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lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

jueves, 26 de diciembre de 2024

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

 


El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

No está tan lejano ni es tan ajeno el amor del dolor, como los momentos de mayor dicha y felicidad siempre tendrán cercanos los momentos de la tristeza o de la inquietud. No hay ninguna boda sin lágrima, como no hay duelo en el que en algún momento aparezca la sonrisa. La vida no está hecha de estancos separados y que no tengan que ver o tengan alguna relación los unos con los otros.

Hoy en la liturgia lo estamos constatando porque en estos momentos de fiesta y alegría que estamos viviendo con la Natividad del Señor, pronto aparecen los tintes rojos del martirio que lleva parejas con si el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. ¿Querrá significarnos que no está tan lejos Belén del Calvario?

Celebramos hoy la fiesta de un mártir, el primer mártir cristiano que de manera consciente dará la vida por el nombre de Jesús, aunque en estos días volveremos a ver nuestra liturgia teñida de rojo en la fiesta de los protomártires, los santos inocentes. Hoy celebramos a san Esteban, uno de aquellos primeros siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva, aun sin salir de Jerusalén para ejercer el ministerio del servicio en la comunidad mientras los apóstoles se dedicaban enteramente a la predicación.

San Esteban precisamente que destaca no solo por esa diaconía, ese servicio a la comunidad en la atención a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, sino también por la elocuencia de su predicación, pues en la cultivada sinagoga de los libertos a la que pertenecían muchos de aquellos que provenían de la cultura griega y romana nadie era capaz de hacer frente a sus palabras, a su argumentación en la predicación y anuncio que hacía del evangelio de Jesús.

Algo que concitó el odio, podríamos decir así, de aquellos judíos que se quedan sin tener argumentos contra la predicación que Esteban hacía. Algo que le conducirá al martirio, realmente es el protomártir, el primer mártir que haciendo el anuncio del evangelio de Jesús muere por su nombre, dando cumplimiento a lo que Jesús había anunciado de que serían llevados a las cárceles, los tribunales y la muerte, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio.

Destaca, pues, el ardor de la predicación del diácono Esteban dejándose conducir por el Espíritu del Señor. ‘Cuando os entreguen, había dicho Jesús, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Algo que estaremos viendo de forma palpable en Esteban.

‘Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará’, seguirá diciendo Jesús. Un odio que le llevaría al martirio y a la muerte, testigo con su propia vida de la Palabra de Jesús. ‘El que persevere hasta el final se salvará’, es lo que escuchamos en el relato del libro de los Hechos, pues la muerte de Esteban que parece calcada en lo que fue la muerte de Jesús, repitiéndose gestos y palabras, terminará con que Estaba en el momento de su muerte contempla el cielo abierto y la gloria de Dios de la que él iba pronto a participar.

Las pajas del pesebre de Belén no siempre son mullidas y cómodas, tendrán asperezas y nudos como toda vida tiene por eso se pueden convertir para nosotros en anuncio y signo de lo que puede ser nuestra vida. No siempre serán caminos fáciles los que tenemos que hacer dando nuestro testimonio cristiano; muchas asperezas podemos encontrarnos en los caminos de la vida, porque no siempre nuestro mensaje y nuestro testimonio va a ser bien entendido.

La cruz no nos faltará en la vida, pero esto nunca puede ser causa de desánimo ni de angustia para nosotros, porque detrás siempre está la gloria del Señor; por la gloria del Señor lo hacemos y la gloria del Señor nos envolverá; en el nombre del Señor seguiremos echando la red y cuando menos lo esperemos o donde menos pensemos vamos a encontrarnos la buena redada, pero hemos de tener la paciencia del Señor y también la esperanza, la confianza en la fuerza del Espíritu del Señor y la certeza de que El caminará siempre en nuestro propio camino.

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, pero con la certeza de que finalmente encontraremos la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección.

 

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

jueves, 23 de febrero de 2023

Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

 


Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

En la vida continuamente nos vamos encontrando encrucijadas. Como cuando nos ponemos a caminar por cualquier calle de nuestra ciudad, y si queremos también en nuestros campos; a cada tramo del camino que vamos haciendo pronto nos encontraremos con el cruce de otra calle - ¿una encrucijada?, la palabra viene de ahí – y tenemos que decidirnos por donde vamos; ¿seguimos derecho? ¿Cogemos a un lado o a otro? Depende de donde queramos ir, por donde llegamos mejor, más cerca, con más facilidad; pero en nuestras manos está la decisión del camino que cogemos, dependiendo, como decíamos, del sitio a donde queremos llegar. ¿Tendremos clara nuestra meta, nuestro punto final?

Así decimos en la vida. Tenemos que estar tomando decisiones, escogiendo el mejor camino, teniendo seguridad de la meta que queremos alcanzar. Y no siempre es fácil; aquella calle, aquella avenida, aquella senda que se abre a un lado o a otro nos puede resultar atractiva; son tantas las cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos quieren distraer, nos pueden engañar con sus atractivos. Seguridades necesitamos.

De eso nos está hablando hoy la Palabra de Dios, nada más iniciar este camino de Cuaresma, que comenzamos ayer. Caminos de vida o caminos de muerte, caminos luminosos o caminos llenos de oscuridad, incertidumbres e inseguridades que nos podemos encontrar. ¿Qué queremos alcanzar? ¿Qué queremos ganar?

Cuidado con esta palabra que nos puede resultar engañosa. ¿Cuáles son los intereses de nuestras ganancias? Cuando hablamos de ganancias podemos materializarnos en exceso, estar pensando solo en ganancias materiales, ¿económicas? ¿Ganancias que nos hagan relumbrar ante el mundo que nos rodea? ¿Cuáles son esas luminosidades para la gente que está a nuestro alrededor? ¿Cuál es la luminosidad que queremos dar a nuestra vida?

