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domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


miércoles, 6 de agosto de 2025

Desde el Tabor emprendemos el camino de la Pascua necesario para ser testigos de la buena noticia del Evangelio ante el mundo

 


Desde el Tabor emprendemos el camino de la Pascua necesario para ser testigos de la buena noticia del Evangelio ante el mundo

2Pedro 1,16-19; Salmo 96; Lucas 9, 28b-36

Hay sorpresas que nos dejan con la boca abierta, sin palabras. Algo sorprendente y extraordinario, algo que no nos esperábamos aunque lo deseáramos, nos quedamos sin saber qué decir, y las palabras nos salen inconexas de nuestros labios. Es el niño sorprendido ante el regalo que no esperaba, es la llegada del familiar que hacía mucho tiempo no habíamos visto y casi habíamos perdido su pista, es algo que por azar o fortuito nos sucede, un premio por ejemplo, y que cambia totalmente nuestra vida… muchas cosas nos suelen suceder de las que no sabemos dar razón, que nos sorprenden y no tenemos palabras para explicar.

Así se encontraban Pedro, Santiago y Juan en lo alto de aquella montaña aquel día que Jesús los había llevado para orar. Ellos casi se habían dormido, no sé qué nos pasa que cuando pretendemos concentrarnos para orar lo primero que nos viene es el sueño. Pero ellos ante lo que sucedía pronto se despabilaron, los ojos sorprendidos se les abrían dejando a un lado el sueño y no sabían explicarse lo que estaba pasando. Jesús estaba resplandeciendo como la luz, sus ropajes eran tan blancos que encandilaban, nunca habían visto nada igual aunque muchas veces fueran testigos de la oración de Jesús. Pero además dos personajes del Antiguo Testamento formaban parte también de la escena, Moisés y Elías en diálogo con Jesús.

Casi querían los discípulos entrar también en la conversación y ya andaban pensando en preparar tres tiendas para que aquello no acabara nunca. Pero una voz venida de lo alto les sorprendió aún más, ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle’. Cayeron de bruces, aquellas previsiones que de manera inconexa habían pretendido tener para que todo se prolongara se quedan en nada, porque se sentían envueltos por una nube celestial y terminaron de bruces por el suelo.

Y es Jesús el que los saca de aquel arrobamiento  para decirles que había que bajar de la montaña, no se podían quedar allí para siempre aunque ellos sintieran lo bien que estaban allí. El camino seguía y seguía por la llanura de la vida que terminaría con otra subida a la montaña pero que sería de manera cruenta. El camino podría ponerse difícil, porque seguirían encontrándose con un mundo de dolor y sufrimiento, con gentes que caminaban en medio de la vida sin rumbo y desorientados, con gente que se cruzaba en el camino con sus dificultades y dudas e incluso con sus enfrentamientos, detrás de todo aquello había un calvario como tantas veces les había anunciado y ellos nunca habían querido o sabido comprender, ahora mismo cuando llegaran al pie de la montaña se encontrarían con un cuadro muy duro, un padre que ha pedido al resto de los discípulos que curen a su hijo y la falta de fe para afrontar esas realidades duras de la vida pero al mismo tiempo poner una mano de vida.

Es la experiencia del Tabor, porque en esa montaña queremos situar el acontecimiento a la que nosotros también hemos de saber subir. Fue entonces para aquellos discípulos un fortalecer sus pies para seguir haciendo el camino tras Jesús, que algunas veces parece que corre para llegar a Jerusalén, para llegar a la Pascua. Nos cuesta seguir en muchas ocasiones sus pasos, responder a sus exigencias, ponernos en su camino aunque nosotros queremos seguir haciendo los nuestros, comprender a fondo todo el misterio de Jesús para dejarnos envolver por El.

Queremos experiencias bonitas, pero desde esas experiencias tenemos que salir transformados. Cuidado que nuestras celebraciones se queden en el Tabor en el que querían quedarse aquellos tres discípulos, porque preferían aquello a tener que seguir caminando por aquellas llanuras que se abrían ante sus pasos. Cuidado nos extasiemos en florituras de bonitas celebraciones y allí se nos quede todo lo que es y tiene que ser nuestra experiencia de fe.

No olvidemos que desde el Tabor emprendemos el camino de la Pascua con todo lo que eso significa, porque la pascua va a significar pasión y muerte para poder llegar a la gloria de la resurrección. Es la Pascua de la que tenemos que convertirnos en testigos, la que nos hará anunciadores de Evangelio, la que nos llevará a seguir evangelizando sin cansarnos ni rendirnos nuestro mundo.

domingo, 16 de marzo de 2025

Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no nos quedemos adormilados en nuestras rutinas, seamos capaces de vivir esa experiencia de transfiguración en el Señor

 


Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no nos quedemos adormilados en nuestras rutinas, seamos capaces de vivir esa experiencia de transfiguración en el Señor

Génesis 15, 5-12. 17-18; Salmo 26; Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 9, 28b-36

Hay momentos en la vida que son para nosotros como encrucijadas, donde tenemos que tomar decisiones que pueden ser importantes, afrontar retos que algunas veces pueden suponer un peligro, contratiempos que parece que todo nos lo echan abajo y nos podemos sentir frustrados en la imposibilidad de conseguir nuestros sueños; son momentos que se nos hacen difíciles y por nuestra mente e imaginación pasan multitud de supuestos de lo que nos puede ocurrir y nos algunas veces encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos y reflexiones, tratando de encontrar una salida o ver claras las cosas en orden a las decisiones que hayamos de tomar; en ocasiones no querer ver a nadie ni que nadie nos moleste, nos gustaría alejarnos de todo hasta que logremos salir de ese túnel.

