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martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

viernes, 29 de agosto de 2025

La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

 


La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

1Tesalonicenses 4, 1-8; Salmo 96; Marcos 6, 17-29

Los entusiasmos enfervorizados suelen ser malos consejeros. ¿Es que no podemos entusiasmarnos por nada? No es eso lo que quiero decir, porque pienso que la vida hay que vivirla con entusiasmo, pero también con sensatez. Cuando nos sentimos enardecidos por una cosa, sea cual sea, parece que no podemos pensar en nada distinto, pero tenemos que hacer gala de nuestra prudencia humana, de esa sensatez que decíamos, de saber pensar con serenidad y no lanzarnos a promesas que no sabemos si luego podemos cumplir, o que pueden comprometer los planteamientos serios que tengamos en nuestra vida.

Por eso es tan peligroso un fanático, porque se ciega, la pasión nos puede cegar; son fuerzas de nuestro interior pero que tenemos que saber encauzar, no podemos dejar que sea un volcán que se nos desborde, porque sabemos como un volcán va arrasando todo por donde pasa.

Podemos tener buenos principios y pensar en los valores que tenemos, pero eso tiene que darnos cauce para ese torrente que se nos puede desbocar. Las aguas abundantes pueden ser buenas porque riegan nuestros campos y pueden dar futuro a nuestra vida, pero si las aguas se desbordan todo lo arrasa. Y así nos pasa muchas veces en nuestra vida.

Me hago esta reflexión quizá fijándome en esos aspectos muy humanos de nuestra vida desde el texto que hoy nos ofrece el evangelio en esta fiesta del martirio de san Juan Bautista y que puede ser hermosa plantilla para todo lo que es nuestra vida espiritual y los principios y valores cristianos que hemos de vivir.

Hay algunas cosas que parece que se chocan en este pasaje del evangelio. Herodes, nos dice por una parte, que escuchaba con gusto a Juan. Pero la situación de su vida no era precisamente la de quien escuchara a un profeta y siguiera sus orientaciones. Su vida era algo desbocado, por una parte vivía de una forma irregular con la mujer de su hermano que provocaba las denuncias del Bautista, pero que también hacia que despertase el despecho de aquella mujer que quería quitar de en medio a Juan. Por eso termina encerrándole en la cárcel, a pesar de lo dicho al principio. Pero el torrente desbocado montaña abajo todo lo arrasa.

Muy amigo de faustos y de fiestas se rodeaba de la gente que consideraba principal e importante que participan igualmente de sus orgías. En medio de esa fiesta, con el baile de la hija de Herodías el torrente se desborda. Malos consejeros, decíamos, son los entusiasmos enfervorizados. Allí están las promesas que le hace a Salomé bajo juramento. Es la ocasión que estaba esperando Herodías que hace que su hija pida la cabeza del Bautista. Vienen las consecuencias, los respetos humanos, el verse comprometido por una palabra y promesa inoportuna, la incapacidad por cobardía de volverse atrás reconociendo su error. La cabeza de Juan es presentaba en una bandeja en medio del banquete.

¿Nos dejaremos nosotros arrollar de la misma manera cuando hablamos y hablamos, prometemos y prometemos, y todo se nos queda al final en el vacío? Una pendiente muy peligrosa la de las pasiones desbordadas a la que tenemos que buscar un cauce que reordene nuestra vida. No serán los fervores, pero si pueden ser que los entusiasmos nos hagan decir y prometer cosas que no podemos cumplir. Necesitamos encontrar serenidad para nuestro espíritu, que nos pueda ayudar a tener una clara visión de las cosas, de nuestra realidad, de nuestras capacidades pero también de nuestras debilidades. ¿Un freno para nuestra vida o un buen volante que nos reconduzca en la dirección acertada? Es necesario aprender a detenernos cuando vamos demasiado deprisa en nuestros entusiasmos, porque quizás no tenemos fuerza para llegar hasta el final, o podemos perder el control y salirnos fuera de la buena vía.

¿Nos ayudará el contemplar la entereza de Juan el Bautista aunque la vida parecía que se le ponía en contra para ser fiel a si mismo y a su misión hasta el final, hasta ser capaz de dar su vida?

