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sábado, 6 de diciembre de 2025

Estamos adormilados los cristianos y tenemos que despertar, tenemos que dar las señales del Reino de Dios que vivimos y tenemos que ponernos en camino para curar

 


Estamos adormilados los cristianos y tenemos que despertar, tenemos que dar las señales del Reino de Dios que vivimos y tenemos que ponernos en camino para curar

Isaías 30, 19-21. 23-26; Salmo 146; Mateo 9, 35 — 10, 1. 5a. 6-8

Todos vamos haciendo camino todos los días por las calles  y senderos del mundo que nos rodea; son nuestras salidas a nuestros trabajos o a nuestra convivencia social, la búsqueda o compra de lo que vamos necesitando, o las visitas que hacemos a aquellos que queremos y apreciamos, pero ¿qué seremos capaces de contemplar? En las redes sociales vemos la reacción de tantos porque las cosas no están como desearíamos y protestamos porque las calles están llenas de basura o porque ha habido algo por donde todos pasamos que se ha estropeado y nadie la ha arreglado, y hablamos de la pasividad de nuestra sociedad o la falta de vitalidad del pueblo donde vivimos, si los servicios que necesitamos para la vida de nuestro pueblo funcionan o no, por ejemplo. Nos preocupamos de esas cosas materiales porque deseamos que todo sea más fácil para la convivencia o para la vida sana de nuestras gentes.

Pero ¿nuestra mirada se queda ahí? ¿Contemplaremos de verdad las personas que nos rodean y tratamos de comprender la situación por la que estarían pasando? Son cosas particulares de las personas y parece que sentir preocupación por ellos no es cosa nuestra. Pero ¿sabemos cuanto sufrimiento puede haber tras esos rostros con los que  nos cruzamos cada día? Pueden ser enfermedades, soledades, angustias en sus necesidades y tantas otras cosas que se ocultan tras unos rostros que nos parezcan quizás inexpresivos pero que pueden ser un grito que despierte nuestras conciencias ¿cuáles son las expectativas de la gente y en qué cosas quizá se sienten fracasados? ¿Cuáles son sus esperanzas o el sentido que le dan a sus vidas?

Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba atravesando todos aquellos pueblos y aldeas de Galilea, se iba encontrando con la gente y en todas partes quería dejar un mensaje de esperanza, hablaba del Reino de Dios que llegaba, que estaba cerca, que habían de sentir dentro de ellos. Y Jesús iba dejando signos y señales de esa llegada del Reino curando a los enfermos y expulsando demonios.

Y dice el evangelista que Jesús sentía compasión de aquellas muchedumbres ‘porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’. Allí quiere dejar Jesús esas señales que despierten la esperanza; por eso, como nos dice, cura a los enfermos que le traen. Pero Jesús se hace una consideración en voz alta para aquellos discípulos que de cerca le siguen. ‘La mies es abundante, los obreros pocos, hay que pedirle al dueño de la mies que mande más obreros para poder atender a su mies’.

Pero no son solo deseos; es el impulso que Jesús quiere dar a sus discípulos porque ellos también han de ir a dar señales de la llegada del Reino, a hacer el anuncio del Reino de Dios. Y a ellos también les da poder y autoridad para que también vayan sanando ese mundo con el que se van a encontrar. Y habla de las ovejas descarriadas, de las ovejas perdidas que hay que ir a buscar. ¿No nos hablaría en otro momento de que El es el Buen Pastor que va a buscar a sus ovejas allá donde estén? El Reino de Dios no solo como anuncio, como Palabra, sino como vida traducida en hechos concretos tiene que llegar también a esas ovejas extraviadas, a esas ovejas que andan como perdidas sin rumbo ni sentido.

Como Jesús tenemos también nosotros que recorrer esos senderos, no para fijarnos en las cosas que están mal, sino para curar, para sanar, para llevar ese mensaje de salvación. Tenemos que abrir los ojos para darnos cuenta de esa realidad, mirar a nuestro alrededor, mirar a nuestros vecinos o a nuestros familiares, mirar esa gente con la que convivimos o con la que trabajamos, con las que nos vamos cruzando cada día en nuestro caminar ¿cuál es la señal de salud, de vida, de salvación que les podemos ofrecer? ¿Podrán llegar a descubrir en nosotros esos signos del Reino de Dios?

Estamos demasiado adormilados los cristianos, vivimos de las rentas pero las rentas se pueden acabar, no estamos curando a nuestro mundo como Jesús nos ha encomendado, no hemos terminado de ver y comprender esa muchedumbre que nos rodea y que tenemos que saber contemplar, tenemos que despertar un mundo nuevo, tenemos que volver a anunciar el evangelio como algo verdaderamente creíble que despierte la fe y la esperanza a nuestro alrededor.

viernes, 28 de noviembre de 2025

Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

 


Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

Daniel 7,2-14; Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33

Necesitamos que las palabras se hagan música, para que suenen de forma agradable a nuestros oídos y se  hagan poesía para que en cierto modo nos hagan soñar en que es posible algo nuevo y distinto y es posible encontrar la belleza. Lo necesitamos como un florecer de primavera que nos hace dejar atrás los rigores del invierno y que al tiempo se convierte en anticipo de verano de frutos  y cosechas. Nos es duro atravesar por climas duros y extremos por eso queremos rodearnos del encanto de los brotes de primavera anuncio de próximo jardín de flores que llena de paz y de serenidad nuestro espíritu.

