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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


martes, 17 de marzo de 2026

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

 


¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Es una reacción que habremos escuchado muchas veces, o acaso nosotros cuando nos hemos visto en situaciones difíciles y problemáticas y no sabíamos cómo salir adelante también habremos pensado o dicho como una queja. ‘Nadie me echa una mano, nadie me ayuda, parece que las soluciones son para los más listos o los que tienen mejores padrinos…’ y así muchas lamentaciones más. ¿Qué estamos haciendo realmente para salir de ese mal paso? ¿Qué tipo de soluciones buscamos? ¿Cómo nos sentimos interiormente en nuestra soledad que nos hace sentirnos abandonados?

Jesús se acercó por aquella piscina en los aledaños del templo – era precisamente por donde eran entradas las ovejas y los animales que iban a ser sacrificados y aquella piscina estaba casi como un rito para aquellas purificaciones sagradas – pero en aquella piscina sucedía también algo extraño, pues sus soportales estaban plagados de enfermos, de paralíticos esperando poder entrar en el agua en un momento determinado para encontrar la sanación de sus miembros inválidos. Sentían como un movimiento milagroso de las aguas y todos corrían a meterse en la piscina esperando poder curarse. Allí estaba un hombre treinta y ocho años esperando.

Desapercibido Jesús y desapercibido aquel hombre en un rincón a causa de su minusvalía habrá un encuentro de vida y salvación. Muchas eran las negruras del corazón de aquel hombre tantos años abocado al fracaso. ‘¿Quieres curarte?’, es la pregunta de Jesús. Y vienen las quejas y la amargura, otros se me adelantan inmisericordes porque yo no tengo a nadie que me ayude. Es también la tragedia de su soledad, no tiene a nadie. Es su imposibilidad, por algo está allí, pero es también su soledad, que todo lo vuelve negro para él. Ni reconoce a Jesús ni tiene tampoco noticias de Él.

¿Por qué alguien ahora viene a interesarse por mí? Quizás sea la pregunta que en su interior también puede hacerse. Porque esas amarguras del alma también nos vuelven desconfiados. Nos han aislado, pero también nosotros nos aislamos; tenemos unas barreras pero nosotros con nuestros resabios y desconfianzas ponemos otras. ¿No es de alguna manera normal sentirse mal con todo el mundo cuando así nos vemos abandonados y nadie cuenta con nosotros o nadie se interesa por nosotros? puede ser parte de la raíz de tantas acritudes que nos encontramos en la vida; fijémonos en los rostros de aquellos con los que nos cruzamos por el camino, miremos su sorpresa llena de interrogantes si acaso nosotros los saludamos cuando a su paso a nuestro lado no esperaban ese saludo; miremos como la gente va encerrada en su mismo y en sus cosas y ni presta atención con el que se cruza en la acera de la calle. ¿No tendremos acaso que romper esa espiral en la que nos vemos envueltos porque al final nosotros estamos haciendo lo mismo?

Aquel día Jesús rompió esa espiral con aquel hombre que tanto tiempo había estado junto al agua, pero no había podido encontrar el agua viva que lo salvara. Y allí estaba Jesús que venía a ofrecer esa agua. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú esa agua al que ahora parece que tiene sed’, le decía Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob. Y para eso está allí ahora Jesús. ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’, le dirá Jesús.

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos? Viene a ofrecernos el agua viva, viene a ser la luz que disipe tantas tinieblas de nuestro corazón, viene a traernos la paz frente a tantas amarguras o tantas distancias que nos hemos fabricado en la vida; El es la resurrección y la vida para liberarnos de tantas muertes que hay en nosotros; es la pascua, el paso salvador del Señor por nuestra vida.

Pero no olvidemos también que es lo que nosotros hemos de ofrecer a ese mundo que nos rodea y que ya no sabe que agua buscar, cuál es la luz que necesita, o que prefiere seguir viviendo en su muerte – si es que eso se llama vivir – porque cuesta mucho arrancarse de tantas esclavitudes y dependencias en las que hemos envuelto nuestra vida.

viernes, 28 de junio de 2024

Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

 


Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

2Reyes 25, 1-12; Salmo 136; Mateo 8, 1-4

Se suele decir que las desgracias nunca vienen solas. Y no es que se tenga un sentido pesimista de la vida, a la que siempre hemos de darle un sentido de positividad, porque será además lo que nos haga salir de los momentos oscuros; pero fácilmente constatamos que cualquier situación mala por la que podamos estar pasando, no se queda muchas veces, por ejemplo, en el dolor que podamos tener por una enfermedad, sino que espiritualmente, anímicamente nos sentimos débiles, la impotencia para salir de aquella situación nos hace descubrir otras pobrezas de nuestra vida, o nos lleva a un vacío espiritual que aumenta nuestra soledad y nuestro dolor.

