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lunes, 16 de junio de 2025

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

 


¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

2Corintios 6, 1-10; Salmo 97; Mateo 5, 38-42

¿La guerra la apagamos con la guerra? ¿Para evitar que haya una guerra nosotros la comenzamos? Es de tremenda actualidad en estos momentos la Palabra del Señor que hoy se nos propone en el evangelio. Tremenda actualidad no solo por los tambores de guerra que resuenan una y otra vez estos mismos días, sino porque es algo que está muy presente en el día a día de nuestra vida. La espiral de la violencia solo se romperá si en uno de sus estadios en lugar de una bala ponemos una rosa. Nos cuesta entenderlo porque media siempre nuestro amor propio y nuestro orgullo. Pero aunque nos pueda parecer de locos la mejor manera de parar una violencia es no responder, pero no es quedarse pasivamente aguantando esa violencia que cae sobre nosotros, sino positivamente ponernos a hacer algo bueno que incluso pueda hasta beneficiar al que está siendo violento con nosotros.

Lo desarmamos. Aunque en ese momento parezca que el otro se ensaña porque le parece sentirse ofendido con nuestra actitud pacífica, al final se quedará sin recursos para seguir manteniéndose en su postura negativa.  Ya sé que esto no es fácil, porque nosotros tenemos también nuestro amor propio y por dentro se nos pueden encender muchos cañones para nosotros torpedear también, pero ahí está esa postura madura que nos llena de serenidad en los peores momentos, que hace que no perdamos la paz por muchas sean las cosas que nos digan, porque nosotros no le vamos a darle el gusto de encendernos con su ira. No es su tea encendida la que yo voy a coger en mi mano, sino que voy a ofrecer la paloma de la paz. El mundo no nos entenderá pero en nosotros tiene que haber un criterio firme que nos guíe y nos dé fuerza.

Las palabras de Jesús son claras y tajantes. ‘Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia’. Está haciendo Jesús referencia a la llamada ley del talión; quizás nacida con buena voluntad, pero que en fin de cuentas son concesiones a lo que tendría que ser el ideal. Quizás para que la venganza no fuera excesiva a la hora de reclamar por la ofensa o el daño recibido, se concedió que fuera en la misma medida, ni un gramo más, por eso lo del ojo por ojo. No podías ir más allá, excederte de esa medida. Pero en fin de cuentas no es otra cosa que entrar en esa espiral de la violencia, y sabemos muy bien que cuando esa espiral comienza a desarrollarse no hay quien la detenga.

De la misma manera que esas palabras tenían su fuerza, Jesús al proponernos el remedio también nos dice cosas que tienen su fuerza; no significa que materialmente hagamos como dice del que te abofetea un lado de la cara, le ofreces el otro – las cosas no se pueden tomar con esa literalidad -, pero si podemos hacer algo que deje desarmado a quien nos haya ofendido, ofrecer la cara del amor, ofrecer la cara del perdón. Aquello que decíamos antes de poner una rosa en esa cadena de la espiral en lugar de una bala, la rosa no dañará, la rosa más bien nos agradará por su belleza y su perfume.

El fiel seguidor de Jesús siempre ha de ir sembrando buenas semillas y buenas semillas son la humildad y la generosidad del perdón – porque tenemos que reconocer que hay que ser generosos y valientes para ofrecer el perdón a quien nos haya ofendido, no es tarea fácil -, buena semilla puede ser una sonrisa que alivie la tensión de ese momento, buena semilla puede ser una mirada serena que de ninguna manera trasluzca resentimientos ni dolores reprimidos, buena semilla será seguir interesándonos por el bien de esa persona y así manifestárselo en ese momento. Creo que si tenemos el corazón lleno de amor hará germinar en nosotros muchas buenas iniciativas con las que responder o con las que comenzar a buscar de verdad la paz.

Jesús nos está diciendo, de todas maneras, cosas muy concretas que nos pueden estar sucediendo todos los días. ¿No nos sucede que a quien nos debe algo lo rehuimos para no sentirnos comprometidos si de nuevo vuelve a pedirnos? ¿No nos sucede que por algún contratiempo que algún momento hayamos tenido con alguien decimos que con esa persona no nos juntamos más ni a misa queremos ir juntos?

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo para que así nos puedan salir espontáneos esos gestos de paz!


lunes, 17 de junio de 2024

Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

 


Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

1Reyes 21, 1-16; Salmo 5; Mateo 5, 38-42

No somos todos iguales, cada una tenemos nuestro carácter y nuestra personalidad, nuestra manera de ser y nuestras costumbres, somos distintos, son también nuestras cualidades y nuestros valores, la riqueza humana en la que hayamos crecido y nos hagamos formado y ciertas diferencias que pueden ir apareciendo según el camino que hayamos ido haciendo.

Y aunque queremos hacer un mismo camino, o al menos caminamos juntos por los caminos de la vida, las diferencias se notan y no siempre es fácil hacer ese camino juntos; por esa manera de ser o por nuestro carácter, por los impulsos que tengamos en la vida o la cierta pasividad que otros puedan manifestar, pueden surgir roces, encontronazos, y hasta podemos herirnos los unos a los otros; no quiero hablar de mala voluntad, pero sí hemos de tener en cuenta la debilidad o fortaleza que tenga cada persona.