Pero ahora yo diría que no es lo que desde fuera podamos recibir, sino lo que en verdad nosotros podemos construir, no pueden ser solo palabras que nos encanten en nuestros oídos, sino un palpitar de vida en el corazón que nos impulse a resaltar todo lo que es belleza y podemos transformar en vida. No es la actitud pasiva que se limita a disfrutar del jardín que otros puedan ofrecerle, sino que tienen que ser las semillas que nosotros vayamos plantando para hacer florecer ese jardín de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla del brotar de la higuera que nos anuncia primavera para decirnos cómo tenemos que estar atentos a esos brotes que a nuestro alrededor o en nosotros mismos puedan ir surgiendo para saber discernir lo que en verdad tenemos que hacer. Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que en esas plantas comienzan a coger forma para hacer brotar una nueva rama que un día se llene de flores anuncio de sabrosos frutos.

Jesús nos está pidiendo hoy que sepamos estar atentos a los signos de los tiempos que nos puedan anunciar ese rebrotar de la vida donde antes solo quizás veíamos la negrura y sequedad de lo que nos parecía que estaba muerto. Nos ha venido hablando Jesús en estos días de esas situaciones difíciles a las que muchas veces tenemos que enfrentar, esos frentes borrascosos que tenemos que atravesar. No podemos quedarnos paralizados por un mundo de muerte que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando faltan ilusiones y sobran ambicione, cuando parece que decae lo que llena nuestro espíritu mientras queremos suplantar con materialismo lo que nos puede faltar en la vida.

Ese mal y esa muerte no es definitiva, y bien lo proclamamos los cristianos que creemos y proclamamos a Cristo resucitado. La muerte no tuvo la última palabra porque pronto vimos como resurgió la vida en Cristo resucitado que se convierte así en el centro de nuestra vida y de nuestra esperanza. Es nuestra fe y es nuestra esperanza, es nuestra tarea y es nuestro compromiso.

Estemos, pues, atentos a tantas señales de vida que podemos contemplar a nuestro alrededor. No todo es materialismo sino que también encontramos personas inquietas y en camino de búsqueda de algo distinto y mejor; esa búsqueda y defensa de la dignidad de las personas, por ejemplo, que vemos como una corriente a nuestro alrededor, algunas veces marcadas es cierto por ciertas ideologías, sin embargo sepamos discernir y ver que en el fondo hay buenas semillas que tienen que ser para nosotros un aliciente para seguir queriendo construir ese mundo mejor que llamamos reino de Dios. Así podríamos encontrar mucha gente generosa que trabaja por los demás, que busca el bien y quiere una mayor autenticidad en la vida.

¿Por qué no sabemos leer ahí las señales que Dios está poniendo en nuestro camino de que es posible hoy también ese mundo mejor, que nosotros llamamos el Reino de Dios? Desarrollemos esas inquietudes que también tenemos en nuestro interior, hagamos en verdad hacer florecer una nueva primavera. Es posible. Hay señales, hay brotes que tenemos que cuidar y cultivar, que tenemos que saber aprovechar. Llenemos de música con sonido de primavera nuestra vida y podremos estar entrando en un mundo de nueva armonía, un mundo en el que finalmente brille la paz.

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

 


Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3, 12 — 4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36

Tenemos que cuidar la memoria. Qué desencanto cuando en un momento teníamos que recordar algo importante, que no solo lo era para nosotros sino también para alguien a quien apreciábamos muchos y tenemos que reconocer, lo olvidé. Un aniversario, un cumpleaños, un acontecimiento, algo importante que nos ha sucedido… vamos guardando muchas cosas en la memoria; es nuestra historia, es lo que hemos vivido, son momentos que han sido transcendentales para nosotros, ha formado parte de nuestra vida, y aunque quizás en momentos han sido cosas duras, fue cimiento quizás de lo que ahora somos, de ello mucho aprendimos y seguiremos aprendiendo. En muchos aspectos de la vida, aunque algunos no quieran recordar. Pero pienso que tenemos que cuidar la memoria. Es alimento de la fe de nuestra vida.

Los cristianos hacemos crecer nuestra fe precisamente haciendo memoria; haciendo memoria de lo que ha sido el amor de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, en toda la historia. ¿No la llamamos historia de la salvación? Aquellos grandes acontecimientos donde Dios se manifestó, se hizo presente, se encarnó y se dio por nosotros. Es por otra parte lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor en su muerte y resurrección. Así lo decimos y así lo confesamos. ¿Qué otra cosa es el Credo de nuestra fe que recitamos?

