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lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.


martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


jueves, 6 de febrero de 2025

Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

 


Tenemos que arriesgarnos más a salir a hacer el anuncio del evangelio y dar signos y señales del Reino de Dios, porque ese fue el mandato de Jesús

Hebreos 12,18-19. 21-24; Salmo 47;  Marcos 6,7-13

Una buena noticia, solemos decir, corre como la pólvora, una vez que se enciende no hay quien la pare; pero para no hacerlo tan violento me gustaría decir que es como un buen perfume, tan pronto se destapa el frasco su fragor lo envuelve todo. El bien se difunde por si mismo, decían los clásicos, no lo negamos, pero puede suceder también que nos hagamos oídos sordos y no queramos escuchar. Por otra parte quien posee ese don precioso no se lo puede guardar para si mismo, esperando que sean los otros quienes vengan a buscarlo, que si no tienen noticia de él tampoco sabrán a donde acudir, sino que quien posee esa inmensa sabiduría tendría que ir a regalarla a los demás.

¿Será eso lo que hacemos los cristianos? Tenemos hoy el peligro de quedarnos muy satisfechos con lo que tenemos pero nos lo guardamos de puertas adentro; ¿seremos acaso como aquel servidor a quien se le confió un talento y lo guardó y lo enterró por miedo a perderlo y no lo puso a negociar?

Hablamos hoy mucho de nueva evangelización y no sé lo que estamos entendiendo por esa nueva evangelización; quizás nos cuidamos de tener de iglesia adentro muy bonitas celebraciones, celebramos muchas fiestas de santos y hacemos muchas novenas, nos cuidamos mucho nosotros dentro de nuestro circulo pero no nos estaremos arriesgando a salir, como nos dice el Papa Francisco, a las periferias para llevar ese mensaje del evangelio que de verdad transforme nuestro mundo; quizás nos cuidamos mucho de puertas adentro para que no se nos vayan los que tenemos y no sé realmente si lo que le estamos ofreciendo es ese evangelio comprometido que nos anuncia Jesús.

Pero ¿salimos a llevar?, ¿salimos a buscar?, ¿salimos a compartir la sabiduría que nosotros tenemos con el evangelio?, ¿salimos a contagiar esos valores del evangelio desde nuestras vivencias y nuestro testimonio? Confieso que me preocupa, y me preocupa por mi mismo que no sé si lo sabré estar haciendo.

Es claro lo que hoy nos dice el evangelio. Aun no eran muchos los que con fidelidad seguían a Jesús. No es solo aquellas multitudes que en ocasiones se reunían sino que se trataba de aquellos que estaban más cerca de Jesús y que querían vivir lo que Jesús les estaba enseñando. En este caso son solo doce los que Jesús ha escogido; pero Jesús los envía de dos en dos para que fueran anunciando también la llegada del Reino de Dios como Jesús había venido haciendo, y nos dice que les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, o sea, que tenían que dar también las señales de ese Reino de Dios, hacer los signos que Jesús realizaba transformando el mundo que le rodeaba alejándolo del mal.

Jesús los envía y ellos partieron, salieron a anunciar esa Buena Noticia, y nos dice el evangelista, que iban realizando aquellos signos para los que Jesús les había dado poder. No se quedaron al lado de Jesús, se pusieron en camino; más tarde vendrán contando cómo les había ido en aquella misión que Jesús les había confiado. Igualmente en otro momento nos dirá el evangelista que envió a setenta y dos con esa misma misión. ¿No nos dice esto nada para nuestras posturas, para esa nueva forma de evangelizar que tenemos que realizar hoy en nuestro mundo?

