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lunes, 27 de abril de 2026

La imagen del Pastor que a todos acoge para formar un solo rebaño en torno a un único pastor nos habla de la actitud de acogida que con todos hemos de tener

 


La imagen del Pastor que a todos acoge para formar un solo rebaño en torno a un único pastor nos habla de la actitud de acogida que con todos hemos de tener

Hechos 11, 1-18; Salmo 41; Juan 10, 1-10

En este lunes siguiente al domingo del Buen Pastor sigue la liturgia y la Palabra de Dios en ella proclamada la misma imagen del Buen Pastor que ayer nos ofrecía. Muchas son las cosas que podemos reflexionar, grande es la riqueza y la belleza de esa imagen que no agota nuestras reflexiones, como no se agota el amor de Dios que se derrama sobre nuestra vida y de lo que es precisamente signo y señal esta imagen del Buen Pastor.

Como hemos reflexionado es el Pastor que nos busca y que nos cuida, que nos protege y que nos sana de nuestras heridas, que nos alimenta porque da su vida por nosotros para que tengamos vida y vida en abundancia. Es el Pastor que nos llama y nos encanta con sus silbos amorosos para atraernos a su redil donde podemos encontrarnos y amarnos a pesar de las diferencias que hay entre nosotros. Quiere que seamos un solo rebaño bajo la guía de un único pastor.

Creo que es muy importante atender a esta consideración de la acogida porque también ha de ser una buena actitud que nosotros hemos de mantener en la vida y más en estos tiempos donde por una parte son tan fáciles los enfrentamientos en este mundo de violencia en el que vivimos, pero donde tenemos el peligro de comenzar a caer también en discriminaciones con la movilidad que hoy vivimos en nuestra sociedad donde continuamente nos pueden estar llegando personas de otras culturas, con otro sentido de la vida desde la idiosincrasia de cada pueblo y de cada lugar de donde provengan esas personas que llegan a nosotros y con las que nos estamos encontrando a diario.

La emigración es una constante de nuestro tiempo y ya no es raro encontrarnos a nuestro paso con personas diferentes. Pero bien sabemos también que eso está provocando una serie de reacciones en nuestra sociedad que algunas veces se vuelven inhumanas. La tentación del racismo y la discriminación es algo que nos circunda y nos envuelve, surgen fácilmente las desconfianzas y las culpabilizaciones sin razón de ser, simplemente porque la culpa siempre tenemos que echársela al otro. ¿Tendremos en estas circunstancias auténtica humanidad en nuestro trato con esos a los que vemos diferentes y afloran los valores cristianos que tendrían que aflorar?

Qué importante que sepamos hacer florecer de nuevo valores como la acogida y el respeto a la dignidad de toda persona sea quien sea. Tenemos la tentación y el peligro de endurecer el corazón y encerrarnos cada vez más en el círculo de los nuestros dejando fuera a los que nos parecen diferentes. Nacen los resentimientos y las reticencias para aceptar a quien llega a nosotros mirándolos como seres extraños que pudieran enturbiar nuestras mutuas relaciones. 

¿Cuáles serían las actitudes que como cristianos seguidores de Jesús tendrían que brillar en nuestras costumbres y en nuestra manera de hacer las cosas? ¿En qué tendríamos que imitar a ese buen pastor al que seguimos contemplando que quiere hacer de todos un solo rebaño bajo el cayado de un único pastor?

En ese sentido nos es muy válido también el texto de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos ofrece. Le habían echado en cara a Pedro que había entrado en casa de gentiles a los que también había bautizado; les cuenta Pedro la visión que había tenido con aquel mantel bajado del cielo con toda clase de animales que había que sacrificar y comer; Pedro se había negado por aquello de la pureza legal de los alimentos puros e impuros, pero la voz del cielo le advierte que lo que Dios ha hecho puro no lo puede hacer impuro el hombre. Cuando Pedro hablaba a aquellos gentiles que lo habían invitado a su casa, hablándoles de Jesús y del Evangelio el Espíritu Santo se manifestó como un nuevo Pentecostés para envolver a todos los presentes. ‘¿Quién soy yo para oponerme a Dios?’, reflexionaba Pedro porque ‘también a los gentiles se les ha otorgado la conversión que lleva a la vida’.

¿Nos ayudará esto a nosotros en esa actitud de generosa acogida que siempre hemos de tener a toda persona, lejos de toda discriminación y de todo racismo al que nos vemos tentados?


viernes, 29 de agosto de 2025

La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

 


La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

1Tesalonicenses 4, 1-8; Salmo 96; Marcos 6, 17-29

Los entusiasmos enfervorizados suelen ser malos consejeros. ¿Es que no podemos entusiasmarnos por nada? No es eso lo que quiero decir, porque pienso que la vida hay que vivirla con entusiasmo, pero también con sensatez. Cuando nos sentimos enardecidos por una cosa, sea cual sea, parece que no podemos pensar en nada distinto, pero tenemos que hacer gala de nuestra prudencia humana, de esa sensatez que decíamos, de saber pensar con serenidad y no lanzarnos a promesas que no sabemos si luego podemos cumplir, o que pueden comprometer los planteamientos serios que tengamos en nuestra vida.

