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jueves, 6 de agosto de 2026

Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

 




Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

2Pedro 1, 16-19; Salmo 96; Mateo 17, 1-9

Ante la inmensidad de lo infinito nos sentimos sobrecogidos; parece que no entra en la limitación de nuestros números y nuestros cálculos lo que contemplamos como infinito. Ante la inmensidad del firmamento que contemplamos en una noche estrellada, sabiendo como sabemos que entre esos puntos de luz que vemos en el firmamento hay millones de años de luz de distancia, nos sentimos casi como un punto invisible y al tiempo que nos gozamos de esa inmensidad que podemos contemplar pero que no somos capaces de imaginar al mismo tiempo en nuestra pequeñez más aún nos sentimos empequeñecidos y de alguna manera turbados. ¿Quiénes somos ante esa inmensidad? Nos quedamos sin respuesta.

He querido comenzar con cierta imaginación esta reflexión, pero precisamente a partir de lo que hoy contemplamos. La gloria del Señor se manifestó en el Tabor. Jesús había subido a ese monte alto que siempre identificamos con esa montaña del Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea con tres de sus discípulos para orar. Y el evangelio nos desvela el misterio de lo que allí sucedió en el relato del evangelista, al que más tarde Pedro hará referencia en sus cartas, como hemos escuchado en la primera lectura.

Los resplandores del cielo los envolvieron en la alta montaña de manera que Pedro querrá quedarse allí para siempre arrobado por aquellos resplandores. Pero será la voz del Padre la que se escuche en medio de aquella visión señalándonos a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Será una nube la que ahora los envuelva cayendo por tierra los discípulos que de alguna manera se sentían transportados al cielo. Había que bajar de nuevo a la llanura; aquel misterio quedará escondido en el corazón porque solo podrán hablar de él después de la pascua, después de la resurrección.

‘No temáis’, les dice Jesús. El velo del misterio se ha descorrido, como el velo del templo de Jerusalén se descorrió también a la muerte de Cristo, porque en Cristo podemos conocer y dejarnos envolver por el misterio de Dios. Si ahora aquellos discípulos pudieron participar de ese momento de gloria Jesús nos dirá que de la misma manera nosotros seremos habitados por Dios. ‘El que me ama y cumple mis mandamientos, nos dirá, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Así podremos también nosotros resplandecer con la gloria de Dios. Pide Jesús al Padre que nosotros seamos también glorificados con la misma gloria de Dios con que el Padre le glorificó. ¿No es una gloria que así seamos amados de Dios que nos haga sus hijos?

Celebrar hoy esta fiesta de la Transfiguración del Señor y poder contemplar el Misterio de Dios que se nos revela no es algo que nosotros miremos como ajeno a nosotros. Es Cristo el que ha sido transfigurado, pensamos, pero nos estamos quedando cortos. En Cristo nosotros hemos sido glorificados y eso ha sido para nosotros la participación y vivencia de los sacramentos, que no por la carne ni por la sangre ni por ninguna otra razón humana sino por la fuerza de su Espíritu nos ha hecho partícipes de la vida de Dios para hacernos sus hijos.

Siempre recuerdo el hecho aunque no recuerdo a qué santo hacía referencia de cómo aquel buen hombre, con una fe maravillosa, cuando quería orar iba junto a la cuna de su niño recién bautizado y se ponía de rodillas porque decía que tenía la seguridad de que allí estaba Dios porque aún ningún pecado había manchado la pureza de aquella alma. Adoremos, sí, a Dios que quiere habitar en nuestro corazón, pongamos en Él nuestra fe y nuestro amor para sentir cómo en Cristo nosotros somos también glorificados.


martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

martes, 19 de mayo de 2026

Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Ha llegado la hora, la hora de la glorificación, dice Jesús; y estas palabras son pronunciadas cuando están reunidos en las horas previas al comienzo de la pasión, como epílogo a la cena pascual. Habla de gloria de Dios y habla de amor y de entrega hasta dar la vida, en cierto modo habla de muerte; es lo que hace que muchos no entiendan, que a nosotros mismos nos cueste también comprender, porque hablar de gloria parece que significaría hablar de triunfos y de victorias, pero a nuestros ojos humanos muchas veces nos cuesta verlo.

