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sábado, 18 de abril de 2026

Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21 Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos. Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración. Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes. Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra. Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto. Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio. Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.

 


Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos  cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21

Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos.

Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración.

Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes.

Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra.

Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto.

Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio.

Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.


viernes, 9 de enero de 2026

Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

 


Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

1Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

Los temores en la vida nos obnubilan, vivir con el espíritu lleno de miedos y temores  nos difuminan la realidad y nos impiden ver con claridad, dejarnos atenazar por esos temores que vamos sintiendo en tantas ocasiones en la vida nos impiden ser nosotros mismos, nos llenan de desconfianzas y si hay desconfianza rechazamos cuando se nos pueda ofrecer porque siempre estamos en la sospecha de lo malo que nos pueda suceder; ese temor y ese miedo con que muchas veces andamos en la vida en cierto modo nos hace esclavos, nos resta libertad  para actuar con una verdadera sabiduría.

No hablo de que tengamos que atravesar en una noche oscura un camino solitario, o atravesar la soledad de una calle vacía y quizás mal iluminada; estaríamos viendo fantasmas por todos sitios, cualquier movimiento aunque fuera una simple rama de un árbol impulsada por el viento nos hace ver peligros y nos crea angustias en nuestro camino. Pero también otros muchos temores que nos van apareciendo y angustiando nuestra vida. ¿Quizás que descubran algo que no hicimos bien y que ha estado callado y oculto? ¿Qué se descubra la poca autenticidad y la incongruencia con que vivimos cuando no hay sinceridad?

El temor a quien es más poderoso porque nos parece que un día nos va a despojar de lo que tenemos o de lo que somos, el miedo a asumir responsabilidades porque creemos que somos incapaces, el asumir los cambios que nos va ofreciendo la vida por temor a no saber a dónde nos llevan, el definirnos ante situaciones nuevas que se nos presentan porque no queremos llegar a nuevos compromisos, los problemas que nos van apareciendo en la vida que nos parecen que nos hunden para no encontrar salidas… muchas cosas que nos hacen ir acobardados por la vida y que en consecuencia nos vuelve ciegos para ver lo nuevo que se nos ofrece o las cosas maravillosas que podemos hacer. Son las dudas que llevamos en nuestro interior que nos hacen desconfiados.

Hoy Jesús nos dice en el evangelio que no tengamos miedo, ¿por qué somos personas de tan poca fe? El episodio del evangelio de hoy tiene unos rasgos bien significativos. Ha caído la tarde y se hace de noche, están atravesando el lago tan fácil a que se despierten tormentas inesperadas en él, vienen de la montaña donde han sucedido cosas que aunque por un lado despiertan entusiasmos también les llenan de dudas porque no terminan de entender qué es lo que hace Jesús y por qué lo hace.

Además van solos en la barca, porque Jesús se ha quedado en tierra para despedir a la gente que se había congregado, y la barca parece que en la noche no avanza quizás por una brisa en contra. Se van metiendo en la boca del lobo, como se suele decir. Para mayor susto ahora les parece ver que alguien viene caminando sobre el agua hacia ellos. ¿Cómo se puede caminar sobre el agua sin hundirse? No puede ser sino un fantasma. Como tantos fantasmas con los que nosotros llenamos nuestra mente cuando andamos con temores y desconfianzas que nos impiden ser nosotros mismos.

Son distintos episodios de los que nos habla el evangelio en relación con aquel lago donde aparecen esos miedos y desconfianzas y esa falta de fe. ¿Por qué dudáis, hombres de poca fe?, parece que se repite en labios de Jesús, como cuando lo de la tempestad calmada, o como en la pesca milagrosa que la sorpresa hará que los pobres pescadores se sientan poca cosa ante el misterio de Dios y casi quieren apartarse de Él, o como será más tarde aquel otro amanecer junto al lado, donde Jesús no estaba y se sentían impotentes para la pesca, pero desde la orilla alguien -¡Es el Señor!, dirá luego el discípulo amado cuando lo reconoce – les indica por donde han de echar la red. ‘Soy yo, no temáis’, les dice en esta ocasión. Encontremos el amor y todo tendrá nueva luz en la vida,  como el discípulo amado que supo reconocer al Señor, dejémonos conducir por el amor y nos sentiremos seguros porque sabemos que el Dios que nos ama está siempre a nuestro lado.

¿Escucharemos nosotros esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza? Lo necesitamos tantas veces en la vida en nuestros miedos y cobardías.

sábado, 12 de julio de 2025

‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Salmo 104;  Mateo 10,24-33

Algunas veces andamos por la vida acobardados y llenos de miedos; unos miedos que nos coartan a la hora de tomar decisiones, siempre andamos en la duda, la desconfianza, el pensar en el qué dirán, la inseguridad en nosotros mismos; algunas veces muchos actos de valentía aparente que manifestamos quizás hasta llenos de violencia son seguramente fruto de esa inseguridad interior y de esos miedos que persisten en nosotros pero que no queremos reconocer o no queremos que se hagan manifiestos; quizás nuestra inmadurez, la falta de haber fortalecido bien nuestra personalidad nos vuelva tímidos e inseguros, y reflotan nuestros miedos; hay que pensar las cosas y buscar un razonamiento, pero muchas veces las queremos pensar tanto que al final no tomamos ninguna indecisión, precisamente por ese miedo interior que mantenemos.

Hemos venido hablando en un plano meramente humano, pero tendríamos que plantearnos también estas preguntas en nuestra espiritualidad, en el campo de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano. ¿Qué tal somos? ¿Nos habrá faltado una profunda experiencia de índole religiosa, en el campo de nuestra fe y eso también nos vuelve inseguros, indecisos y cobardes? Hemos de masticar bien esas buenas experiencias de índole religiosa que hayamos tenido en la vida, pero que luego no nos sucede que como los discípulos en Getsemaní huyamos también y nos escondamos.

Por tres veces escuchamos en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece que no tengamos miedo. Ante la tarea que tenemos ante nosotros con lo que Jesús nos ha confiado nos llenamos de miedos. ¿Seremos capaces de enfrentarnos a ese mundo hostil que nos rodea? ¿Tendremos palabras para responder a sus cuestionamientos que muchas veces se puedan convertir en enfrentamientos? Y si como nos dice Jesús que el discípulo no es más que su maestro, y si al maestro le hicieron lo que le hicieron ¿no tendremos miedo también a la cruz que también a nosotros se nos va a ofrecer?