Por eso es tan peligroso un fanático, porque se ciega, la pasión nos puede cegar; son fuerzas de nuestro interior pero que tenemos que saber encauzar, no podemos dejar que sea un volcán que se nos desborde, porque sabemos como un volcán va arrasando todo por donde pasa.

Podemos tener buenos principios y pensar en los valores que tenemos, pero eso tiene que darnos cauce para ese torrente que se nos puede desbocar. Las aguas abundantes pueden ser buenas porque riegan nuestros campos y pueden dar futuro a nuestra vida, pero si las aguas se desbordan todo lo arrasa. Y así nos pasa muchas veces en nuestra vida.

Me hago esta reflexión quizá fijándome en esos aspectos muy humanos de nuestra vida desde el texto que hoy nos ofrece el evangelio en esta fiesta del martirio de san Juan Bautista y que puede ser hermosa plantilla para todo lo que es nuestra vida espiritual y los principios y valores cristianos que hemos de vivir.

Hay algunas cosas que parece que se chocan en este pasaje del evangelio. Herodes, nos dice por una parte, que escuchaba con gusto a Juan. Pero la situación de su vida no era precisamente la de quien escuchara a un profeta y siguiera sus orientaciones. Su vida era algo desbocado, por una parte vivía de una forma irregular con la mujer de su hermano que provocaba las denuncias del Bautista, pero que también hacia que despertase el despecho de aquella mujer que quería quitar de en medio a Juan. Por eso termina encerrándole en la cárcel, a pesar de lo dicho al principio. Pero el torrente desbocado montaña abajo todo lo arrasa.

Muy amigo de faustos y de fiestas se rodeaba de la gente que consideraba principal e importante que participan igualmente de sus orgías. En medio de esa fiesta, con el baile de la hija de Herodías el torrente se desborda. Malos consejeros, decíamos, son los entusiasmos enfervorizados. Allí están las promesas que le hace a Salomé bajo juramento. Es la ocasión que estaba esperando Herodías que hace que su hija pida la cabeza del Bautista. Vienen las consecuencias, los respetos humanos, el verse comprometido por una palabra y promesa inoportuna, la incapacidad por cobardía de volverse atrás reconociendo su error. La cabeza de Juan es presentaba en una bandeja en medio del banquete.

¿Nos dejaremos nosotros arrollar de la misma manera cuando hablamos y hablamos, prometemos y prometemos, y todo se nos queda al final en el vacío? Una pendiente muy peligrosa la de las pasiones desbordadas a la que tenemos que buscar un cauce que reordene nuestra vida. No serán los fervores, pero si pueden ser que los entusiasmos nos hagan decir y prometer cosas que no podemos cumplir. Necesitamos encontrar serenidad para nuestro espíritu, que nos pueda ayudar a tener una clara visión de las cosas, de nuestra realidad, de nuestras capacidades pero también de nuestras debilidades. ¿Un freno para nuestra vida o un buen volante que nos reconduzca en la dirección acertada? Es necesario aprender a detenernos cuando vamos demasiado deprisa en nuestros entusiasmos, porque quizás no tenemos fuerza para llegar hasta el final, o podemos perder el control y salirnos fuera de la buena vía.

¿Nos ayudará el contemplar la entereza de Juan el Bautista aunque la vida parecía que se le ponía en contra para ser fiel a si mismo y a su misión hasta el final, hasta ser capaz de dar su vida?

viernes, 13 de septiembre de 2024

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

 


El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

1 Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Dicen que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos. Siempre recuerdo el comentario de aquella vecina que siempre andaba criticando a la vecina porque viéndola desde la ventana de la cocina de su casa decía que no sabia lavar la ropa y que la tendía llena de suciedad; pero un día que su marido escuchó su comentario quiso el ver por si mismo lo que decía su mujer observándolo desde la misma ventana; entonces se dio cuenta y le dijo a su mujer que mejor lavara los cristales de su ventana que eran los que estaban llenos de suciedad y lo que desde allí se veía no era la suciedad de las sábanas de la vecina, sino la de sus propios cristales.

Nos pasa con demasiada frecuencia, solo vemos lo que nos parece que le sucede a los demás sin saber cual es la situación de los otros, el momento por el que estén pasando o las luchas personales que están realizando en si mismos. Pero vemos lo de fuera en los otros – porque además no tenemos por qué atrevernos a hacer juicio de sus interioridades – pero no vemos lo que nos sucede en nosotros. Y en nosotros, si no fuéramos tan ciegos, podemos ver también lo que hay dentro de nuestro corazón.

Son los juicios temerarios que están a la orden del día, siempre tenemos algo que opinar, pero lo que es peor juzgar y condenar, son las murmuraciones tema de nuestras conversaciones, son las criticas furibundas con las que pretendemos destruir, nunca construir, porque además queremos que las cosas sean a nuestro gusto, según nuestro parecer u opinión, y cuando son distintas lo más fácil que aparece es el rechazo, porque además suele terminar aun peor.

En una actitud y postura madura tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos, ser los que nos tracemos un plan de crecimiento y maduración porque nos revisamos y nos corregimos, enderezamos nuestros entuertos y renovamos el camino cuantas veces sean necesario para llegar a vivir con esa dignidad. Y eso entraña al tiempo que exigencia para nosotros mismos, respeto hacia los demás, al menos, en la medida en que queremos que a nosotros nos respeten.

