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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


jueves, 16 de julio de 2026

Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 


Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, hemos dicho más de una vez como lo escuchamos también a muchos a nuestro alrededor. ¿Cansado? ¿por el esfuerzo? ¿por el trabajo? ¿por el camino realizado? ¿por las responsabilidades que hemos tenido que asumir? Normalmente cuando hablamos de cansancio estamos haciendo referencia a ese cansancio físico de nuestro cuerpo, pero bien sabemos que hablamos de cansancio por algo más, nuestro estado de ánimo que se nos va para el piso, cansancio que es también desilusión e impotencia, cansancio que es consecuencia de los agobios de la vida, cansancio que es soledad en nuestras luchas o incomprensión de los que nos rodean, cansancio que es desorientación y caminar sin rumbo, sin metas, sin objetivos, sin saber a donde vamos.

Y ¿cómo nos recuperamos de esos cansancios? Del físico sabemos que deteniéndonos en esas tareas para recuperar esas fuerzas gastadas, pero ¿y del otro tipo de cansancio? ¿dónde encontrar ese animo perdido? ¿dónde encontrar esa paz que necesitamos para encauzar bien nuestro camino? Mucho depende de cómo seamos capaces de afrontar esos problemas que nos agobian; ¿será necesario un cambio de nuestra mente para no sentirnos derrotados de antemano? ¿será importante comenzar a creer más en nosotros mismos y en nuestra capacidad para seguir el camino emprendido? Los derrotismos nada ayudan; saber que hay una posibilidad porque también una capacidad en nosotros mismos, nos puede hacer ver las cosas de otra manera; unas nuevas actitudes por nuestra parte creo que nos allana la solución de los problemas que podemos encontrar.

Hoy Jesús en el evangelio nos está haciendo una hermosa invitación. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré...´ ¿Estaría Jesús notando en sus discípulos ese cansancio porque aun con las palabras y los signos de Jesús no veían realizadas tan pronto como deseaban sus expectativas? Unas palabras que tendrán que seguir recordando sus discípulos cuando vengan los momentos difíciles, como será cuando llegue la hora de la pasión y de la pascua, y se sientan entonces desalentados encerrándose en si mismos. Como tenemos que recordarlos nosotros en el camino de nuestra vida.

Un día nos dirá el evangelista que Jesús sentía lástima de aquellas muchedumbres que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor; ovejas sin pastor en sus pobrezas y en sus deseos de salud, ovejas sin pastor porque andaban desorientados sin nadie que les ofreciera nuevas esperanzas, ovejas sin pastor porque se sentían un pueblo pobre y oprimido desde muchas circunstancias difíciles que vivían no solo por la opresión extranjera sino también por la manipulación de sus dirigentes.

Y Jesús les dice ‘Venid a mí… y yo os aliviaré’. Jesús se nos está ofreciendo como nuestro descanso. Desde el principio se nos ha anunciado la llegada de una buena noticia, y esa buena noticia la tenemos en Jesús. Con sus signos y milagros ya nos ha ido manifestando que en verdad es la luz y la vida nueva para nuestra existencia. A ello tenemos que dar respuesta, y expresando en un cambio de actitudes y posturas que con Jesús todo es distinto. Y ¿qué nos dice Jesús que vamos a encontrar en El que será en verdad alivio y descanso para nuestra vida? En una palabra podríamos decir, ser como Jesús.

Por eso nos dice que aprendamos de El, que aprendamos de su corazón; es todo un cambio de vida, un cambio de actitudes, el nacimiento de una confianza y de una esperanza. ¿No nos ha pedido desde el principio conversión? ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¿Qué significan estas palabras? Tomar su yugo es caminar sus pasos. Esas actitudes negativas y de desesperanza que tantas veces nos aparecen en nuestra vida tenemos que desterrarlas de nosotros. ¿Qué nos suele suceder cuando estamos cansados y agobiados? Pensemos en nuestras reacciones, la acritud que envuelve nuestra vida, la violencia con que reaccionamos, el mal carácter que nos aflora desde el primer momento, el rechazo con que vamos caminando de cuanto nos rodea y hasta de nosotros mismos, el amor propio que aflora y nos hace agresivos con cuanto nos rodea.

