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martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


martes, 17 de marzo de 2026

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

 


¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Es una reacción que habremos escuchado muchas veces, o acaso nosotros cuando nos hemos visto en situaciones difíciles y problemáticas y no sabíamos cómo salir adelante también habremos pensado o dicho como una queja. ‘Nadie me echa una mano, nadie me ayuda, parece que las soluciones son para los más listos o los que tienen mejores padrinos…’ y así muchas lamentaciones más. ¿Qué estamos haciendo realmente para salir de ese mal paso? ¿Qué tipo de soluciones buscamos? ¿Cómo nos sentimos interiormente en nuestra soledad que nos hace sentirnos abandonados?

Jesús se acercó por aquella piscina en los aledaños del templo – era precisamente por donde eran entradas las ovejas y los animales que iban a ser sacrificados y aquella piscina estaba casi como un rito para aquellas purificaciones sagradas – pero en aquella piscina sucedía también algo extraño, pues sus soportales estaban plagados de enfermos, de paralíticos esperando poder entrar en el agua en un momento determinado para encontrar la sanación de sus miembros inválidos. Sentían como un movimiento milagroso de las aguas y todos corrían a meterse en la piscina esperando poder curarse. Allí estaba un hombre treinta y ocho años esperando.

Desapercibido Jesús y desapercibido aquel hombre en un rincón a causa de su minusvalía habrá un encuentro de vida y salvación. Muchas eran las negruras del corazón de aquel hombre tantos años abocado al fracaso. ‘¿Quieres curarte?’, es la pregunta de Jesús. Y vienen las quejas y la amargura, otros se me adelantan inmisericordes porque yo no tengo a nadie que me ayude. Es también la tragedia de su soledad, no tiene a nadie. Es su imposibilidad, por algo está allí, pero es también su soledad, que todo lo vuelve negro para él. Ni reconoce a Jesús ni tiene tampoco noticias de Él.

¿Por qué alguien ahora viene a interesarse por mí? Quizás sea la pregunta que en su interior también puede hacerse. Porque esas amarguras del alma también nos vuelven desconfiados. Nos han aislado, pero también nosotros nos aislamos; tenemos unas barreras pero nosotros con nuestros resabios y desconfianzas ponemos otras. ¿No es de alguna manera normal sentirse mal con todo el mundo cuando así nos vemos abandonados y nadie cuenta con nosotros o nadie se interesa por nosotros? puede ser parte de la raíz de tantas acritudes que nos encontramos en la vida; fijémonos en los rostros de aquellos con los que nos cruzamos por el camino, miremos su sorpresa llena de interrogantes si acaso nosotros los saludamos cuando a su paso a nuestro lado no esperaban ese saludo; miremos como la gente va encerrada en su mismo y en sus cosas y ni presta atención con el que se cruza en la acera de la calle. ¿No tendremos acaso que romper esa espiral en la que nos vemos envueltos porque al final nosotros estamos haciendo lo mismo?

Aquel día Jesús rompió esa espiral con aquel hombre que tanto tiempo había estado junto al agua, pero no había podido encontrar el agua viva que lo salvara. Y allí estaba Jesús que venía a ofrecer esa agua. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú esa agua al que ahora parece que tiene sed’, le decía Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob. Y para eso está allí ahora Jesús. ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’, le dirá Jesús.

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos? Viene a ofrecernos el agua viva, viene a ser la luz que disipe tantas tinieblas de nuestro corazón, viene a traernos la paz frente a tantas amarguras o tantas distancias que nos hemos fabricado en la vida; El es la resurrección y la vida para liberarnos de tantas muertes que hay en nosotros; es la pascua, el paso salvador del Señor por nuestra vida.

Pero no olvidemos también que es lo que nosotros hemos de ofrecer a ese mundo que nos rodea y que ya no sabe que agua buscar, cuál es la luz que necesita, o que prefiere seguir viviendo en su muerte – si es que eso se llama vivir – porque cuesta mucho arrancarse de tantas esclavitudes y dependencias en las que hemos envuelto nuestra vida.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.


martes, 22 de julio de 2025

La experiencia del encuentro pone alas en el corazón y alegría en el alma para hacernos evangelizadores de la Buena Noticia

 


