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viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

Celebrar la navidad de Jesús hoy nos compromete a ser signos con el testimonio de nuestra vida de una auténtica navidad


Celebrar la navidad de Jesús hoy nos compromete a ser signos con el testimonio de nuestra vida de una auténtica navidad

 Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14
¡Es navidad! No hace falta decirlo, me vais a comentar. Todo en el ambiente nos recuerda que es navidad, el ambiente de nuestras calles con sus luces y con sus adornos, el encuentro familiar en las cenas navideñas, las bonitas palabras que todos nos decimos llenas de buenos deseos, un cierto sentido especial que parece que nos hace más buenos y más pacíficos… todo nos está hablando de que es navidad.
¡Es navidad! Tenemos que repetir aunque parezcamos cansinos porque en todo lo que hasta ahora hemos dicho con sus buenos deseos, sus buenas palabras y sus buenos gestos parece que anda cojo si no llegamos a repetir con insistencia. ¡Es navidad! Es la natividad del Hijo de Dios que se hizo hombre, se encarnó en el seno de María y nació en Belén. Y es que sin esto no podemos llegar a decir en verdad que es Navidad.
Un hecho que pudo haber pasado desapercibido en los campos de Belén, porque quizá el nacimiento de un niño no afectara mucho más allá de lo que son sus familiares o las personas cercanas en vecindad. Pero el nacimiento de aquel niño lo seguimos recordando, lo seguimos celebrando con el paso de los siglos y ya no solo fue acontecimiento para los más cercanos sino que ha marcado la historia de la humanidad y hoy desde todos los rincones de la tierra de una forma de otra todos celebramos Navidad.
Pero Navidad, lo que hoy celebramos, no es solo el recuerdo de algo pasado sino que es algo que se hace vivo y presente en el hoy de nuestra historia y de nuestra vida. La Buena Noticia que resonó en aquella noche en los campos de Belén sigue siendo Buena Noticia que ha de seguir resonando en los campos de nuestra historia de hoy, es Buena Noticia también para el hombre y la mujer del siglo XXI.
Ya escuchamos en el evangelio el relato. Una orden de empadronamiento hizo caminar a José y a María desde Nazaret en la lejana Galilea hasta Belén, por ser José del linaje de David. Maria estaba encinta y le llegó la hora del parto; no había sitio para ellos en la posada – quizá las aglomeraciones de todos los venidos con el mismo motivo, o quizá la incomodidad que podría significar para el posadero una mujer a punto de dar a luz – y un establo en las afueras de la ciudad les sirvió para guarecerse. Y ‘mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre’. Así con humilde sencillez nos relata el evangelista la gran noticia de la historia y que hoy seguimos recordando y celebrando.
‘Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres… la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, el cual se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad’. Así teológicamente nos lo explicaba el apóstol. La manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Allí se manifestó - ¡y de qué manera! – la gloria del Señor.
Es lo que nos sigue narrando el evangelio. Nos habla de unos pastores que en la noche estaban cuidando sus rebaños; y hasta allí llega la manifestación de la gloria de Dios entre los resplandores del cielo con la aparición de los ángeles que les hacen el gran anuncio, la buena nueva de la Salvación. ‘No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’.
Una gran noticia que será motivo de alegría para todo el pueblo, que sigue siendo motivo de gran alegría para los hombres de todos los tiempos, que tiene que ser motivo de gran alegría para los hombres y mujeres de hoy. Cuando nosotros hoy estamos celebrando con gran alegría el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, tenemos que ser también esos mensajeros, esos portadores de evangelio, de la Buena Noticia de Jesús a todos los hombres de nuestro mundo.
La oscuridad tiene que volverse luz, la esclavitud y la opresión tiene que volverse libertad, la desilusión y la desesperanza en que vivimos tantas veces tiene que convertirse en esperanza cierta y en seguridad de salvación, el mundo de vanidad, de hipocresía y de mentira en el que nos sentimos tan inmersos tiene que transformarse en autenticidad y en verdad, el mundo duro y violento lleno de injusticia y de maldad ha de sentirse nuevo siendo un mundo de paz y de justicia. Y eso es posible, aunque tantas veces estemos como desencantados de la vida y los derroteros por los que camina nuestro mundo. Podemos hacer un mundo nuevo, podemos transformar los corazones, podemos sentir de nuevo la paz en unos corazones renovados, podemos comenzar a mirar con una mirada nueva, una mirada limpia, una mirada de luz.
¿Podemos encontrar señales de que eso es posible? Los ángeles les dieron una señal a los pastores para que encontrar al Salvador que les había nacido, ‘encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre’. Es la señal que nosotros también vamos a encontrar en Belén, es la señal con la que iremos haciendo ese anuncio a los hombres y mujeres de hoy. No iremos a hacer ese mundo nuevo con la prepotencia de los poderosos, sino con la humilde y sencilla presencia de un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.
Así con la sencillez y la humildad de los pobres iremos nosotros dando la gran noticia, haciendo el anuncio de esa Buena Nueva de salvación que es también para los hombres de hoy. Porque tenemos que ir, como fueron los pastores, allí donde hay pobreza y sufrimiento, allí donde hay dolor y sufren los corazones desgarrados por tantas amarguras, allí donde están los que se sienten solos, nadie atiende o nadie se preocupa de ellos… allí llevaremos la gran noticia de Jesús, pero es que allí nos vamos a encontrar con Jesús. No olvidemos lo que un día nos dirá: ‘lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos a mí me lo hicisteis’. Será Buena Nueva que llevemos, pero será también Buena Nueva que encontremos, porque así nos encontraremos con Jesús.
Es Navidad, comenzábamos diciendo, pero veamos ahora con sinceridad como será una auténtica Navidad para nosotros hoy, cuál es la auténtica navidad de la que vamos a hacer anuncio. Nos podrá parecer que hay muchos más interesados en otro estilo de navidad, pero a esos también hemos de hacer nuestro anuncio.
Por nuestras actitudes y comportamientos, por nuestra manera de vivir, ¿seremos nosotros signos de una auténtica navidad en nuestro mundo de hoy?

