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viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

sábado, 15 de noviembre de 2025

 


Rescatemos esos momentos hermosos en que hemos sentido el amor de Dios en nuestra vida y que eso nos haga perseverantes y constantes en el camino de la vida cristiana

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Salmo 104; Lucas 18,1-8

A todos nos sucede, muchas veces en la vida nos sentimos sin esperanza, los problemas y las dificultades se agolpan sobre nuestra vida y nos sentimos como desamparados sin saber a quien acudir; quizás pesen experiencias pasadas en que nos vimos en situaciones semejantes y pedimos ayuda y parece que nadie nos atendía, nos escuchaba, nos ayudaba, nos sentimos cansados de pedir y quizás pensamos para qué vamos a seguir molestando, y no insistimos. Hablo en primer lugar de situaciones humanas de la vida por las que quizás hemos pasado, hablo de peticiones de ayuda en que parece que no fuimos escuchados, hablo de esos desalientos que se nos meten en el alma y nos sentimos aburridos.

Aunque sea hablando solo de lo humano tenemos que aprender a confiar, a saber insistir, a no perder la confianza de que alguien nos tenderá una mano; echemos manos de los recuerdos que seguramente tenemos también recuerdos positivos en que supimos confiar, supimos perseverar, y encontramos salida, encontramos alguien que nos escuchó.

Pero pasemos a otro plano del que hoy nos quiere hablar en el evangelio y que está muy relacionado con lo que venimos reflexionando; son las sensaciones que espiritualmente habremos tenido en algún momento, es la forma en que quizás acudimos a Dios en nuestras flaquezas y debilidades, en nuestras carencias o en nuestra pobreza en todos los sentidos pero nos pareció también que Dios no nos escuchaba; sin embargo, como decíamos antes, si traemos también los buenos recuerdos tendremos que reconocer que tras esos momentos oscuros de la vida luego apareció la luz; porque Dios estaba ahí a nuestro lado, en nuestro Getsemaní, en nuestro Calvario, y nos sentimos renovados.

Nos sucede que recordamos más el momento oscuro en que nos parecía que Dios no nos escuchaba que ese momento de luz que luego llegó a nuestra vida. Necesitamos mantener viva nuestra esperanza, nuestra confianza porque Dios es el Padre bueno que está ahí y siempre nos escucha; en su Sabiduría infinita y en su Providencia de amor El sabrá el momento, podemos decirlo así, en que nos hará sentir su presencia, su fuerza, su gracia. Pero hemos de saber permanecer constantes en nuestra fe y en nuestra esperanza, constantes y perseverantes en nuestra oración.

Es lo que nos quiere decir hoy Jesús con la parábola que nos propone. Aquella mujer que pedía justicia y que parecía que el juez ni la quería escuchar ni le prestaba auxilio, pero al final tuvo compasión de aquella mujer. El lenguaje de la parábola es un lenguaje bastante humano, bastante semejante a lo que nos sucede. Aquel juez, dice la parábola, por quitársela de encima y le diera la lata al final la atendió. Pero prestemos atención al comentario que el mismo Jesús nos hace, si actuamos así nosotros en nuestras miras humanas, ¿no va a actuar Dios como un Padre compasivo y misericordioso para escuchar y concedernos lo que necesitamos?

Ya nos comenta el evangelista que para que no nos desanimemos y seamos perseverantes en nuestra oración Jesús nos propone esta parábola. Y como dice al final Jesús mismo ‘cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ ¿Dónde está nuestra fe?, nos tendríamos que preguntar. ¿Tenemos en verdad puesta toda nuestra confianza en Dios? ¿Sabremos sentir su presencia que acompaña nuestros pasos y nos va llenando en cada momento de la fuerza de su Espíritu?

Creo que tenemos que saber rescatar esos momentos en que de manera especial nos hemos sentido amados de Dios; muchas experiencias podemos tener en este sentido que hemos de saber aflorar porque nos ayudan en el camino que ahora hacemos. Seguro que todos tenemos nuestras historias y muy concretas. También son momentos oscuros en todos los sentidos que pasamos nosotros desde nuestra situación personal y nuestros problemas, muchos los que estamos viviendo en nuestra sociedad, y los que vive la Iglesia inmersa en esa sociedad. 

Que no nos entre el desánimo, que no lo veamos siempre todo negro, que sepamos descubrir esos destellos de luz que aparecen tantas veces a nuestro lado como signos de esa presencia del amor de Dios.

domingo, 19 de mayo de 2024

Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

 


Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

Hechos  2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Es Pentecostés. Es mucho más que aquella fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, como una celebración de la ley que el Señor dio a través de Moisés a su pueblo allá en el Sinaí; mucho más como aquella fiesta casi al principio del verano y que se convertía en ofrenda de las primicias de aquellos frutos que se comenzaban a recoger. Es mucho más porque para nosotros es la fiesta del Espíritu, aquella donación de sí mismo que Jesús había prometido para estar siempre con nosotros porque contaríamos para siempre con la fuerza venida de lo alto.

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan lo acontecido aquel día. Aún seguían los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, a pesar de las experiencias que ya habían tenido de la presencia de Cristo resucitado. En la Ascensión Jesús les había pedido que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Ahora en medio de aquellas señales que les estremecían como de un ruido ensordecedor, de aquellas llamaradas que aparecían sobre ellos como si sintieran un incendio divino en sus espíritus ellos se sienten transformados e impulsados a salir al encuentro de cuantos les rodeaban.