Es valorarnos a nosotros mismos por el esfuerzo que estamos realizando, no sentirnos hundidos por los tropiezos que vayamos teniendo, porque reconocemos nuestra humanidad y nuestra debilidad, pero también hacemos renacer esa fortaleza que necesitamos para reemprender cuantas veces sea necesario ese camino de superación porque es la manera de alcanzar esa plenitud a la que aspiramos. Pero al mismo tiempo valoramos el camino de los demás, seremos estímulo para sus esfuerzos, y tenderemos siempre nuestra mano para levantar y para ayudar a caminar, como también nosotros nos dejamos tomar de la mano para hacer el nuestro.

Qué distinta sería la vida y nuestras mutuas relaciones; cómo desaparecerían las descalificaciones y la envidias; cómo desde el respeto aportamos lo mejor de nosotros mismos para el camino de los demás; cómo seriamos estímulo los unos para los otros logrando que nuestro mundo sea mejor.

Es el camino que nos propone Jesús, es el Reino de Dios que nos anuncia y que se va haciendo realidad en el día a día de nuestra vida porque vamos realizando en nosotros y en nuestro mundo lo que Dios quiere. Que seamos una hermosa humanidad, que resplandezcan esos valores que nos hacen más humanos y que nos hacen querernos los unos a los otros.

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros. Y eso entraña respeto y cercanía, tendernos la mano los unos a los otros y buscar siempre lo mejor para el otro, amarnos de verdad desde lo más hondo del corazón, porque hemos aprendido del amor que Dios nos tiene. Es el camino que Jesús está abriendo ante nosotros; son esas pequeñas cosas de cada día que El nos va señalando para que busquemos siempre la manera de realizarlas de la mejor forma posible.

Miremos con el color de la humanidad.

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

jueves, 14 de octubre de 2021

No nos dejemos influenciar por aquello de lo políticamente correcto sino que con coraje y valentía anunciemos los valores del Reino sin bloquear ningún aspecto

 


No nos dejemos influenciar por aquello de lo políticamente correcto sino que con coraje y valentía anunciemos los valores del Reino sin bloquear ningún aspecto

Romanos 3,21-30a; Sal 129; Lucas 11,47-54

‘Yo de ese tema nos quiero hablar’, escuchamos que nos dice el amigo bloqueando algún tema de conversación que habíamos planteado. Algo quizá muy delicado y que hay que tratar con mucho tiento, algo quizá controvertido que pudiera motivar enfrentamientos y discordias que queremos evitar, algo en lo que no tenemos el más mínimo interés y a lo que no queremos dedicar tiempo y esfuerzo, algo que nos obligaría a tener que decantarnos por algún aspecto concreto y quizá no queremos comprometernos, algo que nos dejaría al descubierto porque quizás nunca nos habíamos manifestado públicamente pero que nos puede descubrir muchas contradicciones de la vida… muchas razones o motivaciones pueden ocultarse en ese evitar entrar en conversación sobre algo muy concreto.

Pero esto de lo que hemos partido y que puede ser simplemente una conversación que en confianza tengamos con alguien sobre determinados asuntos pudiera tener una gravedad especial cuando se trata de alguien cuya misión sea ya enseñar sea ayudar a alguien con sus consejos y orientaciones para la vida. Hay asuntos que hoy en la sociedad resultan polémicos y algunas veces no queremos entrar en ellos; hay una frase que se repite un poco como para definir determinadas acciones que es aquello de hacer o de decir lo que sea políticamente correcto; y es que no queremos opinar o ir a contracorriente de lo que opina la mayoría de la gente.

Tenemos en la sociedad muchos factores de influencia en la opinión de la gente y se ha ideologizado demasiado muchas posturas o muchas formas de hacer. Hay como un dominio imperante desde ciertos sectores que de alguna manera quieren manipularlo todo para que todos opinen como ellos porque se consideran a si mismos con la verdad absoluta y quien no opine como ellos ya sabemos la serie de epítetos con los que van a ser etiquetados.

Y claro muchas veces la gente actúa con cierto miedo, y es donde sale aquello de lo políticamente correcto. Se dice lo que conviene, lo que les gusta oír a la mayoría dominante porque cualquiera va en contra. Es algo que nos está sucediendo en nuestra sociedad y no sabemos cómo romper esa espiral de tendencias. Es entonces cuando sale aquello de lo que veníamos hablando al principio, ‘yo de ese tema no quiero hablar’.

Y nosotros, los cristianos, ¿qué hacemos? ¿También nos dejamos arrastrar por esa cantinela de lo políticamente correcto? Porque en muchos sectores de nuestro entorno, de nuestra sociedad, de los medios de comunicación, hablar de la Iglesia, hablar de la fe, hablar de Dios no es políticamente correcto. Si se sacan esos temas es para criticar y para destruir, para echar basura encima y para desprestigiar. Y nos entran ciertos miedos. Pero ¿Dónde está el coraje y valentía de nuestra fe? ¿Dónde está el testimonio que tenemos que dar aunque vayamos a contracorriente?