martes, 2 de octubre de 2012


Desde nuestra rebeldía interior busquemos la luz que nos llena de paz

Job. 3, 1-3.11-17.20-23; Sal. 87; Mt. 18, 1-5.10
¡Qué oscuros se nos vuelven nuestros caminos cuando nos atenaza el dolor, los problemas nos agobian o no vemos salida a nuestros sufrimientos! Perdemos la esperanza, pareciera que nuestra vida carece de sentido y nos preguntamos a veces para qué vivir. En ocasiones pasamos por momentos así de oscuridad, de duda, de rebeldía interior porque decimos que somos maltratados por la vida y lo que nos sucede.
Es la situación en la que se encontraba el justo y paciente Job. Como escuchábamos ayer había perdido todas sus posesiones e incluso sus hijos; lo que parecía en su prosperidad que todo eran bendiciones de Dios ahora pareciera que se volvieran maldiciones. Ahora también una llaga dolorosa envolvía todo su cuerpo y la vida parecía para él un sin sentido. Son las expresiones duras que escuchamos hoy en esta lectura.
Y qué bien reflejan nuestras situaciones cuando pasamos por momentos duros y dolorosos en la vida, en que de una manera u otra aparecen también esos sentimientos de desesperanza y amargura en nuestra vida. Habrán brotado de nuestros labios frases semejantes o las habremos escuchado a nuestro alrededor en momentos de desesperanza y de turbación por una enfermedad, por una muerte repentina, por un accidente que haya podido sufrir un familia, un amigo o una persona querida, cuando no nosotros mismos.
Cuando nosotros estamos escuchando hoy la Palabra de Dios que se nos proclama nos dejamos guiar y conducir por la sabiduría de la Iglesia que en su liturgia nos va ofreciendo pautas para que encontremos esa luz que necesitamos y nos ayude a salir de esas sombras.
Como respuesta a lo escuchado en la primera lectura, pero como respuesta que nosotros hemos de darle al Señor se nos ha ofrecido un salmo que nos ayuda a orar con confianza a Dios, haciendo que surja nuestra súplica desde lo  más hondo de nuestro corazón. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica’, hemos repetido y orado una y otra vez en el salmo. ‘Inclina tu oído a mi clamor… mi alma está colmada de desdichas, mi vida está al borde del abismo… soy como un inválido, como los caídos que yacen en el sepulcro’. Nuestra vida puede estar llena de dolores y de tinieblas, pero seguimos confiando en el Señor.
El salmo es la oración de un hombre enfermo y que ve su vida en peligro, que puede morir, por eso suplica desde lo más hondo de sí mismo al Señor. Así queremos  nosotros también suplicar al Señor, porque aunque todo lo veamos oscuro sabemos que la luz del Señor no nos faltará, que su mirada sobre nosotros es luz que nos ilumina y el Señor siempre escucha nuestra súplica.
Podemos unir esta reflexión que nos estamos haciendo a partir del libro de Job con la celebración que hoy nos ofrece la liturgia. Es la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. El Señor hace sentir su presencia y protección con los santos ángeles que protegen nuestra vida. Esos espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole y cantando su gloria, como el otro día veíamos al celebrar a los santos Arcángeles, pero que Dios he querido poner a nuestro lado para hacernos sentir la presencia y la gracia del Señor.
‘Concédenos que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’, pediremos en una de las oraciones de la liturgia de este día. Que con la tutela de los santos ángeles vayamos siempre por los caminos de la salvación y de la paz. Los ángeles nos inspiran en nuestro corazón para lo bueno, nos iluminan para que descubramos la verdad y el bien, mueven nuestro corazón por los caminos del amor, y en esas situaciones difíciles nos hacen poner toda nuestra confianza en el Señor.
Cuántas veces, casi sin darnos cuenta, sentimos en nuestro interior que somos movidos, impulsados a lo bueno; es nuestro ángel de la guarda que ahí está inspirándonos el camino del bien y que quiere prevenirnos de todo lo malo. Dejémonos conducir por esas inspiraciones divinas que nos llevarán siempre por los caminos de Dios.

