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martes, 4 de abril de 2023

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

 


Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Nuestra vida se nos llena en muchas ocasiones de contradicciones e incongruencias como si no supiéramos lo que queremos o lo que buscamos; tenemos momentos de entusiasmo, tras los que viene pronto el sentirnos como derrotados, y comenzamos a actuar de manera distinta en contradicción quizá con lo que antes queríamos vivir o veíamos tan fácil. Contratiempos que  nos aparecen, insatisfacciones porque las cosas no son como nosotros pensábamos o soñábamos, un desaire que nos afectó o una situación difícil que vimos en alguien en quien habíamos puesto nuestra confianza, momentos de flaqueza y de debilidad en que vamos tropezando con todo, nos llevan a esas incongruencias y contradicciones. Una cadena que a veces parece que no tiene fin.

¿Cómo se encontraban los discípulos de Jesús en aquellos momentos que estaban viviendo ya en Jerusalén después de lo que Jesús había anunciado repetidamente en su subida a la ciudad santa? Las cosas parecía que se iban precipitando. Las mismas palabras de Jesús y sus gestos hay momentos en que les resultan enigmáticas, difíciles de entender. Ahora que están en la cena pascual – ya ha habido algunos signos a los que haremos mención en otro momento – y viene Jesús y en medio del entusiasmo de la cena les dice que uno de ellos lo va a entregar.

Fue un mazazo, podríamos decir. Se preguntan con la mirada sobre el significado de las palabras de Jesús. A insinuaciones de Simón Pedro, Juan que está más cerca de Jesús le preguntará un poco como queriendo sonsacar un secreto, quien es el traidor. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado’, y se lo dio a Judas Iscariote.

Y Jesús le dirá que lo que tiene que hacer, que lo haga pronto, sin que el resto de comensales entienda. Y tras tomar el pan Judas salió para dar cumplimiento a la traición. ‘Era de noche’, dirá el evangelista. ¿Comenzaba la hora de las tinieblas como diría Jesús en otro momento? ¿Era de noche para Judas que había emprendido un camino de alejamiento de Jesús? En cuantas noches nos vamos introduciendo nosotros también tantas veces. Una pendiente resbaladiza, de la que no siempre sabemos cómo salir.

Y Jesús sigue hablándonos de lo que son aquellos últimos momentos. ‘Me queda poco de estar con vosotros…’ pero ellos no quieren apartarse de Jesús. Como siempre Pedro habla en nombre de todos afirmando sus deseos y voluntad de estar siempre al lado de Jesús pase lo que pase. No sabe de lo que es su propia debilidad. Nos sentimos tan fuertes y valientes en ocasiones, pero pronto pueden aflorar nuestras debilidades y tropiezos. Es lo que Jesús le dice a Pedro, el que estaba dispuesto a dar su vida por Jesús. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’ .Una nueva incongruencia que iba a aparecer. Como tantas de nuestra vida.

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… cosas que siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos. Pero no dejemos que la noche nos envuelva. Pedro también tropezó en esas valentías y atrevimientos como tantas veces nos metemos en la vida, pero no se dejó que las sombras de la noche le envolvieran, aunque le costara recuperarse y salir de nuevo a flote. Pedro supo llorar su pecado; Judas Iscariote se dejó vencer por la negrura de su traición y sabemos cómo terminó.

Dejémonos encontrar por Jesús aunque estemos hundidos en la peor de nuestras negruras. Cuando aquella noche cantó el gallo y Pedro se dio cuenta de su negación, aún estaba en patio cuando pasó Jesús y se dejó mirar por Jesús. No hubo palabras, no hubo reproches, solo una mirada en silencio, porque aún en su dolor por su negación el amor permanecía en el corazón de Pedro. No podía quedarse Pedro en la noche oscura. Un día Jesús solamente se lo recordará preguntándole si lo amaba y lo amaba más que el resto. Jesús podía seguir contando con Pedro.

Es para nosotros un rayo de luz y de esperanza. Es un comenzar a ver cómo se puede desenmarañar ese ovillo de nuestras incongruencias y debilidades. Jesús estará tirando del hilo de nuestro amor para que se mantenga siempre bien unido a su amor a pesar de los nudos. Y es que siempre Jesús nos está llamando a la vida, siempre nos regalará su perdón. ¿Aprenderemos nosotros a mantener también vivo y sin romperse ese hilo del amor hacia los demás aunque a veces nos sintamos defraudados, a veces nos veamos también enrollados en esas mutuas incongruencias que nos pueden hacer daño?

miércoles, 11 de agosto de 2021

Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

 


Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20

Algunas veces nos creemos una raza de perfectos. Aunque en la sinceridad de nuestro ser más profundo reconocemos lo que son nuestras limitaciones, pero no es así cómo queremos manifestarnos, cómo queremos que nos conozcan, y ya nos molesta muchísimo que alguien nos haga ver nuestros defectos y nuestras limitaciones.