No digo que no se haga nada porque la Iglesia en el mundo de hoy está dando muchas señales de la vivencia del Reino de Dios, pero sí es cuestión de preguntarse si con solo doce apóstoles se pudo salir por el mundo para transformarlo, con todos los que hoy nos decimos que creemos en Jesús ¿qué es lo que estamos haciendo? ¿Por qué no hay esa transformación de nuestro mundo? ¿Faltará un testimonio más auténtico de  todos los cristianos de hoy en medio del mundo?  Creo que son cosas que tendrían que hacernos pensar y decidirnos a comenzar a dar respuestas.

sábado, 1 de febrero de 2025

Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

 


Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal. Lc. 1,69-75; Marcos 4,35-41

Estar en camino tiene sus riesgos, es tener metas claras, es afrontar peligros o cometer errores, en la incertidumbre que siempre llevamos por dentro si acaso nos hayamos equivocado, nos exige esfuerzo, deseos de búsqueda y de superación, es encontrarnos con algo nuevo que pueda ser desconocido y tenga unas nuevas exigencias. Pero es la vida; quedarnos anquilosados no es vivir, encerrarnos en un cascarón es como volver para atrás, no podemos acallar los sueños que nos hacen buscar algo distinto, aunque tenga sus riesgos.

Es la vida, decíamos; es el camino también al que nos lleva la fe, es la apertura que pone en nuestra vida el estar con Jesús, el decir que somos sus discípulos. Aunque en ocasiones haya momentos en que nos parezca que estamos solos. Es de lo que nos está hablando hoy el evangelio. Jesús que les dice a los discípulos ‘vamos a la otra orilla’. 

Y hay un montón de circunstancias en torno a esta invitación de Jesús. Han de atravesar el lago. Pero es también el atardecer y cruzar la distancia hasta la otra orilla cuando ya pueden comenzar a aparecer las sombras de la noche, puede ser que no sea plato de buen gusto. Pero en esta ocasión no fueron solo los nubarrones oscuros de la noche sino también los nubarrones de la tormenta que se levantó cuando iban a medias en la travesía. Las olas y los vientos batían contra la barca y comenzaron a tener miedo de zozobrar. Y Jesús dormía.

Quien había levantado a los discapacitados de sus camillas, quien había hecho recobrar la vista a los cielos, quien había limpiado a los leprosos, quien se había manifestado con poder frente a los espíritus inmundos. ¿Ahora no podía o no quería hacer nada para sacar a sus amigos de la posible zozobra en medio de aquella tempestad? Jesús dormía. Parecía no importarle nada de lo que estaban pasando.

¿Se atreverían a despertarle? ¿Acudirían a El pidiendo socorro como lo hacían los enfermos y los paralices, los ciegos y los leprosos, los que se veían azotados por aquella posesión del maligno? Acudirían ellos también a despertarle. ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’

¿Serán también las dudas que algunas veces nos puedan atormentar en esa travesía de la vida cuando nos sentimos sin fuerzas, nos parece que estamos abandonados, el cielo de la vida se nos llena de nubes oscuras, tenemos los vientos en contra? Es cierto que así nos sentimos en muchas ocasiones cuando se nos hace difícil la vida, cuando el camino se nos hace oscuro, cuando nos entran dudas por dentro, cuando también se nos tambalea la fe.

Quizás nos metimos en la boca del lobo, porque se nos debilitó nuestro espíritu, no cuidamos suficientemente nuestra fe, nos dejamos arrastrar por las pendientes de las tentaciones y no pusimos suficiente cuidado; nuestras debilidades nos fueron envolviendo, nos dejamos influir por el ambiente pagano que nos rodea, fuimos perdiendo un sentido sobrenatural y religioso en nuestra vida porque fuimos abandonando muchas cosas buenas que nos hubieran ayudado a mantener la llama de nuestra fe encendida, y ahora nos cuesta levantarnos, ahora andamos cegados de tal manera que no somos capaces de darnos cuenta que el Señor no nos deja solos; y nos quejamos de que está dormido, que no nos escucha, que no atiende a nuestras suplicas cuando fuimos nosotros los que no le escuchamos porque preferimos entretenernos con otros cantos de sirena.