La experiencia del encuentro pone alas en el corazón y alegría en el alma para hacernos evangelizadores de la Buena Noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Qué gozo y alegría sentimos en nosotros y cómo pronto buscamos la manera de contárselo a alguien cuando una persona querida y apreciada, un amigo por la razón que sea no lo hemos podido ver en mucho tiempo, y ya parecía que habíamos perdido todo contacto con él, de pronto nos lo hemos encontrado. El abrazo de amistad no puede faltar y todas las manifestaciones de afecto que nos salen del corazón; pronto comenzaremos a contarnos cosas, las experiencias que hayamos tenido en esa ausencia, buscaremos la forma de no perder contacto, es más, nos prometemos volver a vernos pronto. Y como decíamos, casi de inmediato le llevaremos la noticia a la gente de nuestro entorno, que sabían de nuestro desasosiego por la pérdida o la ausencia ahora recuperada, todos participarán de nuestra alegría.

Aunque habían sido pocas horas María Magdalena estaba viviendo esa angustia desde la pasión de Jesús y su muerte de la que ella había sido testigo pues al pie de la cruz también estaba con aquel pequeño grupo que con María y con Juan habían podido llegar hasta el calvario. Ella fue de las mujeres que estaban atentas en los detalles de la sepultura hecha con prisas en la tarde de las vísperas de la pascua para pasado el descanso sabático suplir los ritos funerarios que no habían podido realizar. Con las otras mujeres había venido aquel primer día de la semana desde el amanecer, pero se habían encontrado la piedra de la entrada del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Yo llamo a ese amanecer la mañana de las carreras en el ir y venid a comunicar en principio la mala noticia de la desaparición del cuerpo de Jesús, la venida de algunos discípulos, Pedro y Juan, para comprobar la veracidad de lo que contaban, mientras algunas de ellas por su parte se habían visto a Jesús que les había salido a su encuentro.

Pero María Magdalena no se lo podía creer. Lloraba y se preguntaba donde estaba el cuerpo de Jesús entrando incluso con aquellos Ángeles que eran los que ahora le daban esperanzadoras noticias.

Una oportunidad es preguntar a cualquiera que aparezca por el lugar y si es el encargado del huerto mejores noticias les puede traer. Es el diálogo de Magdalena con la que ella creía era el hortelano ofreciéndose a si le decían donde estaba ella por si mismo lo traería para darle digna sepultura.

Sus lágrimas cegaban sus ojos, sus lágrimas le hacían perder perspectivas de vida, sus lagrimas la encerraban en si misma para no ver más allá, para no saber encontrar la luz. Cuántas veces nos pasa cuando estamos envueltos por las oscuridades de nuestros problemas; parece que una loza con el peso del mundo entero ha caído sobre nosotros. La vida se nos vuelve un laberinto del que parece que no sabemos salir, caminamos sin rumbo y ciegos y sordos a todas las buenas noticias que nos pudieran traer, la confusión se adueña de nuestra vida, qué difícil es encontrar serenidad y mantener la paz en el corazón.

Allí estaba el Señor, fue necesaria solo una palabra para que ella lo reconociera y se desataran todas las alegrías. Era el Señor. ‘Rabbonni’- Maestro -, es ahora la exclamación de María Magdalena. Vendrían los besos y los abrazos, ella se echa a sus pies para abrazarlos, ¿para que no se escapara? ¿Para que no se volviera a marchar? ¿Para que estuviera siempre con ella?

Pero para ella Jesús tiene una misión. ‘Ve a decir a mis hermanos’. Y las carreras continúan porque es ahora ella la que corre de nuevo al encuentro con los demás discípulos, que aún siguen incrédulos y con sus miedos y dudas, para decirles ‘He visto al Señor, esto me ha dicho el Señor’. Es la alegría compartida, es la Buena Noticia transmitida; a María Magdalena la llamamos por eso la primera misionera, es la que viene a comunicarnos la alegría de la Pascua del Señor.

La experiencia del encuentro con el Señor la transformó; se acabaron los miedos y las dudas, se acabaron las lágrimas y las angustias, se abrió el alma con una nueva alegría, a los pies se les pusieron alas no solo para que corrieran sino para que volaran a llevar la buena noticia. ¿Es la experiencia que nosotros vivimos? ¿Es la carrera evangelizadora que nosotros hacemos?

