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viernes, 27 de marzo de 2015

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón… a ti encomendé mi causa…’ Es la confianza del profeta; es la confianza de quien se pone en manos del Señor.
No siempre es fácil y es ahí donde se manifiesta la grandeza y la fortaleza de la fe. El profeta está hablando desde su propia experiencia. Su misión como profeta no ha sido fácil, porque además han sido momentos muy difíciles para el pueblo. Allí ha estado siempre valiente y profética su palabra, pero no le han hecho caso, más bien se ha convertido en el hazmerreír de la gente.
Jeremías abre su corazón a Dios, que lo ha elegido para cumplir una misión verdaderamente difícil: anunciar la destrucción del pueblo; y con toda sencillez se lamenta ante Él. Sus predicciones y oráculos, observa el profeta, no sólo no mueven a los oyentes a penitencia y a reflexión, sino que producen el efecto contrario: se ríen y se mofan de él y, por si fuera poco, le maltratan. Pero él aún sigue confiando en Dios. ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
La profecía que es la misma vida del profeta hace referencia a Jesús. Unos le aceptan y se admiran de sus palabras escuchándolas con gusto, mientras otros se le resisten, se opone, no quieren creer en El, maquinarán contra El hasta llevarle a la muerte. Estamos en la última semana de la cuaresma y ya todo va teniendo tintes de pasión. Ya todo va siendo anuncio de lo que fue la pascua de Jesús, de su pasión y muerte que vamos a celebrar de manera intensa en la semana de la pasión. Pero en Jesús contemplaremos también siempre su voluntad decidida de ponerse en las manos de Dios. ‘Hágase tu voluntad… en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’, le escucharemos decir.
Pero lo que vamos escuchando en la Palabra en estos días tenemos que plantarlo en nuestro corazón, verlo hecho realidad en nuestra vida. Por una parte desde lo que nos cuesta hacer un anuncio valiente de Jesús con nuestra vida, porque no siempre será aceptado por el mundo que nos rodea, o desde lo que puede ser la realidad de nuestra vida con sus sufrimientos, con sus problemas, con nuestros temores o con las angustias que pueden aparecer también en nuestro espíritu. Desde ahí nos tenemos que unir a la Pascua del Señor, vivir su pascua en nuestra pascua, hacer de nuestra vida pascua porque sepamos hacer ofrenda al Señor.
Y aunque haya pasión, sacrificio, sufrimiento o angustia en nuestra vida, también tenemos que saber ponernos en las manos del Señor porque, como decía el profeta ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
Que lo que hemos rezado en el salmo sea de verdad oración de confianza en nuestra vida: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.  Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos’.

martes, 5 de abril de 2011

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios

Ez. 47, 1-9.12;

Sal. 45;

