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lunes, 10 de marzo de 2025

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

 

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Cuantas veces, en un momento de fervor quizás, habremos dicho cosas así, si yo hubiera estado en aquellos tiempos – cualquier episodio que nos cuente el evangelio – hubiera actuado de otra manera y no habría sido tan duro de entendederas como vemos tantas veces a los apóstoles, o pensamos también, si ahora lo viéramos caminar entre nosotros y hablarnos le seguiría sin más como nadie lo ha hecho.

Nos olvidamos de una cosa, del evangelio de hoy. ‘¿Cuándo te vimos enfermo y no te atendimos? ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? O ¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos?’ Eran las preguntas que le hacían a Jesús tanto los de la derecha como los de la izquierda ante lo que Jesús les estaba diciendo en el juicio final. ‘Cuando lo hicisteis… cuando no lo hicisteis con uno de estos hermanos pequeños… a mi no me lo hicisteis… conmigo lo hicisteis…’

Es claro Jesús en el evangelio. No nos va a preguntar Jesús si robamos o matamos a alguien, nos va a preguntar por lo que hicimos en positivo o por lo que dejamos de hacer, aunque no le hayamos robado, aunque no los hayamos matado. No significa que eso no lo tengamos en cuenta. No podemos olvidar a ninguno de los mandamientos, porque Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y recordamos cuando aquel joven le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna, lo primero que le responde Jesús es que cumpla los mandamientos. Luego será cuando Jesús pida dar un paso más para compartir lo que somos, para despojarnos de lo que tenemos porque el tesoro mejor guardado es lo que hagamos con los demás.

Y lo que hacemos a los demás es como si se lo hiciéramos a Jesús. Se identifica con el pobre y con el hambriento, con el que está solo en su soledad o vive triste y sin consuelo en la vida, con el que se siente abandonado por todos o es discriminado por su condición o por las circunstancias que condicionen su vida. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá Jesús.

Por eso nuestro amor no es un amor cualquiera. No es amar solamente a los que me aman, ser amigo solo de los que son amigos y a lo más amigos de mis amigos, como tantas veces decimos; no es saludar solo a los que me saludan, sino ir por la vida con mi semblante sonriente para regalar mi saludo a todo el que encuentro a mi paso, no es ayudar solo a los que un día me echaron una mano, sino también sentar a mi mesa a aquel que no podrá corresponderme invitándome también, no es solo preocuparme de los que están más cercanos a mi y quizás me manifiestan sus problemas, sino tender mi mirada más allá para detectar allí donde hay una necesidad o está alguien esperando entrar a la piscina sin que nadie le ayude.

Es lo que vemos hacer a Jesús en el evangelio. Lavará Jesús los pies a los discípulos siendo el maestro y el Señor para que nosotros también lo hagamos; perdonará a los que están clavándolo a la madera, pidiendo incluso disculpas por ellos porque no saben lo que hacen. Aunque eso algunas veces nos sea pesado como una cruz que tengamos que cargar, pero cuando las cosas se hacen desde el amor no hay peso que se nos resista, no hay nada que tengamos que dejar de hacer.

Por eso, dejémonos envolver por el amor, un amor como el de Jesús, para que podamos amar como El ama; y su amor es incondicional, su amor es generoso y universal, su amor no tiene límites porque ya nos dirá que el amor más grande es dar la vida por aquellos a los que ama. El lo hizo ¿seremos capaces nosotros de hacerlo?

jueves, 16 de mayo de 2024

Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

 


Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Solo el amigo que nos ama de verdad estará junto a nosotros sean cuales sean las circunstancias de la vida en las que nos encontremos. No nos fallará, estará siempre a nuestro lado, será nuestro estímulo y nuestra fuerza, comprenderá nuestras decisiones y perdonará nuestros errores, será mano que nos levante y apoyo en nuestro camino.

Intentamos hacer las cosas bien, queremos en verdad ser agradables para los que nos rodean, tenemos buena voluntad en lo que hacemos, pero a veces renqueamos, a veces fallamos, se nos rompen los hilos que nos unen, aparecen desavenencias y contratiempos, parece que todo se nos viene abajo y fracasamos. Es entonces cuando más necesitamos ese apoyo, ese sentir que el amigo está a nuestro lado, que somos capaces de salir adelante a pesar de los nubarrones que puedan aparecer en la vida; necesitamos tener claridad de ideas y saber por donde andamos.

