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jueves, 16 de julio de 2026

Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 


Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, hemos dicho más de una vez como lo escuchamos también a muchos a nuestro alrededor. ¿Cansado? ¿por el esfuerzo? ¿por el trabajo? ¿por el camino realizado? ¿por las responsabilidades que hemos tenido que asumir? Normalmente cuando hablamos de cansancio estamos haciendo referencia a ese cansancio físico de nuestro cuerpo, pero bien sabemos que hablamos de cansancio por algo más, nuestro estado de ánimo que se nos va para el piso, cansancio que es también desilusión e impotencia, cansancio que es consecuencia de los agobios de la vida, cansancio que es soledad en nuestras luchas o incomprensión de los que nos rodean, cansancio que es desorientación y caminar sin rumbo, sin metas, sin objetivos, sin saber a donde vamos.

Y ¿cómo nos recuperamos de esos cansancios? Del físico sabemos que deteniéndonos en esas tareas para recuperar esas fuerzas gastadas, pero ¿y del otro tipo de cansancio? ¿dónde encontrar ese animo perdido? ¿dónde encontrar esa paz que necesitamos para encauzar bien nuestro camino? Mucho depende de cómo seamos capaces de afrontar esos problemas que nos agobian; ¿será necesario un cambio de nuestra mente para no sentirnos derrotados de antemano? ¿será importante comenzar a creer más en nosotros mismos y en nuestra capacidad para seguir el camino emprendido? Los derrotismos nada ayudan; saber que hay una posibilidad porque también una capacidad en nosotros mismos, nos puede hacer ver las cosas de otra manera; unas nuevas actitudes por nuestra parte creo que nos allana la solución de los problemas que podemos encontrar.

Hoy Jesús en el evangelio nos está haciendo una hermosa invitación. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré...´ ¿Estaría Jesús notando en sus discípulos ese cansancio porque aun con las palabras y los signos de Jesús no veían realizadas tan pronto como deseaban sus expectativas? Unas palabras que tendrán que seguir recordando sus discípulos cuando vengan los momentos difíciles, como será cuando llegue la hora de la pasión y de la pascua, y se sientan entonces desalentados encerrándose en si mismos. Como tenemos que recordarlos nosotros en el camino de nuestra vida.

Un día nos dirá el evangelista que Jesús sentía lástima de aquellas muchedumbres que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor; ovejas sin pastor en sus pobrezas y en sus deseos de salud, ovejas sin pastor porque andaban desorientados sin nadie que les ofreciera nuevas esperanzas, ovejas sin pastor porque se sentían un pueblo pobre y oprimido desde muchas circunstancias difíciles que vivían no solo por la opresión extranjera sino también por la manipulación de sus dirigentes.

Y Jesús les dice ‘Venid a mí… y yo os aliviaré’. Jesús se nos está ofreciendo como nuestro descanso. Desde el principio se nos ha anunciado la llegada de una buena noticia, y esa buena noticia la tenemos en Jesús. Con sus signos y milagros ya nos ha ido manifestando que en verdad es la luz y la vida nueva para nuestra existencia. A ello tenemos que dar respuesta, y expresando en un cambio de actitudes y posturas que con Jesús todo es distinto. Y ¿qué nos dice Jesús que vamos a encontrar en El que será en verdad alivio y descanso para nuestra vida? En una palabra podríamos decir, ser como Jesús.

Por eso nos dice que aprendamos de El, que aprendamos de su corazón; es todo un cambio de vida, un cambio de actitudes, el nacimiento de una confianza y de una esperanza. ¿No nos ha pedido desde el principio conversión? ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¿Qué significan estas palabras? Tomar su yugo es caminar sus pasos. Esas actitudes negativas y de desesperanza que tantas veces nos aparecen en nuestra vida tenemos que desterrarlas de nosotros. ¿Qué nos suele suceder cuando estamos cansados y agobiados? Pensemos en nuestras reacciones, la acritud que envuelve nuestra vida, la violencia con que reaccionamos, el mal carácter que nos aflora desde el primer momento, el rechazo con que vamos caminando de cuanto nos rodea y hasta de nosotros mismos, el amor propio que aflora y nos hace agresivos con cuanto nos rodea.

Jesús nos dice que tomemos su yugo, que tomemos el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabaran nuestros desánimos y cansancios. Cuando caminamos con humildad, reconocemos es cierto nuestra pobreza y nuestra pequeñez, pero comenzamos a confiar, confiamos a ver las cosas de otra manera, comienza a despertarse en nosotros la esperanza; cuando llenamos nuestro corazón de mansedumbre qué distintas son nuestras reacciones y nuestras relaciones con los demás, con qué fuerza interior nos estamos sintiendo. Como nos decía el profeta ‘Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú’. El Señor es nuestra fuerza y nuestra paz. Y Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. ¿Cómo no lo va a ser si El es nuestra fuerza y camina con nosotros?

domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.


miércoles, 29 de abril de 2026

Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

 


Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

1 Juan 1, 5 — 2, 2; Salmo 102; Mateo 11, 25-30

¿Iremos nosotros de sabios y entendidos por el mundo? Es una primera pregunta – quizás después puedan surgir muchas más preguntas – que me hago al comenzar a reflexionar sobre el evangelio que hoy se nos ofrece. Quizás nos decimos que no como una primera reacción, pero reconozcamos que fácilmente, aun con máscaras de humildad, tenemos el peligro de ponernos en otras alturas a la hora de relacionarnos de los demás; nos es muy fácil considerar a los otros ignorantes mientras nos decimos que nosotros sí sabemos dar respuestas, nos hacemos comparaciones con los demás y al menor atisbo ya nos estamos subiendo a los pedestales de nuestro saber. 