Jesús nos dice que tomemos su yugo, que tomemos el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabaran nuestros desánimos y cansancios. Cuando caminamos con humildad, reconocemos es cierto nuestra pobreza y nuestra pequeñez, pero comenzamos a confiar, confiamos a ver las cosas de otra manera, comienza a despertarse en nosotros la esperanza; cuando llenamos nuestro corazón de mansedumbre qué distintas son nuestras reacciones y nuestras relaciones con los demás, con qué fuerza interior nos estamos sintiendo. Como nos decía el profeta ‘Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú’. El Señor es nuestra fuerza y nuestra paz. Y Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. ¿Cómo no lo va a ser si El es nuestra fuerza y camina con nosotros?

lunes, 18 de mayo de 2026

En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

 


En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

Hechos 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

En ese mundo que nos rodea que es la vida de cada día con sus luchas y con sus esfuerzos, contemplamos quizás el avance de algunos que parece que todo lo que emprenden tiene resultados exitosos, pero al mismo tiempo contemplamos también fracasos, derrotas, gente que no sabe cómo salir de los problemas a los que se enfrentan o cómo emprender tareas que puedan resultar exitosas; quizás pueda aparecernos el desasosiego y hasta la inquina ante el triunfo de los demás, y la sensación de inutilidad porque no somos capaces de salir adelante tan pronto como quisiéramos, las luchas se nos hacen interminables y la sensación que podemos sentir dentro de nosotros no es buena.

Es la vida con sus múltiples tareas, las responsabilidades de cada día, en el campo familiar o en el campo laboral, son los deseos de superación que sentimos dentro de nosotros mismos que nos gustaría cambiar en muchas cosas y es la sensación de impotencia y fracaso porque no lo logramos tan pronto o tan fácil como quisiéramos. Podemos pensar en todo lo referente a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y a la tarea que queremos realizar en nuestro entorno, en ocasiones mal interpretada, rechazada, con fuerte oposición sobre todo desde donde se quiere vivir un laicismo hasta el extremo, de no querer permitir hasta ningún signo religioso en la vida. ¿Qué hacemos? ¿Estamos llamados a la derrota y al fracaso?

Jesús en la última cena, y son las palabras que día a día venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua, decimos que son palabras de despedida, pero son palabras de Jesús que quieren hacerles mantener en la esperanza, hacer que no se sientan solos, cuando hasta ahora lo han tenido siempre a Él cerca quizás como un refugio cuando no entienden las cosas o se encuentran algún tipo de oposición.

Las palabras de Jesús hoy son verdaderamente alentadoras. El aliento lo sentimos desde que nos promete la presencia del Espíritu en nuestros corazones que inspirará cuanto hagamos y nos dará la fuerza que necesitamos. Pero Jesús nos invita a no temer, porque tenemos la victoria asegurada.  ‘Os he hablado de esto, nos dice, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Habrá luchas, nos dice Jesús; como nos ha anunciado en otro momento las persecuciones que hemos de sufrir. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro, y ¿qué es lo que han hecho con Jesús? En cierto modo no tiene por qué extrañarnos el miedo que tenían los apóstoles para estar encerrados en el Cenáculo en aquellos días. ¿Podría pasarles lo mismo que le estaba pasando a Jesús? Claro que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu a partir de Pentecostés para que todos aquellos miedos se acaben; A Pedro le veremos salir a hablar a la multitud, él que era tan parco en palabras aunque fuera mucho su entusiasmo por Jesús, señalándoles que han crucificado al que Dios resucitó de entre los muertos; contentos saldrán más tarde de la presencia del Sanedrín por haber podido sufrir castigos por el nombre de Jesús, atreviéndose a replicarles que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero todo eso tenemos que aplicárnoslo a nosotros. ¿No caminaremos por la vida muchas veces demasiado desalentados y con muchos temores en el corazón? Tenemos que aprender a creer en las palabras de Jesús, no solo para decir que son ciertas, sino para hacerlas sentido de nuestra vida, y desde esa confianza que tenemos en la victoria de Jesús comenzar a confiar en lo que nosotros podemos lograr, no solo para nosotros mismos, sino también para los demás. Las palabras de Jesús tienen que hacernos sentirnos seguros, nos tienen que impulsar a lanzarnos sin ningún temor por el mundo anunciando el nombre de Jesús como nuestro único Salvador.


lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

 


El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

Hechos 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Es cierto que a veces al tener que enfrentarnos a lo desconocido se nos pueden llenar de temores el corazón porque en nuestras dudas y miedos no sabemos si sabremos afrontar esas nuevas situaciones que se nos presenten y de alguna manera se nos meten muchas cosas en la cabeza, muchas imaginaciones en que podemos barruntar que no va a ser fácil lo que tenemos que hacer.