Aquí se trata de coger el evangelio con las dos manos, sentirnos seguro con el evangelio, del mensaje que se nos está ofreciendo. Y la buena nueva que nos está ofreciendo Jesús en cierto modo nos inquieta, porque parece que no siempre coincide con nuestras aspiraciones o con nuestros sueños. Se nos habla de ganar el mundo, pero del peligro de perderlo; se nos habla de entregar la vida, aunque nos parezca que la perdemos, pero con lo que tendremos ganancia segura. Nos cuesta entender.

Pero es que antes Jesús nos ha hablado de cual es su camino. Es un camino de amor y de vida, pero por eso mismo es un camino de entrega y entrega hasta el final. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.

Decir que amamos puede resultarnos fácil de decir. Todos hablamos de amor, pero no siempre lo entendemos de la misma manera. Jesús nos habla de un amor que entraña padecimientos y muerte. Eso ya es otra canción que no es tan fácil de cantar. Por eso a los discípulos les costará tanto entenderla. Como nos cuesta a nosotros. Porque preferimos amor mientras nos van bien las cosas, cuando no cueste demasiado sacrificio, cuando yo puedo ir escapando sin muchas complicaciones. Pero de eso no es de lo que nos habla Jesús. Por eso algún día Pedro se rebelará contra esas palabras y anuncios de Jesús.

Por eso hoy Jesús nos dice que tenemos que ser capaces de coger la cruz. ¿Pero si el madero hasta es áspero al contacto con nuestras manos? Pero esa es la madera que quiere que Jesús cojamos, porque ahí está nuestra vida, nuestras cosas, nuestras luchas, lo que aspiramos y lo que soñamos, que tenemos que dejarlo a un lado muchas veces si queremos en verdad seguir a Jesús. Nos habla Jesús de negarnos a nosotros mismos, o sea que no nos pongamos nosotros los primeros y por delante, sino que seamos capaces de hacernos los últimos, porque siempre tenemos que ser servidores.

Son las encrucijadas que vamos a encontrar en el camino, y ante lo que tenemos que decidirnos, tomar decisión, queremos en verdad llegar hasta la meta. ¿Seremos capaces? ¿Seguiremos siempre buscando calles bien adoquinadas y caminos perfecta y cómodamente trazados?



lunes, 26 de diciembre de 2022

El camino de Belén no está tan lejos del camino del Calvario, porque ambos son caminos de pascua porque son caminos de fidelidad y amor

 


El camino de Belén no está tan lejos del camino del Calvario, porque ambos son caminos de pascua porque son caminos de fidelidad y amor

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Quizás a alguien podría parecer en cierto modo incongruente que cuando ayer todo resplandecía de luz, todo era alegría y fiesta en la celebración del nacimiento del Señor hoy nos aparezca la liturgia con vestiduras rojas, como manchadas de sangre, pues nos están hablando de muerte y de martirio en esta fiesta que hoy celebramos de san Esteban el primer mártir del cristianismo.

¿Qué nos querrá decir la liturgia de la Iglesia con esta celebración? Decir claramente que nos está recordando que el camino de Belén no está lejos del camino del calvario, que ya en el mismo camino de Belén estamos viendo un camino de sacrificio y privaciones, cuando la familia de Nazaret tiene que abandonar su hogar para cumplir con el capricho del poderoso de hacer un censo y se traslada hasta Belén; pero allí no terminan esos momentos duros, porque no habrá sitio para ellos en la posada y tendrán que guarecerse en un establo donde ha de nacer Jesús, pobre entre los pobres; serán unos pobres pastores los que acudan hasta aquel niño envuelto en pobres pañales y recostado entre las pajas de un pesebre para hacer el primer reconocimiento pascual de quien es aquel recién nacido.

Es el camino que escogió Dios para hacerse presente entre nosotros los hombres y no podía ser ajeno al sufrimiento de los humanos cuando Dios se encarnó para hacerse como nosotros y emprender un camino de amor que condujera hasta la vida. Es también nuestro camino, no exento de sufrimiento y de dolor, pero un camino donde aprenderemos de aquel niño nacido en Belén que el amor más grande es el del que da la vida por aquellos a los que ama.

Es un camino de Pascua. ¿No decimos también estos cuando nos felicitamos también ‘felices pascuas’? Es el camino de la felicidad verdadera porque es el único camino que nos conducirá a la plenitud, es el camino de la fidelidad y del amor. Fiel le vemos a Dios mismo que al hacerse hombre no renuncia a todos los condicionamientos que tiene el ser humano que también está lleno de mucho sufrimiento y de mucho dolor. Pero es por la pascua, porque tendremos que aprender a realizar ese paso de la muerte a la vida cuando por el amor le demos sentido a cuanto hacemos, a cuanto vivimos e incluso también a cuanto sufrimos.

Tenemos nosotros también que asumir la frialdad de esas pajas del pesebre que solo encontrarán calor en el vaho de los animales que en su entorno también se refugian. En la vida encontramos espinas incómodas que muchas veces nos hieren y hacen también brotar la sangre entre nuestros dedos pero vamos buscando la flor, vamos buscando la rosa, queremos oler su perfume, queremos maravillarnos de su belleza. Es la vida que tendrá espinas, pero que también tiene el agradable aroma de los perfumes del amor; es la vida que tiene su belleza y nos eleva para que aprendamos a degustar lo que verdaderamente da belleza a nuestra vida.

Hoy contemplamos el rojo de la sangre que tiñen unos vestidos o que empapan la tierra junto al caído bajo aquellas piedras. Pero es rojo de vida y de fecundidad, es semilla que se planta y se entierra para que germine y aunque nos parezca que desaparece sin embargo hace brotar otra planta, hace brotar otra vida. ¿Seremos nosotros por nuestra fe ser capaces de ser engendradores de nueva vida porque somos capaces de mantener la fidelidad hasta el final aunque sea duro?

