Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


miércoles, 3 de junio de 2026

Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

 


Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Algunas veces nos sentimos como aturdidos en el camino de la vida por lo compleja que se nos presenta teniendo que responder a situaciones tan diversas con la problemática que se vive en el mundo de hoy; necesitamos una serenidad interior que solo puede surgir desde una madurez que vayamos consiguiendo en la vida pero también de los valores hondos sobre los que la cimentamos; nos sentimos tentados a la superficialidad en esa prisa y en esa carrera de la vida donde nos vemos obligados quizás a hacer tantas cosas, pero solo desde esa serenidad de nuestro espíritu podremos ir dando respuestas, nos sentiremos fuertes para afrontar todos los problemas que se nos presentan y podremos encontrar la sabiduría que nos haga saborear el verdadero sentido de la vida.

Tenemos que cultivar nuestro espíritu, tenemos que ahondar en esos valores espirituales, hemos de saber darle una trascendencia a lo que hacemos, no solo por la repercusión inmediata que puede tener a continuación, sino porque elevamos nuestro espíritu y queremos ver un más allá que solo desde la fe podemos descubrir. Nuestra vida no es solo lo que ahora hagamos o de lo que aquí disfrutemos; se quedan cortos quienes hablan de que disfrutemos el ahora porque la vida son cuatro días y pronto todo se acaba y como dicen algunos de aquí nada nos llevamos; hay una falta de perspectiva, una visión de futuro que va más allá del mañana; es cierto que nada material nos llevamos pero lo que ha enriquecido nuestro espíritu eso sí tiene una trascendencia con valor de eternidad.

Hay algo que repetimos en el credo de nuestra fe pero que se nos puede quedar en eso, en repetir sin saborear todo su sentido. Cuando decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro. De eso muchas veces no queremos ni pensar; cuando ronda la muerte en nuestra cercanía, porque afecta a personas queridas, familiares o personas cercanas, un poco pensamos en ello pero sin querer profundizar demasiado. Si pensáramos más en ello otro sentido le daríamos a nuestra vida, otros valores más estables buscaríamos para nuestro vivir, la angustia de la muerte no nos tendría que afectar.

Hoy en el evangelio se hace mención a los saduceos que fueron a hacer algunos planteamientos a Jesús en plan casuístico, porque ya nos recuerda el evangelista que los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. Y yo me quedo pensando si de alguna manera en la práctica de nuestra vida en ese sentido nosotros seremos también saduceos. ¿Creemos en verdad en lo que decimos en el Credo cuando hablamos de la resurrección y en la vida futura?

Creo que tendría que hacernos pensar porque de lo contrario toda nuestra esperanza se nos viene por tierra y en consecuencia todo el sentido de nuestra vida cristiana. No podemos andar con imaginaciones, como hacían los saduceos cuando le hacían aquellos cuestionamientos a Jesús. No podemos, es cierto, pensar en la resurrección en otra vida pero que todo se va a parecer a lo que ahora vivimos. Es cierto que cuando Jesús nos habla de ello emplea un lenguaje humano y habla de que nos va a preparar unas estancias para nosotros; pero son lenguajes humanos que quieren decirnos mucho más.

Esa vida en Dios tiene otro sentido y otra plenitud, que muchas veces humanamente nos es difícil de llegar a comprender. Hoy nos está diciendo Jesús que en la otra vida los hombres y mujeres no se casan como en esta vida, y nos habla de una vida espiritual, ‘son como Ángeles’, nos dice, porque la plenitud no está en nosotros mismos sino en Dios en quien vamos a vivir. Como nos recuerda Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios de vida, que nos concede a nosotros vida en plenitud.

‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, nos dice Jesús en la alegoría del juicio final. Despertemos, pues, nuestra fe y nuestra esperanza, démosle profundidad a nuestra vida, salgamos de la superficialidad de lo material.

miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


lunes, 6 de abril de 2026

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

 


Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

No todos reaccionamos de la misma manera, porque no todos tenemos la misma visión de la vida, nos hemos ido construyendo dentro de nosotros unos andamios sobre los que queremos sostener lo que construimos, nuestra existencia, según las bases que hayamos puesto en esos andamios de pensamiento, por decirlo de alguna manera. Son esos principios de vida que podamos tener, pero viene sostenido por las distintas experiencias que hayamos vivido que van a marcar el color de nuestro pensamiento.