Hoy el evangelio nos habla de un leproso que viene y se postra a los pies de Jesús para decirle que si quiere puede curarle. Pero no era solo la enfermedad física de ver cómo su cuerpo se desmorona con la enfermedad, sino era la soledad en la que estaban obligados a vivir, porque habían de vivir alejados de la gente, fuera de los pueblos, sin contacto ni siquiera con la familia. La enfermedad en este caso conllevaba una exclusión social que tenía que ser también muy difícil de llevar.

Es bien significativo para nuestra vida este episodio del evangelio. Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y había ido mostrando señales de cómo ese Reino de Dios se hacía presente en medio de ellos. Antes del Sermón del Monte que hemos venido escuchando y que es como un resumen del mensaje de Jesús, ya le habíamos visto en Galilea realizando diversos signos que manifestaban esa cercanía del Reino de Dios.

Vamos a ver ahora un gran signo de esa presencia del Reino de Dios. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le había dicho el leproso que se había atrevido a llegar a los pies de Jesús en medio de la gente a pesar de la prohibición de que un leproso pudiera acercarse así a la gente. Y Jesús quiere. Y aquel leproso queda limpio. Y Jesús le pedirá que vaya a presentarse al sacerdote porque es quien tiene la autoridad para una vez curado poder entrar en el seno de la comunidad.

Aquel hombre ha sido curado de su enfermedad, pero aquel hombre ha recobrado su dignidad como persona; puede estar de nuevo en medio de los suyos, se reintegra de nuevo en el seno de la comunidad.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en el hoy de nuestra vida. Vemos a nuestro alrededor tantos con las mismas señales de lo que era la vida de aquel leproso. Pensamos en el sufrimiento de tantos en sus enfermedades y limitaciones, pensamos en la pobreza que viven tantos a nuestro alrededor, pero no nos podemos quedar en esas situaciones, digamos, físicas que podemos contemplar. Hemos de detenernos a contemplar lo que hay detrás de todos esos sufrimientos.

¿De alguna manera no estaremos creando abismos detrás de muchas de esas personas que vemos con sus sufrimientos, con sus enfermedades, con sus limitaciones, con sus pobrezas y carencias? Cuando vamos por la calle y nos vamos tropezando con tantos que no nos gustan, que no nos caen bien, cuya presencia nos puede resultar repulsiva, o que vemos sumidos en un mundo de dependencias de tantas cosas, ¿no estaremos de alguna manera, quizás incluso de una forma inconsciente, discriminación con nuestras miradas de pena pero siempre desde la lejanía, con ese mantenernos a distancia y mirarlos quizás por encima del hombro, con ese no querer mezclarnos y entonces no dejamos entrar en nuestro circulo que siempre quiere ser selecto?

Muchas formas en las que seguiremos mirando a tantos a nuestro alrededor como a aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio. Vendrán o no vendrán a pedirnos o a decirnos que nosotros podemos limpiarnos, como le decía aquel leproso a Jesús, pero no sé lo que realmente vamos pensando en nuestro interior de si acaso o no podemos limpiarlos.

Cuando vemos el actuar de Jesús no es solo para admirarnos y decir ‘mira lo que Jesús fue capaz de hacer’. Vemos el actuar de Jesús y sabemos que ese tiene que ser nuestro actuar. también nosotros hemos decir que sí queremos y adelantar nuestra mano hasta el leproso de turno, hasta ese al que tenemos que levantar, hasta ese al que no queremos mirar al pasar, hasta eso del que nos hacemos oídos sordos para no escuchar su ruego.

Es duro y es difícil. Porque en nuestra conciencia nos damos cuenta de que seguimos pasando de largo ante el leproso, ante tantos que están a la vera de nuestro camino. ¿Despertaremos algún día?

lunes, 5 de febrero de 2024

Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

 


Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

En las conversaciones solemos escuchar a la gente que la salud es lo primero, que preferimos perderlo todo que perder la salud y hasta nos contentamos cuando no tenemos suerte en los juegos de azar, como la lotería, que bueno, que el dinero va y viene pero que lo importante es tener salud. Es lo que todos deseamos; ante cualquier dolor que nos pueda anunciar algún tipo de enfermedad enseguida acudimos a quien pueda remediarnos, a quien pueda curarnos y buscamos la medicina lo más pronto posible para que los dolores desaparezcan, para que podamos curarnos de aquellas fracturas de la salud o de nuestros huesos, para recuperar pronto la salud.

Es cierta también que la fragilidad de nuestra salud trae acompañadas otras fragilidades como suelen ser las angustias de las que nos podemos llenar, otras consecuencias como la falta de medios para subsistir al no poder trabajar, otras inquietudes en nuestro interior porque son muchas más cosas las que sentimos que se nos debilitan cuando perdemos ilusión por la vida, cuando socialmente nos vemos afectados para nuestras mutuas relaciones, para la realización de nuestros trabajos, para alcanzar las metas que nos podamos proponer en la vida. Ya no es solo la salud en si mismo, sino que irá acompañada de otros síntomas que pueden aparecer en nuestra vida.