El creyente no solo piensa y reflexiona sino también y sobre todo ora para encontrar esa luz, para pedir esa ayuda del cielo, para sentir esa voz en nuestro corazón que nos hable y nos abra caminos; el creyente confía en Dios, aunque a veces todo se le vuelva oscuro, busca en su interior, quiere escuchar a Dios; y en esa reflexión que no solo es pensar por si mismo llegará un momento en que aparezca esa luz, tome una determinación, se confíe y se ponga en camino al encuentro de lo que tiene que realizar.

El creyente se siente fortalecido interiormente, porque siente que Dios está con El, aunque algunas veces dudemos, aunque algunas veces parezcas que perdemos la confianza, aunque, tenemos que reconocer, que no siempre sabemos hacerlo y nos decidimos a ir por ese camino de oración.

En este camino de cuaresma que estamos haciendo es tradicional escuchar en este segundo domingo este pasaje que llamamos de la Transfiguración en el Tabor. El relato del evangelio nos dice que Jesús tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan subió a una montaña alta para orar. Lo vemos en otros momentos del evangelio que Jesús no solo va al templo o los sábados a la sinagoga sino que en ocasiones se retira a lugares apartados para orar.

Fue el monte de la cuarentena del que escuchamos el pasado domingo, será cuando en Cafarnaún desde la casa de Pedro en la madrugada se va a las afueras del pueblo a orar mientras la gente lo buscaba, o lo contemplaremos en Getsemaní, porque allí lo encontrará Judas también porque era un lugar en las laderas de las afueras de Jerusalén donde muchas veces tenia la costumbre de ir a orar.

Jesús va a emprender el camino de subida a Jerusalén. A los discípulos ya les viene anunciando lo que allí va a suceder, aunque ellos parece que no quieren entender. Jesús es consciente de la Pascua que va a vivir en Jerusalén, que para El y después ya para siempre para nosotros no va a ser solo la pascua de comer el cordero pascual. Será El mismo ese Cordero inmolado y sacrificado. Son momentos decisivos. Y Jesús sube a la montaña para orar.

Los discípulos, como siempre y como nos sucede a nosotros también tantas veces, se quedaron adormilados pero allí van a suceder cosas asombrosas. El evangelista nos habla de resplandores y transfiguración, nos hablará de nubes que los envuelven y de la aparición de Moisés y Elías conversando con Jesús, toda una serie de imágenes y signos que nos están hablando de lo que en Jesús está sucediendo.

¿Las dudas de Jesús simbolizadas en esa nube que los envuelve? En Getsemaní Jesús llegará a pedir que pase de El aquel cáliz y dirá que su alma está llena de angustia hasta la muerte. Aparecen como signos de la Ley y los profetas, signos de ese bucear en las honduras de la Palabra de Dios, en ese diálogo con Jesús. Pero resonará fuerte en la montaña la voz del cielo señalándonos, como fue en el Jordán cuando el Bautismo, que es el Hijo amado de Dios con su misión redentora de salvación, al que tenemos que escuchar, al que tenemos que seguir.

Habrá que bajar de nuevo a la llanura y proseguir el camino. Será otra la ascensión que Jesús ha de emprender en su camino hacia Jerusalén, hacia la Pascua. Hay una certeza porque en medio de todo hemos escuchado la voz del cielo. A los discípulos les sigue costando entender cuando Jesús les diga que de ello no hablen hasta después de la resurrección; ellos quizás se habían perdido algo importante porque estaban medio adormilados, pero aun así siguieron caminando detrás de Jesús.

¿Seguiremos nosotros adormilados en medio de nuestras dudas o de nuestras angustias? Es la llanura de la vida en la que tantos tropiezos nos encontramos, o es el camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior que tantas veces se nos hace costoso. Contemplemos esta experiencia del Tabor y hagámosla nuestra. Hagámosla nuestra porque bien sabemos a donde tenemos que ir cuando nos encontremos en esas encrucijadas de la vida, cuando tengamos que sacar valentía de nuestra fuerza interior para afrontar nuestros caminos, nuestras oscuridades.

Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no  nos quedemos adormilados en nuestras rutinas sino hagamos que siempre seamos capaces de vivir esa experiencia del encuentro con el Señor. Escuchemos la voz que nos habla en el corazón, sintamos el calor del Espíritu del Señor en lo hondo del corazón. Vivamos la experiencia de la transfiguración.

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

domingo, 6 de agosto de 2023

Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

 


Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Cuando queremos ver las cosas en su mayor amplitud tenemos que cambiar la perspectiva, alejarnos o elevarnos por encima de aquellas cosas que pudieran interferir nuestra visión; suele decirse que el árbol no deja ver el bosque, por eso tenemos que cambiar la perspectiva, y muchas veces lo mejor es un punto elevado, para que nada se interponga por medio, para hacer desaparecer las nubes o neblinas que se nos interpongan.

No soy montañero, pero me gustan las montañas; en años más jóvenes en mas de una ocasión subí a lo alto del Teide o a alguna de aquellas montañas altas que circundan el parque de las Cañadas del Teide; la subida es costosa – no quiero pensar lo que cuesta subir a otras altas montañas, parece que nunca llegamos porque algún punto de referencia que tengamos en la altura parece que en la medida que nos acercamos más se aleja, pero cuando uno llega a la altura siente la satisfacción de que ha merecido la pena ante el espectáculo de la naturaleza que podemos contemplar con la isla a nuestros pies.

Hay metas que son altas y nos cuesta alcanzarlas; pero hay cosas en la vida que solo desde una mirada de altura podemos contemplar en toda su plenitud; hay neblinas, como decíamos antes que se pueden interferir en nuestra visión y hacer que todo lo veamos borroso. Y estoy pensando en el camino que nos lleva a descubrir a Dios; tendríamos que decir que podemos verlo y tenemos que aprender a sentirlo a nuestro lado e incluso dentro de nosotros mismos; pero quizá haya cosas en nuestra vida que nos hacen borrosa esa visión de Dios; y tenemos entonces que elevarnos para salirnos de esas neblinas, de esas interferencias; tenemos que vaciar muchas cosas de los bolsillos de nuestra vida para poder realizar la ascensión, porque pueden ser pesos muertos que no nos dejen avanzar. Un punto importante no solo es saberlo sino realizarlo.