Tenemos que sentir una sacudida muy fuerte dentro de nosotros que nos haga despertar; somos nosotros los que estamos dormidos, o peor aun, como muertos en la situación a la que hemos llegado. Despertemos y no temamos decirle a Jesús, aunque parezca una recriminación, ‘Maestro, ¿es que no te importa que nos hundamos?’ Cuando lleguemos a ser capaces de decir eso es porque ya estamos nosotros despertando y comenzando a darnos cuenta de donde tenemos que dirigir nuestros pasos.

Jesús va a estar ahí, junto a nosotros, para ponerse en pie y calmar la tormenta. Y vendrá una gran calma. Sentiremos de nuevo la paz, porque estaremos sintiéndonos inundados de su amor. Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos. No temamos ponernos en camino, ir a la otra orilla con Jesús. Es un riesgo que merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre.

viernes, 12 de enero de 2024

Hay parálisis que nos impiden arriesgarnos a algo nuevo, a iniciativas y tareas nuevas, entramos en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de romper moldes

 


Hay parálisis que nos impiden arriesgarnos a algo nuevo, a iniciativas y tareas nuevas, entramos en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de romper moldes

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Sal 88

Hay quienes antes las dificultades que les va ofreciendo la vida se sienten paralizados, no saben qué hacer ni qué rumbo tomar, como si se les pusiera una pared delante que fueran incapaces de atravesar; pero bien sabemos que hay gente no solo con iniciativas, sino también con una gran fuerza interior ante los que nada se les interponga que los haga reaccionar y encontrar salidas.

Es esa fuerza interior que les hace ser creativos, que les hace buscar salidas sin temor a equivocarse, son los que en la lucha de la vida han aprendido a superarse, tienen deseos de crecer, de ser mejores, de hacer las cosas de la mejor manera, los que no se contentan con rutinas, los que siempre están en camino de búsqueda. Tenemos que aprender, no nos podemos dejar vencer los miedos, no podemos decir que no podemos o no sabemos sin haberlo intentado.

Pero, claro, están también los que lo único que saben hacer es poner dificultades, agrandar los obstáculos con sus miedos, los que desconfían de lo que pueda ser una nueva iniciativa o una novedad, los que te quitan las ganas de luchar. Que muchos en la vida vamos encontrando así, siempre con ojos negativos, siempre viendo sombras, siempre contemplando o aportando imposibles. Son los que no solo están paralizados sino que quieren paralizar a los demás, porque parece que su función es quitar las ganas de los otros.

Nos encontramos hoy con un pasaje evangélico que si al menos fuera eso en lo que nos hiciera pensar, ya estaríamos logrando hermosas enseñanzas. Allí vienes unos hombres de buena voluntad que conducen en una camilla, o con los medios que tuvieran, a un paralítico porque quieren hacerlo llegar delante de Jesús para que lo cure. Y se encuentran con la dificultad de que no pueden pasar porque hay mucha gente alrededor de Jesús y parece imposible que por la poeta puedan hacerlo entrar. Nadie se quitará de en medio para dar paso, porque todos quizás igualmente quieren estar cerca de Jesús. Pero aquellos hombres no se arredran, encontrarán un camino, desde el tejado harán descender a aquel paralítico a los pies de Jesús.

Cuando queremos conseguir algo buscaremos la forma de resolver los problemas. No tienen miedo a las reacciones que pudieran encontrar; para comenzar el dueño de la casa podría protestar porque le están estropeando su terraza. Pero serán otros los que crearán oposición; ya conocemos el relato; pudiera parecer no conseguido lo que pretendían porque Jesús se preocupa más de perdonar los pecados, que de hacer mover aquellas piernas. Pero otros comenzarán a poner obstáculos en el camino.

Quieren de alguna forma restarle autoridad a Jesús para lo que está haciendo. No serán capaces de descubrir la grandeza del signo que Jesús quiere realizar; es algo más hondo que el curar unas piernas paralizadas lo que Jesús quiere realizar, porque muchas son las parálisis que tenemos en la vida, como le está sucediendo a aquellos que se ponen a criticar la actuación de Jesús. Tenemos que descubrir la grandeza de los signos que Jesús realiza incluso en aquellas curaciones.