Hay ocasiones en que se nos hace difícil porque la subida del calvario que vamos encontrando en la vida se nos hace dura; cuántos contratiempos y malentendidos y también interpretaciones maliciosas, cuántos obstáculos desde lo que nos cuesta superarnos a nosotros mismos pero también de la oposición que en nuestro entorno podremos encontrar, no siempre somos comprendidos, querrán echar muchas veces sobre nosotros la basura de los desprestigios porque nos ven débiles y no somos tan perfectos.

Y Jesús nos está hablando de glorificación; aunque humanamente muchas de las cosas que nos suceden nos duelen sin embargo hemos de saber darle un sentido y un valor. El camino de pasión y de pascua que emprendía Jesús no era un camino fácil; recordemos que ante el sufrimiento que se avecinaba en Getsemaní suda sangre; ‘que pase de mi este cáliz’, será su súplica, ‘pero no se haga mi voluntad sino la tuya’ concluirá diciendo Jesús en su oración.

Se ha puesto en manos del Padre, pero en manos del Padre nos deja también a nosotros. ‘He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos… porque son tuyos… y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.

Es la oración de Jesús por nosotros, por su iglesia que aun camina en este mundo. Una oración que nos está pidiendo a nosotros que permanezcamos en su amor, que guardemos su palabra, que crezcamos más y más en el conocimiento de Dios, que seamos capaces de poner toda nuestra fe en El, por muy difícil que sea el camino, por muchas que sean las tinieblas con que nos vayamos encontrando.

Pero es una oración de Jesús al Padre pidiendo por nosotros que quedamos en el mundo, y en el mundo tenemos una misión, y en el mundo aunque sea adverso tenemos un testimonio que dar, en el mundo tenemos que ser testigos manifestando en nuestra vida lo que es la obra de Jesús. Todo siempre para la mayor gloria de Dios, como nos dejó bien resumido en su lema san Ignacio de Loyola. Y, ¿cuál es esa gloria de Dios? Hoy nos lo está diciendo Jesús en el evangelio que ha de convertirse en vida para nosotros. ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

Es lo que tenemos que ir haciendo con nuestro testimonio, porque no vamos a predicarnos a nosotros mismos, no vamos a decir lo buenos que somos, vamos a hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Y qué necesitamos para eso? Que se conozca a Dios, la revelación de Dios. Es la Buena Nueva que vino a anunciarnos Jesús. Reconocerlo verdaderamente como el Señor de nuestra vida, que conozcamos y reconozcamos a Jesús.

martes, 11 de noviembre de 2025

Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

 


Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Salmo 33; Lucas 17,7-10

Es cierto que humanamente nos gusta ser reconocidos y apreciados, que se tenga en cuenta lo que hacemos y sea valorado; y decir también que ésta ha de ser una buena actitud que nosotros tengamos hacia los demás, sepamos valorarlos, sepamos darle las gracias por lo que generosamente hacen por nosotros, por los favores recibidos o por los servicios que nos presten aunque sea desde la función que realizan en la vida; es cierto que una persona que como funcionario está realizando un trabajo en medio de la sociedad, sea un médico o un profesor, está trabajando en algún departamento o lleve una oficina de atención al público, lo hace porque es su obligación, es su trabajo, pero eso no es obstáculo para que nosotros cuando nos hacen ese servicio que es cierto que es su trabajo tengamos una palabra amable con esa persona y le demos las gracias. Nos gusta que sean agradables con nosotros, pero no siempre somos lo suficiente amables con aquellos que nos prestan un servicio.

Pero he comenzado hablando de que nos gusta ser reconocidos y apreciados, pero eso no significa que solamente hagamos las cosas buenas para colgarnos unas medallas, para que nos lo reconozcan, y si no lo hacen ya no quedamos contentos y va a ser luego motivo para no hacer cosas buenas por los demás. Es cierto que hay personas en la vida que van acumulando medallas de reconocimientos y diplomas de gratitud y parece que no hacen las cosas sino en búsqueda de esos méritos.