Algo extraordinario sucede, porque habiendo gente venida de distintos lugares como era normal en aquella fiesta judía de Pentecostés todos les entienden cada uno en su propio idioma. La torre de la confusión de Babel se derrumbaba para comenzar un lenguaje nuevo que todos iban a entender. Son los signos y señales de la presencia del Espíritu.

Se acabaron los miedos y la confusión, comienza el mundo nuevo de la unidad y del entendimiento; queda ya atrás lo de encerrarse en si mismos y sus inseguridades para hacer el anuncio de la Buena Nueva que iba a transformar el mundo; con la presencia del Espíritu de Cristo resucitado la paz renace en los corazones, porque se olvidan las culpabilidades porque el perdón es el que nos va a conducir a la verdadera paz y no solo nosotros nos vamos a sentir renovados desde lo más hondo de nosotros mismos a pesar de las sombras de nuestros errores y pecados, sino que además tenemos que convertirnos en esos mensajeros y testigos de la paz y el perdón que será el que de verdad renueve nuestro mundo.

No podemos olvidar esas señales de la presencia del Espíritu que nosotros tenemos que seguir mostrando a nuestro mundo. No es solo el recuerdo de las señales vividas en otro momento sino que ha de ser en verdad algo vivo que en nosotros ahora se tiene que manifestar también para bien de nuestro mundo.

Hoy, ahora, aquí tiene que seguir siendo Pentecostés. La celebraciones cristianos no son solo un recuerdo sino un memorial, porque es haciendo memoria de esas maravillas de Dios hacer presente ahora en nuestra vida y en nuestro mundo esas mismas maravillas de Dios. Hoy, aquí y ahora tenemos que ser testigos de Pentecostés, porque nuestros miedos y cobardías se acaben de una vez para siempre, porque tenemos que comenzar a mostrar que es posible esa unidad y esa comunión porque en verdad comenzamos a sentirnos verdaderamente hermanos, porque sentimos en nuestros corazones el gozo y la alegría del perdón recibido que nos llena de paz y nos hace hombres nuevos sino porque vamos siendo esos ministros de reconciliación y de perdón para los demás.

Nos lo dijo Jesús en el día de Pascua, que nos daba su Espíritu para el perdón de los pecados, de manera que por todas partes teníamos que ir haciendo presentes esas señales del perdón. Sin verdadero y profundo perdón no podremos alcanzar una autentica paz. Esa paz que tanto necesita hoy nuestro mundo; esa paz que nos regenere y nos haga encontrarnos de verdad los unos con los otros dejando atrás viejos resentimientos y sanando de verdad las heridas que aun llevemos en el corazón. Las heridas que no se curan siempre nos irán marcando con cicatrices molestas; tenemos la medicina verdadera en la fuerza del Espíritu del Señor.

Una tarea muchas veces costosa y difícil, tenemos que reconocer, pero una tarea que sabemos que es posible. Vivamos con intensidad la experiencia de ser perdonados y aprenderemos a tener la experiencia gozosa de ofrecer el perdón. La fuerza del Espíritu que hoy en Pentecostés a eso nos está conduciendo.

Es Pentecostés y tenemos que ponernos en camino; es Pentecostés y de una vez por todas tenemos que abrir las puertas; es Pentecostés y tenemos que ir al encuentro de ese mundo que nos rodea con sus divergencias y con sus diferencias, con esos lenguajes que se nos vuelven ininteligibles y esas soledades que nos aíslan a pesar de tanto que decimos que nos comunicamos para crear un lenguaje nuevo de comunión y unos lazos de comunicación que nos acerquen los corazones. Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


martes, 12 de septiembre de 2023

Sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura, sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad para poder crecer en esa fuerza interior que necesitamos

 


Sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura, sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad para poder crecer en esa fuerza interior que necesitamos

 Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19

Hay ocasiones en que nos creemos demasiado autosuficientes y autodidactas que nos queremos valer por nosotros mismos como si solo con nuestra fuerza o con lo que hemos aprendido por nosotros mismos podemos hacer de todo y podemos lograrlo todo. No es malo que nos queramos valer por nosotros mismos, no es malo que busquemos cómo salir adelante con nuestro esfuerzo y con nuestro deseos de crecer, de saber más, de hacerlo por nosotros mismos. pero cuidado caigamos en la autosuficiencia de no querer aceptar lo que podamos recibir de los demás, aprender de los que están a nuestro lado o saben más que nosotros, de acoger esa fuerza que podamos recibir para mantener ese deseo y esa tensión. reconozcamos también nuestras limitaciones, reconozcamos lo que podemos recibir.

Recogiendo de alguna manera el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio, sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura; sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad, para descubrir de donde podemos recibir esa fuerza interior que luego vamos a necesitar para ir al encuentro con la vida; no temamos irnos en la noche a la montaña, porque es donde vamos a aprender como luego bajar al valle en el que tan variados caminos y circunstancias nos vamos a encontrar.

