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miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.