‘No tengáis miedo’, nos dice Jesús. Tendremos palabras y tendremos fortaleza porque El nos ha garantizado que el Espíritu de Dios estará con nosotros y nunca nos dejará solos. No tengamos miedo a lo que nos puedan decir o a la oposición que podamos encontrar. No tengamos miedo porque Dios no nos deja de su mano, que valemos mucho más que los pajarillos que vuelan en los cielos y Dios cuida con detalle de ellos.

No tengamos miedo a obrar el bien y la justicia, no tengamos miedo a la verdad y mostrémonos con autenticidad y congruencia, no tengamos miedo a la entrega y al compromiso por una causa buena, no tengamos miedo a hablar del amor gratuito y generosos de Dios que hemos experimentado en nuestra y cuya experiencia hemos de saber compartir con los demás.

El mundo quizás nos está gritando de desconfianzas porque son muchas las incongruencias que encontramos, la vanidad y la falsedad con que se llenan las vidas, donde parece que ya no podemos creer en nadie, pero ante ese mundo nos mostramos con valentía porque tenemos que ser testimonio ante ese mundo de lo que es la verdad, de lo que es el verdadero amor, de lo que vale la sinceridad y la congruencia en la vida. Sin miedos, con valentía tenemos que dar nuestro testimonio, porque no hablamos de oídas, sino de lo que nosotros mismos hemos experimentado en nuestras vidas.

Pero no tengamos miedo a otras cosas que necesitamos y que algunas veces olvidamos en la vida. No tengamos miedo al silencio que nos hace bucear en nuestro interior, no tengamos miedo a esos momentos de soledad porque hacemos silencio de los ruidos que nos rodean pero porque queremos sintonizar con Dios para escucharle interiormente y para sentir y experimentar su fuerza; no tengamos miedo de ir a encontrarnos con su Palabra con la mente bien abierta, como abierto llevamos el corazón para escuchar lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios quiera confiarnos. No tengamos miedo de sentirnos débiles ante Dios porque en El es en quien vamos a encontrar nuestra fortaleza, y le diremos que no nos deje caer en la tentación, que nos libre de todo mal, pero que nos libere también de nuestras autosuficiencias y vanidades, de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, pero dejarnos purificar el corazón.

‘No tengáis miedo’, nos dice el Señor. ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Confiemos.

lunes, 10 de abril de 2023

Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

 


Sorpresa y alegría en el encuentro con el Señor resucitado y necesidad de anunciarlo aunque seamos unos pecadores para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15; Mateo 28, 8-15

Si algo que teníamos muchos deseos que sucediera, cuando ya parece que habíamos perdido la esperanza vemos que nos sucede, seguro que la alegría que sintamos será grande, se desbordará muy efusivamente de nuestro corazón; alguien que amábamos con especial amor y que de repente desaparece de nuestra vida y nos parece que ya no volveremos a encontrarlo, si de pronto viene a nuestro encuentro y tenemos la certeza de que ya nunca más lo vamos a perder seguro que nos volveremos locos de alegría.

Aquellas mujeres habían ido llenas de desconsuelo aquella mañana al sepulcro para completar los ritos funerarios de quien había sido el amor de sus vidas y había muerto violentamente; tan violentos habían sido aquellos momentos que por razón del sábado y de la fiesta de la pascua ni siquiera habían podido embalsamarlo debidamente. Ahora venían con el deseo de poderlo realizar, sin pensar ni siquiera quien les correría la pesada piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba rodada, allí no estaba el cuerpo que buscaban y un ser celestial les anuncia que está vivo y vayan a comunicarlo al resto del grupo.

Sorpresa, alegría, miedo y temores quizás, muchas cosas se amontonaban en sus espíritus. Mayor fue la sorpresa, ahora llena de una alegría que nadie podría arrebatarles cuando en el camino de regreso Jesús les sale al encuentro. Los temores se difuminan, ‘no temáis’, les dice Jesús, y la envía con la misión de anunciarlo al resto del grupo. Las primeras misioneras, las primeras enviadas y ahora con la gran noticia que tenía que conmocionar el mundo.

Luego veremos que ni los propios discípulos las creen, pero será el principio de los que rechazan, de los que no quieren creer, de los que siempre lo van a poner en duda, incluso como imaginación de unas mujeres visionarias. Pero será también el principio de una fe que ira creciendo poco a poco y hará que en verdad la noticia se difunda. Ha llegado hasta nuestros días.

Es lo que vivimos y se sigue repitiendo. Es lo que provoca nuestra fe y tendrá que seguir siendo anuncio al mundo que nos rodea. Querrán poner en duda nuestras palabras y nuestras creencias, nos llamarán visionarios y soñadores, pero es algo de lo que estamos convencidos y aun con la debilidad de nuestra vida pecadora tenemos que seguir anunciando.

Como lo hizo Pedro en aquella mañana de Pentecostés como hemos escuchado en la primera lectura. Allí estará Pedro el que profundamente amaba al Señor y que había estado dispuesto a dar la vida por su Señor, pero el que no siempre entendía las palabras y los anuncios de Jesús queriendo quitarle incluso de la cabeza la idea de subir a Jerusalén si allí había de suceder cuanto anunciaba Jesús. 

Allí está Pedro el de la confesión en Cesarea de Filipo el que se deja revelar en su corazón los misterios de Jesús o el que subirá a lo alto de la montaña donde pretenderá edificar unas para que lo que allí está viviendo no se acabe; el Pedro que valiente llevará una espada al huerto, pero que ante las insinuaciones de unas criadas o de quien había participado también en el prendimiento de Jesús niega conocerle; el Pedro que más tarde sentirá la alegría de volver a encontrarse con Jesús y se tirará al agua para llegar más pronto y que le confesará su amor que quiere que ahora de verdad sea para siempre.

Es el Pedro con sus luces y con sus sombras, pero que ahora lleno del Espíritu de Jesús resucitado lo anunciará sin miedo a represalias, sin esconderse en el cenáculo y tendrá la valentía de decir que aquel Jesús que habían crucificado y dado muerte Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías. No teme ahora Pedro porque está convencido de quien es Jesús, el Mesías de Dios, el Hijo de Dios, a quien un día la voz del cielo le había dicho que había que escuchar y seguir. Se acabaron ahora los temores.