Es lo que le vemos hacer hoy a Jesús en el evangelio. Ya nos dice el evangelista que subió a la montaña y pasó la noche en oración; es algo que muchas veces le veremos hacer. A la mañana vendrá al encuentro de los discípulos de entre los cuales escogerá a doce a los que llamará sus enviados, los apóstoles.

Después, como también le veremos en otro momento que les dice que tiene que ir a otros lugares y al encuentro de otros porque ha sido enviado para todos, bajará a la llanura donde se encontrará no solo con los discípulos que habían ido surgiendo a su paso por Galilea, sino también por muchos venidos de Jerusalén, pero también de las ciudades paganas de Tiro y Sidón. A otros también tenía que ir a anunciar la Buena Nueva. Allí estará con todos, le llevarán sus enfermos y los atormentados por los espíritus, todos querrán al menos tocarlo o tocar la orla de su manto, y a todos irá curando.

Ese camino o ese proceso, por llamarlo de alguna manera, que vemos en Jesús es el que hoy quiero fijarme. Pasó la noche en el silencio, en la oración. Solo después de ese momento vendrá al encuentro con los discípulos para escoger a los doce apóstoles; solo después bajará de la montaña para ir al encuentro con todos a los que ha de anunciar con sus palabras y con los signos que realizaba el Reino de Dios. ¿Será así nuestro camino?

Reconozcamos que muchas veces queremos hacerlo a la inversa. Decimos que tenemos tanto que hacer, que es mucha la mies o que es grande la labor y ya enseguida queremos ponernos manos a la obra sin haber tenido antes la necesaria noche del silencio. Fácilmente lo olvidamos los cristianos; tenemos incluso la tentación de considerar esas noches de silencio como si fueran inútiles e innecesarias. Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo nos decimos; demasiado autosuficientes nos ponemos.

¿Permitiremos que un arquitecto nos diseñe el edificio o casa de nuestra vida si antes no ha estudiado la carrera de arquitectura para poder realizar y trazarnos con seguridad esos planos? Cuando nos presente su proyecto antes habrá pasado mucho tiempo, no solo en sus estudios previos mientras realizó su carrera, sino ahora en el estudio de lo que va a realizar para poderlo hacer debidamente.

En esa tarea tan hermosa que todo cristiano comprometido tiene que realizar en medio del mundo que le rodea con ese testimonio de nuestra fe, con esos signos de nuestro compromiso de amor que tenemos que manifestar, no podemos ir de cualquiera manera por nuestra cuenta. Necesitamos de ese fortalecimiento de nuestra fe, de ese apuntalar bien lo que son nuestros principios y nuestros valores cristianos, necesitamos crecer interiormente para poder tener toda esa fuerza del Espíritu que nos ayude y que nos impulse, necesitamos pasar por ese silencio de la montaña, por ese silencio de la noche, por ese tamiz de la oración, porque no vamos por nosotros mismos ni solo con nuestra fuerza. Es algo que no podemos descuidar, algo en lo que no necesitamos hacer carreras para llegar pronto, algo que necesita una honda preparación del espíritu. Cuidado no nos llenemos de autosuficiencias que harán nulo nuestro trabajo. 

¿Nos estará faltando algo de todo esto a los cristianos hoy para dar ese necesario testimonio ante el mundo?


sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

 


Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Cuando nos vemos en situaciones complicadas, donde se nos puede pedir razón de lo que hacemos, donde quizás por los problemas que tengamos hemos de acudir a alguien pidiendo ayuda, o ante errores que hayamos cometido tenemos que dar explicaciones, pedir excusas, o hacernos un nuevo planteamiento, nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar, no sabemos qué podemos decir o cómo podemos explicarnos mejor, y en cierto modo sentimos como una desazón o una angustia en nuestro interior.

Acudimos quizá a un amigo de confianza a quien podemos hablar con toda libertad pidiendo un consejo, una visión distinta de los problemas que tenemos, o como quizás desde su experiencia podemos afrontar esas situaciones; cuando se trata de problemas más fuertes pedimos la orientación o el acompañamiento de un abogado, que tiene su preparación, sabe mejor como responder a esos cuestionamientos que se nos hacen, qué es lo que podemos decir en nuestro favor, o nos puede ofrecer incluso un asesoramiento jurídico o incluso una defensa llegado el caso. La cuestión es no sentirnos solos e indefensos.

Digo esto a manera de ejemplo en referencia a lo que hoy nos está hablando Jesús en el evangelio. Nos está previniendo para los tiempos difíciles con que nos vamos a encontrar. Habla de persecuciones e incluso de muerte con lo que tenemos ocasión, como nos dice, de dar testimonio. Es en esos momentos difíciles donde se ha de manifestar claramente la firmeza de nuestra fe y como si ponemos toda nuestra confianza en el Señor no nos vamos a ver defraudados.

Bien sabemos que a la iglesia y a los cristianos no nos han faltado persecuciones en todos los tiempos. Desearíamos, es cierto, que todo fuera en paz y armonía, y que el mundo que nos rodea aceptara el testimonio que nosotros podemos ofrecer del evangelio, luz y sendero de nuestra vida. Pero el discípulo no es mayor que su maestro, nos dirá Jesús en otra ocasión, y si a Jesús le hicieron lo que le hicieron llevándolo a la cruz, es el camino de pascua que nosotros también hemos de vivir.