¿Queremos la salud? ¿Queremos superar esas fragilidades y angustias? ¿Queremos recuperar la esperanza? ¿Queremos buscar una vida mejor y que nos haga vivir más dignamente? Es mucho más lo que buscamos, aunque la pantalla de la enfermedad o de la salud pareciera que lo cubre todo. ¿Dónde están puestas entonces nuestras esperanzas o como recuperarlas?

En el pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos aparece que dondequiera que fuera Jesús enseguida acudían a él llevando a sus enfermos con el deseo de que al menos tocando la orla de su manto pudieran curarse. Muchas veces nos quedamos en la literalidad de las palabras que no dejó escritas el evangelista, pero no nos detenemos lo suficiente a reflexionar hasta donde llegan esas enfermedades con las que vamos que las gentes acuden a Jesús. Jesús despertaba esperanza en aquellas gentes sumidas en su pobreza, sumidas en la opresión de unas autoridades extranjeras, sumidas y sujetas, poco menos que esclavizados, por unas costumbres que poco menos que se habían convertido en ley para sus vidas, pero que nos hacían salir de la situación de desesperanza en que vivían.

Estar enfermo en su situación y en aquellos momentos significaba mucho más que unos dolores que les imposibilitaran los movimientos; estar ciego, sin luz en los ojos, significaba pobreza, miseria y hambre, porque no podían trabajar; ser leproso era verse alejado de los suyos por los cuales no podría hacer nada, pero que ni los familiares podían acercarse a ellos, viviendo discriminados y apartados de todos en la más horrible soledad que no sé si no sería peor que los dolores de la enfermedad; y así podemos pensar en cualquiera de las otras limitaciones que pudieran sufrir como cualquier tipo de invalidez.

¿Qué significaba entonces que pudieran acudir a Jesús para verse curados de sus enfermedades? Muchas cosas podían cambiar, una vida nueva podía comenzar para aquellas personas, unas esperanzas renacían en sus corazones, una profunda liberación podían sentir en sus vidas. Acudían a Jesús porque en El habían puesto todas sus esperanzas. Mucho era lo que Jesús les ofrecía; la salvación que Jesús les ofrecía era algo muy amplio, algo que abarcaba la totalidad de la vida. Algo nuevo comenzaría a resurgir desde lo más hondo.

¿Cuál es en verdad la salvación que Jesús nos está ofreciendo también a los hombres y a las mujeres de hoy? Es algo en lo que tenemos que pensar seriamente. Hemos espiritualizado tanto el sentido de la salvación que nos trae Jesús que la hemos hecho algo irreal y que no siempre va por el camino de la verdadera espiritualidad. La verdadera espiritualidad es algo interior, pero es algo que abarca la totalidad de la vida de la persona.

Y eso espiritual tenemos que sentirlo y vivirlo es cierto en esos aspectos más sobrenaturales de la vida, pero hemos de vivirlo también en eso que hacemos y que vivimos en cada momento, en nuestros trabajos y en nuestras luchas, en nuestro disfrute de la vida en todas sus cosas buenas y también en los momentos dolorosos y difíciles, en eso tan material que podamos hacer con nuestros trabajos pero en esos tan humano como son nuestras relaciones con los demás.

Y en todo eso ha de manifestarse esa salud, esa salvación que Jesús nos ofrece; El viene a sanar todo lo frágil y débil, y hasta enfermizo, que pueda haber en cada una de esas cosas de la vida. El viene a iluminar con una luz nueva cada uno de los aspectos de nuestra existencia.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Dejémonos envolver por la generosidad del espíritu, por la apertura del corazón en que tengan cabida los que pasan por nuestro lado con esas mismas situaciones difíciles de la vida

 


Dejémonos envolver por la generosidad del espíritu, por la apertura del corazón en que tengan cabida los que pasan por nuestro lado con esas mismas situaciones difíciles de la vida

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

Todos queremos ser dichosos. ¿Quién no quiere ser feliz? Y soñamos, y nos llenamos de ambiciones y deseos, y buscamos cosas o buscamos caminos cuanto más fáciles sean mejor, pero parece que no llegamos a realizar nuestros sueños, a alcanzar esas ambiciones y deseos, y no sé si al final nos sentiremos mejor o nos sentiremos peor.

Pero quizá tendríamos que pensar en cómo queremos ser dichosos, cuales son nuestros sueños y nuestras aspiraciones; porque ya estamos diciendo que buscamos cosas o buscamos caminos fáciles.  Tendríamos, pues, que pensar en qué ponemos esos deseos de ser dichosos. Porque nos miramos y nos vemos con tantas carencias y limitaciones y podríamos pensar si acaso así podríamos alcanzar esa dicha que deseamos. Porque, claro, cuando pensamos en cosas, estamos pensando en posesiones y desde nuestra pobreza quizás pensamos que nada podremos alcanzar y que entonces no podremos ser felices. Vemos nuestras limitaciones y nos sentimos incapaces de alcanzar algo bueno. Idealizamos mucho nuestros sueños y pronto esos sueños volarán o se difuminarán, quedando el humo del recuerdo de los sueños pero también la insatisfacción dentro del corazón.  ¿Qué hacemos entonces? 