¿Cuáles han de ser nuestras motivaciones? Nuestra primera motivación tiene que ser el amor y el que ama se da, el que ama se hace servidor de los demos, el que ama busca hacer siempre el bien; es un amor que en fin de cuentas es reconocimiento del amor de Dios que nosotros sentimos; nos sentimos amados de Dios y nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.

Un amor que lo traslucimos en nuestra responsabilidad ante la vida, un amor que busca siempre la armonía y la buena convivencia, un amor que ofrecemos como la mejor contribución a hacer un mundo mejor. Un amor que nos lleva a construir el Reino de Dios sembrando, empedrando nuestro mundo de esos mejores valores de autenticidad, de búsqueda del bien, de generosidad y altruismo, de lucha por la verdad y la justicia, poniendo los mejores cimientos de la paz. Es lo que nos va enseñando Jesús en el evangelio. Como una semilla callada y que parece insignificante pero que va haciendo germinar de nueva vida nuestro mundo.

No vamos tocando campanillas para que sepan lo que estoy haciendo, no vamos haciendo ostentación de todo aquello con lo que contribuimos para hacer que nuestro mundo sea mejor, no buscamos la apariencia ni la vanidad; como nos dirá Jesús en otro momento que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Que nuestras obras sean siempre la búsqueda de la gloria de Dios.

Es lo que nos dice Jesús en el evangelio empleando una imagen muy propia de las costumbres de la época; por eso nos dice que aquel que ha estado todo el día en el campo con su trabajo, a la hora de llegar a casa ha de continuar con ese espíritu de servicio. Nos dice algo que nos puede dejar un tanto descolocados, pero tengamos en cuenta que emplea el lenguaje de su época, diciendo que el amo de casa no tiene que estar haciendo especiales reconocimientos, porque el siervo solo está haciendo lo que tiene que hacer.

Siervos en las manos del Señor tenemos que sentirnos, dándonos cuenta que nuestras manos, nuestras obras están prolongando esa obra de Dios para los demás, se están convirtiendo en signos del amor de Dios para todos. Y el sentir que el otro crece con nuestra ayuda o con nuestro servicio es la satisfacción que sentimos en nuestro interior y por lo que tenemos que dar gracias a Dios. ¿Nos alegraremos siempre nosotros del crecimiento de los demás quizás con la ayuda que nosotros podamos aportar? Demos gracias porque nosotros podemos convertirnos por lo bueno que hacemos en signos del amor de Dios para nuestro mundo.

 

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

martes, 3 de junio de 2025

No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

 


No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Siempre las despedidas parece que tienen que estar llenas de tristeza. Las tomamos como un desgarro del corazón,  alguien a quien apreciamos que parece que cuando se despide porque va a haber una distancia física tiene que haber como un desgarro; por eso nos duelen las despedidas. Pero bien sabemos que quienes se aman de verdad en las despedidas se suelen tener palabras que reflejan una hermosa promesa; te llevaré siempre en mi corazón, solemos decir.

¿No será esto lo que nos está diciendo Jesús desde el amor que El nos tiene y desde la actitud que quiere despertar en nosotros? ‘Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’, nos dirá en otra ocasión en la víspera de la Ascensión. Pero además nos ha dejado múltiples signos de su presencia, porque siempre le hemos de tener en nuestro recuerdo, es más, siempre le hemos de sentir junto a nosotros, para eso nos deja la presencia de su Espíritu.

¿Qué son los sacramentos sino esos signos de su presencia en cada situación de nuestra vida? ‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice cuando tenemos que repetir la cena pascual para que aquel pan y aquel vino sea en verdad para nosotros nuestro alimento, nuestro Pan de vida, realmente su Cuerpo y su Sangre para que tengamos vida eterna.  Y en el momento del dolor y de la enfermedad estará junto a nosotros siendo nuestra fortaleza y nuestra salud; cuando nos sentimos abrumados por nuestros errores o porque aquello donde no hemos vivido con toda la intensidad necesaria su amor, se hace para nosotros perdón y salvación; en la vida de nuestro amor y de nuestra entrega nos estará diciendo que nuestro amor y la amistad que vivamos entre nosotros han de ser siempre signo del amor que El siente por su Iglesia, porque es a su manera como nosotros hemos de amar.