Pongamos el ejemplo de un accidente, por decir algo, aunque todos lo hayamos presenciado igual o se nos refieran las mismas circunstancias en que acaeció sin embargo nuestra reacción será distinta, desde el que inmediatamente porque piensa en unas personas que pueden estar sufriendo las consecuencias se dispone a ayudar, a prestar auxilio, pero bien podemos ver el que se queda como mero espectador observando a ver en qué acaba aquello que ya habrá otros que socorran, pero también el que desde una postura negativa dirá que bien se lo merecían porque hay muchos locos que no saben ni por donde andan, o quizá cuando me pasó algo semejante a mí nadie me ayudó; reacciones positivas, reacciones negativas, gentes que se preocupan por la personas, gentes que entran en el juicio y la condena fácil.

Algo así estamos viendo en esta página del evangelio en torno a la resurrección de Jesús, según lo que había en el corazón de aquellas distintas personas. Unas mujeres – eran las que andaban siempre con Jesús – en medio del dolor que había significado la muerte de Jesús y no poder embalsamar debidamente a la hora de su sepultura, cuando ya pueden moverse porque ha pasado el sábado acuden con el deseo de dar cumplimiento a aquellos ritos funerarios; eran personas que habían puesto su fe en Jesús y en sus palabras y algo de esperanza a pesar del dolor podía quedar en su corazón; su sorpresa fue grande al encontrarse el sepulcro vacío y con cierto temor en el alma corren porque han de llevar la noticia a los demás discípulos.

Y Jesús les sale al encuentro, se sorprenden y se llenan de alegría de manera que querrán abrazar los pies de Jesús. Pero Jesús les deja un mensaje, un mandato, han de ir, sí, a anunciarlo a los discípulos pero a decirles que vayan a Galilea que allí le verán. Aquellas mujeres no se esconden como no se han asustado en exceso por la tumba vacía que han encontrado. Ellas venían haciendo un camino de amor y un camino de fe que ahora se va a ver enriquecido con la presencia de Jesús que les sale al encuentro. ¿Cuáles serán los caminos que nosotros hemos venido haciendo para llegar a esta Pascua? ¿Habremos sentido en verdad que Jesús nos está saliendo al encuentro?

Pero hay otro lado del evangelio más oscuro. Los guardias que habían puesto los sumos sacerdotes para custodiar el lugar también se encontraron con la sorpresa de la tumba  vacía porque Cristo había resucitado, pero ¿cuál fue su reacción? Empecemos por tener en cuenta que su presencia allí no estaba por la fe sino por la desconfianza, y cuando ponemos esos cimientos en lo que hacemos o en nuestros razonamientos poco podremos abrirnos al misterio de la fe, al misterio del Dios que se nos revela. Era el temor con que ellos acudieron a los sumos sacerdotes para transmitirles la noticia pero en la que de ninguna manera aceptaban el hecho de la resurrección; entraron luego en el juego de los sobornos y de la manipulación para decir solo lo que los sumos sacerdotes querían que se dijese, que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. En cuántas redes de manipulaciones caemos en la vida cuando no hay una verdadera rectitud interior.

Nos vienen bien estos contraluces porque nos ayudarán a calibrar bien nuestra fe y nuestra vida queriendo darle esa profundidad que necesitamos. Esa rectitud interior por una parte, pero también esa apertura de nuestro corazón al misterio de Dios que se nos manifiesta. Será también lo que va a motivar mejor o peor nuestras propias celebraciones que cuando no tenemos esa necesaria profunda espiritualidad nos quedaremos en superficialidades, caeremos por la pendiente de las rutinas y la tibieza espiritual que no sabemos bien a donde vamos a llegar, que no será a nada bueno.

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida esa hondura espiritual que podrán venir las borrascas que sean que nos sentiremos siempre seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida.


viernes, 6 de febrero de 2026

Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

 


Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6, 14-29

No pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja, se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones, que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos, que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia. ¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.

Algo así quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.

Nos detalla el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había principios ni fundamento en una vida así.

