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sábado, 7 de junio de 2025

Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

 


Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.

Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.

Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.

No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.

Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.


martes, 13 de mayo de 2025

Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

 


Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

Hechos 11, 19-26; Salmo 86; Juan 10, 22-30

Hay ocasiones en que la actitud o la manera de actuar de una persona nos deja, como solemos decir, descolocados; nos sorprende, no sabemos cómo reaccionar, lo que está haciendo nos choca porque quizás nosotros no somos capaces de hacerlo o porque va contra nuestra forma de actuar y de alguna manera es como una denuncia de lo incongruente que nosotros estamos haciendo.

Una postura de generosidad y de entrega a los que menos nosotros pensamos frente a nuestras comodidades y actitudes de insolidaridad, por ejemplo. Una postura de humildad y cercanía de quien nosotros considerábamos una persona tan importante que nos parecía incapaz de tener esos gestos o quizás nos pudiera parecer fuera de lugar;  muchos ejemplos de cosas que nos descolocan podíamos recordar, porque son cosas por las que alguna vez hemos pasado.

Por supuesto de ahí podemos sacar lecciones positivas, pero también muchas veces nos empecinamos más en nuestra manera de actuar y de alguna manera nos molesta. Es precisamente lo que nos hace sentirnos descolocados, fuera de lugar.

¿Le estaba sucediendo a ciertos sectores de los judíos con Jesús? De alguna manera, sí. Por una parte quienes incluso valiéndose de la religión habían logrado poner en un estado de privilegio y de influencia que se sentían incómodos con lo que Jesús enseñaba y con lo que Jesús hacía. Estaba también la manera de pensar sobre lo que tenía que ser un profeta y ser el Mesías que chocaba con la enseñanza de Jesús, y aunque los sencillos lo aclamaban y reconocían los signos que Jesús hacía, por otra parte mantenían unas esperanzas que no concordaban con el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclamaba. Para algunos incluso Jesús resultaba peligroso, por eso veremos cómo acaban tramando contra Él hasta llevarlo a la cruz y a la muerte.

Es el diálogo que hoy vemos entre Jesús y los judíos en aquella visita a Jerusalén. Estaban en Jerusalén en la fiesta de la Dedicación del templo. Y a Jesús se acercan con sus expectativas para que Jesús les diga claramente si es o no es el Mesías esperado. ‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Y Jesús pacientemente les explica que Él está haciendo las obras del Padre que dan testimonio de El, de quien es. Pero les dice que como no son de sus ovejas, no pueden escuchar su voz, no pueden entender lo que Jesús les está diciendo. Ya lo hemos reflexionado estos días en que el evangelio ha girado en torno a la figura del Buen Pastor. Las ovejas conocen y escuchan la voz de su pastor y le siguen. Es lo que no está sucediendo con ellos.

Pero Jesús les dice que a los que le siguen y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados. Él ha venido para que tengamos vida y en abundancia. Y es lo que nos ofrece. Se va a entregar por nosotros para que tengamos esa vida, para que podamos sentir esa paz en el corazón, para que en verdad nos sintamos transformados para ser unos hombres nuevos. Lo que necesitamos es poner nuestra fe en El, que nunca nos fallará.

Algunas veces, sin embargo, cuando escuchamos el evangelio de alguna manera nos sentimos descolocados; pero nos sentimos así porque aún quedan en nosotros vestigios del hombre viejo y aparecen nuestras ambiciones y nuestras búsquedas de intereses, porque vemos la distancia que quizás nos falta para aprender a actuar a la manera de Jesús, o cuando contemplamos a nuestro lado a personas que en verdad quieren seguir el espíritu del evangelio y se muestran humildes y cercanas, se les ve entregadas incondicionalmente, se les ve con una generosidad grande para compartir.

Como decíamos antes que todo eso nos sirva para lo bueno, sea para nosotros un estímulo, que aprendamos a dar también esos pasos de generosidad y de amor que serán los que en verdad transformarán nuestro mundo.


viernes, 7 de febrero de 2025

Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

 


Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

Hebreos 13,1-8; Salmo 26; Marcos 6,14-29

A todo todos nos sucede, hay cosas del momento presente que nos traen recuerdos del pasado; es bueno, hemos de reconocerlo, recordar cosas positivas de nuestra vida, no para llenarnos de orgullos que nos hagan creernos los mejore y subirnos en pedestales que nos hagan estar por encima de los demás, sino para reconocer de lo que somos capaces valorar lo que es bueno y sentirnos con ello estimulados a seguir nuestro camino aunque algunas veces nos exija esfuerzos.

Pero también nos puede suceder que acontecimientos o reflexiones que nos hagamos en el presente sean como un aguijón que nos pincha en la conciencia por cosas que hicimos y que no fueron buenas; todos cometemos errores en la vida, tenemos tropiezos, hacemos lo que no es bueno porque no somos santos, porque hay mucha debilidad en nuestra vida, porque algunas veces nos habremos cegado con cosas que nos hicieron tropezar. Ahora no sentimos interrogados por dentro y puede surgir la mala conciencia o el arrepentimiento; debe ser lección aprendida para que no volvamos a tropezar.

¿Le estaba sucediendo a Herodes con lo que estaba escuchando de aquel nuevo profeta de Galilea? Jesús se había ido dando a conocer, causaba admiración en las gentes y como siempre las noticias corren; a los oídos de Herodes llegó la noticia. ¿Quién era aquel profeta del que tanto hablaba la gente? Las opiniones de la gente eran diversas, pero en su interior sentía algo especial; ¿sería Juan, el profeta del desierto y del Jordán que él había mandado matar?

Esto le da ocasión al evangelista para narrarnos este episodio completando así la presentación de lo que había sido la figura del Bautista y ofreciéndonos el testimonio supremo de su vida. Juan ya estaba en la cárcel; aunque se dice que Herodes sentía admiración por Juan, instigado por la mujer con la que convivía lo metió en la cárcel porque le decía que no era lícito que viviera con la mujer de su hermano.

