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sábado, 20 de junio de 2026

Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

 


Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.

Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.

Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.

Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?

Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.

¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.

Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.

Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.

 


jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.


jueves, 18 de julio de 2024

¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

 


¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Tú no agaches la cabeza, no permitas que nadie esté sobre ti… consejo y recomendación que escuchamos y que no estaría mal si es que queremos salvaguardar nuestra dignidad de personas y nadie es mejor que otro, pero, hemos de reconocer, algo en lo que hemos de tener cuidado porque bien sabemos que junto a unas palabras nobles en su origen pudiera pronto aparecer la acritud que deriva fácilmente en violencia.

Y es que vivimos con mucha acritud en nuestras relaciones entre unos y otros; parece como si no pudiéramos salvaguardar nuestra dignidad o reclamar por nuestros derechos si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Y yo diría que es una lástima que actuemos así porque con esas actitudes perdemos todos nuestros derechos.

Vivimos con excesiva tensión, lo vemos en nuestras relaciones con los más cercanos y queridos a nosotros, pero pareciera que es la pauta o la manera de relacionarnos en general en la sociedad. Y nos vamos contagiando los unos a los otros; es demasiado fuerte la acritud y violencia sobre la que vamos fundamentando todas nuestras relaciones sociales; cualquier discrepancia – y tendríamos que decir que sería normal que existan distintas maneras de ver las cosas – termina en enfrentamiento y al que discrepa con nosotros ya poco menos que lo estamos viendo como un enemigo.

Podemos ser adversarios porque tengamos distintos planteamientos sobre cualquier aspecto de la vida, pero no tenemos que considerarnos unos enemigos irreconciliables donde nos sea difícil entablar un diálogo para llegar a puntos comunes, es más, si podemos destruimos todo lo que nuestro adversario haya podido levantar. Miremos lo que pasa en la política y en la sociedad.

Hoy Jesús en el evangelio nos invita a que no vivamos agobiados; bien sabemos lo que son las consecuencias, no hay quien hable con nosotros cuando estamos en tensión, perdemos la serenidad y la calma, aflora esa violencia de la vida. Y es difícil en nuestro mundo de prisas, todo lo queremos tener al instante, no sabemos esperar, pronto nos ponemos en tensión por cualquier cosa; a la manera de la informática en que estamos acostumbrados a tocar una tecla y automáticamente nos sale todo, así queremos hacer en la vida; hemos de aprender coger el ritmo de la vida que nos haga disfrutar de lo que vivimos, de lo que hacemos, de lo que nos vamos encontrando en los demás, de lo que la vida nos ofrece.

Pero con nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni paciencia para nada, y de la misma manera que nos ponemos de mal humor un día que nos falla el ordenador, no funciona tan rápido como queremos el móvil, o tenemos problemas con la tablet, surge el malhumor y la tensión, reaparece nuestra acritud con todo el que esté a nuestro lado, nos llenamos de violencias y queremos machacar a todo el que se nos atraviese en el camino.

Y Jesús nos habla de mansedumbre y de humildad, de serenidad para saber encontrar el descanso y de una paz que de alivio a todas nuestras tensiones. El va por delante enseñándonos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¡Qué hermosas palabras que nos llenan de paz el corazón! Tenemos que rumiar y saborear sin prisas estas palabras de Jesús.

¿Para qué agobiarse? ¿Para qué nos volvemos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Muchas veces decimos que tenemos que saber encontrar tiempo para nosotros mismos. Aquí nos lo está diciendo Jesús, que encontremos nuestro descanso. Tenemos que saber dejarnos guiar, que seguro que vamos a encontrar muchos vericuetos que nos llevan a encontrar la paz.

Por eso nos dice Jesús que su yugo es ligero, es liviano; cuando pensamos en un yugo estamos pensando en algo pesado que va a caer sobre nosotros e incluso nos quitará la libertad de movimientos; y es todo lo contrario, porque el yugo nos guía y nos conduce, nos hace evitar malos caminos, nos da seguridad para alcanzar la meta que buscamos, hará que el surco de nuestra vida sea recto y pueda darnos las plantas de los buenos frutos.  Es lo que podemos alcanzar cuando nos dejamos conducir por Jesús, por algo nos dirá en otro momento que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


sábado, 22 de junio de 2024

En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

 


En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

2ª Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Una cosa que todos decimos, pero al final no sabemos ponerle remedio. Decimos con facilidad cuando nos ponemos muy serios a hablar juiciosamente que así no podemos vivir, con estas prisas, con estos agobios, que es un tormento, que habrá que parar de alguna manera, porque si no la vida ya se encargará de pararnos. Ahí tenemos grandes emprendedores, que, como solemos decir, parecía que se iban a comer el mundo, todo eran trabajos, nuevas iniciativas, empresas que comenzaban a funcionar, pero de repente todo se paró, el corazón de aquel hombre tan emprendedor que tantas cosas hacia que no paraba, no tenía ni tiempo para comer, dijo ‘ya no puedo más’, un infarto, una enfermedad irremediable, y ¿en qué se quedaron todas aquellas carreras y todos aquellos agobios? Pero es que no escarmentamos ni en cabeza ajena.