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

sábado, 3 de agosto de 2024

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

 


De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

Cuando la conciencia no la tenemos tranquila cualquier cosa que suceda, que se diga o se comente en nuestro entorno hará que en nuestro interior salten los resortes del alma, vamos a decirlo así, y nos llenamos de inquietudes y de intranquilidad, como si alguien hubiera detectado lo que nos pasa y en el momento menos esperado vengan a pedirnos cuentas.  ¿Causas de muchos insomnios? ¿De mucha intranquilidad que nos hacer estar alerta para justificarnos aunque nadie nos pida justificación? ¿Buscamos maneras para desviar la atención desde los miedos que llevamos en el alma?

¿Sería algo así lo que le estaba pasando a Herodes? Aunque estuviera enfrascada en sus fiestas y en sus lujos a él llegaban noticia también de lo que sucedía en Galilea, donde había aparecido un profeta, al menos así lo consideraban muchos de la gente sencilla aunque a otros sectores también les produjera inquietud; no en vano era el rey de Galilea, aunque fuera bajo el dominio y la supervisión de los romanos, que en Jerusalén tenían su pretor.

Cuando oye hablar de Jesús piensa que es Juan Bautista que ha resucitado y con todo poder se está manifestando ahora en ese profeta que ha aparecido por Galilea. Y el evangelista nos recuerda de donde provienen los temores o remordimientos de conciencia de Herodes; había mandado matar a Juan. Inducido por su mujer primero lo había metido en la cárcel para hacerlo callar, porque le denunciaba que aquel matrimonio que estaba viviendo no era un matrimonio, porque aquella mujer era la mujer de su hermano.

Sin embargo Herodes sentía un cierto respeto por Juan, no en vano era judío y creía en los profetas; de alguna manera así lo consideraba, pero Herodías seguía conspirando contra el Bautista buscando la manera de quitarlo de en medio. La ocasión vino oportuna en la fiesta del cumpleaños de Herodes donde estaba rodeado de toda su corta y de todos sus lacayos cuando la hija de Herodías bailó para Herodes y los comensales. En los momentos de euforia de una fiesta se promete hasta lo que no se puede cumplir y es lo que hace Herodes. Y la petición vino en bandeja, bueno, en bandeja pedían la cabeza de Juan.

No podía negarse por el juramento que había hecho en presencia de todos los comensales. Las euforias, los miedos y respetos humanos, la pendiente de la pasión de una vida desordenada de la que uno no se quiere arrancar, las cobardías para dar un paso diferente, la inconsciencia de una vida llena de superficialidad nos hacen rodar a los peores abismos. Luego vendrá el sentirnos mal, pero siempre quedará ahí esa cobardía para no dar ese necesario paso atrás para volver a caminos de rectitud.

Y es que cuando hoy estamos escuchando este evangelio no nos quedamos en el relato un tanto turbio de algo sucedido en otro momento para hacer nuestro juicio sobre las conductas de otras personas. Qué fáciles son esos juicios, porque realmente no nos implican en nada, porque no terminamos por mirarnos a nosotros mismos. El juicio tenemos que hacerlo pero mirándonos a nosotros mismos también en ese descontrol en que tantas veces nos metemos en la vida; también nos dejamos arrastrar por la superficialidad, dejamos incontroladas nuestras pasiones y no sabemos salir del bache en que tantas veces nos metemos en la vida, también actuamos pensando en lo que puedan decir los demás queriendo hacernos acomodaticios a todo y a todos, pero no desde la rectitud de nuestra vida, también tenemos nuestros miedos y nuestros complejos que nos impiden ser libres de verdad por dentro.

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del bautista con nuestros prejuicios, con nuestras desconfianzas o con nuestros miedos al qué dirán, con nuestras vanidades para quedar bien – para salir bien en la foto, como se suele decir -, con nuestros hipocresías porque realmente no nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades y fracasos, con nuestros quedarnos impertérritos ante tantas cosas que suceden en nuestro mundo insolidario y cruel.