jueves, 28 de abril de 2011

Una experiencia de fe en el encuentro con Cristo resucitado que nos fortalece y llena de vida

Hechos, 3, 11-26;

Sal. 8;

Lc. 24, 35-48

En aquel primer día de la semana diferentes sentimientos y estados de ánimo se iban sucediendo en el espíritu de los discípulos de Jesús. Desaliento, dudas, miedo, incredulidad, sorpresa, alegría eran algunos de esos sentimientos que afloraban. No terminaban de creer, el sepulcro lo habían encontrado vacío las mujeres, les hablaban de apariciones de ángeles, todo les parecían sueños y visiones calenturientas, apesadumbrados algunos se marchaban lejos, pero surgía la sorpresa porque era verdad que había resucitado el Señor y se llenaban de alegría inmensa.

Ya podían contar que se le había aparecido a Simón, los que se habían marchado lejos a Emaús venían contando lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Y cuando estaban contándose mutuamente estas experiencias, sin que nadie abriera las puertas ‘se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’.

Todavía queda temor y miedo por la sorpresa creyendo ver un fantasma, pero allí está Jesús que quiere convencerles y les muestras sus manos y sus pies. ‘Soy yo en persona’. No puede ser un fantasma. Cristo quiere incluso que le toquen y palpen para que se convenzan. Incluso les pide de comer. ‘Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de ellos’.

Una vez más Jesús comienza a explicarles las Escrituras. Como había hecho con los discípulos que marchaban a Emaús. ‘Todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse’. Y ahora les recuerda lo que tantas veces había anunciado en su subida a Jerusalén y a ellos tanto les costaba entender. Pero ahora ya ellos son testigos, tienen que ser testigos que anuncien esa Buena Noticia. ‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muerto al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén’. Ellos son testigos de todo lo sucedido y ese testimonio han de darlo por todas partes.

Es el testimonio que escuchamos dar a Pedro en los Hechos de los Apóstoles tras la curación del paralítico de la puerta del templo. En el nombre de Jesús ha sido curado aquel hombre. Los apóstoles dan testimonio ante todo el pueblo que se congrega alrededor al escuchar la noticia. ‘Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos’, dice Pedro; ‘como éste que veis aquí y conocéis, ha creido en su nombre, su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud a la vista de todos’.

Seguimos nosotros disfrutando del gozo y la alegría por la resurrección del Señor. Todo esto que contemplamos en el evangelio nos llena de essa alegría y de ese gozo. Seguimos cantando y celebrando a Cristo resucitado. Seguimos proclamando nuestra fe, alimentándola en la Palabra del Señor que vamos escuchando con fervor y apertura de espíritu cada día. Queremos llenarnos de los mejores sentimientos y estados de ánimo para desterrar de nosotros las dudas y vacilaciones, los miedos y las cobardías. Es algo que desde la fe tenemos que sentir hondo en nosotros. Es una experiencia hermosa de fe la que tenemos que seguir viviendo en estos días.