¿Eso tiene que significar que tenemos que hacernos la vida imposible los unos a los otros? De ninguna manera, tenemos que decir. Pero ahí está la madurez humana que cada uno tengamos para aceptarnos y para respetarnos. Cuando Jesús nos está planteando todo un sentido de la vida, es lo que viene a enseñarnos en el sermón del Monte que estos días estamos escuchando y venimos comentando, nos está poniendo el amor como el que tiene que engrasar todos esos resortes de nuestra vida, o limar las asperezas o aristas que nos puedan aparecer y con las que nos podemos dañar. ¿Mecánicamente no utilizamos las grasas para facilitar los engranajes y las rodaduras en vehículos o herramientas que tengamos que utilizar? Esa grasa, podríamos decir, que nos va a facilitar el rodaje de la vida es precisamente el amor.

Y Jesús hoy en el evangelio desciende a cosas muy concretas que hemos de saber tener en cuenta. Y nos habla de que no tenemos que hacer frente al que nos agravia. Es el impulso primero que surge en nosotros cuando nos sentimos heridos, como cuando alguien toca una herida de nuestra carne. Y el rodaje de la vida había hecho que se marcaran como unos límites en esas reacciones que pudiéramos tener cuando nos sintiéramos heridos. Por eso se hablaba del ojo por ojo y del diente por diente. Si te rompen un diente tú no vas ahora a romperle tres al oponente. Por eso se ponía ese límite, que ahora Jesús nos viene a decir que eso tiene que quedar atrás, ‘no hagáis frente al que os agravia’, nos viene a decir.

Y para que entremos en una dinámica de la desterremos toda violencia, nos viene a decir eso que siempre nos ha llamado tanto la atención. ‘Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto…’

¿Significa eso que tenemos que permitir la violencia o la injusticia de los otros? De ninguna manera, pero significa la respuesta de paz que siempre tenemos que saber dar, no entrar en esa dinámica y espiral de la violencia. La mejor manera de detener una pelea y desarmar al oponente es precisamente ese no dar respuesta a su violencia. No vamos a dejar que nos machaquen, porque no vamos a consentir lo que signifique injusticia o maltrato, falta de respeto y daño de la dignidad de la persona, pero no nos vamos a poner a tiro de seguir con esa violencia. Es la mejor manera de emprender el camino del amor, del perdón, del que luego Jesús nos va a hablar más ampliamente.

Por eso nos invita Jesús a un camino de generosidad, de desprendimiento que solo podremos entender y emprender desde el amor más auténtico. ‘A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’, viene a decirnos Jesús. Es la generosidad que nace del amor, donde encontramos el sentido de la vida y desde donde haremos caminos de plenitud.

lunes, 13 de junio de 2022

Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

 


Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Una espiral podríamos decir que su sentido es que sea algo que no tiene fin; no son vueltas cerradas sobre si mismas, sino vueltas abiertas que cada vez se van abriendo más, con lo que la espiral se hace cada vez más grande e interminable.

Es difícil romper el ritmo de una espiral pero creo que todos nos damos cuenta que en la vida hay cosas que algunas veces dejamos crecer como una espiral y de que de alguna manera tenemos que romper su crecimiento. Son, por ejemplo, las espirales de violencia que nos vamos creando y haciendo crecer más y más, porque siempre tendremos una nueva forma de responder a la violencia que antes nos hayan hecho con lo que la espiral se hará interminable y totalmente destructiva para nuestras relaciones y para nuestra convivencia; bien lo contemplamos en la vida diaria en que esas espirales de rencores y resentimientos han dividido familias, han roto relaciones entre vecinos que antes quizás hasta eran amigos, y se convierte como en una herencia familiar, donde actualmente no sabemos por qué estamos familias o estos vecinos se llevan mal, pero desde siempre ha sido así y nunca nadie se ha atrevido a poner solución rompiendo esa espiral.

Es a lo que nos está respondiendo hoy Jesús en el evangelio. Cuando nos ha puesto como norma de nuestra vida el amor ese amor tiene que ser la piedra de toque que sirva para romper esas espirales violentas y de odios que tantas veces nos creamos en la vida. Muchas veces surgidas de la manera más inesperada y cuando no se pensaba con ninguna malicia, pero hubo algo o alguien que la despertó y entonces el cristal de nuestra visión se hizo añicos y todo lo que miraremos a través de ese cristal roto y manchado por la malicia lo veremos lleno de esa maldad que generará más maldad en nuestro corazón.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice Jesús y ojalá supiéramos escucharlo. Es la manera de romper el inicio de esa espiral que cada vez se agrandaría más. En la vida tenemos roces, nuestras aristas muchas veces están demasiado afiladas, tenemos la sensibilidad a flor de piel y por cualquier cosa enseguida saltamos con tres piedras en la mano, como se suele decir.

Muchas veces aquello que nosotros recibimos como ofensa quizá ni tuvo esa intención en la persona de la que nos sentimos ofendidos, una mala interpretación, un descuido o un dejarnos llevar por un mal momento que a todos nos puede suceder, pero de la misma manera que para nosotros pediríamos siempre comprensión, así deberíamos de tenerla con los demás, y saber encontrar una disculpa en nuestro juicio tantas veces tan severo, o en la aceptación de la disculpa que el otro nos pueda presentar. Una detenernos en ese primer momento para tener la comprensión que pediríamos para nosotros salvaría muchas disputas y muchas veces que entablamos tantas veces en la vida. Romper, como hemos venido diciendo, esa espiral que tan fácilmente generamos.

Por eso nos hablará Jesús de cosas tan elementales como una bofetada recibida, de una discusión tonta por la posesión o no de alguna cosa, del favor que nos están pidiendo que siempre nos parece mucho, o de ese préstamo generoso que tendríamos que saber hacernos de las cosas que poseemos. ¿Cuál es nuestra respuesta a esas cosas que así de forma tan elemental nos van surgiendo en la vida en nuestra relación con los que están cerca de nosotros, incluso la misma familia?