Pero hoy además nos dice algo muy hermoso. Nos habla de su glorificación, la hora de su gloria, la hora de la gloria de Dios. ¿En qué ha de consistir? Su gloria ha sido darnos a conocer a Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

La hora de la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús que ha venido a traernos la vida eterna. Y ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Es lo que nos ha comunicado Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado’.

Es el camino por donde hemos de andar nosotros ahora. Pero no estamos solos, Cristo no nos deja, El siempre está presente en nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Es lo que tenemos que vivir. Es lo que tenemos que saber trasmitir a los demás. No vamos llevando anuncios de nosotros mismos, con el testimonio de nuestra vida, de nuestra nueva forma de vivir la vida estamos queriendo llevar a los demás también a esa gloria de Dios. Que todos puedan conocer esa vida eterna, que todos puedan llegar a conocer a Dios. Y no valen solo palabras, son los hechos de nuestra vida los que han de manifestar ese conocimiento que Dios tenemos, ese camino que nos enseña Jesús, esa vida nueva, esta vida eterna, que hay en nosotros.

¿Estaremos en verdad dando testimonio de nuestra fe? Con lo que hacemos y con lo que vivimos ¿los demás podrán llegar a entender esa vida eterna que en Jesús nosotros hemos encontrado? ¿Nuestra vida se hace creíble? No olvidemos que somos testigos y los testigos no se pueden ocultar.

domingo, 1 de junio de 2025

Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

 


Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

No tengo palabras para expresarme. No siempre todo lo que nos sucede podemos explicarlo con palabras; cosas que nos sorprenden, cosas ante las que nos quedamos como petrificados por la emoción que estamos sintiendo pero que no sabemos explicar, cosas que podemos sentir en nuestro interior y que se convierten en experiencia impactante de la vida y que no sabemos cómo trasmitir. Balbuceamos algunas explicaciones, y si no llegan a ser explicación al menos tratamos de decir, de contar, de transmitir de alguna manera lo que nos sucede por dentro. Experiencias quizás cotidianas pero que se convierten en experiencias extraordinarias para nosotros, tras lo cual quizás encontremos un sentido, un valor para nuestro existir, para lo que hacemos y para lo que vivimos. La vida no son solo cosas que se suceden, que se repiten, o que nos aparecen como novedad sino que son oportunidades para ver más allá, para tener otros horizontes, para saborear que es el amor que es el único que pueda dar sabor a la misma vida y cuanto nos sucede.

¿Dónde acudir para encontrar la sabiduría que nos haga entender todas esas cosas y que nos dé la capacidad para transmitirlas? Estamos metiéndonos en el misterio de la vida, estamos introduciéndonos en aquello que nos puede dar sentido a nuestro existir, estamos entrando en otra órbita que nos lleva más allá de lo que solo podemos palpar con las manos porque nos hace entrar en una sensibilidad especial, que es encontrar el sentido de Dios en nuestra vida.

¿Tendrá que ser nuestra oración lo que hoy nos dice el Apóstol san Pablo? ‘El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros…’

Espíritu de sabiduría y revelación… ilumine los ojos de nuestro corazón… para que nos podamos llenar de esperanza, para que descubramos la riqueza de gloria que se nos ofrece, la extraordinaria grandeza de nuestra vida. Lo que hoy estamos celebrando es el misterio de Dios que nos engrandece. Estamos contemplando a Jesús y a Jesús en su gloria; permanecen en nuestros ojos y quizás hasta turbando nuestro espíritu las señales de la pasión y de la muerte, pero es el que tiene toda la gloria de Dios. Resucitado de entre los muertos lo venimos celebrando a lo largo de toda la pascua, pero glorificado a la derecha de Dios. Son imágenes, porque tenemos que emplear palabras para poder expresarnos, pero es la realidad de Jesús, es la gloria del Hijo de Dios.

Pero contemplar así la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús es contemplar la gloria y la misión a la que estamos llamados. Es que contemplar así la gloria de Dios es contemplar todo el amor que Dios nos regala – riqueza de gloria, decíamos con san Pablo, extraordinaria grandeza – de manera que a nosotros también nos está llamando hijos, hijos amados de Dios. Es el regalo que recibimos y porque creemos en Él con Él somos transformados, de Él nos llenamos de vida nueva para hacernos hijos de Dios. Por Jesús nosotros también escuchamos aquella voz que se escuchó desde el cielo en el Tabor, ‘tú eres mi hijo amado’, también somos los predilectos de Dios que en nosotros quiere habitar. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, que nos decía Jesús.