Pero ¿qué será nuestro saber, en qué pensamos que está nuestra sabiduría? ¿Porque hayamos leído o estudiado más? ¿Porque quizás nos adornemos con unos títulos y llenemos nuestras paredes de diplomas? ¿Porque destaquemos en algo? La autosuficiencia no es camino de sabiduría, porque la verdadera sabiduría se cultiva en el silencio que nos hace reflexivos, que nos invita a rumiar lo que pensamos o los acontecimientos que nos suceden, que pone calma y serenidad en el corazón, que nunca avasalla porque siempre reconoce que le queda mucho que aprender.

Jesús nos está diciendo  hoy en el evangelio donde tenemos que buscar y encontrar esa verdadera sabiduría que va a dar verdadera paz a nuestro corazón. Jesús nos está hablando también de lo que está contemplando a su alrededor; son los sencillos y los humildes los que abren de verdad su corazón; en su pobreza no poseen cosas en las que apoyar su vida por eso comprenderán mejor el valor de las personas que les rodean, y aunque cojos que se apoyan en otros cojos saben valorar a la persona en sus valores más nobles, sienten la cercanía de los que con el mismo sufrimiento están también intentando hacer camino, saben escucharse mutuamente con sencillez porque con esa misma sencillez comparten lo que son como personas, también con sus dudas y sus problemas, con sus sufrimientos pero también con los momentos de paz, y así mutuamente se ayudan a caminar aprendiendo los unos de los otros. Son los que saben captar la sintonía de Dios.

Por eso hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre que se ha rebelado no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los pobres. Son  los que han encontrado la fuerza para su camino en Dios, son los que en verdad saborean las cosas de Dios y eso es sabiduría, saborear la verdad y la bondad, saborear interiormente la paz y lo que es el verdadero amor, por eso son dichosos los pobres de los que es el Reino de los cielos. Los sabios y entendidos ya les parece tener en qué apoyarse pero son los que finalmente se quedarán vacíos y sin nada, porque los poderosos serán derribados de los tronos y a los hambrientos los colma de bienes.

Por eso termina hoy diciéndonos Jesús que vayamos a El para en El disfrutar de la paz, una paz construida desde la mansedumbre y la humildad. No son los ricos ni los poderosos los que van a disfrutar de la paz, son muchos los agobios con que viven en la vida; algunas veces pensamos que agobios solo los padecen los que nada tienen y es cierto que tienen que luchar por una vida digna; son los que viven tras la fachada de la apariencia y del poder, sea cual sea, los que van a ir más preocupados por la vida para no perder lo que tienen, pero como piensan que solo en eso podrán alcanzar la felicidad no serán capaces de abrirse a otros valores, a otras cosas que les van a dar verdaderas satisfacciones a su vida, y se lo pierden.

Nos pide Jesús que aprendamos de El a vivir en esa mansedumbre y humildad y encontraremos, nos dice, nuestro descanso, encontraremos la verdadera paz del corazón. Podrán venir malos momentos, incomprensiones y desalientos, nos podremos encontrar con las guerrillas que forman en nuestro derredor, pero esa mansedumbre nos ha dado fortaleza interior, esa mansedumbre nos ha enseñado a reaccionar, esa humildad nos hará ser comprensivos y estar dispuestos a no dejar que nuestros corazones se dañen con rencores y resentimientos, a estar dispuestos también a perdonar. ¿Y puede haber algo más hermoso y satisfactorio que ofrecer un perdón generoso a quien ha querido dañarnos?

Es la sabiduría de los que saben llenarse de Dios.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

sábado, 26 de julio de 2025

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

 


Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

Éxodo, 24, 3-8; Sal. 49; Mateo, 13, 24-34

La imagen que nos propone hoy Jesús en la parábola del evangelio es bien significativa de lo que nos pasa en la vida y no solo porque miremos a nuestro alrededor y el mundo en el que vivimos, sino porque tenemos que mirarnos a nosotros mismos, pues es parábola que nos habla también de la realidad de nuestra propia vida. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?’, es la pregunta que le hacen aquellos obreros a su dueño al ver que sus tierras no solo están rebosantes de trigo sino que en medio han crecido las malas hierbas, a cizaña que tanto daño hace a sus sembrados.