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


miércoles, 5 de junio de 2024

Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

 


Me he quedado pensando si realmente creemos en el Dios de la vida o nos hemos hecho un dios de muertos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Me he quedado pensando ante este pasaje que nos ofrece hoy el evangelio. Por allí andan las distintas corrientes de pensamiento religioso que daba ocasión a fuertes enfrentamientos entre unos y otros en el pueblo de Dios. Por un lado andaban los saduceos que no creían en la resurrección y en la vida eterna, por otra estaban no solo los fariseos con su mayor rigorismo con todas sus connotaciones sino también lo que era la fe habitual del pueblo creyente que creía en la vida que un día podían tener en Dios. Y en esto quieren meter por medio a Jesús y vienen con sus casuísticas, como suele suceder siempre, con planteamientos y preguntas, que no siempre eran fáciles de responder.

Pero en lo que me he quedado pensando es en la fe que realmente nosotros tenemos en Dios, en la manifestación de fe que habitualmente vive la generalidad de lo que decimos el pueblo cristiano. Y la pregunta que me ronda es si creemos realmente en un Dios de la vida o en un Dios de los muertos. No quiero entrar en generalizaciones que suelen ser complicadas y en cierto modo conflictivas porque hasta se pueden convertir en ofensivas para algunas personas. Pero viendo la relación que tienen muchos cristianos con la Iglesia o con las celebraciones religiosas, algunas veces puede uno llegar a pensar que para muchos Dios es el dios de la muerte.

Veamos, si no, para mucha gente venir a la Iglesia es porque venimos a acompañar un entierro, venimos a la Iglesia y lo que pedimos es misas para los difuntos, venimos a nuestras celebraciones y lo que hacemos muchas veces es echar una lagrimita porque recordamos ‘a los que se han ido’, como solemos decir, y todo se llena de llanto y de tristezas. ¿Dónde tenemos la esperanza? ¿Dónde sentimos que Dios viene para llenarnos de vida y no solo pensando en la vida eterna, en la vida futura, sino en el hoy de cada día de nuestra vida? ¿No habremos alineado demasiado la religión con la muerte?

Es cierto que la muerte nos hace plantearnos hondas preguntas en lo más profundo de la persona, nos puede hacernos plantear un sentido de vida y también un sentido de trascendencia para nuestra vida. ¿Cuál sería en verdad ese sentido de vida y de trascendencia del que tenemos que llenarnos? ¿Dónde está nuestra esperanza? En nuestra fe no nos quedamos en el umbral de la muerte, Jesús quiere para nosotros vida y vida en plenitud. No quiere que vivamos de cualquier manera, no quiere en nosotros superficialidades ni vanidades, quiere de verdad algo que nos dé hondura, profundidad a lo que vivimos. Porque además nos quiere felices, para eso nos ha creado.

No nos quiere angustiados por las tristezas, no quiere que simplemente vayamos echando días, como se suele decir, porque un día todo esto se termina y no va a quedar nada. Una vida así, con esas alas recortadas, claro que es triste, claro que no sabremos salir adelante con los problemas, claro que nos vamos a ahogar en un vaso de agua. Tenemos que pensar en otra plenitud, que ahora también hemos de vivir viviendo. Ahora también tenemos que ser felices, pero no con sucedáneos, sino porque le vayamos dando un sentido a todo lo que hacemos, porque sintamos el gozo de que podamos amarnos más, de que haya gente a nuestro alrededor que cada día pueda vivir con mayor dignidad, porque sintamos en verdad la alegría de la vida. Y por eso tenemos que luchar, para eso está Jesús junto a nosotros, ese es el evangelio que nos ha trasmitido cuando nos ha anunciado y comprometido con el Reino de Dios. Es por eso por lo que tenemos que trabajar y sentirnos felices en lo que cada día vamos logrando.

No es pensar en la muerte y vivimos agobiados por esa realidad. Es sentir que Dios quiere darnos vida y que la vivamos en plenitud, una plenitud que un día no dará sin fin, es lo que llamamos vida eterna. Y mirar para el más allá no es llenarnos de tristeza sino de esperanza, porque es donde queremos llegar para vivir para siempre en Dios. Como nos dice hoy Jesús, Dios es un Dios de vivos, es un Dios de la vida.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


domingo, 24 de marzo de 2024

Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

 


Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

Marcos, 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Sal. 21;  Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15, 47

El pórtico de esta semana de Pasión viene enmarcado por los hosannas y los ramos de olivo de la entrada de Jesús en Jerusalén y por otra parte la contemplación en la misma celebración de la muerte de Jesús en la Cruz en el relato del evangelista Marcos. No podemos olvidar que es como el sprint final para llegar a la celebración de la Pascua.