No es cuestión de hacer el tonto, como algunos piensan, sino de saber encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, que nos lleve a disculpar y a perdonar, que nos lleve a tener abiertas las puertas de nuestra vida, pero sobre todo nuestro corazón. No podemos estar cobrando con la misma moneda lo que nos puedan hacer los demás, es ahí donde aparece la generosidad y la sublimidad del amor verdadero.

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

sábado, 31 de julio de 2021

Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

 


Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Hay momentos que podríamos que son de gracia para nosotros, aunque no siempre sabemos leer el mensaje que pudiera llegarnos tras ese momento, esas palabras que escuchamos, ese hecho que ha sucedido en nuestra presencia, esa persona que ha aparecido en nuestra vida. algo viene a nuestra memoria que nos impacta en su recuerdo aunque muchas veces queramos hacer oídos sordos ante aquello que vemos tan palpable delante de nosotros; podemos echarlo en el olvido, o podemos detenernos en la vida y reflexionar, aunque prefiramos en ocasiones seguir como si nada hubiera pasado y busquemos miles de justificaciones.

¿Le sucedería algo así al tetrarca Herodes cuando tiene noticias de Jesús? Ya en alguna ocasión vinieron a decirle a Jesús que Herodes andaba buscándolo. En esta ocasión se despiertan muchos recuerdos en su conciencia. ‘Ese es Juan que ha resucitado al que yo mandé matar’, se dice cuando le hablan de Jesús. Y el evangelio nos da detalles de cómo fue la muerte del Bautista, como tantas veces habremos reflexionado cuando nos hemos encontrado con este evangelio.

Algún evangelista dirá que Herodes tenia aprecio al Bautista y lo escuchaba con gusto, pero en la espiral de inmoralidad en la que metió su vida hizo que en lugar de escucharlo lo metiera en la cárcel a instigaciones de Herodías la mujer con la que vivía y que Juan le decía que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Será con motivo de una fiesta como hemos escuchado y repito muchas veces meditado, al bailar Salomé la hija de Herodías, el tetrarca se juramenta con ofrecimientos hasta de su reino para complacer a quien le ha deleitado en el baile; es el momento de Herodías para quitar de en medio al Bautista.

Aunque pareciera que Herodes se quedó con una conciencia insensible después de la muerte de Juan, algo pesaba en su interior, que cuando oye noticias de Jesús piensa en aquel a quien había mandado matar. Era el momento de gracia, de llamada del Señor que Herodes no quiso escuchar, como tantas veces nos sucede a nosotros.

Tendrá oportunidad de otros encuentros con Jesús, como sería en medio de la pasión y entrega de Jesús. Pilatos envió a Jesús a Herodes, porque era de su jurisdicción ya que Jesús había comenzado a predicar en Galilea, territorio que le correspondía gobernar al tetrarca. Podíamos decir que es otro momento de gracia, pero cuando estamos en la pendiente la pendiente se hace resbaladiza y nos costará volver atrás. Aprovecharía para querer hacer fiesta con Jesús. 

Creo que estos aspectos que hemos resaltado podrían ser también ayuda para nuestra reflexión. Cuántas veces nos cuesta rehacer nuestra vida. Parece también que nos hemos metido en una espiral que cada vez se va haciendo más grande y no sabemos por donde romper para salirnos de esa trayectoria que parece que nos empuja. Dios sin embargo va poniendo señales en nuestra vida en aquellas mismas cosas que nos suceden cada día. Hay momentos que lo pasamos mal, momentos que se nos hacen difíciles, momentos en que parece que nos sentimos zarandeados por la vida y no sabemos cómo hacer pie ni donde apoyarnos.

En medio de esas turbulencias sepamos encontrar, descubrir ese momento en que aparece una luz, donde podemos encontrar un apoyo, sintamos la mano del Señor que siempre está tendida hacia nosotros buscando que nos agarremos a ella. El Señor pone señales de su presencia que hemos de saber descubrir.

No tengamos miedo a esas turbulencias de nuestro espíritu, porque sabemos que en medio de la tormenta también está el Señor, aunque nos parezca que está dormido sobre un almohadón como aquella vez en medio de la tormenta del lago. Que se despierte nuestra fe, nos apoyemos en el Señor y demos los pasos que necesitamos para rehacer nuestra vida. Su gracia no nos faltará.

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

lunes, 14 de junio de 2021

Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón y lograremos un mundo de armonía y de paz donde todos nos sentiremos más felices

 


Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón y lograremos un mundo de armonía y de paz donde todos nos sentiremos más felices

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42

Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón. No es fácil, pero no es imposible. Desterremos el orgullo y el amor propio. Que malos consejeros son, cómo nos incitan a una respuesta cada vez más fuerte. No nos queremos quedar por vencidos cuando entramos en la espiral de la violencia; seamos capaces de quedarnos vencidos por la espiral del amor.

Es algo que tenemos que transformar en la vida. Aunque vayamos a contracorriente; porque quizás no van entender nuestras actitudes y posturas pacíficas que algunos pueden considerar hasta de cobardes. Pero cobarde soy cuando no soy capaz de levantarme para cambiar el chip, para cambiar el ritmo. La valentía no está en la venganza, eso sería dejarme arrastrar para entrar en la misma espiral de violencia. La valentía no está en la fuerza con la que respondamos, la valentía está en la humildad del perdón y en la grandeza que manifestaré cuando haga cambiar la dirección.