¿Qué pensaría aquella gente aquella mañana en las llanuras de Galilea cuando Jesús al bajar del monte se pone a hablarles como siempre y lo primero que dice que los pobres serían dichosos porque de ellos era el Reino de los cielos? ¿Pasarían por su cabeza todos aquellos sueños que llevaban dentro de sí, pero también la frustración de no ver realizados sus sueños? ¿Cómo podía decirles ahora Jesús que los pobres serán dichosos si siguen permaneciendo en su pobreza porque a la vista no tienen caminos que les puedan sacar de aquella pobreza?

Pero jesús les está diciendo que serían dichosos porque para ellos es el Reino de los cielos; y lo mismo les dice a los que sufren y a los que lloran, a los que son perseguidos porque buscan el bien y la justicia y desean lo mejor para el mundo en el que viven, y para todos aquellos que se ven envueltos en tantos sufrimientos y limitaciones. ¿Cómo entender las palabras de Jesús?

Podrían sentir desconcierto porque les era difícil entender lo que jesús les quería decir; pero podrían también comenzar a renacer las esperanzas en sus corazones porque parece que lo que jesús quería decirles es que tuvieran esperanza y confiaran en su palabra, aunque ahora de entrada les cueste entenderlo. Porque Jesús mantiene su palabra, y les dirá que los ricos y los que se sienten satisfechos y parece que la vida siempre les es fácil no serán dichosos.

Sí, es un grito, un anuncio, una invitación a la esperanza. Desde que había comenzado a predicar venía anunciando que llegaba el Reino de Dios y que había que darle una vuelta al corazón para creer esa buena noticia que se les estaba anunciando y para que en verdad el Reino de Dios se hiciera presente entre ellos. Y ahora les anuncia ese Reino de Dios a los pobres,  a los que lloran y a los que sufren, y a los que son perseguidos y a todos los que sienten inquietud en el corazón. 

No lo van a entender y por supuesto no lo podrán vivir aquellos que se sienten satisfechos en sus riquezas y los que en la vida parece que todo les va bien siempre. Aunque parecen satisfechos los que mucho tienen cada día querrán tener más y todo se convertirá en una carrera que nunca tiene bien porque siempre queremos más. Lo pueden entender los que viviendo en sus carencias y en su pobreza sin embargo van a saber ser felices en lo pequeño, ser felices en lo que son en su misma vida, ser felices porque desde la propia realidad de sus carencias y sentirse necesitados quizás de los demás, sin embargo sabrán tener un corazón comprensivo y misericordioso con los demás, con los que los rodean.

Jesus les está diciendo que algo nuevo comienza para ellos, pero que sin embargo todo va a depender en cierto modo de las actitudes que tengan en su corazón. No es porque sean pobres o porque sufran, es por la buena actitud que tienen en el corazón porque lo que se van a sentir verdaderamente dichosos y felices. es la apertura a la vida que siempre ha de reinar en nuestros corazones, que significa también actitudes nuevas hacia los demás. 

¿Llegaremos a entender lo que Jesús nos está anunciando y proponiendo? ¿Tendremos deseos de verdad de vivir esos valores nuevos que se nos ofrecen con el Reino de Dios?  ¿Iremos por la búsqueda de cosas o estaremos dispuestos a dejarnos envolver por esa generosidad del espíritu, por ese corazón abierto en el que tengan cabida cuantos vamos encontrando por el camino, por esa misericordia y comprensión para, incluso con nuestra pobreza o con nuestros sufrimientos, saber estar al lado de los que pasan también por esas situaciones difíciles de la vida?


domingo, 20 de agosto de 2023

Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

 


Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

¡Qué atrevido! ¡Una osadía! pensamos cuando vemos a alguien a arriesgarse a hacer algo insólito, algo muy atrevido y quizás hasta peligroso por los riesgos que corre, porque se sale de lo normal, de lo que se hace siempre, emprende algo que parece que está llamado al fracaso pero insiste en seguir adelante a pesar de todas las cosas que pueda tener en contra, trata de cambiar cosas que se han encallecido en la vida con la rutina y el paso del tiempo. Al final terminaremos alabando su intrepidez, felicitándolo incluso por su perseverancia, y por los logros conseguidos.

Así, como de entrada, me atrevo a calificar este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece como el pasaje de los atrevidos que vienen a romper todos los moldes que nos encorsetan. Empecemos por la mujer que nos aparece con un cierto protagonismo en el relato, la mujer cananea. Jesús anda por la región de Tiro y Sidón, muy al norte y en las afueras de Palestina, que era una región pagana y gentil. No era una región muy transitada por los judíos, que habitualmente no querían mezclarse con los gentiles. No nos dice que Jesús fuera a predicar allí, formaba parte de alguna manera de aquellos momentos en los que Jesús quiere estás más a solas con sus discípulos más cercanos, en especial aquellos a los que escogería para apóstoles.