Esteban murió perdonando e incluso disculpando, como lo hizo Cristo en la cruz, y poniendo también su vida en las manos de Dios, en las manos del Padre. ¿Seríamos capaces de llegar nosotros también hasta ese extremo? El niño que contemplamos en estos días nacido en Belén llegó a ese extremo, fue el grano de trigo enterrado para darnos vida. Por eso no podemos olvidar que el camino de Belén no está lejos del camino de la Pascua. No es tan incongruente celebrar la fiesta del protomártir al día siguiente del nacimiento de Jesús en Belén.

lunes, 6 de junio de 2022

María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

 


María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Ayer veníamos a concluir el tiempo pascual cuando celebrábamos la fiesta de Pentecostés. Precisamente el libro de los Hechos nos habla de cómo los apóstoles se habían reunido en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Les había dicho que no salieran de Jerusalén hasta que no recibieran el don del Espíritu Santo y allí habían permanecido el grupo de los Once que pronto se completó agregando a Matías para formar el grupo apostólico, pero estaban reunidos con María, la madre de Jesús y algunas mujeres.

Es importante que aparezca ya en la Iglesia naciente la figura de María. Durante la vida pública de Jesús esporádicamente aparece la figura de María en una ocasión que le dicen a Jesús que allí están su madre y sus hermanos, y ya sabemos la respuesta de Jesús, o cuando se menciona como hijo de María y de José el carpintero en la Sinagoga de Nazaret.

Volverá a aparecer María junto a la cruz de su Hijo en el Calvario; aunque la devoción nos ha situado a Maria en la calle de la Amargura, en el camino del Calvario, el momento cierto es lo que nos narra el evangelio de san Juan y hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí Jesús nos la da como madre, en la persona del discípulo amado que también está al pie de la cruz junto con algunas mujeres. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, que les dice primero a María y luego al discípulo amado. En él, podríamos decir, estábamos prefigurados todos, estaba prefigurada la Iglesia, a la que da como madre a María.

Es lo que desde unos años a esta parte, instituida esta fiesta por el Papa Francisco, estamos celebrando hoy, María, Madre de la Iglesia. Fue ya título y advocación que nos dejé como herencia el Concilio Vaticano II, con hermosos comentarios entonces del Beato Pablo VI, y ya algunas congregaciones religiosas con fuerte carisma mariano venían celebrando en este día, como las Hijas de María, Madre de la Iglesia.

Hermoso como la Iglesia se siente hija de María. Allí en la iglesia naciente, tanto al pie de la cruz como madre corredentora como así la llamamos también en nuestra devoción, como luego en el nacimiento de la comunidad eclesial en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo. María, madre intercesora como la ha sentido siempre la Iglesia y la sentimos todos los cristianos, por eso la figura y la imagen de María acompañará el caminar de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Es hermoso el comentario que hizo el Papa Francisco en la celebración del primer año en la capilla de santa Marta después de haber sido instituida esta fiesta que no me resisto a transcribirlo. “La Iglesia es femenina, porque es ‘iglesia, ‘esposa’: es femenina. Y es madre, da a la luz. Esposa y madre. Y los Padres van más allá y dicen: ‘También tu alma es esposa de Cristo y madre’. Y en esta actitud que viene de María, que es Madre de la Iglesia; de esta actitud podemos comprender esta dimensión femenina de la Iglesia que cuando falta, hace que la Iglesia pierda su verdadera identidad y se convierta en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol, o en cualquier cosa, pero no en la Iglesia”.

Al retomar litúrgicamente el tiempo ordinario, después de haber celebrado ayer Pentecostés, volvemos nuestra mirada a María, y la queremos contemplar como Madre de la Iglesia. Madre siempre a nuestro lado su figura femenina y maternal tanto nos ayuda al asumir nuestra identidad cristiana, porque ella es el mejor molde en el que nos podemos verter nosotros para parecernos más a Jesús, porque en ella fue engendrado por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios para hacerse hombre, y toda su humanidad fue origen, podríamos decirlo así, de la Humanidad del Hijo de Dios que por nosotros quiso encarnarse para ser nuestra salvación.

viernes, 2 de abril de 2021

La tarde quedó en silencio mientras en lo alto del calvario el viento silbaba alrededor de las cruces ya vacías, pero quédate en silencio, saborea ese silencio para que te llenes de Dios

 


La tarde quedó en silencio mientras en lo alto del calvario el viento silbaba alrededor de las cruces ya vacías, pero quédate en silencio, saborea ese silencio para que te llenes de Dios

 

La tarde quedó en silencio en la ciudad. La mañana había sido intensa y había habido un correr de comitivas desde primeras horas del día incluso con manifestaciones bulliciosas delante del Pretorio del Gobernador. Luego un macabro desfile de unos condenados a muerte para subir la pequeña colina del Calvario había culminado cuando pasadas las tres de la tarde se había dado por terminada la ejecución con el fallecimiento de los condenados.

En lo alto del calvario el viento silbaba alrededor de las cruces ya vacías y el pequeño cortejo había llegado al huerto cercano donde había una sepultura nueva que nadie había utilizado todavía y donde habían colocado el cuerpo de Jesús. El último ruido había sido el correr de la piedra sellando la entrada del sepulcro y silenciosamente escuchándose el quejido de algún llanto los que habían conformado el cortejo se había diluido por la ya silenciosa ciudad en las primeras horas del sábado.

Silencio en el Calvario, silencio junto a la tumba donde las mujeres habían prestado mucha atención en cómo habían colocado el cuerpo del Señor Jesús; sus intenciones era venir pasado el sábado a primeras horas del primer día de la semana para terminar con los ritos propios del embalsamamiento y sepultura que en las premuras de la hora de la tarde no habían podido realizar debidamente.

No era solo el silencio de que se habían acabado los gritos de los exaltados de la mañana sino el silencio de lo que alguien podría llamar la muerte de Dios. Jesús estaba en el sepulcro y para algunos aquello podría sonar a una victoria aunque ahora ya no tuvieran nada que decir porque parece que sus palabras y razones se habían acabado.