¿Habrá algo que nos está pidiendo hoy esta buena noticia que nos viene de Dios aún en este hecho que nos pudiera resultar desagradable como es la muerte del bautista?


jueves, 7 de marzo de 2024

Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

 


Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Alguna vez habremos visto algo delante de nosotros y, aunque ha sido un hecho real y palpable, no un sueño ni nada imaginado, sin embargo hemos dicho no me lo puedo creer. Nos quedamos atónicos, sin saber qué decir, qué explicación podemos dar, pero no nos lo terminamos de creer. Algo que nos sorprende, inesperado, que no esperábamos en aquella situación, que no esperábamos de aquella persona y así nos quedamos sin palabras.

Estoy haciendo referencia a esto, en la que no hemos metido ninguna maldad por medio, pero parece que no siempre vamos con ese corazón limpio de malas intenciones; porque quizás por desconfianza que nos tenemos los unos de los otros, quizás porque hemos tenido quizás algún contratiempo con esas personas, quizás porque recordamos viejos enfrentamientos en nuestra relaciones vecinales o en nuestras relaciones laborales, hay personas, como decíamos, de las que desconfiamos, hay personas que no las miramos bien, hay personas a las que podemos ver realizar las mayores maravillas y las cosas más hermosas del mundo, a las que enseguida ponemos, como solemos decir, un pero; vemos segundas intenciones, vemos intereses ocultos que solo nosotros vemos por lo turbia que ya está de antemano nuestra mente, y si podemos quitarle el mérito se lo quitamos, si podemos desprestigiar en esas andamos, si podemos sembrar desconfianza en los demás ya nos estamos frotando las manos.

La malicia que se ha metido en nuestro corazón ya no nos deja ver la verdad y lo bueno. Reconozcamos que cosas así nos suceden a nosotros o las vemos en nuestro entorno con demasiada frecuencia; y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio con sus enfrentamientos.

Es lo que estaba sucediendo en torno a Jesús y de lo que nos habla hoy el episodio del evangelio. Jesús le ha hecho recobrar el habla a un mudo; el evangelista nos lo relata con el lenguaje propio de la época, pues nos habla de la expulsión de un demonio; en fin de cuentas siempre podemos decir que es la liberación de un mal, de una carencia que tenía aquella persona para expresarse y comunicarse con los demás. Eran los signos anunciados por los profetas y que en aquel texto de la sinagoga de Nazaret se nos recordarán.

Hay personas que saben ver la acción de Dios en aquella acción de Jesús y su reacción son las alabanzas a Dios como vemos tantas veces en el evangelio. Pero hay quien no quiere aceptarlo, no quieren ver lo que está sucediendo delante de sus ojos, no querían aceptar a Jesús. Y vienen las reacciones, como decíamos antes la ceguera, la desconfianza, el desprestigio, la intención oculta, etc… Ahora dicen que Jesús obra milagros expulsado demonios y lo hace con el poder del príncipe de los demonios, son las incongruencias en que caemos en la vida cuando nos ciega la malicia del corazón.

Pero Jesús querrá dejarnos un mensaje. Dejémonos purificar, pero cuidemos mantener esa pureza y esa santidad de nuestros corazones. Tantas veces vamos dando pasos en nuestra vida de superación, de crecimiento espiritual, tenemos momentos hermosos y llenos de fervor, pero si nos descuidamos pronto podemos caer de nuevo por la pendiente de la tibieza, de la frialdad de nuestros corazones dejando meter de nuevo el mal en nuestra vida. Es una lucha constante, es cierto, pero es el sabernos mantener en fidelidad al amor que hemos recibido para mantenernos siempre en el buen camino. Si nos descuidamos pronto vamos a darnos cuenta que en lugar de recoger buenos frutos con el Señor lo que estamos haciendo es desparramar esa gracia de amor que el Señor nos ha regalado.

Cuidado, nos dice Jesús, que el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. ¿Queremos caer por esa pendiente de nuevo dejando meter la malicia en nuestros corazones? ‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón’.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

 


Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn. 3,82-87; Lucas 21, 34-36

¿Qué es lo que realmente queremos hacer de nuestra vida? Si nos ponemos un poco razonables seguramente que todos reconoceremos que no queremos destrozar nuestra vida, que queremos buscar lo mejor, que en la vida estamos para ser felices y que por supuesto no queremos hacer daño a nadie. Claro que el tema de fondo está en qué es lo que creemos que es lo mejor, donde podemos encontrar esa felicidad que deseamos y que claro en la vida nos vamos rozando los unos con los otros y no es que queremos dañar a nadie, pero en esos roces siempre alguien saldrá dañado, y claro no queremos ser nosotros.

