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lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

lunes, 30 de marzo de 2026

Este lunes de pasión tiene que convertirse en un hermoso paso que demos en el camino hacia la Pascua ya tan cercana dejándonos envolver por el perfume de la misericordia

 


Este lunes de pasión tiene que convertirse en un hermoso paso que demos en el camino hacia la Pascua ya tan cercana dejándonos envolver por el perfume de la misericordia

Isaías 42, 1-7; Salmo 26; Juan 12, 1-11

Lunes de pasión, el solo mencionarlo nos parece que estamos llenos de crespones oscuros, los lunes parece que siempre tienen un no sé qué; dejamos atrás del día del descanso y de la fiesta pero es el comienzo de las tareas y los trabajos y siempre se nos hace penoso; pero este lunes tiene que tener un sabor especial, nos lo ofrece la Palabra de Dios proclamada. Como dirá el evangelio estamos a seis días de la pascua, pero la pascua ha de tener el paso de la pasión para que podamos llegar a la luz y la gloria de la resurrección.

Por una parte tenemos el canto del siervo de Yahvé que nos ofrece el profeta en la primera lectura. Una descripción mesiánica de lo que significa la presencia del que viene lleno del Espíritu del Señor que no gritará ni voceará por las calles, que cuidará que la mecha aunque sea vacilante se mantenga encendida, ni dará por desperdicio lo que parece una caña cascada, porque viene a restaurarnos, viene a abrir los ojos del ciego y dar libertad a los cautivos y a los que habitan en sombras de tinieblas. Aunque no sea comprendido, aunque quieran quitarlo de en medio se mantendrá firme en su misión porque viene lleno del Espíritu del Señor.

Son todos los signos que se han ido manifestando en Jesús, cura a los enfermos y resucita a los muertos, da vista a los ciegos y hace caminar a los que sienten inválidos; son las señales del Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia, que Jesús viene a constituir, pero siempre habrá desconfiados, los que están acechando a ver qué pasa porque Jesús pide una conversión para ser un hombre nuevo, pero ellos se sienten a gusto en lo de siempre, rechazando la renovación de vida que Jesús nos pide y ofrece. Por eso querrán hacer desaparecer esas señales del Reino como a Él querrán quitarlo de en medio.

Jesús ha ido a Betania, a aquel hogar de sus amigos donde ha realizado el gran signo de una vida nueva con la resurrección de Lázaro; como siempre Marta está atenta al servicio y como siempre a María le toca la función de la acogida; un día se había quedado embelesada a los pies de Jesús escuchando que hasta se había olvidado de ayudar a su hermana en las tareas de la casa; hoy de nuevo estará a los pies de Jesús ofreciendo los gestos de la acogida y la hospitalidad, pero en esta ocasión parece que se ha pasado porque es un perfume de nardo puro con el que unge los pies de Jesús.

Pero siempre aparecerá el desconfiado y el aprovechado, por allá andará Judas pensando y diciendo que con aquel dinero se podía comprar comida para los pobres; ya el evangelista nos habla de la actitud que hay por detrás de esa apariencia, era el encargado de llevar la bolsa de las limosnas. Pero Jesús ha dejado hacer porque dice que eso anuncia su futura sepultura donde no tendrán ni tiempo ni ocasión de preparar los necesarios ungüentos. Un anuncio de pasión y de muerte, pero ya también hay un atisbo de anuncio de resurrección, de Pascua.

Pero por detrás aparecerá ya el comentario de los que querían acabar con Jesús y también con Lázaro porque mucha gente se les va de las manos porque comienzan a creer en Jesús. Son los crespones negros que nos aparecen en este lunes de pasión pero que no tienen que acobardarnos sino más bien sentirnos como Jesús lleno del Espíritu del Señor para el camino que nosotros también hemos de realizar. En estos días que nos faltan para la pascua necesitamos quizás destapar ese frasco de perfume de lo mejor que llevamos dentro, de nuestro amor; también quizás nosotros tenemos que adelantarnos como María de Betania porque a alguien tenemos que ofrecerle el perfume de nuestra acogida y nuestra hospitalidad; o necesitamos nosotros perfumarnos con ese perfume de la gracia porque en verdad nos liberemos de esas enfermedades o casi muertes que perturban nuestro corazón porque como aquella otra mujer que lavó los pies de Jesús con las lágrimas de nuestro arrepentimiento y con nuestro mucho amor busquemos su perdón, nos dejemos envolver por la misericordia del Señor.