Se cruzan las ambiciones, las envidias, las cobardías, la maldad de los corazones heridos que tienen conciencia de que obran mal y el justo sufre las consecuencias. Cuántas veces nos sucede, como se dice, paga el justo por el pecador. Pero Juan era fiel a su sentido moral de la vida y consciente de su misión profética de preparar para la venida del Señor un pueblo bien dispuesto. No puede callar, aunque esto le lleve a la cárcel y posteriormente a la muerte. ¿Seríamos capaces nosotros de mantener una fidelidad así a unos valores y a unos principios? Cuántas veces callamos.

Y la ocasión directa viene en una fiesta que ofrece Herodes a sus invitados y la hija de Herodías baila para Herodes. Vienen las promesas entusiasmadas que luego serían difíciles de cumplir cuando hay verdaderos principios. Pero esta ocasión la cobardía lo invadió todo. La petición de Salomé instigada por su madre será la cabeza de Juan Bautista. Herodes se vio cogido por su palabra y sus promesas y el miedo a quedar mal ante sus invitados. Quedar mal ante los que nos rodean, dar la cara cuando es necesario un testimonio, cuanto nos cuesta. Y Juan fue decapitado. El testimonio de la sangre y de la vida entregada como signo de una fidelidad a una fe y a una misión.

Decíamos que de los hechos de la vida tenemos que aprender, aun cuando hayamos errado y tropezado. De este proceso del corazón de Herodes también tenemos que aprender. ¿Qué es lo que realmente guía nuestra vida? ¿Sobre qué fundamentamos lo que verdaderamente nos hace felices? ¿Hasta dónde llega la fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra responsabilidad, a la misión que tenemos que desempeñar en la vida? ¿Cuánto dependemos de lo que pensamos que es la opinión o la valoración que la gente haga de nosotros y de nuestros actos? ¿Seremos capaces de reflexionar seriamente de lo que ha sido el proceso de nuestra vida para comenzar a actuar de manera distinta?

viernes, 13 de septiembre de 2024

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

 


El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

1 Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Dicen que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos. Siempre recuerdo el comentario de aquella vecina que siempre andaba criticando a la vecina porque viéndola desde la ventana de la cocina de su casa decía que no sabia lavar la ropa y que la tendía llena de suciedad; pero un día que su marido escuchó su comentario quiso el ver por si mismo lo que decía su mujer observándolo desde la misma ventana; entonces se dio cuenta y le dijo a su mujer que mejor lavara los cristales de su ventana que eran los que estaban llenos de suciedad y lo que desde allí se veía no era la suciedad de las sábanas de la vecina, sino la de sus propios cristales.

Nos pasa con demasiada frecuencia, solo vemos lo que nos parece que le sucede a los demás sin saber cual es la situación de los otros, el momento por el que estén pasando o las luchas personales que están realizando en si mismos. Pero vemos lo de fuera en los otros – porque además no tenemos por qué atrevernos a hacer juicio de sus interioridades – pero no vemos lo que nos sucede en nosotros. Y en nosotros, si no fuéramos tan ciegos, podemos ver también lo que hay dentro de nuestro corazón.

Son los juicios temerarios que están a la orden del día, siempre tenemos algo que opinar, pero lo que es peor juzgar y condenar, son las murmuraciones tema de nuestras conversaciones, son las criticas furibundas con las que pretendemos destruir, nunca construir, porque además queremos que las cosas sean a nuestro gusto, según nuestro parecer u opinión, y cuando son distintas lo más fácil que aparece es el rechazo, porque además suele terminar aun peor.

En una actitud y postura madura tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos, ser los que nos tracemos un plan de crecimiento y maduración porque nos revisamos y nos corregimos, enderezamos nuestros entuertos y renovamos el camino cuantas veces sean necesario para llegar a vivir con esa dignidad. Y eso entraña al tiempo que exigencia para nosotros mismos, respeto hacia los demás, al menos, en la medida en que queremos que a nosotros nos respeten.

Es valorarnos a nosotros mismos por el esfuerzo que estamos realizando, no sentirnos hundidos por los tropiezos que vayamos teniendo, porque reconocemos nuestra humanidad y nuestra debilidad, pero también hacemos renacer esa fortaleza que necesitamos para reemprender cuantas veces sea necesario ese camino de superación porque es la manera de alcanzar esa plenitud a la que aspiramos. Pero al mismo tiempo valoramos el camino de los demás, seremos estímulo para sus esfuerzos, y tenderemos siempre nuestra mano para levantar y para ayudar a caminar, como también nosotros nos dejamos tomar de la mano para hacer el nuestro.

Qué distinta sería la vida y nuestras mutuas relaciones; cómo desaparecerían las descalificaciones y la envidias; cómo desde el respeto aportamos lo mejor de nosotros mismos para el camino de los demás; cómo seriamos estímulo los unos para los otros logrando que nuestro mundo sea mejor.

Es el camino que nos propone Jesús, es el Reino de Dios que nos anuncia y que se va haciendo realidad en el día a día de nuestra vida porque vamos realizando en nosotros y en nuestro mundo lo que Dios quiere. Que seamos una hermosa humanidad, que resplandezcan esos valores que nos hacen más humanos y que nos hacen querernos los unos a los otros.

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros. Y eso entraña respeto y cercanía, tendernos la mano los unos a los otros y buscar siempre lo mejor para el otro, amarnos de verdad desde lo más hondo del corazón, porque hemos aprendido del amor que Dios nos tiene. Es el camino que Jesús está abriendo ante nosotros; son esas pequeñas cosas de cada día que El nos va señalando para que busquemos siempre la manera de realizarlas de la mejor forma posible.