Es normal que nos entren los miedos y las angustias; somos humanos y somos débiles, no bastarán nuestras palabras y nuestra sabiduría para encontrar esa fuerza que necesitamos. Y es de lo que nos está hablando hoy Jesús. No hemos de temer. Hemos de mantenernos perseverantes, es el camino que de verdad nos llevará a la salvación.

Pero Jesús nos da un abogado, un defensor, quien en verdad nos va a guiar en lo más hondo del corazón en ese camino que hemos de recorrer. Ya en otro momento nos hablará de que El marcha a estar junto al Padre pero que nos enviará el Paráclito, el Defensor, ‘El os guiará hasta la verdad plena’, nos dice.

Pero hoy nos está diciendo como no hemos de temer en esos momentos difíciles en que nos podemos encontrar.  Es el momento de dar nuestro testimonio y con nosotros va a estar la fuerza de su Espíritu. En la última cena cuando les hablaba Jesús de su marcha al Padre, aunque no terminaban de entender bien lo que Jesús les estaba diciendo, sus corazones se llenaban de tristeza; les parecía que se iban a sentir solos. Nos pasa a nosotros tantas veces cuando aquellos a los que amamos parece que por un motivo o por otro se alejan de nosotros; cómo sentimos la soledad y como nos sentimos indefensos. Fue el trance amargo que ellos pasaron también durante la pasión de Jesús hasta que lo contemplaron resucitado.

Hoy les dice Jesús en referencia a esos momentos difíciles e incluso de persecución. ‘Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. La fuerza del Espíritu del Señor estará siempre con nosotros.

domingo, 16 de octubre de 2022

En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 


En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

La vida se nos convierte muchas veces en una batalla. No es fácil. Quisiéramos que se convirtiera en un camino de rosas; y cuando decimos esto estamos pensando en facilidades, suavidad en los pasos y perfumes, pero nos olvidamos que esas rosas tienen espinas; por eso aunque quisiéramos que fuera un camino de rosas tenemos que ser conscientes que las espinas no nos van a faltar en la vida.

Son las luchas en nuestra propia superación personal; es la lucha en los contratiempos que vamos encontrando porque todo no nos sale como son nuestros deseos; es el encuentro y la convivencia con los demás que se nos puede hacer costosa en ocasiones; son todos esos problemas que nos van apareciendo y que entrañan dificultad, oposición, nadar contra corriente, sueños o metas de otros que chocan con los nuestros, el egoísmo o el orgullo que se nos mete a todos por dentro y nos dificulta el camino porque nos dificulta la relación, porque nos hace tropezar tantas veces en ese camino.

¿Imposible llegar hasta una meta final, a la consecución de unos objetivos? La batalla tiene que ser perseverante, no nos pueden fallar las fuerzas; hablamos de nuestra fuerza interior, de la fuerza de nuestra voluntad nos hace conseguir aquello que nos proponemos; pero algunas veces esas fuerzas nos pueden fallar. ¿Imposible entonces? No podemos dar las cosas por imposible. ¿Con qué fuerzas vamos a contar para mantener esa necesaria perseverancia?

Nuestra riqueza y nuestra fuerza no están solo en nosotros mismos. Es cierto que tenemos que creer en nosotros mismos, tener optimismo y confianza para mantener la lucha. Pero hay algo que nos supera, algo que solo podemos conseguir con la fuerza que nos viene de lo alto. Me estoy haciendo esta reflexión, yo como creyente, y en medio de un ambiente de creyentes, como son los que siguen las reflexiones cada semana de estas semillas de cada día. Tenemos que aprender a contar con Dios.

Esto es lo que nos viene a enseñar la Palabra de Dios que en este domingo escuchamos. Tenemos que buscar la piedra en la que nos apoyemos cuando nos faltan las fuerzas, o los brazos que nos ayuden a mantener nuestros brazos en alto, siguiendo la imagen que se nos ofrece del Moisés orante en lo alto de la montaña mientras el pueblo lucha en su avance hacia la tierra prometida.

Caminaban con una esperanza, a pesar de que no faltaban dificultades en el camino que era especialmente duro por el desierto que atravesaban. Porque confiaban en la Palabra de Yahvé mantenían vivo su esfuerzo, aunque muchos fueron los momentos de flaqueza que tuvieron en aquel largo recorrido de cuarenta años. Hoy se nos habla de aquellas luchas contra los amalecitas, aquellos pueblos que se interponían en su camino, pero es imagen de todo lo que fue el recorrido por el desierto hacia la tierra prometida. Imagen también de lo que es nuestro camino en el que tantas veces nos faltan las fuerzas, nos vemos desfallecidos y poco menos que vencidos, en todos aquellos aspectos de los que ante hablamos. Pero hemos de levantar los ojos al cielo, y es una forma de hablar, para sentir como Dios está con nosotros, Dios está en nuestro corazón, Dios es que nos mantiene en nuestro camino. Es a El a quien tenemos que saber acudir, con quien saber contar.