Es también nuestra misión. Es el anuncio que hoy, en el año 2023, también con esas nuestras debilidades que arrastramos tras nosotros tenemos que anunciar. No tiene ya que importarnos que nos digan que si hicimos o que si fuimos, porque ahora nos sentimos unos hombres nuevos con el perdón del Señor, con su salvación que nos envuelve. 

No somos nosotros los importantes y por eso no importan ni nuestros méritos ni nuestros deméritos, no importa que quizás nos suceda como aquellas mujeres a las que no creyeron y que a nosotros no nos quieran creer algunas veces ni los propios discípulos del Señor, porque lo importante es el anuncio que tenemos que hacer. 

Tenemos que anunciarlo para que todos puedan verlo y para que todos puedan creer en El.

 

domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 


Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

Cuando tenemos que hacer una petición, presentar una súplica o una instancia ante algún organismo o alguna entidad determinada, solemos muchas veces decir, bueno vamos a echarla a ver si tenemos suerte y lo conseguimos, que siempre con el no vamos por delante. Será mucha quizás la necesidad de aquello por lo que estamos suplicando, pero parece muchas veces que vamos con la derrota por delante, somos demasiado conformistas en si lo conseguimos o no lo conseguimos, nos falta confianza en nosotros mismos, pero también por supuesto desconfiamos del poderoso o de aquel que tiene en sus manos la resolución de lo que pedimos.

Pero eso nos sucede también en nuestra vida espiritual, en nuestra vida religiosa, y nos cansamos y aburrimos en nuestras oraciones no tenemos la confianza de una fe profunda en nuestro interior. Y claro, luego decimos, Dios no nos escucha. Pero ¿con qué confianza has presentado tu oracion? ¿Cuál es la seguridad interior que tenemos cuando nos presentamos a Dios?

Es todo lo contrario de lo que vemos hoy en el evangelio en el caso de aquel centurión que viene a pedirle a Jesús por el criado que tiene en casa muy enfermo. Tiene la seguridad de que Jesús le va a escuchar, que no será necesario ni siquiera el que Jesús vaya a su casa para curarle.

Cuando el centurión le cuenta a Jesús su problema, del criado que tiene enfermo de muerte, y Jesús le dice que El va a curarlo – Jesús que se quiere acercar junto al lecho del enfermo, como hizo con la hija de Jairo, como hizo con el paralítico de la piscina, como le vemos tantas veces a lo largo del evangelio – aquel centurión le replica. ‘Señor, no soy digno…’ tú puedes hacerlo con tu palabra, igual que yo le doy órdenes a mis soldados o a mis criados para que hagan las cosas. Pero es que yo no soy digno de que entres en mi casa.

¿Se sobresaltó aquel hombre porque Jesús le dijo que iba a ir a su casa? Ya sabemos que lo que predominaba en aquel corazón era la fe, una fe humilde, pero una fe grandiosa. Algunas veces quizás nosotros nos sobresaltamos por nuestros miedos, por no querer quizá comprometernos, porque la presencia de Jesús nos interroga por dentro, porque el encuentro con la gracia cambiaría quizás muchas cosas en mi vida.

Pedimos, pero quizás nos quedamos en unas posturas lejanas y poco comprometidas, unas posturas llenas de temores y de complejos, porque quizá no queremos que los demás se enteren. Y no dejamos que el sacerdote llegue junto al lecho de un familiar enfermo disculpándonos que el enfermo se va a morir del susto; y no queremos que nos vean que nosotros somos muy religiosos; y no nos manifestamos públicamente con nuestra fe, porque ahora no sé lo que van a pesar de mi; no queremos llevar visible un signo religioso porque parece que eso chocaría con la mentalidad de nuestro alrededor que decimos tan moderna; y disimulamos nuestras posturas o nuestros principios porque para la gente de ahora no son las cosas políticamente correctas… Cuántos disimulos, cuántas posiciones ocultas, cuántas cobardías, cuántos miedos, cuántos complejos…

Pero aquel centurión si no quería que Jesús fuera a su casa no era sino porque no se consideraba digno; él confiaba plenamente en la palabra salvadora de Jesús y era solamente eso lo que necesitaba; él no se quería poner con exigencias aunque desde su posición de poder como centurión pareciera que fuera una postura fácil, aunque con Jesús ya sabemos que eso no valía. Mereció la alabanza de Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Y aquel centurión no era un israelita, era un romano, era un gentil.

¿Necesitamos algo más? copiar la fe, la confianza absoluta y la humildad de aquel hombre.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

 


Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

Daniel 6, 12-28; Sal: Dn. 3,68-74; Lucas 21, 20-28

En estos días finales del ciclo litúrgico se nos proponen unos evangelios que nos hablan de los tiempos finales y de la destrucción de Jerusalén con un luego apocalíptico que, hemos de confesar, nos llenan de una cierta angustia y de temor. Podríamos decir que es una reacción normal por nuestra parte, porque a nadie le gusta la muerte ni la destrucción y en cierto modo se nos contagia esa angustia de la que se nos habla para esos tiempos finales.

La muerte siempre es un desgarro en la vida, porque queremos vivir y nos querríamos que la vida se acabara; pensar en el final de algo nos puede traer angustia y desasosiego, porque se producen en nuestro interior incertidumbres y preguntas. ¿Cómo será ese final? Hasta el final de un partido de cualquier deporte si se está viviendo con cierta intensidad produce desasosiego en quienes lo están viviendo o incluso en quienes lo están contemplando. Como no se nos va a producir ese desasosiego si se nos habla del final de la vida o del final del mundo.

Cuando en nuestro entorno contemplamos catástrofes en la naturaleza, ya sea por condiciones climatológicas adversas como temporales u otro tipo de catástrofes como las que se están viviendo en nuestras islas estos días, meses ya, con el volcán, algo dentro de nosotros nos hace estar inquietos, brotan los temores y las angustias ante lo que sucede o ante el futuro incierto que se avecina. Pero como ya hemos reflexionado en otros momentos es reflejo también de esas luchas de la vida a las que cada día hemos de enfrentarnos.

