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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 


Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

¿Por qué se nos vino abajo la casa, aquella obra que habíamos emprendido con tanta ilusión? ¿Por qué aquel proyecto fue un fracaso y no lo pudimos sacar adelante? ¿Qué nos pasa en la vida que no salimos adelante por muy magníficos que son nuestros sueños? Preguntas así nos hacemos muchas veces en la vida en las distintas circunstancias por las que vamos pasando. Son accidentes que nos echan abajo todas nuestras ilusiones, son cosas que se destruyen como mencionábamos de la casa que se nos cae, son dificultades y tropiezos que vamos teniendo quizás después de errores que hemos cometido a la hora de proyectar, de hacernos nuestros planes, o de dejarnos simplemente arrastrar por la inercia de la vida.

Si hablamos de la casa que se nos cae nos preguntamos cómo estaba construida, y pensamos en su cimentación o pensamos en los materiales que se han empleado en su construcción, pensamos en los posibles errores de proyecto o de una ejecución no correcta de lo que estaba planificado. Pero podemos pensar así y preguntarnos por el fracaso de nuestras relaciones, por la ruptura de una amistad que nos parecía muy bonita, o de los proyectos de vida que no hemos podido llevar adelante. Y tenemos que buscar causas, tenemos que preguntarnos por la fundamentación de nuestra vida, por los valores que van a marcar nuestra identidad, por la rectitud con que andamos no simplemente para no cometer errores sino para andar con dignidad.

Porque en nuestra reflexión lo de menos es que se nos caiga la casa, porque eso es solo una imagen de lo que nos sucede en la vida. Y no podemos ir echando la culpa, como nos es tan fácil hacer, al ambiente que nos rodea, a lo que los demás puedan hacernos o puedan influir en nosotros, o el mal de la sociedad que nos envuelve. Pero, ¿dónde está la rectitud con que hemos de andar en la vida, los valores que son fundamente de nuestro quehacer, los verdaderos cimientos que le hemos puesto a la vida? Si nos fallan estas cosas significaría que estaríamos caminando en la superficialidad, sin nada que dé consistencia a nuestra vida y así cuando nos llega el peligro de la pendiente nos dejamos ir por esa pendiente.

Hoy nos habla Jesús de la casa edificada sobre roca y de la casa edificada sobre arena. Y nos habla de la escucha de la Palabra de Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos. Pues no se trata de oír palabras que nos vienen al vuelo sino de saber escuchar que es plantar esa semilla en nuestro corazón. No basta decir ¡Señor, Señor!, nos viene a decir porque muchas veces parece que nuestra oración se queda en decirle cosas al Señor que las más de la veces lo que hacemos es llevar una lista de peticiones, sino de saber escuchar a Dios. La oración tiene que ser un diálogo de amor, y cuando se dialoga no solo se habla sino también y fundamentalmente se escucha. ¿Será así nuestra oración?

El profeta hablaba de esa ciudad fuerte y amurallada que podía soportar todos los embates. Es la fortaleza de nuestro espíritu que hemos de tener, pero que no es solo por nosotros mismos, por nuestra fuerza de voluntad como muchas veces decimos, sino porque sentimos la fortaleza del Señor en nuestra vida. Y si El está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? 

Como diría san Pablo nada podrá ya apartarme del amor de Cristo Jesús, vengan de donde vengan los embates de la vida. ‘Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua’, como nos decía el profeta Isaías. Necesitamos despertar esa confianza en nuestro corazón.

jueves, 26 de junio de 2025

Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29 ¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada. Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona. ¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos. ¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida. Hoy Jesús nos está previniendo. Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.



Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas

Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29

¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada.

Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona.

¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos.

¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida.

Hoy Jesús nos está previniendo.  Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.


jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

jueves, 11 de junio de 2020

Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio


Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio

Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 20-26
Ayer hablábamos de los pequeños o grandes bloques que aunque algunas veces no veamos forman parte de la estructura de un edificio y que tienen su importancia en la construcción del mismo, igual que las paladas de hormigón que enterramos para hacer los cimientos que sustenten luego dicho edificio. Pero hablamos también de la belleza de su conjunto pero de alguna manera hemos de mencionar aquellos aspectos, aquellas siluetas o aquellas formas que van a manifestar también externamente su belleza y su fortaleza.
Hay lugares o aspectos en que el arquitecto y constructor como un artista se esmerará más pues de alguna manera va a dar una imagen de aquello que estamos construyendo pero que además nos manifiesta lo que van a ser características de aquello para lo que fue construido. Es una armonía de líneas en un sentido o en otro pero que nos quieren manifestar la fuerza y la vida propia de aquel edificio.
Seguimos pensando en nuestra vida y en nuestra vida como creyentes y como cristianos que nos asentamos sólidamente en la roca que es Cristo, pero que no está en el fondo de nuestra vida como un adorno o como si de un apellido bonito se tratara. Esa fe que tenemos en Cristo es lo que de verdad nos cohesiona, pero que va a dar también el sentido de lo que hacemos y de lo que vivimos. Y es que si somos cristianos nuestra vida no está al margen del sentido de Cristo – porque además sería un sin sentido – sino que nuestra vida ha de estar impregnada de ese sentido de Cristo, de esos valores que nos enseña a vivir que a la larga no es sino vivir su misma vida.
Todo lo que hacemos y todo lo que es nuestra vida tiene que tener esa impronta de Cristo, ese sentido de Cristo; no lo podremos nunca vivir al margen del sentido de Cristo que descubrimos en su evangelio. Y es que en todo lo que hacemos y vivimos tenemos que reflejar a Cristo, porque vivimos su misma vida, porque vivimos en su mismo amor. Marca nuestra relación con los demás, marca nuestra relación con Dios, marca la dignidad con que vivimos nuestra propia vida.
Será entonces nuestra manera de relacionarnos con los demás, será nuestro trato y la delicadeza que pondremos en todas nuestras relaciones humanas, será la armonía que tratamos de vivir con los demás logrando una feliz convivencia de los unos con los otros, será la manera de resolver nuestras diferencias para lograr que siempre nuestro encuentro con los otros sea un encuentro para la felicidad y para el amor. Nada tendría que romper esa armonía, ninguna actitud nuestra tendría que poner en peligro nuestra convivencia, ningún gesto ni ninguna palabra nuestra tendría que hacer sufrir al otro porque no estuviera expresa con la delicadeza del amor.
Son los aspectos en los que incide de manera especial hoy Jesús en el evangelio que hemos escuchado. Nos habla del respeto a la vida de la otra persona, pero no ya solo en lo físico sino en lo que moralmente podamos darle cuando nuestras palabras o con nuestras actitudes. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado’.
Y nos habla de reconciliación y de encuentro de manera que no podemos decir que vamos al encuentro con el Señor si hemos tenido un desencuentro con el hermano. Y nos habla del diálogo en nuestros conflictos, porque siempre pueden surgir desavenencias, pero que hemos de resolverlas siempre buscando la paz, siempre desde el amor que sentimos por el hermano.
Detalles, aspectos enriquecedores de nuestras relaciones; aspectos y detalles que reflejan lo que es la belleza del amor; aspectos y detalles que si sabemos superar nos llenarán de alegría el corazón porque están creando armonía, porque están creando unas relaciones de paz. La belleza del edificio de nuestra vida cuando en verdad la tenemos asentada en Cristo y en sus valores. Esmerémonos de verdad en la construcción de nuestra vida en todos sus detalles sobre el fundamento del amor


jueves, 7 de diciembre de 2017

Cuando escuches la Palabra de Dios detente un momento y haz silencio para captar de verdad y fijar en tu vida el mensaje que el Señor quiere trasmitirnos a través de su Palabra

Cuando escuches la Palabra de Dios detente un momento y haz silencio para captar de verdad y fijar en tu vida el mensaje que el Señor quiere trasmitirnos a través de su Palabra