Es la imagen que se nos ofrece en la parábola del evangelio. Ese juez que no quería escuchar las peticiones de la viuda es imagen de todo ese tropiezo que vamos a encontrar en nuestro camino. Por mucho que busquemos lo bueno, por mucho que queramos superarnos, por mucho que queramos sortear las dificultades, ahí tenemos siempre algo en contra. Pero es hermosa la imagen de la perseverancia de aquella mujer que no se cansa de pedir. Es la imagen de lo que tiene que ser nuestra perseverancia, de la confianza que hemos de tener de que podemos avanzar, de que podemos conseguir aquello que anhelamos, es la imagen de quien cree en sí mismo pero no porque se sienta autosuficiente sino porque sabe que no le faltará la fuerza del Señor. El siempre nos escucha.

Se nos está hablando de la perseverancia en nuestra oracion – ya Jesús nos dice que oremos sin desfallecer, que pidamos porque seremos escuchamos, que llamemos porque seremos atendidos – pero se nos está hablando de esa fuerza interior que con la presencia del Señor en nuestra vida vamos a sentir. Aunque todo te parezca oscuro ponte en su presencia y sentirás la paz en tu interior, habrá una luz que llegue a tu vida, habrá algo que vas a sentir que te hará vivir con confianza de una forma nueva.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 


Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Hay momentos en los que tenemos que tomar partido y hay que decantarse en un sentido o en otro; no siempre es fácil, porque tenemos miedos e inseguridades en nuestro interior, porque nos cuesta entender que tomar una decisión nos lleva a arrostrar las consecuencias, porque algunas veces parece que preferimos nadar entre dos aguas, como suele decirse, porque sabemos que según la decisión que tomemos habrá quienes quizás nos alaben pero habrá muchos que estarán en contra; hoy hablamos de decisiones, posturas, actitudes que no son siempre políticamente correctas, porque quizás nos llevaría a enfrentarnos a unas mayorías, o al menos más bulliciosas, que son de opinión distinta a lo que nosotros podamos opinar.

Nos pasan cosas así cuando tenemos que dar opinión sobre una situación social, por ejemplo, cuando tenemos que decantarnos por una posición llamémosla ideológica, cuando queremos actuar según unos principios, cuando tenemos que ponernos al lado de seres indefensos, por ejemplo, a los que tendríamos que defender frente a jaurías que ladran en contra. Y esto nos cuesta cuando tenemos que presentar la fe que tenemos y que es el aliento de nuestra vida; en un mundo de increencia, que se manifiesta laico y contrario a todo sentimiento religioso, cuando nos dicen que eso de la fe y de la religión es algo privado y no tiene que tener ninguna manifestación pública… muchos momentos que vivimos y nos cuesta dar la cara.

Nos hace falta una fe valiente; nos hace falta tener arrojo en nuestro interior para manifestar públicamente nuestra fe y dar testimonio de ella con una vida que obra en consecuencia. Tenemos que saber arrostrar todas las consecuencias, aunque quizás nos hagan pasar por momentos malos. ¿Dónde encontrar esa fuerza interior? ¿Dónde apoyarnos para sentirnos verdaderamente valientes y demos la cara por aquella fe que tenemos?

Diría, por así decirlo, una sola palabra, una actitud: miremos a Jesús. En el evangelio hemos venido escuchando cómo Jesús según sube a Jerusalén para aquella pascua le va anunciando a los discípulos todo lo que va a suceder aunque ellos no terminen de entender. Hay un momento en el evangelio que parece que Jesús va deprisa en su subida, va delante de sus discípulos y sin hacer parada, por así decirlo. Jesús sabe a lo que sube a Jerusalén, el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los gentiles, como les repite tantas veces.

Ahora en estos días que nos restan para la celebración de la pasión y muerte del Señor, para celebrar su Pascua y resurrección iremos escuchando el relato de lo que fueron aquellos días en Jerusalén. Jesús se está manifestando claramente como el Hijo de Dios, que ha venido con una misión y que El no realiza ninguna otra cosa sino la obra que el Padre le encomendó. En el Evangelio de san Juan, que es el que principalmente iremos escuchando, se emplea la expresión los judíos, en esa referencia sobre todo a aquellos que se oponían a su misión y se enfrentaban a Jesús y que son los que le llevarían a la muerte.

Hoy ya le hemos escuchado cómo si creemos en El tendremos vida para siempre porque estamos llamados a la resurrección. ‘En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán… No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio…’

Pero nos dice también: ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

Sí, estamos llamados a pasar de la muerte a la vida, estamos llamados a la Pascua. Lo vamos a vivir y celebrar intensamente en las celebraciones pascuales de los próximos días, pero es algo que tiene que ser siempre el centro de nuestra vida.  No importa que no seamos comprendidos, no importa que el mundo vaya por otros derroteros y hasta muchas veces muchos cercanos a nosotros que se dicen cristianos y tener fe, pero que no acaban de comprender de verdad el sentido de la Pascua que vamos a celebrar, y o se quedan en cosas superficiales o se olvidan de lo que significan para los creyentes estos días y se van por otros derroteros.

Es ahí, en ese mundo, donde tenemos que dar la cara y actuar con valentía en el testimonio de fe que tenemos que dar. Es ahí donde tenemos que decantarnos valientemente y sin ningún temor. Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos.

lunes, 21 de febrero de 2022

No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

 


No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

En la lucha de la vida de cada día nos van siempre apareciendo problemas, dificultades, contratiempos, cosas que no esperábamos que nos sucedieran a nosotros pero de un momento a otro tenemos que enfrentarnos a esas situaciones para poder salir adelante. La misma experiencia de la vida nos va sirviendo de lección y poco a poco nos vamos fortaleciendo interiormente para enfrentarnos a esos problemas y saber cómo salir adelante.