Estamos comenzando un tiempo litúrgico que nos lleva a hacer memoria y celebrar, pero que no se encierra en un hecho pasado, sino que nos lleva a vivir el presente con renovada intensidad pero nos abre a la esperanza de una plenitud que todos deseamos y esperamos. Este tiempo que estamos comenzando a vivir lo llamamos adviento, con la connotación de venida y de espera que tiene esa palabra. Llamamos al Adviento tiempo de esperanza, como habremos escuchado tantas veces.

Viene la Navidad, donde haremos memoria del nacimiento de Jesús, haremos memoria y como es algo muy gozoso para nosotros y para toda la humanidad es algo que celebraremos y queremos hacerlo de la mejor manera posible. Será vivir la presencia del Emmanuel, del Dios que quiere estar con nosotros, del Dios que sigue viniendo a nuestra vida en el ahora y en el hoy de nuestra existencia. También andamos en oscuridades como contemplamos que era la historia en la noche de la humanidad y para nosotros hoy también quiere brillar una luz.

Sí, en este hoy que vivimos con sus luces y con sus sombras, tan lleno de sufrimientos, de guerras y de enfrentamientos de todo tipo – no es necesario que hagamos un listado porque todos somos conscientes de lo que hoy, finales de 2024 y en las vísperas de un año que va a comenzar,  está sucediendo en nuestro mundo. Y aquí y ahora viene Dios a nosotros. ¿Estaremos tan adormilados que no vamos a ser conscientes de esa presencia de Dios con nosotros?

Como expresamos en los deseos y peticiones de nuestras oraciones queremos vernos liberados de ese mal, queremos reencontrarnos de nuevo con la paz en nuestras vidas, en nuestros pueblos, en nuestro mundo, en nuestros corazones - ¿de verdad no es un deseo de nuestro corazón? -, mientras queremos seguir haciendo nuestro camino, un camino de una vida mejor, un camino de justicia, un camino en que nos quitemos esas caretas de la vanidad y de tantas ambiciones que malean nuestro espíritu, un camino en que vayamos encontrando esa armonía de la fraternidad, un camino en que tengamos una vida plena, como decimos, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

Es el otro sentido profundo del Adviento y de lo que tiene que ser una navidad vivida en profundidad. Es para lo que en verdad tenemos que prepararnos, ahora en estos días que estamos preparando tantas cosas y parece que nos olvidamos de lo principal en lo que tiene que ser la celebración de la navidad. Hagamos memoria, sí, que nos ayude a despertar, a estar atentos para no dejar pasar el momento y las cosas que verdaderamente son principales.  

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos da unas claves en las palabras del evangelio. ‘Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo…’ No podemos permanecer aturdidos ni somnolientos. Bueno es, pues, hacer memoria, no olvidar, tener presente, que no se nos pase, que no andemos distraídos en otras cosas. Que se reanime nuestra fe, que saquemos a flote nuestra esperanza porque tenemos la confianza y la certeza de que algo nuevo va a comenzar. No nos podemos dejar confundir por tantos cantos de sirena que suenan a nuestro alrededor llamándonos por acá y por allá, diciéndonos lo que tiene que ser la navidad o de lo que verdaderamente nos va hacer felices, pero que al final nos dejará un vacío y aburrimiento en el alma tan difícil de corregir. Rumiemos pacientemente estas claves que nos da Jesús.

Con esa atención vamos comenzar este camino de adviento y cada signo que vayamos poniendo, cada gesto que vayamos realizando tenga el más hondo sentido y se pueda convertir en un grito de esperanza para el mundo que nos rodea y que tanto lo necesita. ‘Se acerca vuestra liberación… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

 


Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

En la lectura de la historia y de la vida que todos de alguna manera nos hacemos surge la cuestión de si otros tiempos fueron mejores o peores, si acaso nosotros estamos viviendo los peores momentos de la historia o acaso nuestros tiempos son los mejores gracias al desarrollo que hemos alcanzado y el estilo de bienestar que hoy podemos vivir, aunque cuando contemplamos la cruda realidad de nuestro mundo pareciera que si todo eso del bienestar se nos queda en agua de borrajas.

No soy un experto para dictaminar si fueron o son peores o mejores los antiguos o los de nuestra época, pero siempre nos vamos a encontrar cosas que hacen sufrir a la humanidad, la naturaleza no sé si de manera cíclica o no pero se nos muestra violenta y destructora, como ahora hemos vivido en la cercanía de nuestra tierra, pero todos recordamos avalanchas y destrucción, volcanes y terremotos, devastación y muerte a lo largo de la historia que, vamos a decirlo así, nos ponen la carne de gallina, porque nos llenan de sufrimiento y de dolor.

Pero ¿nos resignamos ante lo irremediable? ¿O acaso nos llenamos de insensibilidad cuando no nos sucede a nosotros directamente? ¿Nos hará plantearnos quizás un sentido de la vida o una nueva manera de hacer las cosas o enfrentarnos a esas realidades? Claro que no nos quedamos en esos daños materiales, en esos sufrimientos y dolor diríamos solamente desde lo material. Descubrimos o nos damos cuenta que en la vida hay otros muchos sufrimientos que nos provocamos los unos a los otros cuando quizás vivimos un sentido egoísta de la vida, nos dejamos arrastrar por nuestros orgullos y pasiones, o algunas veces queremos convertirnos en dioses del mundo para que todos nos adoren.