Nos sucede en el día a día de nuestra vida, nos sucede cuando tenemos entre manos un nuevo proyecto que aunque nos llena de ilusión también nos aparecen esos miedos de si seremos capaces de llevarlo a cabo, nos sucede en la tarea de superación personal que cada uno vivimos donde nos damos cuenta de nuestras posibilidades pero también de nuestras debilidades que nos podrían llevar a muchos tropiezos, y nos sucede en el camino de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano en medio del mundo que nos rodea.

¿De donde sacaremos fuerza?, quizás nos preguntamos muchas veces, o quizás después de realizados esos proyectos también nos preguntamos cómo fuimos capaces de afrontar todo eso y llevarlo adelante, dónde encontramos esa fortaleza para llegar a hacer lo que incluso creíamos que éramos incapaces de realizar.

Jesús nos está hablando hoy del ‘Paráclito que enviará desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre’. Jesús les había prometido que no los abandonaba, que El estaría con ellos pero les hacia saber que era de una manera nueva. Lo irán luego experimentando después de la resurrección en aquellas manifestaciones de Jesús como hemos venido meditando en esta pascua. Será el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre el que dará testimonio de Jesús, como hoy nos dice. Y el que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús. Todo un misterio de Dios, todo un misterio de amor.

Jesús no les oculta que no todo será siempre fácil. Les habla de persecuciones e incluso muerte, y les anuncia todo esto para que cuando lleguen esos momentos difíciles no se vengan abajo, ‘cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo había dicho’. Pero Jesús les estará garantizando que con la fuerza del Espíritu, el Paráclito, podrán dar ese testimonio de Jesús.

No se trata tanto de lo que nosotros por nosotros mismos seamos capaces de hacer, que podemos hacer más de lo que nosotros pensamos, pero es que no vamos por caminos de autosuficiencias ni de orgullos personales, estamos en otra honda, otro el sentido espiritual que debe envolver nuestra vida porque es envolvernos del Espíritu de Dios. El Espíritu que nos ilumina y nos llevar a que podamos comprenderlo todo, el Espíritu que completa en nuestro corazón esa revelación de Dios porque nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado, el Espíritu que nos da fortaleza para quitar miedos, para abrir puertas, para saltar sobre esos abismos y barreras que tantas veces nos creamos, que le da profundidad a nuestra vida para que no nos quedemos ni en la apariencia ni en lo superficial, el Espíritu que nos hace humildes porque no somos dueños de una verdad sino mensajeros de una buena nueva, el Evangelio de Jesús, el Espíritu que va a animar y dar sentido también a nuestra oración porque solo con la acción del Espíritu podremos decir que Jesús es el Señor y llamar Padre a Dios.

Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto porque aunque nos decimos cristianos y creyentes que hemos puesto nuestra fe en Jesús sin embargo con demasiada frecuencia nos olvidamos de esta acción del Espíritu Santo en nosotros. Nos sentimos débiles por nosotros mismos y cuando nos envuelven los problemas o se nos hace costoso el testimonio que hemos de dar de nuestra fe parece que nos sentimos sin fuerzas y en nuestros miedos muchas veces reculamos y no somos lo valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y cobardías se nos meten en el alma.

Tendríamos que escuchar con mucha atención estas palabras de Jesús y hacerlas vida de nuestra vida. Muchas veces decimos que el Espíritu Santo es el gran olvidado, pero es que realmente está ahí en el credo de nuestra fe, pero no terminamos de asimilar y sentir su presencia en nosotros y en la vida de la Iglesia.

domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

sábado, 18 de abril de 2026

Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21 Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos. Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración. Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes. Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra. Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto. Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio. Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.

 


Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos  cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21

Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos.

Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración.

Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes.

Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra.

Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto.

Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio.

Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos porque todo ya nos lo anunció Jesús, mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe aún en las persecuciones

 


Hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos porque todo ya nos lo anunció Jesús, mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe aún en las persecuciones

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Qué difícil es permanecer en tu lugar señalado cuando la tierra tiembla bajo tus pies. Podemos interpretarlo de muchas maneras; el primer pensamiento que nos viene es un terremoto, ¿nos quedamos paralizados y estáticos en el lugar o buscamos un refugio o una salida? No es por ahí por donde voy aunque bien nos pudiera valer la imagen, protocolos hay para saber qué hacer en casos de emergencias.

Pero hay otro tipo de emergencias en la vida, desde los problemas que nos envuelven, las incomprensiones o rechazos que recibimos de los demás, el río revuelto de la vida en que nos hemos metido con nuestros errores, los fracasos que se nos vienen encima porque las cosas no son como las habíamos imaginado que podrían ser, las enfermedades que nos debilitan, los cansancios y ansiedades porque no logramos salir adelante o las pendientes de la vida se nos hacen muy fuertes y costosas, la soledad en que caminamos a veces porque nos parece que nos sentimos abandonados de todos, las incertidumbres ante el futuro propio o de los que están bajo nuestra responsabilidad, ¿cómo podemos permanecer en la lucha? ¿No nos dan ganas de echar a correr y huir de todo esperando encontrar un lugar donde todo sea distinto? ¿Habrá ese lugar?

Muchas veces hemos pensado o hablado de la necesaria perseverancia en los caminos de la vida que nace de una esperanza. Si no hay una esperanza bien fundamentada será difícil mantener esa perseverancia. Tenemos que saber estar en nuestro lugar aunque muchas veces se nos haga difícil; y eso cuesta porque todos queremos salvar el pellejo, como suele decirse. No nos gusta vernos fracasados ni ignorados, la soledad reseca nuestra garganta y nos hace llorar con lágrimas amargas, pero hemos de tener la certeza que tras ese túnel oscuro siempre habrá una luz. Tenemos que buscarla, tenemos que tener esperanza de que podemos encontrarla.

Y en eso nuestra fe nos enseña mucho, aunque estemos muy llenos de tinieblas. Esa fe que hará que nuestros pasos se sientan seguros aunque tiemble la tierra bajo nuestros pies. Sabemos de quien nos hemos fiado y en quien en verdad nos apoyamos. Es la roca firme, es la piedra angular que mantendrá bien cohesionado todo el edificio. Jesús nos ha prometido su presencia en medio de nosotros para siempre hasta el final de los tiempos.

El camino de nuestra vida cristiana no siempre es fácil, primero porque partimos de nuestra debilidad, de nuestra inconstancia, de lo poco congruentes que somos tantas veces entre lo que decimos y lo que realmente es nuestra vida; pero nos viene también del mundo que nos rodea, no siempre favorable a nuestras ideas y a nuestros principios, con lo que muchas cosas a nuestro alrededor se convierten en una tentación para nosotros; pero en ese mundo encontramos por una parte quienes nos dan malos ejemplos, quienes tendrían que darnos un testimonio coherente, pero reconocemos que ellos son también débiles como lo somos nosotros; pero están quienes nos van a la contra, quienes aprovecharán lo que sea para denigrarnos y hacernos perder prestigio, para luchar contra nosotros o ignorarnos.

Pero ahí tenemos que hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos y que todo eso ya nos lo anunció Jesús, como hoy mismo escuchamos. Pero es ahí donde tenemos que mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe y de nuestros planteamientos aunque tengamos que ir a la contra con el mundo que nos rodea. Es donde hoy nos dice Jesús que seamos perseverantes. Y nos da unas garantías de que podemos vencer en esas dificultades, no nos faltará la fuerza de su Espíritu. Es por lo que nos confiamos y seguimos adelantes, permanecemos en nuestro lugar aunque como decíamos la tierra tiemble bajo nuestros pies.

‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, que nos dice Jesús. Es la luz que aunque nos parezca que solo está al final del túnel misteriosamente va iluminando cada paso que demos para no tropezar y dar satisfacción a los demás por nuestras caídas.

domingo, 12 de octubre de 2025

Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

 


Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Hechos 1, 12-14; Lucas 11, 27-28

En la complejidad de lo que es la vida, después que hayamos pasado por muchas experiencias, unas oscuras en muchas ocasiones, pero otras también llenas de luminosidad, cuando tenemos que seguir enfrentándonos al camino de la vida nos entran miedos y nos llenamos de dudas, nos sentimos inseguros, necesitamos tener claros los pasos que tenemos que ir dando y aunque haya quien nos haya dado pautas, sin embargo, nos detenemos a pensar, a reflexionar, a replantearnos las cosas, a sentir esa seguridad que necesitamos para avanzar. Buscamos unos apoyos, unos pilares que mantengan firme el edificio que pretendemos construir con la vida.