Ya es Pascua lo que estamos contemplando y celebrando, porque todo es el paso de Dios que ha de ser también nuestro paso, nuestra Pascua. Si así no lo contemplamos y así no lo vivimos todo podía quedarse en un espectáculo bien dramático que aun nos llenaría de más dolor, angustia y amargura. No en vano estas palabras son de las más repetidas en estos días y que incluso llegan a dar nombre a distintos momentos o a distintas imágenes que vamos a contemplar. Pero nosotros no nos podemos quedar en el dolor, la angustia y la amargura porque nos llena una esperanza y para nosotros estará ya siempre presente la luz final que vamos a contemplar en la resurrección que es la culminación de esta Pascua, de este paso de Dios. Es el sentido hondo que tenemos que darle a estos momentos y a estas celebraciones.

Es cierto que ante nuestros ojos van a ir proyectándose todos esos momentos de la Pasión, que como un adelanto ya en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor – que así es su nombre – en la lectura del evangelio de san Marcos, pero no nos quedamos en una proyección visual, aunque también nos ayude para la meditación, sino que ha de ser algo que hemos de ir proyectando en lo hondo del corazón para poder hacerlo vida en nosotros. Es importante abrir los ojos y los oídos viendo y escuchando todo lo que se nos proyecta y se nos proclama, pero es muy importante que sepamos abrir el corazón para que haya en verdad ese paso de Dios en nosotros, en nuestra vida.

Siempre la Iglesia nos ha invitado a un recogimiento especial en estos días, aunque no lo hemos sabido muchas veces interpretar bien, porque los hemos convertido en días de demasiada tristeza, sino que ese recogimiento significa crear el ambiente adecuado para que esa Palabra cale en nosotros, la podamos rumiar debidamente en nuestro interior, y podemos llegar a saborear toda esa maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta. Cuando el rumiante pasa una y otra vez aquello que ha comido para mejor digerirlo, es para sacar el mejor jugo, vamos a decirlo así, de aquello de lo que se ha alimentado.

No son días de sentirnos agobiados por la tristeza, sino momentos en que tenemos que saborear a fondo toda esa vida que se nos regala, y es un hermoso regalo de amor el que nos hace Dios cuando nos entrega a su Hijo como vamos a contemplar.. Es lo que queremos vivir en estos días. Es lo que verdaderamente nos conducirá a la Pascua. No vamos a vivir con angustias y amarguras estos momentos, aunque mucho sea el dolor que sintamos al vernos tan pecadores, sino que vamos a hacerlo llenos de esperanza, porque sabemos que ese paso de Dios es para la vida y la salvación.

No voy a detenerme al ofreceros esta reflexión en volver a la descripción de estos momentos de la Pasión de Jesús. Sobran las muchas palabras y necesitamos momentos de silencio y reflexión, como hemos venido diciendo. Aclamemos, sí, con mucho entusiasmo y alegría esta entrada de Jesús en Jerusalén,  que hoy de manera especial conmemoramos, porque en nuestra fe sabemos bien quien es el que como Rey y Señor va montado en un humilde borriquito para su entrada en la ciudad Santa. Sí, ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

En verdad hoy estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, porque así lo vamos a ver coronado en lo alto de la cruz en estos días. Lo contemplamos humilde, como lo había anunciado el profeta; lo contemplamos el último y el servidor de todos, como El nos había enseñado que teníamos que ser nosotros también. Es el que como el Señor lo veremos con la toalla ceñida a su cintura y la jofaina de agua en sus manos para lavar los pies de los discípulos. Es el que nos ha dicho que nuestra grandeza está en amar hasta las últimas consecuencias, porque el mayor amor es el de quien es capaz de dar la vida por los demás. Será un gentil, el centurión romano, el que al final de todo lo que parecía una terrible tragedia vendrá a proclamarlo como verdadero hijo de Dios.

Es lo que nos da hondo sentido a este momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones de los niños porque con El queremos entrar también para llegar a la Pascua. Ya sé que nos cuesta, como le costaba entender a Pedro cuando Jesús lo anunciaba en la subida a Jerusalén. A última hora podemos seguir teniendo la tentación de la duda o el miedo que nos hace echarnos atrás, como le sucedió a los discípulos, o que se durmieron en el huerto, o cuando llegaron los momentos difíciles abandonaron y huyeron para esconderse en el Cenáculo, o llegar a la negación como le sucedió al envalentonado Pedro que sin embargo sucumbió ante una pregunta.