No nos es fácil la vida porque muchas veces no son fáciles nuestras relaciones con los demás porque nos puede faltar madurez y entereza para afrontar la vida y sus problemas, para suavizar esas aristas que muchas veces todos llevamos con los que al rozar los unos con los otros en nuestros mutuos y necesarios encuentros nos podemos hacer daño. No siempre quizás estamos dispuestos a limar esas asperezas y nos vamos haciendo daño los unos a los otros. Algo nuevo y distinto tendríamos que hacer, tendríamos que plantearnos.

¿Se estarán refiriendo a esas turbulencias los anuncios que nos hace hoy Jesús en el evangelio? Es cierto que escuchamos un lenguaje apocalíptico, y parece como si nos hablara del fin del mundo, del fin de los tiempos. Muchos se han quedado en la interpretación de estos evangelios que escuchamos sobre todo en estos días del final del año litúrgico en este sentido. Es cierto también que es algo que está podríamos decir en el sentir de muchos de nuestra sociedad hoy como también ha sido en otros tiempos.

Los que tenemos unos años podemos recordar cuantas veces en los últimos tiempos se ha hablado de la proximidad del fin del mundo. Estos días pasados leía el anuncio que se hacía de que se podía datar ya la fecha o algo así del fin del mundo que hoy conocemos, aunque la verdad no me entretuve mucho en leer con detalle lo que se decía. De algunas maneras todos pensamos, aunque lo tratemos de disimular, en un final de la vida o de la historia. Pero ¿esto ha de ser motivo de angustias y de agobios?

Jesús con sus palabras en el evangelio, que no valen para todos los tiempos, son buena noticia de Dios en todos los tiempos, trata de hacer que vivamos en paz y en serenidad. ¿Por qué no seguir viviendo con responsabilidad el tiempo presente que de alguna manera estar construyendo un futuro mejor?

Jesús nos propone unas imágenes muy bonitas y que pueden ser bien significativas. Habla de los brotes de las yemas de la higuera, que nos anuncian primavera y nos anuncian un verano de frutos que se acerca. ¿Por qué, pues, en todo eso que sucede, en todo eso que es nuestra vida, con sus luces y con sus sombras, no vemos surgir esas yemas o esos brotes que nos anuncian un tiempo mejor? ¿No podríamos descubrir en medio de todas esas oscuridades pequeñas luces que van brotando porque van surgiendo corazones generosos y solidarios, porque nos hacen preguntarnos y plantearnos qué es lo que podemos hacer mejor para que nuestro mundo sea mejor?

Tenemos que saber descubrir y ver el esfuerzo de tantos que siguen luchando con responsabilidad y constancia a pesar de las dificultades, vemos el trabajo que se intenta realizar por una mejor educación de nuestra sociedad, constatamos el sacrificio de tantos que trabajan desinteresadamente por hacer que los que están a su lado tengan una vida más digna, el espíritu fuerte de tantos que se levantan de en medio del barro en que los ha envuelto la vida para recomenzar de nuevo con ilusión y con esperanza.

Si abrimos los ojos, dejándonos iluminar por la fe y la esperanza podemos ver muchas cosas bellas, no solo las negruras del sufrimiento o de los horrores que puedan ir surgiendo. Hay muchas luces en nuestro mundo que nos dan esperanza.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

 


Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

1 Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Tal como vamos por la vida muchas veces damos la impresión en que cada uno se preocupa de sus cosas, de lo que tiene en la mente, de lo que tiene que hacer, o simplemente de sus sueños o de sus recuerdos; vamos como insensibles, sin fijarnos en nada y nada vemos, sin preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor y no nos enteramos de nada, obsesionados por nuestras ideas o algunas veces nuestras manías y sin capaz de abrir los ojos, no solo de la cara, sino también de la mente para ver más allá. ¿Tiene sentido que caminemos así por la vida? ¿Creemos que con eso al final seremos más felices? Algunos dirán que sí, porque no quieren preocuparse de nada que salga de sus cosas y no quieren implicarse en el sufrimiento de los demás.

Es bien significativo lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús entró en la sinagoga un sábado, nadie se fijó en lo que había a su alrededor; por allá andaban los que se creían los dirigentes, solo obsesionados por lo que Jesús pudiera hacer, porque ya se le hacían sospechosas muchas de las cosas que Jesús hacía o decía. En medio de aquella pequeña asamblea había un hombre con sus sufrimientos, tenía una mano paralizada con todo lo que eso podía significar para su vida, para su trabajo, para su familia, para su subsistencia. Pero cada uno iba a lo suyo; a lo más la gente de buena voluntad iba a hacer sus oraciones o a escuchar la lectura de la ley y los profetas que era lo que ritualmente se hacía en aquellas asambleas de los sábados.