Con la Ascensión de Jesús nos sentimos también levantados porque nos sentimos llenos de esa gloria de Dios que tenemos que proclamar, que tenemos que transmitir. Todo eso que estamos viviendo, toda esa gloria de Dios que estamos sintiendo en nosotros tenemos que saber anunciar también a los demás. Es la misión que hoy en su Ascensión nos confía. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, nos dice Jesús, que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.

‘En su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Es la misión que nosotros recibimos, es la misión que se nos confía. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo transmitir eso que es nuestra gloria y que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos? Jesús nos ha prometido la fuerza de su espíritu y con la fuerza de su espíritu seremos testigos.

El testigo no es solo el que habla con palabras, el testigo dice con su vida. ¿Seremos en verdad testigos del perdón y de la misericordia, de la paz y del amor por el testimonio que damos con nuestra vida? Que el Señor nos conceda ese espíritu de sabiduría, iluminando nuestra vida, fortaleciendo nuestra esperanza para poder compartir toda esa riqueza de gloria que en nuestra fe encontramos. 


martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

domingo, 5 de enero de 2025

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

 


La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús, como la mirada que nos lleva a conocer a Dios es a través de Jesús, que es revelación de Dios, que es Palabra de Dios, Palabra del amor de Dios para la humanidad. En Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones celestiales, como nos dice la carta a los Efesios, hemos sido elegidos y amados, y estamos llamados y predestinados a ser sus hijos. Hijos de Dios en el Hijo, en Jesús que nos hace participes de la vida de Dios por la fuerza de su Espíritu.

Es el mensaje maravilloso de la Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Es la Sabiduría de Dios que nos llena de vida, que se hace luz y salvación, que se hace verdad y se hace gracia, que nos revela todo el amor de Dios que nos engrandece y nos hace hijos; es la participación en el misterio de Dios, Palabra de Dios que se hace carne y que planta su tienda entre nosotros, como estamos viviendo en la Navidad. Mucho más allá que en la cueva de Belén Dios quiere plantar su tienda en nosotros cuando nosotros le recibimos y le acogemos, porque a aquellos que le reciben les da el poder ser hijos de Dios, como escuchamos hoy en el mensaje del evangelio.

Nos encontramos hoy ante una de la páginas más bellas y profundas del evangelio; es lo que llamamos habitualmente el prólogo del evangelio de san Juan donde se nos está revelando y ofreciendo como en un hermoso resumen toda la teología del misterio de la Encarnación. San Juan no nos narra el misterio del nacimiento de Jesús con la tradición de los otros evangelistas, pero sí nos está expresando todo ese misterio del Dios que existiendo desde toda la eternidad quiere encarnarse y hacerse hombre para ser nuestra Sabiduría y nuestra Salvación, nuestra Luz y nuestra Vida, gracia que nos salva y que nos redime, gracia que tenemos que acoger porque al encarnarse Dios en nuestra carne a nosotros nos eleva para hacernos también sus hijos.

Aparecen en medio de la sombras de nuestra vida, como las tinieblas que rechazan la luz, que no quieren recibir la luz, pero nos abre el camino para que finalmente nos dejemos envolver por esa luz, nos dejemos inundar por esa gracia, podamos alcanzar también la vida.

Es el camino de la redención, el camino de la Salvación que Dios nos está ofreciendo. Es el camino de sabiduría que se abre ante nosotros cuando acogemos su Palabra. Esa palabra que nos revela lo más profundo de Dios, igual que con nuestras palabras estamos manifestando lo que llevamos dentro de nosotros mismos, expresamos nuestros pensamientos o nuestros deseos, reflejamos lo que somos y lo que sentimos, estamos diciendo nuestro propio yo, así nos revela Dios en su Palabra lo más profundo de su ser.