Como ya hemos reflexionado en otra ocasión la vida no se puede quedar reducida a esas carreras y a esos agobios. La persona vale mucho más que todas esas riquezas que podamos conseguir. Y pensamos en su salud, pero no solo lo corporal que también un día nos fallará, sino en el estado anímico de la persona, en su paz interior, en la serenidad y paz para afrontar los problemas; con tantas carreras ni tiempo tenemos para pensar en nosotros mismos, en ese crecimiento interior como persona, en el sentido que hemos de darle a la vida, se nos escurre todo de las manos como el agua que no podemos contener entre nuestros dedos.

Me van a decir, es que es mucho lo que hay que hacer y no hay tiempo para todo. Pero ¿son solo las cosas lo que le dan sentido a la vida del hombre? ¿Cuáles tendrían que ser las mejores metas para la vida del hombre? Son preguntas que no podemos dejar pasar sin intentar darle respuestas. Pero para ello tenemos que detenernos, porque es necesario pensar, reflexionar, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos, pero también dejarnos iluminar por tantos faros de luz que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida, hombres sabios y prudentes como profetas, reflexivos, que mastican mucho las cosas no solo en la mente sino en el corazón antes de dar respuestas. Podemos encontrar maestros, sabios, y tenemos que confrontar también ideas y pensamientos hasta que encontremos la verdad de nuestra vida. No podemos dejarnos llevar por la pendiente de nuestras prisas y carreras.

Nos está invitando Jesús a que sepamos poner nuestra confianza en Dios. El ha venido a revelarnos el mejor rostro de Dios. Y nos está hablando del Dios que hace florecer las flores del campo o que alimenta a los pajarillos del cielo. Y si Dios hace eso con sus criaturas ¿Qué no hará con sus hijos? ¿Por qué entonces nosotros no confiar en la providencia de Dios?

Es el Dios que nos exigirá que negociemos nuestros talentos, porque hay que desarrollar la vida y eso está en nuestras manos, pero es el Dios que nos cuida porque nos ama, porque es nuestro Padre, porque nos ha querido mirar como sus hijos. Los predilectos y amados de Dios. Porque nos mira en Jesús, su Hijo amado al que ha enviado para que nos abra caminos para poder llegar a vivir el Reino de Dios, y porque nosotros nos miramos en Jesús al que siendo Hijo de Dios lo vemos carne de nuestra carne, porque así quiso encarnarse en las entrañas de María para ser para siempre Dios con nosotros, ser Emmanuel.

Por eso terminará diciendo hoy Jesús que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Sí, buscar el Reino de Dios; cuando nos enseñó a orar aprendimos a decir ‘venga a nosotros su Reino’. Una petición que tenemos que hacer, que tenemos que aprender a hacer, porque no es pedir que se realice como algo mágico sin que nosotros tengamos que poner nuestra mano en ello. Por eso tenemos que completarlo con lo que hoy nos dice  que busquemos el Reino de Dios.

Es una tarea que tenemos que realizar, es cierto, porque son los pasos que tenemos que ir dando para que en nuestras actitudes, en lo que hagamos, en nuestro compromiso comencemos a manifestar las señales de que está presente el Reino de Dios. Viene Dios a nosotros, lo podemos como centro de nuestra vida y de nuestro corazón – es decir que lo hacemos nuestros Rey y Señor – y ya nuestra vida, lo que hacemos, lo que vivimos tiene que tener otro sentido y otro valor.

Algo nuevo tendrá que reflejarse en nuestra vida. ‘Lo demás se nos dará por añadidura’, nos dice Jesús. En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa que vivimos reconociendo que Dios es nuestro único Rey y Señor.

Cuánta paz tiene entonces que aparecer en nuestro corazón y en nuestra vida; cómo se van a quedar a un lado esos agobios y esas luchas que nos hacemos y que nos destrozan por dentro. Algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?


lunes, 11 de marzo de 2024

Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

 


Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

Muchas veces en la vida nos sentimos como paralizados ante la inmensidad de problemas que nos envuelven. Y no es para menos. Quienes sentimos inquietud por la marcha de nuestra sociedad no terminamos de apreciar que se van encontrando soluciones de verdad a los problemas que se van generando en el día a día de nuestro mundo. 