Hoy el evangelio nos habla de una subida, una montaña alta nos dice el evangelista, allí en medio de las llanuras y los valles de Galilea que la tradición ha situado en el Tabor. Jesús se llevó a tres de los discípulos con El para realizar esa Ascensión. ¿Irían ronroneando por lo bajo con la queje de por qué a ellos les tocó realizar aquella costosa ascensión? Pero lo que sucedió en la alto haría que Pedro reconociera lo bien que se estaba allí y que merecía hacer unas tiendas para permanecer en aquel lugar.

Jesús se había transfigurado cuando se había puesto a orar – para eso habían subido a la montaña como a Jesús le gustaba irse a lugares apartados y solitarios para orar – y todo resplandecía de luz, su rostro y sus vestidos. Y junto a Jesús Moisés y Elías, que también un día en lo alto de la montaña habían tenido una visión de Dios. ¿Se habrían quedado dormidos como en otras ocasiones que los llevaría a orar consigo? Pedro quería ya realizar tres tiendas, aunque se olvidara de si mismo. El misterio de Dios que estaban contemplando les hacía ya olvidarse de las demás preocupaciones.

Mientras Pedro anda con sus iniciativas y buenos deseos una nube los envuelve y se escucha la voz del cielo, como un día allá junto al Jordán cuando lo del Bautismo. ‘Este es mi Hijo muy amado, mi preferido, en quien me complazco. Escucharle’. Fue como un trueno que les hizo caer por tierra, pero allí habían escuchado la voz de Dios que además les planteaba una exigencia. ‘¡Escuchadle!’

Y ahora había que bajar de la montaña. Cuando despiertan de su aturdimiento se encuentran a Jesús solo que les dice que hay que bajar. Pero con ellos llevaban una visión nueva, aunque de eso aun no podrían hablar. Pero distinta era la perspectiva, de otra manera tenía que ser el seguimiento de Jesús, sabían que tenían que escucharle, aunque aun siguieran con sus dificultades. Aun seguirían resonando en sus oídos los anuncios que Jesús les hacía del sentido de su subida a Jerusalén, aunque ahora llevaran grabadas en su corazón las palabras escuchadas desde los cielos.

Era lo que en verdad tenían que asimilar; es lo que nosotros tenemos también que asimilar en este camino del seguimiento de Jesús, que muchas veces se nos llena de tropiezos, de dudas, de desánimos, de sentir que la ascensión es dura, que las tentaciones e influencias que recibimos de todos lados nos llenan de miedos y nos hacen sentirnos débiles, pero en nosotros tiene que mantenerse viva la visión de Cristo resucitado.

Para los discípulos fue como un anticipo de lo que sería la gloria de la resurrección la visión de Jesús transfigurado en lo alto del Tabor; nosotros tenemos esa visión y tendría que ser muy viva en nuestros corazones porque celebramos la Pascua y vivimos el gozo de la resurrección de Jesús. Eso tiene que ser la fuerza y como el estimulo que todo el año tiene que mantenernos en tensión para llenarnos de toda esa vitalidad de la gracia y no nos cansemos en ese camino, no decaigamos en esa ascensión de la vida que continuamente hemos de ir realizando. Sabemos de quien nos fiamos, en quien hemos puesto nuestra confianza, quien es el centro de nuestra fe, quien es la fortaleza de nuestra vida.

Lo que hoy contemplamos en el Tabor tiene que ser también nuestra transfiguración; es la experiencia que tiene que ser nuestra oración y nuestras celebraciones. Y con esa transfiguración tenemos que bajar a la vida, ir a la vida de cada día; como a Moisés que le brillaba el rostro cuando salía de la presencia del Señor, así tendríamos que salir de nuestras celebraciones. Vivamos, pues, con intensidad la presencia del Señor para que nos podamos transfigurar.

domingo, 5 de marzo de 2023

Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

 


Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Estamos en camino como lo es la vida misma. Una imagen figurativa que solemos emplear pero que nos dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de subidas y bajadas, de sentirnos elevados para tener otras visiones y perspectivas como de sentirnos hundidos en ocasiones arrastrándonos si fuerza por el sendero, de momentos felices de plenitud pero momentos también oscuros, de momentos en que nos llenamos de ilusión y esperanza y momentos de luchas, de esfuerzos de superación, de dudas y de miedos, de saber escuchar y de saber mirar lo que recibimos o lo que se nos ofrece a nuestra contemplación, de aprender cada día la lección así como de la experiencia de lo pasado y vivido. Es muy variado el camino que hacemos siempre con la esperanza de llegar a una meta con un final feliz. No siempre es fácil pero queremos seguir haciéndolo.

Camino hemos emprendido cuando el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma. Un camino muy concreto que es expresión intensa de todo lo que es el camino de nuestra fe, pero que ahora hacemos como preparación para la celebración de la Pascua. Y ponernos en camino es ponernos a la escucha, haciendo silencio en nuestro interior – ya se nos hablaba de desierto en el primer domingo de Cuaresma – pero abriéndonos al misterio de Dios que nos eleva. Como Abrahán que se puso en camino a lo que Dios le pedía señal de esa necesaria disponibilidad en nuestra vida.

Por eso hoy se nos habla de unos de esos momentos del camino que es el subir a la montaña. Un camino de subida que nos exige esfuerzo, que nos exige levantarnos de las rutinas diarias de nuestro caminar, que nos va a elevar para tener nuevas perspectivas, para descubrir nuevos horizontes, como siempre desde lo alto de la montaña podremos vislumbrar; si no hacemos la subida no podremos descubrir lo que allí en lo alto se nos va a revelar.