Miremos con el color de la humanidad.

miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

jueves, 14 de marzo de 2024

Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

 


Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

Lo menos que le podemos pedir a una persona en su actuación pública, y más aún cuando ejerce algún tipo de responsabilidad o de liderazgo en la sociedad es que sea coherente; que haya verdadera congruencia entre lo que dice o le pide a los demás y lo que él hace con su propia vida; lo contrario sería falsedad, actuación desde unos intereses donde parece que para él lo importante es su dominio sobre los demás o lo que personalmente se pueda beneficiar antes que esos valores que trata de enseñar o lo que es el bien de esa sociedad a la que tendría que servir.

Desgraciadamente en el mundo que vivimos vemos demasiadas incongruencias, poca coherencia y realmente esta hace que muchas veces vayamos desencantados por la vida y nos sintamos sin estímulo para luchar por unos ideales. Cuánto daño se puede hacer. No son los buenos ejemplos los que arrastran, sino que más bien nos vemos como engullidos en un mundo de falsedad. Poco podemos caminar hacia una sociedad mejor.

‘Sabemos que eres veraz’, no les quedó más remedio que reconocer a los escribas y maestros de la ley ante Jesús, aunque sus palabras también iban con unas segundas intenciones porque a la larga lo que querían era coger a Jesús en sus propias palabras. Nosotros sí podemos decir de Jesús que sabemos que es veraz, porque El mismo se nos presentará en algún momento del Evangelio como ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’, y nos enseña que siguiéndole no perderemos el camino porque llenos de la Sabiduría de Dios nos llenaremos plenamente de su vida.

Es como se nos presenta hoy Jesús en el evangelio. En el tiempo litúrgico que nos resta de la Cuaresma iremos escuchando en el Evangelio y la Palabra de Dios una serie de textos que nos presentan aquellas diatribas que surgieron entre aquellos que quería quitarlo de en medio y Jesús. Hoy nos está planteando por qué no creemos en El. Nos habla del testimonio de Juan el Bautista que había preparado los caminos del Señor y que nos presentará a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aunque como les dice, ellos tampoco creyeron a Juan, porque siempre estuvieron en desconfianza con él. Recordemos cómo le habían también enviado una embajada pidiéndole que diera razón de por qué bautizaba allá en el desierto.

Pero Jesús nos habla hoy más del testimonio del Padre a través de las obras que Jesús realiza. ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios?, se preguntaban un día ante las palabras de Jesús ante el paralítico que habían descendido del techo hasta los pies de Jesús. Ante la incredulidad de aquellos que lo observaban entonces, de alguna manera Jesús les pregunta también ¿y quien es el que puede tener poder para sanar y para curar, para realizar los signos y milagros que Jesús realiza? Como nos dirá Jesús El no hace sino las obras que el Padre le mandó realizar.

Si Jesús nos va proponiendo un camino nuevo que ha de ser siempre por los derroteros del amor, del perdón, de la comprensión, del servicio, de la misericordia, es así cómo Jesús se nos manifiesta. Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Es el Dios que nos mira a los ojos y al corazón desde su mirada de amor y de misericordia. Ya lo vemos cómo no solo curará a todos aquellos que sufren, sino que se acerca a los más pequeños, acoge a los pecadores y para todos tiene palabras de perdón. ¿Qué es lo que dirá en el momento en que lo estén crucificando? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

Es el camino, es la Verdad, es la Vida; con El no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el camino, tenemos asegurada la Vida, porque le tenemos a El.


miércoles, 1 de noviembre de 2023

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vida a nuestro lado

 


Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vidas a nuestro lado

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3;  Mateo 5, 1-12a

A vivir que son cuatro días, para allá no nos llevamos nada… son expresiones que escuchamos con frecuencia, y es fácil que en estos días, por aquello de las celebraciones de los difuntos, escuchemos con mucha frecuencia, sobre todo mañana aunque para muchos se haya trasladado esta celebración al día primero con merma del sentido que tiene este día. Esos son los que el mundo llama dichosos, porque la felicidad se les queda en eso, vivir, disfrutar, pasarlo bien sin preocupaciones ni problemas que nos quiten el sueño, y de ahí ya sabemos en lo que consisten esos disfrutes y esas maneras de ser felices.

Pero qué contraste con lo que hoy escuchamos en el evangelio, lo que tendrían que ser nuestros valores, nuestros sueños y nuestras metas si en verdad nos decimos cristianos, seguidores de Jesús y su evangelio. Pasarlo bien parece que es tener de todo, pasarlo bien es que nunca nada nos haga sufrir, porque intentamos pasar por encima de todo eso sin querer atender a esos detalles, pasarlo bien es que yo sea feliz y poco me importe lo que le pasa a los demás, pasarlo bien es sentirme siempre triunfador, colocado como sobre un pedestal porque todos me admiren aunque algunos quizás me teman, y así podríamos seguir haciendo relación de esa manera de entender eso de pasarlo bien.

En contraste, Jesús habla de pobres, de gente que llora y que sufre, habla de los que son incomprendidos por los principios y valores sobre los que han fundamentado su vida, habla de saber llorar también con los que lloran y con los que sufren, habla de unos caminos de rectitud frente al mal que nos rodea lo que tendrá que llevarme a un camino continuo de superación y de vencimiento ante tantas cosas que nos rodean y nos atraen por caminos fáciles. Pero, ¡ojo!, Jesús nos está diciendo que serán dichosos y serán felices y bienaventurados.

Es un nuevo sentido de vivir, es una nueva riqueza que buscamos para nuestra vida, son unos nuevos caminos que nos van a llenar de las satisfacciones más hondas y que serán las que van a permanecer para siempre con nosotros y sí nos vamos a llevar para allá. Es una vida de trascendencia, que nos hace ir más allá del momento presente para encontrar lo que va a dar verdadera plenitud a nuestra vida. Es una vida donde vamos llenando el corazón no de riquezas caducas que las polillas pueden corroer o los ladrones robar.