Pero nos tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas veces nos habrá sucedido.

Es necesario fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo, a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a descarrilar.

Es necesario saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo que hacemos.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

viernes, 16 de mayo de 2025

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

 

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

Hechos 13, 26-33; Salmo 2;  Juan 14, 1-6

Vivimos en un mundo agitado en el que parece imposible que podamos encontrar paz y serenidad; es esa vertiginosa y alocada carrera en que vivimos, donde parece que nunca estamos satisfechos, siempre buscamos más, queremos escalar puestos más o alcanzar más poder y dominio, donde siempre andamos a la zancadilla porque no queremos que nada ni nadie se nos interponga en nuestros sueños y ambiciones; pero son los problemas de nuestra sociedad con sus miserias y con sus guerras, con sus alianzas y contra-alianzas en todos los ámbitos de la sociedad, con los muros que nos levantamos entre unos y otros o con los abismos que nos creamos que nos hace imposible la cercanía y la humanidad; son esas luchas interiores que todos vivimos entre lo bueno que soñamos y las ambiciones que se nos meten por medio maleando lo mejor de nosotros mismos, serán esas dudas e interrogantes que nos surgen en nuestro interior o las incongruencias a las que tenemos que enfrentarnos. Con esos planteamientos de vida, de nuestra sociedad y de nosotros mismos, ¿podremos alcanzar sosiego y serenidad?

Sin embargo a pesar de todas las tentaciones a las que nos veamos sometidos es un ansia que tenemos en nuestro interior, una búsqueda que incluso también nos desasosiega, un camino que intentamos hacer pero que muchas veces no sabemos cómo, una invitación que nos hace Jesús en su buena nueva del Evangelio que no sabemos escuchar o no sabemos muchas veces como realizar.

Pero hoy Jesús, en el evangelio que se nos propone, nos invita a que confiemos en El porque con El podremos encontrar esa paz. Nos pide que no perdamos la calma, pase lo que pase, vengan las sombras que vengan y puedan aparecer, sean o no sean difíciles los momentos que tengamos que vivir.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’. Eso les dice Jesús a los apóstoles cuando se acercaban momentos que iban a ser muy difíciles para todos. Pronto incluso le abandonarían en el huerto y lo dejarían solo; alguno se atreverá a acercarse al patio del Sanedrín y aunque era de los que habían prometido mucho, porque decía que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, terminaría negando conocerle ante la pregunta de una criada; el camino primero hasta la casa del gobernador y luego hasta el calvario lo haría en terrible soledad, porque los que le seguían andaban escondidos en el cenáculo o vete a saber donde. Serían momentos difíciles que comenzarían con aquella agonía del huerto, pero donde los más cercanos terminarían por dormirse. Y Jesús les dice que no pierdan la calma, que no se les turbe el corazón, que sigan poniendo su fe y su confianza en El. ¿Podrían llegar a tener esa serenidad de la confianza?

Pero cuando escuchamos este evangelio tenemos que pensar que eso nos lo está diciendo hoy Jesús a nosotros en esa situación que vivimos, en ese mundo complejo que  nos rodea, en lo difícil que se nos hace muchas veces mantener nuestra fe y nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y es que para alcanzar esa paz, tenemos que creer en la paz, que la paz es posible; para alcanzar esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos por la vida, tenemos que primero que hace crecer en esa serenidad y paz interior, dentro de nosotros mismos. Cuando andamos en medio de todas esas turbaciones que se nos meten en nuestro espíritu no podremos tener una visión clara de saber a donde vamos o lo que buscamos.

Y nosotros, con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu. ¿Por qué? ¿Cómo? Porque nos sentimos amados, porque hemos llegado a descubrir el amor que Dios nos tiene, porque llegamos a tener la experiencia de lo que es la misericordia y el perdón, porque así podemos sentirlo en nuestra vida; con esas premisas podemos acercarnos de manera nueva a los demás, acercarnos de manera nueva a ese mundo que nos rodea, podemos ir para transformar esa sociedad que queremos distinta. Podremos sentir esa fortaleza en el espíritu  para afrontar todo lo que es nuestra vida, con sus problemas, con sus inquietudes, con sus luchas, con sus deseos de hacer algo nuevo y mejor.