Es lo que Jesús nos quiere enseñar en el sermón del monte que venimos escuchando y lo que de una forma muy concreta nos señala hoy. Nos está anunciando el Reino de Dios y cuando reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida las cosas tienen que cambiar. Nos pide un estilo nuevo de vivir, porque tenemos algo que nos dará sentido profundo a nuestra vida, el amor.

Ya nos señalará Jesús en otro momento a que seamos compasivos y misericordiosos como compasivo y misericordioso es el Señor. Quienes le seguimos tenemos que romper moldes porque entramos en la órbita del amor, entramos en una nueva dimisión en la que vamos a sentirnos hermanos de todos. Pero eso es algo más que una palabra, significaran unas actitudes nuevas en nuestro corazón, una nueva manera de actuar en nuestra vida. La venganza no será ya nunca la respuesta que demos a la violencia que podamos encontrar en los demás.

Y esto ha de manifestarse en los pequeños gestos de la vida cotidiana, lo que es la relación de unos y otros en el devenir de cada día. Son esos momentos de los pequeños roces que nos hacen chirriar en nuestra vida. La máquina para que no haya un roce que chirríe necesita de un engrasado especial. Es lo que necesitamos nosotros, empaparnos del sentido del amor. Y entonces estaremos siempre dispuestos a vencer cualquier gesto o actitud de mal o de violencia que recibamos pero con el engranaje del amor.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice. Si a aquel que nos ha agraviado respondemos nosotros en el mismo sentido pero con más fuerza porque no nos queremos quedar a menos, iremos provocando esa espiral de violencia que cada vez va a más; son tantas discordias que vemos en la vida y en las que nos vemos envueltos tantas veces; pequeños roces entre familiares o vecinos que por no haber sabido poner por medio a tiempo la palabra y el gesto del perdón, vemos sin embargo que se crecen y hasta se transmiten de generación en generación.

Pero si ha ese agravio respondemos con una actitud distinta, no haciéndole frente sino con la mano tendida del perdón, la otra persona se va a ver descolocada porque no puede seguir en la locura de su violencia y de su orgullo, y es la mejor victoria que podemos obtener rompiendo esa espiral en la que nos veríamos envueltos.

Escuchemos con atención esos pequeños detalles que Jesús nos ofrece y lograremos un mundo de amor y de paz, que tanto necesitamos.

jueves, 29 de agosto de 2019

Nos hace falta el coraje y la valentía del Bautista para hacer frente a nuestro mundo y para dar testimonio del evangelio


Nos hace falta el coraje y la valentía del Bautista para hacer frente a nuestro mundo y para dar testimonio del evangelio

2Tesalonicenses 3,6-10.16-18; Sal 127; Marcos 6, 17-29
Qué peligroso es meterse en un terreno resbaladizo y que además está en pendiente. Son muchos los equilibrios que habría que hacer, pero al final caemos por la pendiente casi sin remedio. Algunas veces nos sucede en muchos aspectos de la vida; nos sentimos encandilados por muchas cosas que nos atraen y llaman la atención y como los mosquitos que dan vueltas alrededor de la luz, terminan quemándose sus alas atraídos por aquella fuente de calor.
Todos tenemos conciencia de lo que es bueno y lo que no es conveniente, de lo que tendríamos que apartarnos, pero nos cegamos en la vida, tratamos de justificarnos, decimos por esta vez que ya luego tendré cuidado pero bien sabemos que cuando nos ponemos en la pendiente vamos a rodar sin remedio; bueno, remedio sí tenemos poniendo fuerza de voluntad por nuestra parte, escuchando los consejos o recomendaciones que personas buenas pueden hacernos, pero en nuestro orgullo no queremos escuchar, en nuestra ceguera no queremos ver, y metidos en la pasión como en un torbellino en espiral parece que más nos sentimos impulsados a hacer lo que sabemos que no está bien.
Es lo que contemplamos hoy en negativo en el evangelio en la figura de Herodes y de los que le rodeaban. Aparecen situaciones incongruentes y contradictorias en las diversas posturas de Herodes. Le gustaba escuchar a Juan pero le inquietaba; sabía que era verdad lo que Juan le señalaba de su comportamiento lleno de vicio y de maldad, pero no se apartaba de aquel camino; sabiendo que obraba injustamente se deja arrastrar por la mujer con la que convivía y primero encierra a Juan en una mazmorra y terminará por cortarle la cabeza; quiere manifestarse como hombre libre y de principios pero se deja arrastrar por el qué dirán ante lo que se da cuenta de que han sido promesas imprudentes y que le están conduciendo al crimen. Brevemente podríamos resumirlo así.
Enfrente la postura valiente y profética del Bautista para denunciar el mal invitando siempre a la conversión y a la corrección de la vida errada; el silencio como ofrenda de justicia y de amor al verse encerrado por decir la verdad, pero que su vida sigue siendo elocuente testimonio ante quien quiera reconocerlo; la vida entregada hasta la muerte por una causa, la causa de la verdad y de la justicia que se convierte en preanuncio de lo que va a ser el sacrificio de Jesús también por nuestra salvación.
Con razón la liturgia lo llama precursor no solo del nacimiento de Jesús sino también de su muerte; por eso en la oración litúrgica de este día pedimos que son su intercesión seamos capaces nosotros de entregar nuestra vida al testimonio y al servicio del evangelio.
En muchas cosas podemos ver reflejado en nuestra vida lo que hoy contemplamos en el evangelio, para analizar por una parte tantas cosas negativas en las que nos vemos envueltos y que como en pendiente resbaladiza nosotros también tantas veces nos dejamos arrastrar. Pensemos en el contra testimonio de nuestros silencios cuando por respetos humanos tantas veces dejamos de decir la verdad, denunciar el mal, proclamar el anuncio del evangelio.
Que seamos capaces de arrancarnos de nuestras cobardías con las que tantas veces hasta ocultamos nuestra fe por el qué dirán; nuestras cobardías porque no queremos nadar a contracorriente sino que actuamos, como se suele decir hoy, solo desde lo políticamente correcto, para no molestar y para que no nos molesten metiéndose con nosotros y con nuestra fe. Ante cuántas cosas cerramos nuestros ojos sabiendo que no son buenas, simplemente porque el conjunto de la gente piensa de una manera determinada.
Nos hace falta el coraje y la valentía del Bautista para hacer frente a nuestro mundo y para dar ese necesario testimonio del evangelio.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte


Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte

2Tesalonicenses 3,6-10.16-18; Sal 127; Marcos 6, 17-29

Qué fáciles somos a veces para hacer promesas; en medio del entusiasmo, o en la angustia de los problemas, prometemos y prometemos sin pensarnos en lo que decimos y así luego nos sentiremos. Ya sea desde momentos positivos o de entusiasmo por los que estemos pasando, porque nos gusten determinadas cosas, o motivados por el ambiente que nos rodea, o ya sea en momentos difíciles de los que queremos salir en los que nos prometemos quizá a nosotros mismos que no volveremos a pasar por una situación semejante porque ya haremos lo que sea por actuar de otra manera.
Unas veces pronto olvidamos lo que prometimos manifestando así la superficialidad con que actuamos, en otras ocasiones vamos posponiendo el cumplimiento de lo prometido porque quizá así andamos en la vida de cosas en cosa como una mariposa de flor en flor, en otras ocasiones nos sentimos obligados y comprometidos en lo que prometimos, ya sea por la seriedad con que nos lo tomamos, ya sea también influenciados por los respetos humanos pensando en lo que puedan decir quienes conozcan nuestras promesas y ven que no las cumplimos.
Pero algo en lo que queríamos fijarnos siendo cierta toda esta realidad que comentamos es la frivolidad y ligereza con que en ocasiones nos hacemos promesas, a nosotros mismos, o a los demás, no sabiendo luego cómo salir del paso o la forma de poder cumplirlas. Promesas, juramentos, votos que tendríamos que cumplir son cosas que hay que tomarse con mucha seriedad y no se pueden hacer a la ligera; bien sabemos como hay gente que no quita de sus labios la palabra ‘lo juro’, que más que un juramento es realmente una muletilla a la que al final ni hacemos caso cuando nos prometen algo.
Son reflexiones que tenemos que hacernos, cosas que tenemos que revisar en el actuar de nuestra vida y todo momento es bueno para la reflexión. Hoy me ha surgido esta reflexión viendo la ligereza y frivolidad con que actuaba el rey Herodes en que todo para el se convertía en deseos de diversión y pasarlo bien.
Claro que estamos ante una página del evangelio que tiene su propio dramatismo. Nos viene a narrar el martirio del Bautista. Y en torno a este hecho aparecen multitud de situaciones, actitudes y posturas que nos pueden decir muchas cosas para nuestra vida. Es el testimonio de la fidelidad a la Palabra en la propia figura del Bautista.
Su misión había sido preparar los caminos del Señor y al mismo tiempo que nos señalaba las sendas por los que habíamos de transitar para acoger al Mesías Salvador que nos llegaba también había de denunciar lo malo que habría en nuestra vida y que tendríamos que arrancar en nosotros. Los valles y colinas que había que aplanar, los caminos que habría que enderezar.
Es la postura valiente y profética que mantiene ante el rey Herodes cuya vida frivolidad, de injusticia y de pecado denuncia. Herodes, aunque se nos dice que apreciaba a Juan y le agradaba escucharle, instigado por la mujer con la que convivía – motivación de las denuncias de Juan – termina por meterlo en la cárcel. Pero Herodías sigue instigando y se encontrará ocasión y momento en una de aquellas fiestas a las que es tan dado Herodes. Bailó la hija de Herodías y en el frívolo entusiasmo de Herodes le promete cuanto quisiera pedirle, aunque fuera la mitad de su reino. Es la ocasión que esperaba Herodías, para que su hija pida en una bandeja la cabeza de Juan.
Ahí vemos esa espiral de frivolidades y desenfreno que viene a culminar en la muerte del Bautista. Herodes, inconsciente de lo que ha prometido, ahora se ve condicionado por los respetos humanos y la propia frivolidad de su vida. Accede a lo que pide la hija de Herodías y se culmina en la muerte de Juan Bautista. Es la voz que se quiere silenciar, pero que seguirá siendo, incluso a través de la historia, un grito contra la tiranía y la injusticia en la muerte de tantos inocentes.
Era la voz que anunciaba la llegada del Mesías y la preparación de los caminos del Señor que muchas maneras querían acallar, pero es la voz que se sigue oyendo desde su martirio invitándonos también a la fidelidad aunque nos cueste la muerte.
Es la voz que nos señala caminos de rectitud y de justicia que nos seguirá señalando allá en nuestro interior esas frivolidades de la vida de las que nos hemos de arrancar para saber actuar siempre en toda rectitud y justicia.
Es la voz que sigue invitándonos a que le demos verdadera profundidad a nuestra vida alejándonos de superficialidades, de vanidades o de respetos humanos para darle un verdadero sentido a cuanto hagamos y no lo hagamos así porque si sin pensar bien en lo que nos comprometemos o el rumbo que queremos darle a nuestra vida.