Vamos creando en nosotros también una fuerza interior, una fuerza espiritual que nos ayuda a mantenernos firmes y seguros en nuestro camino intentando siempre no perder la paz ni la serenidad. Pero aun así hay ocasiones en que las cosas no superar y ni la sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo ni esa fuerza que tenemos en nosotros mismos nos hace capaces de superar esas situaciones de negrura que se nos meten en la vida.

Pero el creyente saber que esa sabiduría y esa fuerza no viene por si misma a nosotros sino que es también una luz y una gracia que nos viene de lo alto, que nos viene de Dios que con nosotros va haciendo ese camino de la vida aunque a veces nos ceguemos y no seamos capaces de verlo o nos llenemos de orgullo y autosuficiencia para creer que por nosotros mismos podemos ir superando todo lo que se nos presenta. Hay momentos en que nos llenamos de duda, nos sentimos débiles, parece que nos abandona esa fuerza de lo alto, nos sentimos como atrapados en medio de muchas oscuridades; queremos creer, pero nos cuesta, nos sentimos inseguros en nuestra propia fe.

Son situaciones diversas que nos van apareciendo en la vida. Hoy el evangelio nos habla cómo los discípulos de Jesús han tenido que enfrentarse a una situación en la que no saben cómo salir adelante. Ya un día cuando Jesús les había enviado a anunciar la buena nueva del Reino de Dios les había dado poder sobre los espíritus inmundos y para curar enfermedades. Es lo que ahora pretenden hacer con aquel ‘endemoniado’ – así lo llaman – que les ha traído aquel padre angustiado que ya no sabe qué hacer ni a quien acudir. La situación del muchacho es dura, y ellos se sienten indefensos e impotentes para poder hacer algo. Jesús no está, es cuando se había ido a la montaña con tres de sus discípulos para orar.

Al llegar Jesús se encuentra el panorama, le presentan la situación, el padre angustiado acude a Jesús. ‘Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces’, exclama el padre. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’. Pero ‘Jesús replicó: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe. Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe’. 

Ya sabemos cómo Jesús lo curó. Luego los discípulos le preguntarán por qué ellos no pudieron hacerlo. ‘Esta especie solo puede salir con oración’, les responde Jesús.

‘Todo es posible al que tiene fe’, había dicho Jesús. Es mucho más que creer en nosotros mismos, es mucho más que lo que nosotros sepamos o seamos capaces de hacer. No todos lo entienden. Vivimos en una autosuficiencia soberbia muchas veces. No hemos aprendido a mirar hacia lo alto, a descubrir al supremo Hacedor de quien nos viene toda fuerza. Nos quedamos muchas veces solo en una fe a lo humano y le quitamos el color de lo sobrenatural. Tenemos que saber ser humildes para pedir y pedir con confianza superando nuestras dudas y superando nuestros miedos. No es la búsqueda de algo mágico, es más, es algo sobrenatural que solo en Dios podemos encontrar. Por eso tenemos que saber pedir, por eso no nos puede faltar la oración humilde y confiada.

Y hemos de reconocer que esto nos falta muchas veces hasta a los que nos decimos creyentes y cristianos, porque no sabemos o no queremos descubrir esa presencia de Dios en medio de nosotros, esa presencia de Dios también en nosotros. Y eso necesitamos hacerlo y sentirlo en lo que es la lucha de cada día, ese camino que cada día hacemos y que muchas veces nos encontramos lleno de baches y nos hace dar muchos trompicones.

No dejemos enfriar la fe, sino pidamos a Jesús que nos ayude a mantener firme esa fe. No olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas.

viernes, 15 de octubre de 2021

No nos sentimos solos porque en esas encrucijadas duras de la vida Jesús pone alguna señal que nos recuerda que en El encontramos siempre nuestro descanso y la paz

 


No nos sentimos solos porque en esas encrucijadas duras de la vida Jesús pone alguna señal que nos recuerda que en El encontramos siempre nuestro descanso y la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88; Mateo 11, 25-30

Algunas veces la vida nos mete presión. Y podemos sentirnos ahogados. Son los problemas que nos van apareciendo en la vida del día a día, o son las responsabilidades que algunas veces nos acumulan trabajos y preocupaciones, será la convivencia con los demás que en ocasiones se nos hace difícil o pueden ser acontecimientos, sucesos que nos sorprenden y que de alguna manera nos descolocan y al final parece que no sabemos por donde salir, pueden ser las enfermedades y limitaciones que personalmente suframos pero pueden ser también las exigencias de la atención que tenemos que prestar a personas cerca de nosotros que se ven envueltos en situaciones difíciles.

Y en esa presión perdemos serenidad, perdemos muchas veces la paz, nos sentimos desorientados, no sabemos a donde mirar y nuestras reacciones pueden ser difíciles, nos culpabilizamos por lo que nos está sucediendo porque no le encontramos sentido o nos volvemos contra cualquiera que nos encontremos en la vida con violencia y queriendo cargar la culpa de todo a los demás. Nuestras reacciones son fuertes y pueden desatarse muchas pasiones en nuestro interior que nos llenarían de más intranquilidad.