Es la realidad de la vida, de nuestra vida, de lo que a nosotros tantas veces nos sucede de una forma o de otra. Los padres que educaron con esmero a su hijo inculcándole buenos valores, pero que de la noche a la mañana se lo encuentran rebelde y que está haciendo con su vida todo lo contrario de lo que sus padres le inculcaron. Hablamos de esa realidad como en ese mismo sentido muchas cosas que vemos en nuestra sociedad; unas buenas costumbres que han sido la base del crecimiento de los pueblos, pero pronto se meten por medio los rencores y resentimientos, las ambiciones egoístas y vicios de todo tipo y se destroza aquella buena convivencia que en otros tiempos se tuvo.

Pero no tenemos que ir muy lejos sino mirarnos a nosotros mismos. Cuántos propósitos nos hemos hecho, cuantos planes nos hemos trazado, cuánta bondad y bien hacer hemos trasmitido en nuestra vida, cuantos consejos damos a los demás y a tantos que en muchas cosas hemos ayudado a salir adelante, a superarse y ser mejores, pero en un momento determinado tuvimos nuestras tropiezos, muchas cosas se nos han podido desestabilizan en nuestra vida y nos hemos visto envueltos en unas espirales de las que no sabemos salir. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Rompemos todos los planes de nuestra vida porque un día cometimos unos errores? ¿Seguimos echando a rodar por la pendiente esa piedra porque no sabemos que hacer con ella?

La respuesta de aquel hombre de la parábola no fue mandar a arrancar aquella cizaña. ‘Dejadlas crecer juntas’, les dice. La motivación está en el peligro de arrancar las buenas plantas; al final será la solución. Pero lo que Jesús nos está dejando entrever en la parábola es algo muy hermoso. Sabemos que una mala hierba porque esté al lado de una buena no va a cambiar, no va a transformarse. Pero lo que Jesús nos está queriendo decir es que somos personas, y en las personas siempre está esa posibilidad del cambio. Nos deja traslucir la parábola lo que es la misericordia de Dios que siempre nos estará esperando para que demos ese paso de conversión a El, de vuelta a El, que eso viene a significar la palabra conversión.

Es lo que nosotros necesitamos aprender cuando en la vida nos volvemos tan intransigente con los demás y no somos capaces de sacar ese lado de la misericordia. La llamada de amor siempre tiene que estar presente, la comprensión con los errores de los demás es algo que hemos de tener en cuenta, porque además nos miramos a nosotros mismos y vemos cómo nosotros también cometemos errores, y siempre esperamos que sean comprensivos con nosotros, siempre haya una palabra de aliento y de ánimo, una actitud comprensiva que sea capaz de ofrecer el perdón como comienzo de un camino de restauración y de paz.

Es también la buena actitud que hemos de tener con nosotros mismos. No es que tratemos de disculparnos y justificarnos por lo que hacemos, pero sí hemos de creer que en el fondo del corazón siempre queda un rastro de bondad que hemos de saber hacer resucitar en nosotros; por eso aunque luchamos por nuestro cambio y superación somos comprensivos con nosotros mismos; nunca nos podemos sentir derrotados a causa de nuestros tropiezos y errores; siempre confiamos en la misericordia del Señor que estará a nuestro lado para ayudarnos a levantarnos.

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan tan fácilmente a los juicios y a las condenas; entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia; dejémonos contagiar por esa misericordia del Señor que tan abundantemente se derrama sobre nosotros y nuestro mundo y haremos un mundo mejor. ¿No somos nosotros los que creemos en la resurrección? Podemos, pues, hacer resucitar nuestras vidas.


viernes, 27 de junio de 2025

Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

 


Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

Ezequiel 34, 11-16; Salmo 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Se sintió enormemente sorprendido. No lo esperaba. Aquello parecía salido de lo normal. Reconocía que el recorrido de su vida no había sido nada ejemplar, es más había cometido muchos errores que no admitían disculpa, sentía el remordimiento en su corazón  por el mal que había hecho, él mismo se había alejado de los suyos y daba la impresión que vivía como si los hubiera olvidado para siempre. Y cuando no esperaba ser bien recibido a su vuelta, se había encontrado poco menos que una fiesta, no solo estaban las puertas abiertas sino que a su encuentro salían los suyos, aquellos a los que había de alguna manera olvidado y dañado con su manera de vivir. Era una mano tendida la que se le estaba ofreciendo para hacerle entrar, era un abrazo que todo lo perdonaba. Allí estaba comenzando a palpar lo que era el amor verdadero.

Nos pueden recordar estas palabras alguna parábola del evangelio, pero son cosas que también nos encontramos en la vida; personas dispuestas a seguir amando, personas dispuestas a perdonar, personas dispuestas incluso a olvidar para siempre lo que les hayan hecho sufrir; parecen imposibles, y así lo ven algunos, pero son realidades que también nos encontramos en la vida. Hay quien sabe lo que es tener un amor auténtico que está por encima de todas las posibles ofensas y llega más allá. Hay también quien lo ha experimentado en su corazón y nunca lo olvidará. Repito, no son sueños o imaginaciones, sino son realidades.