El ha terminado diciéndonos que es el Camino y la Verdad y la Vida. No perdamos esa serenidad de nuestro corazón, porque Dios está con nosotros.

jueves, 1 de mayo de 2025

Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

 


Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Hay cosas en la vida que nos impactan y dejan huella en nosotros, huella que no es solo un recuerdo que no podemos quitar de la cabeza, que eso también sucede, sino que quizás a partir de ese momento vemos las cosas de otra manera, nos impulsa a tomar decisiones importantes para nuestra vida o nos llevan a vivir distinto. Un accidente que presenciamos o en el que nos vimos envueltos y del que salimos ilesos, una palabra de alguien en un momento determinado que se convirtió para nosotros en algo solemne y único, las palabras de un moribundo podríamos pensar, algo que vimos hacer a alguien que nos resultó insólito y sorprendente por el convencimiento con que lo hacía, y así cada uno podemos pensar en ocasiones distintas de la vida que nos hemos sentido impactados de forma extraordinaria.

Podemos pensar en cosas de la vida ordinaria, hechos reales que hemos vivido, o entramos en un ámbito más espiritual y estamos hablando de la fe. Una fe que no se reduce a una tradición, algo que nos han transmitido aunque eso tiene también su importancia y sigue siendo algo fundamental, sino una fe que ha ido creciendo en nuestro interior, pero desde lo que nosotros vivimos, desde las experiencias humanas y religiosas, espirituales que hayamos tenido.

Quizás vivimos tan materializados, tan imbuidos por el ambiente que nos rodea que todo lo reduce a lo material, a lo sensorial que nos produzca placeres, y tenemos el peligro de perder esa sensibilidad espiritual que tiene que formar parte también de nuestra vida. Nos quedamos fácilmente en la corteza, pero no sabemos llegar a lo hondo donde está la verdadera sabia de nuestra vida; quizás en ocasiones pasamos por momentos de experiencia espiritual e incluso religiosa, y lo materializamos tanto que podemos quedar solo disfrutando de la belleza externa que vienen a ser como adornos, que es cierto también nos pueden ayudar, pero no calamos hondamente en esa experiencia espiritual que podamos estar viviendo; cuando nos falta esa hondura salimos, es cierto, encantados por esa belleza externa, pero no espiritualmente impactados.

Lo vivido días pasados con la muerte del Papa Francisco, podría ser una experiencia espiritual intensa, pero puede ser que nos quedemos en la anécdota, la solemnidad del acto, algo así como en el espectáculo, las personas o personajes que han intervenido, pero no hemos sabido descubrir una voz que en lo hondo nos esté hablando desde la figura, la vida y la muerte del Papa Francisco. Es la experiencia de Dios lo que tenemos que saber encontrar, saber vivir en cualquier cosa que vivamos, porque Dios llega a nosotros de mil maneras y en todos los acontecimientos y en todas las partes. ¿Tendremos que aprender a despertar la fe?

Es esa experiencia de la fe que nos transforma, que le da hondura a nuestra vida, que le hace adquirir un nuevo sentido y valor, es lo que nos hace sentirnos con nueva vida. Y esa experiencia de fe es algo más que un impacto que nos hace guardar un recuerdo o dejar una huella, algo que no podemos olvidar; es eso y mucho más, porque eso se va a hacer vida en nosotros, es lo que nos va a hacer vivir de verdad y entonces todo tendrá un nuevo sentido, como decíamos, un nuevo valor.

Hoy el evangelio nos dice que creer en Jesús es algo maravilloso porque nos hace poseer la vida eterna. Y cuando nos habla de vida eterna, no estamos pensando en el más allá después de la muerte, sino que esa vida eterna es lo que ahora estamos viviendo, porque es sentirnos poseídos por Dios y sentirnos llenos de Dios, porque es sentir que Dios es ya posesión nuestra porque así está metido en nuestro corazón, en nuestro espíritu, en todo nuestro ser.

Y eso nos hará vivir, entonces, de manera distinta, de manera nueva; es por eso que decimos que los que creemos en Jesús somos hombres nuevos, algo distinto a cuando vivíamos sin esa fe, sin ese Jesús poseyendo nuestra vida. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Será así como estamos viviendo nuestra fe? ¿Será así como nos sentimos poseedores de esa vida eterna?