Nos duele la falta de paz, nos duele lo difícil que se hace muchas veces la convivencia, nos duele que no seamos capaces de entender y que quizás los que tienen que darnos ejemplo e incluso ir como guías delante de nosotros en la búsqueda de una sociedad más justa lo que hacen muchas veces es embrollar los problemas con tantas corruptelas, con tanta actuación desde unos intereses muy particulares y realmente no estemos haciendo todo lo que podamos por tener un mundo mejor, una sociedad más justa.

Nos sentimos agobiados, por otra parte, en nuestros problemas personales, porque nos cuesta crecer, ser mejores, superar muchas cosas que hay en nuestra vida y que realmente son tropiezos para nuestra maduración y crecimiento personal; y no sabemos como salir. Nos duele la pobreza, nos duele tanto sufrimiento que vemos en nuestro entorno, nos duele la falta de paz. ¿Qué hacemos? ¿Podremos tener un día un mundo mejor? ¿Hay posibilidades de un cambio de verdad en la vida, en la sociedad?

Hoy hemos escuchado un texto precioso del profeta. Unas palabras que venían a llenar de ilusión y de esperanza a un pueblo que estaba lleno de sufrimientos. Como todo profeta emplea muchas imágenes pero que son muy enriquecedoras. Un día aquellos campos resecos van a producir alimentos; un día no se va a llorar por la muerte de los niños; un día comenzará a renacer la ilusión y la esperanza del pueblo porque comprenderán que todo puede cambiar. Son hermosas las palabras del profeta y convendría releerlas mirando la situación que vivimos y que nace la esperanza en nosotros de que todo puede cambiar. ¿Cómo?

El texto del evangelio nos ayuda. Jesús ha vuelto a Galilea y anda por Caná; un hombre, un funcionario real se encuentra con un gran problema, la enfermedad de muerte de un hijo. ¿Cómo se siente un padre cuando se encuentra con una situación así y sin esperanza de solución? ¿Podremos estar viendo ahí retratada nuestra vida, la situación de nuestro mundo de la que hablábamos antes? Es así como tenemos que leer el evangelio. Su tabla de salvación está en Jesús de quien ha oído hablar que cura a los enfermos; a El acude. ‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’, es la petición insistente de aquel hombre. Y Jesús le dice que vuelva a su casa que su hijo está curado. Lo comprobará con los criados que le salen al encuentro con la noticia y creyó aquel hombre y toda su familia, nos dice el evangelista.

Y nosotros ¿a quien acudimos? ¿Podremos encontrar en Jesús la esperanza de esa nueva vida, de ese mundo mejor? Es la Buena Nueva que precisamente nos está anunciando Jesús. Tenemos que creer, y para eso darle la vuelta a nuestra vida, y el Reino de Dios se hará presente en nosotros.

Pero creer es algo más que una palabra. Hay que ponerse en camino, hay que levantarse de nuestros agobios, hay que ir en búsqueda de la luz y no querer permanecer siempre en las tinieblas, hay que darse cuenta de que hay que dar pasos para esa conversión del corazón, de comenzar a poner actitudes nuevas en nuestra vida, de tener una mirada distinta, de creer en el cambio y comenzar a realizarlo aunque sea a partir de pequeñas cosas, hay que despertar la ilusión y la esperanza porque mientras sigan dormidas no comenzaremos a dar pasos, hay que bajarnos de los pedestales de nuestro orgullo, de nuestra autocomplacencia, de nuestra autosuficiencia en los que nos hemos subido.

Hay que comenzar a confiar. Podemos tener un mundo nuevo. Podemos hacer que las cosas cambien. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús, por su Palabra. ¿Qué es lo que realmente queremos ir haciendo ahora en este camino de Cuaresma? No son solo unos días que van pasando inexorablemente en el calendario, sino un tiempo en que cada día hemos de dar un paso, hacer algo nuevo, despertar nuestra fe, escuchar a Jesús.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

domingo, 9 de julio de 2023

El corazón lleno de mansedumbre de Jesús es una invitación que nos da seguridad y nos da confianza, es la brisa fresca que nos da descanso y nos llene de serenidad y de paz

 


El corazón lleno de mansedumbre de Jesús es una invitación que nos da seguridad y nos da confianza, es la brisa fresca que nos da descanso y nos llene de serenidad y de paz

Zacarías 9, 9-10; Sal 144; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30

Solemos decir que ‘quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija’, y en la vida buscamos siempre quien nos de buena sombra. Pero esta es la cuestión, ¿a quienes solemos arrimarnos en la vida? La tendencia fácil es arrimarnos a quienes consideramos que saben más, a quienes vemos con mejores o mayores influencias, a aquellos que consideramos importantes o con posibilidades para que si nos vemos en una mala situación nos puedan echar una mano.