Pero si he querido comenzar mi reflexión con estas hermosas experiencias humanas es simplemente para recordar que es una experiencia que está por encima de todo eso que todos podemos experimentar y vivir. De eso nos está hablando la fiesta litúrgica que hoy celebramos y de eso nos está hablando la palabra de Dios. Podemos comenzar recordando lo que nos dice san Pablo para hablarnos del amor que Dios nos tiene; nos ama, no porque nosotros lo merezcamos, sino que a pesar de que somos pecadores, Dios nos amó. Cuantas veces nosotros decimos que solo amamos a aquellos que nos aman, que somos amigos de los que saben ser amigos con nosotros, ‘amigo de mis amigos’ decimos tantas veces. Pero mira lo que es el amor, mira cómo es Dios como nos diría san Juan ‘es amor’, y el amor no está en que nosotros hayamos amado sino en que ‘Dios nos amó primero’. La iniciativa siempre parte de Dios.

Pero es también lo que nos decía el profeta Ezequiel. ‘Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia’. Será también en lo que abundará el evangelio. El Pastor no se contenta con las ovejas que tiene en el redil, va a buscar a la perdida allá donde quiera que esté. Una cosa tan sencilla pero al mismo tiempo tan hermosa, una cosa que nosotros no siempre sabemos hacer, porque cuantas veces pasamos de largo ante las ovejas perdidas y descarriadas. ¿No es de alguna manera lo que muchas veces pensamos cuando vemos a muchos a nuestro alrededor que han echado a perder sus vidas y para los que decimos que ya no tienen remedio y nada hacemos por ellos?

No sé si os dais cuenta que cuando estamos contemplando todo lo que es el amor que Dios nos tiene, ahí están las palabras de Pablo, ahí están esas imágenes del pastor y de las ovejas descarriadas que el buen pastor siempre buscará, nos está haciendo pensar en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestra forma de reaccionar ante el mal que podemos ver en nuestro mundo; cuantas reticencias seguimos poniendo, cuantas lamentaciones que se quedan, eso si, en muchas palabras quizás hasta llenas de lágrimas, pero que no se traducen en actitudes nuevas, en acercamiento por nuestra parte a los otros para decirles que el amor es posible y nosotros se lo manifestemos con nuestros gestos, cuando nuestra nueva manera de actuar.

Hoy estamos celebrando la fiesta grande del Sagrado Corazón de Jesús, que es de alguna manera celebrar la fiesta del amor que Dios nos tiene, la fiesta del amor que experimentamos en nuestra vida, pero la fiesta del amor nuevo que nosotros hemos de vivir.

Nos acercamos a Jesús porque nos manifiesta la mansedumbre de su corazón. Pero Jesús nos está diciendo ‘aprended de mi’, tenemos que tener también esa mansedumbre y esa humildad, esa ternura y ese amor que se hace cercanía para todos. Nos gozamos en el amor de Dios, pero nos tenemos que poner en camino de ese mismo amor.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

 


Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

Isaías 40, 15-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, no puedo más. ¿Lo habremos dicho alguna vez? ¿Lo habremos escuchado a gente a nuestro alrededor? Cansados porque mucho es el trabajo y duras sus condiciones, muchas las cosas que hacer y no sabemos de donde sacar el tiempo, nos sentimos presionados porque hay que sacar las cosas a tiempo porque la vida es una loca carrera, porque nos sentimos débiles, porque estamos enfermos y nos sentimos sin fuerzas.

Pero ese cansancio puede venir de más allá, de otras situaciones, del ambiente que nos rodea o de las desganas que sentimos en nuestro espíritu; porque hemos perdido la ilusión o ya no tenemos metas por las que luchar y entonces el trabajo se hace cansino, sin sentido; porque nos hemos ido quemando en la vida con fracasos, contratiempos, incomprensiones, desmotivación porque no se valora lo que hacemos o no se nos tiene en cuenta; porque los problemas se nos amontonan y hasta hemos perdido la esperanza, porque hay en nosotros cosas que nos desestabilizan y quitan claridad a nuestra mente para saber por donde vamos ni por qué hacemos las cosas; porque la sociedad en la que vivimos parece en ocasiones que va sin norte y todo es confusión…

Cuando Jesús nos dice hoy en el evangelio que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados está saliéndonos al encuentro, saliendo al encuentro de esta sociedad nuestra, en aquel momento de la historia de su presencia allí en los caminos de Galilea y Palestina, pero también en el hoy de nuestra historia, de nuestra vida concreta donde también se manifiesta ese cansancio, ese agobio y esa desesperanza.

No podemos tomarnos estas palabras de Jesús como unas palabras bonitas como si fueran solamente una hermosa página literaria. Su Evangelio, su buena noticia nos quiere alcanzar hoy ahí donde estamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios; cada uno sabemos cómo nos encontramos, cada uno hemos de escucharlas directamente dichas para nosotros.