No olvidemos que Jesús en la misma última cena que han venido celebrando los ha llamado amigos. ‘No os llamo siervos, os llamo amigos’, nos había dicho. Ahora de nuevo necesitamos escucharlo, pero no como palabras que lleguen de forma agradable a nuestros oídos, sino como algo que palpamos en nuestra vida. Así se nos manifiesta Jesús. Todo eso que veníamos diciendo de nuestros sueños y deseos, pero también de nuestras carencias y nuestras debilidades, de esos tropiezos que nos vamos encontrando en nuestra vida, de lo que sucede en nuestro interior que hace que no siempre vivamos en el mismo amor y la misma unidad que Jesús pide y quiere para nosotros.

El está ahí. Es lo que manifiesta esa oración que Jesús está dirigiendo al Padre, una oración por sus discípulos, por sus seguidores, porque aquellos que decimos que creemos en El, pero que muchas veces nos sentimos débiles y nos rompemos por dentro. Necesitamos mantenernos en ese amor y en esa unidad. Porque además sería la señal más palpable de que Dios está con nosotros, o que nosotros no hemos abandonado el camino que nos ha señalado Jesús. Será el mejor testimonio que nosotros podamos presentar. Será la señal que demos para que el mundo comience de verdad a creer, nuestra comunión y nuestra unidad.

Es lo que Jesús está pidiendo. Que eso nos parezcamos a Dios, que en eso nos parezcamos a Jesús, que eso sea el gran signo con que manifestemos nuestra fe en El. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Así ora Jesús por nosotros, por su Iglesia. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mi y yo en ti’.

No siempre damos ese testimonio. No siempre somos ese signo del amor de Dios y de su presencia en medio de nosotros. Aparecen fácilmente esas grietas que desestabilizan nuestras vidas, porque aparecen desconfianzas, porque nos llenamos de orgullo, porque nos hacemos insolidarios, porque nos encerramos en nosotros mismos. Lo estamos viendo en tantas sombras que van apareciendo en nuestra vida; nuestras comunidades se resquebrajan muchas veces, los hermanos nos distanciamos, los que parecíamos que caminábamos unidos comenzamos a ir cada uno por nuestro lado, las envidias comienzan a corroer nuestras relaciones, se nos rompe la comunión.

Pero Jesús seguirá estando a nuestro lado queriendo sanar esas heridas, queriendo poner remedio a esos males, curando con su amor esas enfermedades que aparecen en el alma y tanto nos debilitan. No nos dejemos arrastrar por las rutinas; no nos dejemos envolver en esas bolsas de egoísmo e insolidaridad, no nos sintamos confundidos con tantos cantos de sirena que quieren ofrecernos algo mejor, pero que no nos llevarán nunca por caminos del bien.

Dejémonos envolver por el amor de Jesús. Es el amigo que nunca nos falla, que siempre estará haciendo el camino junto a nosotros para ser luz que nos haga enderezar nuestros caminos, corregir nuestros errores, emprender caminos nuevos que nos transformen de verdad. El siente, como buen amigo, como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor.

lunes, 19 de febrero de 2024

Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

 


Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

No siempre vemos las cosas de la misma manera, ni aunque tengamos delante de los ojos las mismas cosas no todos lo vemos de la misma manera, por medio pueden estar muchas cosas, desde las perspectivas desde donde lo veamos, la cercanía o la lejanía en que estemos, el estado de ánimo en que nos encontremos, o el cristal que tengamos delante de los ojos.

Variemos la perspectiva, más allá o más acá, desde un ángulo o desde otro, acerquémonos para ver los detalles, quedémonos en la distancia, o mirémoslo en su conjunto, limpiemos o no el cristal de nuestras lentes y estaremos viendo las cosas de distinta manera. Hagamos vibrar las fibras de nuestro corazón, o desprendámonos de  aquellas cosas que nos crean disonancias y comenzaremos a sentir de manera distinta. Es lo que nos está enseñando hoy Jesús.

¿Cómo miramos al que está a nuestro lado? ¿Por qué con unos nos sonreímos y sacamos la mejor expresión de nuestro rostro y pronto la conversación se hace amena y agradable, mientras que con otros nos mostramos adustos y ni a la fuerza somos capaces de sacar una sonrisa, y lo más que saldrá de nuestros labios son monosílabos entrecortados? Lo que decíamos, ¿cómo miramos al que está a nuestro lado?

No se trata solo de lo que no debemos hacer, en nombre del respeto que deberíamos tener a toda persona, simplemente por eso, por su dignidad que respetamos, sino lo que tendríamos que ser capaces de hacer cuando tenemos el corazón caldeado con el amor. Quizás solo desde el respeto evitaremos hacerle daño pero nuestras relaciones son frías y pueden quedarse en la distancia porque la fibra que tendría que vibrar no la hemos afinado lo suficiente desde el amor; es por donde tenemos que ir.