Este lunes de pasión tiene que convertirse en un hermoso paso que demos en el camino hacia la Pascua ya tan cercana.


domingo, 29 de marzo de 2026

Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

 


Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

Probablemente en aquellos días habría habido otra entrada triunfante en las calles de Jerusalén. Como se acercaba la fiesta de la Pascua que reunía multitudes de judíos venidos de todas partes para su celebración era normal que el gobernador romano se hiciera presente en la ciudad de Jerusalén e hiciera su entrada a lomos de un caballo o en resplandeciente carroza entre el fragor de tambores y trompetas y la marcha acompasada de los soldados a sus ordenes con todo esplendor y la pompa que le habrían paso por las estrechas y retorcidas callejuelas de la ciudad santa.

Pero es otra la entrada que nos narra el evangelio este día, el profeta de Nazaret aclamado por niños y mayores como si fuera el Mesías esperado a lomo de un borrico y sobre las alfombras que con sus mantos y ramos de palmos y olivos hacia también su entrada en la ciudad santa. Nada de aquellos esplendores, sino la humildad del último de los animales, nada de sonido de trompetas sino los cantos de unos peregrinos de la pascua que junto a la alegría por la llegada a la ciudad aclamaban y bendecían al que sentían que venía en el nombre del Señor.

La llamamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y es el pórtico de la pascua que se va a celebrar; una pascua que sería algo más que comer un cordero como celebración y recuerdo de una liberación que los judíos habían vivido en su salida de la esclavitud de Egipto y que cada año celebraban como recuerdo del paso del Señor; una pascua ahora en el que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, como un día el Bautista señalara y anunciara, iba a ser sacrificado convirtiéndose así ese paso de Dios por la historia humana para nuestra salvación.

Y es el marco en el nosotros también nos disponemos a celebrar la Pascua. Como pórtico conmemoramos esa entrada de Jesús en Jerusalén pero ya nosotros conscientes, sí, del significado que tenía aquella entrada y de lo que ahora nosotros vamos a celebrar. Por eso, en este marco de humildad y sencillez que fue aquella entrada, sin ruidos de tambores ni trompetas sino solo con cánticos y los gritos de unos niños y gente sencilla, queremos adentrarnos en la contemplación y en la celebración del Misterio Pascual. Qué lástima que los cristianos hoy en nuestras celebraciones religiosas nos parezcamos más a la entrada avasalladora del gobernador romano en la ciudad santa con fragor de tambores y de trompetas, que a aquella entrada humilde que fue triunfante de otra manera de Jesús para vivir su pascua.

Es lo que queremos, y la liturgia nos lo ofrece, hacer ya desde este primer día de esta semana que nos lleva a la Pascua, contemplar el misterio de Cristo en toda su amplitud. Aparecen ya de este primer día los resplandores de la pasión y de la muerte de Jesús, en el anuncio del profeta con el Cántico del siervo de Yahvé, en la reflexión que nos hace san Pablo para contemplar a quien se anonadó y tomó la condición de esclavo pero a quien Dios exaltó y concedió el nombre sobre todo nombre, y en la pasión del evangelista san Mateo que hoy se nos ofrece.

Es momento para ponernos a contemplar y rumiar todo ese misterio de amor, es momento para dejarnos empapar por el amor de Dios que así se nos manifiesta, es momento para nosotros ponernos en camino porque no somos espectadores que vemos desfilar ante nosotros unos cuadros sino para ocupar nuestro lugar en ellos; no es una contemplación a la distancia como la de cualquier curioso que pasa por el camino y pueda o no sorprenderse por lo que está sucediendo. Qué lástima que muchas veces vayamos más a contemplar la belleza artística de unas imágenes que hemos adornado de esplendorosos ropajes que en nada se parecen a aquella túnica manchada de sangre que cubría los cuerpos de unos condenados a muerte.

Mientras vayamos contemplando todo ese cuadro, permítanme que lo diga así, de la pasión tratemos de llevar los ojos de nuestro corazón más allá para contemplar el sufrimiento de una humanidad doliente que nos rodea, y de la que nos hemos convertido en meros espectadores. En ese rostro de Cristo en su pasión que estos días vamos a contemplar tratemos de ver tantos rostros de sufrimiento de tantos a nuestro alrededor; y pensamos en las guerras o pensamos en las miserias de tantos que padecen hambre en el mundo, pero podemos pensar en gentes cercanas a nosotros que viven en su enfermedad o en su soledad, en aquellos de los que disimuladamente quizás nos apartamos discriminando por el color de su piel o por su condición, pensemos en aquellos que se ven enredados por los vicios o tantas cosas que les esclavizan de alguna manera pero sin darnos cuenta de los pedestales en que nos hemos subido por nuestro orgullo para ponernos lejos de los demás, pensemos en tantas violencias de todo tipo que sufren tantos a nuestro alrededor, o podemos pensar en nuestros propios sufrimientos, nuestros desconsuelos y desánimos, las veces en que nos hemos visto vencidos por el dolor y no hemos sabido reaccionar, las amarguras y soledades que por diversas circunstancias hemos tenido que pasar en nuestra vida. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ hemos dicho con Jesús en el salmo hoy.