Es lo que tendría que hacernos pensar.  ¿Cuáles son las parálisis que hay en mi vida que no solo me paralizan a mí sino que puede ser causa de parálisis para los que me rodean?

La parálisis que me impide buscar algo nuevo, iniciativas nuevas, tareas nuevas, porque hemos entrado en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de descubrir eso nuevo que puede mejorar mi vida, aunque sea costoso, aunque tenga que romper moldes, aunque tenga que arriesgarme.  Pero son también las trabas que como zancadillas también tantas veces ponemos al esfuerzo, a la lucha por la superación, a las ganas de crecer que puedan tener tantos a nuestro lado.

No le rompamos nunca las alas a los que quieren volar.

martes, 18 de octubre de 2022

Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

 


Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Ponerse en camino… es fácil decirlo, pero uno se lo piensa. ¿A dónde vamos? ¿Con qué contamos para el camino? ¿Sabremos hacer el camino? ¿Quién nos acompaña? ¿Tendremos fuerzas para llegar a la meta que nos proponemos? Y comenzamos a darle vueltas y vueltas, queriendo prepararlo todo, tenerlo todo bien atado para que nada nos falle, para que no fracasemos. ¿Será aquello de quien quiere levantar una torre primero tiene que ver si tiene las posibilidades de acabarla? ¿Tendremos que andar con esos cuidados antes de ponernos en camino?

Solo los arriesgados se lanzan poco menos que a ciegas, porque quieren la aventura. Están los deseos de llegar a otros sitios y conocer otros lugares y otras personas; está la curiosidad de lo que está más allá y ahora permanece oculto pero que podemos conocer; estará también la voluntad de querer llevar lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida para que quienes están más allá puedan conocernos o conocer cuales son los ideales que podamos tener en la vida.

¿Nos atreveremos a ponernos en camino? De alguna manera en la vida siempre andamos en camino, conscientes o no, siempre estamos queriendo ir a otro sitio, encontrarnos con otras personas, conocer lo que hay mas allá; y entramos en relación con las personas que nos vamos encontrando en el camino, y vamos aprendiendo unos de otros… estamos poniéndonos en camino de una forma o de otra.

Pero nos estamos haciendo todas estas consideraciones porque hemos escuchado hoy en el evangelio que Jesús nos pone en camino. Pero, tremendo desconcierto; Jesús rompe de alguna manera nuestros esquemas, porque nos dice que no llevemos nada para el camino, lo imprescindible para caminar; que no andemos buscando previamente donde quedarnos, sino allí donde vamos nos tenemos que dejar acoger por quien nos abra las puertas de su casa y comer lo que tengan y nos pongan. Pero sí nos dice que no es un camino cualquiera el que vamos a hacer, porque vamos a llevar un mensaje, vamos con unas actitudes nuevas en nuestro corazón porque es un mensaje de paz el que hemos de llevar, porque con nuestras actitudes, con nuestra manera de actuar estaremos haciendo presente el Reino de Dios.

Esa es la maravilla de este texto del evangelio, de este envío que nos hace Jesús. Ponernos en camino. Y tenemos que llevar la paz, aunque nos encontremos un mundo en guerras y divididos; tenemos que ir con disponibilidad del corazón y espíritu abierto para dejarnos acoger, pero también para ir de un sitio para otro si en algún lugar no nos reciben bien pero nunca con resentimientos en el corazón y siempre con el anuncio claro de lo que vamos a llevar, el anuncio del Reino de Dios.

Decíamos que en la vida estamos siempre de camino, ¿pero seremos conscientes del envío que nos hace Jesús y de lo que en cada momento tenemos que hacer? Nos ponemos en camino para tantas cosas, curiosidades como decíamos antes, o chismorreos los unos de los otros que más bien crean división y no fomentan la paz. Tenemos que ser conscientes de que allí donde vamos, allí donde estamos siempre hay una misión que cumplir, un anuncio que hacer, un testimonio que dar.  Cuánto de bueno podríamos estar haciendo en cada momento si fuéramos más conscientes de lo que es nuestra misión como cristianos en medio del mundo.