Esto son cosas que nos suceden en las responsabilidades que hemos asumido en la vida, en los trabajos que tenemos que realizar, pero también allá en lo más hondo de nosotros mismos y en nuestra propia identidad; es algo que también en el camino de la fe nos sucede y nos planteamos, buscando esa luz que nos viene de Dios por la fuerza de su Espíritu para continuar con nuestro compromiso cristiano.

Hoy el texto de la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos hablaba de lo que hizo el grupo de los discípulos después de aquella ultima manifestación de Jesús en que antes de subir al cielo los envió por el mundo para anunciar el evangelio. Pero ya también Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Hemos de reconocer que se encontraban en una situación anímica como la que hemos venido describiendo en esta reflexión.

Allá se fueron al Cenáculo de nuevo, aquel lugar de tantas experiencias no solo en la cena pascual sino también como refugio en los momentos de la pasión de Jesús, pero también escenario, por así decirlo, de su experiencia pascual. Allí los había encontrado Jesús después de su pasión y su resurrección. Ahora allí estaban de nuevo en oración, en reflexión – algunas decisiones tuvieron que tomar como elegir al sustituto de Judas en el grupo de los Doce -, en silencio de búsqueda, en tensión de su espíritu para la misión que Jesús les había encomendado. Y nos dice que estaban no solo el grupo de los apóstoles más cercanos a Jesús sino algunas mujeres y con ellas María, la madre de Jesús.

¿Era el apoyo que necesitaban? ¿Era la búsqueda de esa fortaleza interior y ese coraje para lanzarse por el mundo para el anuncio del Evangelio? ¿Era la apertura de su mente y de su corazón para abrir los horizontes de su vida que tenía que ir más allá de aquellos rincones de su Galilea o de su tierra de Palestina, la tierra prometida que habían recibido sus padres? Y María está ocupando un lugar importante en ese grupo, por algo de manera especial la recuerda el autor de los Hechos de los Apóstoles.

Se nos ofrece este texto en la liturgia de este día en que celebramos a la Virgen en esa advocación tan querida para nosotros del Pilar. Es todo un signo y una señal en nuestra vida, en el camino de nuestra vida cristiana, en nuestro camino también de apóstoles y evangelizadores que hemos de ser en medio de nuestro mundo. Somos también los enviados del Señor que necesitamos de ese coraje, de esa fuerza interior, de esa fuerza del Espíritu como estaban allí esperando los Apóstoles en el Cenáculo y que se manifestaría en Pentecostés. Pero es una imagen y un signo muy hermoso que contemos con esa presencia de María.

¡Qué hermosa esa Advocación del Pilar! Un pilar de apoyo y fortaleza, como un edificio que hemos de edificar con sólidos cimientos pero con la fortaleza de unas columnas que den armazón al edificio. Un pilar como era los que se ponían en las antiguas calzadas romanas que atravesaban el imperio y que iba señalando rutas, que iba marcando distancias, que daba seguridad a los caminantes de seguir la ruta cierta y segura.

En la tradición de nuestra Iglesia en España tenemos desde siempre ese Pilar que quedó como signo y señal de esa presencia de María junto al apóstol que hizo el primer anuncio del Evangelio en nuestras tierras. Pero ese Pilar ha continuado presente en toda la historia de la Iglesia española a través de los tiempos para hacernos sentir esa presencia de María junto a nosotros en nuestros caminos, en nuestra vida, como lo estuvo presente, según hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles, allí en el Cenáculo junto a los discípulos y apóstoles sobre los que había de constituirse la Iglesia. Así María ha estado siempre junto a nosotros, como Madre, como compañera de camino, como signo de luz de fortaleza para nuestras vidas.