Son los verdaderos tesoros que embellecen el corazón y que no se quedan en vanidades exteriores que pronto pueden ajarse o que el paso de los años van a llenar de arrugas. Serán esos corazones generosos, compasivos, llenos de ternura y de misericordia cuya sintonía va a hacer felices a muchos. ¡Qué bien nos sentimos al lado de los que tienen un corazón así! ¡Qué mundo distinto construiríamos si todos fuéramos capaces de entrar en esa sintonía!

Es a lo que nos está invitando esta fiesta de todos los Santos que hoy celebramos. Es nuestra fiesta, es el día de todos nosotros, es el día de todos los que han caminado a lo largo de los siglos queriendo seguir y vivir ese camino, es el día en que tenemos que mirar en torno nuestro para darnos cuenta, aunque vivan una vida silenciosa, de tantos y tantos que viven en esa sintonía del evangelio.

Como nos decía el Papa Francisco en una ocasión tenemos que saber descubrir a los santos de la puerta de al lado. Esas personas que están junto a nosotros, cercanas a nuestra vida, con sus luchas y trabajos, con sus deseos de superación a pesar de las debilidades que quizás muchas veces les hagan tropezar e incluso caer, pero con la ternura que van derramando a su paso por la vida en sus familias, en los hijos, en los esposos, en los amigos que están cercanos o con todo aquellos con los que se van encontrando. No somos santos porque nunca hayamos tropezado y quizás caído, sino por esos deseos hondos que tenemos dentro de nosotros de darle un sentido de plenitud y trascendencia a nuestra vida y así queremos ir derramando esas semillas de amor  de paz allí donde estamos.

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos, no solo miramos el catálogo de los que han sido canonizados por la Iglesia – aunque ellos son también un estímulo, un ejemplo y un rayo de esperanza para todos – sino queremos tener en cuenta a tantos que nos han precedido o que conviven a nuestro lado y han ido dejando tras de sí el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, incluso como decíamos con sus debilidades, y que son también para nosotros ese estimulo y ese ejemplo para nuestro propio camino. Creo que esta celebración tendría que hacernos abrir los ojos para descubrir esos santos que caminan a nuestro lado y nunca tenemos en cuenta.

Son los que viven, como nos decía el Apocalipsis, en medio de la tribulación de la vida, pero están queriendo siempre lavar sus mantos en la sangre del Cordero y, aunque no escuchemos su canto por falta de sensibilidad en los oídos de nuestro corazón, están cantando con sus vidas el glorioso cántico de alabanza al Señor que se eleva desde todos los rincones y con toda la creación.

viernes, 30 de diciembre de 2022

La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

 


La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Si tenemos una buena semilla que queremos que germine adecuadamente y nos de una hermosa planta prometedora de flores y frutos hemos de tener un cuidado semillero donde sembrar esa semilla para obtener de ella lo que deseamos; si queremos tener un buen artesano que nos produzca en el futuro bellas y provechosas obras para nuestra utilización y disfrute necesitamos de un buen taller que sirva de aprendizaje a ese futuro artesano; si queremos tener científicos y pensadores que desarrollen el saber humano, hemos de comenzar por tener buenas escuelas para que desde los rudimentos del saber el hombre vaya avanzado en conocimientos que puedan servir mejor a la humanidad.

Pero yo me atrevo a decir, y no me vuelvo atrás, que si queremos tener buenas personas y mejores ciudadanos con integridad en sus vidas, capaces de desarrollar sus mejores valores y cualidades necesitamos de la escuela de la familia, verdadero semillero donde aprenderemos a crecer como personas y adquiriremos los mejores valores que nos enseñen a vivir con la mayor dignidad como personas.

Verdadera escuela de vida que nos enseña lo que es el amor verdadero, taller de convivencia, de relación y fraternidad en ese trato respetuoso de los valores de cada uno y donde aprendemos de verdad a querernos y a perdonarnos, a darnos la mano para caminar juntos y a estar siempre dispuestos al servicio para el bien de los demás, donde aprendemos lo que es la más honda comunión de vida pero donde siempre nos veremos impulsados a crecer, a desarrollar nuestras capacidades sin pisotear a los demás, y donde estaremos siempre atentos a lo que pueda hacer sufrir a cualquiera de los hermanos.

Me vais a decir que estoy describiendo una familia ideal, y así es también, pero equivocándonos y teniendo errores, viendo carencias y necesidades también aprendemos, por eso la familia, aun con los defectos que somos  humanos podamos tener, sin mantenemos el mínimo espíritu de familia será esa verdadera escuela de vida que tanto necesitamos.

Hay 'saberes' quizás que aprendemos en otros talleres de la vida, o conocimientos que adquirimos en los templos del saber que son nuestras escuelas y universidades, pero lo que nos enseñará a tener la paciencia del aprendizaje del taller, o el espíritu de superación para llegar a esas cumbres de sabiduría, lo habremos mamado allí en aquella escuela sencilla del hogar.

Y Dios cuando se hizo hombre quiso nacer en el seno de una familia y aprender como humano en la escuela de un hogar. Por eso cuando en la navidad celebramos el nacimiento de Dios hecho hombre, como estamos contemplando en estos días en el portal de Belén, celebramos en el domingo siguiente a la navidad el Día de la Sagrada Familia. Este año, por la coincidencia del primer domingo después de la Navidad con la octava del nacimiento, lo adelantamos a celebrarlo en esta fecha del 30 de diciembre. Hoy es, pues, el Día de la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Hacia ese hogar de Nazaret volvemos hoy nuestra mirada y queremos celebrar y aprender para nuestras familias. Con el deseo de que sean esa verdadera escuela de vida, como veníamos reflexionando, y para ofrecer al mundo en que vivimos el testimonio de esos verdaderos valores de la familia enraizados en el evangelio de Jesús y que vemos reflejados en aquella Sagrada Familia de Nazaret.