sábado, 4 de agosto de 2018

No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio



No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio

Jeremías 26,11-16.24; Sal 68; Mateo 14,1-12

Ponernos al borde del precipicio es arriesgado, al mínimo traspiés o movimiento en falso podemos precipitarnos ladera abajo por la pendiente y sabemos que cuando nos vemos arrastrados por una pronunciada pendiente difícil es que nos podamos detener o que salgamos ilesos de esa caída. Cuantos pierden la vida por riesgos innecesarios cuando no se toman las debidas precauciones para evitar la caída por esa resbaladiza pendiente.
Claro que entendemos que nos queremos referir a algo más que esos accidentes de los que tantas veces escuchamos noticias y que lamentamos la pérdida de vida por esas llamémoslas así aventuras peligrosas. Pero nos sucede en la vida con demasiada frecuencia. Esos casos graves de corrupción de los que ahora oímos hablar tanto no comenzaron defraudando grandes cantidades, sino que seguramente fueron pequeñas cosas que nos parecían insignificantes y a las que le dábamos poca importancia desde un laxismo moral muy peligroso. Y eso en tantas aspectos en que nos podemos ver envueltos o que estamos contemplando casi a diario; luego vendrán lamentaciones e incluso querer justificarnos, pero cuando se entra en esa senda luego es bien difícil detenerse.
Nos permitimos pequeñas cosas que decimos, repito que no tienen importancia, pero parece que le cogemos el gusto y ya luego no nos podemos detener. En por el contrario la vigilancia que ha de mantener el hombre honrado, el que quiere ser justo de verdad en todas sus actuaciones, porque terminaremos no solo haciéndonos daño a nosotros mismos aunque tratemos de disimularlo con los oropeles del poder y del dinero, pero es que enseguida seguiremos por hacer mucho daño a los demás. Es una espiral que es muy difícil luego detener con la que vamos corrompiendo también nuestro mundo.
Un retrato de todo esto lo tenemos hoy en el evangelio en el comportamiento de Herodes. Todo en él es una espiral de vida desenfrenada que parece que no tiene fin. Frente la figura de Juan Bautista, con su denuncia, con su Palabra y su vida profética pero que resulta incómoda. Pero están las cobardías de Herodes, que aunque reconoce, como se nos dirá en los textos paralelos de los otros evangelistas, quería escuchar y respetar a Juan, pero su vida eran un torbellino sin fin. Por medio Herodías con quien convive ilícitamente Herodes, pero que quiere quitar de en medio a Juan hasta que lo consigue. Los respetos humanos que coartan y que nos hacen cerrar los ojos ante el mal. En cuantas cosas se reflejan los comportamientos que hoy vemos en esta breve escena del evangelio. Finalmente el inocente es eliminado, como suele suceder siempre en estas luchas de vanidad y de poder.
Es el martirio de Juan el Bautista y es un supremo testimonio que tenemos que admirar. Pero todo esto tendría que hacernos pensar en todas esas pequeñas cosas que nos permitimos, que no le damos importancia aunque sabemos que no están tan bien hechas. Cobardías de nuestra vida, respetos humanos, ojos que se cierran para no ver, oídos sordos para no escuchar la palabra clara que nos señala o nos denuncia situaciones en las que nos vamos metiendo en esa resbaladiza pendiente. Ahora mismo hasta podemos pasar de largo ante estas reflexiones y quedarnos sí en esa injusticia de Herodes, pero seguimos pasando página.
No podemos pasar página ante el evangelio que se nos presenta ante nuestros ojos. No nos basta que recemos a la carrera el padrenuestro y le digamos al Señor que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal, pero nosotros seguimos metiéndonos en la boca del león, porque no tratamos de mejorar actitudes, de cambiar comportamientos, de superarnos en esas pequeñas cosas que todos sabemos que tenemos como un tropiezo ahí en nuestra conciencia. No recemos a la ligera el padrenuestro.