Como nos ha dicho el evangelio en ella contemplamos la imagen de la que ha plantado la Palabra de Dios en su vida y que merecería todas las alabanzas. ‘Dichosos más bien los escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Aquella mujer que fue llamada bienaventurada porque en su carne se hizo carne el Hijo de Dios y con su pecho lo alimentó como Madre, lo es dichosa también por ella siempre quiso que en ella se cumpliera la Palabra del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Tres nombres de arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, que tendríamos que llevar gravado en nuestras vidas por el testimonio que hemos de dar del evangelio de Jesús

 


Tres nombres de arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, que tendríamos que llevar grabado en nuestras vidas por el testimonio que hemos de dar del evangelio de Jesús

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Hay cosas, por decirlo de alguna manera, que no siempre llegamos a entender en todo su sentido, que son de alguna manera un misterio para nosotros, pero que ahí están, que son para nosotros señal y signo de algo distinto y superior a todo lo que nosotros podamos entender o imaginar, pero que de alguna manera envuelven nuestra vida y nos hacen entrar en algo inmensamente superior a nosotros mismos y que abre para nosotros horizontes de plenitud que aunque nos sintamos pequeños llenan de una grandeza superior a nuestra vida.

Es el misterio de Dios que hoy celebramos; sí, quiero llamarlo misterio de Dios, porque nos hace sentir su presencia misteriosa que hace que nuestra vida entre en una nueva dimensión. A lo largo de la Biblia sobre todo en el Antiguo Testamento cuando se nos habla de la presencia de Dios que actúa en la vida de los hombres habitualmente se nos habla del Ángel de Dios que se nos manifiesta. Muchos podría ser los testimonios que nos ofrece la Biblia en este sentido, donde siempre quien recibe esa visita del Ángel del Señor se sentirá fortalecido desde lo más hondo y con una misión nueva en su vida.

Una presencia de Dios en sus ángeles que nos eleva y nos hace al mismo tiempo sentirnos espirituales, que se convierte en fortaleza para nuestro caminar, para mantener viva nuestra fe y para crecer en esa dimensión del amor. Sentiremos esa presencia del Ángel de Dios junto a nosotros que hace entrar en esa nueva dimensión nuestra vida, que no es solo la materialidad de un cuerpo humano sino ese espíritu que dentro de nosotros da sentido y grandeza a nuestro ser.

En este día del 29 de setiembre la iglesia ha querido aunar en una sola festividad a los santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, cada uno, podríamos decir, con sus particularidades propias según se nos van manifestando en distintos momentos de la Biblia y que de alguna manera van a encauzar lo que significa la presencia de los santos ángeles y arcángeles en nuestra vida.

¿No necesitaremos esa fortaleza de Dios que significa la figura del Arcángel san Miguel en esa lucha de nuestra vida por el bien y la verdad para preservar la santidad de nuestra vida en esa lucha contra el maligno?

¿No necesitaremos esa claridad y sabiduría de nuestra mente para saber escuchar y discernir lo que es la Palabra de Dios para nosotros como representó la figura del Arcángel Gabriel que fue mensajero de Dios que tanto en Zacarías como en María los descubría los misterios de Dios y la misión que Dios les confiaba?

Necesitamos sentirnos sanados porque nuestra vida se corrompe con el mal y el pecado, necesitamos sentirnos sanadas de esas perturbaciones que sentimos en nuestro espíritu desde nuestros miedos y nuestra dudas, desde esas influencias del mal y la mentira que dañan nuestro espíritu, necesitamos sentirnos sanados porque el desamor y el odio nos dañan interiormente y necesitamos encontrar esa paz de nuestro espíritu como el santo Arcángel Rafael fue medicina de Dios y acompañante en el camino para Tobías.

Es la imagen que se proyecta sobre nosotros y nuestra vida con esa presencia de Dios que se manifiesta en sus arcángeles para ayudarnos en el camino de nuestra vida. Pero es también en lo que nosotros hemos de convertirnos como signos de una vida nueva ante aquellos que nos rodean. Mensajeros de Dios hemos de convertirnos en medio de nuestro mundo con los signos de una vida santa y de una vida sana; mensajeros de Dios que con el testimonio de nuestra vida nos convertimos en portavoces y trasmisores de un mensaje de salvación para nuestro mundo.