Como nos dice es la Palabra por la que se hizo todo cuanto ha sido hecho, la Palabra de la creación, pero es también la Palabra que ilumina cuanto existe y nos da el sentido de todo, Palabra que es revelación, y es también la Palabra que nos levanta y nos redime ofreciéndonos la gracia y el perdón, es Palabra de Salvación. ‘Basta una sola palabra tuya, le decía el centurión a Jesús, y mi criado quedará sano’. ¡Qué bien lo expresaba la fe de aquel centurión romano! Es la Palabra que en Jesús llega a nosotros para levantarnos y para salvarnos, para inundarnos del amor de Dios y para hacernos hijos de Dios.

No terminamos de considerar lo suficiente tanta maravilla, tanto amor, tanta gracia. Por algo nos decía san Pablo que en Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Hoy nos invita el apóstol a dar gracia a Dios, que es reconocer humildemente toda la maravilla del amor de Dios. ¡Bendito sea Dios que así nos ha enriquecido con tanta gracia! ‘Santificado sea tu nombre’, bendito sea el nombre del Señor, como decimos en el padrenuestro.

Pero nos enseña también cuál ha de ser nuestra mejor oración. Que nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a sus santos.

¿Será así nuestra oración? ¿Será esa la forma en que bendecimos a Dios y pedimos la sabiduría de su Palabra? ¿Cuál es la esperanza que tenemos en nuestro corazón y la verdadera riqueza que buscamos para nuestra vida?

 

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. 

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

jueves, 26 de diciembre de 2024

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

 


El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

No está tan lejano ni es tan ajeno el amor del dolor, como los momentos de mayor dicha y felicidad siempre tendrán cercanos los momentos de la tristeza o de la inquietud. No hay ninguna boda sin lágrima, como no hay duelo en el que en algún momento aparezca la sonrisa. La vida no está hecha de estancos separados y que no tengan que ver o tengan alguna relación los unos con los otros.

Hoy en la liturgia lo estamos constatando porque en estos momentos de fiesta y alegría que estamos viviendo con la Natividad del Señor, pronto aparecen los tintes rojos del martirio que lleva parejas con si el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. ¿Querrá significarnos que no está tan lejos Belén del Calvario?

Celebramos hoy la fiesta de un mártir, el primer mártir cristiano que de manera consciente dará la vida por el nombre de Jesús, aunque en estos días volveremos a ver nuestra liturgia teñida de rojo en la fiesta de los protomártires, los santos inocentes. Hoy celebramos a san Esteban, uno de aquellos primeros siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva, aun sin salir de Jerusalén para ejercer el ministerio del servicio en la comunidad mientras los apóstoles se dedicaban enteramente a la predicación.

San Esteban precisamente que destaca no solo por esa diaconía, ese servicio a la comunidad en la atención a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, sino también por la elocuencia de su predicación, pues en la cultivada sinagoga de los libertos a la que pertenecían muchos de aquellos que provenían de la cultura griega y romana nadie era capaz de hacer frente a sus palabras, a su argumentación en la predicación y anuncio que hacía del evangelio de Jesús.

Algo que concitó el odio, podríamos decir así, de aquellos judíos que se quedan sin tener argumentos contra la predicación que Esteban hacía. Algo que le conducirá al martirio, realmente es el protomártir, el primer mártir que haciendo el anuncio del evangelio de Jesús muere por su nombre, dando cumplimiento a lo que Jesús había anunciado de que serían llevados a las cárceles, los tribunales y la muerte, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio.

Destaca, pues, el ardor de la predicación del diácono Esteban dejándose conducir por el Espíritu del Señor. ‘Cuando os entreguen, había dicho Jesús, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Algo que estaremos viendo de forma palpable en Esteban.

‘Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará’, seguirá diciendo Jesús. Un odio que le llevaría al martirio y a la muerte, testigo con su propia vida de la Palabra de Jesús. ‘El que persevere hasta el final se salvará’, es lo que escuchamos en el relato del libro de los Hechos, pues la muerte de Esteban que parece calcada en lo que fue la muerte de Jesús, repitiéndose gestos y palabras, terminará con que Estaba en el momento de su muerte contempla el cielo abierto y la gloria de Dios de la que él iba pronto a participar.