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

 


El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

Jeremías 23, 5-8; Salmo 71; Mateo 1, 18-24

En la vida tenemos a veces hermosos sueños, pero que en ocasiones parece que se truncan luego en lo que es la realidad de nuestro caminar y pueden producirnos desilusiones o incluso sensación de fracaso. Cuando digo sueños estoy pensando en deseos, en proyectos que nos hacemos donde en la descripción que nos hacemos de los mismos lo vemos todo maravilloso y en cierto modo idílico. Pero como decíamos cuando bajamos al caminar de la vida ordinaria las cosas nos salen de distinta manera y pueden surgir muchas dudas e interrogantes en nuestro interior.

El evangelio comienzo a hablarnos de una pareja, que solo en ese momento están prometidas, que también tienen sus sueños y sus ilusiones. Pero las cosas parece que comienzan a hacer otro camino. Resultó que María esperaba un hijo y a José le sentó fatal como todos podemos comprender; quería repudiarla, pero era de tal bondad en su corazón que no quería hacer daño a nadie, y menos a María a quien seguía amando; por eso, nos dice el evangelista, decide repudiarla en secreto. ¿Los fracasos de la vida? ¿Un anuncio en cierto modo profético de lo que más tarde diría Simeón de que aquel niño era todo un signo de contradicción?

Pero eran las cosas de Dios. Y José siente esa presencia de Dios en su vida; era un hombre de fe que sabía hablar y escuchar a Dios en su corazón. Nos hablará el texto evangelizo de un ángel y que se aparece en sueños, que era una forma de hablar y expresar cosas que eran difíciles de expresar en palabras humanas. José llegará a comprender el misterio de Dios que se realiza en María. Al menos en su fe, que no se resiente, acepta desde lo hondo de su corazón lo que son los planes de Dios. ‘la recibió en su casa’, nos dice el evangelista.

Los planes de Dios que tantas veces nos cuesta descubrir y aceptar. El verdadero creyente confiesa que su vida está en las manos de Dios. Planes de Dios que en ocasiones nos cuesta, como decíamos, descubrir, se nos hacen inescrutables. Es necesaria una sensibilidad especial que desde la fe hemos de saber despertar en el alma. La sintonía de Dios que nos suena de formas diversas, que nos suena donde menos lo esperamos, que nos suena en esos acontecimientos de la vida que no tienen que ser extraordinarios sino quizás en eso pequeño que vivimos o que nos sucede. Hay peligro, es cierto, de confusiones, que nos veamos perdidos, que comencemos a tomar decisiones que más bien provocan en nosotros peores interrogantes porque nos llenan de dudas. 

¿Llegaremos a sentir la presencia del ángel del Señor en nuestra vida que se nos revela, que nos descubre ese misterio de Dios? El Señor puede llegar a nosotros de mil maneras, pero también nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, cuidar y alimentar nuestra fe, tener una apertura en la vida, que haya también una bondad y una rectitud en nuestro corazón para no querer nunca lo malo ni el hacer daño a nadie,  y para eso es necesario también mucha humildad para dejarnos conducir.

Lo estamos hoy viendo hoy en la figura de José. Era un hombre bueno, nos dice el evangelista. Algo que nos habla de la bondad de su corazón, pero también de su espíritu de fe y de su humildad. Será el hombre que pasará en silencio por las páginas del evangelio pero en quien vemos resplandor su fe y su bondad. ¿Seremos capaces de imitarle?

Es lo que hoy nos está planteando el evangelio para nuestra vida. Solo así podremos descubrir el misterio de Dios en nosotros, los planes que Dios tiene para nosotros y llegar a aceptarlos. Sepamos leer los acontecimientos de nuestra vida aunque nos puedan parecer en ocasiones llenos de sombras, como le pasaba a José. Pero él se encontró con la luz, llego a sentir la presencia del Emmanuel en su vida, al que llamaría Jesús porque era en verdad la salvación. Intensifiquemos todo esto en estos pasos que nos quedan del adviento.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

 


Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

Alguna vez habremos visto en algún trabajo cómo un encargado de obra exigente trata de hacer llevar a un trabajador un peso que supera sus fuerzas, pero que además dicho encargado no es capaz de echar una mano para ayudar cuando ni él mismo es capaz de llevar tremendo peso o realizar dicho trabajo que quiere imponer a su subordinado. Lo consideramos injusto e inhumano, no lo soportaríamos quedándonos callados ante tal situación.