Y aunque decimos que nos llevamos con todos siempre hay personas a las que consideramos que nada nos pueden aportar o que incluso nos pueden dar mala imagen, y a esos los evitamos, procuramos quizás que no nos vean con ellos, y ya sabemos de cuántas discriminaciones somos capaces.

Pero, ¿quiénes son los que realmente nos a echar una mano, o estarán disponibles para lo que pudiéramos necesitar? ¿Quiénes son realmente esos sabios que realmente van a ilustrar nuestra vida ofreciéndonos lo que realmente nos puede hacer mejores? Pero nos podría suceder que aquellos que descartamos, porque pobrecitos, ¿qué nos van a poder ofrecer?, serán quizás los que más pronto tendremos a nuestro lado en esas situaciones difíciles que nos podamos encontrar en la vida.

Nos sentimos confundidos tantas veces,  no terminamos de entender, nos encandilamos con brillos que son oropeles pero que realmente no son un verdadero tesoro que vaya a enriquecer nuestra vida. ¿Dónde podremos encontrar esa verdadera sabiduría de la vida?

Hoy nos encontramos en el evangelio con unas palabras de Jesús que en principio nos desconciertan, aunque luego cuando las meditamos bien encontramos una esperanza grande para nuestra vida, porque vamos a encontrar ese verdadero árbol donde nos podemos cobijar porque nos dará las mejores sombras. Comienza Jesús dando gracias al Padre que se nos revela y que se nos manifiesta, pero como dice Jesús no ha sido a los sabios y entendidos de este mundo, sino a los pequeños y a los sencillos.

Si recorremos las páginas del evangelio vemos claramente quienes son los que acogen la palabra de Jesús. En aquellos que se consideraban a si mismo importantes y poderosos, los que se tenían por los dirigentes de Israel, va a encontrar siempre oposición. La gente sencilla, los que se sienten pequeños y humildes serán los que proclamarán las mejores alabanzas al actuar de Jesús. Los que se sienten pobres y limitados, los que tienen un corazón oprimido por tantos dolores y sufrimientos que no solo del cuerpo sino de su espíritu porque han perdido todas las esperanzas que puedan provenir de este mundo, los que reconocen que con pecadores y nada merecen son los que acuden a Jesús, los que escuchan a Jesús, los que abren su corazón a Jesús.

¿Quiénes son los que rodean a Jesús? unas personas sencillas como aquellos pescadores a los que llamó a seguirle, unos pecadores, publicanos y mujeres pecadoras, que sienten su corazón atormentado pero que saben que en Jesús encontrarán el perdón y la paz, la gente sencilla que no se avergüenza de sentarse en la orilla del lago para escucharle o que es capaz de seguirle incluso a la montaña o a lugares inhóspitos porque lo que quieren es escuchar esa palabra que llena de sus corazones de esperanza, aquellos que a pesar de su pobreza estarán siempre dispuestos a preocuparse de los demás o a compartir lo poco que tienen para que se multiplique en bien de los demás, aquellos que a pesar de sus poderes o sabidurías humanas – recordemos a Nicodemo, a Jairo el jefe de la sinagoga, o al centurión romano - acuden como sea a Jesús porque tienen la humildad para reconocer que es alguien que viene de Dios.

Por eso podemos escuchar a Jesús invitamos a que vayamos a El todos los nos sentimos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro descanso. Por eso nos invita a que tengamos un corazón como el suyo, lleno mansedumbre y de humildad, porque va a ser la manera de que en verdad nos encontremos con Dios. Así se nos quiere revelar, así nos quiere revelar lo que es el corazón de Dios.

A la sombra de Jesús con humildad nos queremos acoger. Su corazón lleno de mansedumbre es una invitación para nosotros que nos da seguridad y nos da confianza. Agitados y sudorosos por las carreras y las locuras de la vida buscamos esa brisa fresca que nos dé descanso y nos llene el corazón de serenidad y de paz. Nos sentimos pequeños porque nos sentimos débiles y pecadores pero sabemos que estamos llamados a algo grande. Solo tenemos que recorrer un camino de humildad, de vaciarnos de nuestras amarguras y de nuestros agobios, de desprendimiento de nosotros mismos, de apertura de nuestro corazón a las grandes metas y a los ideales que nos ofrece el evangelio; nos vamos a encontrar con Jesús, nos vamos a encontrar con Dios que va a inundar nuestro corazón de paz y de una nueva alegría.