Y hoy Jesús nos dice que levantemos la cabeza, que son momentos de liberación. Nos cuesta entender. Parece más bien todo lo contrario porque lo que se está generando muchas veces es angustia y sufrimiento. ¿Cómo entender las palabras de Jesús? Jesús siempre quiere poner esperanza en el corazón, que no nos falte la paz del espíritu por muy fuertes que sean las tormentas.

¿Qué nos sucede cuando nos vemos envueltos, por ejemplo, en una tormenta? Queremos tener un refugio seguro, no nos queremos sentir solos, queremos el amparo de aquellos seres que nos aman; el niño se refugia en las faldas de su madre, por decirlo de alguna manera, y nosotros buscamos aquellas personas que nos dan seguridad y que infunden con su presencia serenidad en nuestros corazones.

¿Nos sentimos solos ante las incertidumbres de la vida? ¿Nos sentimos como abandonados cuando esas angustias se nos meten en el alma? Quizá la peor angustia sea la de la soledad que nos da inseguridad porque no sabemos a donde agarrarnos, en quien apoyarnos o al menos nos parece que no está junto a nosotros.

Por eso tenemos que escuchar con toda atención las palabras de Jesús. Sus palabras nos dan una seguridad y una confianza, sus palabras quieren llenar de serenidad nuestro corazón. Nos había dicho Jesús en el evangelio. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Que no nos pasen desapercibidas estas palabras.

‘Verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’. Nos está diciendo Jesús que no nos vamos a sentir solos, que tiene que haber angustia en nuestros corazones, que El está con nosotros. Es un aspecto que tenemos que resaltar, que no podemos olvidar, la presencia del Señor que se manifiesta a nuestro lado. Algunas veces vamos tan enfrascados en nosotros mismos – fijémonos que la palabra enfrascados significa estar metidos dentro del frasco – que solo estamos viendo lo turbio que pueda haber dentro de nosotros y no vislumbramos la luz que más allá hay.

Por eso nos dice que nos despertemos, que levantemos la cabeza, que no nos materialicemos tanto que solo nos miremos los pies. Nos encerramos y perdemos la perspectiva; no nos miramos sino la punta de la nariz y no vemos lo que hay más allá, no miramos sino las sombras que tenemos dentro de nosotros y no somos capaces de ver la luz que se nos ofrece. Con Jesús otra perspectiva se ofrece a nuestra vida.

sábado, 10 de julio de 2021

No nos dejemos envolver por los miedos y temores que nos paralizan sino con valentía y arrojo arriesguémonos por el anuncio de los valores del Reino de Dios

 


No nos dejemos envolver por los miedos y temores que nos paralizan sino con valentía y arrojo arriesguémonos por el anuncio de los valores del Reino de Dios

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Sal 104; Mateo 10,24-33

‘No tengáis miedo…’ ¿Por qué habremos de tener miedo? Hay mucha gente temerosa. Siempre están como mirando para atrás como si alguien los persiguiera. Es una forma de decir. Temerosos, indecisos, con miedo a lo nuevo, con miedo a arriesgarse, con miedo al ridículo, con miedo al que dirán, con miedo a equivocarnos, con miedo al que nos pueda echar en cara algo, o con miedo a que nos corrijan o incluso puedan castigarnos por lo que hemos hecho, con miedo a que no sepamos contentar a todos, con miedo a que conozcan lo que pensamos, con miedos… y podemos seguir haciendo una lista muy grande.

Miedos que paralizan, que nos acobardan; miedos que son lastres que no nos dejan avanzar; miedos que nos esclavizan, o a ese mismo miedo, o a quienes se aprovechan y pueden manipularnos. Miedos que no nos dejan ser libres, que coartan nuestro crecimiento humano y espiritual, que nos mantienen en una inmadurez, que nos quitan la paz. Si nos ponemos a pensar pueden seguir saliendo muchas cosas de nuestros miedos y que de alguna manera pudieran también definirnos a nosotros mismos.

Ese ‘no tengáis miedo’ con que hemos comenzado y que nos ha hecho saltar esa cascada de miedos que nos pueden inundar, son palabras de Jesús que nos repite hoy en el evangelio hasta en tres ocasiones. Pero también serán muchos otros los momentos en que nos invita a confiar y a no tener miedo, porque El quiere llenarnos de la paz verdadera.

Hoy, en el texto que se nos ofrece en el evangelio, nos habla de que no tengamos miedo ante las situaciones variadas que nos podamos encontrar cuando vamos a hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. Nos hace falta coraje y valentía. Podremos tener el mundo en contra, pero tenemos la seguridad de lo que vamos a anunciar y tenemos la alegría en el corazón de que lo que anunciamos lo vivimos o lo queremos vivir. La verdad del evangelio que vamos a anunciar nos da seguridad y nos llena de alegría.

Con esa alegría, sin ningún temor, hemos de ir a hacer ese anuncio. Sería lo peor que pudiéramos hacer si vamos sin alegría y si vamos con miedo. No dará seguridad tampoco a quienes nos escuchan. La alegría con que nos manifestamos y proclamamos el evangelio es garantía de la verdad que anunciamos, porque significa que nosotros creemos en ese evangelio y que es posible vivir ese evangelio que anunciamos. De ninguna manera nos podemos manifestar con temor.

Y como nos dice también no tengáis miedo a los que puedan matar el cuerpo. La verdad de la vida permanece; nuestro sacrificio si fuera necesario es la garantía de nuestra verdad. Nuestra confianza está puesta en el Señor. Y Dios es un Padre providente. ‘Quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos’, nos dice Jesús. Por eso no hemos de tener miedo, como nos está invitando hoy Jesús.

Aquellos miedos y temores que describíamos al principio también pueden envolvernos en el camino de nuestra fe y en el testimonio que hemos de dar ante el mundo de esa fe que vivimos. A veces parece que diera la impresión que los cristianos andamos acobardados y llenos de miedo. No aparecemos ante la sociedad en la que vivimos como esos testigos y valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y temores nos paralizan y nos acobardan.

Nos sentimos apabullados por el sentido del mundo y nos acobardamos; muchas veces nos ponemos a hablar y nos quejamos de los derroteros por los que anda nuestra sociedad pero no terminamos de ser valientes para preguntarnos cuanta parte de culpa podemos tener los cristianos por la dejación que hacemos de nuestra responsabilidad y del compromiso de nuestra fe. Hacen falta cristianos valientes y arriesgados, testimonios vivos llenos de compromiso que digamos y manifestemos que otra sociedad es posible, que también hay otros valores que le darán profundo sentido y sabor nuevo al mundo en que vivimos. 