Jn. 5, 1-3.5-16

‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no vacila, Dios la socorre a despuntar la aurora’. Así recitamos en el salmo en el que vamos repitiendo cómo el Señor es nuestra fuerza y nuestra vida. ‘El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob…’ Nuestro alcázar, nuestra fortaleza, nuestro refugio. En El nos apoyamos y nos sentimos seguros. Acequias de agua para significar la gracia de Dios que nos llena de vida. Es lo que nos describe el profeta. Un manantial de agua que brota desde el templo del Señor y que va creciendo y creciendo, pero que es río de vida y de salvación. ‘Estas aguas… desembocarán en el mar de las aguas pútridas, y lo sanearán’, nos dice. Allí donde desemboque habrá vida y frutos abundantes. ‘A la vera del río crecerán toda clase de árboles, no se marchitarán sus hojas y sus frutos no se acabarán’. Cómo tendríamos nosotros que desear beber esa agua viva. Cómo tendríamos que desear la gracia del Señor y pedir que no nos falte nunca para no caer en la muerte del pecado sino para vivir siempre en la fidelidad del Señor y en una vida santa. Al Señor tenemos que acudir; con El tendríamos que contar siempre. Ya nos apareció esta imagen del agua en nuestro camino cuaresmal cuando en el tercer domingo de cuaresma pedíamos con la samaritana a Jesús que nos diera de esa agua viva que calme nuestra sed para siempre. El signo del agua se nos va repitiendo en la liturgia durante la cuaresma, no en vano la cuaresma es como una gran catequesis bautismal. Para los catecúmenos que se preparaban al Bautismo era un desear esa agua viva del Bautismo que los uniera a Jesús, los llenara de la vida de Dios y los hiciera hijos de Dios. Para todos nosotros que queremos renovar nuestro bautismo en esta Pascua nos es de gran ayuda en nuestro camino espiritual el recordarlo y tenerlo muy presente. En el evangelio nos aparece de nuevo este signo del agua en aquel paralítico que está postrado en su camilla en la piscina de Bethesda esperando el movimiento del agua que produjera el ángel del Señor con el que encontrar la salud. No llegaba a tiempo y no había nadie que le ayudara a introducirse en la piscina. Pero allí está Jesús. No necesitará introducirse en el agua de aquella piscina porque Jesús es el agua viva que sana y que salva. Aquel movimiento de aguas era un signo de la gracia y de la presencia del Señor. Pero allí está el Señor, no será necesario ningún signo porque será Jesús mismo quien le devuelva la salud y le de mucho más porque le hace llegar su salvación. ‘¿Quieres quedar sano?... Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar… Mira has quedado sano, no peques más no sea que te suceda algo peor’, le dirá luego Jesús cuando de nuevo se encuentre con él. ¿Nos estará preguntando Jesús si queremos quedar sanos? ¿Tendremos en verdad deseos de esa salud y salvación que Jesús nos ofrece? Jesús está llegando cada día a nosotros a través de esta Palabra que escuchamos y de estas celebraciones que vivimos porque quiere hacernos llegar la salvación. Vayamos a Jesús verdadera agua vida de nuestra salvación. Quiere lavarnos y sanarnos, quiere perdonarnos y llenarnos de vida. Pero también nos dice ‘no peques más, no te suceda algo peor’. Que tengamos verdadera voluntad de no pecar más, de no volver otra vez a dejarnos seducir por la tentación y el pecado. Démosle profundidad a este camino que estamos haciendo para llegar verdaderamente renovados a la Pascua. Un último pensamiento. Aquel hombre no tenía quien le ayudara a introducirse en el agua de la piscina para obtener la salud. Muchos habrá a nuestro lado que necesiten también una mano que les ayude a caminar hacia la gracia hacia Jesús. ¿Queremos ayudarles? Esa preocupación por los demás, para hacer que todos los pecadores se conviertan, puede ser también una señal de nuestra verdadera conversión cuando queremos que todos alcancen esa gracia del Señor. Que nadie se quede a la vera del camino de la gracia porque nosotros no le ayudemos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… y una victoria