Es Jesús ese árbol que nos da buena sombra, pero es Jesús al que vamos a encontrar en los demás, sobre todo en los pobres y en los sencillos, en los que tienen un corazón humilde y generoso, y los que mantienen la paz en el corazón.

sábado, 28 de enero de 2023

Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

 


Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Todos en la vida pasamos por distintos momentos de zozobras, donde nos vemos mal, los problemas aparecen y reaparecen cuando pensábamos que ya estaban resueltos, o nuevas dificultades aparecen cuando pensábamos que todo era un mar en calma. Son momentos difíciles, nos sentimos agobiados, no sabemos a quien acudir o tenemos quizás miedo porque desconfiamos y aquellos que nos habían prometido mucho, ahora se hacen los desentendidos; aunque sintamos a la familia cerca y que los amigos ahí están, nos parece que se desentienden, o están tan adormecidos que nos parece que no se enteran. Y así caminamos muchas veces de zozobra en zozobra.

¿Llegaremos a hacer la queja con aquellos que pensábamos que nos iban a ayudar y ahora están a lo suyo? Quizás nos la guardamos, pero en su momento la sacamos a relucir. Poco te importo yo en la vida, quizás llegamos a decirles, pero ellos nos responden que ahí estaban pero que quizás fuimos nosotros por nuestra desconfianza los que no nos decidimos a pedir ayuda.

¿Estaban así pasándolo mal aquel grupo que iba con Jesús en la barca aquel día mientras se había desatado una fuerte tormenta sobre el lago? La mayoría eran pescadores y de aquellas tierras cercanas al lago; conocerían de sobra aquellas tormentas porque ya las habrían pasado en más de una ocasión. Ahora iban con Jesús y querían tener la confianza de que le habían visto hacer cosas maravillosas; pero parecía que no se enteraba, pues dormido estaba allí en un rincón de la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ llegan ya a atreverse a decirle.

Allí estaba Jesús y no se habían atrevido a pedirle ayuda, sino ya cuando todo parecía perdido y la barca casi se hundía. Así andamos por la vida en medio de nuestras tormentas. Nos ponemos tan agobiados que no somos capaces de ver quien está ahí cerca y nos puede echar una mano. No vemos tan revueltos que habían pasado por otras tormentas, ahora con esta ya no recordamos las anteriores ni los medios que entonces tuvimos a nuestro alcance para superar aquellas duras situaciones. Así vamos de alelados en muchas ocasiones por la vida.

Y hasta nos sentimos abandonados de Dios. Parece que Dios se desentiende de nosotros, o estará allá arriba rodeado de sus ángeles y meciéndose entre las nubes; son las imaginaciones idílicas que algunas veces nos hacemos, para no reconocer que a nosotros nos ha faltado algo, a nosotros nos está faltando la fe y la confianza; a nosotros nos está faltando el empaparnos de la Palabra de Dios donde tenemos la fuente de la más hermosa sabiduría de la vida.

¿Tendrá que decirnos a nosotros también Jesús, ‘hombre de poca fe,’ porque estamos llenos de dudas también? Hombres de poca fe, es cierto, somos tantas veces en la vida; no la hacemos presente en la vida, en cada una de las situaciones que vivimos. Que no es solo acordarse de santa Bárbara cuando truena, que no es solo acudir a Dios para que nos ayude cuando nos encontramos con dificultades.

Si decimos que vivimos o queremos vivir el Reino de Dios, es porque queremos que Dios sea siempre el Rey y Señor de mi vida. En los momentos de los aplausos para agradecerle a Dios su gracia y su presencia que nos ha ayudado a salir airoso en cualquiera de los momentos de la vida; en los momentos buenos para saber dar gracias y nuestra vida se convierta en un cántico de alabanza al Señor; pero en los momentos turbios y de dificultades para sentir que no nos falta su luz, su fuerza, su gracia, su sabiduría para mantenernos en la lucha con la esperanza de la victoria; pero en esos momentos que parece que pasan indiferentes sin mayores cosas para saber descubrir esa acción de Dios, para saber descubrir esos caminos de Dios y no llegar a caer en la rutina y hasta en la desgana porque hayamos perdido la ilusión.

Dios está ahí siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía. No duerme, porque en su providencia está atento a cuando nos sucede en la vida. Aunque nos parezca que está en silencio, aprendamos a escuchar ese susurro de su voz allá en nuestro interior. Siempre será el faro que nos guía; no seamos torpes navegantes que no sepamos leer la brújula que a través de muchos signos nos va señalando siempre la ruta de nuestra travesía. No dudemos porque nunca nos faltará la luz y la señal de ese faro que pone a nuestro lado en la vida.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

 


Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

Nos creemos que todos son felices, pero no lo son tanto. Quizás vivimos tan ensimismados en nuestras cosas que no se nos ocurre mirar alrededor, pero no por fuera, por la apariencia, sino en lo más hondo detrás de esa puerta, de ese rostro, de esa persona que pasa a nuestro lado corriendo a sus tareas, en medio de sus ocupaciones. También detrás de esa apariencia que nosotros manifestamos hay también muchas cosas que solo tu sabes si no lo compartes con nadie; aunque participemos en muchas cosas, hagamos fiesta o convivencia en muchas ocasiones juntos, siempre hay algo detrás que no a todos manifestamos y también la gente creerá que somos felices del todo, pero nos decimos ¡si tú supieras todo lo que hay dentro de mi, no tendrías esa opinión! Pero es lo que nos sucede con los otros.