En el evangelio encontramos esos verdaderos valores que sean auténtico cimiento de nuestras familias para la mejor construcción de nuestro mundo. De alguna manera fuimos desgranando esos valores cuando pretendíamos contemplar a esa familia ideal para el auténtico aprendizaje de la vida en la escuela de nuestros hogares.

Es ahí donde aprendemos para esa delicadeza y esa comprensión entre unos y otros, para ese respeto mutuo y para ese estímulo que necesitamos recibir los unos de los otros en ese crecimiento y maduración como personas, es ahí donde aprendemos a valorar la dignidad que toda persona tiene por sí misma, pero donde aprenderemos a caminar juntos buscando siempre ese mundo mejor y más justo, es donde se nos caen todas las caretas de nuestras vanidades porque nos conoceremos en nuestra propia realidad pero siempre sin minusvalorar a nadie, siempre estimulando al crecimiento, siempre engrandeciendo a toda persona.

Son valores auténticamente evangélicos que encuentran su raíz y fortaleza en el amor que Dios nos tiene que nos regala la fuerza de su espíritu para poderlo realizar, para poderlo llevar a cabo. Por eso una familia cristiana tendrá por centro a Jesús y a su evangelio, una familia cristiana será el mejor ejemplo de lo que es ese Reino de Dios que queremos construir.

Contemplando hoy la Sagrada Familia de Nazaret pongamos por centro de nuestras familias a Jesús y su evangelio; empapémonos del espíritu de Nazaret para que podamos dar ese testimonio ante el mundo. Que María, la madre de aquel hogar de Nazaret como madre también de nuestros hogares sea en verdad la reina y madre de nuestras vidas que llene de esperanza nueva nuestro corazón.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

 


Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Algunas veces nos encontramos con personas que nos parecen extraordinarias por sus valores reflejados en posturas o en actuaciones valientes en la vida que aunque parezcan ir a contracorriente de lo que habitualmente vivimos sin embargo nos llaman la atención, pero es que además descubrimos que en esas personas hay como una hondura espiritual que crean en ellas un algo muy especial y con quien ciertamente aunque sus posturas o su actuar sean un interrogante en nuestra vida, sin embargo parece que trasmiten una paz que nos hace sentirnos bien. En algunos sitios y en expresiones muy coloquiales se suele decir que estas personas tienen un ángel. Solemos decir algunas veces que nos encontramos Ángeles en nuestra vida caminando a nuestro lado.

¿Creemos en los ángeles? Quizá cuando nos encontramos personas así, tan espirituales, parece que nos inducen de verdad a creer en los ángeles. Es lo que hoy y el próximo 2 de octubre con la liturgia de la Iglesia celebramos. Hoy de manera especial hacemos memoria de los arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.  Hay una referencia especial a ellos en la Biblia y en especial en el Evangelio para san Miguel y san Gabriel, y san Rafael en el Antiguo Testamento en el Libro de Tobías.

Hoy mismo hemos escuchado en el texto del evangelio que se nos ofrece – el encuentro de Natanael con Jesús a pesar de sus reticencias cuando Felipe le habla de Jesús – que ‘veremos el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. Ya en muchos momentos del evangelio aparece la figura de los ángeles; no solo es el ángel Gabriel el que primero anuncia a Zacarías el Nacimiento del Precursor del Mesías sino también a María que de ella va a nacer el Hijo de Dios.

Serán los ángeles los que cantan la gloria de Dios en su nacimiento anunciando a los pastores que en la ciudad de David les ha nacido un salvador. Serán los ángeles que sirven a Jesús después que el ángel tentador lo haya abandonado en el monte de la cuarentena.  En el momento del inicio de la pasión en Getsemaní será el ángel del Señor el que acompañe a Jesús como consuelo. Más tarde serán los ángeles los encargados de anunciar a las mujeres que no busquen entre los muertos al que ha resucitado. Y como anuncia Jesús serán enviados los Ángeles a los cuatro vientos para reunir a los elegidos y acompañarán al Hijo del Hombre en su venida definitiva con gran poder y gloria, como los ángeles de los niños inocentes estarán contemplando en el cielo el rostro de Dios.

Son los ángeles de Dios que también están junto a nosotros en el camino de la vida inspirándonos lo bueno y haciéndonos sentir la presencia de Dios. Eso lo celebraremos con más intensidad el dos de octubre cuando celebremos los santos ángeles custodios. Pero eso no impide que hoy nos unamos a la liturgia celestial para cantar con los ángeles y con los arcángeles y con todos los coros celestiales la gloria del Señor como lo hacemos en nuestra liturgia de cada día en la celebración de la Eucaristía. Del cánticos de los ángeles en el nacimiento de Jesús tomamos prestadas sus palabras – ‘gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama’ - para entonar también el cántico de gloria y de alabanza cuando iniciamos la Eucaristía. Y deseamos que por mano de su ángel sea presentada nuestra ofrenda en el cielo para que así sea siempre todo para honor y gloria del Señor.

Pero como decíamos al principio debemos tener ojos de fe, ojos limpios de malicia, para descubrir a esos ángeles que Dios pone a nuestro lado en el camino de la vida en esas personas buenas, que con sus valores y también con la profundidad de sus vidas quieren elevarnos a nosotros a que descubramos metas más altas, caminos más grandiosos. Tenemos que dar gracias a Dios porque pone tantas personas buenas a nuestro lado que nos estimulan y nos impulsan a que vivamos una vida distinta, a que arranquemos de nosotros toda malicia, a que llenemos nuestra existencia de una verdadera espiritualidad.