Es lo que allí sucede y nos revela el evangelio de este segundo domingo de cuaresma. Jesús subió a la montaña para orar, como tantas veces hacia cuando se iba a lugares apartados. ‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Necesitamos también nosotros subir a la montaña para orar, necesitamos ir con Jesús porque en ese camino que tenemos que seguir haciendo necesitamos que se mantengan en la retina de nuestra alma los resplandores de la Transfiguración del Señor.

Aquel Jesús, profeta de Galilea que sube a la montaña para orar, va a sentir la gloria de Dios sobre reafirmando con la voz de Dios la validez de la misión que ha de realizar en su subida a Jerusalén. Moisés y Elías, la voz profética del Antiguo Testamento aparecerán junto a Jesús mientras hablaban de la pasión que había de padecer, pero la voz del Padre desde el cielo lo iba a señalar como el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

En aquel duro camino que los discípulos estaban haciendo, en camino de subida a Jerusalén ya Jesús les había anunciado cuando había de pasarle al Hijo del Hombre que iba a ser entregado en manos de los gentiles, aquel momento de luz que ahora en lo alto del monte estaban viviendo les hacia sentir una paz nueva, de manera que ya no quisieran tener que bajar de nuevo de la montaña. ‘Haremos tres tiendas…’ comienzan a decir pero se ven interrumpidos por la voz del cielo.

Cuando salen de sí de aquel momento de estupor que les había envuelto con la nube se encontrarán a Jesús solo que con ellos se pone en camino para bajar de la montaña. El camino habían de seguir, ahora con una nueva luz en los ojos de su alma para poder entender todo el misterio que se les estaba revelando. Habían de seguir por la llanura, allí donde estaba la vida, allí donde se encontrarían de nuevo con dificultades, allí donde tendrían que seguir atentos para seguir escuchando aquella voz que les seguiría hablando en el corazón, como tantas veces nosotros necesitamos en esa llanura de la vida que tenemos que seguir recorriendo.


Es nuestro camino, el camino de nuestra vida con todas sus circunstancias concretas, el camino de nuestra fe que emprendimos desde nuestro bautismo, el camino cuaresmal que ahora estamos haciendo para renovar ese camino de nuestra fe, para darle plenitud y verdadero sentido al camino de nuestra vida. Seguimos en este mundo con sus luces y con sus sombras, este camino de nuestro mundo hoy que a veces se nos hace difícil porque nos aparecen muchos momentos de dolor en nosotros y en los demás, este camino en el que tenemos que poner luces de esperanza nosotros que ya hemos sido iluminados por la luz de la Transfiguración que es anticipo de la luz de la Pascua.

Tenemos una misión que realidad, tenemos una plenitud que darle a la vida. Y lo hacemos escuchando a Jesús, el Hijo amado del Padre, y lo haremos siguiendo los pasos de Jesús aunque sabemos que tenemos que pasar por la Pascua, con lo que tiene de pasión y de muerte, pero con la vida de resurrección con que nos vamos a encontrar.

sábado, 6 de agosto de 2022

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

 


La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

2Pedro 1,16-19; Sal 96; Lucas 9, 28b-36

Si queremos tener buenas perspectivas hay que estar en el lugar adecuado; si queremos contemplar una amplia panorámica habrá que colocarse en la altura en el lugar más propicio para poder abarcar toda la amplitud del paisaje; si queremos abarcar en nuestra visión todo el conjunto tendremos que separarnos para poder contemplar toda su belleza. Necesitamos cambiar, buscar aunque nos cueste esfuerzo para poder contemplarlo desde el lugar adecuado, si queremos elevar nuestro espíritu por encima de cosas terrenas tenemos que ir a lo alto.

La vida toda nos está invitando a subir, a elevarnos, a buscar otra perspectiva, a ver las cosas de otra manera, y eso exige esfuerzo y al mismo tiempo sacrificio; nos costará arrancarnos de donde estamos pero el caminar hacia la altura hará que todo cambie y podremos ver las cosas de otra manera; si queremos una plenitud para nuestra vida hemos de darle trascendencia a lo que hacemos y eso nos hará olvidarnos de querer mirarnos solo los pies.

Hoy nos está invitando Jesús a subir a lo alto, podremos contemplar toda la trascendencia de su vida, encontraremos sus más hondos motivos y hará que se eleve también nuestro espíritu. Nos invita ahora a ir con El hasta lo alto pero con la conciencia de que allí por ahora no nos quedaremos porque tenemos que bajar de nuevo a la llanura de la vida por donde seguiremos caminando, pero ahora con nuestros motivos o con nuevas perspectivas después de haberle contemplado en la altura.

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña alta para orar. ¿Estarían orando ellos también o dando cabezadas porque habría aparecido el cansancio y la somnolencia después del esfuerzo de la subida? Nos pasa tantas veces, que no sabemos aprovechar el momento y nos dormimos, volvemos a la pesadez de nuestros ojos o de la rutina de lo que siempre hacemos. Nos pasa en la oración, nos dejamos dormir, aunque digamos qué bueno es dormir en los brazos del Señor. Pero El nos pide estar despiertos porque algo nuevo nos quiere ofrecer.

Aunque daban cabezadas los discípulos pudieron darse cuenta de lo que estaba sucediendo, porque en la oración Jesús se había transformado, se había transfigurado; así eran sus resplandores que podían encandilar. Pero vislumbraron que alguien estaba con Jesús, allí estaban Moisés y Elías, los símbolos de la Ley y de los Profetas, y hablaban con Jesús de lo que había de suceder que ellos no acababan de entender. Pero ahora todo les parecía maravilloso y querían quedarse allí para siempre. ‘¡Qué bien se está aquí! Haremos tres tiendas…’

Pero no pudieron terminar de expresar lo que ahora deseaban. Una nube les envolvió. Fácil en la montaña, pero aquella nube era distinta; los estaba envolviendo la gloria del Señor porque así escuchan la voz que viene de los cielos. ‘Este es mi Hijo, el elegido; escuchadle’. Y cayeron de bruces, pensaban que morían. Si contemplaban a Dios pensaban que morían, pero era algo distinto lo que sucedería después de escuchar así directamente a Dios, sus vidas habían también de transformarse.