Pero tampoco nos vamos a quedar ni en una contemplación fría ni solo quedarnos en unas lágrimas emotivas de compasión que pronto se van a secar. Porque cuando estamos haciendo esta contemplación de la pasión de Cristo tenemos que llegar a contemplar su sentido, porque la pasión de Cristo terminará en la vida nueva de una resurrección, porque hay Pascua, porque hay paso salvador de Dios. Pues ese paso salvador de Dios tenemos que hacerlo también por nuestro mundo con todos esos sufrimientos y muchos más que hemos mencionado.

Pero eso ahora está en nuestras manos, en la forma en que nosotros lo hagamos vida y hagamos posible esa resurrección de nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos, que hagamos realidad ese paso de Dios en medio nuestro para hacer un mundo distinto. Es la Pascua que hemos de vivir. No necesitamos fragor de trompetas y tambores, necesitamos quizás la humildad de un burrito. 

Que lleguemos a sentir ese paso de Dios para que haya pascua, que lo hagamos sentir a tantos a nuestro lado para que encuentren el sentido de la pascua.


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

viernes, 20 de marzo de 2026

Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

 


Demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio del mundo, si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

¿Habrás tenido alguna vez la experiencia de que alguien te resulta incómodo? Quizás al hacer esta pregunta en un primer momento te hace pensar en alguien con quien no te llevas bien, alguien que quizás en un momento determinado te hizo daño, pero quizás la incomodidad no es tanto por la otra persona sino porque en ti mismo hay una herida que no has sabido curar; es tu resentimiento, los celos quizás, la envidia que sientes dentro de ti lo que en verdad en esta situación te está haciendo que te sientas incómodo, pero quizás es incomodo por ti mismo porque no has sabido curar la herida.

He mencionado los celos y los envidias porque quizás estás viendo en la otra persona lo que tú no has sido capaz de conseguir y eso es más bien sentirte incómodo contigo mismo porque quizás te veas inútil o fracasado en sueños que has tenido pero que no has sabido cuidar y trabajar para dar esos pasos para alcanzar lo que aspirabas.

Y no es a estas situaciones a las que quiero referirme cuando hablo de sentirse incomodo ante alguien. El vernos en el espejo de los demás, pero viendo la rectitud con que andan esas personas por la vida, contemplando la capacidad de darse y desgastarse por los demás, el asumir unos compromisos en el trabajo por el bien y la justicia, es lo que verdaderamente nos resulta incómodo viendo quizás nuestra dejadez, lo insolidarios que somos que pasamos del sufrimiento de los otros o los ignoramos mirando para otro lado, nuestras cobardías, el poco compromiso que somos capaces de asumir. Nos damos cuenta de nuestra pobreza pero no queremos salir de ella porque nos puede parecer que perdemos privilegios o la capacidad de influencia que podamos tener sobre los otros.

Y en esa incomodidad que sentimos vienen las reacciones donde tratamos de tapar nuestros vacíos y queremos quitar de en medio a quien con la rectitud de su vida se está convirtiendo en una denuncia de nuestra desidia. Qué fáciles somos para socavar debajo de los pies del que hace el bien y vive con rectitud, con qué facilidad queremos echar sombras sobre ellos para que los demás desconfíen y no traten de imitar ese buen camino que están haciendo.

Es de lo que nos habla hoy el libro de la Sabiduría y que luego veremos reflejado en el evangelio en el rechazo que hacen de Jesús. Como decía el libro de la sabiduría los malvados quieren poner a prueba la lealtad y la rectitud del justo. ¿No nos suenan estas proféticas palabras a lo escuchado alrededor de la cruz de Jesús en el Calvario? Si es el Hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en El, decían los que crucificaban a Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que hay momentos en los que Jesús no anda abiertamente porque sabe muy bien que ya andan rondando en torno a El buscando quitarle de en medio. Por eso nos habla el evangelio de aquella subida de Jesús a la fiesta de Jerusalén pero no abiertamente, aunque luego en Jerusalén y en el templo se dejará ver. Llevará a los comentarios de algunos que al ver cómo dejan actuar a Jesús piensan si acaso ya las autoridades religiosas han terminado por aceptar a Jesús. Pero no pudieron hacer nada; como dice el evangelista no había llegado su Hora. Ya Jesús en su momento señalará que ha llegado su hora.