La misma situación que vivimos en el momento presente no es propicia para muchas alegrías si nos paramos a pensar y a hacernos concientes de lo que hay a nuestro alrededor. En ocasiones parece que nos envolvieran tinieblas, o el túnel que atravesamos es tan oscuro que nos cuesta ver el final.

¿No nos duele el sufrimiento de los que llegan a nuestras costas – y pienso en nuestras costas canarias – en pateras que van dejando tras de sí un reguero de cadáveres mientras atraviesan nuestras aguas, o sobre el timón de carguero – como ha sucedido en estos días - en búsqueda de una vida mejor? Menciono lo más cercano a mi geografía, pero podemos pensar en esa riada continua que atraviesa Centroamérica en búsqueda de ese mundo mejor más al norte. Tantos desplazados de un lugar para otro en tantos lugares del mundo, o como sucede también cercano a nosotros en quienes dejan el campo para irse a las ciudades, o se van de una isla a otra, con todas las incógnitas e interrogantes que llevan en lo profundo de sí mismos ante lo que les deparará ese cambio de vida.

Pero está la lucha del día a día, con sus trabajos y preocupaciones, con los problemas que surgen en las familias o en los lugares de trabajo, con la convivencia que se hace cuesta arriba entre vecinos que no se hablan, con las enfermedades que no siempre se esperan y nunca se desean que nos van apareciendo en nosotros mismos o en los seres queridos que tenemos a nuestro lado, y así podríamos pensar en tantas cosas que nos llenan de angustias y de agobios, que nos quitan la sonrisa de nuestro semblante y nos hacen perder la paz en el corazón, aunque muchas veces intentemos por fuera mantener el tipo. A veces parece que perdemos la ilusión y la esperanza. Y eso amarga los corazones, nos hace perder la paz interior.

¿Dónde podremos encontrar una luz que nos haga soñar en algo mejor? ¿Podrá haber una esperanza que nos ilusione de nuevo y nos haga levantarnos de la angustia que nos envuelve? ¿Será posible la esperanza?

Es lo que los cristianos queremos proclamar en este tiempo de Adviento de una manera especial. Nos preparamos para celebrar algo que en verdad cambió la historia de la humanidad, aunque por falta de fe hayamos perdido de nuevo las esperanzas. Lo que vamos a celebrar próximamente no son unas fiestas de añoranzas, que al final nos pudieran dejar más tristes. Vamos a celebrar que viene a nosotros – y viene realmente nosotros en el hoy de nuestra vida – aquel que nos dice, como hemos escuchado en el evangelio, ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

No son unas palabras cualquiera, no son algo que repe

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timos sin más porque queda bonito, es escuchar que Jesús se nos ofrece para que vayamos y descarguemos en El todos nuestros agobios y cansancios porque en el encontramos descanso, encontramos alivio, encontraremos paz. No son palabras para adormecernos, sino para comprometernos. Es que en Jesús vamos a encontrar un camino nuevo, un nuevo sentido de vida, un compromiso que nos transforma, una nueva manera de actuar, una sensibilidad especial para el corazón. Es un evangelio, es una buena noticia, que nos llenará de alegría porque toda buena noticia siembra paz y esperanza en el corazón.

Y vamos a escuchar a Jesús, y vamos a sentirnos unidos a El, y vamos a vivir en su mismo sentido de vida, y entonces iremos llenando de luz nuestro mundo porque nos sentiremos comprometidos a hacer un mundo mejor. No nos cruzaremos de brazos ante el sufrimiento sino que vamos a poner todo nuestro amor para mitigarlo, para transformarlo. Es algo grande lo que nos ofrece, es algo grande lo que vamos a celebrar, por eso queremos ir haciendo este camino de Adviento con toda intensidad para estar bien preparados, para que demos nuestra respuesta.

martes, 22 de noviembre de 2022

Descubramos las señales de esperanza que Dios pone cerca de nosotros, siempre señales de vida, para que no perdamos la paz y serenidad del espíritu en las tormentas de la vida

 