Era el silencio de aquellos que habían acompañado de cerca al Maestro y ahora se sentían acobardados temiendo lo que pudiera pasar y era mejor quedarse encerrados en aquella sala que les habían facilitado para la cena pascual.

Era el silencio de la madre, como solo ellas saben hacerlo cuando tienen que enfrentarse al duro trance de la muerte de un hijo, pero que en María aquel silencio podría tener un significado especial. Había algo que no faltaba en María y era la fe y la esperanza.

Era el silencio de aquellas buenas mujeres que lo habían acompañado desde Galilea y más valientes que incluso los discípulos más cercanos se habían atrevido a llegar hasta el Calvario con María, la madre de Jesús. ¿Serían ellas las que acogerían a María en aquellos momentos de amargura y de dolor porque entre ellas podían entenderse mejor y servirse de consuelo unas a otras? ¿Dónde estaría María? El discípulo que había llegado también hasta la cruz y a quien Jesús le encargó que la tuviese para siempre como su madre, nos dirá que para siempre la recibió en su casa; pero de todas maneras permanece el silencio, nada se escucha ni se sabe de estos detalles.

Pero, ¿dónde estaban aquellas multitudes que le seguían por todas partes aclamándole? ¿Dónde estaban aquellos que hace cinco días habían entrado con El en la ciudad santa rodeándole con sus aclamaciones? Aquí y ahora también se escucha el silencio, porque seguramente quizá en su interior se estuvieran haciendo mil preguntas de por qué se había llegado a esta situación.

Nosotros también quizás en esta tarde cuando se ha terminado la celebración nos hemos quedado en silencio. Ritualmente se nos pedía no despedir la celebración porque de algo se debía de estar pendiente y se nos pedía salir en silencio. ¿Cuál es ese silencio que ahora nosotros también sentimos y del que quizá no prefiramos hablar? ¿Es solo silencio porque no hemos podido seguir con el bullicio de nuestras procesiones y celebraciones externas o será algo distinto lo que pueda estar pasando por nuestro corazón?

Allí en el centro de la Iglesia en penumbra ha quedado levantada una cruz que nos había servido para la celebración. Una cruz vacía, sin Cristo, sin ninguna imagen, a lo sumo pende uno de los sudarios que acaso sirvieran para bajar el cuerpo del Señor de la cruz y llevarlo hasta la tumba y que alguien dejó allí quizá descuidadamente colgado.

Vamos a entrar de nuevo nosotros a esa Iglesia y en silencio vamos a acercarnos a esa cruz. ¿Qué nos puede estar diciendo esa cruz? ¿Qué nos puede estar recordando? Abramos bien los ojos y los oídos y en esa penumbra tratemos de ver y de escuchar. Quizás nos lleguen ecos que han ido retumbando de aquí para allá de lo sucedido en esta tarde, de las palabras pronunciadas que se pueden ir repitiendo como aldabonazos en nuestro corazón, de lo que hemos vivido en este día de Viernes Santo.

No sé lo que tú puedas sentir y escuchar en este momento porque cada uno tiene su oído o sus recuerdos en el corazón. Te invito a que hagas silencio y rememores lo que más llamó tu atención, lo que te hizo recapacitar de una manera especial, o la que evocó en ti muchos recuerdos de otros momentos. No puedo decir lo que sientes ni lo que rememoras pero te invito a que te quedes en silencio ante esa cruz en esa penumbra de una noche que va avanzando y vayas rumiando una y otra vez esas palabras o esos recuerdos. El Señor no se queda en silencio, El quiere hablarte y quiere hablarte a través de todo eso que llega ahora a tu mente y a tu corazón y que solo tú sabes.

Conviértelo en oración esta noche de viernes santo o en la mañana del sábado si es cuando estas líneas llegan a ti. Tienes mucho de lo que hablar con el Señor y El también tiene mucho que decirte, pero es necesario que hagas silencio, que no temas al silencio, que no tengas prisa en tu silencio sino quédate quieto y escucha, la voz del Señor comenzará a resonar en tu corazón.

Tu corazón se va a llenar de esperanza porque verás cumplido su anuncio de resurrección. Ojalá te encuentre en este silencio de reflexión y oración el momento de la resurrección del Señor. Te llenarás de esperanza porque te sentirás un hombre nuevo que emprende nuevas cosas, que emprende nuevas tareas y compromisos. Te llenarás de esperanza porque con la resurrección del Señor nos sentiremos victoriosos y estaremos comenzando a ver ese mundo nuevo que es posible construir y que entre todos vamos a hacer realidad.

No pienses por tí mismo ni te hagas muchos proyectos, sigue en silencio con la mente y el corazón abierto porque los proyectos te los va a poner el Señor en tu mano, en tu corazón. Quédate en silencio, saborea ese silencio, te estás llenando de Dios.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