Y es que Jesús ha venido para poner luz en nuestra vida, Jesús ha venido para responder a esas situaciones concretas que cada uno vivimos, Jesús ha venido para ser nuestra salvación, y salvarnos es sacarnos de esas situaciones donde nos sentimos hundidos, donde hemos perdido la ilusión y la esperanza, donde nos encontramos con nuestros problemas, donde estamos con nuestros cansancios concretos.

Por eso escuchar el evangelio, escuchar el mensaje de Jesús es pensar en nuestra vida, en nuestra situación, en las cosas que hacemos o que tenemos ganas de hacer, en las cosas que nos cansan y que nos aburren y ver qué quiere Dios de nosotros, qué nos quiere decir en concreto la Palabra de Dios, de qué en concreto necesitamos sentirnos salvados. No es algo etéreo que veamos tan espiritual y sobrenatural que le hagamos perder el sentido nuevo de humanidad que Dios quiere dar a nuestra vida.

Cuando Jesús nos está diciendo que vayamos a El, que aprendamos de El, que en El encontraremos nuestro descanso no es simplemente para que nos encerremos en nuestras iglesias con nuestros rezos y con nuestros cantos – que también tenemos que hacerlo – sino para que empecemos a caminar un camino nuevo, el que nos va trazando con su Evangelio, que será una nueva manera de mirar y de ver las cosas, ver nuestro trabajo, ver nuestra familia, ver las cosas que hacemos, ver esa sociedad en la que estamos y comencemos a sembrarla de nuevos valores, comencemos a empaparla de un nuevo sabor y sentido, a encontrar nuevas motivaciones para nuestras luchas y para nuestros esfuerzos, a llenar de una nueva alegría, entusiasmo e ilusión nuestra vida y lo que hacemos, a tener una nueva y trascendente esperanza.

Es la mansedumbre de su corazón, es la ternura que aprendemos de El, es la nueva paz que sentimos en nuestro espíritu, es ese sentido de sencillez y de humildad con que hacemos las cosas. Qué distintas hacemos las cosas cuando las hacemos con amor y por amor; qué fortaleza interior sentimos para superar cansancios, desilusiones, fracasos, contratiempos, rutinas. Es otra nuestra vida. Vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar con El.

jueves, 18 de julio de 2024

¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

 


¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Tú no agaches la cabeza, no permitas que nadie esté sobre ti… consejo y recomendación que escuchamos y que no estaría mal si es que queremos salvaguardar nuestra dignidad de personas y nadie es mejor que otro, pero, hemos de reconocer, algo en lo que hemos de tener cuidado porque bien sabemos que junto a unas palabras nobles en su origen pudiera pronto aparecer la acritud que deriva fácilmente en violencia.

Y es que vivimos con mucha acritud en nuestras relaciones entre unos y otros; parece como si no pudiéramos salvaguardar nuestra dignidad o reclamar por nuestros derechos si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Y yo diría que es una lástima que actuemos así porque con esas actitudes perdemos todos nuestros derechos.

Vivimos con excesiva tensión, lo vemos en nuestras relaciones con los más cercanos y queridos a nosotros, pero pareciera que es la pauta o la manera de relacionarnos en general en la sociedad. Y nos vamos contagiando los unos a los otros; es demasiado fuerte la acritud y violencia sobre la que vamos fundamentando todas nuestras relaciones sociales; cualquier discrepancia – y tendríamos que decir que sería normal que existan distintas maneras de ver las cosas – termina en enfrentamiento y al que discrepa con nosotros ya poco menos que lo estamos viendo como un enemigo.

Podemos ser adversarios porque tengamos distintos planteamientos sobre cualquier aspecto de la vida, pero no tenemos que considerarnos unos enemigos irreconciliables donde nos sea difícil entablar un diálogo para llegar a puntos comunes, es más, si podemos destruimos todo lo que nuestro adversario haya podido levantar. Miremos lo que pasa en la política y en la sociedad.

Hoy Jesús en el evangelio nos invita a que no vivamos agobiados; bien sabemos lo que son las consecuencias, no hay quien hable con nosotros cuando estamos en tensión, perdemos la serenidad y la calma, aflora esa violencia de la vida. Y es difícil en nuestro mundo de prisas, todo lo queremos tener al instante, no sabemos esperar, pronto nos ponemos en tensión por cualquier cosa; a la manera de la informática en que estamos acostumbrados a tocar una tecla y automáticamente nos sale todo, así queremos hacer en la vida; hemos de aprender coger el ritmo de la vida que nos haga disfrutar de lo que vivimos, de lo que hacemos, de lo que nos vamos encontrando en los demás, de lo que la vida nos ofrece.

Pero con nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni paciencia para nada, y de la misma manera que nos ponemos de mal humor un día que nos falla el ordenador, no funciona tan rápido como queremos el móvil, o tenemos problemas con la tablet, surge el malhumor y la tensión, reaparece nuestra acritud con todo el que esté a nuestro lado, nos llenamos de violencias y queremos machacar a todo el que se nos atraviese en el camino.

Y Jesús nos habla de mansedumbre y de humildad, de serenidad para saber encontrar el descanso y de una paz que de alivio a todas nuestras tensiones. El va por delante enseñándonos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¡Qué hermosas palabras que nos llenan de paz el corazón! Tenemos que rumiar y saborear sin prisas estas palabras de Jesús.