Y es Jesús el que se fija en aquel hombre con todos sus sufrimientos, por el que nadie hacía nada. Y Jesús lo llama y le pide que se ponga en pie en medio de la asamblea. Aquí estaba la ocasión para aquellos que estaban acechando a Jesús a ver lo que hacía un sábado y se ponía a curar saltándose el descanso sabático. Pero allí está la pregunta de Jesús que interroga y que interroga por dentro. Está el sufrimiento de aquel hombre ¿y no se le podía curar? ¿Qué sería lo más importante? ¿Dejarlo en su sufrimiento y en sus limitaciones con todas las consecuencias que aquello podía tener para él y para los suyos o hacer que aquel hombre tuviera una vida distinta y llena de dignidad?

Jesús, como escuchamos en el evangelio, al no tener ninguna respuesta de todos aquellos que estaban allí en la sinagoga - ¿se quedarían mudos? – le pidió al hombre que extendiera su mano. El hombre obedeció a Jesús y quedó curado. Algo tan sencillo, pero donde estaba por medio la fe. Los que se quedaron ciegos pero de rabia fueron todos aquellos que estaban al acecho de lo que hiciera Jesús, pero que no supieron dar respuesta a la pregunta de Jesús.

¿Nos estará pidiendo este evangelio que sepamos abrir los ojos ante el mundo que nos rodea? Vamos demasiado con los ojos cerrados porque no queremos ver, porque sabemos que si vemos y conocemos la realidad necesariamente tenemos que implicarnos aunque eso signifique también complicarnos. Pero no nos queremos complicar; nos pensamos que si comenzamos a implicarnos en algo bueno y en algo distinto ya luego no podremos parar, no podremos detenernos y cada día la vida se nos complicaría más. ¿Qué necesidad tenemos de eso?, nos pensamos.

Pero es que ese no puede ser el camino de los que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Ya lo hemos reflexionado muchas veces y es que Jesús nos está siempre poniendo en camino, en camino y con los ojos abiertos, en camino y con unas posibilidades en nuestras manos que si las utilizáramos veríamos cómo hacemos maravillas. ¿No podemos decir también al que vemos a la orilla del camino que se levante y se ponga en medio, que levante su mano y que levante su vida, que recobre su dignidad y que sepa sentirse bien?

Nos dice Jesús que vayamos curando, que vayamos dando vida, que vayamos levantando la moral de los que se encuentran decaídos a nuestro lado, que vayamos tendiendo nuestras manos para levantar a tantos que siguen postrados en sus camillas de desolación, de desánimo, de aburrimiento de la vida, que vayamos llenando de luz los ojos de los que nos rodean para que reaparezcan las esperanzas… cuántas cosas podemos hacer, a cuantos podemos llenar de vida.

Es el verdadero anuncio que tenemos que hacer de Jesús y de nuestra fe en El. Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos.

viernes, 2 de agosto de 2024

Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

 


Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

‘¿De donde saca todo eso?’, lo habremos dicho también. Nos sentimos sorprendidos porque no pensábamos que aquella persona pudiera tener aquellos razonamientos. Quizás incluso le dimos la mano, como se suele decir, en sus comienzos animándolo a hacer cosas distintas, a emprender algo que parecían ser sus sueños, a que intentara al menos hacer algo aunque le pareciera que le salía mal, dándole confianza para que creyera en si mismo. Pero ahora nos sentimos sorprendidos, sus apuntes de reflexiones tienen una profundidad que no pensábamos que esa persona pudiera lograr.

Y claro por nuestra parte caben también varias reacciones, porque incluso nos encontramos divididos en nosotros mismos; y aunque le dimos el impulso, vemos que está llegando a donde no imaginábamos, y hasta se nos pueden meter unos celos ahí dentro de nosotros, porque esa persona logras cosas que no pensábamos que fuera capaz; ¿tendremos miedo que nos haga sombra? Cosas así se nos pueden meter en la cabeza y hay el peligro que nuestras reacciones no sean tan positivas; somos humanos.

Me hago esta reflexión partiendo de cosas que realmente así nos pueden suceder en la vida y contemplando la reacción de las gentes de Nazaret ante la presencia de Jesús en su sinagoga. Es cierto, lo habían visto de niño y de joven entre ellos. ¿Destacaría en aquel Jesús, el hijo del carpintero? No vamos a dejarnos llevar por las imaginaciones que nos encontramos en los evangelios apócrifos que tan poco valor histórico y teológico nos presentan, pero es cierto por otra parte que algo podrían haber descubierto en aquel niño, en aquel joven sus convecinos de Nazaret. Sin embargo era solamente el hijo de María, el joven carpintero de Nazaret.

Ahora les habrán llegado noticias de las andanzas de Jesús, por Cafarnaún, por los alrededores de Tiberíades, por los pueblos y aldeas de Galilea, que sabían que iba anunciando la llegada del Reino nuevo de Dios y su predicación iba acompañada de signos y milagros. ¿Qué esperan que haga en Nazaret? ¿Tendría que hacer algo especial allí, pues en fin de cuentas era su pueblo y por allí andaban sus parientes?