Apoc. 11, 4-12;
Sal. 143;
Lc. 20, 27-40

‘Dos testigos, dos olivos, dos lámparas que están en la presencia del Señor’. Descritos están con los rasgos tradicionales en la Biblia de Moisés y Elías, la ley y los profetas, verdaderos fundamentos del antiguo pueblo de Dios. El profeta celoso del verdadero culto de Dios frente a los baales que hizo que no lloviera sobre la tierra, Elías; y Moisés que condujo al pueblo en el duro camino de la fidelidad a la Alianza y la ley que el Señor les dio en el Sinaí.
Recordemos que también aparecen Moisés y Elías junto a Jesús en la transfiguración. Hablaban de lo que iba a suceder en Jerusalén para significar con ello la pasión y la muerte de Jesús. Son un signo ahora del camino del bien y de la fidelidad al Señor; dieron su testimonio y la bestia que sube del abismo se enfureció. La lucha del mal, la imagen de todo lo que pasaba el nuevo pueblo de Dios con las persecusiones. Pareciera que todos se alegraban de la aparente victoria del mal, de la muerte de los dos profetas. Como se alegraban y festejaban los que llevaron a Jesús hasta la cruz porque pensaban que con eso estaba conseguida su victoria.
Pero este tiempo de maldad tiene su límite, tres días y medio; la mitad del número siete que seria el de la plenitud. ‘Al cabo de esos tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron en pie en medio del terror de todos los que lo veían… Subid aquí, se oyó una voz. Y subieron al cielo en una nube a la vista de sus enemigos’. Nos está hablando de resurrección y de victoria. La resurrección y la victoria que en Cristo obtenemos.
Dos testigos, dos olivos, dos lámparas… Quiero hacer una lectura de esto: es el testimonio de la Iglesia que se sigue proclamando en medio del mundo. Ya sabemos cómo se la rechaza, cómo se la critica, como se la quiere destruir, cómo no se le quiere escuchar, cómo se quiere encerrar la fe, como se suele decir, en la sacristía.
Todos los días escuchamos noticias interesadas y tergiversadas. Se publica todo lo que pueda desprestigiar a la Iglesia. Se le quiere llenar de sombrar porque muchas veces molesta su luz. Cuesta al mundo de hoy reconocer lo que es la verdadera riqueza de la Iglesia que está en sus obras de amor, en tantas y tantas obras de tantos cristianos, de tantas instituciones que trabajan por los demás, que están comprometidos con los pobres, que quieren en verdad hacer un mundo mejor y más justo.
Pero no hemos de temer ni podemos acobardarnos. Seguimos con nuestro testimonio de amor, y con el anuncio de la fe que hacemos en medio del mundo. Jesús ya le dijo a Pedro cuando le confió las llaves. ‘El poder del infierno no la derrotará’. Nosotros somos los que creemos en la resurrección y en el triundo de Cristo porque nosotros creemos en Cristo resucitado. En esa fe y en esa esperanza queremos seguir nuestro camino de testimonio valiente y decidido.
Por supuesto que siempre tenemos que estar con el deseo y el trabajo de purificarnos para que nuestro testimonio sea siempre el más limpio y más claro. Pero nos confiamos en el Señor. ‘Bendito sea el Señor, mi roca’, hemos repetido en el salmo responsorial. Que no sea un responsorio que repetimos sin más, sino que exprese de verdad toda esa confianza que ponemos en el Señor y toda esa fortaleza que en El sentimos. ‘Mi bienhechor, mi alcázar, mi baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio…’ Por eso queremos cantar al Señor un cántico nuevo ‘tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, para ti que das la victoria…’, porque con todo mi corazón, con toda mi vida quiero cantar siempre al Señor y darle gracias.