¿Para qué agobiarse? ¿Para qué nos volvemos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Muchas veces decimos que tenemos que saber encontrar tiempo para nosotros mismos. Aquí nos lo está diciendo Jesús, que encontremos nuestro descanso. Tenemos que saber dejarnos guiar, que seguro que vamos a encontrar muchos vericuetos que nos llevan a encontrar la paz.

Por eso nos dice Jesús que su yugo es ligero, es liviano; cuando pensamos en un yugo estamos pensando en algo pesado que va a caer sobre nosotros e incluso nos quitará la libertad de movimientos; y es todo lo contrario, porque el yugo nos guía y nos conduce, nos hace evitar malos caminos, nos da seguridad para alcanzar la meta que buscamos, hará que el surco de nuestra vida sea recto y pueda darnos las plantas de los buenos frutos.  Es lo que podemos alcanzar cuando nos dejamos conducir por Jesús, por algo nos dirá en otro momento que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

martes, 3 de octubre de 2023

Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

 


Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

De camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén'.

¿No sucederá de una forma semejante también en nuestra sociedad de hoy? Aunque es bonito hablar de derechos humanos, de que todos somos iguales y cosas muy lindas por el estilo, sin embargo a la hora de la verdad nos hacemos nuestros 'distingos', no nos aceptamos todos de la misma manera, siguen existiendo discriminaciones. 'Yo no soy racista' nos dice más de uno, pero es que a ciertos individuos - y nos citan países o regiones de origen, y nos hablan del color de la piel, y nos recuerdan cosas del pasado - no me los puedo tragar, te dicen. Muchas veces también nos dejamos llevar por las apariencias, y cómo la gente hoy viste como quiere, y hay personas con las que no nos sentaremos a su lado, por ejemplo. Ahi tenemos el problema de la inmigración irregular con gentes, por ejemplo en nuestra tierra, que nos llegan en pateras arriesgando sus vidas por buscar una vida mejor, y miremos la letanía de quejas que nos hacemos si los reciben, si los tratan bien, si los tienen en este lugar o en otro. Y así podríamos poner muchos ejemplos que suceden en nuestro entorno y en lo que nosotros algunas veces nos podemos ver tentados a caer.

Aunque pudiera parecer que esto no tiene que ver con el evangelio, la actitud de aquellos samaritanos que no querían recibir ni a Jesús ni a los que le acompañaban porque iban a Jerusalén me ha dado pie para hacerme estas consideraciones. Nos viene bien porque es una invitación a reciclar viejas actitudes que también podemos tener en nuestro corazón. Además el evangelio nos hace pensar en algo más, las reacciones que ante esas diversas situaciones se pueden provocar en nosotros. Vemos lo que les sucedía a los propios discípulos de Jesús; vienen quejándose porque en aquel pueblo no han querido recibirles y en una reacción violenta ya están pidiendo a Jesús que baje fuego del cielo para castigarlos. ¿No será algo semejante a cuando decimos que a esos emigrantes que los manden a sus tierras?

Tenemos que andar con cuidado porque aunque nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús y queremos escuchar su evangelio, también a veces nos sucede que nos contagiamos del espíritu del mundo y las reacciones que tenemos ante los diversos problemas que se nos van suscitando en la sociedad no siempre están guiadas por el espíritu del Evangelio.

Decíamos antes que tenemos que reciclarnos, es una forma de hablar, pero con ello queremos expresar cómo siempre hemos de estar en una actitud humilde de revisión de actitudes y comportamientos, porque fácilmente nos dejamos llevar, nos dejamos contagiar y no están resplandeciendo en nosotros los valores del evangelio.

Nos hace falta humildad, nos hace falta impregnarse de los sentimientos de Jesús, nos hace falta contemplar mucho el camino de Jesús para seguir en verdad sus pasos. Que resplandezca en nosotros la misericordia, la comprensión, la acogida, la cercanía y la escucha, la humildad y la sencillez que nos aleje de vanidades, la mansedumbre del corazón de Cristo. Que sepamos aceptarnos y acogernos, a pesar de las debilidades o sombras que podamos contemplar en la vida, que sepamos valorar y respetar la dignidad de toda persona, que sepamos poner amor que le dará un colorido nuevo a nuestros ojos y que le dará entonces un colorido nuevo a las relaciones mutuas entre unos y otros.