Ojalá seamos capaces de ver ese cielo abierto con esos Ángeles significados en tantas personas buenas que a nuestro lado elevan nuestro espíritu y nos hacen gozar también de la gloria y la presencia del Señor.

lunes, 22 de agosto de 2022

Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 


Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 

Unos buenos hijos siempre tendrán motivos para honrar y festejar a la madre, porque el amor hace como inventarse mil motivos y ocasiones para manifestarse; no nos contentamos ni con su onomástica ni su cumpleaños, buscamos cualquiera aniversario de hechos de su vida, o simplemente iremos con una flor en cualquier momento porque nos apetece y queremos decirle que la queremos.

Eso nos pasa a los cristianos con la Virgen María; cuántas fiestas celebramos en su honor a lo largo del año y en los anchos caminos de nuestros pueblos; por cualquier motivo, podríamos decir nos surge un nombre con que invocarla, o recordamos cualquiera de sus valores y virtudes para festejarla. Es nuestro amor, es la presencia de la Madre que no queremos olvidar, es sentir cómo camina a nuestro lado regalándonos su amor y siendo para nosotros el mejor estímulo para seguir el camino de Jesús.

Hoy, como a la manera de una octava – hace ocho días celebramos su gloriosa Asunción al cielo – la queremos proclamar reina y señora de nuestra vida y de nuestro mundo. Es la fiesta de María Reina, que instituyó el Papa Pío XII aunque en otra fecha, y que en la reforma litúrgica viene a celebrarse en esta fecha, como octava casi de la Asunción.

¿Celebrar a María reina es llenarla de coronas y joyas preciosas como quizá excesivamente vemos en tantas imágenes, aunque sea fruto del fervor y de la devoción del pueblo cristiano? Es mucho más que eso, aunque algunas veces nos llenemos de confusiones en esa efusión de nuestro amor a la madre, a la Virgen María.

No es reina porque lleve una corona en la cabeza, porque tendríamos que decir incluso que es el signo más contradictorio con lo que realmente fue la vida de María de Nazaret. Es cierto que la liturgia se llena de poesía y recoge cánticos del Antiguo Testamento queriéndoselos aplicar a María. Pero esas expresiones poéticas tenemos que mirarlas en su hondo significado para comprender este título y advocación de María que hoy celebramos.

¿Qué nos dice Jesús en el evangelio de quienes quieren ser grandes y primeros? Que se hagan los últimos y los servidores de todos. Fue el camino de María, porque ella fue la primera que plasmó en su vida los valores del evangelio de Jesús. Es la mujer humilde, pero abierta a Dios para descifrar de la mejor manera en su vida lo que era su voluntad. Así se llama a sí misma la humilde esclava del Señor que está disponible siempre para que se cumpla la Palabra de Dios en su vida, para que se haga y cumpla su voluntad.

Pero en su grandeza de llegar a ser la Madre de Dios, porque Dios así quiso contar con ella, no le hizo de ninguna manera cerrarse a los demás. Los pocos trazos del evangelio sobre la figura de María nos la presentarán siempre como la mujer abierta a los demás y siempre disponible para el servicio. Corre a las montañas de Judea porque allí puede prestar un servicio a su prima que va a ser madre, pero será mujer de corazón siempre atento a las necesidades de los demás; no tienen vino le trasmite a Jesús cuando detecta los problemas que se están presentando en las bodas de Caná de Galilea. No se cruza de brazos sino que interviene, intercede, pone en camino a los sirvientes para que hagan lo que Jesús les va a indicar.

Así será para siempre la presencia de María en el seno de la Iglesia; junto a los discípulos la contemplamos mujer orante en el cenáculo en la espera de al venida del Espíritu Santo; y si el discípulo amado la recogió, por así decirlo, de manos de Jesús al pie de la cruz, fue para llevársela a su casa. ¿Cuál era desde entonces la casa de Juan? La Iglesia, la comunidad cristiana, y ahí estará María a través de todos los tiempos para caminar junto a nosotros, para recordarnos una y otra vez que hagamos lo que Jesús nos dice, para ser para nosotros ese estímulo vivo para el amor y para el servicio.

¿No la vamos a llamar nuestra Señora? ¿No la vamos a reconocer como nuestra Reina? Y la vamos coronando como reina cuando vamos siguiendo sus indicaciones, cuando sentimos su amor de madre, cuando la vemos como intercesora poderosa a nuestro favor, cuando la imitamos en su fe y en su amor, cuando como ella queremos convertirnos para siempre en servidores de los demás.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Cuánto nos sigue costando entender los caminos del Reino de Dios porque todavía seguimos pensando en grandezas y vanidades, necesitamos una buena cura de humildad

 


Cuánto nos sigue costando entender los caminos del Reino de Dios porque todavía seguimos pensando en grandezas y vanidades, necesitamos una buena cura de humildad

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50

Qué carreras innecesarias hacemos tantas veces en la vida. Todos queremos llegar los primeros; hemos hecho de la vida una competición, una competición en la que falta la verdadera competitividad, nos falta deportividad. En los juegos de la vida muchas veces no nos queda más remedio que decir al final, porque quizá no fuimos nosotros los ganadores, lo importante es la participación. Suele ser una forma de deportividad, pero muchas veces puede quedársenos en palabras, porque en el fondo por encima de todo lo que nosotros queríamos era quedar por encima de todos.

Es cierto que tenemos que esforzarnos por hacer lo mejor, es necesario un espíritu de superación, tenemos que buscar estímulos para esa necesaria ascensión que hemos de ir haciendo en la vida; pero nunca han de ser los codazos para eliminar al otro, para desestabilizar, los modos de estímulo y superación.