Quizá en un momento determinado nos encandilamos porque podíamos hacer grandiosas manifestaciones de religiosidad, como podían ser nuestras solemnes y hasta pomposas procesiones, y podemos pensar que tenemos que volver a esas viejas prácticas y costumbres y con eso todo está hecho. Quizá no nos hemos preocupado tanto de hacer crecer los verdaderos valores del evangelio en el corazón de los mismos cristianos, y eso nos haya conducido por caminos de frialdad y tibieza espiritual y cristiana que otros hayan aprovechado para introducir sus pensamientos o sus ideologías. ¿Dónde hemos estado los cristianos verdaderamente transformando nuestro mundo desde los valores del evangelio? Nos ha faltado valentía y arrojo, nos hemos dormido en algunos laureles y ahora estamos muy llenos de miedos.

Aquí está la Palabra de Jesús que nos invita a confiar.

sábado, 8 de mayo de 2021

Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

 


Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Muchas veces nos puede la inseguridad en lo que hacemos o decimos. Quizás nos falta tener ideas claras, pero también la suficiente madurez para saber mantener nuestra postura sin dejarnos influir por miedos, desconfianzas – que son muchas veces en nosotros mismos – o temor a que lo que hacemos no sea, como se suele decir, lo políticamente correcto. ¿Y qué es actuar según lo políticamente correcto? Pues ocultar nuestra personalidad, dejarnos influir por el ambiente, por lo que los otros piensan o dicen, y si aquello que yo voy a expresar se va a encontrar en contradicción a lo que piensan los demás, me lo callo y me acomodo.

Quizás nos sentimos apabullados por la palabrería de los demás, crea inquietud en nuestro corazón lo que vemos que hacen los demás pero no somos capaces de enfrentarnos, optamos por la callada o a algo parecido a la huida. ¿Dónde está nuestra personalidad? ¿Por qué tenemos que andar siempre con acomodos y no somos capaces de entrar en un diálogo abierto y valiente con los que nos rodean para expresar también nuestra opinión? Se habla mucho hoy de libertad de opinión, pero muchas veces en los que escuchamos parece que los únicos que pueden tener libertad para expresarse son ellos y lo demás no vale nada, y así nos achicamos y nos escondemos. No es fácil, es cierto, entrar en diálogo con los demás.

Eso que puede pasar en muchas facetas de la vida, es algo desgraciadamente muy común en nuestra vida cristiana, en la vida de muchos cristianos. Nos cuesta enfrentarnos al mundo que nos rodea que parece que quiere apabullarnos, y con aquello que decíamos de la libertad de expresión hoy en nuestra sociedad pareciera que los únicos que tienen libertad de expresión son los que van contra todo sentido religioso o van contra la Iglesia. Si quieres expresar tu pensamiento desde tus principios y tu fe, no se nos respeta y vienen las descalificaciones y no sé cuantas cosas más.

Lo que hoy Jesús nos dice en el evangelio es querer prevenirnos precisamente para eso que nos vamos a encontrar en el mundo. Como no queremos actuar según los criterios del mundo, como decíamos antes, simplemente actuando desde lo políticamente correcto, nos vamos a encontrar oposición y persecución.

‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, nos dice Jesús. Y no recuerda que el siervo no es más que su amor, que lo que hicieron con El con nosotros también lo harán.

Haciendo una lectura lineal del evangelio y viendo los acontecimientos que siguieron a estas palabras, llegamos quizá a comprender que los discípulos tuvieran miedo a los judíos y por eso en el día de Pascua estaban encerrados en el Cenáculo. Si a Jesús habían logrado llevarlo hasta la Cruz, ¿qué no harían con sus discípulos? Claro que aun no habían recibido la fuerza del Espíritu que Jesús les había prometido. Más tarde cuando el sanedrín les prohíbe hablar de Jesús e incluso llegan a azotarlos, ellos salen contentos por haber padecido por el nombre de Jesús.

Jesús nos anuncia lo que nos podrá pasar, la oposición y persecución incluso que vamos a tener que sufrir, pero nos promete la asistencia y la fuerza del Espíritu. En los próximos días lo iremos escuchando en el evangelio en esta cercanía ya al final del tiempo pascual y a la fiesta del Espíritu, la fiesta de Pentecostés.

Todo esto nos hace pensar en la necesaria madurez y profundización de nuestra vida cristiana. Algunas veces somos demasiado infantiles, y nos dejamos influenciar por esos miedos y temores al qué dirán o a lo que puedan hacer incluso con nosotros. Tenemos que fortalecernos en el Espíritu del Señor, tenemos que profundizar en nuestra fe para que nos sintamos seguros, tenemos que ahondar en una verdadera espiritualidad porque será desde esa hondura donde podremos en verdad con la fuerza del Espíritu dar respuesta a los retos que se nos plantean hoy en nuestro mundo.

lunes, 5 de abril de 2021

Jesús nos sale al paso también haciendo que nuestro corazón rebose de alegría alejando de nosotros todo temor

 


Jesús nos sale al paso también haciendo que nuestro corazón rebose de alegría alejando de nosotros todo temor

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15;  Mateo 28, 8-15

‘Alegraos, no temáis…’ Es la invitación que nos hace Jesús, son los sentimientos que tienen que embargar nuestro corazón, es la alegría de la Pascua que nos envuelve, es la paz que sentimos en lo más hondo de nosotros mismos porque ya se acabaron todos los temores.

No son solamente palabras, palabras bonitas que nos dedicamos en estos días. Es cierto que de lo que rebosa nuestro corazón se sale por nuestras palabras, pero también por todo nuestro ser. Y cuando el corazón rebosa de gozo y alegría las emociones se hacen muy patentes y rebuscamos y rebuscamos sin saber donde o como encontrar expresiones que hagan aflorar de lo que rebosa nuestro corazón. Pero en verdad tiene que ser algo vivo, algo que está metido en lo más hondo de nosotros mismos haciéndose carne de nuestra carne, o que nos hace rebosar del Espíritu del cielo que llena nuestro corazón.