Igual que cuando Moisés bajó de la montaña después de haber hablado con Dios, que su rostro resplandecía, de manera que tenía que cubrírselo con un velo, porque los israelitas no soportaban aquel resplandor. Ahora ellos también habían de resplandecer con un nuevo brillo, después de haber contemplado la gloria del Señor. Pero sus mentes seguían cerradas y no terminaban de entender, y no podían hablar de aquello a nadie porque tampoco lo entenderían.

Subamos a la montaña nosotros y dejémonos también envolver por la gloria del Señor. Subamos a la montaña para encontrarnos con la gloria de Dios, para escuchar su voz, para conocer profundamente a Jesús, para sentirnos igualmente nosotros transformados. Subamos a la montaña que nos da nuevas perspectivas, que nos abre horizontes, que nos hace descubrir de verdad cual es nuestra misión, que nos hará bajar a la llanura de la vida, porque por ahí tenemos que seguir caminando, pero ahora tenemos una nueva visión, ahora sabemos con quien caminamos y por qué lo hacemos, ahora comprenderemos mejor lo que es el Reino de Dios que tenemos que anunciar.

Es la montaña que eleva nuestro espíritu; es en la montaña donde nos llenamos de Dios, del encuentro con Dios; es la montaña de nuestra oración y es la montaña de la contemplación; es desde donde hemos de bajar a los caminos de la vida con una nueva luz, con un anuncio claro que tenemos que realizar, con una buena noticia que tenemos que proclamar. Jesús es el Hijo elegido y amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea.

domingo, 13 de marzo de 2022

Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

 


Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 9, 28b-36

¡Qué bueno está esto!, habremos dicho en más de una ocasión. Un lugar agradable, una agradable compañía quizás, unos momentos de convivencia y de fiesta en que lo pasamos bien, alguna experiencia de algo sorprendente por lo inesperado  pero que dejó buena experiencia en nosotros. Lo expresamos en ese momento, o más tarde lo recordaremos y lo comentaremos con los amigos que tuvimos la misma experiencia, rememorando momentos, anécdotas, conversaciones, experiencias tenidas, recuerdos.

Experiencias humanas agradables que tenemos en la vida. Que desearíamos quizás que se repitieran, aunque nos parezca que ya no va a ser igual, porque lo inesperado siempre le añade un nuevo y distinto sabor. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si así son nuestras experiencias religiosas. ¿Las recordamos a posteriori como algo irrepetible? Detrás de esta última pregunta pudieran surgir muchos interrogantes sobre nuestras celebraciones y experiencias religiosas.

Porque quizás muchas veces más que el recuerdo y el deseo de repetir dichas buenas experiencias se nos diluye o acaso sutilmente evitamos esas cosas. Nos habrá pasado a nosotros en la respuesta que hayamos dado a una invitación, o quizás ha sido lo que alguien nos ha respondido cuando le hemos invitado a alguna celebración, o a algún momento espiritual especial. ‘Cuánto me gustaría ir… a mi me gustan mucho esas cosas… pero es que ahora… tengo tantas cosas que hacer… no tengo tiempo… voy a ver si un día me libero de algunas de estas cosas y puedo asistir…’ Respuestas así - ¿disculpas o formas de escaquearnos? - habremos dado o nos han dado quizás.

Pero bueno, vayamos al evangelio. Ha motivado esta introducción la exclamación de Pedro y los discípulos ante lo que está sucediendo en la montaña. ‘Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Estaban disfrutando con la experiencia.

Habían sido especialmente escogidos por Jesús para llevarlos con El cuando se subió a aquella montaña alta para orar. A lo largo del evangelio san Lucas nos presentará a Jesús orando sobre todo en momentos importantes. Ahora van subiendo a Jerusalén y Jesús les está anunciando algo que a los discípulos les costará aceptar. Subían a Jerusalén para la Pascua y aquella Pascua iba a ser algo especial. El momento para Jesús humanamente también es difícil porque sabe a lo que se enfrenta. Pero por medio está la oración.

La oración, que hace sentir siempre de manera especial la presencia de Dios en la vida, en el camino, en las situaciones con las que vamos a enfrentarnos. Decimos muchas veces que pedimos ayuda, como diría Jesús también en oración de Getsemaní que pase de mí este cáliz, y Dios se hace presente. Es la experiencia del Tabor que hoy contemplamos en el evangelio. En ese momento de oración aparecen la Ley y los Profetas representados en las figuras de Moisés y Elías; es la búsqueda de lo que es la voluntad del Señor, es ese abrirnos a Dios para llenarnos de su presencia. Por eso allí en el Tabor se ven envueltos por la nube, envueltos por la presencia de Dios.


Entrar en la nube nos puede producir desazón, intranquilidad porque nos parece que no vamos a ver más allá, pero aquí es la nube de la presencia de Dios. Y Dios nos hará ver, Dios se hará escuchar allá en lo más hondo del corazón. Tenemos que entrar en la nube, tenemos que entrar en esa sintonía, tenemos que aislarnos de lo que está alrededor, tenemos que olvidarnos quizás de nuestros afanes y preocupaciones, tenemos que abrirnos a Dios. ‘Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle’.