Esta mujer cananea tiene una hija enferma, poseída por un espíritu malo como era habitual considerarlo. Y cuando conoce la presencia de Jesús acude a Jesús gritando tras de él para pedirle que cure a su hija. Ahí, por así decirlo, comienzan los atrevimientos. Si ella era pagana, ¿cómo es que acude a un judío, de religión distinta, para implorar que su Dios sane y libere a su hija enferma? Pero ella insiste gritando tras Jesús aunque parezca que no es escuchada. ‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.

Pero allí están como siempre aquellos discípulos muy fervorosos y celosos – cuanto se pueden parecer a algunos sectores muy enfervorizados y llenos de fanatismos que fácilmente encontramos siempre en la sociedad – que quieren quitar de en medio aquella mujer que sienten que les está molestando con sus gritos. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, como quien dice, bueno, dile algo para que se calle y no vuelva a molestar, pero no porque consideraran que aquella mujer merecía ser atendida, en fin de cuentas era una pagana.

Y podíamos decir que Jesús recoger el guante de solución que le están ofreciendo sus discípulos. Pero Jesús quiere llegar a algo más, porque se pone a hablar, a dialogar con aquella mujer. Ya sabemos la poca consideración en que eran tenidas las mujeres en aquella sociedad, pero además había como unos abismos, unas diferencias muy grandes, como ya se hacía constar en la actuación de los discípulos en relación a aquella mujer. No era habitual el detenerse a hablar y menos con una mujer pagana.

Y surge ese diálogo maravilloso aunque algunas veces nos pudiera parecer duro porque parte de alguna manera de lo que era el actuar de los judíos en su relación con los paganos, pero se está poniendo a prueba el valor y la fe de aquella mujer. No importan las palabras duras porque ella en su atrevimiento de amor de madre reconoce también que no es digna, pero por encima de todo confía en la misericordia. ‘Aunque sean solo unos migajas yo quiero probar de ese pan de la misericordia’, parece decir la mujer. Es lo que va a merecer la alabanza de Jesús y el regalo no ya de unas migajas sino de todo el pan de la misericordia de Dios. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.

El atrevimiento de un amor de madre, el atrevimiento y la riqueza de la misericordia de Dios a la que no podemos poner límites ni moldes. Todos cavemos en el corazón de Dios, todos en El tenemos nuestro lugar. No puede haber distinciones, limites ni separaciones. ‘Porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar’, que decía el profeta, ‘a todos los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

El Papa Francisco nos ha estado repitiendo en las Jornada Mundiales de la Juventud hace unos días que todos tienen su cabida en la Iglesia. Y recordamos cómo en su discurso nos repetía una y otra vez, todos, todos. Tenemos que hacer que en verdad eso sea una realidad, porque seguimos teniendo la tentación en nuestro corazón de poner limitaciones, de aceptar a unos sí y a otros no. Jesús se mezcló con toda clase de personas y de pecadores, aunque hubiera muchos en su entorno y en su tiempo que no lo entendieran. Y algunas veces a pesar de las palabras bonitas que podamos pronunciar da la impresión que nosotros, que la Iglesia incluso, no terminamos de entenderlo, no terminamos de llevarlo al día a día de la práctica.

Se atreve Jesús a romper moldes, nos está ofreciendo Jesús el que nosotros también seamos atrevidos y vayamos más allá de lo que siempre hacemos, de esas barreras que en nuestros prejuicios y rutinas, en nuestros miedos y en nuestras cobardías seguimos teniendo en nuestra vida en nuestras relaciones con los demás, en lo que vivimos en el día a día. Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.

viernes, 25 de febrero de 2022

Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

 


Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Todo el mundo sabe hablar del amor; cuántas cosas bellas somos capaces de decir; qué romántico lo ven todo los enamorados y cuántas cosas bonitas saben decirse; cualquiera puede sentirse inspirado. Pero es difícil hablar del amor, es difícil vivir con toda hondura el amor, cuesta mucho mantener el amor. Es una flor muy delicada que fácilmente se puede estropear.

Cuando vienen los fracasos pensamos en todo aquello romántico que fuimos capaces de decir, pero que no supimos mantener; quizás no cuidamos mucho sus raíces, no supimos abonarlas debidamente, le faltó algo que mantuviera la frescura de su belleza para siempre. Nos damos cuenta quizá que el amor es mucho más que unas palabras románticas; que tampoco puede ser algo pasajera, flor de un día; decimos quizás muchas veces que se nos muere el amor, pero ¿lo habíamos mantenido bien vivo y con toda su hondura?

No quiero ponerme pesimista, ni decir que el amor es imposible, no quiero juzgar aquellos efluvios románticos del amor, porque quizás también fueron necesarios, quisiera que supiéramos encontrar, yo el primero, el verdadero camino que nos lleve al verdadero amor. Algunas veces no es tan fácil. Está por medio nuestra condición humana con todas sus limitaciones. Pero también muchas cosas pueden influir para que no le hayamos dado la verdadera hondura que tendría que tener para que se mantenga lozano y fresco como el primer día. Aunque tiene que madurar y comenzar a tener un sabor y color añejo que lo hace más recio y más fuerte.