Admiración sienten, porque se preguntan que de donde ha sacado todo eso, pero sus dudas tienen por dentro que llena sus corazones de desconfianza. No terminaban de creérselo. ¿Qué era eso que Jesús anunciaba que por lo que podían intuir les tendría que hacer salir de sus rutinas y de su modorra? Es que Jesús hablaba de cambio, de conversión, mientras ellos estaban bien como estaban. Si aquel profeta no producía la revolución que ellos esperaban para verse liberados del yugo opresor de los romanos, nada les hacía que creyeran en El. Por eso marcan sus distancias, recordando que ellos sabían bien quien era, porque era solo el pobre hijo del pobre carpintero, que a nada de lo que eran sus aspiraciones había llegado. Sus caminos parecían divergentes.

¿Andaremos también por caminos de ese calibre donde en cierto modo mantenemos también nuestras distancias de la Palabra que escuchamos en el evangelio? ¿No querremos nosotros también permanecer en nuestras modorras, en nuestras rutinas, en nuestras viejas costumbres que parece que con ellas tan bien nos iba?

Cuando nos llega la Palabra que nos hace despertar porque la sentimos como un grito en el alma, también tratamos de calmar nuestros ánimos, porque nos decimos que no es para tanto, que tenemos que hacer nuestras interpretaciones, que tenemos que conjugar la novedad que ahora escuchamos con lo que hemos hecho siempre. Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo delante de nosotros.

Nos cuesta arrancarnos, despertarnos, salir de lo mismo que siempre hacemos; parece que se acaban las iniciativas, que no terminamos de ver la novedad del evangelio, que nos encontramos en la disyuntiva del camino que hemos de tomar.

lunes, 11 de marzo de 2024

Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

 


Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

Muchas veces en la vida nos sentimos como paralizados ante la inmensidad de problemas que nos envuelven. Y no es para menos. Quienes sentimos inquietud por la marcha de nuestra sociedad no terminamos de apreciar que se van encontrando soluciones de verdad a los problemas que se van generando en el día a día de nuestro mundo. 

Nos duele la falta de paz, nos duele lo difícil que se hace muchas veces la convivencia, nos duele que no seamos capaces de entender y que quizás los que tienen que darnos ejemplo e incluso ir como guías delante de nosotros en la búsqueda de una sociedad más justa lo que hacen muchas veces es embrollar los problemas con tantas corruptelas, con tanta actuación desde unos intereses muy particulares y realmente no estemos haciendo todo lo que podamos por tener un mundo mejor, una sociedad más justa.

Nos sentimos agobiados, por otra parte, en nuestros problemas personales, porque nos cuesta crecer, ser mejores, superar muchas cosas que hay en nuestra vida y que realmente son tropiezos para nuestra maduración y crecimiento personal; y no sabemos como salir. Nos duele la pobreza, nos duele tanto sufrimiento que vemos en nuestro entorno, nos duele la falta de paz. ¿Qué hacemos? ¿Podremos tener un día un mundo mejor? ¿Hay posibilidades de un cambio de verdad en la vida, en la sociedad?

Hoy hemos escuchado un texto precioso del profeta. Unas palabras que venían a llenar de ilusión y de esperanza a un pueblo que estaba lleno de sufrimientos. Como todo profeta emplea muchas imágenes pero que son muy enriquecedoras. Un día aquellos campos resecos van a producir alimentos; un día no se va a llorar por la muerte de los niños; un día comenzará a renacer la ilusión y la esperanza del pueblo porque comprenderán que todo puede cambiar. Son hermosas las palabras del profeta y convendría releerlas mirando la situación que vivimos y que nace la esperanza en nosotros de que todo puede cambiar. ¿Cómo?

El texto del evangelio nos ayuda. Jesús ha vuelto a Galilea y anda por Caná; un hombre, un funcionario real se encuentra con un gran problema, la enfermedad de muerte de un hijo. ¿Cómo se siente un padre cuando se encuentra con una situación así y sin esperanza de solución? ¿Podremos estar viendo ahí retratada nuestra vida, la situación de nuestro mundo de la que hablábamos antes? Es así como tenemos que leer el evangelio. Su tabla de salvación está en Jesús de quien ha oído hablar que cura a los enfermos; a El acude. ‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’, es la petición insistente de aquel hombre. Y Jesús le dice que vuelva a su casa que su hijo está curado. Lo comprobará con los criados que le salen al encuentro con la noticia y creyó aquel hombre y toda su familia, nos dice el evangelista.

Y nosotros ¿a quien acudimos? ¿Podremos encontrar en Jesús la esperanza de esa nueva vida, de ese mundo mejor? Es la Buena Nueva que precisamente nos está anunciando Jesús. Tenemos que creer, y para eso darle la vuelta a nuestra vida, y el Reino de Dios se hará presente en nosotros.

Pero creer es algo más que una palabra. Hay que ponerse en camino, hay que levantarse de nuestros agobios, hay que ir en búsqueda de la luz y no querer permanecer siempre en las tinieblas, hay que darse cuenta de que hay que dar pasos para esa conversión del corazón, de comenzar a poner actitudes nuevas en nuestra vida, de tener una mirada distinta, de creer en el cambio y comenzar a realizarlo aunque sea a partir de pequeñas cosas, hay que despertar la ilusión y la esperanza porque mientras sigan dormidas no comenzaremos a dar pasos, hay que bajarnos de los pedestales de nuestro orgullo, de nuestra autocomplacencia, de nuestra autosuficiencia en los que nos hemos subido.