Allí donde estás, en los ambientes en que te mueves, con los vecinos con los que convives cada día, ¿no tenemos un anuncio que hacer? ¿Dónde está el espíritu misionero que desde que creemos en Jesús siempre tiene que haber en nuestra vida?

sábado, 14 de julio de 2018

Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor


Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor

Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

Ya una apetecería quizá que la vida fuera como un agradable paseo por lugares de encanto ya conocidos, sin sobresaltos ni preocupaciones porque todo fuera armonía y paz. Sin embargo, por una parte sabemos que la vida no es así, pero también tendríamos que reconocer que al final resultaría aburrida sin el aliciente de descubrir algo nuevo o de enfrentarse a nuevos y más valiosos retos. Claro que el descubrir algo nuevo nos puede llevar a sorpresas y sobresaltos, podríamos encontrar cosas que nos incomoden y al mismo tiempo nos exigiría un esfuerzo de superación y de crecimiento. Pero así es la vida, así hemos de tomarla y descubrirla, así hemos de darle un nuevo sentido y un nuevo valor a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Claro que esa variedad de situaciones nuevas nos pueden producir cierta preocupación y ciertos miedos. Aparecen los miedos y los temores muchas veces en la vida, ante lo incierto que podemos descubrir tras ese recodo del camino, ante la reacción que podamos encontrar en quienes nos rodean por lo que hacemos o por lo que aspiramos, ante el temor de que podamos perder lo que hemos logrado hasta el presente, y así muchas cosas más que nos llenan de temores el espíritu. Pero es necesario arriesgarse para darle intensidad a la vida, de lo contrario se convierte en algo insulso y sin sabor.
Temores nos surgen en nuestro interior ante la reacción, como decíamos, de los que nos rodean, pero también ante la oposición que podamos encontrar; oposición que se puede volver violenta muchas veces, porque ya sabemos lo que sucede cuando hay demasiadas ambiciones en juego y tememos perder algo nuestro o algo conseguido. No es un mundo en paz el que nos rodea, bien lo sabemos, y más cuando nosotros queremos presentar con valentía esos valores en los que creemos porque nos decimos y queremos ser seguidores de Jesús y vivir el sentido de su evangelio del Reino.
Hoy por tres veces escuchamos en el evangelio decir a Jesús ‘no tengáis miedo’. Ha venido hablándoles Jesús cuando los ha enviado a hacer un primer anuncio del evangelio de las dificultades que iban a encontrar; iban como mensajeros de paz y no siempre encontrarían esa paz, sino que podría convertirse en rechazo; las palabras de Jesús tienen un largo alcance que no se reduce a aquel primer momento, sino que les hablará de persecuciones de todo tipo. Ya les había dicho que estuvieran preocupados por lo que habrían de responder o cómo defenderse porque el Espíritu pondría palabras en su boca. Ahora les dice que no tengan miedo.
Si Dios protege a los pajarillos del campo o cuida de la belleza de las flores nosotros valemos mucho más y Dios siempre cuida de nosotros. Por eso en ese caminar muchas veces incierto por los caminos de la vida no hemos de dejarnos aturdir por el temor, no podemos perder la paz del corazón. Algunas veces quizá nos sentimos tan confundidos que no sabremos como reaccionar; no podemos perder la paz, con nosotros en la vida camina el Señor y su Providencia nos protege. Es la confianza de los hijos.
La verdad y la luz han de resplandecer porque creemos en el que ha vencido a la muerte y ha salido vencedor sobre las tinieblas. Nos tenemos que confiar a su luz, nos tenemos que dejar guiar por la fuerza del espíritu, tenemos que arriesgarnos en la vida y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor.

sábado, 27 de enero de 2018

El que cree en Jesús mantiene siempre un corazón joven, vivo e inquieto para abrir caminos nuevos con la novedad del evangelio a pesar de las oscuras tempestades que nos da la vida


