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miércoles, 1 de abril de 2026

Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 


Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Cuando tenemos la sensación de que se acerca algo importante o cuando se nos anuncia un acontecimiento que de alguna manera puede marcar un antes y un después en nuestra vida, como cuando nos acercarnos a fechas que para nosotros son importantes porque han hecho historia en nuestra vida o en la vida de nuestro pueblo, lo normal es que nos preparemos bien sea para dejarnos sorprender eso que nos llega y no esperábamos, o hagamos las previsiones necesarios para esos acontecimientos que hemos de celebrar. Cuantos momentos de la vida nos pasamos preparando y en cierto modo pregustando ya hechos o fechas que consideramos importantes. Porque de la preparación y predisposición por nuestra parte va a depender lo que luego habremos de vivir.

Estos días que vivimos son días de mucho ajetreo en la preparación de todo lo que consideramos necesario para la Semana Santa en la que ya estamos, pero en donde siempre nos quedan cosas que preparar a última hora. Tremenda movida vemos estos días en nuestros templos y en torno a las imágenes sagradas. Estamos preparando la semana santa, nos decimos, y hay muchas cosas que hacer.

Pero aun así quizás tendríamos que hacernos con sinceridad la pregunta que le hacían a Jesus aquel día, vísperas ya casi de la Pascua, ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua?’, aunque no sé si quizás tendríamos que darle una vuelta a esa pregunta en un ¿qué tenemos que preparar para la Pascua o cómo tenemos nosotros que prepararnos para la celebración de la Pascua? Quizás no sean cosas, ni sea un lugar, sino algo más profundo.

También tendríamos que decir que si nos hemos tomado en serio y con toda sinceridad este camino cuaresmal que llevamos haciendo ya cuarenta días ahí hemos tenido que ir encontrando la respuesta a esa pregunta que nos estamos haciendo. Ese es realmente el sentido de la Cuaresma y esa mesa de la Palabra que se ha abierto día a día ante nosotros  habrá tenido que servirnos en esa preparación. Esperemos que el camino no haya sido en vano, aunque muchos cantos de sirena nos ha ofrecido la sociedad en este tiempo que nos habrán podido servir de distracción. Pero el cristiano que quiere vivir su fe con intensidad sabe que siempre se va a encontrar vientos en contra, vientos racheados que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestro camino y nuestro destino.

En el texto del evangelio es cierto que los discípulos andaban preocupados, al estar en Jerusalén y allí no tener hogar propio, por esa preparación de los detalles de la cena. Vemos cómo Jesús les señala dónde y ellos hacen los preparativos. Y el evangelista nos ofrece ya los primeros momentos de esa cena pascual, desde aquello que ellos estaban viviendo y desde lo que podían intuir por las palabras de Jesus. Estos preparativos y este principio de la cena que vienen enmarcados en momentos de sombras, teniendo en cierto modo como casi protagonista a Judas Iscariote. Por una parte se ha puesto en contacto con los sumos sacerdotes para la entrega, y por otra parte Jesús señalará ya desde el comienzo de la cena la traición que se está gestando.

Es el marco que nos ofrece la liturgia de este día en los diferentes textos de la Palabra de Dios y es el marco también que nosotros estamos poniendo con nuestra vida. El profeta nos presenta el tercer cántico del siervo de Yahvé, donde nos hablará de ultrajes y sufrimientos; ‘ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos’, nos dirá el profeta, pero al mismo tiempo por una parte la sensación de no sentirse abandonado ‘el Señor Dios me ayuda… mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mi?’, mientras nos enseña a decir una palabra de aliento y abre mis oídos para escuchar los lamentos.

¿Nos tendrá que hacer pensar todo esto en nuestros propios sufrimientos o en el sufrimiento que envuelve nuestro mundo? Creo que tenemos que tener conciencia de esto  y no lo podemos olvidar. Porque esto formará parte de la Pascua, nuestra pascua que hemos de vivir pero también de lo que ha de ser el anuncio de Pascua que nosotros hagamos a nuestro mundo. El Señor nos ofrece la mesa de la Pascua para que todos podamos sentarnos en su rededor; todos estamos llamados a esta mesa pascual, porque todos tenemos que sentir ese paso salvador de Dios por nuestras vidas como quiere hacerse presente en nuestro mundo, incluso en ese mundo que le da la espalda, porque la salvación es para todos, porque todos hemos de contemplar la gloria de Dios.