No serán pesos materiales o trabajos injustos de este tipo – que también los hay – pero si somos conscientes cuando nos detenemos a pensar un poco de situaciones en que nos volvemos exigentes con los demás cuando a nosotros mismos nos lo perdonamos todo; son, por ejemplo, nuestras habituales criticas a lo que hacen los demás, los prejuicios con que vamos tantas veces por la vida, o el juicio tan a la ligera que hacemos sobre la vida de los demás, sin ser capaces de ponernos en su lugar, para ver realmente lo que nosotros seríamos capaces de hacer. De qué manera tan fácil caemos por esas pendientes de prejuicios, de condenas, de críticas sin mirarnos primero a nosotros mismos.

Hoy contemplamos a Jesús que habla palabras duras contra ciertos sectores de la sociedad de su tiempo y sobre todo de aquellos que se consideraban dirigentes y desde unas opciones radicales se volvían exigentes con los demás. Pero sobre todo Jesús está haciendo hincapié en el vacío con que esas personas, sin embargo, vivían sus vidas cuando tanto les exigían a los demás. Un vacío interior o una podredumbre que les llenaba de malicias.

El camino de la vida tiene que ser de otra manera; nuestras actitudes para con los demás tienen que estar más llenas de autenticidad; hemos de saber ir a lo que verdaderamente es fundamental y no quedarnos en superficialidades y apariencias. Son cosas con las que fácilmente solemos tropezar cuando no hay verdadera profundidad en nuestras vidas. Tenemos que ahondar en nuestro espíritu, pero no para buscarnos a nosotros mismos sino para llenarnos de verdad del Espíritu de Dios que tiene que ser el que verdaderamente nos guíe. Será ahí cómo tendremos una verdadera espiritualidad que no se queda en cumplimientos o en apariencias. Esa sigue siendo una gran tentación en nuestra vida y una piedra de tropezar.

Tenemos que saber buscar ese crecimiento interior. Por eso necesitamos mucho también el mirarnos a nosotros mismos para conocer nuestra realidad y no quedarnos entonces en apariencias; cuando nos conocemos de verdad no entraremos en comparaciones con nadie, ni en juicios de condena para con los demás, sino que aprenderemos a ser en verdad comprensivos. Al darnos cuenta de nuestra realidad reconocemos nuestra debilidad, y cuanto nos cuesta a nosotros ese crecimiento, esa superación de mi vida en la que tengo que trabajar todos los días. No andaremos buscando justificaciones para nosotros y nuestra mirada a los demás será bien distinta.

Una tarea de ascesis, de crecimiento, de superación; una mirada de comprensión que se tiene que convertir en una mano tendida para ayudar a caminar juntos y a sabernos levantar mutuamente en nuestros errores y caídas; un comenzar a creer en la persona y en las posibilidades que tiene en la vida porque siempre seremos capaces de recomenzar lo que tantas veces hemos errado buscando el hacerlo mejor. Y eso nos hace comprensivos, y como hemos alcanzado nosotros misericordia con la misma generosidad queremos ofrecerla también a los demás.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


domingo, 23 de junio de 2024

Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

 


Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

¿No podíamos decir también que en la vida andamos como en una travesía?  El sentido de la vida humana no es quedarse como anquilosado siempre en lo mismo sino que es búsqueda, es querer mirar más allá para ir también al encuentro de eso nuevo e incluso desconocido. 

Es la historia de la humanidad desde todos los tiempos; siempre en camino, siempre en búsqueda de algo más. Fueron los descubrimientos de nuevas tierras, las migraciones de un lado para otro, ha sido el camino del progreso y de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento, porque siempre andamos en búsqueda; igual queremos hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, entrar en contacto con otras culturas  otras maneras de ver y de entender la vida y el mismo mundo.