El que cree en Jesús mantiene siempre un corazón joven, vivo e inquieto para abrir caminos nuevos con la novedad del evangelio a pesar de las oscuras tempestades que nos da la vida

2Samuel 12,1-7a.10-17; Sal 50; Marcos 4,35-41

Aventurarnos a lanzarnos a descubrir caminos nuevos en la vida nos da miedo, nos resulta costoso tomar la decisión. Es algo nuevo y desconocido y queremos asegurarnos muy bien con lo que nos vamos a encontrar. Por mucho espíritu de aventura que tengamos sentimos cierto temor, y si en los primeros pasos que vamos dando  nos aparecen las dificultades y contratiempos sentimos la tentación de volvernos atrás.
Pero creo que es necesario arriesgarnos a algo nuevo; no nos podemos quedar en conservadurismos que nos atan al pasado y no nos dejan avanzar. Encontraremos dificultades pero sabemos que también encontraremos caminos, aunque las tormentas puedan ser fuertes. Es la aventura, podríamos decir, del crecer y es lo que nos hará más maduros en la vida; es el espíritu joven e inquieto que no tendríamos que perder porque entonces se nos envejecería el corazón.
Es la forma de salir de rutinas que nos adormecen, que anquilosan nuestra vida. Es el corazón que se tiene que sentir siempre joven y que es capaz de superar cansancios y desalientos. Es como en verdad podemos ir logrando un mundo nuevo y mejor, que creo que tendría que ser la aspiración de todos.
‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús hoy a los discípulos. Pero tendrían que atravesar el lago. Sí, también en el camino de nuestra fe, en lo que es vivir nuestra vida cristiana tenemos que escuchar también esa invitación de Jesús. Seguir a Jesús es estar en camino que eso viene a significar la palabra discípulo. Como lo hacían los discípulos que iban de un lado para otro a donde Jesús les llevara, que se ponían en camino o se subían a la barca para ir a la otra orilla.
Esta vez se encontraron una tempestad en el lago. Sucedía muchas veces por la situación geográfica en la que estaba situado, pero es como nos sucede a nosotros también tantas veces. Les entró miedo y pensaban que se hundían, aunque Jesús estaba con ellos pero estaba dormido en un rincón de la barca. Nos sucede tantas veces en la vida y por eso en tantas ocasiones nos da miedo a arriesgarnos, a emprender cosas nuevas, a abrir caminos para llevar el evangelio a otras partes, o abrir nuevos surcos donde sembrar una y otra vez la semilla.
Tempestades, temores que nos vienen de nosotros mismos porque no tenemos confianza o  nos confiamos demasiado solo en nuestras fuerzas; temores ante lo que nos vamos a encontrar porque no siempre lo que nos rodea nos es favorable; temores por nuestra propia debilidad, la debilidad también en muchas ocasiones de nuestra fe, y tememos no saber como confrontar nuestra fe con ese mundo en el que vivimos y donde incluso podemos encontrar rechazo.
Tempestades y temores porque las tentaciones nos acosan y somos tan ciegos que no nos damos cuenta que con nosotros está siempre el Señor. Aunque en medio de esa tempestad nos parezca sentir el silencio de Dios tenemos la certeza de que El está ahí, la fuerza de su Espíritu no nos va a fallar.
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ nos dice también el señor a nosotros. No nos acobardemos, arriesguémonos a emprender el camino, a cruzar al otro lado, a llegar allá donde parece que nadie llega, a ir a ese mundo desconocido o adverso, allí tenemos que dar testimonio de nuestra fe. Que la rutina nunca adormezca nuestra fe. Que el miedo no nos paralice y nos encierre en lo de siempre. Que no se nos anquilose el corazón sino que siempre nos manteamos con espíritu joven e inquieto.
La novedad del evangelio siempre ha de encontrar caminos nuevos que nos lleven a los demás. Con nosotros está el señor. Nada nos separará del amor de Dios.