¿Cómo nos vamos entonces a preparar? ¿Qué disposiciones tiene que haber en nuestra vida? ¿A qué lugares concretos tendremos que ir para hacer más presente al Señor?

lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

 


Una subida a Jerusalén, un camino de pascua que nosotros hemos de hacer desde nuestra vida concreta

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…’ les dice Jesús a sus discípulos. tiene importancia esta subida, no es un viaje más, en otros momentos veremos a Jesús subir también a Jerusalén; de todas maneras la vida de Jesús con sus discípulos era itinerante, ya nos dicen los evangelista cómo iba recorriendo las distintas aldeas y pueblos de Galilea, lo veremos incluso en los confines de la tierra de los judíos cuando lo de la mujer cananea o cuando nos dicen que está en Cesarea de Filipo que era una ciudad muy al norte prácticamente en los nacientes del Jordán, o le veremos cruzar el lago para ir a la otra orilla, tierra de los gerasenos que ya no eran realmente israelitas.

Ahora van subiendo de nuevo a Jerusalén, no es una subida más a la pascua, sino que es la subida a la Pascua definitiva; de alguna manera entienden que algo va a suceder dado la premura con que Jesús hace el camino. Es lo que ahora les anuncia, su Pascua, ‘el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’.

¿Entenderían los discípulos lo que Jesús les está diciendo? En varias ocasiones les ha hecho este anuncio y siempre se quedaban dándole vueltas al asunto; en una ocasión Pedro se enfrentará a Jesús diciéndole que eso no le puede pasar; está hablando el amor que siente por Jesús, aunque cuando llegue la hora de la verdad ya sabemos cómo reaccionará. Por sus mentes pasan todos sus deseos y ambiciones, la idean que se habían hecho de lo que sería el Mesías, los sueños que tenían para sus vidas; tantas veces habían discutido sobre quien iba a ser el primero.

Ahora se adelantan los hermanos Zebedeos con su madre, quizás por aquello de que eran parientes; siempre andamos buscando afinidades para medrar, para conseguir algún beneficio, para adelantarnos a los demás porque nos creemos quizás con derechos; las influencias que todo quieren manipularlo, como nos sigue sucediendo, porque esas son las leyes por las que quiere regirse nuestra sociedad que aunque no sean leyes escritas sin embargo las llevamos muy impresas en nuestros sueños y en nuestros corazones. Queremos ser del grupo de aquellos que están cercanos al poder, a ver si cae algo, que tantas veces pensamos.

Cuando meditamos este evangelio nos choca esta reacción de los Zebedeos apoyados en su madre precisamente después de haber escuchado las palabras de Jesús. No siempre damos la verdadera importancia a las palabras que escuchamos sobre todo cuando tenemos muchos sueños en nuestra mente, nos pueden parecer palabras solemnes y bonitas dichas para la ocasión pero no sabemos o no queremos aterrizar con ellas.

Nos sigue pasando hoy cuando ahora mismo estamos escuchando este anuncio de Jesús de la subida a Jerusalén, y la estamos escuchando precisamente en este camino cuaresmal que estamos haciendo, porque nosotros seguimos pensando en la semana santa de la misma manera que la hemos celebrado siempre y la hemos edulcorado tanto que le hemos hecho perder el sentido y el sabor de la pascua. Es muerte y resurrección pero no como unas bonitas imágenes muy envueltas en ricos y lujosos ropajes a pesar de que queramos representar la pasión de Jesús, que nos olvidamos de la pasión que nosotros hemos de vivir, de la muerte en la que nos hemos de sumergir para que en verdad haya resurrección a nueva vida y entonces haya verdadera pascua.

¿No tendríamos que despojarnos de muchas cosas, de muchos ropajes, de muchas ideas preconcebidas para sumergirnos de verdad en la muerte de Jesús? ¿No tendríamos que comenzar a contemplar esa pasión que hay en nuestra vida en tanto que nos hace sufrir, en desgarros que se producen en nuestro espíritu en los problemas con los que cada día nos vamos encontrando, en esas situaciones tan complejas en las que nos vemos envueltos quizás por nuestros errores, quizás por las incomprensiones que encontramos a nuestro alrededor, o en los desaires que sufrimos tantas veces?

Es el camino de la pascua que hemos de recorrer en lo concreto de nuestra vida. Es la invitación que hoy nos hace la palabra del Señor en esta nuestra subida a Jerusalén de nuestra pascua.

domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 2 de abril de 2025

Camino cuaresmal que es camino pascual, camino en que renovamos nuestra fe en Jesús por quien pasamos de la muerte a la vida

 


Camino cuaresmal que es camino pascual, camino en que renovamos nuestra fe en Jesús por quien pasamos de la muerte a la vida

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

En el complejo mundo de nuestras relaciones humanas y sociales hay una serie de connivencias, de protocolos sociales podríamos decir, que respetamos y valoramos como algo fundamental para mantener esas mutuas relaciones. El que ha recibido un poder (notarial) de alguien va a actuar ante nosotros como un representante válido y como voz de aquel que le dio tal poder; a quien aceptamos como intermediario en cualquier tipo de intercambio le respetamos y valoramos su palabra y su intervención para lograr aquello que pretendemos por ejemplo intercambiar; quien viene como embajador representante de un gobierno o un país extranjero lo respetamos, lo escuchamos porque sus palabras son las de aquel gobierno o país que representa, es el enviado de aquel país. Y así podríamos poner muchos ejemplos.