Y es que siempre nos entran dudas. Tenemos el corazón inquieto y podemos sentir atracción de muchas cosas mientras vamos de camino, o también nos pueden entrar los cansancios cuando no lo vivimos como una novedad de cada día. Vivimos por otra parte en un mundo donde nos cuesta reparar y preferimos tirar y cambiar. Encontrar solución para todos los problemas es una tarea ardua, pero cuando somos capaces de hacerlo al final nos sentiremos mejor.

Hay túneles oscuros en la vida con muchas luces fatuas alrededor que tratan de llamarnos la atención. Pero tenemos que saber lo que queremos, a dónde vamos, qué camino hacemos, qué es lo que realmente nos va a dar verdadera felicidad. Y eso en todos los aspectos de la vida; no solo en el amor o en el matrimonio sino en todas las cosas que emprendamos.

Quizá pueda parecer que estoy teorizando, pero si nos paramos a pensar en la realidad de la vida de cada día. Siempre en la vida hay luces y sombras, siempre pueden haber cansancios si perdemos la ilusión por alcanzar metas que nos hemos propuesto y que sabemos que son las que verdaderamente nos harán felices. Las dificultades no tienen que hacernos perder la ilusión sino hacernos sentirnos más fuertes para superarlas. Y cuando eso lo hacemos acompañados por la persona que sabemos que nos ama y a la que nosotros amamos también parece que todo se puede sentir distinto, que no nos faltarán las fuerzas para seguir el camino.

Hoy en el evangelio vemos que le plantean a Jesús las mismas cosas que seguimos planteándonos en todos los tiempos. De alguna manera están hablando de la caducidad del amor. Es lo que hacemos muchas veces, ponerle fecha de caducidad. Y cuando vamos caminando así con esa posible caducidad delante de nuestros ojos, fácilmente podemos perder la ilusión y las ganas de seguir luchando. Algunas veces algunos entran en esa aventura maravillosa del amor pensando ya de antemano en esa fecha de caducidad. Estamos reventando las raíces y el árbol pronto se puede secar en esas condiciones.

Jesús habla de una unión tan grande y tan profunda desde el amor de un hombre y una mujer que nos dice que van a ser como una sola carne. Así son los lazos del amor. Así tenemos que buscar esas raíces profundas que le den autenticidad a ese amor, para que no sea solo apariencia o flor de un día, como antes decíamos. Es tan maravillosa esa unidad que en ella Jesús pone la imagen de lo que es el amor que El tiene por su Iglesia, del amor que Dios nos tiene. Nuestro amor signo de lo que es el amor de Dios; el amor de Dios signo de lo que tiene que ser nuestro amor. ¿En el amor que vivimos habrá alguna semejanza, mirando la realidad de nuestra vida, con lo que es el amor que Dios nos tiene?

Hablar de todo esto se hace inacabable, porque así de grande es el amor. Siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso. Intenta darle brillo a tu amor cada día.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

 


Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20

Algunas veces nos creemos una raza de perfectos. Aunque en la sinceridad de nuestro ser más profundo reconocemos lo que son nuestras limitaciones, pero no es así cómo queremos manifestarnos, cómo queremos que nos conozcan, y ya nos molesta muchísimo que alguien nos haga ver nuestros defectos y nuestras limitaciones.

Así como queremos poner como una máscara para que no se noten nuestros defectos o nuestros fallos, porque muchas veces no es simplemente una debilidad, sino una maldad que nos surge en nuestro corazón, con los demás nos volvemos exigentes y nada les perdonamos; con qué facilidad echamos en cara a los otros sus errores, en qué pedestal de autosuficiencia nos subimos tantas veces, y cómo no nos importa humillar a los demás. Son cosas que nos pasan, que están ahí en la realidad de nuestra vida, que no sabemos superar, y es causa de tantos tropiezos o de tantas heridas que podemos ir produciendo en los demás.

Y es que nos falta humanidad; humanidad que tiene que llenar de comprensión nuestro corazón, que nos hace ser sinceros con nosotros mismos, que nos llevaría a una cercanía para saber caminar junto a los otros apoyándonos, estimulándonos, evitando heridas o curándolas cuando aparecen, sintiéndonos de verdad en un mismo camino.

Hemos convertido la vida demasiado en una competición, pero sin espíritu deportivo; con espíritu deportivo lo veremos como algo alegre que hemos de vivir para sentirnos todos satisfechos, con verdadero espíritu deportivo no es tanto el que quede el primero o el último, sino el gozo de haber hecho ese camino juntos. Pero hemos convertido la vida en una competición en que si podemos descartamos al otro, lo anulamos de la forma que sea y para ello no nos importaría sobreabundar sus defectos o sus errores, para yo quedar en mejor lugar. Es amargo un camino así. No es la alegría que tendríamos que vivir en la vida.