Las pajas del pesebre de Belén no siempre son mullidas y cómodas, tendrán asperezas y nudos como toda vida tiene por eso se pueden convertir para nosotros en anuncio y signo de lo que puede ser nuestra vida. No siempre serán caminos fáciles los que tenemos que hacer dando nuestro testimonio cristiano; muchas asperezas podemos encontrarnos en los caminos de la vida, porque no siempre nuestro mensaje y nuestro testimonio va a ser bien entendido.

La cruz no nos faltará en la vida, pero esto nunca puede ser causa de desánimo ni de angustia para nosotros, porque detrás siempre está la gloria del Señor; por la gloria del Señor lo hacemos y la gloria del Señor nos envolverá; en el nombre del Señor seguiremos echando la red y cuando menos lo esperemos o donde menos pensemos vamos a encontrarnos la buena redada, pero hemos de tener la paciencia del Señor y también la esperanza, la confianza en la fuerza del Espíritu del Señor y la certeza de que El caminará siempre en nuestro propio camino.

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, pero con la certeza de que finalmente encontraremos la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección.

 

miércoles, 28 de agosto de 2024

No tengamos miedo a mirarnos con sinceridad, a ir por la vida con la autenticidad también de nuestras debilidades, así manifestamos la grandeza de la gracia de Dios

 


No tengamos miedo a mirarnos con sinceridad, a ir por la vida con la autenticidad también de nuestras debilidades, así manifestamos la grandeza de la gracia de Dios

2 Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18; Salmo 127; Mateo 23, 27-32

¿Dejamos que la gente nos conozca tal como somos? ¡Mira que echamos manos de maquillajes! Decimos con demasiada facilidad, y perdónenme ellas, que las mujeres usas muchos afeites en la cara para que no se note el paso de los años y hoy además con los adelantos que tenemos de cirugía plástica tantos arreglos de cosas de nuestro cuerpo que no nos gusta; pero no es solo cuestión de mujeres que todos caemos de una forma o de otra en las mismas cosas.

Pero claro, creo que tendríamos que referirnos a algo más; porque ya no se trata de que no vean algunas cicatrices en lo físico que nos va dejando el paso de los años, sino que tratamos de ocultar otras cicatrices, otros aspectos de nuestra personalidad que bien tratamos de disimular; reconozcámoslo, no nos gusta que nos conozcan como somos, , y también nos cubrimos con otras máscaras que nos den otra apariencia; y vienen las vanidades de la vida, vienen las apariencias y disimulos, viene todo eso que queremos tener bien guardado bajo llave en nuestros secretos porque no nos gustaría sentirnos desprestigiados – o eso pensamos – si llegaran a conocer como somos.

 Claro que no tenemos que ir contando a todo el mundo nuestros fallos o nuestros defectos, no tenemos que ponerlo en el tablón de anuncios para que todo el mundo lo sepa, pero siendo sinceros con nosotros mismos no nos podemos ocultar bajo apariencias que nos mantengan en el pedestal. Y es donde tenemos que ver y analizar lo que en verdad tiene que ser la autenticidad de la vida. Y para eso hemos de tener la sinceridad y la humildad de reconocernos a nosotros mismos.

No nos gustamos, es cierto, y tratamos de disimular, de disculparnos; para los demás tenemos pronto el juicio y la condena, para nosotros mismos siempre tenemos una disculpa. Por eso es necesario por comenzar por la humildad, por la sinceridad con nosotros mismos. Será lo que aun con nuestro pecado nos llevará al la mejor grandeza, porque aprenderemos lo que es la misericordia, la experimentaremos en nuestra vida. Y en consecuencia aprenderemos a ser misericordiosos también con los demás.

Hoy Jesús se pone duro y fuerte con los fariseos de su tiempo, por esa falta de humildad, por esas apariencias que quieren mantener, por esa imagen que quieren dar que no hace otra cosa que manifestar la falsedad de sus vidas. Por eso los llama sepulcros blanqueados, por fuera muy bonitos, pero que sabemos que dentro está la podredumbre.