Qué difícil se nos hace mantener la paz, la serenidad de espíritu, el discernimiento de cuanto nos sucede para saber encontrar un camino o una salida o para saber sentir que podemos encontrar una fuerza que nos mantenga en esa lucha. Pero nos cuesta. Podemos pensar en muchas situaciones, podemos pensar en tanto sufrimiento que vemos a nuestro alrededor en muchas situaciones verdaderamente duras y difíciles.

Es como una espiral que nos envuelve, porque son tantos los que se ven en situaciones semejantes y podemos crear un clima que se nos hace irrespirable. ¿Es que no podremos encontrar salida? ¿Es que no podremos conseguir un momento de paz? ¿No habrá donde podamos acudir para encontrar esa paz que necesitamos y esa fuerza interior que nos mantenga en pie en esa lucha?

El creyente sabe que no se encuentra solo. Aunque muchas veces nuestra fe se tambalee y cuando nos encontramos en esas situaciones no sabemos encontrar esa luz, nos parece que será insuficiente la luz de la fe. Pero creo que tenemos que aprender a escuchar a Jesús. Es lo que hoy nos está ofreciendo. Que sepamos emprender el camino hacia El, un camino que hemos de hacer en humildad y sencillez porque si llenamos nuestro espíritu de orgullos y resentimientos por lo que nos pasa, va a ser difícil que podamos sintonizar con El, que podamos escuchar la hermosa melodía con que nos llama y nos atrae desde su corazón.

‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.

Hermosas palabras que escuchamos a Jesús. Hermosas palabras que necesitábamos escuchar. Hermosas palabras que tenemos que dejar que se hundan en nuestro corazón. El es nuestro descanso; en El encontraremos esa paz que tanto necesitamos en nuestro corazón.

Pueden ser muchos los agobios y las ansiedades que nos atormenten, El es la verdadera medicina para nuestra vida. Aprendamos de El, de su humildad, de su mansedumbre, de su amor. Sintamos su cercanía, que El nunca nos abandona. Sintamos que sí podemos encontrar la paz aunque nos veamos zarandeados por la vida y sus problemas. Aunque haya momentos que en nuestra angustia nos parece que estamos solos, El siempre está con nosotros; aunque nos parezca que los caminos se cierran, El abrirá siempre una senda nueva para nosotros. Teniendo esa esperanza comenzaremos a tener paz en el corazón; sintiendo esa cercanía nos sentiremos inundados de su amor.

Pensemos en las señales de su presencia que El va poniendo a lo largo del camino de nuestra vida. Si miramos con atención nos daremos cuenta de muchos momentos en que sin saber por qué nos sentimos reconfortados en esos momentos duros y algo sentimos que nos hizo darnos cuenta de una luz que nos estaba iluminando. Pudo llegar a nosotros de diferentes maneras, con diferentes señales, en personas que estaban a nuestro lado, en una palabra que escuchamos y levantó nuestro ánimo, en algo que de repente cambio e hizo despertar en nosotros la alegría porque vimos que había esperanza.

Cuando hayamos experimentado esa paz de su presencia en esas situaciones difíciles y dolorosas por las que pasamos en la vida, nos daremos cuenta que nosotros podemos ser, nosotros tenemos que ser signos de esa presencia de amor de Dios para los que están a nuestro lado. Como se hizo presente el Señor en nuestra vida a través de diferentes señales, nosotros podemos ser signos para los demás.

 

miércoles, 7 de julio de 2021

La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

 


La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a; Sal 32; Mateo 10,1-7

‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es la misión que confía a los doce apóstoles que ha elegido entre todos los que le siguen. Es lo que nos relata hoy el evangelio. Y los envía con una misión, el anuncio de la llegada del Reino. Y para ello les da poder para poder realizar las señales de que el Reino de Dios ha llegado.  ‘Y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Si Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida, eso viene a significar la expresión del Reino de Dios, nada nos puede esclavizar. Son las señales con las que vamos a expresar que ha llegado el Reino de Dios a nosotros.

Jesús ha elegido a Doce. ¿Por qué estos y no otros? Los designios de Dios son inescrutables. Podríamos decir que la trayectoria que fueron siguiendo estos discípulos de seguimiento de Jesús no fue fácil. Al final incluso uno le traicionó. Pero es que todos se dieron a la desbandada cuando fue cogido preso en Getsemaní; le abandonaron y huyeron; los veremos escondidos en el cenáculo, aun cuando han llegado noticias de que había resucitado.

Pero antes, cuanto les costaba entender a Jesús. Andaban cada uno según sus intereses, ‘queremos los primeros puestos a tu derecha y a tu izquierda’, dirán algunos; por el camino a la espalda de Jesús iban siempre discutiendo por los primeros puestos o quien era el más importante entre ellos, desconfiaban los unos de los otros porque cuando los Zebedeos piden los primeros puestos los otros diez por detrás están recociéndose en sus humanas envidias.

Pero son los que eligió Jesús, con los que quiere contar, a los que explicará con especial detalle todo el sentido del Reino de Dios aunque no lo entiendan, a quienes les anuncia lo que va a suceder en Jerusalén aunque a ellos no les entre por la cabeza; por allá estará Pedro intentando disuadir a Jesús de que lo que está anunciando no le puede pasar.