miércoles, 22 de julio de 2020

Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre


Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre

Cantar de los Cantares 3, 1-4ª; Sal 62; Juan 20, 1. 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’, es la pregunta que dos veces hemos escuchado en el relato evangélico. Habían ido al sepulcro y el sepulcro estaba vacío. María Magdalena ha corrido hasta donde están los discípulos para llevar la noticia de que se han robado el cuerpo de Jesús, porque no lo han encontrado en el sepulcro. Y allí a la entrada del sepulcro sigue con sus lágrimas; le preguntan los ángeles que están dentro y la pregunta se repetirá de parte de quien ella cree que es el que cuida del huerto. ‘Se han llevado el cuerpo del Señor... ¿Dónde lo has puesto?’
¿Nos habrán hecho alguna vez esa pregunta cuando nos ha encontrado alguien envuelto en nuestras lágrimas? ¿Habremos hecho la pregunta a quien nos hemos encontrado llorando? La pregunta puede ser importante para quien la recibe; alguien se interesa por nuestras lágrimas; porque habrá alguna razón o algún motivo y si se quiere consolar tendríamos que saber cual es el sufrimiento que provoca esas lágrimas.
¿Por qué lloras? Será quizá la tristeza cuando hemos visto partir de nuestro lado a quien amábamos, será el desgarro de la muerte y de la pérdida de un ser querido; pero puede ser la soledad o la orfandad en que nos sentimos en la vida aunque quizá estemos rodeados de mucha gente; será el corazón roto y desgarrado en los desengaños y en los fracasos, ya sea de unas ilusiones que hemos perdido, ya sea en la imposibilidad de conseguir lo que tanto habíamos soñado, ya sea en las amistades que se pierden en unas lejanías que comienzan a sentirse donde antes había otra confianza y cercanía, ya sea en tantas frustraciones que sufrimos en la vida por las incomprensiones, los malos tratos, los desprecios o marginaciones que podamos estar sufriendo cuando sentimos que ya no contamos, ya no cuentan con nosotros.
¿Nos habremos interesado de verdad por el llanto del que está a nuestro lado que no solo lo provocan las carencias materiales, la pobreza de medios para subsistir o para vivir una vida digna, sino también de otras pobrezas y de otros vacíos interiores que no sabemos cómo llenar? Hay quizá un vacío espiritual que sentimos en lo más hondo de nosotros mismos sin saber muchas veces qué nos pasa pero que nos producen angustias y lágrimas; hay quizá otra ausencia que también nos duele cuando no hemos encontrado a Dios o cuando nos parece que Dios se ha alejado y desentendido de nosotros; será la falta de fe o la pobreza con que la vivimos quizá alguna vez de forma interesada o egoísta con lo que al final nos sentimos más vacíos y con soledades más grandes.
Son dramas en nuestro interior que si no hacen brotar lágrimas físicas de nuestros ojos, si sentiremos cómo se arrancan esas lágrimas dolosamente de nuestro corazón. Las podemos haber vivido nosotros o quizá haya muchos a nuestro alrededor que las están viviendo, pero nunca nos hemos interesado por ellas. Nos falta una sintonía para escuchar el por qué de los llantos y lágrimas de los demás pero también de la voz que nos puede llamar por nuestro propio nombre.
Porque aunque andemos desorientados y confundidos como le estaba pasando a Magdalena en ese aparente hortelano – y puede ser de muchas maneras cómo ese hortelano va a aparecer en nuestra vida – Jesús va a venir a nuestro encuentro y nos va a llamar por nuestro nombre. Y cuando estamos pensando también en si nos hemos o no interesado por las lágrimas de los demás seamos conscientes de que somos la figura de ese hortelano que se acerca al hermano también para llamarlo por su nombre. Será una nueva experiencia luminosa la que vamos a vivir, es la experiencia que tanto necesitamos para poder llenarnos de verdad por dentro. Podemos además y tenemos que ser ese signo, esa señal que haga presente al Señor.
Hoy estamos celebrando la fiesta de Santa María Magdalena, la que no huyó ante el dolor y el sufrimiento sino que supo estar a los pies de la cruz en el Calvario, la que luego siguió buscando intensamente al amor de su vida aunque lo buscara entre las sombras de los sepulcros de muerte, pero la que a pesar de sus lágrimas supo sintonizar con la voz del Señor que la llamaba por su nombre para que su vida se llenará de la luz de la vida y la resurrección para siempre.

lunes, 10 de junio de 2019

Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza



Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 87; Juan 19, 25-34
Litúrgicamente retomamos hoy el tiempo Ordinario; ayer terminamos el tiempo pascual con la celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús, la Madre de la Iglesia.
Cuando ayer de alguna manera celebrábamos que con la venida del Espíritu Santo comenzaba el tiempo de la Iglesia y no podemos menos que mirar a María, a quien Pablo VI invocó en el concilio Vaticano II como madre de la Iglesia. Desde que Jesús confiara a María al cuidado y atención de su discípulo amado en lo alto del Calvario, no es solo que aquel discípulo en quien estábamos todo representados ha de cuidar de la madre, sino que es la Madre, con ese cariño maternal y único es la que cuida de los hijos, es la que cuida de nosotros la Iglesia.
Ya la contemplamos en el tiempo que media entre la Ascensión de Jesús al cielo y la venida del Espíritu Santo unida al grupo de los discípulos – la Iglesia naciente – allí en el Cenáculo. Bella imagen de María en medio de sus hijos; ahí está como madre, en sus funciones de madre que cuida y que protege, que camina al lado de sus hijos y que siempre les estará recordando el camino recto diciéndonos como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’.
Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia como  no podía ser menos. Y a ella con devoción de hijos la Iglesia la invoca, la Iglesia la tiene siempre presente, implora de ella que nos alcance las gracias celestiales que tanto necesitamos. En los momentos duros y difíciles de la vida cómo los hijos ansiamos la presencia de la madre a nuestro lado; nos sentimos fuertes, nos llenamos de esperanza, sentimos el calor de su cariño que tanto bien nos hace y que tanto nos estimula, sus lágrimas que se unen a nuestras lágrimas en nuestras angustias y sufrimientos son como una sal nueva para nuestra vida que nos impulsa a mantenernos firmes y en la lucha para saber seguir adelante, porque una madre siempre nos enseña a mirar a lo alto, a no rendirnos, a superar momentos negros y a llenar de luz nuestra vida.
Cada tiempo ha tenido sus dificultades y sus momentos oscuros y nuestro tiempo también los tiene para nosotros y para la Iglesia. En el cambio y evolución de nuestro mundo podemos sentirnos turbados porque nos puede parecer que los valores espirituales no se tienen en cuenta o que otros son los valores que se quieren imponer en nuestra sociedad. Necesitamos serenidad y confianza y eso es algo que la presencia de una madre nos puede dar.
Por eso en estos momentos que pueden ser difíciles para la Iglesia y para los cristianos queremos sentir esa presencia estimulante de María que nos haga encontrar esa serenidad y esa seguridad en lo que es nuestra fe, en lo que son nuestros valores. Invocamos a la Madre, invocamos a María, Madre de la Iglesia como en este día queremos llamarla para seguir confiados y llenos de esperanza nuestro camino. Ella nos alcanza esa gracia del Señor que nos fortalece y que nos da esperanza, que llena de paz nuestro espíritu y nos da seguridad en nuestro camino.
Con ella a nuestro lado queremos caminar porque estamos seguros que sus caminos son los caminos del Señor.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Celebrar que Jesús es el Rey y Señor nos tiene que hacer pensar de cuantas cosas hemos de despojarnos para que seamos en verdad signos de ese Reino de Dios