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Palabras, palabras, palabras… somos muy dados a las palabras. Sabemos decir cosas bonitas, nos hacemos hermosos planteamientos, prometemos y prometemos que haríamos tantas cosas buenas, pero palabras, palabras, palabras. Nos sucede tantas veces. Nos puede suceder a todos. Es una tentación constante de quedarnos solamente en palabras pero a la hora de la acción ya nos cuesta mas, ya no vemos las cosas tan bonitas, ya no somos capaces de ser constantes para realizar lo que nos habíamos planteado, las promesas se desvanecen como humo.
Pudiera parecer exagerado todo esto que estoy diciendo, pero analicemos bien nuestra vida y veamos en qué parte estamos haciendo así tantas veces. Se nos queda todo en sueño que traducimos en palabras pero que no somos capaces de llevarlo a la práctica. Es bueno soñar y prometernos muchas cosas buenas, pero bajemos a la realidad de la vida y vayamos poniendo en práctica todo eso que pensamos y deseamos para que no se queden en vanos propósitos y nada más.
Hoy Jesús en el evangelio nos esta planteando que seamos serios en su seguimiento. No podemos quedarnos embelesados al oír lo que El nos va diciendo, admirando la belleza de sus palabras y planteamientos. Tenemos que escuchar de verdad, y escuchar de verdad es llegar a plantar todo eso en nuestro corazón para hacerlo vida nuestra. No nos quedemos en admirar lo hermoso y nutritivo que pueda ser un determinado plato de comida, sino comámoslo para que nos nutra, para que nos alimente y se transforme en energía de nuestra vida.
Nos habla Jesús de aquellos que dicen una y otra vez, ‘¡Señor! ¡Señor!’ pero pronto olvidan ese reconocimiento que han hecho con sus palabras porque en su vida no están reconociendo que El es el Señor de nuestra vida, porque no hacemos lo que nos enseña, no seguimos el camino que nos plantea.
Y nos habla del insensato que edifica su casa sobre arena y del hombre sabio y prudente que busca buenos cimientos sobre roca en los que asentar su casa. Esa Roca es el Señor, como tantas veces repetimos en los salmos, y el cimiento de verdad de nuestra vida es su Palabra. Esa Palabra que escuchamos y que llevamos a la vida; esa Palabra que no nos deja impasibles sino que transforma nuestra vida; esa Palabra que es la Luz que nos señala caminos y que llevaremos siempre junto a nosotros para no perdernos en la oscuridad.
¡Qué importancia más grande tendríamos que darle a la Palabra de Dios en nuestra vida! Con qué atención tendríamos que escucharla, porque muchas veces el sonido de las palabras llega a nuestros oídos, pero no se transforma en vida en nuestro corazón. Nos sucede cuando la leemos personalmente porque tomamos la Biblia en nuestras manos y la leemos queriendo alimentar nuestra vida; o nos puede suceder cuando la escuchamos en la celebración litúrgica. Cuantas veces nos sucede que termina nuestra celebración, volvemos a nuestros quehaceres y si te preguntan qué te dijo de especial hoy la Palabra que escuchaste quizás no sabemos responder, no sabemos dar una idea de aquello que debería haber llegado a nuestro corazón.
Tratemos de hacer silencio en nosotros después de escucharla; no nos apresuremos a comenzar nuestras reflexiones o a seguir con otras cosas de inmediato. Sepamos hacer una parada, un silencio, un detenernos a ver qué nos ha dicho el Señor en su Palabra. Un minuto de silencio que resuma, que fije claramente el mensaje del Señor que hemos recibido, porque será el principio de que lo sigamos recordando y de que comencemos a ponerlo en la practica. No estaremos edificando el edificio sobre arena sino sobre el verdadero cimiento de la roca. Estaremos sintonizando muy bien con la voluntad de Dio para nosotros. Será un buen propósito en este camino de Adviento.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Qué desagradable encontrarnos con gente incongruente, personas en las que vemos una contradicción total entre aquello que dicen, aquello que pretenden enseñar a los demás o incluso corregir a los otros con lo que es la realidad de su misma vida. Pero cuidado no juzguemos porque fácilmente podemos caer nosotros en lo mismo cuando las obras que realizamos no están en verdadera consonancia con aquello que pensamos, o aquello que decimos que son nuestros principios. Y es que en nuestra debilidad, nuestra inconstancia o las cosas que nos distraen en la vida son posturas fáciles en las que podemos caer.
En nuestras obras, en lo que hacemos, en lo que vamos reflejando en la vida es donde en verdad tenemos que manifestarnos. Las palabras algunas veces cansan; todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo dice cómo hay que hacer las cosas para que mejore nuestra sociedad, todos tienen la solución a los problemas, pero las cosas siguen igual porque quizá luego no nos ponemos a hacerlo realidad con las actitudes, las posturas, las acciones que vayamos realizando en la vida. Son las incongruencias de la vida que se manifiestan en tantas cosas.
Todo esto en referencia a lo que es la marcha de nuestra sociedad con los problemas concretos que tienen nuestros pueblos, o que vemos en la globalidad de nuestro mundo, pero todo esto en la vida concreta nuestra de cada día, allí donde estamos y donde vivimos; todo esto, tenemos que decir también, en cómo manifestamos lo que es nuestro ser cristiano, con sus valores, con sus compromisos, con lo que ha de ser la vida de la iglesia, con el testimonio que tenemos que dar en medio de nuestro mundo.
Ahí tenemos el mensaje del evangelio pero ¿qué hemos hecho de él? Lo tenemos muy bien guardado e integro en las páginas de un libro, podríamos decir, en lo que son los santos evangelios o el conjunto todo de la Biblia, pero eso hemos de plantarlo en nuestra vida, eso se ha de reflejar en nuestras actitudes, en nuestros compromisos, en nuestra manera de vivir, en nuestra relación con los demás.
De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla de los buenos frutos que tendríamos que dar, porque el árbol del evangelio del que nos alimentamos es bueno, y los frutos tendrían que ser buenos. Nos dice que Jesús que de lo que tenemos en el corazón hablarán nuestros labios, o lo que es nuestra vida, pero quizá no habremos plantado bien esos cimientos de nuestra vida, no hemos plantado de verdad el evangelio en nuestro corazón. Las ideas las podemos tener en la cabeza, pero no estar plantadas en nuestra vida.
Por eso nos propone esa pequeña parábola de aquellos que edificaron su casa, uno sin cimientos, simplemente sobre arena, y el otro en verdaderos cimientos sobre roca que darán plena consistencia al edificio. Cuando nos vienen los temporales de la vida, cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, cuando nos aparecen los contratiempos, los roces que vayamos teniendo en la vida con los demás, las criticas que podamos ir recibiendo de los otros, los desencantos de la vida porque sufrimos incomprensiones y quizá hasta desprecios, cuando el camino se nos hace duro porque quizá desde dentro de nosotros mismos nos aparecen pasiones que nos desestabilizan y desorientan, es cuando vamos a ver de verdad si tenemos nuestro edificio cimentado sobre roca, sobre la roca del evangelio, sobre la roca de nuestra auténtica fe.
Veremos entonces la congruencia o la incongruencia que haya quizá en nuestra vida y no nos sentiremos desencantados por las incongruencias de los demás sino por nuestras propias incongruencias.