Es lo que queremos hacer. vamos a quitar nuestros miedos, nuestras dudas, nuestras incertidumbres, las elucubraciones que nos hacemos ante las situaciones que están por venir, nuestros sueños que algunas veces pueden volverse oscuros y por eso inquietantes. Vamos a dejarnos conducir. Escuchemos allá en lo hondo del corazón el susurro de la presencia de Dios. Presencia que se hace luz para nosotros, presencia que nos llena de fortaleza, presencia que nos quita nuestros miedos, presencia que nos impulsa a bajar de la montaña para ir de nuevo a la llanura de la vida donde tanto tenemos que hacer, presencia que nos impulsa a seguir caminando, a realizar nuestra subida a Jerusalén, nuestra subida a la Pascua, presencia que nos recuerda los resplandores de la resurrección. Y es que a ese Jesús le vemos transfigurado con resplandores de resurrección y eso para nosotros tiene que convertirse en esperanza.

Vivamos con intensidad estos momentos en este camino cuaresmal, y en esta cuaresma concreta que ahora estamos viviendo. Sigamos haciendo el camino llenos de esperanza. Sigamos poniendo toda nuestra confianza en el Señor. Subamos a la montaña con El que a eso nos está invitando. No busquemos disculpas. Que podamos decir al final ‘¡Qué bueno es estar aquí!’

 

sábado, 19 de febrero de 2022

Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

 


Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

Santiago 3,1-10; Sal 11; Marcos 9,2-13

 ‘Ven conmigo que quiero contarte algo’, y el amigo nos sacó de aquella conversación en la que estábamos, o de aquel grupo de amigos con los que estábamos pasando el rato, y nos llevó en un aparte porque quería contarnos algo. Nos sentimos sorprendidos y halagados seguramente; no lo esperábamos y además estaba mostrando una confianza grande al contarme aquello tan especial. Buena consideración debía de tener de nosotros cuando así mostraba algo que no contaba a los demás.

¿Sería algo así cómo se sentirían aquellos tres discípulos cuando Jesús los llama y se los lleva con él para subir a aquella montaña alta? Ya sabían que a Jesús le gustaba retirarse a lugares apartados para orar; lo verían así en oración hasta noches enteras en distintos momentos, pero habitualmente se retiraba solo. Ahora hay que subir a aquella montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea y Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Después sabremos que en algún otro momento los escoge en particular a ellos también para momentos especiales.

No esperaban lo que allí en lo alto iba a suceder. Estando Jesús en oración y seguramente ellos medio adormilados por algún sitio, cansados quizás de la subida a la montaña, Jesús se transforma. Unos resplandores lo envuelven y sus vestiduras se llenan de un brillo especial. Y Jesús no está solo, pues junto a El estarán Moisés y Elías. Despabilándose ante tanto resplandor los tres discípulos están más que asombrados. Pedro se atreve a hablar porque no quiere que aquello se acabe. Se sienten en la gloria del cielo. ‘¡Qué bien se está aquí!’ y como nos narrará otro de los evangelistas ya está pensando en levantar unas chozas para que permanezcan y aquello no se acabe.,

Pero una nube los envuelve y una voz venida del cielo suena como un trueno sobre ellos. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. No soportan tanta emoción y les aturde la revelación que del cielo está viniendo y caen de bruces asustados. Jesús les saca de su aturdimiento y como en un despertar después de tanta emoción, allí está solo Jesús con ellos, que les recomienda mientras bajaban que aquello no lo contaran a nadie hasta después de que resucitara de entre los muertos. No terminan de entender, muchas preguntas siguen estando dentro de ellos. Aunque en los anuncios de la pasión les había hablado siempre de resurrección aun no terminan de entender.

Jesús quiere tener a sus discípulos cerca de sí. Se los llevó con ellos, nos dice en otra ocasión, igual que cuando eligió a los doce era para que estuvieran con El. Jesús nos quiere tener junto a sí. Solo estando con Jesús, solo sintiéndonos muy cerca de El es cómo comenzaremos a conocerlo de verdad. Es ahí en esa cercanía y en esa intimidad donde Jesús se nos da a conocer allá en lo más profundo de nuestro corazón. Como el amigo que nos lleva en un aparte porque quiere revelarnos unos secretos. Tenemos que dejar que Jesús nos tenga junto a sí, nos lleve con El.

Algunas veces parece que se nos complica eso de la fe y lo de ser cristiano. Son tantas las influencias que recibimos de todas partes que un poco parece que ese piso de la fe se nos tambalea debajo de nuestros pies. Hay pasos que nos cuesta dar, cosas que nos cuesta aceptar, valores que nos cuesta vivir, porque aparecen nuestros miedos, porque nos llenamos de dudas, porque las exigencias del camino de Jesús algunas veces nos parecen difíciles.

Parece que nos sentimos solos, parece que no llegamos a vivir esa presencia de Dios en nuestra vida, parece que los caminos se nos hacen demasiado pendientes y nos entran los cansancios. Quizá hay algo que no tenemos muy en cuenta, no le damos tanta importancia y lo abandonamos. Jesús quiere que estemos con El y a nosotros nos cuesta estar con Jesús, porque preferimos otras carreras u otros caminos. 

Y detenernos, hacer silencio dentro de nosotros, abrir bien los oídos del alma, entrar en esa sintonía de Dios para escucharle, para sentirle, para vivirle, es algo que nos cuesta y tantas veces lo dejamos para otro momento, o lo queremos hacer a la carrera. Veamos el tiempo que le damos a nuestra oración, veamos si creamos ese silencio interior para sentir a Dios en nuestra vida; en medio de los ruidos no lo podemos escuchar.

Dejemos que Jesús nos lleve con El, a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración. Aunque los ojos se nos cierren por el sueño intentemos mantener esa sintonía de Dios abierta. Y Jesús se nos revela, Jesús se nos da a conocer, Jesús nos hará vivir su presencia dentro de nosotros. Y bajaremos de la montaña también transfigurados, transformados, con nuevos bríos e impulsos, con nuevas ganas de seguir con toda intensidad el camino de Jesús.

viernes, 6 de agosto de 2021

La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

 


La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Tenemos que emprender un camino, pero sabemos que si escogemos ese camino vamos a encontrar muchas dificultades, quizás por la dureza del camino, por los obstáculos que nos vamos a encontrar, por los peligros que nos acechan, y claro tratamos de evitarlo, buscando las posibilidades de que haya otra ruta que sea menos difícil, o a última hora podemos desistir de realizarlo escudándonos en mil excusas.