A Jesús le vemos en el evangelio ‘nadando’ – digámoslo así – a contracorriente de lo que ciertos dirigentes de la sociedad y del pueblo judío querían hacer. Hoy le vemos una vez más enfrentarse a los fariseos, a los maestros de la ley echándole en cara lo que hacen y la manipulación que pretenden del pueblo para ellos mantener su estatus. ‘¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!’ No enseñaban lo que en verdad era la ley del Señor sino aquello a ellos les interesaba. Ni entraban ni dejaban entrar, les viene a decir Jesús.

Pero Jesús habla claro, denuncia el mal allí donde está, y señala el camino nuevo del Reino de Dios aunque sea incomprendido y sus palabras sean rechazadas. Los profetas tampoco eran escuchados en su tiempo, aunque luego les levantasen mausoleos, como les echa en cara Jesús. Pero sería lo que con El también harían, fue su camino hasta la cruz.

Y es el camino del cristiano que se mantiene en su fidelidad. ¿Nos llenaremos también nosotros de miedos? ¿Tendremos miedo a lo que nos puedan decir porque defendemos el camino del Reino de Dios? en nuestros miedos o en nuestros respetos humanos ¿nos sentiremos bloqueados algunas veces o nosotros bloquearemos algunos temas?

 

sábado, 8 de mayo de 2021

Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

 


Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Muchas veces nos puede la inseguridad en lo que hacemos o decimos. Quizás nos falta tener ideas claras, pero también la suficiente madurez para saber mantener nuestra postura sin dejarnos influir por miedos, desconfianzas – que son muchas veces en nosotros mismos – o temor a que lo que hacemos no sea, como se suele decir, lo políticamente correcto. ¿Y qué es actuar según lo políticamente correcto? Pues ocultar nuestra personalidad, dejarnos influir por el ambiente, por lo que los otros piensan o dicen, y si aquello que yo voy a expresar se va a encontrar en contradicción a lo que piensan los demás, me lo callo y me acomodo.

Quizás nos sentimos apabullados por la palabrería de los demás, crea inquietud en nuestro corazón lo que vemos que hacen los demás pero no somos capaces de enfrentarnos, optamos por la callada o a algo parecido a la huida. ¿Dónde está nuestra personalidad? ¿Por qué tenemos que andar siempre con acomodos y no somos capaces de entrar en un diálogo abierto y valiente con los que nos rodean para expresar también nuestra opinión? Se habla mucho hoy de libertad de opinión, pero muchas veces en los que escuchamos parece que los únicos que pueden tener libertad para expresarse son ellos y lo demás no vale nada, y así nos achicamos y nos escondemos. No es fácil, es cierto, entrar en diálogo con los demás.

Eso que puede pasar en muchas facetas de la vida, es algo desgraciadamente muy común en nuestra vida cristiana, en la vida de muchos cristianos. Nos cuesta enfrentarnos al mundo que nos rodea que parece que quiere apabullarnos, y con aquello que decíamos de la libertad de expresión hoy en nuestra sociedad pareciera que los únicos que tienen libertad de expresión son los que van contra todo sentido religioso o van contra la Iglesia. Si quieres expresar tu pensamiento desde tus principios y tu fe, no se nos respeta y vienen las descalificaciones y no sé cuantas cosas más.

Lo que hoy Jesús nos dice en el evangelio es querer prevenirnos precisamente para eso que nos vamos a encontrar en el mundo. Como no queremos actuar según los criterios del mundo, como decíamos antes, simplemente actuando desde lo políticamente correcto, nos vamos a encontrar oposición y persecución.

‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, nos dice Jesús. Y no recuerda que el siervo no es más que su amor, que lo que hicieron con El con nosotros también lo harán.

Haciendo una lectura lineal del evangelio y viendo los acontecimientos que siguieron a estas palabras, llegamos quizá a comprender que los discípulos tuvieran miedo a los judíos y por eso en el día de Pascua estaban encerrados en el Cenáculo. Si a Jesús habían logrado llevarlo hasta la Cruz, ¿qué no harían con sus discípulos? Claro que aun no habían recibido la fuerza del Espíritu que Jesús les había prometido. Más tarde cuando el sanedrín les prohíbe hablar de Jesús e incluso llegan a azotarlos, ellos salen contentos por haber padecido por el nombre de Jesús.

Jesús nos anuncia lo que nos podrá pasar, la oposición y persecución incluso que vamos a tener que sufrir, pero nos promete la asistencia y la fuerza del Espíritu. En los próximos días lo iremos escuchando en el evangelio en esta cercanía ya al final del tiempo pascual y a la fiesta del Espíritu, la fiesta de Pentecostés.

Todo esto nos hace pensar en la necesaria madurez y profundización de nuestra vida cristiana. Algunas veces somos demasiado infantiles, y nos dejamos influenciar por esos miedos y temores al qué dirán o a lo que puedan hacer incluso con nosotros. Tenemos que fortalecernos en el Espíritu del Señor, tenemos que profundizar en nuestra fe para que nos sintamos seguros, tenemos que ahondar en una verdadera espiritualidad porque será desde esa hondura donde podremos en verdad con la fuerza del Espíritu dar respuesta a los retos que se nos plantean hoy en nuestro mundo.

viernes, 5 de febrero de 2021

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

 


En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29

Incongruencias de la vida, lo somos con demasiada frecuencia. Incongruentes en nuestras relaciones con los demás, incongruentes con nosotros mismos… de muchas maneras. Es la falta de total coherencia entre ideas, acciones, cosas; carece de sentido lo que hacemos si lo confrontamos con lo que decimos; es como contradecirnos a nosotros mismos; es en la apariencia manifestarnos de alguna forma con nuestras palabras y nuestras ideas, pero luego nos contradecimos con lo que hacemos que va por otro camino. Y esto tiene aplicación a muchos aspectos de la vida, en lo personal, en las relaciones con los demás, como ya decíamos, en la forma de actuar en la vida y en la sociedad en la que vivimos.