Así como queremos poner como una máscara para que no se noten nuestros defectos o nuestros fallos, porque muchas veces no es simplemente una debilidad, sino una maldad que nos surge en nuestro corazón, con los demás nos volvemos exigentes y nada les perdonamos; con qué facilidad echamos en cara a los otros sus errores, en qué pedestal de autosuficiencia nos subimos tantas veces, y cómo no nos importa humillar a los demás. Son cosas que nos pasan, que están ahí en la realidad de nuestra vida, que no sabemos superar, y es causa de tantos tropiezos o de tantas heridas que podemos ir produciendo en los demás.

Y es que nos falta humanidad; humanidad que tiene que llenar de comprensión nuestro corazón, que nos hace ser sinceros con nosotros mismos, que nos llevaría a una cercanía para saber caminar junto a los otros apoyándonos, estimulándonos, evitando heridas o curándolas cuando aparecen, sintiéndonos de verdad en un mismo camino.

Hemos convertido la vida demasiado en una competición, pero sin espíritu deportivo; con espíritu deportivo lo veremos como algo alegre que hemos de vivir para sentirnos todos satisfechos, con verdadero espíritu deportivo no es tanto el que quede el primero o el último, sino el gozo de haber hecho ese camino juntos. Pero hemos convertido la vida en una competición en que si podemos descartamos al otro, lo anulamos de la forma que sea y para ello no nos importaría sobreabundar sus defectos o sus errores, para yo quedar en mejor lugar. Es amargo un camino así. No es la alegría que tendríamos que vivir en la vida.


Lo que nos enseña Jesús en el evangelio es que sepamos caminar juntos, que seamos felices caminando juntos, que seamos capaces de aceptarnos, pero al mismo tiempo ser estímulo para los demás como los demás son estímulo para mí para superarnos juntos, para corregir errores, para limar asperezas, para sanar heridas. Por eso hoy Jesús nos habla de la corrección fraterna; y nos da unas pautas, porque esa corrección no puede ser un hundir a la persona sino darle la mano para que se levante y siga caminando; esa corrección la llamamos fraterna porque así nos sentimos, hermanos, y hermanos que se quieren, y hermanos que quieren lo mejor los unos para los otros, hermanos que nos sabemos sentir en comunión.

Por eso hoy Jesús nos habla también del perdón; cuando sabemos ofrecer ese perdón, y lo hacemos porque hay amor en nuestro corazón, ese gesto llega al cielo y desde el cielo recibimos también ese perdón. Por eso nos dice Jesús que ‘todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos’. Es el fruto del amor, es el fruto de sentirnos hermanos, es el fruto de saber caminar juntos.

Por esto terminará diciéndonos Jesús que cuando vivamos un amor así, seremos verdaderamente gratos para Dios. Tan gratos que por esa comunión que hay entre nosotros podemos tener la seguridad de que Dios siempre nos escucha, Dios se hace presente entre nosotros de manera especial. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’.

Ya no somos aquella raza de perfectos que nos volvemos exigentes con todos y de qué manera; somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar.

 

viernes, 6 de diciembre de 2019

Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades


Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades

 Isaías 29, 17-24; Sal 26;  Mateo 9, 27-31
Afrontar las dificultades de la vida es algo que en muchas ocasiones nos cuesta y casi preferiríamos evadirnos, no querer ver ni saber para no tener que pasar por ese esfuerzo, repito, muchas veces costoso y que nos podría acarrear también en ocasiones muchos sufrimientos. Huimos de aquello que nos hace ver la realidad, que nos puede hacer sufrir, preferimos, repito, cerrar los ojos.
Pero no quiero pensar en este momento en las dificultades que podamos encontrar, por así decirlo, enfrente, sino quiero pensar en lo que encontramos en nosotros mismos, nuestras limitaciones, o las malas costumbres que se convierten en vicio y que tenemos que esforzarnos por superar. No queremos reconocer nuestras limitaciones, o los errores que hayamos podido cometer en la vida; queremos creernos perfectos, fuertes y poderosos e incluso cuando la enfermedad nos toca por algún lado no queremos pensar en ello o tardamos en ocasiones en dar pasos por superar esa situación. Enfermedades que se vuelven crónicas con todos sus inconvenientes, o malas costumbres que se convierten no solo en rutinas sino también en vicios en nuestra vida.
Pero bien sabemos que la solución no pasa por cerrar los ojos, sino por afrontar la realidad, reconocer eso que nos limita o que nos hace daño, para encontrar caminos luego de solución, de reparación o de encuentro con una vida renovada. No es la actitud pasiva, de esperar a ver si por si mismo se solucionan las cosas la que nos puede ayudar sino una actitud positiva de caminar y de dar pasos hacia delante buscando camino y solución.
Creo que es el estilo de esperanza activa que hemos de vivir en este tiempo de Adviento. No podemos simplemente dejar pasar el tiempo. No es decir, viene la navidad y ya vivimos en esos momentos la alegría de la fiesta o nos llenaremos de nostalgias y tristezas como les sucede a muchos. Es otra la manera de celebrar el nacimiento del Señor, pero haciendo de verdad que el Señor venga a nuestra vida con su salvación. Claro que necesitamos reconocer que estamos necesitados de esa salvación. Y para ello tenemos que mirarnos frente a frente a nosotros mismos para reconocer cómo somos, qué es lo que hay en nuestra vida que necesita la renovación de esa salvación que nos trae el Señor.
Hoy vemos a dos ciegos en búsqueda de Jesús. Le siguen aunque pueda parecer que Jesús no los escucha, insisten y llegan incluso a las puertas de la casa donde está Jesús. Reconocen su ceguera y esperan la compasión y el amor del Señor. Seguramente se habrán valido incluso de alguien que les lleve y les conduzca hasta Jesús porque en su ceguera les sería difícil seguir el camino. Pero allí están.
¿Puede Jesús curarles? ¿Puede el Señor renovar de verdad nuestra vida tan llena de limitaciones, de errores, de pecados? Ahí tiene que estar nuestra fe que nos da seguridad. Ahí tiene que estar nuestra fe para dejarnos curar por Jesús. Porque algunas veces no nos dejamos curar, preferimos quizá seguir cómo estamos o sean otros los remedios que se nos ofrezcan. Pero dejar que el Señor llegue a nuestra vida tiene que ser algo radical, en una disponibilidad total para recibir y aceptar la gracia que el Señor nos ofrece y comenzar luego a vivir con un sentido nuevo, con una vida nueva. Que no queramos seguir como antes, como tantas veces hacemos.