Si el que está a tu lado lo sientes como amigo seguro que esa fibra vibrará de una forma distinta; si aquel que está lejos, aunque no lo veamos claramente a causa de la distancia sabemos que es el amigo que viene a nosotros para con nosotros compartir el más pequeño detalle nos será reconocible y en la esperanza del encuentro nuestro corazón comenzará a destilar nuevos y bonitos sentimientos. Nadie será ya indiferente para mi vida.

Hoy Jesús en el evangelio, cuando está hablándoles a los discípulos, aquellos que siempre estaban con El y que incluso estaban dispuestos a todo por Jesús porque lo amaban, para decirles que su amor tiene que tener una cobertura más universal les dice que todo lo que le hagan a los demás es como si se lo estuvieran haciendo a El a quien tanto amaban. Les está haciendo cambiar la perspectiva de la mirada que han de tener con los demás, han de tener con todos. Si en el otro están viendo a Jesús estarán viendo a quien tanto les ama, y de ese amor de Jesús ellos se sienten bien seguros, y entonces como si dieran respuesta a ese amor de Jesús han de amar a los demás.

En el otro ya no vemos, no podemos estar mirando desde esas categorías humanas con las que nos catalogamos, con las que nos hacemos nuestros distingos y nuestras separaciones, en el otro estaremos viendo a Jesús, que nos llama amigos porque nos ama, que nos hace sentirnos hermanos porque comenzamos a ser una nueva familia, que nos hace vernos a nosotros mismos también de una forma distinta porque nos dice que somos hijos de Dios porque somos amados de Dios.

Otra es entonces la pauta, la medida, el estilo, el sentido que le damos al amor a los demás. Y lo que le pasa a los demás lo sentimos ya incluso como si nos pasara a nosotros mismos porque entramos en otras ondas de solidaridad.


viernes, 7 de junio de 2019

Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor


Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor

Hechos, 25, 13-21: Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando la hemos fallado a un amigo o hemos defraudado a alguien que había puesto su confianza en nosotros, luego nos sentimos mal y de alguna forma aunque quisiéramos arreglar el entuerto sin embargo algo así como que no nos gustaría encontrarnos con ese amigo o con esa persona porque tememos sus reproches por otra parte bien justificados.
Sin embargo si al encontrarnos con esa persona no salen a flote inmediatamente los reproches en cierto modo nos sentimos aliviados, pero aun así, por su silencio, sigue habiendo una cierta desconfianza dentro de nosotros mismos temiendo que de un momento a otro aparezcan esos reproches. Es nuestra vergüenza y arrepentimiento aunque quizás no sepamos expresarlo con palabras, pero trataremos con humildad de mostrarnos de alguna manera solícitos y atentos hacia aquel a quien defraudamos.
¿Qué pasaba en la mente y en el corazón de Pedro? A pesar de todas sus promesas de fidelidad y el amor grande que por Jesús sentía, le había defraudado; se había metido en la boca del lobo a pesar de los anuncios de Jesús ante sus valentías y desoyendo aquello que Jesús les había dicho de orar sin desanimarse para no caer en la tentación porque somos débiles y aunque queramos estar prontos sin embargo en nuestra debilidad fallamos con demasiada facilidad. Es lo que le había sucedido a Pedro.
Pero Jesús resucitado se las había mostrado y todos se habían llenado de alegría; Pedro también había tenido un encuentro particular con Jesús resucitado del que no conocemos detalles, pero seguían con sus miedos y sus dudas y marchando a Galilea se habían vuelto a sus faenas de siempre. No habían cogido nada aquella noche, y solo en la mañana a la voz de un desconocido que desde la orilla les señalaba donde estaba el cardume de peces, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. No había sido él a pesar de su amor, había sido Juan el que había señalado que quien estaba a la orilla era el Maestro y el Señor, y se había lanzado al agua para ser el primero en llegar a los pies de Jesús.
En la orilla se habían encontrado todo preparado porque Jesús ya tenia unos panes y unos peces sobre las brasas y les había invitado a almorzar. Como comenta el evangelista nadie le preguntaba quien era porque todos sabían que era Jesús. Se repetía lo de la pesca milagrosa un día tiempo atrás, se encontraban unos panes y unos peces como cuando lo de la multiplicación de los panes allí en las cercanías, y ahora parece que se rememoraba de alguna manera la cena pascual de días atrás en Jerusalén.
Pero es ahora cuando Jesús le pregunta a Pedro una y otra vez por su amor. A la tercera vez que Jesús pregunta Pedro se pone triste porque a su mente acuden los recuerdos. Tres veces había negado conocer a su Señor. Quien un día había recibido la promesa de ser piedra para aquella nueva Iglesia, había fallado; a quien le habían dicho que se mantuviera firme para que cuando se recobrara alentara la fe de los hermanos, era quien había dudado cobardemente allá en lo patios de la casa del sumo sacerdote.
Ahora Jesús le pregunta por su amor. ¿Qué podía responderle si Jesús lo conocía todo? Y Jesús conocía también cuanto era el amor que había en su corazón. Impulsivo era el primero en responder a las preguntas de Jesús, pero esos impulsos lo traicionaron y había fallado, ahora quería prometer con toda su fuerza su amor. Y Jesús seguía confiando en El, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis ovejas’, le iba repitiendo Jesús.
¿Dónde están también las veces que nosotros hemos defraudado con nuestras dudas y con nuestras negaciones cobardes? ¿Dónde está nuestro amor que queremos prometer para vivir en toda fidelidad y para siempre? Jesús lo sabe todo, simplemente nosotros confiemos también y dejémonos llevar por el amor.