viernes, 26 de marzo de 2010

Grité a mi Dios y mi grito llegó a sus oídos

Jer. 20, 10-13
Sal. 17
Jn. 10, 31-42


El evangelio habla del rechazo de los judíos a Jesús que le llaman incluso blasfemo porque se manifiesta como el Hijo de Dios. A pesar de las obras que Jesús hace – ‘creed a las obras, para que comprendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre’, les dice -; por eso Jesús marcha más allá del Jordán, el lugar donde Juan había estado bautizando. Precisamente estará allí cuando le avisan de la enfermedad y la muerte de Lázaro de Betania.
Con estos textos la liturgia nos va preparando para la celebración de la pasión de Jesús que ya tenemos inminente, cuando el domingo de ramos entremos en la Semana Santa.
Lo que escuchamos en Jeremías, primera lectura de hoy, podemos decir que va en el mismo sentido, en el que el justo es perseguido y acosado. ‘Oigo el cuchicheo de la gente…’ Le ponen incluso motes a Jeremías para burlarse de él y como expresión del rechazo a su misión profética.
Pero el profeta se siente fuerte porque su apoyo está en el Señor. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado… tropezarán y no podrán conmigo…’ Es la seguridad y la confianza que nosotros hemos de sentir y tener. Como nos dice el salmo ‘me cercaban olas mortales, torrentes destructores, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte…’ ¿No recordamos los tsunamis y las inundaciones que todo lo destrozan? ‘Pero en el peligro invoqué al Señor y me escuchó’.
Hermosas imágenes que nos hablan de las tentaciones de todo tipo con las que en la vida nos vemos zarandeados. Queremos muchas veces, pero no podemos. Nos sentimos arrastrados por un torbellino de las pasiones, de los odios, los resentimientos, las envidias, las violencias de la vida… ¡Cuántas cosas! Nos parece que estamos envueltos por un mar embravecido y nos ahogamos.
Pero ‘el Señor es mi Roca’, esa roca donde me apoyo y me siento seguro, me agarro con fuerza para no perder pie en esa lucha contra el mal y el pecado. ‘El Señor es mi fortaleza, mi alcázar, mi libertador’, me siento seguro. Con El nada temo. ‘Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos’.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal…’ pedimos todos los días en el padrenuestro. Pero pidámoslo de verdad. Algunas veces decimos, es que no puedo, la tentación es superior a mis fuerzas, es que me ciego con la pasión y el mal… Pero ¿pedimos al Señor su fuerza y su gracia? ¿Le invocamos en el momento del peligro?
‘En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios… y mi grito llegó a sus oídos’.
Este último viernes de Cuaresma en la devoción popular es llamado el Viernes de Dolores y en muchos lugares se invoca a la Virgen en esta advocación como una preparación inmediata a la Semana Santa. Miremos a María junto a la Cruz de Jesús. Allí nos la dio como madre. Que ella interceda con su intercesión maternal por nosotros para que sigamos el camino de la fe y del amor. Que ella esté a nuestro lado en estos días que celebramos la pasión de Jesús y de ella aprendamos a abrir nuestro corazón a Dios y a su gracia. Que nos lleve por caminos de conversión.

viernes, 30 de enero de 2009

Somos hombres de fe para salvar el alma

Hebreos, 10, 32-39

Sal. 36

Mc. 4, 26-34

‘El Señor es quien salva a los justos, El es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a El’. Era nuestra oración, nuestra meditación con el salmo tras la escucha de la lectura de la carta a los Hebreos. Dios es nuestra fortaleza y nuestra salvación. A El nos acogemos, en El confiamos, en sus manos nos ponemos. Es nuestro alcázar, nuestro refugio.

La Carta a los Hebreos que estamos escuchando en estos días fue escrita en momentos que ya eran difíciles para los cristianos. Momentos de persecución. Escrita casi a finales del siglo primero habían comenzado las persecuciones romanas, aunque ya desde Jerusalén en los primeros años encontraron oposición y persecución. Por eso el autor sagrado quiere animar y dar esperanza en los momentos difíciles por los que están pasando.

‘Recordad aquellos primeros días, cuando recién iluminados, soportasteis múltiples combates y sufrimientos…’ Una primera palabra para explicar que sentido tiene esa expresión, ‘iluminados’. Era una forma de referirse a los que habían sido bautizados. Será empleada también posteriormente por los Santos Padres en sus catequesis. El bautizado es un iluminado porque ha recibido la luz de Cristo; su vida se ha visto iluminada por la fe y por la salvación recibida. Si además nos fijamos por una parte que en la celebración del Bautismo ocupa un lugar central el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, del que se toma la luz que se entrega al recién bautizado, y por otra parte tenemos en cuenta que el principal día del Bautismo era la noche de la Luz, la noche de la resurrección del Señor con tan hermosa liturgia de la luz, lo comprenderemos mejor.

Pues bien, el autor sagrado les recuerda cómo ya desde el principio, recién iluminados, bautizados, sufrieron combates y sufrimientos, insultos y tormentos; y cuando no lo recibieron en sí mismos se hicieron ‘solidarios de los que así eran tratados’ compartiendo el sufrimiento de los demás. Por eso les recuerda que han de mantenerse firmes y valientes, constantes ‘para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa’.

Todo eso es posible gracias a la fe. ‘Mi justo vivirá de fe’, nos dice. Ahí encontrará su fortaleza porque se siente protegido por el Señor que se hace presente en su vida con su gracia. Y es que no podemos ser hombres llenos de cobardía, ‘sino hombres de fe para salvar el alma’.