sábado, 30 de enero de 2016

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

2Samuel 12,1-7a.10-17; Sal 50; Marcos 4,35-41

Se suele decir que la vida es un camino, un camino que vamos recorriendo con nuestra existencia día a día en búsqueda de nuestro desarrollo personal, trazándonos metas que queremos alcanzar, buscando también el desarrollo armónico de ese mundo en el que vivimos; camino en el que nos salimos de nosotros mismos para ir al encuentro con el otro con lo que es mi vida, pero aceptando y acogiendo su vida con lo que mutuamente nos enriquecemos; en camino que los creyentes vivimos llenos de trascendencia porque sabemos que no nos quedamos en lo que cada día ahora vivimos sino que esa plenitud que deseamos solo la podemos encontrar en Dios.
Un camino que desearíamos que siempre estuviera lleno de luz, pero que sabemos que nos vamos a encontrar muchas sombras y oscuridades en su desarrollo; nos aparecerán tormentas de todo tipo en nosotros mismos porque aunque siempre aspiramos a lo mejor sin embargo en muchas ocasiones confundidos no escogemos lo mejor y eso nos traerá siempre consecuencias; tormentas en los problemas que la misma vida nos da porque algunas veces se hace dificultoso ese encuentro con los otros o con esa sociedad en la que vivimos; y no digamos cuando nos atenaza el dolor o el sufrimiento ya sea físico en nuestras enfermedades, o ya sea algo más profundo al constatar quizá nuestras propias limitaciones.
Es un camino que como creyentes que somos sabemos que no lo hacemos solos. Al crearnos Dios nos ha puesto en ese camino de la vida, pero con fe podemos sentir su presencia. Jesús, con su mensaje de salvación quiere también ponernos en camino, ‘id…’ nos dice y nos confía una misión en ese mundo global en el que vivimos. ‘Vamos a la otra orilla… y tal como estaban subieron a la barca para atravesar el lago’, nos dice hoy el evangelio.
Allí estaba con ellos, y es bien significativo que se durmió allá en un rincón de aquella barca. Y surgió la tormenta. ‘Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’.  Y los discípulos estaban asustados, tenían miedo a pesar de tantas veces que habían atravesado el lago y también quizá en medio de tormentas. Ahora les parecía sentirse solos porque Jesús dormía y no se despertaba a pesar de lo fuerte de la tormenta.
Les parecía sentirse solos. Como nos sucede muchas veces a nosotros cuando tenemos que enfrentarnos a esas tormentas o a esas oscuridades de la vida que antes mencionábamos. Nos parece ir a la deriva y que no hay norte que nos guíe o nos libere de esa fortaleza que nos tienta y pone a prueba nuestra fe.
Por fin despertaron a Jesús. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ poco menos que le reclaman. Es el grito de la angustia. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ ¿Por qué somos tan cobardes? ¿Dónde hemos puesto nuestra fe? Tendríamos que ser nosotros los que reflexionáramos y nos preguntáramos por nuestra fe. Allí está Jesús, aquí está Jesús que con El sabemos seguros que tendremos la victoria.
Despertemos nuestra fe porque somos nosotros los que nos dormimos y muchas veces nos olvidamos de nuestra fe.  Aunque nos parezca que Dios no nos oye, El está ahí siempre a nuestro lado. Es nuestra fortaleza. Es la Roca segura de nuestra salvación. Con El siempre tendremos la luz que venza la oscuridad aunque las tinieblas quisieran vencer la luz.
Sigamos haciendo el camino seguros de la presencia del Señor, conscientes de cual es nuestra tarea y cual nuestra meta, sin temor a la oscuridad porque nunca nos faltará su luz. Busquemos esa plenitud de nuestra vida que ahora nos vaya enriqueciendo y vaya enriqueciendo ese mundo que nos rodea haciéndolo mejor.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Las imágenes que nos propone Jesús en el evangelio son fáciles de entender porque todos tenemos la experiencia o sabemos que para poder levantar un edificio se han de tener primero unos buenos cimientos. Nos vale en el tema de la construcción pero es imagen para lo que son los proyectos que nos hacemos y queremos realizar en la vida.
Hemos de tener claro qué es lo que queremos conseguir, pero también estudiamos detenidamente cómo vamos a conseguirlo, los medios con los que contamos o los que necesitaríamos para poderlo realizar, los pasos que se han de ir dando poco a poco, pero también si nos sentimos capaces y con medios para poder comenzar a realizarlo. Son los fundamentos necesarios para un buen proyecto que luego no se nos quede truncado por falta de previsiones.
Nos vale, digo, en todos los aspectos de la vida, porque no es cuestión solamente de ser buenos soñadores que nos imaginemos las cosas o que nos quedemos en bonitas palabras que luego no somos capaces de plasmarlas en el día a día de la vida. Necesitamos buenos fundamentos, buenos cimientos siguiendo con la imagen. Nos vale en todo lo que hace referencia a nuestra fe y al seguimiento de Jesús. No nos podemos quedar en entusiasmos de un momento. Esos entusiasmos y fervores nos animan, pero hemos de poner los pies sobre la tierra en el sentido de que hemos de fundamentar bien nuestra fe.
Muchos se quedan en una religiosidad fruto de una emoción o en otras ocasiones que surge desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestras angustias. Acudimos a Dios como un refugio o una solución fácil y pronta para todo, surgen las lágrimas de la emoción o del sufrimiento en el que andemos metidos y nos hacemos mil promesas que, o bien pronto olvidamos cuando pasamos de aquella situación, o bien se queda en la ofrenda de cosas pero que realmente no tocan nuestro corazón y la raíz que dé sentido a nuestra vida.
Nuestra religiosidad, nuestra relación con el Señor tiene que ser algo mucho más hondo en lo que impliquemos toda nuestra vida. Nuestra relación con el Señor no se puede quedar en algo momentáneo movido por esas situaciones quizá imprevistas que se nos presenten y que nos puedan angustiar.
Jesús nos enseña continuamente en el evangelio cómo hemos de saber dirigirnos y encontrarnos con Dios. Es nuestra Roca y la fortaleza de nuestra vida, pero es el Padre bueno que nos ama y con quien hemos de saber mantener una relación de amor, correspondiendo a su amor, filial cuando nos sentimos hijos porque nos gozamos en su amor de Padre. No es un amor solo de palabras sino que tiene que ser un amor que surja desde lo más hondo de nuestra vida; es un amor se que se va a plasmar en hacer aquello que el Señor quiere, lo que es su voluntad que se refleja en sus mandamientos y que no nos están pidiendo otra cosa que una integridad de nuestra vida por una parte y una vida llena de amor para los demás a quienes hemos de considerar siempre como unos hermanos.
Como nos dice hoy en el evangelio no nos basta decir ‘Señor, Señor’ sino en cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo. Es el fundamento de nuestra vida, de nuestro amor, de lo que somos y de lo que queremos ser. Es la realización de ese gran proyecto de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