Lo que nos enseña Jesús en el evangelio es que sepamos caminar juntos, que seamos felices caminando juntos, que seamos capaces de aceptarnos, pero al mismo tiempo ser estímulo para los demás como los demás son estímulo para mí para superarnos juntos, para corregir errores, para limar asperezas, para sanar heridas. Por eso hoy Jesús nos habla de la corrección fraterna; y nos da unas pautas, porque esa corrección no puede ser un hundir a la persona sino darle la mano para que se levante y siga caminando; esa corrección la llamamos fraterna porque así nos sentimos, hermanos, y hermanos que se quieren, y hermanos que quieren lo mejor los unos para los otros, hermanos que nos sabemos sentir en comunión.

Por eso hoy Jesús nos habla también del perdón; cuando sabemos ofrecer ese perdón, y lo hacemos porque hay amor en nuestro corazón, ese gesto llega al cielo y desde el cielo recibimos también ese perdón. Por eso nos dice Jesús que ‘todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos’. Es el fruto del amor, es el fruto de sentirnos hermanos, es el fruto de saber caminar juntos.

Por esto terminará diciéndonos Jesús que cuando vivamos un amor así, seremos verdaderamente gratos para Dios. Tan gratos que por esa comunión que hay entre nosotros podemos tener la seguridad de que Dios siempre nos escucha, Dios se hace presente entre nosotros de manera especial. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’.

Ya no somos aquella raza de perfectos que nos volvemos exigentes con todos y de qué manera; somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar.

 

martes, 1 de septiembre de 2020

Poniéndonos en camino de sinceridad dejémonos sorprender por Jesús y la profunda liberación que quiere realizar en nuestra vida

 


Poniéndonos en camino de sinceridad dejémonos sorprender por Jesús y la profunda liberación que quiere realizar en nuestra vida

1Corintios 2, 10b-16; Sal 144; Lucas 4, 31-37

En la sinagoga de Nazaret había proclamado: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor’. Y al terminar de proclamar el texto de Isaías todo su comentario había sido: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

No lo entendieron en Nazaret porque otros habían sido los filtros que habían puesto en los ojos de su corazón y por eso al final hasta pretenden despeñarlo por un barranco en las afueras del pueblo. Ahora ha llegado a Cafarnaún y aquellas sus palabras finales se están dando cumplimiento en lo que sucede en la sinagoga de Cafarnaún. No era solo un anuncio sino que el signo de la liberación allí se estaba realizando en aquel hombre al que ha curado. La sorpresa y admiración que se produce se transforma en fe. Los interrogantes que se suscitan en el corazón de aquellas personas desembocan en la fe.

‘Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Fue la reacción de la gente ante lo sucedido en la sinagoga. Aunque parecía que había resistencia a la presencia y a la acción de Jesús aquel hombre fue liberado de su mal con la palabra de Jesús. Sí, es el cumplimiento de lo anunciado en la sinagoga de Nazaret. Allí se estaba cumpliendo la Escritura. Y la fama de Jesús se iba extendiendo por todas partes comentará el evangelista.

También en nosotros ha de provocar la fe, hacernos crecer en nuestra fe descubriendo la verdadera liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. En este caso es un hombre poseído por un espíritu maligno, en otras ocasiones aparecerán las limitaciones que la enfermedad produce en la gente; paralíticos, ciegos, sordomudos, leprosos acudían a Jesús, pero no siempre era la enfermedad física la que creaba esas limitaciones en las personas.

Bien sabemos cuantas cosas nos paralizan cuando nos dejamos arrastrar por la insolidaridad y por el egoísmo, cuántas cegueras porque no queremos ver, porque nos molesta la luz de la verdad, y así podíamos pensar en tantas cosas. Cada uno, aunque muchas veces nos cueste reconocerlo, sabemos de nuestros apegos, de las cosas que nos cierran la mente y el corazón. Muchas veces también como aquel hombre de la sinagoga ponemos nuestras resistencias, cerramos nuestros oídos para no escuchar, nos vamos en huida de allí donde nos pueden hacer ver la verdad y la luz, o queremos vivir despreocupados como aquellas mujeres de la parábola que no fueron precavidas para tener suficiente aceite para mantener la luz encendida.

Pero hemos de dejar que Jesús llegue a nosotros, nos tienda la mano,  nos dirija su palabra de vida, nos levante de nuestras camillas donde al final muchas veces hasta nos sentimos cómodos. Dejémonos sorprender por Jesús y la liberación que nos ofrece; sintamos cual es la verdadera salvación que El quiere para nosotros. No nos vale una confesión rutinaria como tantas veces hacemos limitándonos a repetir siempre lo mismo, sino que con sinceridad seamos capaces de ver lo que dentro de nosotros nos está haciendo tanto daño y de lo que Jesús quiere liberarnos. Nos cuesta pero necesitamos esa sinceridad en nuestra vida para que haya un verdadero encuentro salvador con el Señor.