Pero Jesús habla claramente, manifiesta lo que podíamos decir su identidad  y su misión. No todos lo comprenderán pero es fiel a su misión. Ya se nos había dicho que sería signo de contradicción, recordamos al anciano Simeón cuando la presentación en el templo. ‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

Llega el momento de que nos preguntemos qué señal estamos dando nosotros de nuestra fe en Jesús tal como es nuestra vida. Tenemos que ser signos de Jesús en medio del mundo aunque el mundo no lo comprenda, aunque quizás para algunos podamos resultar incómodos. Lo importante es que nosotros no nos sintamos incómodos con nosotros mismos por la incongruencia de nuestra vida. Sanemos las heridas que puedan haber en nuestro corazón y demos claro y valiente testimonio de nuestra fe aunque seamos signos de contradicción en medio de nuestro mundo; si lo somos es porque estamos haciendo caminos de fidelidad.

domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

 


Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…’ les dice Jesús a sus discípulos. tiene importancia esta subida, no es un viaje más, en otros momentos veremos a Jesús subir también a Jerusalén; de todas maneras la vida de Jesús con sus discípulos era itinerante, ya nos dicen los evangelista cómo iba recorriendo las distintas aldeas y pueblos de Galilea, lo veremos incluso en los confines de la tierra de los judíos cuando lo de la mujer cananea o cuando nos dicen que está en Cesarea de Filipo que era una ciudad muy al norte prácticamente en los nacientes del Jordán, o le veremos cruzar el lago para ir a la otra orilla, tierra de los gerasenos que ya no eran realmente israelitas.

Ahora van subiendo de nuevo a Jerusalén, no es una subida más a la pascua, sino que es la subida a la Pascua definitiva; de alguna manera entienden que algo va a suceder dado la premura con que Jesús hace el camino. Es lo que ahora les anuncia, su Pascua, ‘el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’.

¿Entenderían los discípulos lo que Jesús les está diciendo? En varias ocasiones les ha hecho este anuncio y siempre se quedaban dándole vueltas al asunto; en una ocasión Pedro se enfrentará a Jesús diciéndole que eso no le puede pasar; está hablando el amor que siente por Jesús, aunque cuando llegue la hora de la verdad ya sabemos cómo reaccionará. Por sus mentes pasan todos sus deseos y ambiciones, la idean que se habían hecho de lo que sería el Mesías, los sueños que tenían para sus vidas; tantas veces habían discutido sobre quien iba a ser el primero.

Ahora se adelantan los hermanos Zebedeos con su madre, quizás por aquello de que eran parientes; siempre andamos buscando afinidades para medrar, para conseguir algún beneficio, para adelantarnos a los demás porque nos creemos quizás con derechos; las influencias que todo quieren manipularlo, como nos sigue sucediendo, porque esas son las leyes por las que quiere regirse nuestra sociedad que aunque no sean leyes escritas sin embargo las llevamos muy impresas en nuestros sueños y en nuestros corazones. Queremos ser del grupo de aquellos que están cercanos al poder, a ver si cae algo, que tantas veces pensamos.

Cuando meditamos este evangelio nos choca esta reacción de los Zebedeos apoyados en su madre precisamente después de haber escuchado las palabras de Jesús. No siempre damos la verdadera importancia a las palabras que escuchamos sobre todo cuando tenemos muchos sueños en nuestra mente, nos pueden parecer palabras solemnes y bonitas dichas para la ocasión pero no sabemos o no queremos aterrizar con ellas.

Nos sigue pasando hoy cuando ahora mismo estamos escuchando este anuncio de Jesús de la subida a Jerusalén, y la estamos escuchando precisamente en este camino cuaresmal que estamos haciendo, porque nosotros seguimos pensando en la semana santa de la misma manera que la hemos celebrado siempre y la hemos edulcorado tanto que le hemos hecho perder el sentido y el sabor de la pascua. Es muerte y resurrección pero no como unas bonitas imágenes muy envueltas en ricos y lujosos ropajes a pesar de que queramos representar la pasión de Jesús, que nos olvidamos de la pasión que nosotros hemos de vivir, de la muerte en la que nos hemos de sumergir para que en verdad haya resurrección a nueva vida y entonces haya verdadera pascua.

¿No tendríamos que despojarnos de muchas cosas, de muchos ropajes, de muchas ideas preconcebidas para sumergirnos de verdad en la muerte de Jesús? ¿No tendríamos que comenzar a contemplar esa pasión que hay en nuestra vida en tanto que nos hace sufrir, en desgarros que se producen en nuestro espíritu en los problemas con los que cada día nos vamos encontrando, en esas situaciones tan complejas en las que nos vemos envueltos quizás por nuestros errores, quizás por las incomprensiones que encontramos a nuestro alrededor, o en los desaires que sufrimos tantas veces?

Es el camino de la pascua que hemos de recorrer en lo concreto de nuestra vida. Es la invitación que hoy nos hace la palabra del Señor en esta nuestra subida a Jerusalén de nuestra pascua.

domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.