¿Dónde hemos puesto los cimientos de nuestra vida? Bien sabemos que no podemos edificar pensando solamente en lo que van a ser los ornamentos de nuestro edificio. Si no hay un profundo cimiento sobre algo firme sabemos que todo se nos puede venir abajo en cualquier momento o ante cualquier tempestad o tormenta de la vida.
Los cimientos hemos de tenerlos bien anclados en nuestro corazón. Hemos de saber encontrar lo que sean los verdaderos fundamentos de nuestra vida, esos principios que nos den autentico sentido y valor. No nos podemos quedar en superficialidades ni apariencias, porque el brillo exterior pasa y desaparece y solo quedará lo que es la verdadera fortaleza de nuestra vida.
Hay demasiadas vanidades en la vida; corremos y nos afanamos por cosas que son superfluas y efímeras; buscamos la felicidad en las cosas que nos atraen por esos brillos externos y cuando no tenemos una verdadera profundidad en la vida buscamos sucedáneos que nos hagan pasar un buen momento aunque luego nos quede amargor en el corazón. Tenemos el peligro incluso de utilizar esas cosas buenas de la vida como si fueran lo único que merece la pena, pero cuando no le hemos dado un buen sentido y valor a lo que hacemos, o cuando incluso no hemos sabido valorar a las personas con las que estamos sino que en el fondo con ello lo que hacemos es buscarnos a nosotros mismos de una forma egoísta, luego sentiremos un vacío interior que no sabremos en verdad cómo llenarlo de sentido.
Hemos de saber tener verdadera madurez en la vida dándole profundidad a lo que hacemos. Como decíamos, hemos de saber encontrar ese verdadero cimiento de nuestra vida que nos lleve por caminos de plenitud. El cristiano que verdaderamente se ha encontrado con Cristo y su Palabra, que ha descubierto el evangelio como la verdadera luz de su vida, sabrá ir encontrando esos caminos de profundidad. Nos ha hablado Jesús del edificio construido sobre arena o sobre roca. ‘El que se acerca a mi, escucha mis palabras y las pone por obra’, nos dice Jesús.
Lo que nos va enseñando Jesús en el Evangelio es para que encontremos esa verdadera grandeza de nuestra vida. Y si vamos llenando nuestro corazón de esos valores que nos enseña el evangelio daremos auténticos frutos de justicia, de fraternidad, de amor, de paz en nuestras relaciones con los demás creando de verdad un mundo nuevo. Como nos decía hoy Jesús en el Evangelio  ‘lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’. Por eso nos decía Jesús que por los frutos habría de conocérsenos.
Por eso hemos de darle autenticidad a nuestra relación con el Señor. No podemos vivir una religiosidad superficial, ni vamos al encuentro con el Señor para que nos resuelva milagrosamente nuestros problemas. No podemos hacer nuestra expresión religiosa solo de apariencias. La fe que nos lleva al encuentro con el Señor la hemos de vivir desde lo más profundo de nosotros mismos y luego ha de traducirse en las obras buenas y de justicia y amor que tengamos con los demás y nos haga comprometernos con el mundo que nos rodea.
Fundamentemos bien nuestra vida en Cristo. El es la verdadera Roca de nuestra vida.  Con Cristo a nuestro lado, con Cristo en el centro de nuestro corazón, ¿a quien hemos de temer? ¿quién nos puede derrotar?