Camino bello si lo supiéramos caminar, aunque sabemos cuánto nos cuesta; pensar en nosotros rutinas y viejas costumbres, actitudes egoístas e insolidarias y muchas veces demasiado amor propio, pero es un camino que podemos realizar porque lo intentamos hacer al paso de Jesús en su subida a Jerusalén.


domingo, 9 de julio de 2023

El corazón lleno de mansedumbre de Jesús es una invitación que nos da seguridad y nos da confianza, es la brisa fresca que nos da descanso y nos llene de serenidad y de paz

 


El corazón lleno de mansedumbre de Jesús es una invitación que nos da seguridad y nos da confianza, es la brisa fresca que nos da descanso y nos llene de serenidad y de paz

Zacarías 9, 9-10; Sal 144; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30

Solemos decir que ‘quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija’, y en la vida buscamos siempre quien nos de buena sombra. Pero esta es la cuestión, ¿a quienes solemos arrimarnos en la vida? La tendencia fácil es arrimarnos a quienes consideramos que saben más, a quienes vemos con mejores o mayores influencias, a aquellos que consideramos importantes o con posibilidades para que si nos vemos en una mala situación nos puedan echar una mano.

Y aunque decimos que nos llevamos con todos siempre hay personas a las que consideramos que nada nos pueden aportar o que incluso nos pueden dar mala imagen, y a esos los evitamos, procuramos quizás que no nos vean con ellos, y ya sabemos de cuántas discriminaciones somos capaces.

Pero, ¿quiénes son los que realmente nos a echar una mano, o estarán disponibles para lo que pudiéramos necesitar? ¿Quiénes son realmente esos sabios que realmente van a ilustrar nuestra vida ofreciéndonos lo que realmente nos puede hacer mejores? Pero nos podría suceder que aquellos que descartamos, porque pobrecitos, ¿qué nos van a poder ofrecer?, serán quizás los que más pronto tendremos a nuestro lado en esas situaciones difíciles que nos podamos encontrar en la vida.

Nos sentimos confundidos tantas veces,  no terminamos de entender, nos encandilamos con brillos que son oropeles pero que realmente no son un verdadero tesoro que vaya a enriquecer nuestra vida. ¿Dónde podremos encontrar esa verdadera sabiduría de la vida?

Hoy nos encontramos en el evangelio con unas palabras de Jesús que en principio nos desconciertan, aunque luego cuando las meditamos bien encontramos una esperanza grande para nuestra vida, porque vamos a encontrar ese verdadero árbol donde nos podemos cobijar porque nos dará las mejores sombras. Comienza Jesús dando gracias al Padre que se nos revela y que se nos manifiesta, pero como dice Jesús no ha sido a los sabios y entendidos de este mundo, sino a los pequeños y a los sencillos.

Si recorremos las páginas del evangelio vemos claramente quienes son los que acogen la palabra de Jesús. En aquellos que se consideraban a si mismo importantes y poderosos, los que se tenían por los dirigentes de Israel, va a encontrar siempre oposición. La gente sencilla, los que se sienten pequeños y humildes serán los que proclamarán las mejores alabanzas al actuar de Jesús. Los que se sienten pobres y limitados, los que tienen un corazón oprimido por tantos dolores y sufrimientos que no solo del cuerpo sino de su espíritu porque han perdido todas las esperanzas que puedan provenir de este mundo, los que reconocen que con pecadores y nada merecen son los que acuden a Jesús, los que escuchan a Jesús, los que abren su corazón a Jesús.

¿Quiénes son los que rodean a Jesús? unas personas sencillas como aquellos pescadores a los que llamó a seguirle, unos pecadores, publicanos y mujeres pecadoras, que sienten su corazón atormentado pero que saben que en Jesús encontrarán el perdón y la paz, la gente sencilla que no se avergüenza de sentarse en la orilla del lago para escucharle o que es capaz de seguirle incluso a la montaña o a lugares inhóspitos porque lo que quieren es escuchar esa palabra que llena de sus corazones de esperanza, aquellos que a pesar de su pobreza estarán siempre dispuestos a preocuparse de los demás o a compartir lo poco que tienen para que se multiplique en bien de los demás, aquellos que a pesar de sus poderes o sabidurías humanas – recordemos a Nicodemo, a Jairo el jefe de la sinagoga, o al centurión romano - acuden como sea a Jesús porque tienen la humildad para reconocer que es alguien que viene de Dios.

Por eso podemos escuchar a Jesús invitamos a que vayamos a El todos los nos sentimos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro descanso. Por eso nos invita a que tengamos un corazón como el suyo, lleno mansedumbre y de humildad, porque va a ser la manera de que en verdad nos encontremos con Dios. Así se nos quiere revelar, así nos quiere revelar lo que es el corazón de Dios.

A la sombra de Jesús con humildad nos queremos acoger. Su corazón lleno de mansedumbre es una invitación para nosotros que nos da seguridad y nos da confianza. Agitados y sudorosos por las carreras y las locuras de la vida buscamos esa brisa fresca que nos dé descanso y nos llene el corazón de serenidad y de paz. Nos sentimos pequeños porque nos sentimos débiles y pecadores pero sabemos que estamos llamados a algo grande. Solo tenemos que recorrer un camino de humildad, de vaciarnos de nuestras amarguras y de nuestros agobios, de desprendimiento de nosotros mismos, de apertura de nuestro corazón a las grandes metas y a los ideales que nos ofrece el evangelio; nos vamos a encontrar con Jesús, nos vamos a encontrar con Dios que va a inundar nuestro corazón de paz y de una nueva alegría.