viernes, 23 de septiembre de 2016

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143;  Lucas 9,18-22

‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es la pregunta directa que Jesús le hace al grupo de los Doce. Antes les ha pregunta cuál es la opinión de la gente, ¿qué se dice de él? ¿Qué piensan todos aquellos que le rodean, que alguna vez se han tropezado con Jesús, que han escuchado sus palabras o contemplado sus milagros?
Pero se puede transformar y de hecho se transforma cuando hoy escuchamos su Palabra, ‘tú, ¿quién dices que soy yo?’ Es nuestra opinión la que nos está pidiendo Jesús, es lo que nosotros sentimos, yo siento en su presencia, es lo que El significa para mí, lo que Jesús ahora nos está, me está planteando.
Las gentes en la época de Jesús que nos narran los evangelios, aparte de aquellos que se oponían a Jesús y le rechazaban o se sentían incómodos con su presencia, sus signos y su Palabra, se admiraban de sus enseñanzas, reconocían que a nadie habían escuchado hablar como hablaba él con su autoridad, sentían cómo Dios caminaba en medio de ellos porque nadie podía hacer las cosas que Jesús hacía, y terminaban reconociendo que era un gran profeta como aquellos antiguos profetas de la historia de Israel y para algunos era como si el cercano Juan Bautista hubiera vuelto a la vida.
¿Y las gentes de nuestro tiempo qué piensan, qué opinan de Jesús? Muchos pasaran indiferentes ante su figura y de la misma manera que a través de todos los tiempos le rechazarán como rechazarán su doctrina y a quien hoy quiere presentar su mensaje en el rechazo que se hace a la Iglesia de mil maneras y a los cristianos; para muchos quizá seguirá siendo un gran personaje de la historia, reconociendo que de alguna manera habrá influido en la historia de los hombres a través de los siglos, pero quizá sigan viéndolo así como un personaje lejano en el horizonte de los tiempos; muchos quizá lo sentirán más cercano y le llamarán un amigo o le tendrán como un líder que aun sigue diciéndonos cosas a los hombres de nuestro tiempo pues en sus palabras hay un mensaje que nos pueda plantear altos y nobles ideales.
Pero, ¿nos quedamos ahí? ¿No terminamos de vislumbrar tras todo eso un misterio trascendente que nos haga ver de otra manera a Jesús? Es la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos, para ver en verdad qué es lo que significa para mi, cómo implica mi vida en algo nuevo, cómo me puede llevar a un compromiso distinto, cómo puede darle una trascendencia más grande a mi vida, cómo puede hacerme levantar la mirada hacia lo alto para descubrir a Dios, para sentir a Dios, para vivir a Dios.
Pedro, que fue el que se adelantó a dar una respuesta personal, dijo de Jesús en aquel momento ‘el Mesías de Dios’. Era mucho lo que Pedro estaba diciendo con estas breves palabras que otro evangelista nos trascribe como reconociéndolo como el Hijo del Dios vivo. Era mucho lo que estaba diciendo Pedro aunque no sé si era consciente del todo del alcance de sus palabras. Pero allí había una hermosa confesión de fe. Aunque Jesús luego le hará comprender que ese Mesías de Dios había de padecer y sufrir hasta una muerte de cruz.
Queremos hacer también nosotros una certera confesión de fe en Jesús porque en verdad lo sintamos como el Mesías de Dios en nuestra vida; porque sintamos en verdad que El lo es todo para nosotros y sin el cual nuestra vida no tendría ningún sentido ni valor. Queremos en verdad reconocerle como nuestro Salvador porque pasó por una muerte de cruz derramando su sangre para el perdón, para perdonarme de mis pecados, pero que en verdad me ha llenado de una vida nueva para vivir para siempre en la gracia y en el amor.
Quisiera expresar y no sé qué palabras emplear que El es la verdadera luz de mi vida, la razón de mis luchas y la fuerza de mi amor; que en Él veo las cosas de forma distinta y aprendo también a tener una mirada nueva hacia aquellos que me rodean con los que voy haciendo el viaje de la vida, sintiendo que somos unos hermanos que caminamos juntos, también con nuestras flaquezas y debilidades, pero sintiendo la fuerza de Jesús.
Busquemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, en lo que son nuestros pensamientos y nuestras esperanzas para descubrir y también para compartir con los demás todo lo que Jesús significa para mí, significa para cada uno de nosotros.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Unas preguntas de Jesús que nos tienen que llevar a unas respuestas llenas de vida que implican totalmente nuestra vida