Descubramos las señales de esperanza que Dios pone cerca de nosotros, siempre señales de vida, para que no perdamos la paz y serenidad del espíritu en las tormentas de la vida

Apocalipsis 14,14-19; Sal 95; Lucas 21,5-11

Entender la vida no es tarea fácil. Algunas veces vivimos sin mayor preocupación, las cosas se van sucediendo, seguimos con nuestras rutinas y parece que todo marcha siempre igual, que todo va bien. Parece que vivimos tranquilos. Pero todos sabemos que surgen cosas, ya sea en la vida personal, ya sea en la vida familiar, contratiempos, problemas, dificultades a las que tenemos que enfrentarnos y aunque nos cuesta parece que más o menos nos vamos defendiendo, en nuestra tranquilidad, al menos en la que queremos aparentar, no nos hacemos demasiados planteamientos. Pero ya comenzamos a darnos cuenta que no es fácil.

En el mundo que vivimos hemos pasado, sin embargo, por muchas cosas que algunas veces comienzan a quitarnos el sueño. No ha sido poco lo que hemos vivido con la pandemia de los últimos años, y quizá no hacemos demasiada memoria – recordamos muchas veces lo que queremos – por siempre la humanidad ha pasado por situaciones así; intentamos salir adelante como pudimos, aunque nos hace ya plantearnos muchas cosas sobre la vida misma; como en un momento determinado, por algo que nos podía parecer poca cosa, sin embargo la vida se nos complicó.

Detrás nos ha venido la guerra que, aunque algunos nos dicen que nos queda lejos de nosotros y tratamos de insensibilizarnos, sin embargo vemos que nos está afectando mucho, algunas veces cerrando los ojos a la crueldad y tragedia que en aquellos lugares se vive; pero como a nosotros nos afectan los suministros, comenzamos a llenarnos de miedo. Crisis económica que va aparejada con otras crisis sociales que está viviendo la sociedad actual.

Y comienzan a surgir las preguntas y las respuestas que nos intentan hacer llegar desde muchas partes y con una variedad grande de opiniones. Comienza en el fondo, aunque algunas veces tratamos de disimularlo a aparecer los miedos, los temores, las oscuridades que nos van envolviendo en la vida. ¿A dónde vamos? ¿En qué va a terminar todo? ¿Serán anuncios de catástrofes mayores de destrucción de nuestro mundo? Nos hablan por otro lado de cambios climáticos, hay cosas que no terminamos de entender de la mete reología, y vienen catastrofistas que nos hablan poco menos que del fin del mundo.

Y yo, como creyente, como cristiano, ¿qué tengo que decir a todo esto? ¿Qué respuestas podemos encontrar? ¿Perderemos también la paz y la esperanza? ¿Serán los anuncios apocalípticos de fin del mundo y de todas esas cosas? Y también escucharemos muchas voces, muchas opiniones tantas veces encontradas, con interpretaciones que hacemos para todos los gustos. Es difícil.

El evangelio que vamos escuchando estos días de fin del ciclo litúrgico podría ayudarnos; en ellos podemos encontrar alguna luz que ilumine y despierte nuestra esperanza.

En torno a Jesús se están manifestando diversas opiniones sobre la grandiosidad del templo, que quizás estaban contemplando desde el monte de los Olivos, porque desde allí se tenía una visión espectacular, y Jesús, como quien no quiere la cosa, les dice que todo aquello se vendrá abajo, que no quedará piedra sobre piedra de todo aquel esplendor. Y surgen las preguntas ¿Cuándo va a suceder eso? Pero Jesús nos les responde directamente, aunque todo aquel esplendor del templo y de la ciudad de Jerusalén en pocos años se vendrá abajo, sino que Jesús quiere ir más allá.

En el fondo de las preguntas que se van planteando a Jesús está en el pensar en los últimos tiempos. Jesús de alguna manera lo menciona, pero no para que nos llenemos de más temores, sino para que encontremos caminos de esperanza. Les previene ante los catastrofistas de turno, que con aires de profeta, vendrán trayendo sus confusiones. No los creáis, les viene a decir Jesús. Hay que mantener la calma, no se puede perder la esperanza. ‘Miren en no dejarse engañar por los falsos profetas, les dice, no se asusten que el miedo no les paralice’.

Solo tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios. El mal existe, está ahí, vendrá con todas sus consecuencias de sufrimiento y de muerte, pero nosotros tenemos que saber en quien nos apoyamos, quien nos da fortaleza, quien estará con nosotros para que podamos vencer el mal. Es tiempo de esperanza, de permanecer firmes frente a todo el mal que nos puede rodear y que nos quiere engullir. Tenemos que tener serenidad de espíritu para poder discernir las señales de luz que Dios pondrá en nuestro camino. No siempre es fácil, pero el Señor nos va dejando unas señales.