Es Jesús ese árbol que nos da buena sombra, pero es Jesús al que vamos a encontrar en los demás, sobre todo en los pobres y en los sencillos, en los que tienen un corazón humilde y generoso, y los que mantienen la paz en el corazón.

viernes, 16 de junio de 2023

Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

 


Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

Deuteronomio 7, 6-11; Sal 102; 1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

‘Lo esencial es invisible a los ojos’, es una frase que habremos escuchado muchas veces tomada del famoso libro ‘El principito’. Nos ha valido para hacernos muchas y hermosas consideraciones para que aprendamos a buscar esos valores que de verdad llenan nuestro espíritu y le dan grandeza. Nos valdría también ese camino que todos hacemos de búsqueda de Dios que muchas veces, decimos, se nos hace invisible, o al menos no terminamos de descubrirlo. Buscamos quizás a Dios desde razonamientos, porque para todo queremos tener una razón, un por qué, y el camino para encontrarnos con Dios quizás es mucho más fácil que todas esas elucubraciones que nos hacemos.

Queremos hacer nuestra propia escalada, trazarnos una tabla de razonamientos, ir esa búsqueda desde unos merecimientos que nos decimos que tenemos, pero creo que tendríamos que poner las condiciones para más bien dejarnos encontrar por Dios. Quizá muchas veces por ahí ande la cosa, porque no nos dejamos encontrar; es cuestión, creo, de dejarnos encontrar por el amor, y para eso creo que tenemos que dejar hueco en nuestra vida para el amor, para el amor verdadero, que es mucho más que una pasión que nos mueva y nos revolucione.

Ya le decía Dios a su pueblo a través de las palabras de Moisés, como hoy mismo hemos escuchado en la primera lectura de esta fiesta. Dios les dice que les ha amado y les ha escogido, no porque sean un pueblo grande y poderoso, pues, como les dice, son el pueblo más pequeño de la tierra. Pero es Dios el que les ha amado y escogido, por pura benevolencia, y esa es una de las principales características del amor. Benevolencia, querer bien, pero simplemente porque quiero amar. Y es así el amor de Dios, pura benevolencia, nos ama, no por nuestros merecimientos, sino porque El quiere amarnos y escogernos. Si fuéramos capaces de sintonizar con este pensamiento haciéndolo nuestro, comenzaremos a conocer a Dios.

Y aquí entra otro pensamiento en nuestra consideración. La carta de san Juan es una invitación a amarnos, y amarnos como el Señor nos ha amado, recordando así el mandato de Jesús en la última cena. Pero fijémonos en lo que nos dice: ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor’.

¿No decíamos que tenemos que dejar un hueco en nuestra vida para el amor y el amor verdadero? Quizás en la vida hemos rellenado ese hueco con nuestros intereses egoístas en una búsqueda excesiva de nosotros mismos. Lo confundimos todo con nuestras ganancias, con el materialismo de la vida, con nuestras pasiones que se nos desbordan y nos dominan buscando felicidad y placeres que son efímeros. Algunas veces no llegamos a entender lo que es la amistad porque enseguida la confundimos con la búsqueda de cosas que nos satisfagan. Y quizás no hemos sabido amarnos ni a nosotros mismos, y si no somos capaces ni de eso ¿cómo podremos entender lo de amar a los demás? Y si no somos capaces de amar, ¿cómo podemos conocer a Dios que es Amor?

Busquemos, si, lo que es el amor verdadero, que ama, se da y se entrega porque le sale del corazón. ¿No recordáis lo que hemos dicho de la benevolencia de Dios para amarnos por nosotros mismos? Y es que Dios se nos revela y se nos da a los que hemos sido capaces de vaciarnos de nosotros mismos, a los que somos sencillos y humildes de corazón. Así le hemos escuchado hoy a Jesús dar gracias al Padre porque se ha revelado no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los pobres. Los pobres son los que escucharán la Buena Nueva de Jesús y por eso Jesús los llama dichosos.

Hoy estamos celebrando esta fiesta del amor de Dios que nosotros simbolizamos en el corazón, en el Corazón de Jesús siempre abierto para acoger a los cansados y agobiados para ofrecernos el descanso de su amor y de su paz.

Nos sentimos a veces atormentados por las luchas de la vida, cansados y sin fuerzas porque la tarea se nos vuelve fuerte y duros son también los embates que nos da la vida, desde la multitud de problemas de todo tipo que nos envuelven – pensemos cómo anda nuestra sociedad y nuestro mundo -, desde esos problemas del día a día en el desarrollo de nuestras responsabilidades y lo que significa y nos cuesta a veces nuestra convivencia con los demás, pero Jesús nos dice que vayamos a El, que aprendamos de El a mantener la mansedumbre del corazón a pesar de las violencias que nos envuelven, que sepamos encontrar la paz porque además estamos llamados a ser instrumentos de paz.

Estaremos así entrando en la órbita del amor y estaremos entonces sintiendo cómo Dios se hace dueño de nuestro corazón. Porque aprendemos a amar, aprenderemos a conocer a Dios que es amor.