugio seguro, no nos queremos sentir solos, queremos el amparo de aquellos seres que nos aman; el niño se refugia en las faldas de su madre, por decirlo de alguna manera, y nosotros buscamos aquellas personas que nos dan seguridad y que infunden con su presencia serenidad en nuestros corazones.

¿Nos sentimos solos ante las incertidumbres de la vida? ¿Nos sentimos como abandonados cuando esas angustias se nos meten en el alma? Quizá la peor angustia sea la de la soledad que nos da inseguridad porque no sabemos a donde agarrarnos, en quien apoyarnos o al menos nos parece que no está junto a nosotros.

Por eso tenemos que escuchar con toda atención las palabras de Jesús. Sus palabras nos dan una seguridad y una confianza, sus palabras quieren llenar de serenidad nuestro corazón. Nos había dicho Jesús en el evangelio. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Que no nos pasen desapercibidas estas palabras.

‘Verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’. Nos está diciendo Jesús que no nos vamos a sentir solos, que tiene que haber angustia en nuestros corazones, que El está con nosotros. Es un aspecto que tenemos que resaltar, que no podemos olvidar, la presencia del Señor que se manifiesta a nuestro lado. Algunas veces vamos tan enfrascados en nosotros mismos – fijémonos que la palabra enfrascados significa estar metidos dentro del frasco – que solo estamos viendo lo turbio que pueda haber dentro de nosotros y no vislumbramos la luz que más allá hay.

Por eso nos dice que nos despertemos, que levantemos la cabeza, que no nos materialicemos tanto que solo nos miremos los pies. Nos encerramos y perdemos la perspectiva; no nos miramos sino la punta de la nariz y no vemos lo que hay más allá, no miramos sino las sombras que tenemos dentro de nosotros y no somos capaces de ver la luz que se nos ofrece. Con Jesús otra perspectiva se ofrece a nuestra vida.

viernes, 9 de abril de 2021

Descubramos los signos y señales que Cristo resucitado pone en nuestro camino para hacernos encontrar esa nueva perspectiva y ese nuevo sentido que en El encontraremos

 


Descubramos los signos y señales que Cristo resucitado pone en nuestro camino para hacernos encontrar esa nueva perspectiva y ese nuevo sentido que en El encontraremos

 Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Nos creemos saberlo todo, que ya estamos bien experimentados de la vida que podemos hacer las cosas por nosotros mismos, pero nos llega un momento con que nos topamos la pared enfrente; aquello de lo que nos sentíamos seguros, ahora no nos sale como nosotros queremos, nos ofuscamos en querer seguir haciéndolo de la misma manera porque las cosas siempre han sido así, pero no nos da resultados. Nos hace falta otra perspectiva, otra mirada, alguien que llegue y nos haga ver las cosas de otra forma, nos de una nueva visión, y que nosotros tengamos la humildad de dejarnos conducir. Qué bien nos viene esa nueva perspectiva, esa visión desde otro lugar, desde otros aspectos; qué falta nos hace que nos ayuden a abrir caminos nuevos.

Creo que en esto si sabemos ser humildes nos ayudará mucho la fe; esa fe que nos eleva a un plano distinto, esa fe que nos hace tener otra visión de la vida, esa fe que nos hace entrar en la órbita de lo espiritual, esa fe que no hace sintonizar con Dios. Muchas veces queremos poner trabas o límites; hay a quien le pueda parecer antiguallas; hay quien vive tan materializado en la vida que no es capaz de elevarse, de tener otra perspectiva. Claro que también sucede que hay gente que se dice creyente pero no han sabido elevarse lo suficiente o quizá se han quedado en rutinas o en mediocridades, en conceptos limitados, o no han llegado a descubrir la fe que encontramos en el evangelio de Jesús.

El evangelio que se nos ofrece hoy nos ayuda. Los discípulos aunque ya habían tenido la experiencia del encuentro del resucitado ahora daban la impresión que andaban aburridos. La presencia de Jesús con ellos era distinta y de distinta manera tenían que descubrirle y sentirle a su lado. Han marchado a Galilea según sus indicaciones, podríamos decir que hablando en una lógica humana ya eran muchos días en Jerusalén desde la pascua, pero ahora en Galilea no saben qué hacer. Por eso un día Pedro dice que va a ir de nuevo a pescar. Allí está la barca y las redes que un día habían dejado por seguir al Maestro. Los restantes discípulos que están con él se ofrecen a acompañarle. Pero la noche de pesca ha sido infructuosa. No han cogido nada. ¿Qué ha pasado que parece que hasta las aguas del lago se les han vuelto en contra?

Al amanecer, con la frustración que tienen encima, alguien de la orilla les está gritando que si han cogido algo. Parece que siempre nos aparece alguien que quiere aguar la fiesta, o eso al menos nos parece. Encima de que no han cogido nada, vienen las preguntas que hasta parecen intencionadas; cuántas veces nos pasan cosas así. Entre la distancia y la poca luz de aquel amanecer – tendría que ser muy temprano pues en el lago brilla con fuerza el sol muy de mañana – no saben quien es el que les habla de la orilla. Y ahora les pide que echen la red al otro lado de la barca. ¿Desde la orilla hay otra perspectiva para ver el cardumen de peces que los rodea? La pesca ha sido muy grande, luego dirán que 153 peces grandes. La sorpresa y la admiración les sobrecogen. Pero hay alguien que ha sintonizado.

Aquel a quien amaba Jesús de manera especial le dirá en aparte a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. Son los ojos del amor para mirar y para reconocer. No es que faltara ese amor a Pedro que ahora lo va a demostrar con creces tirándose al agua para llegar primero, pero andaba afanado en otras cosas y no supo ver como fue capaz de ver Juan. Algo tiene que abrirnos el corazón; alguien tiene que abrirnos los ojos; alguien tiene que hacernos tener una mirada distinta.

Con lo que estamos diciendo podemos pensar en lo que Juan en aquel momento significó en esta escena, pero nos damos cuenta que quien en verdad nos hace tener una mirada distinta es Jesús resucitado que viene a nuestro encuentro. También andamos revueltos en la vida, los problemas nos zarandean, los agobios de la vida nos aturden, el mundo complejo en que vivimos muchas veces nos desorienta, muchas penumbras se nos van metiendo en el alma.

Tenemos que dejarnos encontrar por Cristo. No es solo que nosotros lo busquemos, es El quien nos busca y nos llama, pone señales en nuestro camino, nos deja huellas de su paso, pone personas a nuestro lado como ecos de su voz, habrá circunstancias que nos harán tener otra perspectiva, se abrirán caminos nuevos ante nosotros y la luz puede ir apareciendo de nuevo en nuestro corazón en un nuevo amanecer para nuestra vida que ya será distinta.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.