Jesús saluda a aquellas buenas mujeres que han ido al sepulcro con las buenas intenciones de embalsamar su cuerpo con una invitación profunda a la alegría, pero como con la sorpresa se han quedado medio paralizadas con la emoción, al mismo tiempo Jesús les dice que no teman. Cuando las cosas nos sobrepasan, van mucho más allá de lo que no hubiéramos podido esperar, y es mucho más grandioso de todo lo que hubiéramos imaginado, nos quedamos como sin saber que hacer y un cierto temor reverencial se apodera de nosotros. Es lo que estaba sucediendo a aquellas mujeres que ante el vacío del sepulcro, la aparición de los ángeles y ahora el encuentro con el mismo Jesús resucitado las desbordan y no saben ni cómo reaccionar.

‘No temáis…’ les dice Jesús. Ya no hay ninguna razón para el miedo ni para el temor. Allí está Jesús a su lado. Es verdad. Verdaderamente ha resucitado. No lo creen ya porque se los hayan dicho los ángeles, sino que ellas mismas lo han experimentado.

Contrasta esta parte del evangelio con las mujeres llenas de fe y de alegría con el episodio que a continuación nos narra el evangelista. Allí están los que no quieren creer, allí están los que han rechazado a Jesús. Allí están los que han cerrado su corazón a la posibilidad de algo nuevo y renovador. Allí están los que no quieren levantar los velos que ciegan sus ojos y encierran su corazón para aceptar la realidad de lo que incluso los mismos guardas del sepulcro son testigos. Por eso querrán poner más impedimentos para que la noticia se propague. De nada les sirvieron los sellos con que sellaron la entrada del sepulcro para que nadie pudiera entrar porque saltarían por los aires cuando la energía nueva y viva del resucitado salió vencedor del sepulcro. Ahora aunque con sobornos traten de sellar los labios de quienes fueron los primeros testigos, la mentira terminará por saberse y descubrirse cayendo en mayor descrédito para ellos mismos.

Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida, había proclamado Jesús un día y así ahora se estaba proclamando esa verdad que llenaba de nueva vida el mundo. Solo necesitamos ponernos en camino, en su camino, seguir sus huellas y sus pasos para empaparnos de su vida, para proclamar la verdad de la Salvación que solo en Cristo podemos alcanzar.

Allí estaba la verdad; no importa que Pilatos maliciosamente se preguntase que era la verdad, porque también su corazón se había cegado y no había sido capaz de discernirla estando como estuvo Jesús ante él. Jesús es la Verdad y Jesús es la Vida, pero Jesús es también el camino que nos lleva a descubrir esa verdad y a vivir esa vida.

viernes, 16 de octubre de 2020

Miedos, temores, inseguridades pero no es solo que perdamos la vida sino que caigamos por la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la irresponsabilidad


 
Miedos, temores, inseguridades pero no es solo que perdamos la vida sino que caigamos por la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la irresponsabilidad

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Quizás estamos volviendo de nuevo a épocas de inseguridades y de miedos; ya sabemos como hay lugares donde es un tema muy grave y la gente tiene miedo; la situación social que se vive les lleva a esa inseguridad y muchos incluso temen por su vida. En otros tiempos quizá teníamos miedo a los asaltos en los caminos o en la noche donde tantos perdían no solo sus bienes sino también la vida. No será de la misma manera o circunstancias pero volvemos a llenarnos de miedo cuando salimos de nuestros lugares habituales.

Cuando escuchamos noticias de robos y violencias de todo tipo comenzamos a temer por la seguridad de la vida y nos llenamos de desconfianza ante todo lo que nos pueda parecer sospechoso. Decimos que vivimos en un mundo en paz, pero no siempre es así y de nuevo aparece la agresividad en el trato, en las relaciones humanas o en cualquier tipo de desencuentro que tengamos con los demás donde las reacciones fácilmente las llenamos de violencias. ¿Habremos progresado de verdad en humanidad de la misma manera y con la misma intensidad como vemos el progreso en otros campos?

Comento estas cosas a raíz de lo que escuchamos hoy en el evangelio. Repetidamente Jesús nos dice que no tengamos miedo. Y habla de los miedos a los que nos puedan quitar la vida. Pero Jesús quiere decirnos algo más y quizá tendríamos que pensar en otros miedos que podemos o no podemos tener por esas desconfianzas que se nos meten en el alma que nos hacen ir por la vida temerosos. Si hablamos antes de la situación social que nos llena de inseguridades, la inseguridad no está solo en perder o no perder la vida o lo que tenemos porque la inseguridad la podemos tener ante un futuro incierto en medio de las sombras que muchas veces nos envuelven donde parece que no tenemos salida.

En la vida llevamos muchos temores en el corazón ante lo que nos puede suceder a nosotros o a aquellos a los que amamos, pero también pensamos en otros peligros de tantas cosas que nos acechan y nos cercan, nos llenan de confusiones y nos pueden hacer perder la estabilidad de unos principios morales y al final caemos en la trampa y la pendiente de tanta corrupción como contemplamos en la sociedad. No queremos, pero algunas veces las ofertas que recibimos del mundo son tentadoras y nos hacen caer en sus redes; vemos a tantos que quisieron ir construyendo su vida desde la rectitud de unos principios y valores, pero que de la noche a la mañana cambian y ya no les importa entrar en esa espiral ambiciosa de la que tan difícil es salir. ‘Los negocios son los negocios’, dicen algunos para olvidar unos principios y valores de ética y justicia social. ¿No será un temor que también nos aceche de alguna manera?

Cuando andamos envueltos en un ambiente de irresponsabilidad, donde la gente va a salir del paso como pueda y no le importa la seriedad de sus trabajos sino unas ganancias que pueda obtener si es posible con el menor esfuerzo, podemos estar tentados también a esa dejadez, a ese abandono de responsabilidades, a esa poca seriedad en los compromisos y caer por esa resbaladiza pendiente de hacer como todos hacen.

Ese mundo tan sensual que nos rodea donde parece que la diversión y el placer es lo primordial es algo que a todos nos puede contagiar. No es que no tengamos que ser felices y disfrutar de las cosas buenas que la vida nos ofrece, pero para algunos parece que es la única motivación, el único pensamiento y no se sabe afrontar lo que pueda ser sacrificio diciéndonos incluso no en un momento determinado en búsqueda de valores más espirituales que nos llenen de verdad interiormente y no nos dejen ese sabor a vacío que muchas veces nos dejan esos placeres cuando los convertimos en único objetivo de nuestras vidas.