jueves, 25 de junio de 2015

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Génesis 16, 1-12. 15-16; Sal 105; Mateo 7,21-29
Algunas veces en la vida nos sucede que parece que todo se nos derrumba, las cosas no nos salen bien, todo lo vemos negro, o nos aparecen dificultades y problemas con los que nos vemos como abocados al fracaso. Son momentos que se nos convierten duros, momentos de inestabilidad, momentos en que todo lo vemos turbio y nos parece que no tenemos salidas. Nos sucede con los problemas de la vida ordinaria, nuestros trabajos o nuestros negocios, nos puede suceder en el ámbito de la vida familiar, o nos sucede allá en el interior de uno mismo por los problemas personales o espirituales que uno pueda tener.
Aunque sean momentos difíciles es cuando se ha de manifestar lo que es la verdadera madurez de nuestra vida, que además esos mismos problemas nos van a ayudar a encontrar el verdadero fundamento donde hemos de asentar nuestra existencia. Son momentos quizá de analizar con serenidad lo que nos pasa en una reflexión que nos hagamos sobre el rumbo que le hemos dado a nuestra vida, o quizá aquellos verdaderos fundamentos que debíamos de haber tenido pero que quizá abandonamos o le dimos la importancia que tenían, por lo que nos aparecieron esas arenas movedizas bajo nuestros pies que nos pueden hacer caer y arrastrar.
Qué importante que nos tomemos la vida en serio, que no abandonemos aquellas cosas que son fundamentales para nuestra existencia; que importante que no nos dejemos arrastrar por la corriente de la comodidad, de la rutina, de lo que todos hacen que nos lleva a debilidades y enfriamientos que nos pueden hacer terminar mal. Y esto que estamos diciendo nos vale para todos los ámbitos de nuestra existencia desde lo que pudiéramos considerar más material o a esas cosas que dan ese fundamento espiritual a nuestra vida.
Me hago esta reflexión desde lo que hoy nos dice Jesús en el Evangelio. No nos bastan bonitas palabras, sino darle un fundamento importante a nuestra vida. El nos dice hoy: ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Y a continuación nos pone el ejemplo de la casa edificada sobre arena o sobre roca. Solo la que está bien fundamentada sobre roca no se irá a la ruina cuando vengan las tormentas. Hemos de edificar nuestra vida sobre roca, buscando esos principios fundamentales, esos verdaderos cimientos de nuestra existencia que nos harán mantenernos firmes.
Por eso es tan importante cultivar una verdadera espiritualidad en nuestra vida. Profundicemos en el Espíritu del Señor; que el penetre nuestros corazones e inunde nuestra vida con su gracia. Que esa Palabra de Dios que escuchamos cada día nos haga encontrar ese verdadero cimiento para nuestra existencia. Que mantengamos íntegra y firme nuestra fe, una fe que hemos de cuidar, de cultivar, de fortalecer continuamente, apoyándonos de verdad en el Señor. Que se manifiesta así nuestra verdadera madurez humana, espiritual y cristiana para mantenernos firmes y no dejarnos arrastrar por esas tormentas que nos pueden aparecer en nuestra vida.

viernes, 27 de marzo de 2015

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón… a ti encomendé mi causa…’ Es la confianza del profeta; es la confianza de quien se pone en manos del Señor.
No siempre es fácil y es ahí donde se manifiesta la grandeza y la fortaleza de la fe. El profeta está hablando desde su propia experiencia. Su misión como profeta no ha sido fácil, porque además han sido momentos muy difíciles para el pueblo. Allí ha estado siempre valiente y profética su palabra, pero no le han hecho caso, más bien se ha convertido en el hazmerreír de la gente.
Jeremías abre su corazón a Dios, que lo ha elegido para cumplir una misión verdaderamente difícil: anunciar la destrucción del pueblo; y con toda sencillez se lamenta ante Él. Sus predicciones y oráculos, observa el profeta, no sólo no mueven a los oyentes a penitencia y a reflexión, sino que producen el efecto contrario: se ríen y se mofan de él y, por si fuera poco, le maltratan. Pero él aún sigue confiando en Dios. ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
La profecía que es la misma vida del profeta hace referencia a Jesús. Unos le aceptan y se admiran de sus palabras escuchándolas con gusto, mientras otros se le resisten, se opone, no quieren creer en El, maquinarán contra El hasta llevarle a la muerte. Estamos en la última semana de la cuaresma y ya todo va teniendo tintes de pasión. Ya todo va siendo anuncio de lo que fue la pascua de Jesús, de su pasión y muerte que vamos a celebrar de manera intensa en la semana de la pasión. Pero en Jesús contemplaremos también siempre su voluntad decidida de ponerse en las manos de Dios. ‘Hágase tu voluntad… en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’, le escucharemos decir.
Pero lo que vamos escuchando en la Palabra en estos días tenemos que plantarlo en nuestro corazón, verlo hecho realidad en nuestra vida. Por una parte desde lo que nos cuesta hacer un anuncio valiente de Jesús con nuestra vida, porque no siempre será aceptado por el mundo que nos rodea, o desde lo que puede ser la realidad de nuestra vida con sus sufrimientos, con sus problemas, con nuestros temores o con las angustias que pueden aparecer también en nuestro espíritu. Desde ahí nos tenemos que unir a la Pascua del Señor, vivir su pascua en nuestra pascua, hacer de nuestra vida pascua porque sepamos hacer ofrenda al Señor.
Y aunque haya pasión, sacrificio, sufrimiento o angustia en nuestra vida, también tenemos que saber ponernos en las manos del Señor porque, como decía el profeta ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
Que lo que hemos rezado en el salmo sea de verdad oración de confianza en nuestra vida: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.  Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos’.