Aquí hay muchas cuestiones de fondo, porque es plantearnos que es lo que verdaderamente me satisface, o como puedo encontrar prontamente esos momentos de felicidad. Y nos encontramos en nuestro derredor muchas cosas que nos atraen, que nos confunden, que nos ofrecen momentos prontos de placer que confundimos con la felicidad verdadera, y poco a poco podemos irnos cegando, confundiendo, y terminamos por derroteros que no hubiéramos querido recorrer. A cualquier persona llena de vicios y de ataduras en su vida le preguntamos si querían llegar a ese estado y nos dirán que no, pero que en la pendiente de la vida las cosas fueron rodando y rodando y terminaron como terminaron. No justificamos, pero si entendemos. Porque todos estamos sometidos a esa tentación.

Hoy nos dice que Jesús que tengamos cuidado con que no se nos embote la mente; que no nos ceguemos; que no nos encerremos en esas cosas de placer pronto pero que no nos harán totalmente felices. Cuando caemos en esas redes luego terminamos queriendo más y más, y todo es como una espiral que se va agrandando y que parece que no puede tener fin. Pero hemos de romper esa espiral; tener la fuerza de voluntad suficiente para decir hasta aquí he llegado y no doy un paso más por esa pendiente, porque mucho que sea lo que me arrastre. Y sabemos que cuesta, que es difícil.

En la vida tenemos que estar atentos para no caer por esas pendientes. Son unos oropeles muy brillantes que nos atraen y nos confunden. Tenemos que saber discernir en cada momento lo que se nos ofrece y lo que hacemos. No puede ser una espiral irremediable, aunque tanto nos cueste arrancarnos de ella. Es la vigilancia de la que continuamente Jesús nos está hablando; hemos escuchado hablar del criado que está pendiente de la puerta para abrir apenas llegue su señor, del administrador a quien se le han confiado unas responsabilidades del cuidado de la casa y de todos los que en ella habitan y tiene que cumplir fielmente con su tarea, como del centinela que está de guardia en la muralla para evitar ser atacado. Muchas imágenes que nos propone Jesús para hablarnos de esa atención y vigilancia con que hemos de vivir.

Y es aquí cuando tenemos que ir a lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué o en quien hemos puesto el sentido de nuestra vida? ¿Estaremos siendo fieles a esa trayectoria que nos hemos trazado para no apartarnos ni lo más mínimo del camino? Si nos llamamos cristianos es porque nuestra fe la hemos puesto en Jesús; es El el sentido de nuestra vida, por algo nos dice que es el Camino y la Verdad y la Vida.

Es por lo que hemos optado en nuestra existencia, por ese camino, esa verdad y esa vida que es Jesús. Es lo que queremos vivir. Es lo que nos va a dar verdadera plenitud. Es de lo que no nos podemos alejar. Pero ahí están esas pendientes resbaladizas que nos rodean, que, como decíamos, nos ofrecen otras cosas que nos parecen más fáciles. Es la meta por la que tenemos que lugar, es esa vida eterna que Jesús nos ofrece para que vivamos para siempre con El.

Nos lo tenemos que pensar muy bien, con mucha seriedad. Para que no se nos embote la mente, como antes nos decía Jesús, para que sigamos el camino recto que nos lleva a la plenitud y nos hará alcanzar la verdadera felicidad.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


viernes, 14 de octubre de 2022

Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

 


Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Ya sea porque es una forma literaria que utiliza el evangelista para narrarnos los hechos y los dichos de Jesús en el evangelio, o ya sea porque realmente la predicación de Jesús en aquel momento fuera de una forma más distendida y menos solemne, donde se van como desgranando temas y dejándonos sentencias un poco algo así como un mosaico que nos presenta los diferentes temas o matices. Es lo que hoy estamos escuchando en el evangelio del día.