Celebrar que Jesús es el Rey y Señor nos tiene que hacer pensar de cuantas cosas hemos de despojarnos para que seamos en verdad signos de ese Reino de Dios

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33-37

‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ es la pregunta del gobernador a quien traían acusándolo de proclamarse el rey de los judíos. Pero quizá Pilatos estaría preguntándose en su interior qué fundamento tenía aquella acusación porque no había oído hablar él con todos los medios de información que tenia de revueltas ni revoluciones, de luchas ni de ejércitos derrotados porque sus legiones en nada de eso habían participado desde que de alguna manera habían sentado sus dominios sobre aquella tierra. Sabía, es cierto, que aquella tierra era levantisca, que grupúsculos de celotes hacían sus escaramuzas y soliviantaban a la gente, pero de éste que ahora presentaban nada sabía.
Las respuestas de Jesús nada le ayudaban. ‘¿Lo dices por ti mismo o porque otros te lo han dicho de mi?’, había sido la respuesta. ‘¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?’, sería la réplica de Pilatos. Seguía sin entender. Y ahora Jesús le habla de reinos de otros mundos, de reinos que no necesitan ni de guardias ni de ejércitos, y le habla de la verdad. Dados eran los romanos también a las filosofías por eso cuando Jesús le habla de que es Rey porque para eso ha venido al mundo, para ser testigo de la verdad, no quiere meterse en esos berenjenales, y aunque hace la pregunta no espera por la respuesta, ‘¿y qué es la verdad?’.
A quien medianamente fuera capaz de seguir lógicas humanas le resulta incomprensible que acusen a Jesús de querer hacerse rey, y rey a la manera de los poderes de este mundo. Mucho les había repetido Jesús a los discípulos que le seguían de cerca, que ni se preocuparan de primeros puestos ni de poderes, aunque en el corazón de ellos tuvieran esa ambición, y que entre ellos seria grande de verdad el que fuera capaz de hacerse el último y el servidor de todos. ‘No podéis hacer como hacen los poderosos de este mundo’, viene a decirles Jesús.
Por otra parte si en alguna ocasión las gentes se habían entusiasmado con Jesús y habían querido hacerlo rey, como allá en el descampado cuando lo de los panes, él se había ido solo a la montaña apartándose de aquella multitud enardecida y a los discípulos más cercanos los habían enviado de vuelta a Cafarnaún metiéndolos en una barca. Por otra parte si hace pocos días habían cantado hosannas y aleluyas en su honor en la bajada del monte de los Olivos y entrada en la ciudad, humilde se había presentado simplemente montado en un borrico, que no es animal que precisamente nos hable de poder, sino más bien de trabajo y de servicio.
Hemos de tener en cuenta todas estas cosas para entender lo incomprensible de este episodio ante Pilatos y podríamos recorrer más páginas del evangelio recordando el sentido que El le daba al Reino de Dios anunciado y que nos lo reflejaba en las diferentes imágenes de las parábolas, o recordando como nos deja como distintito el amor, un amor universal también a los que nos consideren enemigos y donde el perdón tenia que ser siempre un presupuesto principal.
El Reino de Dios, porque es a quien tenemos que proclamar en verdad como Señor y centro de nuestra vida, va por otros derroteros que no se apoyan en el poder, la superioridad, las grandezas humanas ni las vanidades que nos llenen de oropeles. Aunque tenemos que reconocer que sigue siendo una tentación para los que seguimos a Jesús en todos los tiempos y también podemos tenerla en nuestro tiempo de querer hacer del grupo de los queremos seguir a Jesús, un manifestación de poder y de grandezas humanas, que ya nos hemos rodeado de demasiados brillos de joyas y grandezas queriendo equipararnos incluso con los poderosos de este mundo. Y Jesús bien nos previno para que no cayéramos en esa tentación.
El reino de Dios ha de pasar por caminos de sencillez y de humildad como el de Belén, de generosidad y de servicio como el de la ultima cena donde veremos a Jesús postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, caminos que no son ajenos a la entrega hasta el limite sin limites de dar la vida aunque vayan aparejado con el dolor y el sufrimiento como es el camino del calvario y de la cruz. Su reino es verdad no es a la manera de los reinos de este mundo.
Tiene la Iglesia que terminarlo de entender de una vez por todas. Cuando digo la Iglesia enseguida pensamos en la Iglesia institución, que también, sino en la Iglesia que somos todos los que seguimos a Jesús. Porque no lo entendemos seguimos nosotros como aquellos primeros discípulos dándonos codazos los unos a los otros, porque no nos aceptamos, porque no valoramos lo que los otros puedan hacer, porque siguen existiendo ambiciones y sueños en nuestro corazón que están bien lejos de los caminos del Evangelio.
Por ahí van nuestras divisiones, por ahí va nuestra incapacidad para perdonar, por ahí van las discriminaciones que seguimos haciéndonos los unos a los otros, por ahí va que sigamos nosotros mirando de reojo, no comprendiendo lo que los otros de bueno pueden hacer, con nuestras suspicacias y desconfianzas, con nuestras carreras para ver quien está más alto o viste mejores ropajes.
De cuantas cosas tenemos que despojarnos cuando queremos celebrar de verdad esta fiesta de Cristo Rey. Es que tienen que rechinar muchas cosas, cuando vemos a Jesús ante Pilatos despojado de todo y diciéndonos que El es Rey, mientras nosotros seguimos con nuestros orgullos y vanidades de todo tipo. Es incomprensible que celebremos así la festividad de Jesús Rey del Universo.
¿No tendríamos que pararnos a pensar un poquito en todas estas cosas? A alguno, o a muchos, le arderá y le dolerá la conciencia y queremos quitarnos esas ideas de encima, como Pedro que quería quitarle a Jesús de la cabeza la idea de que tenía que ir a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles que le darían muerte. Nosotros tenemos que escuchar bien las palabras de Jesús y aunque nos cueste este camino mirar que detrás de la cruz siempre estará la resurrección y la vida.