martes, 20 de enero de 2015

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Hebreos 6,10-2; Sal 110,1-2.4-5.9.10c; Marcos 2,23-28
Todos sabemos lo que es un ancla, ese instrumento de hierro en forma de arpón que sirve para sujetar las naves al fondo del mar. Es un símbolo que ha tenido mucha validez en el sentido cristiano. Ese sentido de firmeza, seguridad que le da a un barco bien anclado, nos habla del sentido y fortaleza de nuestra fe y nuestra esperanza cristiana. Es un símbolo que unido a la cruz ya aparece entre los cristianos de los primeros siglos sobre todo en las catacumbas. En aquellos momentos de persecución bien les venía recordar lo que significaba la fortaleza de la fe y cómo unidos a Cristo nada nos puede fallar.
Hoy es la imagen que nos aparece en la carta a los Hebreos. ‘Cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...’ En el momento en que es escrita esta carta ya comienzan las dificultades para los cristianos y el mensaje del Señor que quiere trasmitírseles precisamente es el de esa confianza y esperanza porque si nos sentimos apoyamos en Cristo nada nos puede fallar.
Un mensaje que en todo momento tenemos necesidad de escuchar. No nos faltan dificultades, problemas, contratiempos, tentaciones a los cristianos en el camino de nuestra vida. Nuestra seguridad la tenemos en el Señor. El es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestra roca, como tantas veces rezamos con los salmos. Por eso nos dice hoy ‘asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido’. Esa esperanza que es para nosotros como un ancla, segura y firme, que nos dice el autor sagrado, que nos dice el Señor para que tengamos la seguridad de que estando con el Señor tenemos su vida, tenemos su gracia con nosotros.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, repetimos cada día cuando rezamos el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseñó. Contra la tentación no luchamos por nosotros mismos y solo con nuestra fuerza. La fuerza la tenemos en el Señor. Ese mal que nos acecha y que es un peligro grande para nuestra vida, porque nos puede hacer caer en la esclavitud del pecado, nos puede debilitar en nuestra fe, nos puede llevar por caminos tortuosos, lo podemos superar con la gracia del Señor. Muchas veces podemos sentirnos desalentados y sin fuerzas porque nos parece que ese mal nos supera. Pero tenemos que saber sacar a flote nuestra fe y nuestra esperanza. Para nosotros es, como nos decía el autor sagrado, ‘como ancla del alma, segura y firme’.
El ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Tenemos la seguridad y la certeza de la Palabra del Señor. Hoy nos dice el Señor en carta a la Hebreos ‘te llenaré de bendiciones’. Que sepamos sentir esas bendiciones del Señor en nuestra vida; tengamos fe, confiemos en el Señor. El es nuestra salvación. Como lo sentían y lo vivían los primeros cristianos, así lo sintamos también nosotros, Cristo es el ancla de nuestra salvación.