 

 

jueves, 2 de julio de 2020

Ponte en pie, no te quedes en tu camilla, vete a tu casa, al encuentro con los demás, tiende la mano para que otros se levanten


Ponte en pie, no te quedes en tu camilla, vete a tu casa, al encuentro con los demás, tiende la mano para que otros se levanten

Amós 7, 10-17; Sal 18; Mateo 9, 1-8
¿Nos daremos cuenta del misterio o de la riqueza que hay detrás de esa personar con la que nos cruzamos cada día en la calle? Quizás en las prisas de nuestra vida moderna – parece que siempre vamos corriendo porque se nos va a quemar lo que dejamos al fuego – ni nos damos cuenta de esas personas con las que nos vamos cruzando. Vamos a lo nuestro, vamos en nuestros pensamientos, vamos con nuestras preocupaciones, lo que tenemos que hacer o aquello en lo que nos vamos a entretener – de todo hay -, y no miramos. Algunas veces sobre todo cuando caminamos en el bullicio de nuestras ciudades nos cruzamos con personas a las que conocemos o con quienes podemos tener alguna relación de vecindad o de amistad y no las vemos. Y no es que ahora vayamos con nuestras mascarillas y por eso desconocemos a las personas.
¿Qué sabemos de esa persona con la que nos cruzamos? de sus preocupaciones o de sus problemas, de sus proyectos o de sus sueños, de sus limitaciones o de la riqueza espiritual en la valores que hay en su vida, de lo que hace o de aquello que quisiera hacer pero que necesitaría quizás un empujoncito de ánimo... Pero quizá nos atrevemos a juzgar; si la vemos en una situación difícil o problemática, por decirlo así, quizá fácilmente la culpabilizamos. Para eso quizás estamos más prontos y atentos.
¿Habrían pasado desapercibidos aquellos hombres que portaban en una camilla a un hombre discapacitado por su parálisis? Quizá los vecinos de Cafarnaún verían pasar aquel pequeño cortejo pero no imaginaban las maravillas que iban a suceder. De entrada quizá tendríamos que fijarnos en el detalle de unos hombres que se preocupan de aquel paralítico.
Vemos en nuestros parques o calles a personas que empujan una silla de ruedas con un discapacitado y quizá lo más que pensamos es en el familiar que lo sacó de paseo o lo lleva al médico o a la rehabilitación. ¿Pensamos quizá en unos voluntarios que dedican su tiempo a hacer algo por esas personas? ¿Qué sentimos por aquel discapacitado? ¿Quizá nos sentimos compasivos pensando en el ‘pobrecito’ que no puede caminar? ¿Y la vida que encierra esa persona con sus posibilidades y riquezas humanas que podría quizá desarrollar? ¿No sería ésta una visión distinta?
Aquellos hombres llevaban a aquel paralítico hasta los pies de Jesús. El evangelio de Mateo no nos da los detalles de los otros evangelistas que nos hablan de la mucha gente y de cómo tuvieron que descolgarlo abriendo un boquete en la terraza o el tejado para bajarlo. Nos quedamos hoy simplemente en el relato de Mateo. Jesús sí supo ver el corazón de aquellos hombres. ‘Viendo la fe que tenían’, nos dice el evangelista. Una mirada que traspasaba las apariencias externas. Cómo tendremos que aprender a mirar el corazón.
Y Jesús ofrece la curación y salvación más profunda que podía darle a aquel hombre. Pensamos, lo llevaban para que curara su parálisis, y Jesús habla de la liberación interior, porque le perdona sus pecados. Aparte de los comentarios y rechazos de los escribas y fariseos que por allí andaban vamos a fijarnos en todo lo que le ofrece Jesús. Y no es que su enfermedad fuera consecuencia del pecado, como era común pensar en aquella época y algunas veces nos viene a nosotros también ese pensamiento a la cabeza. Jesús quiere la plenitud para aquel hombre, Jesús quiere que vivamos la vida en plenitud.
Y hay muchas ataduras en nuestro corazón, muchas cosas que nos paralizan con nuestra manera de pensar, con nuestros prejuicios y también con nuestras condenas fáciles, nuestras actitudes egoístas e insolidarias con que tantas veces vamos por la vida, con la cerrazón de nuestra mente que oscurece nuestra mirada y algunas veces nos va cerrando horizontes. No podemos caminar porque hay parálisis no en nuestras piernas sino en nuestro corazón y así vamos arrastrándonos por la vida con nuestra mirada miope para no descubrir el valor de los demás, el valor de toda persona.
Ponte en pie, le dijo Jesús, al paralítico, coge tu camilla, vete a tu casa. Vete a la vida, no te quedes postrado en la camilla, vete al encuentro con los demás y ponte también a ayudar a llevar la camilla de los otros, no te quedes ahí paralizado sino levántate y vete a tender también la mano a los otros, sal de ti mismo y abre tu corazón para sintonizar con los que están a tu lado a los que muchas veces ni siquiera vemos. Cuántas cosas nos puede estar diciendo también a nosotros Jesús, cuántos horizontes se están ampliando en nuestra vida, qué otro mundo podemos descubrir.