No somos espectadores sino testigos. No nos contentamos con lo que otros nos cuenten, aunque su testimonio también nos enriquezca, sino que queremos tener nosotros esa experiencia viva de Cristo resucitado. Es la fe que nos llega desde la trasmisión de los apóstoles y desde la experiencia y vida de la Iglesia. Pero es la fe que hacemos nuestra porque todo eso lo sentimos en nosotros, lo hemos de vivir desde lo más hondo de nosotros mismos. Nos sentiremos así fortalecidos, animados para seguir dando testimonio cada día de nuestra fe y nuestro amor, para amar cada día más dejándonos inundar del amor de Dios y queriendo inundar con ese mismo amor a los demás.

sábado, 22 de agosto de 2009

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles


Is. 9, 1-6
Sal.117
Lc. 1, 26-38



‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles… Reina del cielo, alégrate…’, la aclama la Iglesia en los himnos de su liturgia. Y nosotros le rezamos y la aclamamos: ‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ Reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de las vírgenes… reina de la paz, reina de la familia, reina de todos los hombres… reina de la gracia, reina de la vida… le aclamamos y le suplicamos en letanía diciéndole una y otra vez ‘ruega por nosotros’.
‘Aleluya, aleluya, el Señor es nuestro Rey…’ reza un canto de la liturgia. Nuestro único Rey es el Señor, nuestro Dios. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de un hijo le dice: ‘y darás a luz un hijo… y se llamará el Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Lo había anunciado el profeta: ‘Lleva a hombros el Principado, y es su nombre Maravilla de Consejero… Príncipe de la Paz… para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y su Reino’.
Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, donde reconoceremos la Señorío y la Soberanía de Dios sobre toda la creación. Un Reino de Dios donde todos participamos, por el que trabajamos los que creemos y seguimos a Jesús. Cristo nos llama a participar en su Reino y nos hace reyes; unidos a Cristo desde nuestro Bautismo con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Y participamos de su Reino, perteneceremos a ese Reino en la medida en que aprendamos a ser grandes pero desde el servicio y la humildad, sólo haciéndonos los últimos y los servidores de todos.
Hoy proclamamos a María Reino y Señora nuestra. Cuándo mejor que al celebrar la octava de su glorificación al cielo en su Asunción a los cielos. Cuando meditamos el misterio de Cristo y unido a Cristo el misterio de María en el rezo del rosario, después de haber meditado en uno de sus misterios en la Asunción de María al cielo, a continuación la contemplamos como Reina y Señora de toda la creación.
Es lo que hoy en esta fiesta queremos proclamar. María Reina, partícipe del Reinado de Cristo, su Hijo, pero porque ella es la primera que reconoce ese Señorío de Dios sobre su vida. Alaba y ensalza al Señor que es grande. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador’, es el comienzo de su cántico de alabanza y reconocimiento de lo que son las obras de Dios en su vida. Pero María es la que es toda para Dios. Dijo ‘Sí’ a Dios porque por encima de todo está siempre la voluntad de Dios. Y María es la que se hace la última y la servidora de todos y del Señor, porque ella no se ve a sí misma, sino como la humilde esclava del Señor. ‘Hágase (fiat) en mí según tu Palabra. Aquí está la esclava del Señor’.
Maria se una a Cristo más que ninguna otra criatura. Por eso participa como nadie en el Reinado de su Hijo y nosotros que la amamos – Jesús, su Hijo, nos la dejó como Madre al pie de la Cruz – no podemos menos que llamarla Reina y Señora nuestra.
‘María, nuestra Reina, está de pie, a la derecha de Cristo, al pie de la cruz, enjoyada de oro, vestida de perlas y brocado’, como la proclaman las antífonas de la liturgia.