Jesús hoy en el evangelio nos está diciendo que es el enviado del Padre y nos repetirá en muchas ocasiones que El hace y dice lo que recibió del Padre. Palabras, como vemos hoy, que son difíciles de aceptar para los judíos y que le van a conducir al rechazo que de ellos, de sus autoridades y dirigentes va a recibir. El pueblo sencillo que tiene otra sintonía para conocer las cosas de Dios sí proclamará en muchas ocasiones ante el actuar de Jesús que Dios ha visitado a su pueblo. Lo reconocen como profeta, y profeta es el enviado de Dios que habla palabras de Dios, y dirán de Jesús que es mucho más. Por supuesto que Jesús es mucho más que un embajador o un apoderado, porque es el Hijo de Dios, el Hijo del Padre que nos hace partícipes de la vida de Dios.

Jesús nos lo reflejará en aquella parábola en la que nos habla de la viña preparada por su dueño y que confía a unos agricultores, pero que a la hora de rendir cuentas se negarán a recibir a los criados enviados por el amo maltratándolos e incluso cuando les envía a su hijo lo matarán arrojándolo incluso fuera de la viña. Un resumen, podríamos decir, de lo que fue la historia de la salvación en aquel pueblo, que al final rechazará al enviado de Dios.

Jesús es el Hijo que habla las palabras del Padre, Jesús eses el Hijo que no hace sino lo que el Padre quiere, Jesús es el Hijo que nos va a enseñar una nueva forma de relacionarnos con Dios porque en El a nosotros también nos hace hijos y también nosotros podemos llamarle Padre. ‘Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió’, termina diciéndonos hoy en el texto del evangelio que hemos escuchado.

Por eso anteriormente nos había dicho: ‘En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro’.

Así se nos manifiesta Jesús. Así hemos de poner toda nuestra fe El. Es el camino de vida, es el camino de la salvación, es la buena nueva que nos ofrece el Evangelio. ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’. Es el camino que hemos de recorrer, por lo que tenemos que esforzarnos, la manera de abrir nuestro corazón a Dios y nos podremos llenar de vida.

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida. Creer en Jesús es vivir la Pascua, sentir como desde lo más hondo de nosotros mismos nos transformamos y nos sentimos con nueva vida. Es el camino que ahora en esta cuaresma estamos haciendo para que la Pascua se haga realidad en nuestra vida. Camino cuaresmal que es camino pascual.

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


jueves, 15 de febrero de 2024

No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 


No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1; Lucas 9, 22-25

Cuando nos invitan a hacer un camino queremos saber a donde vamos, cual es la meta, qué se nos ofrece, las dificultades que vamos a encontrar en el camino o si acaso es un camino fácil y llevadero. Muchas cosas nos preguntamos, muchas cosas queremos saber. Y es normal, porque tenemos que prepararnos, porque tenemos que saber si merece la pena por lo que vamos a encontrar, a pesar de las dificultades que vamos a encontrar o de los esfuerzos que tenemos que realizar. Tenemos que saber a ver si estamos dispuestos o no, o si estamos preparados. Sería insensato meterse a hacer un camino a lo loco.

Ayer iniciamos un camino, y por el nombre que le damos ya sabemos su duración. Pero hemos de tener clara la meta, es una subida a Jerusalén, una ascensión; como también hemos de saber los medios que vamos a emplear, o que están disponibles en nuestras manos. La liturgia no se guarda los secretos para si, y ya desde este primer momento nos está diciendo el sentido de esta subida a Jerusalén. Nos lo dice claramente el evangelio, ‘Mirad que subimos a Jerusalén…’ y Jesús nos aclara:’ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. O sea, habrá sufrimiento, habrá muerte, pero también al final se nos anuncia la vida. ‘Ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Lo va a repetir muchas veces.

Jesús va delante en esa subida, y ya hemos de tener claro lo que va a significar, el sentido que tiene. Y Jesús nos invita – no nos obliga – a ir con El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mi…’ si alguno quiere venir conmigo. Este es el camino, un camino de donación y de entrega, un camino donde será necesario que nos anonademos, como lo hizo El de condición divina pero que tomó la imagen de esclavo, se hizo el último y el servidor de todos, entregó su vida para que nosotros tengamos vida. Y es a lo que nos invita.

Lo hemos de tener claro. Y a eso es a lo que nos invita. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?’