Pero podemos levantarnos, despertar, quitar nuestros miedos y cobardías, sentirnos con la fortaleza de la esperanza, porque tenemos la certeza de la luz pascual que iluminará nuestra vida. Crucemos este pórtico y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz. Haremos así en verdad la Pascua del Señor en nuestra vida.

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

 


Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Lo habréis escuchado ya, se va a celebrar un gran banquete, una gran comida a la que todos estamos invitados, se está buscando una gran explanada donde poderla celebrar, habrá comida en abundancia, sabrosas viandas y carnes, toda clase de comidas, abundantes vinos y bebidas, habrá música y habrá fiesta, la alegría tiene que rebosar por todas partes. La boca se le está haciendo agua a más de uno.

Es lo que anunciaba el profeta, tal como hemos escuchado, hacia el monte santo confluirán de todos los lugares, gentes venidas de todas partes, tiene un gran sabor y sentido mesiánico el banquete que se nos anuncia. Y luego nos encontraremos con una riada inmensa de cojos y de enfermos, de gente cargando todo tipo de sufrimientos y de angustias, una multitud hambrienta que se reúne en torno a Jesús porque irán hasta la montaña y el desierto para encontrarle si es preciso. Y las provisiones son pocas y ahora no se sabe donde ir a buscar comida porque están en descampado.

Es la imagen que hoy se nos ofrece en la liturgia de estos comienzos del Adviento. Un mundo hambriento y lleno de sufrimientos mientras se habla de celebrar un gran banquete. ¿Será en verdad una imagen de este camino de adviento que este año estamos haciendo?

Miremos nuestro mundo y seamos conscientes de la realidad pero también de las inquietudes que tiene la humanidad en lo más hondo de si misma. Siempre decimos que los tiempos no son fáciles, y eso lo aplicamos en todo momento, porque cada uno y en cada momento de la historia vivimos nuestra propia situación. Ansiamos, es verdad, que todo fuera como ese gran banquete que se nos anuncia, como esa fiesta que en verdad desea toda la humanidad.

Pero algunas veces vamos como cansados por la vida en nuestras luchas y en nuestras frustraciones, en sentir como en cada momento aparecen nuevos problemas o nuevas situaciones que van poniendo en peligro hasta la estabilidad de la propia humanidad. No nos faltan las multitudes hambrientas, como no nos falta dolor y sufrimiento motivado por tantas causas tan diversas. Es una humanidad que se siente rota, que algunas veces se desespera y quizás quiere huir para olvidar o para no aumentar el sufrimiento.

Muchos quizás quieren vivir de espaldas a esos sufrimientos y se entretienen en cosas que les distraigan quizás para no verse involucrados. Son tantos también los que insolidariamente viven encerrados en si mismos, pero también carentes de esperanzas verdaderas en su espíritu, porque solo quieren vivir al día. Aquellas multitudes que seguían a Jesús, unos que le aclamaban, otros que se ponían a distancia simplemente como observadores, muchas que estaban también en una actitud de rechazo.

Somos nosotros los que hoy caminamos en este siglo XXI. Pero no podemos perder la esperanza. Nosotros también escuchamos ese anuncio del profeta, esa invitación a ese nuevo banquete del Reino. Para nosotros Jesús que viene nos prepara y nos ofrece ese banquete de vida. Todo puede cambiar, podemos hacer un mundo nuevo, podemos hacer que la vida sea como ese banquete mesiánico del que nos ha hablado el profeta.

A Jesús lo contemplamos hoy en el evangelio que se deja encontrar por aquella gente que ha acudido de todas partes con sus angustias y sus sufrimientos, con sus sueños y con sus esperanzas, con su hambre que va más allá de ese pan material que también deseaban porque en Jesús están buscando algo nuevo y distinto. Es lo que Jesús nos ofrece. Es lo que vamos a celebrar en la próxima navidad, es lo que cada día hemos de saber vivir porque Dios está llegando a nosotros, a nuestra vida y tenemos que saber abrirle el corazón.

Caminemos con esperanza y con intensidad este camino del Adviento. Seguro que nos encontraremos con Jesús. El viene a nosotros, de muchas maneras se hace presente en nuestra vida y responde a nuestras inquietudes. Abramos los ojos de la fe. Para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos, arrancará el velo que cubre todos los pueblos y enjugará las lágrimas de todos los ojos.

martes, 28 de noviembre de 2023

Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

 


Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

Daniel 2,31-45; Sal.: Dn. 3,57-61; Lucas 21,5-11

Qué difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué va a suceder? ¿Hasta que punto llegará? Si podemos nos refugiamos, si estamos en casa no salimos, si nos coge en medio de nuestros trabajos, en los campos o de camino, buscaremos donde sea algún tipo de refugio que nos resguarde de las consecuencias de la tormenta. Nos las podemos encontrar con frecuencia.