lunes, 5 de febrero de 2018

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

1Reyes 8,1-7.9-13; Sal. 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces queremos guardar en nuestra intimidad aquellos sufrimientos que podamos tener. Aquellas imposibilidades o debilidades que tengamos porque quizá creemos que eso es algo muy íntimo y personal y no tenemos por qué darlo a conocer a quienes nos rodean. Muchos secretos se guardan tras los muros de una casa o también tras la fachada de serenidad que queremos mostrar en la vida. Nadie tiene que conocer nuestros sufrimientos o necesidades pensamos y así quizá no dejamos que alguien pueda ofrecernos una palabra o un gesto de consuelo. Nos lo guardamos en nuestro interior.
Es la respuesta que muchas veces damos cuando nos preguntamos cómo estamos o se interesan tal vez por un enfermo que tengamos en nuestra casa; estoy bien decimos, está mejor respondemos al interés que alguien pudiera mostrar por lo nuestro. Nos creamos un mundo de distancias y de aislamiento que nada nos ayuda. Nos situamos en el centro de una espiral que impide que los demás puedan llegar hasta nosotros siendo para nosotros un incomprensible circulo cerrado en el que no dejamos entrar a nadie ni nosotros queremos salir haciendo mas insoportable nuestro sufrimiento.
Es necesario que seamos capaces de atisbar por donde nos pueda entrar un rayo de luz o que alguien nos ayude a abrir una brecha por la que seamos capaces de salirnos o dejar entrar a los otros para ayudarnos a mitigar nuestro dolor o a encontrarle un sentido. Pero tenemos que dejarnos ayudar, abrir los oídos y los ojos de nuestro espíritu. Es el rayo de luz y de esperanza que necesitamos que ilumine nuestras vidas y nos ayude a ponernos en orden de verdad dentro de nosotros mismos. Quizá ese rayo de luz está cerca de nosotros pero estamos tan encerrados que no seremos capaces de verlo.
La llegada de Jesús por aquellos caminos y pueblos de Galilea fue ese rayo de luz que despertó las esperanzas en tantos llenos de sufrimientos. Habían vivido soportando estoicamente su dolor, pero ahora descubrían que se abría una puerta para sus vidas. Por eso corrían detrás de Jesús, al menos querían que la sombra de su manto se posara sobre ellos porque sabían que así sus vidas se podían llenar de luz. Todos querían sentir la mano de Jesús en sus vidas, o al menos tocarle la orla de su manto porque sabían que así sus corazones se podrían sanar.
Es lo que nos describe el evangelista. No eran solo sus cuerpos atormentados por el sufrimiento de su enfermedad o de sus limitaciones lo que llevaban hasta Jesús sino que eran sus vidas rotas deseando encontrar un sentido y una salvación. No nos podemos quedar en el milagro de unos cuerpos sanados de sus enfermedades o sus discapacidades, sino que hemos de descubrir la salud total que Jesús nos ofrece, por eso Jesús siempre pedía que se dejaran transformar el corazón. La fe y la esperanza no solo eran la confianza de unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús.
¿Cómo vamos nosotros hasta Jesús? ¿Cuáles son los sufrimientos que llevamos y que nos atormentan en el corazón? ¿Por qué nos aislamos, nos encerramos en nosotros mismos queriendo muchas veces construir nuestra vida por nuestra cuenta y sin contar con los demás? ¿Cuál es el resquicio que hemos de dejar abrir en nuestra alma para que entre en nosotros esa luz nueva que nos hará vivir de una manera distinta? ¿Seguimos pensando que hemos de seguir guardándonos todo para nosotros mismos y que por nosotros solos podemos sanar nuestra vida?

domingo, 23 de julio de 2017

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Eso lo arreglo yo; si me dejaran a mí… hemos escuchado más de una vez, o hasta quizá lo hemos pensado. Una situación injusta, una maldad de unas personas que hacen daño, problemas que vemos en nuestra sociedad de corrupción, desordenes, gente que no hace nada frente a todas esas situaciones cuando quizá por su autoridad o por el lugar social que ocupan tendrían que hacer algo por resolver esas cosas, pero como sabemos siempre hay por detrás intereses ocultos… pero a todas estas siempre hay uno que se cree Mesías salvador que lo resolvería todo quizá con unas actuaciones llenas de violencia quitando de en medio a quienes están haciendo ese daño en nuestra sociedad.
¿Podremos resolver de verdad los problemas de esa manera quizá desde unas actitudes y posturas autoritarias y violentas? ¿No caeríamos esa espiral de violencia y hasta de injusticia cuando nos dejamos arrastrar por esas actitudes? ¿No estaríamos dejándonos envolver por esa misma maldad que pretendemos erradicar llenando nuestro corazón de iras y de odios que no harían sino provocar mas odio y más violencia, mas injusticia y más maldad? ¿Nos cruzamos de brazos, entonces?
¡Qué dichosos seriamos si todos fuéramos buenos! ¡Qué mundo de felicidad crearíamos si en verdad nos dejáramos envolver por el bien y por el amor para engendrar bondad en nuestro mundo haciendo surgir una nueva humanidad! Alguno podría pensar que eso son utopías, porque somos conscientes de la maldad que hay en nuestro mundo. Es cierto que la manzana podrida puede echar a perder todo el cesto, pero sí tiene que haber esperanza en nuestro corazón de que no somos cosas ni solamente unos frutos materiales que se contaminan, sino que somos personas que podemos contagiar de nuestra bondad a cuantos nos rodean.
La semilla sembrada en el campo es buena, como nos dice la parábola que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que nos ha creado y dado la vida hizo que cuanto saliera de su mano fuera bueno – como nos dice la Biblia en aquellas primeras paginas del Génesis ‘y vio Dios que todo era bueno’ – pero nos ha dado el don maravilloso de la libertad cuando nos ha creado con toda dignidad – ‘a su imagen y semejanza’ que dice la Biblia – y es desde esa libertad donde el hombre elige y será donde pueda entrar la confusión del mal cuando nos queremos hacer dioses enmendándole la plana a Dios para hacer las cosas solo desde nuestros intereses egoístas y dejando meter el orgullo y la vanidad en el corazón. Es la cizaña, la mala semilla que se va sembrando en nuestro corazón y en nuestro mundo.
¿Qué nos quiere decir, entonces, esta parábola de la buena semilla pero también de la cizaña sembrada ocultamente en el mismo campo? Es un retrato de nuestro mundo, de nuestra propia vida. Fácilmente nos quedamos a la honra de reflexionar sobre la parábola en constatar esa mala semilla que vemos en nuestro mundo, cuando vemos tantas injusticias y tantas maldades. Como decíamos al principio querríamos arrancar de raíz tanto mal.
Pero creo que también hemos de leer la parábola mirando nuestra propia vida. ¿Somos todo buena semilla en nuestra vida? ¿Son todos frutos buenos lo que hacemos y sale de nuestras manos o de nuestro corazón? Semilla buena somos porque Dios nos ha creado buenos, pero bien sabemos como también el mal se mete dentro de nuestro corazón y mirándonos con sinceridad vemos tantos momentos de orgullo o de egoísmo, de insolidaridad o de vanidad que van apareciendo en nuestra vida.
No siempre nuestra respuesta es buena; tantas veces de una manera u otra dejamos meter el pecado en nuestro corazón. Pero ahí está la paciencia de Dios que nos espera, que nos riega una y otra vez con su gracia, que va haciéndonos continuamente llamadas para que convirtamos nuestra vida, para que transformemos todo eso negativo que hay en nosotros en frutos de bondad y de verdad. No nos arranca de raíz de la vida cuando hacemos el mal, como desearíamos algunas veces para los demás, sino que la misericordia de Dios es inmensa y espera siempre una respuesta positiva de amor por nuestra parte.
Dijimos antes que no todo tiene que corromperse en la vida de los hombres por mucho que sea el mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos. Hablábamos de la esperanza de que el bien nos contagie, el bien vaya contagiando a cuantos nos rodean para ir sembrando esas buenas semillas que vayan creando esa nueva humanidad. Es la tarea que desde nuestra fe en Jesús tenemos que realizar, ha de ser el compromiso de nuestra vida para entre todos hacer un mundo mejor. Es el envió que Jesús nos hace para que vayamos a nuestro mundo con el mensaje del Reino de Dios.