Comienza como de una forma distendida previniendo a los discípulos más cercanos, a los apóstoles de algo en lo que podemos caer con facilidad; y es el dejarnos contagiar por lo que palpamos en el ambiente, por el estilo de aquellas personas que nos rodean. Grande era la influencia que los grupos de los fariseos ejercían sobre el pueblo; como en su mano estaba también el que muchos de ellos fueran maestros de la ley eran sus enseñanzas muy particulares las que trasmitían al pueblo sencillo y donde podrían entrar en fáciles confusiones.

Por eso les dice Jesús que anden con cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Hemos de estar alertas porque son muchas las influencias que podemos recibir de todos lados. Ya nos hablará Jesús en sus parábolas de cómo la semilla sembrada encontrará dificultad para germinar, porque la tierra sobre la que cae está endurecida, porque está llena de matorrales y abrojos, o serán tantas las piedras que no podrá enraizar de verdad; por otra parte podemos recordar que la buena semilla va a nacer y crecer en medio de la cizaña. Ahí tendrá que fortalecerse la planta, porque la cizaña no va a ser arrancada, pero en la hora de la cosecha no podremos confundir las buenas con las malas semillas, que será cuando se haga la criba. Refleja bien lo que nos sucede cada día.

¿Sabremos hundir bien nuestras raíces para encontrar lo que la nutra de verdad para que pueda dar buenos frutos al final? ¿Nos dejaremos confundir con las influencias que podamos recibir? Nos quiere prevenir, para que estemos bien atentos.

Pero al mismo tiempo nos invita a la confianza. Sabemos que la tarea es dura en muchas ocasiones, son muchas las luchas que hemos de mantener desde dentro de nosotros mismos. ¿Podría perderse nuestra vida en esa lucha o podemos salir con heridas que nos dañan? Y ya sabemos, la historia está ahí y Jesús además nos lo ha anunciado, que muchas veces esa lucha será demasiado cruenta porque se puede convertir en persecución.

Aquí nos invita Jesús a no tener miedo, nos invita a la confianza. Nos invita a que no tengamos tanto miedo a lo que físicamente puedan hacernos, que incluso nos pueda hacer perder la vida del cuerpo, sino que pudiera ser algo más hondo lo que podamos perder. Como nos dice, ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo’.

¿Podrían hacernos perder la fe? ¿Podrían embarcarnos por caminos de maldad y de pecado? ¿Podrían arrancarnos lo más valioso que llevamos en el alma que es la gracia de Dios? Eso sí que sería un gran peligro, una gran catástrofe para la vida. A cuántos les sucede. Cuántos hemos visto que poco a poco se han ido alejando de la práctica religiosa, han ido abandonando la Iglesia, quizás por malos testimonios que hayan encontrado y han perdido la fe. Y nosotros podríamos estar también en esa pendiente resbaladiza que nos hará precipitarnos en esa vida de vacío cuando perdamos la fe. ‘A eso tenéis que temer’, nos dice el Señor.

Hemos de saber ponernos en las manos de Dios. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Dios no se olvida de nosotros, está a nuestro lado. No nos olvidemos nosotros de Dios.

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

sábado, 31 de julio de 2021

Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

 


Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Hay momentos que podríamos que son de gracia para nosotros, aunque no siempre sabemos leer el mensaje que pudiera llegarnos tras ese momento, esas palabras que escuchamos, ese hecho que ha sucedido en nuestra presencia, esa persona que ha aparecido en nuestra vida. algo viene a nuestra memoria que nos impacta en su recuerdo aunque muchas veces queramos hacer oídos sordos ante aquello que vemos tan palpable delante de nosotros; podemos echarlo en el olvido, o podemos detenernos en la vida y reflexionar, aunque prefiramos en ocasiones seguir como si nada hubiera pasado y busquemos miles de justificaciones.

¿Le sucedería algo así al tetrarca Herodes cuando tiene noticias de Jesús? Ya en alguna ocasión vinieron a decirle a Jesús que Herodes andaba buscándolo. En esta ocasión se despiertan muchos recuerdos en su conciencia. ‘Ese es Juan que ha resucitado al que yo mandé matar’, se dice cuando le hablan de Jesús. Y el evangelio nos da detalles de cómo fue la muerte del Bautista, como tantas veces habremos reflexionado cuando nos hemos encontrado con este evangelio.