Estamos hablando de las fuerzas de la naturaleza sobre las que no tenemos ningún tipo de dominio. Pero hay otras tormentas que también destrozan la vida y destrozan todo cuanto encuentran de camino; podemos hablar de las guerras, de la violencia desatada desde unas ambiciones, desde unas ínfulas de poder y dominio, desde las propias pasiones humanas que se desatan y no sabemos a donde pueden llegar.

¿Qué hacer? ¿Dónde refugiarnos? ¿A dónde podemos huir que encontremos la paz que necesitamos? Y son cosas que siguen sucediendo en nuestro mundo porque no terminamos de aprender la lección de otras situaciones semejantes que en la historia cercana también hemos ya vivido. Las tenemos ahí en las noticias de cada día y cuando vemos tanta destrucción y tanta muerte nos llenamos también de angustia y de amargura.

¿Dónde encontrar paz y serenidad? Son preguntas que nos rondan dentro del alma. Nos sentimos impotentes y nos volvemos rebeldes; hasta tenemos la tentación de responder a esa violencia también con violencia. ¿Es ese el camino?

De esto nos está hablando el evangelio hoy. El evangelista hace referencia a hechos y situaciones que incluso cuando se escribe el evangelio ya han sucedido, tras lo que Jesús había anunciado. Parte de una imagen preciosa que era lo que se contemplaba de la ciudad de Jerusalén y del templo en primer termino desde aquel bacón del monte de Los Olivos; y Jesús ante las consideraciones que se están haciendo, les dirá que no quedará piedra sobre piedra. Cuando se redacta el evangelio son hechos que ya han sucedido con la destrucción de la ciudad de Jerusalén en los años 70. En el relato del evangelista se recogen las preguntas que se hacen de cuando va a suceder todo lo que Jesús les anuncia.

Pero Jesús continuará hablando de otras situaciones que pueden producir momentos de inquietud e incluso de angustia. Es cierto que Jesús les ha hablado de su segunda venida, que será el final de los tiempos, pero Jesús les previene y nos previene frente a los agoreros de turnos, profetas de calamidades de todos los tiempos que continuamente nos estarán hablando de ese final de los tiempos para sembrar angustias e inquietudes. No son los caminos que nos pueden llevar a una verdadera conversión del corazón. Por eso Jesús les dice y nos dice que no nos inquietemos. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice, ‘no tengáis pánico’.

Y nos habla Jesús de guerras y de revoluciones, de terremotos y grandes calamidades, nos hablará de fenómenos espantosos y de cosas que nos sorprenderán, pero Jesús nos está invitando a la serenidad y a la confianza, a no perder la paz del corazón. Tenemos la confianza puesta en el Padre del cielo que, como nos dirá en otra ocasión, no permitirá que se caiga un cabello de nuestra cabeza sin su consentimiento. Es el Padre bueno que nos cuida y nos regala su amor, que nos da fortaleza a nuestro espíritu y que nos ayuda a encontrar siempre caminos de paz. Esa paz que tanto necesitamos en nuestro corazón.

Porque todo esto de lo que nos ha estado hablando pueden significar también las tormentas de nuestro espíritu, esa inquietud que muchas veces nos revuelve por dentro y nos provoca hacernos muchas preguntas, esos contratiempos que vamos encontrando en la vida cuando parece que nuestros caminos se nos quiebran y nos agobian los problemas y las dificultades, esos momentos oscuros por los que todos pasamos en algún momento y que tanta inquietud siembran en nuestro corazón.

Por eso escuchamos eso que nos ha dicho Jesús ‘mirad que nadie os engañe’. Podrán venirnos son fáciles soluciones, podrán venirnos queriendo tener sueños que son irrealizables, podrán anunciarnos milagritos si hacemos esto o aquello que se convertiría en un talismán milagroso que todo lo soluciona. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice Jesús, ‘no tengáis pánico’.

No es fácil en la tempestad mantener la calma, la serenidad, la paz. Pero Jesús nos dice también que El nos da la paz, que no es la paz como la da el mundo, pero que con su presencia en nosotros nuestro corazón se llenará de verdad de paz. Escuchemos la palabra de Jesús.