Nos puede estar sucediendo también en nuestro camino de la fe, en la manifestación de lo que es o tiene que ser nuestra vida cristiana. Confesamos con nuestras palabras una fe que decimos que sentimos, pero luego nuestra manera de obrar está muy lejos de esa fe. Recitamos el credo cada domingo cuando vamos a Misa, pero luego decimos que no creemos en la resurrección ni en la vida eterna; y no es que lo digamos sino que nuestra manera de vivir no lo hacemos ni con esperanza ni con trascendencia, porque solo vivimos como si fuera solamente el momento presente, o lo que vivimos en esta tierra hasta que nos muramos. Tendríamos que revisarnos muchas cosas.

Es lo que estamos viendo en los personajes que nos presenta hoy el evangelio, de manera especial nos referimos a Herodes. Comienza el evangelio diciendo que sentía alguna inquietud, si acaso no miedo, cuando oía hablar de Jesús. Algunos le decían que era como un nuevo profeta que había aparecido por Galilea – precisamente sus dominios – otros hablaban de Jesús como si fuera la vuelta del profeta Elías, pero él recordaba a Juan Bautista, y es que su conciencia le remordía por lo que había hecho, lo había mandado decapitar. Pensaba que era el Bautista que había resucitado con especiales poderes.

A continuación el evangelista nos narra el episodio de la muerte de Juan Bautista. Herodes lo había metido en la cárcel a instigación de la mujer con la que convivía, que era la mujer de su hermano. Pero al mismo tiempo se nos dice que escuchaba con gusto a Juan y que lo respetaba porque sabía que era un hombre justo y santo. Incongruencia, ¿lo respetas y lo quieres escuchar y lo quitas de en medio metiéndolo en la cárcel?

Cuando entramos en el camino del mal, porque no nos respetamos ni a nosotros mismos ni somos congruentes con aquello que decimos o que pensamos, todo se convierte en una pendiente y en una pendiente resbaladiza. Nos precipitamos sin remedio, nos es difícil salir de ese embrollo. Y es lo que le sucedió a Herodes. Su vida era una vida libidinosa buscando solo el placer y la diversión. Y en una fiesta en su palacio donde había invitado a mucha gente de la principal de su reino las cosas se precipitaron. La hija de Herodías, la mujer con la que convivía y que Juan denunciaba su pecado, bailó para el rey y los comensales; tanto agradó al rey que prometió darle lo que quisiera aunque fuera la mitad de su reino. Fue la oportunidad de Herodías, a quien consultó su hija, para eliminar a Juan. Ya conocemos el final del relato, el final de la vida del Bautista. Aunque el rey se pusiera triste por la petición y por aquello de que lo respetaba, ahora prevalecieron los respetos humanos que la verdadera justicia. La pendiente resbaladiza que nos precipita.

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida; cuantos respetos humanos, cuantos miedos al que dirán, cuantos temores a ir a contracorriente de lo que todo el mundo hace a pesar de que sabemos cual sería lo bueno y lo recto que tendríamos que hacer, cuanta indiferencia se nos va metiendo en el corazón que enfría nuestros sentimientos y que le quita verdadero ardor a nuestra vida, cuando nos miramos a nosotros mismos y a nuestros intereses o ganancias antes de comenzar a mirar alrededor para cual tendría que ser nuestra mejor forma de actuar. Incongruencias de nuestra vida, porque nos dejamos influir, nos dejamos arrastrar por la corriente, porque nos metemos en el peligro sabiendo que nos va a costar liberarnos de él. Como decíamos antes, muchas cosas tendríamos que examinar en nuestra vida.

Y lo sabemos, pero no damos los pasos de congruencia necesarios; lo sabemos y seguimos en la tibieza de nuestra fe, que al final ni fríos ni calientes, ni sabemos donde realmente estamos; lo sabemos y no terminamos de anclar nuestra vida en el Señor y no le prestamos mayor atención a la Palabra de Dios, no ahondamos en nuestra oración y en nuestro encuentro con el Señor y seguimos contentándonos con algo meramente ritual pero sin vida en nuestros rezos, abandonamos la vida sacramental y pensemos por ejemplo cuanto tiempo hace que no te confiesas, no celebras el sacramento de la penitencia.