Nos invita a que hagamos como El. Tomar la cruz, entregar la vida. Algo que hay que hacer con valentía y con decisión. No podemos andar a medias tintas. Ya nos dirá que ‘con El o contra El’ porque ‘quien no recoge conmigo, desparrama’. Y esa es la manera de ganar, aunque parezca que perdamos. Pero es que libremente, como El lo hizo, tenemos que entregarnos. Es ponernos en camino, en actitud de servicio, olvidándonos de nosotros mismos, no buscando ganancias del momento, porque tenemos que saber perder para poder ganar la vida.

No es tarea fácil, pero es el camino que aunque nos parezca estrecho es que nos lleva a la vida eterna. Seguro que nos gustaría tener todas las ganancias y riquezas del mundo en nuestras manos, pero, como nos dice, ‘¿de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos la vida, si perdemos el alma?’ No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, del orgullo, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir.

‘Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’, que nos decía el libro del Deuteronomio. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino?

miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

 


Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

También nosotros queremos milagros, buscamos milagros. De muchas maneras lo manifestamos. Muchas veces nuestra vida religiosa se manifiesta de manera especial en torno a santuarios, ya sea de la Virgen, del Señor o de algún santo de nuestra devoción, que tengan una cierta relevancia, que de alguna manera se conozca por las cosas maravillosas que hemos escuchado que allí se han realizado.

Esta imagen es muy milagrosa, decimos con frecuencia cuando invitamos a alguien a que visite dicho santuario, le pasamos una imagen impresa, o nos acercamos allí en un día de fiesta especial o en momentos en que estemos en situaciones difíciles. ¿Cuál es nuestra oración? Que aquellos problemas se nos resuelvan, que nos veamos libres de aquellos peligros, que Dios se manifieste con su poder para vernos libres de aquella enfermedad, solucionar aquel problema, o que nos aparezca la suerte en la vida.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos la queja de Jesús sobre la gente que le rodeaba que no hacía sino pedirle signos, cosas milagrosas para creer en él, una tentación fácil que tenemos es criticar y juzgar a aquellas gentes porque teniendo a Jesús en medio de ellos no se les había despertado una auténtica fe, y lo que hacían era pedir milagros para creer en El. Pero, pensemos un poco, ¿qué es lo que en el fondo estamos haciendo nosotros con la manera que habitualmente expresamos nuestra religiosidad?

También queremos signos, también queremos pruebas, también buscamos en Dios muchas veces ese refugio y solucionador de nuestros problemas, también tenemos nuestras quejas de lo mal que anda el mundo, y pensamos en violencias y guerras, en miseria, pobreza, hambre de tanta gente, y de una forma u otra nos preguntamos dónde está Dios. Vemos el mal que se genera en nuestro mundo desde las ambiciones de los poderosos, desde las injusticias de tantos que solo quieren acaparar todo para si sin mostrar signos de compasión para los demás, y estamos pensando en cómo Dios no arrasa del mundo toda esa maldad, a todas esas personas que así obran. Son quizás los argumentos de tantos para terminar perdiendo la fe, para no creer.

¿Qué estamos realmente haciendo nosotros por mejorar nuestro mundo? Escuchamos de verdad – y en este caso quiero pensar en nosotros los que venimos a la Iglesia, los que decimos que tenemos fe y nos llamamos religiosos y muy cristianos – ¿escuchamos de verdad, digo, la palabra de Jesús en el evangelio y nos dejamos transformar el corazón para comenzar a actuar con actitudes y valores nuevos por hacer que nuestro mundo sea mejor?

Los signos tenemos que comenzar a darlos nosotros que nos decimos cristianos y seguidores del evangelio de Jesús. pero también tenemos que saber abrir los ojos para contemplar muchos signos en las cosas que cada día suceden en nuestro entorno, en las personas que están alrededor que con su generosidad saben compartir con los demás, que con sus gestos sencillos de ternura y cercanía van poniendo semillas de un mundo nuevo en nuestro mundo. Abramos los ojos para ver esas señales, porque en ellas se nos está manifestando Dios y nos está señalando esa nueva manera de actuar que hemos de tener nosotros en el compromiso de la vida de cada día.

No busquemos señales externas de cosas maravillosas sino seamos capaces de sentir y escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esas llamadas que Dios nos está haciendo a través de esas cosas sencillas que podemos descubrir en los demás. Sepamos abrir de verdad nuestro corazón para encontrar en Dios esa paz que necesitamos, pero que nos va a obligar, por así decirlo, a buscar la paz con los que me rodean, con los que están a mi lado, con los que muchas veces no tengo toda la paz requerida. Esos nuevos gestos de amor y de paz que voy a tener con los que me rodean, aunque muchas veces nos cueste, son ese verdadero milagro de Dios en nuestra vida que va a transformar nuestro corazón.

Que este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales de Dios en nosotros y en los que caminan con nosotros.