Algún evangelista dirá que Herodes tenia aprecio al Bautista y lo escuchaba con gusto, pero en la espiral de inmoralidad en la que metió su vida hizo que en lugar de escucharlo lo metiera en la cárcel a instigaciones de Herodías la mujer con la que vivía y que Juan le decía que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Será con motivo de una fiesta como hemos escuchado y repito muchas veces meditado, al bailar Salomé la hija de Herodías, el tetrarca se juramenta con ofrecimientos hasta de su reino para complacer a quien le ha deleitado en el baile; es el momento de Herodías para quitar de en medio al Bautista.

Aunque pareciera que Herodes se quedó con una conciencia insensible después de la muerte de Juan, algo pesaba en su interior, que cuando oye noticias de Jesús piensa en aquel a quien había mandado matar. Era el momento de gracia, de llamada del Señor que Herodes no quiso escuchar, como tantas veces nos sucede a nosotros.

Tendrá oportunidad de otros encuentros con Jesús, como sería en medio de la pasión y entrega de Jesús. Pilatos envió a Jesús a Herodes, porque era de su jurisdicción ya que Jesús había comenzado a predicar en Galilea, territorio que le correspondía gobernar al tetrarca. Podíamos decir que es otro momento de gracia, pero cuando estamos en la pendiente la pendiente se hace resbaladiza y nos costará volver atrás. Aprovecharía para querer hacer fiesta con Jesús. 

Creo que estos aspectos que hemos resaltado podrían ser también ayuda para nuestra reflexión. Cuántas veces nos cuesta rehacer nuestra vida. Parece también que nos hemos metido en una espiral que cada vez se va haciendo más grande y no sabemos por donde romper para salirnos de esa trayectoria que parece que nos empuja. Dios sin embargo va poniendo señales en nuestra vida en aquellas mismas cosas que nos suceden cada día. Hay momentos que lo pasamos mal, momentos que se nos hacen difíciles, momentos en que parece que nos sentimos zarandeados por la vida y no sabemos cómo hacer pie ni donde apoyarnos.

En medio de esas turbulencias sepamos encontrar, descubrir ese momento en que aparece una luz, donde podemos encontrar un apoyo, sintamos la mano del Señor que siempre está tendida hacia nosotros buscando que nos agarremos a ella. El Señor pone señales de su presencia que hemos de saber descubrir.

No tengamos miedo a esas turbulencias de nuestro espíritu, porque sabemos que en medio de la tormenta también está el Señor, aunque nos parezca que está dormido sobre un almohadón como aquella vez en medio de la tormenta del lago. Que se despierte nuestra fe, nos apoyemos en el Señor y demos los pasos que necesitamos para rehacer nuestra vida. Su gracia no nos faltará.

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

viernes, 5 de febrero de 2021

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

 


En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29

Incongruencias de la vida, lo somos con demasiada frecuencia. Incongruentes en nuestras relaciones con los demás, incongruentes con nosotros mismos… de muchas maneras. Es la falta de total coherencia entre ideas, acciones, cosas; carece de sentido lo que hacemos si lo confrontamos con lo que decimos; es como contradecirnos a nosotros mismos; es en la apariencia manifestarnos de alguna forma con nuestras palabras y nuestras ideas, pero luego nos contradecimos con lo que hacemos que va por otro camino. Y esto tiene aplicación a muchos aspectos de la vida, en lo personal, en las relaciones con los demás, como ya decíamos, en la forma de actuar en la vida y en la sociedad en la que vivimos.

Nos puede estar sucediendo también en nuestro camino de la fe, en la manifestación de lo que es o tiene que ser nuestra vida cristiana. Confesamos con nuestras palabras una fe que decimos que sentimos, pero luego nuestra manera de obrar está muy lejos de esa fe. Recitamos el credo cada domingo cuando vamos a Misa, pero luego decimos que no creemos en la resurrección ni en la vida eterna; y no es que lo digamos sino que nuestra manera de vivir no lo hacemos ni con esperanza ni con trascendencia, porque solo vivimos como si fuera solamente el momento presente, o lo que vivimos en esta tierra hasta que nos muramos. Tendríamos que revisarnos muchas cosas.