Hemos subrayado algunos aspectos en el orden de nuestra fe y vivencias religiosas, pero podríamos analizar nuestra vida personal, todo lo que se refiera a nuestro crecimiento como persona, al cultivo de los valores, a nuestros deseos de ponernos a tener una mayor formación en muchos aspectos. Da pie el evangelio para muchas reflexiones.

viernes, 7 de febrero de 2020

Madurez humana, prudencia, sensatez, responsabilidad necesitamos cultivar en nosotros para cuidar palabras y posturas que nos dañarían a nosotros mismos y a los demás


Madurez humana, prudencia, sensatez, responsabilidad necesitamos cultivar en nosotros para cuidar palabras y posturas que nos dañarían a nosotros mismos y a los demás

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29
Se suele decir que por la boca muere el pez, y es que muchas veces tenemos que comernos nuestras propias palabras y terminamos envenenados. Ya sea en sentido positivo como negativo nos sucede que cuando estamos entusiasmados por algo, o nos sentimos apasionados por algo que nos ha sorprendido hablamos y hablamos, unas vez echando alabanzas sin cuento, prometiendo lo que no sabemos si podríamos cumplir o algunas veces si nos sentimos ofendidos por algo o por alguien con palabras que fácilmente se convierten en injuriantes y hacen daño sin saber hasta donde vamos a llegar.
Medir las palabras, controlar nuestras emociones, poner un límite a la pasión y ardor que ponemos en algo que hacemos o que decimos es de gran sabiduría y no siempre logramos tenerla. Y cuando pase ese momento, llegue la calma, todo vuelva a la normalidad, ¿cómo nos vamos a sentir? Incómodos quizá porque dijimos lo que no teníamos que decir y ahora no sabemos cómo remediarlo, abrumados por nuestra inconsciencia y nuestro entusiasmo tanto en las alabanzas como en la promesas, atados quizá a aquello que dijimos que ahora parece que no tiene remedio ni solución y habrá muchos testigos, a los que quizá quisimos encandilar, pero que ahora podrán testimoniar en nuestra contra. Como decíamos ese dominio de nosotros mismos sería una buena sabiduría y un gran signo de nuestra madurez humana. Pero por nuestra inconsciencia nos vemos ahora entre la espada y la pared, como solemos decir. Por la boca muere el pez. Y cuidado si en medio de todo eso hemos dejado envolver nuestro corazón por la maldad.
Me hago esta reflexión de estas situaciones humanas en las que a veces nos vemos envueltos a partir de lo que nos cuenta hoy el evangelio de la forma de actuar de Herodes. Ahora parece que sintiera remordimiento por lo que ha hecho. La hablan de Jesús y le cuentan como algunos piensan que es Juan el bautista que ha vuelto a la vida. Pero él reconoce que a Juan lo había mandado a decapitar él. Y el evangelista nos narra el episodio.
Herodes en cierto modo respetaba a Juan, lo escuchaba y en ocasiones incluso le agradaban sus consejos. Pero la vida moral de Herodes no era ningún ejemplo. Estaba haciendo vida marital con la mujer de su hermano; y Juan se lo denunciaba. Pero la peor enemiga estaba precisamente en Herodías que hace todo lo posible para que Juan fuera encerrado en las mazmorras. Pero aun así trataba de mantenerlo con vida.
Pero viene la ocasión de una fiesta que hace para su corte y la hija de Herodías bailó para ellos. Herodes, entusiasmado por la pasión o por los efectos del alcohol en la fiesta ahora promete lo que sea para aquella bailarina que tanto les había deleitado. ‘Hasta la mitad de mi reino’, promete bajo juramento delante de toda su corte. Y es la ocasión que estaba esperando Herodías para quitar de en medio a Juan. La bailarina pide que le entreguen en una bandeja la cabeza de Juan.
Las palabras pronunciadas, los respetos humanos o los prestigios que pudiera perder delante de corte si no cumplía lo prometido, el efecto de una mente confusa en medio de aquella fiesta desenfrenada terminaron por hacer claudicar a Herodes. Juan fue decapitado.
No cortamos la cabeza del bautista nosotros con nuestras actitudes y posturas pero sí en primer lugar dañamos nuestra propia dignidad, pero vete a saber cuanto daño podemos hacer a los demás con nuestras palabras, con nuestra inconsciencia, con nuestro dejarnos llevar en momentos por la pasión. ¿No tendríamos que aprender de una vez por todas a actuar con una mayor madurez siendo más sensatos y prudentes en lo que decimos y en lo que hacemos? Algo que tendría que hacernos pensar.