martes, 12 de mayo de 2009

La paz os dejo, mi paz os doy

Hechos, 14, 18-27
Sal. 144
Jn. 14, 27-31


Venir al encuentro con el Señor es venir a llenarnos de su paz. Jesús nos da la paz, su paz. ¡Cuántas veces lo escuchamos en el evangelio! Y nos da una paz que no tiene ninguna comparación con nada de lo que nosotros podamos imaginar o desear. Tenemos que descubrirla, sentirla y vivirla en lo más hondo de nuestro corazón, saborearla.
¡Cómo lo sentiría la mujer pecadora cuando Jesús le perdona sus muchos pecados y le dice ‘vete en paz, no peques más’!
O la mujer adúltera a la que todos condenan, pero a la que Jesús devuelve la dignidad perdida.
O Zaqueo cuando recibió a Jesús en su casa y en el descargó su conciencia que le abrumaba, renovó su vida para empezar un nuevo vivir y fue capaz de compartir todo lo que tenía con los demás.
¿No sentiría paz Nicodemo cuando habla aquella noche con Jesús, vislumbra la vida nueva que en Jesús comienza – Jesús le habla de un nuevo nacimiento -, y descubre todo lo que es el amor inmenso de Dios que nos entrega a su Hijo?
Por algo los ángeles cantaron la gloria para Dios, la paz para los hombres con el nacimiento de Jesús, porque comenzaba un mundo nuevo donde sería posible la paz. Será el saludo pascual de Cristo resucitado una y otra vez cuando viene al encuentro con los discípulos pero a los que confía el don de perdonar para sanar el corazón herido y muerto de los hombres. Y es la promesa que Jesús hace ahora cuando va a comenzar la pasión y los discípulos se sienten tan turbados.
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’ que no os falte la paz en el corazón aunque sean duros los momentos que van a venir, les dice a los discípulos en la última cena, como acabamos de escuchar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo’. Es la paz que sabe darnos Jesús.
Cuando ahora en la mañana estamos iniciando el día, en nuestra mente están cuántas cosas tenemos que hacer hoy, preocupaciones, trabajos, problemas, tareas de todo tipo que en este ritmo vertiginoso de la vida que vivimos, parece que se nos hiciera corto el tiempo para tantas cosas que tenemos que hacer. Es hermoso este momento de paz que tenemos en nuestra oración de la mañana, nuestro cántico de la alabanza del Señor y nuestra celebración de la Eucaristía. Muchas veces decimos que es un cargar las baterías. Cómo nos sentimos reconfortados en el Señor.
Llenémonos de la paz del Señor. Que no nos sintamos agobiados por nuestra tarea. El Señor está con nosotros ahora y en cada momento de nuestro día. Que tampoco perdamos la paz por lo que es nuestra vida, tantas son nuestras limitaciones, nuestras debilidades, y tantos pecados, porque en la presencia del Señor nos sentimos siempre manchados, y pecadores. Se nos regala su gracia, su vida, su perdón. En El nos sentimos amados y perdonas; en El sentimos ese ánimo para nuestra tarea diaria, para nuestro caminar.
Es un gozo creer en el Señor que tan cerca quiere estar de nuestra vida, y de qué manera nos llena de su amor. Alabemos al Señor. Bendigamos al Señor. Sepamos dar gracias por el regalo de su paz.

jueves, 2 de octubre de 2008

Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino

Ex. 23, 20-23
Sal. 90
Mt. 18, 1-5.10

‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’, así hemos comenzado hoy nuestra celebración en esta fiesta de los santos Ángeles Custodios.
Cuando pensamos en los ángeles la imagen primera que viene a nuestra mente es la que nos refleja la Biblia en diversos textos de la gloria del cielo. Así lo expresamos incluso en la celebración cuando al inicio de la plegaria eucarística nos unimos ‘a los ángeles y arcángeles que cantan sin cesar el himno de tu gloria’. Así podríamos recordar por ejemplo un texto bellísimo del Apocalipsis: ‘Oí después, en la visión, la voz de innumerables ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles, que decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza’.
Pero hoy en nuestra celebración litúrgica hacemos memoria especial de los Ángeles Custodios. Como decimos en la oración litúrgica de esta fiesta, ‘en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles...’ Ahí lo estamos expresando. Los ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado en el camino de la vida, que nos custodian, nos protegen, nos ayudan, nos traen las inspiraciones de lo alto del camino bueno que hemos de hacer, de lo malo de lo que tenemos que apartarnos. Por eso pedíamos ‘vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía... que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’.
De ello nos ha hablado la Palabra de Dios proclamada, aunque podrían ser también otros los textos que leyéramos.
En el libro del Éxodo, haciendo referencia a la protección del Señor a su pueblo mientras peregrina por el desierto camino de la tierra prometida, se dice: ‘Así dice el Señor: voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado... mi ángel irá por delante y te llevará...’
En ese sentido es hermoso también el salmo 90 que hemos recitado. ‘Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos... te librará de la red del cazador... te cubrirá con sus plumas... bajo sus alas te refugiarás... no temerás el espanto nocturno...’ De día y de noche el ángel del Señor está a nuestro lado. Las imágenes son bellas para expresar esa protección, esa ayuda, ese refugio que significa su presencia junto a nosotros.
Abramos los ojos de la fe para descubrir esa presencia del ángel del Señor a nuestro lado. Cuántas veces nos sentimos en peligro, pero nos vemos libres de él. cuántas veces sentimos en nuestro interior ese impulso a lo bueno, o ese algo que nos impide realizar lo malo. Veamos la presencia del ángel del Señor en nuestra vida; escuchemos esa inspiración que es gracia del Señor que nos protege.
Recuerdo, como una imagen gravada en mi retina, aquel cuadro que mi madre tenía en la cabecera de la cama – muchos iguales he visto en muchos lugares en mis visitas a las familias y a los enfermos – que representaba a un ángel que agarrándolo de la mano ayuda a un niño que tenía el peligro de caer por el abismo de un barranco o algo así. Escuchemos allá en nuestro interior la voz del ángel de la guarda que nos quiere prevenir contra lo malo. Ese ángel que está siempre viendo el rostro de Dios, ‘el rostro de mi Padre celestial’ como nos decía Jesús en el evangelio.
En la oración final pediremos al Señor que ‘a los que has alimentado con estos sacramentos que llevan a la vida eterna, dirígelos bajo la tutela de tus ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’. Que con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales podamos cantar eternamente la alabanza del Señor en el cielo.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Bendecid al Señor, santos arcángeles, poderosos ejecutores de la obra de Dios