Unas preguntas de Jesús que nos tienen que llevar a unas respuestas llenas de vida que implican totalmente nuestra vida

Ageo 2,1b-10; Sal 42; Lucas 9,18-22

‘¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre? ¿Quién dice que soy yo?’ ¿Quién dice la gente que es Jesús? Una pregunta que hace Jesús y una pregunta que nos hacemos nosotros para llegar también a preguntarnos como lo hace Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Nosotros, ¿qué decimos de Jesús? ¿Qué es Jesús para nosotros?
Pudiera parecer un totum revolutum de preguntas. Pero ciertamente es algo fundamental. Porque se puede pensar muchas cosas de Jesús. Escuchamos a la gente - y quizá nosotros mismos - y se comienzan a oír muchas cosas. Entonces decían un profeta, Juan Bautista que ha resucitado como decía Herodes, uno de los antiguos profetas, Elías que ha vuelto a aparecer, un caudillo que se iba a poner al frente de Israel para liberarlos de la opresión de pueblos extranjeros…
Nosotros también decimos o podemos escuchar muchas cosas semejantes, en un lenguaje quizá de nuestro tiempo; un líder, un amigo, alguien maravilloso, un revolucionario, uno como los antiguos profetas, el hombre mas maravilloso… o cuando entramos en los ámbitos de la fe y de la religión ya pensamos sí en el Salvador, el Mesías que estaba anunciado por los antiguos profetas, y hasta podemos llegar a decir que es el Hijo de Dios.
Y no es que minusvalore esas posibles respuestas que nos dé la gente, incluso las más acertadas cuando entramos en el ámbito de la fe, a la manera como respondió Pedro a la pregunta de Jesús. Pero lo que quizá tenga que cuestionarme y plantearme seriamente en mi interior es cómo esa respuesta que estoy dando es una respuesta que implica mi vida, una respuesta que estoy dando con toda mi vida, una respuesta que se va a reflejar en mis actitudes y comportamientos.
La fe que tenemos en Jesús no es cuestión de doctrinas, de palabras bien formuladas en el Credo y que nos hemos aprendido de memoria. El aprender a Jesús es aprehenderlo para meterlo en mi vida y yo meter mi vida en su vida para sentirme totalmente transformado por El. Es cuestión de vida, es cuestión de amor profundo que nos transforma, es cuestión de entrar en una unión profunda con Jesús meciéndolo hasta lo más hondo de la intimidad de mi vida.
Cómo amo a Jesús y estoy dispuesto a dar la vida por El; cómo me dejo transformar por El para que en mi vida le transparente a El, para que quien me vea pueda llegar a descubrir a ese Jesús en quien creo y le llegue a amar de la misma manera o más. Cómo soy capaz de seguir a Jesús sabiendo incluso que hay pasión y hay cruz, porque hay pascua, porque la entrega que tengo que comenzar a vivir me lo hace darlo todo, incluso la vida si fuera necesario. Es cuando digo que creo en Jesús y me dispongo a seguirle estoy dispuesto a todo, a un amor total siendo capaz de tomar la cruz y seguirle negándome a mi mismo.
Unas preguntas muy serias las que nos hace Jesús y que nos invita a que nos hagamos en lo más hondo de nosotros mismos. Unas respuestas que tienen que implicar totalmente nuestra vida. Es cuestión de una fe total y de un amor sin límites como el que vive El.