Pareciera que estamos pintando un cuadro muy oscuro de aquellos a los que Jesús eligió, pero fue la realidad. Solamente después de la Pascua, que también mucho les costó entender, después de verle resucitado y después de la venida del don del Espíritu valientes se lanzarán a cumplir la misión de Jesús.

Pero esto nos puede servir frente a pensamientos que se nos pueden pasar por la cabeza o incluso cosas que nos pueden echar en cara de los momentos de la Iglesia, e incluso de los momentos que podemos vivir hoy. quienes hemos sido o han sido llamados para una misión dentro de la Iglesia son seres humanos como todos los hombres, con los que quiere contar el Señor; pero con qué facilidad hacemos nuestros juicios y condenas, con qué facilidad se habla de la Iglesia, de sus sacerdotes o de sus pastores siempre con un juicio critico y condenatorio.

Somos seres humanos y como tales no somos perfectos. Pero nadie está dentro del corazón de los demás para saber cuales son sus luchas interiores, sus deseos de superar defectos y debilidades, su ansia de superarse para ser mejores y actuar de la mejor forma a la manera de Cristo. ¿Quiénes somos para condenar a los demás?

Pero además en una visión de fe como creyentes y cristianos que somos tendríamos que reconocer que los pastores que tenemos son aquellos con los que ha querido contar el Señor; como con aquellos discípulos a los que escogió para ser apóstoles. Y como reconocería san Pablo la fuerza de la gracia se manifiesta a través de nuestra debilidad. Quien actúa es el Espíritu del Señor que se vale de esos vasos de barro con toda su debilidad y que incluso muchas veces se pueden romper, pero que han sido los instrumentos elegidos por el Señor para hacernos llegar su gracia.

Creo que los que de verdad amamos la Iglesia, quienes queremos vivir esa actitud y postura de creyentes han de saber, hemos de saber tener otra mirada, llenando también nuestro corazón de comprensión y misericordia para descubrir detrás de esas debilidades humanas la fuerza de la gracia del Señor.

 

jueves, 22 de abril de 2021

No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

 


No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En el camino de la vida que hacemos cada día nos vamos proponiendo metas para ir logrando ese crecimiento personal y para ir logrando la realización de esos sueños que tenemos, es un continuo esfuerzo que vamos realizando tratando también de superar los obstáculos que la vida misma nos va presentando o que encontramos en nosotros mismos en nuestra incapacidad o en nuestra debilidad. A veces nos decimos ¿y de donde saco yo fuerzas? Siempre hay una fuerza interior en nosotros mismos que es como un fuerte estímulo pero aún así sentimos que necesitamos algo más.

Cuando se trata de que esos deseos de superación los queremos ir realizando en lo que llamamos normalmente nuestra vida cristiana que no es otra cosa que el seguimiento de Jesús tratando de conformar nuestra vida a los ideales y a los valores que nos enseña el Evangelio sentimos que por mucha fuerza de voluntad que tengamos solo por nosotros mismos no lograremos ese crecimiento interior, esa crecimiento espiritual, repito, desde esos valores del evangelio.

Estamos viendo cómo Jesús se nos presenta como el Pan de vida, el alimento de nuestra vida, pero en el sentido, hemos dicho, de que en El encontramos ese sentido y ese valor más hondo para nuestra existencia; hemos dicho que El se deja comer por nosotros en el sentido de que seamos uno con El para vivir su misma vida, su mismo sentido de existir. Es un querer identificarnos con Cristo de tal manera que no vivamos nuestra vida sino que lo vivamos a El porque en nosotros queremos plasmar todos sus valores, todo su sentido de existir, toda su vida, todo su amor. Y nos dice que si así lo hacemos nos llenaremos de su vida para siempre. Hoy nos habla también de resurrección.

Pero hoy Jesús da un paso más. No solo es que lo comamos porque en el amor así nos identificamos con El – es una forma de comerle como hemos dicho – sino que ahora viene a decirnos que es el Pan de vida y es su propia carne la que hemos de comer y que da vida al mundo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’.


Algo maravilloso lo que nos está diciendo Jesús pero al tiempo algo misterioso que va a provocar la crítica de los que le escuchaban y que incluso algunos le abandonen. Ya nos lo irá haciendo entender, pero ahí están claras sus palabras. ‘Es el pan vivo bajado del cielo… y el pan que nos dará es su propia carne por la vida del mundo…’

Jesús nos está hablando de la Institución de la Eucaristía, el sacramento de su cuerpo y de su sangre, que llegaremos a comprender muy bien en la noche del jueves santo en la cena pascual. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros, nos dirá; Esta es mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna derramada por vosotros’.

Así comprenderemos lo que hoy nos está diciendo. Porque comiéndole a El tendremos vida, comiéndole a El tendremos toda la fuerza de su Espíritu con nosotros. Decíamos antes cuán débiles nos sentimos en ocasiones en ese nuestro camino de la vida, en ese camino de la vida cristiana. Es el sentido de nuestro vivir y es el camino que hemos de hacer, pero no por nosotros mismos. No es solo nuestra fuerza; es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida nuestra para nuestro caminar. Y comiéndole a El tendremos vida para siempre, tendremos vida eterna, nos resucitará en el último día.