Hay que comenzar a confiar. Podemos tener un mundo nuevo. Podemos hacer que las cosas cambien. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús, por su Palabra. ¿Qué es lo que realmente queremos ir haciendo ahora en este camino de Cuaresma? No son solo unos días que van pasando inexorablemente en el calendario, sino un tiempo en que cada día hemos de dar un paso, hacer algo nuevo, despertar nuestra fe, escuchar a Jesús.

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

viernes, 17 de noviembre de 2023

La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

 


La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Algunas veces nos acostumbramos a las cosas, que si bien en un principio nos producen una gran impresión, parece que con la repetición de noticias semejantes vamos perdiendo la sensibilidad y ya aunque las oigamos repetidamente ya no las escuchamos, no le prestamos atención.

¿Nos habremos acostumbrado a oír noticias de guerra? Parece que a eso no nos acostumbraríamos, pero ¿quien le da ahora la misma importancia a la guerra de Ucrania cuando llevamos tantos meses oyendo hablar de lo mismo?  Los sufrimientos humanos ahí están, continúa la destrucción de una nación, y parece que ya no le damos tanta importancia. Están los acontecimientos de la franja de Gaza, y parece que unas noticias solapan las otras noticias y ya no sabemos a qué darle más importancia, y al final casi terminamos olvidándolo.

Y podemos pensar en terremotos que con su destrucción se llevan tantas vidas por delante, en volcanes que destruyen lugares y ponen en peligro la vida de personas, en huracanes o ciclones que todo lo arrasan dejando tras de sí muerte y desolación. Pero todos los años oímos hablar de esos huracanes, y ahora hasta nos hacen gracia los nombres que le ponen. ¿Habremos perdido la sensibilidad? ¿Nos estamos acostumbrando a todas esas noticias?

Y todos esos acontecimientos vienen de la noche a la mañana, como se suele decir, en el momento que menos lo esperamos, y aunque haya señales que nos puedan delatar lo que puede suceder, parece que eso no va a pasar y no les prestamos atención. ¿La desolación está en todas esas cosas que suceden y de la manera cómo suceden, o la desolación estará en nuestros corazones? Habría que pararse a pensar. ¿Y todas esas cosas que suceden así de manera imprevista no pudieran ser llamadas para alguna respuesta que tuviéramos que dar nosotros? ¿Habrá algún mensaje que pudiéramos leer en todo eso?

Jesús nos habla en alguna ocasión en el evangelio que hemos de saber leer los signos de los tiempos. Y de esto nos está hablando hoy en el evangelio cuando nos da unas señales de algo que puede suceder y de lo que hacemos en principio una lectura en cierto modo escatológica, pensando en los tiempos finales. Unos tiempos finales que sabemos que vendrán, no sabemos cómo ni cuando, pero que hemos de saber discernir bien para nuestra vida.

En el momento presente también tenemos momentos inesperados, y no pensamos ya solamente en esas catástrofes de la naturales, como hemos venido describiendo, no pensamos solamente en ese accidente inesperado quizás en la carretera o algo semejante y que también nos puede dejar tras de si muerte y desolación, pero podemos pensar en las cosas de cada día en que nos vamos encontrando también con cosas inesperadas, porque cada uno tiene su manera de actuar y no sabemos como va a reaccionar el otro, por ejemplo, o porque la vida nos va ofreciendo sorpresas en las que tenemos que saber reaccionar, o en el camino de la historia que entre todos vamos construyendo las cosas no se suceden como a nosotros nos gustaría y tenemos que afrontar nuevas situaciones y problemas que también nos pueden llenar de intranquilidad y turbación, como sucede con la vida político, por ejemplo.

¿Y cual tiene que ser nuestra forma de reaccionar? ¿Dejarnos arrastrar por la angustia y la desesperación porque lo vemos todo perdido? ¿No habrá ningún rayo de esperanza, ningún resquicio de luz que nos dé fuerzas y ánimos para mantener nuestra lucha por algo mejor? Jesús en el evangelio nos está diciendo que tenemos que estar atentos, que tenemos que estar preparados, que no podemos perder la paz en el corazón, que tenemos que aprovechar cualquier detalle que ponga esperanza, para mantenernos firmes, para seguir con nuestra responsabilidad, para afrontar los problema con valentía, para seguir sembrando nuestra semilla de vida poniendo todo nuestro amor. Ni nos podemos acostumbrar ni podemos cruzarnos de brazos.