¿No deberíamos llevar el nombre de estos tres santos arcángeles gravado en nuestras vidas sobre todo por el testimonio que damos y por el signo en que nos convertimos de ese Reino nuevo de Dios ante el mundo que nos rodea?

martes, 19 de agosto de 2025

Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida y a pesar de nuestra pobreza a causa de nuestro desprendimiento tenemos la sabiduría de Dios

 


Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida y a pesar de nuestra pobreza a causa de nuestro desprendimiento tenemos la sabiduría de Dios

Jueces 6,11-24ª; Salmo 84;  Mateo 19, 23-30

¿En manos de quien dejamos o ponemos lo que podríamos llamar ‘los destinos de la vida’ o la verdadera solución de los problemas que nos encontramos? Fácilmente lo dejamos en los que consideramos poderosos, los que parecen los más influyentes de la sociedad, en los que nos parecen más sabios porque son los que han estudiado, en aquellos que quizás se nos presentan en su prepotencia como los únicos que saben como resolver esos problemas de la sociedad?

Eso nos lo podemos encontrar en muchos lugares de nuestra sociedad, como algunas veces nos puede suceder también en nuestro propio ámbito eclesial. Alguna vez me he encontrado en alguna reunión parroquial donde se encuentran personas diferentes – si es que tendríamos que hablar así -, con cultura diferente, con preparación muchos quizás para emprender muchas cosas por sus estudios, por los trabajos que realizan, por el estatus que desempeñan quizás en el propio ámbito de la sociedad, pero personas que nos parecen humildes, que nos parecen incultas, que no tienen esos ‘estudios’ pero que calladamente se desempeñan en la vida; quizás a estos que nos parecen más humildes les cuesta expresar sus opiniones, dejan que sean los otros los que siempre hablen y da la impresión que tienen la última palabra, pero nos encontramos de pronto que aquella persona callada en un momento hizo una observación que cambió completamente los planteamientos que se hacían, que daba una visión nueva y verdaderamente renovadora; era el buey mudo que de repente bramó y se hizo notar y nos enseñó donde podíamos encontrar la más valiosa sabiduría.

Me he alargado en esta consideración partida de la experiencia, porque realmente es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Parte el evangelio del episodio ayer comentado del joven rico, que atado a sus riquezas no supo dar el paso adelante en lo que Jesús le ofrecía para que alcanzase la verdadera plenitud de su vida. Y yo nos dice Jesús algo que es verdadera revolucionario y desconcertante para la mentalidad que entonces tenían, y que algunas veces permanece en nosotros.

‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos...’ y Jesús les habla del camello que pasa más fácilmente por el ojo de la aguja que los ricos por la puerta del Reino de los cielos. Los discípulos se quedan desconcertados y se preguntan, ‘y entonces, ¿quién puede salvarse?’ Y es cuando Jesús nos pide que no nos apoyemos ni en poderes de este mundo ni en sabidurías humanas. Tenemos que buscar algo más hondo que Dios ha sembrado en nuestros corazones y que tenemos que saber descubrir. Nos está pidiendo toda nuestra confianza en Dios. ‘Dios lo puede todo’, viene a decirles.

Dios lo puede todo pero sigue confiando en el hombre, sigue queriendo contar con nosotros. No es cuestión de buscar milagros espectaculares que nos lo den todo resuelto. El milagro está en que sentimos en nosotros esa fuerza y esa sabiduría de Dios para mantenernos fieles y leales en nuestras metas, en lo que queremos alcanzar no ya solo para nosotros sino para los otros y para la sociedad que queremos mejor. Es la fuerza interior que Dios nos da para superar malos momentos de flaqueza y tentaciones, para querer siempre dar un paso más, para hacer que haya mayor humanidad en nuestras relaciones, para no perder ese optimismo que nos hace caminar con alegría a pesar de los sufrimientos o tropiezos que podamos encontrar y mantener la esperanza de que podemos hacer siempre algo mejor.

Nos exigirá desprendernos de nuestro yo, nuestro egoísmo, nuestra ambición, nuestros apoyos humanos o materiales, pero aunque parezcamos pobres porque todo lo hemos dado, sabemos que Dios no nos falla, no nos sentiremos solos, se multiplicarán en torno nuestro esos signos de la misericordia y de la bondad del Señor, porque Dios está con nosotros.

Cuando Pedro y los discípulos le preguntaban a Jesús qué les iba a tocar ellos que lo habían dejado todo, Jesús les aseguraba que no les faltará ese padre o madre, ese hermano o hermana, esa persona que a su lado va a ser un signo de la misericordia y de la presencia de Dios. Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida.

jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.