jueves, 4 de diciembre de 2014

El que no cuida ni alimenta su fe es como el que edificó su casa sobre arena

El que no cuida ni alimenta su fe es como el que edificó su casa sobre arena

Is. 26, 1-6; Sal. 117; Mt. 7, 21.24-27
En los momentos difíciles y problemáticos se puede calibrar hasta donde llega la hondura y la madurez de la persona; es cuando van a aparecer los verdaderos valores de la persona o cuando vamos a ver cuales son los principios por los que nos guiamos a la hora de enfrentarnos a ese problema.
No nos gusta tener que enfrentarnos a momentos duros y quisiéramos que en la vida todo sea fácil pero reconocemos que no siempre es así, porque además en la vida de cualquier persona se concatenan muchas y diversas circunstancias ya que además estamos sujetos a las relaciones de convivencia con los están a nuestro lado, ya sea la familia, ya sea el lugar de trabajo, o ya sea simplemente el  mundo en el que vivimos donde todos no pensamos ni opinamos lo mismo y tenemos que enfrentarnos muchas veces a encontrados planteamientos.
Es ahí donde aparecerá nuestra madurez humana, donde aparecerán o deben aparecer nuestros principios, y es ahí donde también como cristianos tenemos que expresar también cual es nuestro camino.
Me hago esta reflexión porque nos puede valer para muchas situaciones en las que nos podemos encontrar en la vida, pero que además nos vale también de cara a los planteamientos cristianos que nos hagamos en la vida en el orden de nuestra fe o de nuestra vivencia cristiana.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio la imagen de una casa que va a ser azotada por fuertes lluvias, vientos y temporales; y Jesús nos está haciendo la notar la diferencia de cimientos que puede tener esa casa; la que está edificada sobre arena sin haber preparado un adecuado cimiento se vendrá abajo también pronto la azoten los vientos y las lluvias; la que está edificada sobre roca, la que tiene un buen cimiento que la fundamente aguantará todo lo que se le venga encima y no se derrumbará.
Es lo que nos puede pasar en las diferentes situaciones de la vida, como decíamos antes, porque aparecerán nuestros valores y nuestros principios si los tenemos bien fundamentados o no; en lo que nos puede pasar en nuestra vida de fe, en nuestra vida cristiana si tenemos una fe débil, si no buscamos el verdadero apoyo que hemos de buscar para nuestro caminar cristiano en la oración, la Palabra de Dios y los Sacramentos. Es necesario fundamentar nuestra vivencia cristiana sobre roca.
Por eso Jesús comenzaba diciéndonos que no nos vale decir ‘Señor, Señor’ para vivir el Reino de Dios. Es ‘el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’, nos viene a decir Jesús. Cuántas veces decimos, es que yo soy muy religioso; vale eres religioso, pero ¿buscas en todo lo que vives hacer la voluntad de Dios? ¿Y cómo vas a descubrir lo que es la voluntad de Dios? ¿Sólo por lo que a ti te parece o se te ocurre? ¿Eres religioso porque dices que crees mucho en los santos o que haces muchas promesas o te contentas con llevar ramos de flores a la Virgen o a los santos? Hay mucha gente que toda su religiosidad y lo que llaman su vida cristiana se queda en eso.
¿No necesitarías detenerte más a escuchar a Dios en tu corazón, a escuchar, meditar y rumiar la Palabra de Dios que se nos proclama y que tenemos contenida en la Biblia? Cuántos dicen que son muy religiosos pero ni una Biblia tienen en su casa, ni se han ocupado nunca de tomarla en sus manos para leer y meditar lo que el Señor quiere decirnos. Son preguntas que tenemos que hacernos sin miedo, con valentía y sinceridad. El camino de Adviento que estamos haciendo en esto quiere ayudarnos.
Necesitamos fundamentar bien nuestra fe y para eso es necesario también que conozcamos en lo que creemos, que no es solo sabernos el Credo de memoria, cosa que ya muchos tampoco se lo saben. Necesitamos fundamentar nuestra fe y por eso es necesario reflexionarla, buscar la manera de formarnos, alimentarla, cuidarla. Muchas veces edificamos nuestra vida cristiana sin cimientos, sobre arena como nos dice la imagen del evangelio, porque no nos hemos preocupado de crecer y madurar en nuestra fe.
Y para eso necesitamos escuchar la Palabra de Dios, escuchar a quien nos pueda ayudar a reflexionarla para conocerla más y para hacerla más profunda en nuestra vida, de manera que en ella encontremos respuesta a todos esos problemas con que tenemos que enfrentarnos en la vida y podamos dar razón de ella con nuestra manera de vivir. Así aparecerá la madurez de nuestra fe.
Mucho necesitamos reflexionar en este sentido. Mucho tenemos que alimentar nuestra fe también en la oración y la vivencia de los sacramentos.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti

Is. 26, 1-6; Sal. 117; Mt. 7, 21.24-27
El mensaje de Jesús es bien claro. Seguirle, ser su discípulo es algo más que palabras. Seguir a Jesús es ponernos en camino, es vivir una vida. Lo que confesamos con nuestra fe, tiene que convertirse en vida práctica de cada día.
Hoy nos dice: ‘No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Tenemos que decir, confesar con nuestros labios y con nuestro corazon que Jesús es el Señor, para obtener la salvación, pero no tiene que ser solo esa confesion con los labios, sino que tiene que ser la confesion con toda la vida.
Reconocer que Jesús es el Señor no se puede quedar en palabras bonitas o llenas de fervor que en un momento determinado digamos. Reconocemos que Jesús es el Señor cuando en nuestra vida obramos en consecuencia. Por eso nuestros comportamientos, nuestras actitudes, las cosas que hacemos, el sentido que le damos a la vida, la forma como nos enfrentamos a nuestros sufrimientos o nuestros problemas, la manera de vivir, por ejemplo, una enfermedad o de pensar en la muerte cierta, han de pasar por el cristal del Evangelio, por el sentido que nos da Jesús cuando decimos que El es nuestro Señor.
Por eso nos pone Jesús a continuación esas pequeñas parábolas que así podemos considerarlas. El hombre que edifica sobre roca o el hombre necio que edifica sobre arena. Estamos edificando nuestra vida sobre roca cuando en verdad en todo lo que hacemos o vivimos ponemos a Jesús en el centro y sentido de nuestra vida.
Jesús es la roca firme de nuestra vida. Por eso ponemos en El toda nuestra confianza. Es hermoso lo que nos ha dicho el profeta. ‘Tenemos una ciudad fuerte, ha puesto para salvarla murallas y baluartes’. ¿A qué fortaleza se refiere? ¿cuáles son esos baluartes y murales que la defienden? La confianza que ponemos en el Señor. ‘Su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti’.
Muchas pueden ser las cosas que nos hacen flaquear en la vida, o nos pueden poner en peligro, problemas, enfermedades, contratiempos no solo consigo mismo sino también muchas veces con los que nos rodean. Todas esas cosas podrían hacernos perder la paz. Somos conscientes de cómo nos afectan esas cosas a nuestra vida. Pero como nos decía el profeta: ‘Su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti’. Ponemos nuestra confianza en el Señor y El es nuestra fortaleza.
Que así sigamos haciendo el camino de nuestra vida cristiana, este camino de Adviento que ahora estamos haciendo con la esperanza puesta en el Señor que llega a nuestra vida y nos trae la salvación y la paz.