Es lo que estamos viendo en los personajes que nos presenta hoy el evangelio, de manera especial nos referimos a Herodes. Comienza el evangelio diciendo que sentía alguna inquietud, si acaso no miedo, cuando oía hablar de Jesús. Algunos le decían que era como un nuevo profeta que había aparecido por Galilea – precisamente sus dominios – otros hablaban de Jesús como si fuera la vuelta del profeta Elías, pero él recordaba a Juan Bautista, y es que su conciencia le remordía por lo que había hecho, lo había mandado decapitar. Pensaba que era el Bautista que había resucitado con especiales poderes.

A continuación el evangelista nos narra el episodio de la muerte de Juan Bautista. Herodes lo había metido en la cárcel a instigación de la mujer con la que convivía, que era la mujer de su hermano. Pero al mismo tiempo se nos dice que escuchaba con gusto a Juan y que lo respetaba porque sabía que era un hombre justo y santo. Incongruencia, ¿lo respetas y lo quieres escuchar y lo quitas de en medio metiéndolo en la cárcel?

Cuando entramos en el camino del mal, porque no nos respetamos ni a nosotros mismos ni somos congruentes con aquello que decimos o que pensamos, todo se convierte en una pendiente y en una pendiente resbaladiza. Nos precipitamos sin remedio, nos es difícil salir de ese embrollo. Y es lo que le sucedió a Herodes. Su vida era una vida libidinosa buscando solo el placer y la diversión. Y en una fiesta en su palacio donde había invitado a mucha gente de la principal de su reino las cosas se precipitaron. La hija de Herodías, la mujer con la que convivía y que Juan denunciaba su pecado, bailó para el rey y los comensales; tanto agradó al rey que prometió darle lo que quisiera aunque fuera la mitad de su reino. Fue la oportunidad de Herodías, a quien consultó su hija, para eliminar a Juan. Ya conocemos el final del relato, el final de la vida del Bautista. Aunque el rey se pusiera triste por la petición y por aquello de que lo respetaba, ahora prevalecieron los respetos humanos que la verdadera justicia. La pendiente resbaladiza que nos precipita.

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida; cuantos respetos humanos, cuantos miedos al que dirán, cuantos temores a ir a contracorriente de lo que todo el mundo hace a pesar de que sabemos cual sería lo bueno y lo recto que tendríamos que hacer, cuanta indiferencia se nos va metiendo en el corazón que enfría nuestros sentimientos y que le quita verdadero ardor a nuestra vida, cuando nos miramos a nosotros mismos y a nuestros intereses o ganancias antes de comenzar a mirar alrededor para cual tendría que ser nuestra mejor forma de actuar. Incongruencias de nuestra vida, porque nos dejamos influir, nos dejamos arrastrar por la corriente, porque nos metemos en el peligro sabiendo que nos va a costar liberarnos de él. Como decíamos antes, muchas cosas tendríamos que examinar en nuestra vida.

Y lo sabemos, pero no damos los pasos de congruencia necesarios; lo sabemos y seguimos en la tibieza de nuestra fe, que al final ni fríos ni calientes, ni sabemos donde realmente estamos; lo sabemos y no terminamos de anclar nuestra vida en el Señor y no le prestamos mayor atención a la Palabra de Dios, no ahondamos en nuestra oración y en nuestro encuentro con el Señor y seguimos contentándonos con algo meramente ritual pero sin vida en nuestros rezos, abandonamos la vida sacramental y pensemos por ejemplo cuanto tiempo hace que no te confiesas, no celebras el sacramento de la penitencia.

Hemos subrayado algunos aspectos en el orden de nuestra fe y vivencias religiosas, pero podríamos analizar nuestra vida personal, todo lo que se refiera a nuestro crecimiento como persona, al cultivo de los valores, a nuestros deseos de ponernos a tener una mayor formación en muchos aspectos. Da pie el evangelio para muchas reflexiones.