Lo importante sería el servicio, aquello que hacemos nos beneficie a todos, no solo a los nuestros, o no solo nuestras ganancias particulares, sino que sintamos que aquello bueno que hacemos es una perla que va a embellecer la vida de todos. Pero ya sabemos como aparecen dentro de nosotros el amor propio, el orgullo, las rivalidades, los enfrentamientos, las suspicacias, las envidias ante lo bueno que pueda beneficiar a los demás o ante lo bueno que veamos realizar por parte de los otros.

Nos pasa a todos tantas veces aunque tengamos buena voluntad y buenos deseos. Queremos entender las palabras de Jesús pero pronto nos desinflamos, desde desilusiones que tenemos en la vida, desde las comparaciones que nos hacemos con los demás, desde los cantos de sirena de lo que nos ofrece nuestro mundo, desde esa pendiente resbaladiza en que vemos caminar a otros pero que al final nosotros también caminamos por ella, y nos aparecen esas apetencias, nos aparece el mirar con ojos envidiosos los avances y los logros que otros alcanzan, nos vienen esos sueños de grandeza que tan fácilmente se nos meten no solo en la cabeza sino en el corazón y terminamos dejándonos influir, dejándonos empapar por el espíritu del mundo que nos rodea.

Así andaban también los discípulos que rodeaban a Jesús. Con sus sueños de mesianismos comenzaban ya a apetecer cuál era el mejor lugar que pudieran conseguir en ese Reino nuevo, que Jesús estaba continuamente anunciando. Pero escuchaban de Jesús lo que les interesaba. Tantas veces Jesús les había hablado del espíritu de servicio o de saber hacerse los últimos, pero esas palabras no terminaban de calar en ellos. Por eso discutían por el camino por los primeros puestos.

Y Jesús les pone en medio un niño, y les dice que hay que ser como niños, que hay, por otra parte, que saber acoger a un niño, que era lo mismo que acoger a los que en la vida se consideraban pequeños y sin valor. Esos que nosotros dejamos a un lado, esos que están a la vera del camino pero que no sabemos poner a caminar junto a nosotros, esos que nos parece que nada valen porque estamos muy llenos de prejuicios y no miramos el valor profundo de las personas, sino que nos dejamos llevar por las apariencias.

Cuánto nos sigue costando entender los caminos que Jesús nos ofrece, los verdaderos caminos del Reino de Dios. Todavía seguimos pensando en grandezas, todavía seguimos presentando imágenes grandiosas y llenas de vanidad, todavía seguimos poniéndonos ropajes ostentosos para expresar que estamos llenos de poder, todavía seguimos soñando con solemnidades, con reverencias y con reconocimientos.

Y todo eso un día se nos vendrá abajo y nos quedaremos sin nada. Hoy hemos visto como se venía abajo una iglesia arrasada por el empuje de la lava de un volcán; es cierto que era algo humilde y sencillo, pero cuando tanta gente se ha quedado sin nada en la más terrible desnudez y pobreza, es una imagen significativa que también la Iglesia se haya quedado al lado de los que nada tienen porque también se ha quedado sin nada, porque su templo se ha ido abajo. Una imagen de cómo hemos de abajarnos, de ponernos no metafóricamente sino en la más cruda realidad al lado de los pobres y que nada tienen.

¿Cuándo nos despojaremos de tantas vanidades para ser en verdad la Iglesia de Jesús?

viernes, 17 de septiembre de 2021

Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

 


Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

1Timoteo 6,3-12; Sal 48;  Lucas 8,1-3

Hacer camino, muchas veces hablamos de ello. Comparamos la vida con un camino, un camino que cada uno tiene que hacer personalmente, pero un camino que cuando vamos acompañados de buena compañía parece que se nos hace más liviano. Algunos quizás quieren caminar solos, pero como se suele decir, el que solo va, solo se cae y solo se queda. La compañía de los que van caminando a nuestro lado nos anima, nos estimula; claro que no lo hemos de tomar como una carrera a ver quien llega primero, sino que lo importante es alcanzar la meta. Sentirnos acompañados nos estimula y nos da fuerza, nos hace superar con mayor facilidad los obstáculos, nos ayuda a no perder la ruta a donde queremos llegar.

Hoy el evangelio nos habla de esos caminos que hacia Jesús acompañado de sus discípulos. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres…’ nos relata el evangelista. Nos dará luego el nombre de algunas de esas mujeres que acompañaban a Jesús en la tarea del anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios y de los servicios que incluso prestaban.

Aunque estamos haciendo mención a este episodio concreto si recorremos las páginas del evangelio veremos a Jesús siempre en camino, pero en camino rodeado de gente; están aquellos discípulos que quieren seguir más de cerca, como serán luego los doce apóstoles especialmente llamados por El; pero están todo esos que se convierten en colaboradores también del anuncio del Reino, como todos aquellos que porque quieren escuchar a Jesús son capaces de irse de un lugar a otro para seguir sus pasos.

Me quiero ver yo también en esa comitiva de los que caminan con Jesús. Metámonos en el interior del evangelio y encontremos en sus páginas nuestro lugar, encontremos nuestro sitio al lado de Jesús en medio de todos aquellos que le siguen, de aquellos discípulos más cercanos, como decíamos, o formando grupo con aquellas mujeres que le atendían. Hay un puesto para nosotros.

No es necesario que juguemos con la imaginación. Pensemos realmente en lo que es el camino de nuestra vida cristiana, el camino de la Iglesia. Aunque lo sabemos tenemos la tentación muchas veces de ponernos a vivir el seguimiento de Jesús como muy en solitario, como si solo fuera un camino que hacemos solo nosotros y no caemos en la cuenta de cuantos son los que a nuestro lado están también haciendo ese camino.

Como decíamos, es el camino de la Iglesia. Es el camino de nuestras comunidades y parroquias. Que tienen que ser eso, comunidades, gente que en comunión los unos con los otros vamos haciendo ese camino de nuestra fe con nuestros compromisos, con nuestras responsabilidades asumidas, con esas tareas que podemos realizar también en medio de la comunidad, con ese lugar que ocupo allí en nuestras celebraciones.