No siempre fácil; muchas veces también con tropiezos y errores, era como probar algo nuevo, conocer algo nuevo sin saber lo que nos íbamos a encontrar. El mismo encuentro con otras personas algunas veces puede convertirse en tormenta, porque nos cuesta aceptarnos, descubrir la diferencia, pero encontrar también lo que nos acerca; y la tormenta puede venir de fuera, de los otros, de los imprevistos que encontremos, pero puede surgir también de lo más hondo de nosotros mismos, porque nos aparecen los resabios del egoísmo, porque nos hacemos insolidarios, porque brota el amor propio y el orgullo.

Una travesía que nos va tocando las fibras más íntimas de nuestro ser, una travesía que nos abre a nuevas transcendencias, nos ha descubrir nuevos horizontes, nos lleva a que podamos sentirnos iluminados por nuevas luces y a veces no sabemos por donde caminar, cual es la luz que mejor nos iluminará o el calor que nos pueda dar mejor vida. Y en medio de esas tormentas de la vida nos pueden surgir incertidumbres e interrogantes, que nos hagan tambalearnos en muchas cosas que nos parecían antes fundamentales. Y nos llenamos de miedos, y nos parece que nos sentimos solos, y nos parece que no hacemos pie y nos hundimos.

Hoy nos habla el evangelio de una travesía. ‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús a los discípulos. Había que atravesar el lago tantas veces en calma y en principio parece que nada peligroso, pero en ocasiones los vientos bajados del Hermón en la hondura del lago en medio de aquellos valles producían inesperadas tormentas. La barca estaba en peligro; los discípulos aunque avezados pescadores se sienten indefensos frente a la tormenta y se llenan de miedo. Y Jesús está allí en medio de todo durmiendo sobre un cabezal en un rincón de la barca.

‘¿No te importa que nos hundamos?’, es la queja con que despiertan a Jesús. Podemos hundirnos cuando no nos sentimos seguros. Y en esa travesía de la vida hay muchos momentos en que no nos sentimos seguros. ¿Nos habrá faltado algo? ¿En la barca de nuestra vida llevamos lo suficiente para sentirnos seguros frente a toda esa avalancha de cosas que muchas veces se nos viene encima? Tenemos que llevar en la bodega de nuestra barca, de nuestra vida, lo necesario para tener esa seguridad.

Quizás a lo largo de la vida no nos hemos pertrechado lo suficiente en la búsqueda de unos valores permanentes, en un fortalecimiento de nuestro espíritu para hacer frente a todos los peligros que tenemos que arrostrar. ¿Nos habremos formado como personas y madurado lo suficiente a lo lago de nuestra vida? 

Muchos años hemos dejado pasar baldíos, en muchas ocasiones nos dejamos arrastrar por la superficialidad, habremos desperdiciado mucho tiempo de nuestra vida donde teníamos que habernos formado debidamente, pero lo dejábamos para más tarde, para otra ocasión, no hemos cuidado una profunda espiritualidad que nos haga sentirnos fuertes en nuestra fe.

Y claro, ahora le decimos a Jesús ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Pero Jesús nos dirá, ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’. Jesús estaba allí, aunque les pareciera que dormía insensible a lo que estaba pasando. Jesús está aquí aunque muchas veces no hemos sabido contar con El lo suficiente. Jesús quiere avivar nuestra fe, quiere hacer que nos sintamos fuertes interiormente para esa travesía que tenemos que hacer. 

Esa travesía, como decíamos, que es la vida misma; esa travesía que es búsqueda, esa travesía que nos hace levantar nuestra mirada para buscar otros horizontes, esa travesía que tendría que hacernos crecer para sentirnos seguros, esa travesía, sí también, en la que nosotros tenemos que ir a ofrecer algo nuevo y distinto al mudo que nos rodea.

En esa travesía tenemos una misión; no nos podemos quedar enrollados en nuestros miedo, sino que con valentía tenemos que ir a ese mundo que nos rodea, porque hay una luz que tenemos que llevar, hay algo que tenemos que hacer para hacer un mundo nuevo, hay una esperanza que tenemos que sembrar, hay algo nuevo que tenemos que hacer descubrir a cuantos nos rodean. Es la buena noticia del evangelio que tenemos que anunciar. 

¿Estaremos dispuestos a embarcarnos con Jesús para ir a la otra orilla?