lunes, 27 de agosto de 2018

Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida


Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida

2Tesalonicenses 1,1-5.11b-12; Sal 95; Mateo 23,13-22

Teníamos interés en llegar a un sitio determinado y pensábamos que íbamos por buen camino pero cuando ya creíamos que estábamos a punto de conseguirlo, de llegar a la meta nos encontramos algo atravesado en el camino que no nos permitió conseguir nuestros fines. Esto que nos puede suceder geográficamente en cualquier camino o dirección que tomemos donde nos podemos encontrar con dificultades, nos sucede en la vida porque parece que siempre hay alguien que no hace otra cosa que ponernos obstáculos. Hay gente que parece muy especializada en hacernos las cosas difíciles.
En la organización de las cosas todo son reglas y condicionamientos que parece que nos coartan la libertad, el tomar nuestras propias decisiones, limitaciones y cortapisas con reglamentos minuciosos que no nos dejan avanzar, comentarios negativos a todo lo que hacemos que siempre les parece mal, imposiciones para que las cosas se hagan a su gusto para que así prevalezca su yo por encima de todo.
Es una forma de manipular, de querer quizá tener dominio sobre nosotros cuando quizá en ellos son todo apariencias y no precisamente un dechado de virtudes y valores. No solo tenemos que ir luchando con nuestras propias limitaciones, sino que parece que siempre tenemos que vernos condicionados por las opiniones o los pareceres de quienes quieren manipularnos. Gente manipuladora así  nos encontramos fácilmente en la vida en todos los ámbitos de la sociedad. Y detrás siempre puede haber mucha falsedad e hipocresía. Se las dan por personas muy rectas y que solo ellas son las que saben el camino, las soluciones a los problemas, pero que tiene que ser a su manera, aunque no sea lo que ellos propiamente viven.
De eso nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. Y Jesús es muy duro con los fariseos unos grandes manipuladores de la sociedad de su tiempo. Tiene para ellos palabras muy duras para desenmascarar su hipocresía. ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Y les señala Jesús cosas muy concretas de aquellas miles de normas que se han impuesto y que con su rigorismo quieren imponer a los demás.
Cuidemos nosotros no seguir con rectitud el camino emprendido tratando de ser fieles de verdad al evangelio recibido y que tiene que ser el único norte de nuestra vida. No actuemos por el qué dirán y buscando agradar a los que nos rodean, no convirtamos nuestra vida en una vanidad que nos hace falsos y que tenemos entonces de llenar de hipocresía nuestra vida.
De ninguna manera seamos nosotros manipuladores de los demás, sino sepamos respetar el camino de cada uno. Podemos decir, es cierto, una palabra bueno y tenemos también que dar un consejo, pero siempre respetando la libertad de cada persona que es la que tiene que tomar sus propias decisiones.
Algunas veces no nos es fácil, porque tenemos la tentación de querer que todos sean como nosotros o hagan el mismo camino. Pero cada uno tiene que dar sus pasos, cada uno tiene que hacer su camino, cada uno se encontrará con sus propias dificultades y aunque nosotros con nuestro testimonio podemos estimular al esfuerzo de superación de los demás, ellos han de ser los que den los pasos, que nosotros no podemos dar por ellos. Cosas así nos sucede muchas veces en la tarea de la educación quienes tienen o tenemos esa tarea como padres o como educadores. Tenemos que saber discernir en cada momento cual ha de ser nuestra mejor manera de actuar.

sábado, 4 de agosto de 2018

No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio



No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio

Jeremías 26,11-16.24; Sal 68; Mateo 14,1-12

Ponernos al borde del precipicio es arriesgado, al mínimo traspiés o movimiento en falso podemos precipitarnos ladera abajo por la pendiente y sabemos que cuando nos vemos arrastrados por una pronunciada pendiente difícil es que nos podamos detener o que salgamos ilesos de esa caída. Cuantos pierden la vida por riesgos innecesarios cuando no se toman las debidas precauciones para evitar la caída por esa resbaladiza pendiente.
Claro que entendemos que nos queremos referir a algo más que esos accidentes de los que tantas veces escuchamos noticias y que lamentamos la pérdida de vida por esas llamémoslas así aventuras peligrosas. Pero nos sucede en la vida con demasiada frecuencia. Esos casos graves de corrupción de los que ahora oímos hablar tanto no comenzaron defraudando grandes cantidades, sino que seguramente fueron pequeñas cosas que nos parecían insignificantes y a las que le dábamos poca importancia desde un laxismo moral muy peligroso. Y eso en tantas aspectos en que nos podemos ver envueltos o que estamos contemplando casi a diario; luego vendrán lamentaciones e incluso querer justificarnos, pero cuando se entra en esa senda luego es bien difícil detenerse.
Nos permitimos pequeñas cosas que decimos, repito que no tienen importancia, pero parece que le cogemos el gusto y ya luego no nos podemos detener. En por el contrario la vigilancia que ha de mantener el hombre honrado, el que quiere ser justo de verdad en todas sus actuaciones, porque terminaremos no solo haciéndonos daño a nosotros mismos aunque tratemos de disimularlo con los oropeles del poder y del dinero, pero es que enseguida seguiremos por hacer mucho daño a los demás. Es una espiral que es muy difícil luego detener con la que vamos corrompiendo también nuestro mundo.
Un retrato de todo esto lo tenemos hoy en el evangelio en el comportamiento de Herodes. Todo en él es una espiral de vida desenfrenada que parece que no tiene fin. Frente la figura de Juan Bautista, con su denuncia, con su Palabra y su vida profética pero que resulta incómoda. Pero están las cobardías de Herodes, que aunque reconoce, como se nos dirá en los textos paralelos de los otros evangelistas, quería escuchar y respetar a Juan, pero su vida eran un torbellino sin fin. Por medio Herodías con quien convive ilícitamente Herodes, pero que quiere quitar de en medio a Juan hasta que lo consigue. Los respetos humanos que coartan y que nos hacen cerrar los ojos ante el mal. En cuantas cosas se reflejan los comportamientos que hoy vemos en esta breve escena del evangelio. Finalmente el inocente es eliminado, como suele suceder siempre en estas luchas de vanidad y de poder.
Es el martirio de Juan el Bautista y es un supremo testimonio que tenemos que admirar. Pero todo esto tendría que hacernos pensar en todas esas pequeñas cosas que nos permitimos, que no le damos importancia aunque sabemos que no están tan bien hechas. Cobardías de nuestra vida, respetos humanos, ojos que se cierran para no ver, oídos sordos para no escuchar la palabra clara que nos señala o nos denuncia situaciones en las que nos vamos metiendo en esa resbaladiza pendiente. Ahora mismo hasta podemos pasar de largo ante estas reflexiones y quedarnos sí en esa injusticia de Herodes, pero seguimos pasando página.
No podemos pasar página ante el evangelio que se nos presenta ante nuestros ojos. No nos basta que recemos a la carrera el padrenuestro y le digamos al Señor que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal, pero nosotros seguimos metiéndonos en la boca del león, porque no tratamos de mejorar actitudes, de cambiar comportamientos, de superarnos en esas pequeñas cosas que todos sabemos que tenemos como un tropiezo ahí en nuestra conciencia. No recemos a la ligera el padrenuestro.