Nos decía Jesús que no temiéramos a los que nos pudieran matar el cuerpo, sino a quienes pudieran destruirnos en lo más profundo de nosotros mismos cuando nos destruyen nos valores, nos cautivan en esas redes de injusticia e irresponsabilidad o nos quieren envolver en esa sensualidad que termina por no ser verdaderamente humana. Hemos mencionado algunas cosas pero ahí podemos pensar en tantas cosas que nos tientan en la vida, que destruyen nuestros valores, que nos hacen olvidar nuestros principios, que terminan por embrutecernos porque nos van restando incluso en nuestra dignidad humana. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos…’ les decía Jesús a los discípulos. Cuidado con esa levadura del mal que nos hace caer por pendientes resbaladizas, tendríamos que decir.

Algo más que aquellos miedos de los que hablábamos al principio por los peligros a perder la vida o los bienes con aquellas inseguridades que mencionábamos. Esas cosas si hemos de temerlas, pero el temor no se puede convertir en angustia y en obsesión, porque sabemos quien está a nuestro lado, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, quien eleva nuestro espíritu y nos llena de algo verdaderamente grande, noble y espiritual. 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Los cristianos seguimos teniendo miedo por la superficialidad con que vivimos nuestra fe que nos hace cobardes y débiles a la hora de proclamar los valores del evangelio

 


Los cristianos seguimos teniendo miedo por la superficialidad con que vivimos nuestra fe que nos hace cobardes y débiles a la hora de proclamar los valores del evangelio

Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Sal 89; Lucas 9, 43b-45

‘Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres… Pero ellos no entendían este lenguaje… y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Es prácticamente el breve texto que nos ofrece hoy el evangelio. No entendían y les daba miedo preguntarle.

El miedo muchas veces nos paraliza. Viene frente a nosotros corriendo un perro furioso y amenazante y nos quedamos paralizados por el terror sin saber qué hacer. Es ante cualquier accidente en el que nos vemos involucrados o ante una amenazante catástrofe natural que sentimos miedo. Pero no son solo esos los miedos que nos afectan en la vida. Sicológicamente nos vemos presionados en un momento determinado y en la duda o ante la presión sentimos miedo en nuestro interior ante lo que tenemos que hacer o cómo tenemos que reaccionar.

Hay momentos de angustia y desasosiego, problemas que se acumulan, responsabilidades que tenemos que asumir, situaciones críticas en la sociedad como lo que ahora mismo estamos viviendo y tememos ante el futuro, tememos porque no sabemos cómo encontrar una salida; nos embarcan en una tarea inesperada que nos dicen que podemos desarrollar, pero que en el fondo vemos nuestras debilidades y las carencias que podamos tener y nos acobardamos en nuestros temores, casi preferimos eludir lo que quieren confiarnos, estamos dispuestos a huir en estampida antes de tener que asumir esas funciones. El que se siente ignorante y pobre teme ante el que se manifiesta poderoso y autosuficiente poniéndose por encima de nosotros. Tantos miedos…

Muchas situaciones por las que podemos pasar; muchas situaciones en las que nos podemos sentir acobardados; muchas situaciones llenas de dudas y de incertidumbres; muchas situaciones en las que tenemos que enfrentarnos a momentos que sabemos que no son fáciles pero que sabemos que ahí tenemos algo que hacer o que decir; muchas situaciones en que en nuestros miedos nos sentimos desbordados y eso nos hace quizá encerrarnos más en nosotros mismos y escondernos o huir para no tener que enfrentarnos. Muchas situaciones muy humanas, porque muestran nuestra debilidad, pero también podrían hacernos ver la fortaleza que desde nuestro interior tenemos para afrontar la vida con valentía.

Nos hablaba el evangelio del miedo de los discípulos a preguntar ante los anuncios que Jesús hacía de momentos que iban a ser muy difíciles y que para todos iban a ser una gran prueba. Esto nos ha dado pie a pensar en nuestros miedos, pero esto tendría que hacernos dar más pasos en nuestra reflexión para ver también donde se manifiestan esos miedos en nuestro caminar como cristianos.

Quizá nos sea fácil entrar en juicio contra los apóstoles por sus miedos, pero no somos capaces de ver los nuestros. Empezando porque muchas veces de entrada nos hacemos algunas reservas en lo que tendría que ser nuestro seguimiento de Jesús, nuestra vida cristiana. ¿No habremos dicho alguna vez hasta aquí llego, pero que no me pidan más porque a tanto no voy a llegar? Cuando escuchamos la Palabra del Señor y tratamos de hacerlo con sinceridad llega un momento quizá en que nos llenamos de temores, porque vemos que cada vez se nos pide más, aparecen nuevas exigencias en nuestra vida cristiana y quizá a tanto no estamos dispuestos.

¿Y qué sucede con el testimonio que tenemos que dar ante los demás? Quizá, quizá negar nuestra fe no lo hacemos, pero tratar de disimularla, callarnos ante situaciones embarazosas donde nos veríamos comprometidos, son salidas concurrentes que nos damos. En esta sociedad que vivimos en que parece que nos sentimos apabullados por los que tienen otras ideas u otros principios, muchas veces quizá preferimos pasar desapercibidos, porque no nos sentimos fuertes y seguros para dar una razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, y tratamos de diluirnos en medio de los demás.

A la hora de plantear ante la sociedad los principios en los que creemos y que animan nuestra fe y sobre los que construir nuestra sociedad lo menos que aparecen son los principios y valores cristianos porque falta entre los dirigentes de nuestra sociedad quienes estén de verdad imbuidos por esos principios y entonces vamos dejando y dejando que sean otros los que traten de imponer sus maneras y sus estilos; luego quizá en las esquinas o en las comidillas de bar hablamos y decimos muchas cosas, pero donde hay que defender esos valores nadie da la cara. Y eso que decíamos que venimos de una sociedad fundamentada en principios cristianos.