viernes, 7 de abril de 2017

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
Los textos litúrgicos de este día nos hablan de aquellas diatribas que Jesús mantenía con los judíos sobre su propia identidad por lo que buscaban la manera de prenderle y de quitarle de en medio. Cuando en el evangelio de Juan se hace esa mención a los judíos no es una referencia en general  a todo el pueblo, sino mas bien a los dirigentes de la sociedad del momento, como eran los sumos sacerdotes, el sanedrín, los escribas o maestros de la ley y aquellos grupos de especial influencia como serian los fariseos y los saduceos.
Hoy veremos, incluso, que Jesús se retira a la región de más allá del Jordán donde aun sigue predicando y nos dice el evangelista que muchos creyeron en El. Será en esa estancia mas allá del Jordán donde le llegara la noticia de la enfermedad de Lázaro, que escuchábamos el pasado domingo y su posterior muerte con los acontecimientos que siguieron ya comentados.
Estamos a las puertas ya casi de la semana santa y la liturgia nos va preparando para estos días de pasión que nos lleven a celebrar la pascua. Por eso todo el ambiente que nos ofrecen las lecturas de la Palabra de Dios hacen referencia a como tramaban contra El que desembocara en su prendimiento como iremos viendo en los días sucesivos. Nos daría esto para momentos de reflexión en como nosotros aceptamos de corazón a Jesús y estamos dispuestos a entrar con El en esta semana de pasión, pero ya será tema de reflexión en los próximos días.
Este viernes de la quinta semana de cuaresma – semana que ya comúnmente llamamos también de pasión – es tradicional fijarnos en la figura de María. Llamamos a este viernes precisamente Viernes de Dolores, por esa referencia a la Madre de Jesús. Aunque la festividad litúrgica de la Virgen de los Dolores es el quince de Septiembre ya en  nuestros templos suele estar entronizada la imagen de la Virgen Dolorosa como una preparación fuerte para nuestros corazones para vivir los días que se acercan.
Miramos, si, a María en el camino de la pasión, al pie de la cruz en el Calvario. Madre de los Dolores, la llamamos, Virgen de las Angustias y así tantos nombres que con nuestro amor de hijos queremos darle junto al sufrimiento redentor de su Hijo en la Cruz. Allí Jesús quiso dárnosla como Madre, aunque ella nos llevaba ya en el corazón desde que acepto la Encarnación de Dios en sus entrañas. Conocía ella las Escrituras y lo que los profetas habían anunciado del sufrimiento del Siervo de Yahvé. Ella sabia que allí estaba la redención. También el anciano Simeón se lo había anunciado diciéndole que una espada atravesaría su alma. Jesús seria un signo de contradicción porque su ofrenda de amor le llevaba a la muerte y aquella muerte nos daría la vida.
Pero de signos contradicción íbamos a ser nosotros porque teniendo la salvación que Jesús nos ofrecía a nuestra mano sin embargo en lugar de la vida tantas veces preferimos la muerte. Contradicciones de nuestra vida pecadora. Y María sabia que había de estar a nuestro lado para recordarnos una y otra vez el camino de Jesús, el camino del amor que nosotros habíamos de escoger. En su dolor y sufrimiento están los dolores de Jesús en la cruz, pero esta también nuestro sufrimiento como están nuestras negruras y oscuridades.
Cuando ahora la vamos a contemplar caminando en pos de Jesús en la calle de la Amargura vamos a seguir sus pasos, vamos ponernos a su lado, vamos a sentir el resplandor y el calor de su amor que mueva también nuestros corazones para que nos decidamos a hacer el camino de Jesús. María es un camino certero que nos lleva a la pascua, que nos hace vivir la pascua, que nos ayudará a transformar nuestro corazón y nuestra vida para sentirnos siempre iluminados por la luz de Jesús.
Ella siempre nos dirá haced lo que El os diga, y nos señala del camino de Jesús, el camino de la cruz pero que es el camino del amor y de la vida.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La alegría que vivimos en la Navidad se ve plenificada en la medida de nuestra fidelidad en el amor hasta el final como en Esteban el protomártir

La alegría que vivimos en la Navidad se ve plenificada en la medida de nuestra fidelidad en el amor hasta el final como en Esteban el protomártir