martes, 29 de agosto de 2017

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Marcos 6, 17-29
Alguna vez nos abr sucedido; mantenemos una buena relación con las personas que nos rodean, somos buenos amigos y expresamos la confianza y la amistad de muchas maneras. Todo parece ir sobre ruedas, pero en un momento determinado viste algo en tu amigo que no era de tu agrado, algo que eras conciente de que no era bueno y tu amigo quizás iba descarrilando su vida por aquella postura, por aquella actitud, por aquello que tu veías que no era bueno.
Y hablaste con él, le dijiste lo que pensabas, trataste en buena conciencia de hacerle reflexionar sobre lo que hacia y tú pensabas que debía corregir; pero tu amigo se lo tomó a mal, no le gusto, no te perdonó que le dijeras aquella verdad de su vida que él no quería reconocer, y las relaciones se distanciaron, la amistad se enfrió, y pudo llegar el caso que el que era tu amigo ahora se convirtió en tu enemigo. Tú hiciste lo que creías correcto, y en buena amistad pensabas que debías tener ese gesto de amistad y de corrección con tu amigo, pero  no lo aceptó.
Muchas cosas así pasan en la vida, cuando no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan decir los que están a nuestro lado; casos conocemos de familias rotas, de vecinos enfrentados y que no se hablan, amistades que se han perdido.
Me gusta cuando leo el evangelio y reflexiono sobre él, pensando primero que nada en como aplicarlo a mi vida, ver esas situaciones humanas que aparecen en el fondo de los hechos que nos narra el evangelista reflejadas en lo que nos sucede en la vida. Es una forma también de aplicarnos bien el evangelio y que la luz que nos ofrece sea esa buena noticia salvadora también para nuestra vida en esas situaciones concretas que vivimos.
Hoy estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. El evangelio nos lo relata con muchos detalles. Pero ahí estamos viendo también esas situaciones humanas que nosotros vivimos. El evangelista parece que nos dice cosas contradictorias de las relaciones entre Herodes y Juan Bautista. En principio nos dice que Herodes tenia en buena consideración a Juan, le gusta escucharlo, lo respetaba y lo consideraba un hombre bueno, honrado y santo.
Pero cuando Juan le señala lo que es la corrupción que hay en su vida, a Herodes no le gusta; cuando mas en concreto le dice que no es licito vivir como lo está haciendo con Herodías la mujer de su hermano, todo se vuelve en contra de Juan. Es encarcelado y Herodías estará buscando la ocasión para acabar con Juan.
Los papeles se dieron la vuelta. Y aunque Herodes parecía mantener una actuación un tanto neutral buscando la manera de cómo liberar a Juan, llegará en momento en que las corrupciones y cobardías de Herodes caerán como en cascada para terminar por decapitar a Juan. Ya nos lo ha contado el evangelio, la fiesta que preparó Herodes para su corte, el baile de Salomé y las promesas fatídicas de Herodes de querer ofrecer hasta la mitad de su reino si la bailarina se lo pedía, que desencadena la muerte de Juan. Los efectos de la fiesta y todo lo que la rodea, las promesas locas de mentes ebrias y sin sentido, los respetos humanos que nos llenan de cobardías, cómo se parece a tantas cosas que hacemos y decimos en las locuras de nuestra vida.
Toda esa parte negativa del relato en los malquereres contra Juan y las locuras y cobardías de Herodes tendrían que hacernos pensar en momentos semejantes en que nos vemos envueltos nosotros de la misma manera. Pero frente está la rectitud, la honradez, la fidelidad de Juan que mantiene firme su palabra y su anuncio de verdad y de justicia.
Cuanto tendríamos que aprender nosotros también que tantas veces nos acobardamos y  nos callamos por miedo a lo que puedan pensar, a lo que nos puedan decir, o como nos puedan tratar según las posturas que nosotros tomamos en la vida. Es la valentía que necesitamos tener los cristianos para hacer ese anuncio de la Buena Noticia salvadora del Evangelio a nuestro mundo. No nos entenderán, nos perseguirán incluso, dirán de nosotros todo menos cosas bonitas, pero necesitamos hacer ese anuncio del bien y de la verdad con valentía, dar ese testimonio de nuestra vida.