En medio de todo eso tenemos que descubrir señales de amor y de solidaridad que van surgiendo en nuestro entorno, tenemos que saber descubrir a quienes llevan en verdad luz en el corazón y que pueden ser nuestro apoyo en nuestro caminar; no nos dejemos confundir por luces falaces que nos puedan engañar, sino sepamos descubrir lo bueno, hay mucho bueno alrededor, hay muchas gente que busca el bien y se preocupa de los demás, hay mucha gente solidaria, que tienen que ser un estímulo para nosotros, para mantener nuestra esperanza.

Es lo que tenemos que saber discernir, para que no nos entren los agobios y las angustias y mantengamos la paz en el corazón. Descubramos esas señales de esperanza, que son señales de vida.

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

 


La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Es inútil que vayamos a pedirle algo a esa persona, porque ya sabemos cómo es, él no ayuda a nadie, es un tacaño, no piensa sino en él; si acaso parece que te escucha es para bombardearte a preguntas, a dar sus explicaciones, a querer convencerte de que te las busques o te las arregles por tu cuenta, pero no abrirá la mano.

Experiencias desagradables así nos encontramos en nuestro entorno; pero experiencias también en que nosotros somos los cerrados, los que no damos nuestro brazo a torcer, los que antes de soltar un céntimo nos hacemos millones de cálculos, porque un día lo podemos necesitar, un día a nosotros nos puede faltar, y nos buscamos mil disculpas para tratar de justificarnos ante nosotros mismos de esas actitudes, y aunque tratamos de disimularlo también, somos nosotros los egoístas y los que pensamos solo en nosotros mismos.

Es cierto que la parábola que se nos propone hoy en el evangelio tiene una finalidad concreta tal como nos lo adelanta el propio evangelista antes de narrarnos la parábola que se nos propone. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’. Pero siempre la palabra del Señor tiene una amplitud muy grande en su enseñanza para nuestra vida y podemos darnos cuenta de esas actitudes egoístas en las que envolvemos tantas veces nuestra vida.

Siempre la Palabra del Señor se convierte en un interrogante para nuestra vida, una enseñanza que no podemos desaprovechar y nos puede siempre servir para que nos hagamos nuevos planteamientos para nuestra vida y para que revisemos muchas de nuestras actitudes y de nuestra manera de actuar.

La parábola nos habla de la viuda que pedía justicia ante un juez que no la quería escuchar. La parábola quiere resaltar la perseverancia de aquella mujer que el final logrará ser escuchada, si no por compasión y amor a la justicia, al menos por quitarse aquel peso de encima. No queda bien parado el juez y no es precisamente lo que se nos quiere enseñar, aunque ahí tenemos motivos para analizar y revisar las actitudes negativas con que nosotros vamos hacia los demás.

Lo que nos resalta la parábola es la perseverancia de aquella mujer en su petición de justicia. Y ya nos sugiere el evangelista que Jesús quiere hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Una oración que no solo será pedir en nuestras necesidades aunque también tenemos que hacerlo, sino en esa búsqueda de nuestro encuentro con Dios. Nos cansamos de nuestra oración tantas veces. Y es que quizá nos acercamos a Dios con nuestro corazón lleno de desconfianza. Pero es que tendríamos que acercarnos con otra actitud, con otros deseos de búsqueda, con otro amor en nuestro corazón.  Por eso, la perseverancia es signo de amor y el amor nos abre el acceso al Padre; es el mejor canal de comunicación.

Vamos a gozarnos en el amor que Dios nos tiene. ¿No es lo que vamos buscando realmente en la vida en nuestras relaciones con los demás, en nuestra relación familiar, en la amistad con los amigos, en el encuentro con los que caminan a nuestro lado? Nos gusta sentirnos queridos, nos gusta saborear lo que es la amistad verdadera, nos gozamos en la presencia de esas personas con las que nos sentimos acogidos; vamos buscando amor. Es un gran vacío que viven muchas personas, es una soledad que les puede llevar a encerrarse en si mismos. Cómo nos gozamos cuando nos encontramos con esa persona acogedora que nos escucha, que pierde su tiempo con nosotros, que sabrá tener una palabra amable que nos levanta la vida.

Y eso, seguro que lo encontramos en Dios. Con esa certeza nos acercamos a El en búsqueda de su amor; el siempre nos acoge en nuestra pobreza y en nuestra soledad, en esos vacíos interiores que muchas veces sufrimos, y nos consuela en esas tristezas que muchas veces nos amargan el alma. ¿No nos dice Jesús que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro consuelo y nuestro descanso? La viuda de la parábola del evangelio nos está enseñando a buscar a Dios.