lunes, 8 de abril de 2019

Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo


Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11

No siempre conocemos lo que hay en el interior de las personas y muchas cosas hermosas se pueden escoger en la intimidad de nuestro ser, de la misma manera que también podemos tener lados oscuros en nuestro interior llenos de malicia y de malas intenciones. Conocemos a las personas desde lo que manifiestan, desde lo que es su apariencia exterior, pero no tenemos por que andar en la vida desconfiando de la sinceridad de lo que muestran para llenarnos de sospechas y de juicios condenatorios. Es cierto que por el fruto de conoce el árbol, pero también en la apreciación de ese fruto podemos entrar en confusiones que nos pudieran llevar al juicio y a la condena.
Esto por una parte donde tenemos que aprender a no juzgar ni condenar, pero donde también hemos de presuponer la buena voluntad y la buena intención en lo que hacen los demás. Pero aun así me podéis decir, es que estamos viendo claramente lo malo que está haciendo y entonces claro que podemos condenar. ¿Y a ti por cualquier debilidad que tenga siempre tenemos que condenarte? Porque somos débiles, no siempre somos capaces de sentir la verdadera fortaleza para superar aquel mal momento, aquella tentación que nos sobreviene y en nuestra debilidad podemos cometer el error. ¿Y ya por eso condenamos?
Se suele decir que el mejor escribano hace un borrón, por lo que siempre tendríamos que estar en disposición de disculpar el error, dar la posibilidad a que esa persona se corrija y cambien su manera de actuar o las actitudes que pueda tener dentro de si, pero en otro momento no tener el mismo tropezón o hacer el mismo borrón.
Distintas y nuevas tienen que ser nuestras posturas y actitudes ante los errores o los pecados, como queramos decir, que puedan cometer los demás. Y pensemos que con el mismo juicio que nosotros condenamos, vamos a ser juzgados nosotros y condenados a la mínima también. Somos seres humanos, y en consecuencia sujetos a errores, y conociendo como todos tenemos nuestras debilidades, con esas buenas posturas hemos de ir por la vida en nuestra relación y trato con los demás. De eso nos habla mucho el evangelio.
Hoy en la celebración volvemos, en este ciclo, a escuchar el mismo evangelio que ayer domingo. La mujer sorprendida en adulterio que traen a la  presencia de Jesús ya condenada previamente pero para ver cual sería la postura que iba a tomar Jesús. Y el que ya en el evangelio nos había dicho ‘no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, es la respuesta que da Jesús a aquellos que vienen con exigencias de condenas, haciéndoles recapacitar que todos en la vida tenemos pecados, porque no siempre somos fieles al mandamiento del Señor.
Con esa hipocresía andamos muchas veces en la vida, porque nos damos por buenos, nos presentamos fácilmente como cumplidores, sabiendo que nuestro corazón está muy lejos de los caminos del Señor. Pero en nuestra vanidad queremos siempre aparentar que somos buenos, que no vayan a pesar mal de mí los demás cuando ya me he creado un prestigio. Con lo fácil que sería ser humilde reconociendo que también somos débiles, que también cometemos errores, y así seríamos siempre comprensivos con los demás.
No olvidemos lo que nos repite Jesús en el evangelio, que seamos santos, que seamos compasivos y misericordiosos porque nuestro Padre del cielo – que El si es el único Santo – es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Qué distinto sería nuestro caminar por la vida.