Pero como siempre nos decimos cuando escuchamos el evangelio, este evangelio es palabra de Dios hoy para mi, es buena noticia para mi vida si sabemos escucharla, si damos respuesta a las palabras y a la invitación de Jesús. Somos nosotros los primeros que tenemos que sentirnos interrogados, es el espejo en el que tenemos que vernos la vida, aunque lo que se refleje en nosotros en principio no nos guste, salgamos feos en la fotografía, pero es una invitación a dar esa respuesta, a buscar esa autenticidad, a vivir con esa sinceridad en la que también nos sentimos pecadores.

Pero la gracia de Dios nos transforma, nos hace hombres nuevos si nosotros nos dejamos hacer. No tengamos miedo a mirarnos con sinceridad, vayamos por la vida con la autenticidad también de nuestras debilidades, porque estamos manifestando también lo que es la grandeza de la gracia de Dios que nos transforma, y que a través de nosotros aunque no seamos tan santos Dios sigue haciendo maravillas en nuestro mundo. Estaremos dando gloria a Dios porque nos hemos dejado envolver por su misericordia que nos hace tener también actitudes nuevas para con los demás.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

miércoles, 17 de enero de 2024

Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

 


Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Nos acostumbramos a todo y entramos en decadencia y en rutina. Ni sentimos admiración por lo bueno o por lo bello, a todo lo damos la misma importancia y valor, nos falta esa chispa, vamos a decirlo asó, en los ojos del alma para descubrir lo que sea nuevo, para captar donde hay un rasgo de belleza, donde nos pueda llamar la atención lo que es distinto y nunca habíamos visto – yo diría entramos en una rutina del espíritu que nos impide ver lo bello – pero es que nos acostumbramos también a lo que no es tan bueno, nos insensibilizamos ante el sufrimiento, ni sufrimos por nosotros mismos, porque más bien nos amargamos, ni captamos el sufrimiento de los demás ante el que algo tendríamos que hacer.

Es triste la insensibilidad en la que podemos caer y de la que podemos contagiarnos. Cuando estamos al lado de personas insensibles así, hay el peligro que se nos produzca un bloqueo también nosotros mismos, quizás en principio nos pueda extrañar esa insensibilidad en los otros, pero podemos terminar contagiándonos nosotros. Quizás intentamos con entusiasmo mostrar lo que nosotros contemplamos y admiramos, pero al encontrarnos con esa pasividad, tan habitual a veces en el mundo que nos rodea, nos podemos sentir también nosotros como bloqueados y paralizados y ya no sabemos qué decir o cómo actuar.

¿Por qué llegamos a situaciones así? ¿Por qué terminamos en esa insensibilidad? ¿Por qué nos importa tan poco el sufrimiento de los que están a nuestro lado? Hemos convertido la vida en una rutina, en unos cumplimientos, en un hacer las cosas porque sí, porque están mandadas, pero sin buscar algo más profundo en lo que hacemos, un por qué, un lado de humanidad o una motivación de amor desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Qué necesitamos para despertar?

Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros, es la Buena Nueva que Jesús nos anuncia, que las cosas pueden ser distintas, que tenemos que saber darle sentido profundo a la vida, que nos tenemos que llenar de mas humanidad. Dios no nos pide cumplimientos por cumplimientos; Dios quiere autenticidad en nuestra vida y eso significa más humanidad, más mirar al que está a nuestro lado, más sentir lo que vive el  otro también en nuestra propia carne.

‘¿Qué está permitido hacer en sábado?’, se pregunta Jesús ante la situación en que se encuentra. Allí delante hay un hombre que sufre, que tiene una limitación, que se le puede liberar de esa limitación, pero es sábado y parece que el sábado no se puede curar a un hombre, que hay que dejarlo en su sufrimiento para cumplir una norma de descanso sabático cuya finalidad era la gloria del Señor. Pero ¿cómo tenemos que darle gloria al Señor? ¿No será liberando al hombre de su sufrimiento como en verdad le estaremos dando gloria al Señor? La gloria de Dios es la felicidad del hombre, porque Dios nos ha creado para que nos realicemos en plenitud y podamos entonces ser felices.

Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos llevará a una mayor plenitud de nuestra vida poniendo sensibilidad en nuestro corazón. ¿No es el mandamiento del amor el principal mandamiento que nos va a dejar Jesús?