Bien necesitamos nosotros escuchar también esa Palabra de esperanza. No padeceremos quizá el tipo de persecuciones de las que se nos habla en la carta a los Hebreos – aunque muchos cristiano siguen dando su vida por el nombre de Jesús en tantos lugares de nuestro mundo -, pero si tenemos quizá muchas veces dentro de nosotros mismos la tentación que nos acosa, el pecado que intenta metérsenos por dentro.

Cada uno piense en sus propios sufrimientos, en los acosos que pueda recibir en contra su fe, en las incomprensiones y desaires que tenga que sufrir, en tantas cosa que de una manera u otra atormentan su espíritu. Necesitamos la fortaleza de la fe. Saber que contamos siempre con la gracia y la fuerza del Señor para vencer al maligno. ‘Líbranos de todo mal… no nos dejes caer en la tentación…’ rezamos cada día al Señor.

Es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Es la dicha de mi vida. Es la fe que nos ilumina. Es el amor que nos inunda. Es la gracia del Señor que llena nuestra corazón. ‘Es el Señor quien salva a los justos’.

miércoles, 30 de julio de 2008

Te pondré como muralla de bronce inexpugnable

Te pondré como muralla de bronce inexpugnable

Jer. 15, 10.16-21
Sal.58
Mt. 13, 44-46

Duro y difícil se le hacía al profeta Jeremías cumplir su misión. Pero la había asumido y quería ser fiel. ‘Tu nombre fue pronunciado sobre mí’. Se había resistido cuando el Señor le había llamado. ‘Soy sólo un muchacho y no sé hablar’, había dicho. Pero el Señor había puesto palabras en su boca y fuego en su corazón para cumplir su misión.
Era todo un signo de contradicción en medio del pueblo. Le rechazaban y no querían escucharle. Les hablaba con signos y palabras. Pero le perseguían, le ultrajaban, se burlaban de él, le metían en la mazmorra. ‘Ni he prestado ni me han prestado y todos me maldicen...’
Pero El quería ser fiel y cumplir con su misión. ‘Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón’, razona el profeta. Pero el Señor estaba a su lado. ‘Si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca’. Y el Señor le dice que tenga cuidado para no dejarse seducir. ‘Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte...’
Es también nuestra lucha y nuestra fatiga. Es el camino de nuestra fe y el camino de la misión que el Señor nos confía y en el que muchas veces nos sentimos débiles e incapaces. Queremos ser fieles. Queremos cumplir con la misión que el Señor os ha encomendado, pero sentimos tantas flaquezas en nuestro interior.
Queremos bebernos también las palabras del Señor. Pero las tentaciones de todo tipo nos acechan y nos abruman. Nos sentimos también acosados por todas partes. Pero queremos caminar en la fidelidad. Nos queremos apoyar también en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro...’ como dijimos en el salmo. Cada día pedimos al Señor ‘no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’.
Con el Señor nos sentimos fuertes en todos los embates. Pero incluso en nuestra misma oración algunas veces nos sentimos tentados, porque aunque decimos que el Señor es nuestra fortaleza y nuestro alcázar, algunas veces dudamos. Pensamos que no somos capaces de superar la tentación, de mantenernos en el camino bueno. Por eso también tenemos que superar y vencer esa tentación de la desconfianza y de la falta de fe.
Nosotros hemos encontrado el tesoro escondido, hemos comprado la perla preciosa. Cristo es la alegría de nuestro corazón. Nosotros hemos encontrado a Cristo y El nos da la fuerza de su Espíritu. No luchamos solos, con nosotros está el Espíritu del Señor que nos anima, nos consuela, nos fortalece, nos da vida. Nos sentimos seguros en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro... estoy velando contigo, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar...’ Con el Señor de nuestra parte hemos de sentirnos como ‘muralla de bronce inexpugnable’, porque nuestra fortaleza está en el Señor.