Pero bien, lo que estamos diciendo puede hacer referencia a un camino, llamémoslo geográfico o físico que tengamos que realizar para ir de un lugar a otro; siempre puede haber maneras de evitarlo o de buscar las formas de suavizarlo.

Pero quizás mejor estaríamos hablando de una tarea que tengamos que realizar, una responsabilidad que tenemos o una misión que nos hayan confiado pensando en nuestras posibilidades y que con lo hacemos podríamos estar realizando algo maravilloso que no solo nos haría bien a nosotros sino también a muchos en nuestro entorno. Pero sabemos que no es fácil, ya nos han anunciado que vamos a encontrar dificultades y contratiempos, que quizás haya gente que va a estar en contra de lo que nosotros queremos realizar y nos van a hacer fuerte oposición que incluso nos hará sufrir mucho. ¿Qué hacemos? ¿Asumimos esa responsabilidad, esa misión que nos confían? ¿Queremos permanecer en lo cómodo de lo que ahora hacemos antes de complicarnos la vida en esa tarea nueva?

La vida no siempre va a ser fácil. Cuando nos sentimos comprometidos con nuestro mundo porque no estamos satisfechos con lo que vivimos o con los sufrimientos que vemos en los demás, somos conscientes que emprender la tarea de hacer que mejoren las cosas no es tarea fácil, porque hasta podemos encontrarnos incomprensiones en aquellos más cercanos a nosotros. muchas veces vamos a escuchar al oído lo que algunos llaman buenos consejos para que no nos compliquemos, sino que nos contentemos con hacer lo que buenamente podamos y que ya otros se encargarán, o terminaremos volviéndonos conformistas diciendo que el mundo es así y no hay quien pueda cambiarlo.

Podíamos decir que era la tesitura en que se encontraba Jesús en su subida a Jerusalén y lo que de alguna manera se le planteara a los discípulos aunque ellos no terminaban de entender; escuchaban las palabras y los anuncios de Jesús, pero escuchaban también los cantos de sirena que podrían brotar de sus propios corazones que fácilmente se volvían egoístas y ambiciosos y no entendían todo lo que Jesús les anunciaba.

Jesús les había venido diciendo que subían a Jerusalén y allí el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que terminaría crucificado. Pero ellos no entendían que eso le pudiera pasar a Jesús. Ya Pedro intentaría quitarle eso de la cabeza a Jesús y Jesús lo rechazaría porque era como una tentación del maligno para El. A Jesús tampoco le era fácil aquella subida a Jerusalén pero estaba dispuesto pues sabía cuál era su misión y la voluntad del Padre.

Hoy vemos que sube a una montaña alta, la situamos como el Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea, y se lleva consigo a tres de sus discípulos. Y allí Jesús va a orar, como hacía tantas veces que se retiraba a lugares apartados. Pero lleva a sus discípulos para que oren con El, aunque sus cabezas anduviesen por otros lados y por otras ambiciones. Necesitaban aquella experiencia que se iba a vivir en el Tabor. Como nos describe el evangelista, Jesús se transfiguró en su presencia, su rostro, sus vestiduras, la aparición de Moisés y Elías, imagen de la Ley y de los Profetas en la simbología bíblica, todo hablaba de algo distinto. Los discípulos que están experimentando aquella presencia de la gloria de Dios que así se manifestaba en Jesús quieren quedarse allí para siempre. ‘¡Haremos tres tiendas!’, se dicen.

Pero en medio de todo ello, una nube les envuelve, signo de la presencia de Dios que así envuelve nuestra vida cuando nos llenamos de Dios, y se escucha la voz desde el cielo. ‘Este es mi Hijo amado, el predilecto. Escuchadle’. A los discípulos ya todo aquello les supera y caen de bruces por tierra, llenos de temor por la presencia de la gloria del Señor. Pero Jesús se llega a ellos y los levanta para bajar de nuevo de la montaña.

Hay que bajar de la montaña y seguir el camino. Han subido al Tabor, pero también han de subir a Jerusalén. Hubieran preferido quedarse para siempre en la montaña. Pero el camino hay que emprenderlo y realizarlo. Aunque sea difícil, aunque haya que pasar por Getsemaní y por la calle de la Amargura, aunque haya que subir también al Calvario. Ahora tendrían ya que estar preparados. Esta experiencia del Tabor tiene que preparar sus ánimos y sus corazones, tendrá que poner fuerzas en sus pies y ser luz para el sendero que muchas veces se seguirá mostrando oscuro.

No solo miramos el recorrido de aquellos discípulos, sino que esto nos tiene que hacer mirar nuestro camino, el que tenemos que emprender sin ningún titubeo, el que tenemos que seguir en nuestras tareas y en nuestras responsabilidades, el que nos lleva a ese compromiso por un mundo mejor, aunque nos parezca tan difícil y tan costoso. Sabemos que detrás de todas esas oscuridades siempre está la luz, porque detrás del Calvario está la resurrección. Es la Pascua contínua que hemos de vivir en nuestra vida. 