Son los miedos que los cristianos seguimos teniendo, porque no hemos aprendido a fortalecernos en el Espíritu del Señor que es el que anima nuestra vida. Vivimos con mucha superficialidad nuestra fe y eso nos hace débiles, cobardes y miedosos y no somos capaces de dar la cara por los valores del evangelio y del Reino de Dios.

domingo, 21 de junio de 2020

La luz y verdad del evangelio amplía los horizontes de nuestra existencia, dándonos trascendencia, disipando dudas y temores, sintiendo la fortaleza del Espíritu




La luz y verdad del evangelio amplía los horizontes de nuestra existencia, dándonos trascendencia, disipando dudas y temores, sintiendo la fortaleza del Espíritu

Jeremías 20, 10-13; Sal 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
Cuando éramos pequeños nuestros mayores querían que quitáramos el miedo y nos decían que los hombres no tienen miedo, que los hombres son valientes. Sé que lo hacían con la buena voluntad de que aprendiéramos a superar situaciones difíciles, el paso por lugares oscuros de la vida y al mismo tiempo superar o enfrentarnos a las dificultades que encontráramos, pero no sé si acaso ellos a pesar de sus palabras también ocultaban sus miedos y sus temores.
Es algo humano cuando tenemos que enfrentarnos a lo desconocido, cuando sabemos que vamos a encontrar dificultades que nos va costar superar, cuando incluso pensamos en el futuro de la vida lo que nos puede deparar, las circunstancias que vamos a encontrar o reconocer la debilidad que hay en nosotros mismos. Claro que tenemos que prepararnos para ello, saber encontrar una fortaleza interior que nos dé seguridad, tenemos unos recursos y no se trata solo de cosas materiales sino psicológicos y espirituales que no nos hagan perder la paz.
Ahora mismo en nuestra sociedad nos encontramos con muchas incertidumbres; hemos estado viviendo momentos difíciles que de alguna manera nos han cogido desprevenidos y con nuestros miedos en nuestro interior hemos tratado de ir sorteando dificultades. El temor a un contagio, la enfermedad, las dificultades de atención ante tanta improvisación por lo desconocido nos ha venido acompañando, pero seguramente las preocupaciones van cambiando y ya no es solo el temor a un contagio, sino la situación en que queda nuestra sociedad. Son preocupaciones que tenemos que afrontar, necesitamos algo en que apoyarnos, algo que nos de esperanza y fortaleza para seguir en este camino en que nos hemos visto envueltos. Y algo tiene que ver también nuestra fe, algo tenemos que saber encontrar en nuestra fe.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio si sabemos escucharlas allá en lo más hondo del corazón pueden ser luz en medio de nuestras oscuridades. Es cierto que estas palabras de Jesús en su intención primaria, por decirlo de alguna manera, era prevenir a los discípulos en las dificultades en que se iban a encontrar en la tarea del anuncio del evangelio y de su vivencia en medio del mundo. Iban los seguidores de Jesús a encontrar oposición, y más que oposición encontrarían también persecuciones que afectarían también a sus vidas. Y Jesús por tres veces en este texto que hoy hemos escuchado les dice que no tengan miedo.
El cristiano sabe que no se encuentra solo, que en la tarea que Jesús le ha encomendado del anuncio y testimonio del Evangelio cuenta siempre con la presencia del Espíritu del Señor que es su fortaleza. El discípulo de Jesús sabe que no es más que su maestro, y si a Jesús lo llevaron hasta la cruz el discípulo puede encontrarse también en ese camino. Hoy con la experiencia de la historia que también se vive en el momento presente de muchas formas sabemos las persecuciones con que nos vamos a encontrar. Y el cristiano sabe que lo de menos es que pueda perder la vida de su cuerpo, que lo importante es la fidelidad interior que ha de mantener en todo momento. Su seguridad y su fortaleza están en el Señor.
Es el testimonio claro que tiene que dar con toda su vida, con la fidelidad al mensaje que no puede callar, ocultar o disimular. La verdad del evangelio tiene que salir siempre a la luz. Y esa verdad del evangelio la tenemos que llevar reflejada en nuestra vida. Esa verdad del evangelio que amplía los horizontes de nuestra existencia, que llena de trascendencia nuestros actos y nuestra vida toda, que nos hace mirar a nuestro mundo con una mirada nueva para sentirnos también responsables de él, que nos da unos valores por los que luchar y que dan sentido a cuanto hacemos, unas nuevas actitudes ante los demás a los que miraremos con una mirada distinta porque son unos hermanos que caminan a nuestro lado.
Es la luz nueva que nos proyecta el evangelio, aunque enfrente encontremos otras luces que encandilan, que nos llaman la atención, que tratan de distraernos de nuestro camino, que van a tratar de oscurecer cuanto nosotros podamos hacer. Pero nos sentimos seguros en lo que hacemos, en el camino que queremos recorrer, en nuestra tarea y compromiso por hacer un mundo mejor. Y aunque mucha sea la tarea o muchas sean las dificultades no tenemos miedo; es lo que el Señor quiere inculcar hoy en nuestro corazón.
Todo esto que estamos reflexionando está haciendo referencia a todo lo que es nuestra vida y nuestra vida desde el sentido de Cristo cualesquiera que sea la situación que vivamos. Por eso ahora en estos momentos tiene que brillar fuerte esa luz del evangelio en la situación en la que encontramos. En nosotros no puede faltar la esperanza, porque sabemos de quien nos confiamos. Pero no es un optimismo ensoñador que nos haga perder contacto con la realidad. Es una esperanza viva porque tenemos que tener muy claro como tenemos que actuar.
Tenemos que ser los primeros en el compromiso, los que vayamos sembrando ilusión nueva y mucha esperanza en los que caminan a nuestro lado para hacer que nos sintamos fuertes; tiene que ser fuerte nuestro espíritu de solidaridad porque sabemos que apoyándonos juntos y sabiendo caminar de la mano los unos con los otros es como saldremos adelante y podremos alcanzar nuestras metas; tenemos mucho que luchar y luchar sin cansarnos, sin tirar la toalla, sin estar con ensoñaciones de lo que pudiéramos hacer sido sin estas circunstancias; tenemos que saber sacar todos los recursos de un espíritu que se siente fuerte; no podemos permitir que el derrotismo se nos meta por dentro porque sería el mejor camino para hundirnos.
Hoy nos habla Jesús de cómo el Padre bueno del cielo cuida de los pajarillos del cielo, como dice, que se venden por unos cuartos, cuánto más no cuidará de nosotros que somos sus hijos. Es la confianza de los que nos sentimos amados y queremos poner amor porque es el camino que nos salva, que nos lleva a la luz.