Apoc. 12, 7-12
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, así comienza la liturgia de este día invitándonos a unirnos a la alabanza que los ángeles en cielo cantan a su Creador. Hoy es el día de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. Arcángeles santos que tuvieron especial misión en la historia de nuestra salvación y que nos aparecen reflejados en la Biblia, en distintos textos, ya sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
Su nombre indica su misión y su función. Miguel, ‘¿quién como Dios?’, es el grito en el cielo como nos describe el Apocalipsis y también el libro, también con un sentido apocalíptico, del profeta Daniel. ‘Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón... la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás...’ que nos dice el Apocalipsis. De ‘tiempos difíciles’, nos habla la profecía de Daniel en la intervención del arcángel san Miguel.
Gabriel, ‘fortaleza de Dios’ que es el significado que le dan algunos Padres de la Iglesia, mensajero divino que trae celestiales mensajes que anuncian la salvación que llega o que nos ayudan a comprender el misterio de Dios revelado. Es el arcángel que se aparece a Zacarías en el templo que anuncia el nacimiento del Precursor del Mesías. ‘Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia’.
Es el arcángel que viene a anunciar a María el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas. ‘Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María...’ Muchas veces hemos escuchado y meditado este texto de la Anunciación y así hemos contemplador al mensajero divino que era portador de tal Buena Noticia de Salvación para todos los hombres.
Rafael, ‘medicina de Dios’, es el ángel que acompaña al joven Tobías y le hace encontrar la medicina para curar la ceguera del anciano Tobit. ‘El Dios de la gloria escuchó al mismo tiempo las plegarias de ambos, y envió a Rafael para curar a los dos: a quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que pudiera ver con sus ojos la luz de Dios; y a entregar como esposa a Sara, hija de Ragüel, a Tobías, el hijo de Tobit... yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar tu gloria’.
En la obra y la misión de estos santos Arcángeles que hoy celebramos podemos ver reflejado lo que es la misión que los ángeles realizan en nuestra propia vida y en la acción de la Iglesia. Dentro de unos días celebraremos los ángeles custodios y abundaremos más en ello, pero válganos ahora esta reflexión que nos hacemos de los arcángeles para descubrir cómo a través de ellos se hace presente Dios en nuestra vida y nos llena de su gracia y protección.
Que sintamos así la fortaleza de Dios en nosotros en nuestra lucha contra el mal, sabiendo que no nos faltará la gracia de Señor para resistir y vencer en las tentaciones. Sintamos su presencia que nos guía y nos acompaña en nuestro caminar en la fe. Que por la protección de los santos arcángeles se nos abran los ojos para descubrir y conocer los misterios de Dios, para descubrir cuáles son los planes de Dios para nuestra vida. Mensajeros de Dios impulsan nuestro corazón, mueven nuestro espíritu en esa búsqueda de lo que es siempre y en todo la voluntad de Dios.
Que así la Iglesia sienta su protección en lucha contra el mal, en el anuncio del Evangelio de Jesús, buena nueva de salvación para todos los hombres, y en ese caminar por los caminos de este mundo siempre buscando la paz, siempre tratando de llevar a Dios a todos los hombres.