sábado, 18 de marzo de 2017

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Pareciera que la vida se nos va de las manos. Y no me refiero a la temporalidad y que un día se puede acabar todo porque nos llegue el final de los días cuando menos lo esperemos. La vida se nos va de las manos cuando no sabemos controlar, ni controlamos las cosas que nos vienen o que nos suceden, ni nos controlamos a nosotros mismos. Entramos en un mal camino y luego parece que todo es una pendiente donde no podemos detenernos y nos cuesta volver atrás, rehacer lo que hicimos mal, o más peligroso aun, casi no nos damos cuenta que estamos en esa pendiente que adquiere cada vez mayor velocidad.
Es cuando entramos en el camino del mal y nos cuesta reconocerlo, nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a revisar lo que estamos haciendo; nos cuesta reconocer nuestros tropiezos, nuestros errores, nuestras caídas. Muy mal tenemos que vernos  para que intentemos hacer una parada de reflexión. Quizás entonces comparamos como ahora estamos con lo que éramos antes, lo que seria nuestra vida si no hubiéramos caído por esa pendiente.
Pero ahora se nos hace cuesta arriba comenzar a recapitular, intentar comenzar de nuevo; parece que ni creemos en nosotros mismos ni creemos en que podamos ser aceptados por los demás; como también en nuestra cerrazón nos puede suceder que seamos nosotros los que no aceptemos a los demás y encima nos atrevamos a juzgar y a condenar. No queremos ver que al final pueda haber alguien esperándonos, alguien que siga creyendo en nosotros, alguien que, a pesar  de todo lo que hayamos hecho, pueda darnos un abrazo de confianza, que nos llene de paz, que nos haga en verdad comenzar una vida nueva.
Por eso no nos atrevemos a recomenzar el camino; le damos vueltas y vueltas, buscamos algún escape, alguna solución porque no confiamos en que puedan seguir confiando en nosotros; quisiéramos estar cerca de nuevo de aquellos que sabemos que nos amaban y desconfiamos si ahora nos siguen amando. Quizá hayamos tenido tantos fracasos con los que pensábamos que eran amigos y nos dejaron tirados, que ahora nos cueste comenzar a confiar de nuevo. Quizá al final nos atrevamos a dar algún paso y pensamos y repensamos qué es lo que vamos a decir, como nos vamos a disculpar, de qué manera y con qué cara nos atrevemos a pedir perdón.
Quizás al hilo de esta reflexión en voz alta nos estaremos dando cuenta de que es de lo que Jesús nos habla hoy en el evangelio con la parábola. Esa parábola en la que nos creemos que nosotros, o aquel en quien nos retratamos, es el protagonista. Pero el verdadero protagonista es aquel que está allá esperándonos, el que estaba esperando al hijo, porque para él seguía siendo su hijo aunque estuviera perdido, aunque pareciera que estaba muerto, y solo estaba esperando el primer gesto de querer volver para salir a su encuentro.
Somos protagonistas, es cierto, en parte, porque el verdadero protagonista es el Padre que nos está esperando; es el abrazo del amor misericordioso y compasivo de Dios que sigue confiando en nosotros, aunque nos hayamos marchado, aunque guardemos muchas amarguras en el corazón como le sucedía el hijo mayor. Porque hay dos retratos de hijos que en fin de cuentas son un mismo retrato de momentos distintos por los que pasamos en la vida. Pero el gran retrato que siempre hemos de tener en cuenta es el del Padre que nos espera, que nos ama, que nos da el abrazo de la reconciliación y de la paz, que se llena de alegría y nos hace entrar en una nueva orbita de felicidad porque nos ofrece un banquete nuevo de amor.
No dejemos que la vida se nos vaya de las manos y caigamos en esas pendientes; pensemos siempre en el amor de Dios que es siempre fiel en su amor y nos espera y confía en nosotros. Y aprendemos algo más, aprendamos a tener nuevas actitudes con el caído que podamos encontrarnos en el camino; seamos siempre capaces de tender una mano para ayudarlo a levantarse ofreciéndolo siempre la confianza del amor.