Cuidado no nos aislemos. Muchas veces cuando vamos a Misa los domingos, da la impresión que cada uno va a lo suyo, a escuchar o a celebrar su misa, a realizar su cumplimiento personal, como si nuestra presencia allí nada tuviera que tener con los demás que están participando o viviendo aquella celebración. Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están en la misma celebración, son esa comunidad de la que yo también soy miembro.

Renovemos esos deseos de sentirnos juntos en camino con Jesús, pero juntos con esos hermanos que también están haciendo camino a nuestro lado. Que nos sintamos estimulados y que seamos también estímulo para los demás.

domingo, 15 de agosto de 2021

En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

 


En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Celebramos hoy una fiesta muy hermosa de la Virgen que se traduce en numerosas advocaciones con las que queremos invocarla en multitud de pueblos y lugares. Comienzo por mi tierra en que hoy la celebramos como patrona de nuestras islas, de todo el archipiélago en su advocación de Nuestra Señora de Candelaria, aunque como fiesta propia de esta advocación la tenemos el dos de febrero. 


Sin embargo en nuestras islas y sobre todo en la isla de Tenerife todos los caminos conducen estos días a Candelaria; si no hubiera sido por la pandemia que limita nuestros movimientos y encuentros desde hace días nos hubiéramos encontrado por los caminos de la isla peregrinos que se dirigirían a la Basílica de la Patrona.

No voy a entrar en otras numerosas advocaciones con que invocamos a la Virgen en este día en tantos lugares y en tantos pueblos, sino vamos a centrarnos en lo que litúrgicamente celebramos en este día. Hoy es el día, podríamos decirlo así, del triunfo pascual de María cuando celebramos su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Es la culminación de la vida de María y de su plena unión con Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. Si Jesús nos dijera un día que quería que donde El estuviera estuviéramos nosotros también y por eso va al Padre y nos prepara sitio, qué podríamos decir de lo que Jesús querría para su Madre María.

El final del decurso de su vida terrenal culmina con esta glorificación de María en que Cristo quiere hacerla a Ella como primicia partícipe de su misterio de Redención. La había hecho toda pura e inmaculada en su Concepción porque iba a ser la Madre de Dios en virtud de los méritos de Jesucristo, como confesamos en los artículos de nuestra fe, como no la va a hacer partícipe de su resurrección en su glorificación en cuerpo y alma a los cielos.

Y decimos que ella es como primicia, porque es el camino al que estamos llamados todos los que creemos en Jesús. María, siempre lo decimos, es el mejor modelo de lo que es el seguimiento de Jesús. Así plantó ella en su vida la Palabra de Dios. Era como su lema y como su meta. Aquellas palabras que pronuncia ante el ángel en Nazaret no fueron fruto solo del fervor de un momento incluso con todo lo sublime que era aquel instante de la Encarnación, pero si ella fue capaz de decir ‘hagase en mi según tu palabra’, es porque ella ya en su vida se había dejado envolver totalmente por la Palabra de Dios. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, la plantan en su vida diría Jesús, lo que era como una alabanza a su madre, la que así se había dejado conducir por la Palabra de Dios.

¿Cómo no iba ella a prorrumpir en ese cántico de alabanza y acción de gracias a Dios que en ella había hecho obras grandes, fijándose en la humildad de su esclava? Solo quien vivía una espiritualidad profunda porque se había dejado traspasar por el Espíritu podía ser capaz de pronunciar tan hermoso cántico.

Un cántico que además se convierte en profético porque irá describiendo como todo se transforma y transfigura cuando nos dejamos inundar por la misericordia del Señor y nos dará las señales de ese mundo nuevo que va a surgir y que es el Reino de Dios. Un mundo donde son exaltados los humildes, un mundo que nos ofrecerá un orden nuevo donde los pobres y los hambrientos serán saciados mientras que aquellos que se consideraba a sí mismos hartos ahora se sentirán vacíos. Es todo un resumen del mensaje del evangelio, un resumen de la buena nueva del Reino de Dios que comienza.

Hoy con esta fiesta de la Asunción de María sentimos el gozo de los hijos cuando ven la gloria de la Madre, su glorificación al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos. Es un momento para felicitarnos con María al tiempo que en ella nos sentimos estimulados en nuestro camino, y con ella renacen nuestras esperanzas. María viene a ser así como un impulso para nuestro camino y para nuestra esperanza; con la Asunción de María de alguna manera nos quedamos como atónitos y estupefactos al contemplarla en su glorificación, pero nos sentimos impulsados a seguir haciendo el camino donde queremos hacer presente esas señales del Reino de Dios entre nosotros.

En ocasiones podemos sentir el cansancio en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por hacer un mundo mejor, nos sentimos quizás en momentos algo defraudados porque nos parece que el mal avanza demasiado en medio de nuestro mundo, pero ahí está la presencia de la madre que nos alienta, que se pone a nuestro lado en el camino, que nos impulsa a dar un paso más, a poner un nuevo esfuerzo, a poner más ánimo en nuestro corazón. Es lo que hacen las madres con los hijos que con su presencia les alientan y les animan.

Así sentimos la presencia de María en esta fiesta que hoy estamos celebrando. Mitiga nuestras lágrimas ante los sinsabores de la vida y con su consuelo alivia nuestros corazones tantas veces de mil maneras atormentados. Es aliento y es esperanza, es fuerza nueva que nos da un nuevo impulso para caminar. En su imagen bendita de la Candelaria que hoy los canarios de manera especial contemplamos la sentimos como un faro de luz, en esa candela que lleva en sus manos, para ir delante de nosotros alumbrándonos el camino y haciéndonos vislumbrar nuestras metas finales.