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

domingo, 8 de marzo de 2020

Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios


Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2imoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9
Hay momentos en que la vida parece que da un volantazo, porque nos damos cuenta que no podemos seguir por donde íbamos, que quizá todo parecía fácil y entraba en una normalidad, pero de pronto los cosas se pusieron difíciles, íbamos como por una llanura y ahora nos encontramos subiendo una pendiente. ¿Por qué? nos preguntamos. ¿Por qué ahora tenemos que tomar este otro camino? Como cuando vamos haciendo un camino para llegar a algún sitio y de pronto el camino cambió, lo que era llano y suave se hizo subida, lo que parecía que no costaba, ahora nos exige un esfuerzo distinto. Nos habíamos acostumbrado y ahora el cambio cuesta. ¿Qué es lo que hay detrás que merezca este cambio?
¿Por qué tenemos que subir ahora esta montaña? Quizá se estaban preguntando aquellos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús se había llevado aparte y se había dispuesto a subir con ellos a aquella montaña. Iba a orar en lo alto ¿era necesario? Si Jesús oraba en cualquier sitio, en la noche solamente se apartaba un poco del resto y allí se ponía a orar. Pero ahora estaban subiendo y con no poco esfuerzo a lo alto de aquella montaña. La identificamos como el Tabor, que se alza en medios de las llanuras y valles de Galilea y es de costosa subida.
Cansados llegaron a lo alto y Jesús se dispuso para la oracion invitándoles a ellos a hacer lo mismo. Seguramente preferirían un descanso para entrar en un sopor que les hiciera recuperar las fuerzas, pero Jesús les estaba pidiendo con su propio ejemplo que se dispusieran a orar. Y comienza lo extraordinario y lo no esperado porque en la oración Jesús comienza a transfigurarse en su presencia. Su rostro resplandecía, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador, aparecía como nimbado por la gloria del Señor y allí estaban también Moisés y Elías junto a Jesús. Aquella presencia también iba a significar algo. Se quedaron ciegos de emoción y no querían que aquello se acabase.
Ya Pedro estaba disponiendo el levantar tres tiendas para que aquella visión continuase. ‘¡Qué bien se está aquí!’ fue su grito de exclamación y su deseo. La gloria de Dios los envolvía a ellos también. Una nube lo envolvía todo. La voz desde el cielo proclamaba que Jesús era el Hijo de Dios. ‘Este es mi Hijo amado. Escuchadle’, era la voz del Padre. Al escuchar la voz cayeron por tierra. ‘No temáis’, les dice Jesús y allí están solos con Jesús. ‘No habléis de esto a nadie hasta después de la resurrección de entre los muertos’, era el encargo que Jesús les hacia, pero había que bajar de nuevo de la montaña para seguir el camino. Había merecido la pena el esfuerzo y sacrificio de la subida.
Es tradición en la liturgia de la Iglesia que este segundo domingo de Cuaresma se nos presente este evangelio de la Transfiguración. Es una invitación, casi al principio de este camino cuaresmal, a que nos tomemos en serio del camino de la Pascua. Vamos subiendo con Jesús a Jerusalén. Un camino y una subida cuaresmal que no siempre es fácil, que exige su esfuerzo. Un camino que nos invita a seguir. Ni nos podemos quedar al pie de la montaña aplatanados por es fuerte el esfuerzo que se nos pide, pero tampoco nos podremos luego quedar en lo alto por muy bien que se esté allí, como se sentía Pedro.
El cristiano tiene que estar siempre en camino, caminos de superación y esfuerzo, camino de búsqueda de la presencia del Señor, caminos que se abren delante de nosotros bajando de la montaña o abriéndonos paso por los valles de la vida porque siempre tenemos que ir al encuentro del otro, al encuentro del mundo porque tenemos un anuncio que hacer. ¿Nos costará a nosotros también ese cambio que supone ponernos en camino en los caminos nuevos que se abren ante nosotros? ¿Hay algo que nos da certeza y seguridad?
A Abrahán Dios le pide, lo escuchamos en la primera lectura que se ponga en camino para ir a la tierra que el Señor le va a dar. Un camino de cierta incertidumbre porque no sabe hasta donde tiene que llegar, solo sabe que tiene que salir de su tierra y de la casa de su padre. Los apóstoles tras la visión de la gloria de Dios también han de seguir en camino, bajar de la montaña llevando con ellos un secreto que ahora no pueden revelar pero que es preanuncio para ellos de que en la pascua tras la pasión y la muerte va a haber resurrección. Luego tendrán que seguir haciendo camino porque será entonces cuando han de salir a hacer ese anuncio al mundo. ‘Id al mundo entero a proclamar esa buena noticia’, les dirá Jesús antes de la Ascensión. Serán testigos no solo en Jerusalén sino hasta los confines de la tierra.
La contemplación que hoy hacemos de la transfiguración es una invitación a ponernos en camino, a salir de nuestra casa, de la casa de nuestras comodidades y rutinas, para entrar en ese camino nuevo que se abre ante nosotros para que también hagamos el anuncio. Llevaremos con nosotros el secreto de la Pascua pero que hemos de transmitir a los demás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios y es nuestra salvación y la salvación del mundo que tenemos que anunciar.
No nos asusta la pascua porque aunque haya pasión y muerte tenemos la certeza de la vida y de la resurrección. Merece la pena el sacrificio de la pasión, como les mereció la pena el sacrificio y esfuerzo de la ascensión del Tabor para los tres discípulos que acompañaban a Jesús.
Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración también nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión – nos podemos sentir tentados como los discípulos en la pasión a abandonar y huir como salieron huyendo del huerto, o a encerrarse donde se sintieran seguros como estuvieron encerrados en el Cenáculo -, porque sabemos bien lo que hay detrás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios. Así hemos escuchado hoy la voz del Padre que nos lo certifica desde el cielo. Así podremos superar la tentación de la huida o del encerrarnos llenos de miedo en lugar cómodo donde nada nos pueda pasar.
Subimos hoy al Tabor de la Transfiguración porque queremos subir también con Jesús a su Pascua; nos gozamos  hoy con la gloria del Señor transfigurado como sentiremos la alegría de la resurrección para sentirnos enviados a llevar la Buena Nueva de la salvación al mundo que nos rodea.  Queremos vivir el compromiso de la Transfiguración y de la Pascua.