Hechos de los apóstoles 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22

Seguimos viviendo la navidad, su alegría, su paz; el gozo de sentirnos amados por el Señor de manera que nos da a su Hijo que se ha hecho carne. Le hemos contemplado en Belén, junto a María, su madre, con José a su lado como fiel custodio de aquella familia en medio de su pobreza, con los ángeles que cantan en el cielo la gloria de Dios y con los pastores que tras el anuncio del ángel se acercan trayéndole las ofrendas de su pobreza pero sobre todo de su amor.
Cuando estamos viviendo toda esta alegría la liturgia nos ofrece hoy la imagen de un cruento martirio. Es el protomártir el diácono Esteban y por eso ha merecido ser celebrado al día siguiente del nacimiento del Señor. Pero de alguna manera pareciera que se viene a mermar la alegría de la fiesta la celebración de un martirio. Esteban momentos antes de sufrir el martirio ya contemplaba la gloria de Dios en el cielo de la que pronto él iba a participar. Aun en el dolor de la muerte se nos anuncia la alegría de la vida.
Nos viene bien recordar algo en estos momentos. Belén no está tan lejos del Calvario. Belén significó desprendimiento y pobreza total hasta no tener donde nacer Dios hecho hombre de manera que fuera recostado entre las pajas de un pesebre. La Cruz del calvario significa el desprendimiento total porque es la entrega de la vida por amor. Porque tanto amó Dios al mundo nos entregó a su Hijo único al que vemos nacer en Belén. Allí estaba el signo del amor; era su razón de ser. En el calvario, en la muerte, contemplamos la entrega total, definitiva del amor; no hay señal de amor más grande. Además el que nació en Belén es el que va a entregarse en la cruz. Son las señales del amor de Dios.
En Esteban, de quien hoy estamos celebrando su martirio, estamos contemplando la fidelidad en el amor hasta la entrega total. Un camino que aprendemos en Belén y un testimonio que estamos contemplando en el martirio de Esteban.
La alegría que vivimos en estos días de navidad se ve plenificada en el amor que pongamos cada día en nuestra vida. Por eso nuestra alegría no es solo cosa de unos días porque ahora todos hemos de estar contentos. Nuestra alegría, la alegría que nace de lo más hondo del corazón, la iremos hacer creciendo día a día en la medida que vivamos en el amor, en que vivamos para los demás, en la medida en que vayamos repartiendo amor con nuestra presencia, nuestros gestos, nuestras sonrisas, nuestra entrega por los demás. 

viernes, 28 de diciembre de 2012


Los santos inocentes, el misterio de la Cruz y de Belén están cerca

1Jn. 1, 5-2,2; Sal. 123; Mt. 2, 13-18
La primera impresión que nos produce el relato de la matanza de los inocentes que hemos escuchado hoy en el evangelio es de rechazo ante la maldad de Herodes que en su ambición, como sucede tantas veces, quiso quitar de en medio a quien pudiera hacerle sombra o quien pudiera ser un peligro para su soberanía y poder. Son las negruras del corazón del hombre que se ciega ante la ambición del poder o de la riqueza o de cualquiera otra de las pasiones que pueden afectar a la vida del hombre, de toda persona. En cuantas situaciones semejantes nos podemos ver envueltos, o se ve envuelta la vida sobre todo de los que tienen sueños de grandeza y de poder.
Ahí, en ese claroscuro de la vida con sus ambiciones y las maldades del corazón tenemos una hermosa lección que aprender y de la que tendríamos que sacar muchas consecuencias, pero creo que todos comprendemos que el sentido de la fiesta de los Santos Inocentes que celebramos en este día va mucho más allá. Tampoco se puede quedar en lo que popularmente convertimos esta fiesta, que a pesar de la crueldad que se trasluce en este actuar de Herodes, sin embargo la convertimos en un día de bromas y de inocentadas como solemos decir. Tenemos que buscar un sentido mucho más hondo a nuestra celebración.
Es la muerte de unos niños inocentes pero que en realidad lo que quería buscar Herodes era la muerte de aquel ‘recién nacido rey de los judíos’, del que venían hablando los Magos que habían llegado a Jerusalén preguntando por El, como escucharemos dentro de unos días al celebrar la Epifanía del Señor. Podríamos decir que ocuparon el lugar de Jesús, que era a quien realmente perseguía Herodes. Se convierten en un signo de la persecución que sufren los justos, cuando su vida se convierte en un espejo en el que mirarnos, cuando en nosotros lo que existe muchas veces solo es la maldad de nuestro pecado. ‘Acechemos al justo que nos resulta incómodo’, ya habíamos oído hablar al sabio del Antiguo Testamento.
Pero creo que contemplar la crueldad de este martirio de los santos inocentes, en medio del marco de las fiestas de la Navidad del Señor que estamos celebrando, nos viene a recordar cómo la cruz, la pasión y el sufrimiento van a estar muy presentes en nuestra historia de la salvación. Este niño recién nacido que contemplamos en estos días y que por la fe ya sabemos que es nuestro Señor y nuestro Salvador - además así lo anunciaron los ángeles a los pastores - es el que ha venido a traernos la salvación, a redimirnos de nuestro pecado y será en su pasión y muerte en la cruz donde se va a consumar el sacrificio redentor.
No está lejos en la vida del cristiano Belén del Calvario de manera que cuando le contemplamos en Belén estamos viendo a quien es nuestro Salvador y Redentor por el sacrificio de su cruz. Mientras nosotros estos días hemos estado cantado con alegría los villancicos del nacimiento de Jesús, al mismo tiempo en nuestra celebración siempre hemos proclamado el misterio pascual de Cristo donde obtenemos la salvación. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor  Jesús’, hemos proclamado en cada Eucaristía y siempre mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Es el camino de la vida del cristiano, el camino de la Iglesia a lo largo de los siglos, donde nunca ha faltado el sufrimiento, el sacrificio o el martirio de sus mejores hijos. Hoy mismo seguimos escuchando noticias de la muerte de cristianos, simplemente por ese hecho, ser cristianos en distintos lugares del mundo, o de cristianos que tienen que abandonar su casa, su tierra, su patria por los acosos y la persecución que allí están sufriendo. Sea en Nigeria donde estos mismos días de navidad grupos de cristianos han sido masacrados durante las propias celebraciones, o sea en países del Oriente Medio como Siria o Irak donde muchos cristianos han tenido que emigrar a otros lugares a causa de la persecución.
Al celebrar hoy esta fiesta de los Santos Inocentes tengamos un especial recuerdo por los mencionados o tantos otros en distintos lugares del mundo que sufren por el nombre de Jesús, como de alguna manera también sucede en nuestro entorno donde se minusvalora o se quiere ocultar en tantas ocasiones lo que lleve el nombre o el sentido de los cristiano. También a nuestro alrededor se quiere borrar el nombre de Dios de la historia y de la vida de los hombres.  Celebremos la fiesta, porque es el triunfo, de los Santos Inocentes. Los Santos Inocentes de ayer y de hoy nos recuerdan que el misterio de la cruz no está lejos de Belén.