La esperanza es una virtud fundamental para el cristiano. Tenemos que saberla avivar y cultivar en nuestro corazón. Es la fuerza también que nos hace trascender nuestra vida. Es lo que nos mantiene firmes en el camino por muy fuertes que sean los temporales. Y bien lo necesitamos en estos tiempos.

jueves, 19 de octubre de 2023

Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo, hacen falta profetas

 


Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo, hacen falta profetas

 Romanos 3,21-30ª; Sal 129; Lucas 11,47-54

Parece que no hay un día en que no nos despertemos con alguna noticia desagradable; son tantas las cosas que se van sucediendo por una parte y otra que tenemos incluso el peligro de acostumbrarnos. De algunas guerras parece que ya no nos acordamos, cuando se han sucedido detrás otras calamidades de todo tipo; vuelven a sonar los tambores de la guerra y aunque decimos que estamos sensibilizados todo se nos va en echarnos en cara unos a otros que si unos son los malos, que si los otros unos pobrecitos, según sean las tendencias o simpatías que sintamos por unos y por otros y parece que no queremos hacer en serio mención a los sufrimientos que tantos están padeciendo, sean del lado que sean; nos despertamos con accidentes, con desapariciones, con muertes inexplicables, con violencias de todo tipo. Tenemos miedo de anestesiarnos frente a todas esas calamidades, pero nosotros seguimos nuestra vida, ¿y qué es lo que hacemos? Algunas veces apagamos la televisión para no oír noticias y no enterarnos.

La vida sigue su curso, nos desentendemos y qué cada uno se lo resuelva como pueda. Y cuando oímos alguna voz que se levanta también queremos cerrar nuestros oídos y nos disculpamos diciendo que son los profetas de calamidades de siempre. ¿Podemos, sin embargo, dormir tranquilos? ¿Nos seguiremos dejando manipular por los interesados de siempre? ¿Es posible que nosotros no lancemos también nuestro grito para despertarnos nosotros mismos y para despertar a muchos a nuestro lado? ¿Seguiremos buscando justificaciones? La verdad que algunas veces no sabemos ni qué hacer.

Cuando hoy escuchamos el evangelio quizás nos puedan parecer bien aquellas palabras duras de Jesús para las gentes de su tiempo, diciéndoles de alguna manera que con sus actitudes y sus posturas ellos están siendo responsables también de lo que sus antepasados habían hecho con los profetas. Y lo pensamos y lo justificamos porque decimos que en aquel momento ellos están haciendo lo mismo con el rechazo que están haciendo de Jesús. Les echa en cara, por ejemplo a ‘los maestros de la ley, porque os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido’.

Pero, ¿y no es lo mismo que está sucediendo en nuestro tiempo, lo mismo que nosotros también estamos haciendo? Tendríamos en verdad que sentir que esas palabras de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio también van por nosotros, también van por los hombres de nuestro tiempo.

‘Por eso dijo la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirán; y así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os digo: se le pedirá cuenta a esta generación’. Lo dijo entonces Jesús para la gente de su tiempo, pero nos lo está diciendo hoy también a nosotros.

Sepamos escuchar lo que Jesús nos dice. Sintamos también esa palabra profética que se pronuncia sobre nosotros. Despertemos de ese letargo y no dejemos que nuestro se nos destruya. Lo estamos destruyendo de mil maneras. ¿Dónde está nuestra conciencia de cristianos? ¿No tendremos que sentirnos todos responsables de nuestro mundo y hacer que las cosas cambien?

Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo. Hacen falta profetas.

viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


domingo, 27 de noviembre de 2022

Esperanza, vigilancia, compromiso en la espera, apertura del corazón, presencia de Dios que viene a nuestra vida, es Adviento

 


Esperanza, vigilancia, compromiso en la espera, apertura del corazón, presencia de Dios que viene a nuestra vida, es Adviento

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

¿Qué esperamos? Lo más fácil y pronto de decir es que las cosas nos salgan bien. Estamos en un camino de luchas y de esfuerzos, trabajamos para conseguir lo necesario para nuestro sustento, emprendemos tareas y empresas con lo que queremos mejorar en la vida, esperamos conseguir un fruto a todo ese esfuerzo, a todo ese trabajo. Esperamos que la sociedad sea mejor, o esperamos que podamos vivir en paz, nos sentimos insatisfechos en esa espiral de violencia en la que vivimos en la que por alguna parte algunas veces nosotros estamos contribuyendo también, o tenemos verdaderos deseos de paz y con nuestras actitudes, con nuestra manera de hacer las cosas, queremos poner nuestro granito de arena para que el mundo sea mejor.

Esperamos… hay quien espera que sin esfuerzo pueda conseguir algo, que le toque la lotería y no es solo que un día nos caiga un premio cuantioso con el que pensamos que resolveríamos todos nuestros problemas, sino que esa ruleta de la suerte, tal como vemos algunas veces la vida, se ponga de nuestra parte.

Esperamos, pero ¿tenemos esperanza? Parece que pudiera ser lo mismo, pero cuando hablamos de esperanza es algo más que conseguir algo por lo que luchamos con nuestros esfuerzos. La esperanza tampoco es simplemente que nos toque la suerte, como antes decíamos, sino que sentimos que en esas esperas de la vida, esas y muchas más que pudiera haber en lo hondo del corazón hay algo que en todo eso nos supera, algo que nos hace trascender nuestra vida y sentimos que esa esperanza tiene un colorido y un sentido sobrenatural. Es un anhelo mucho más profundo que podemos sentir en el corazón con el deseo, sí, de un mundo nuevo, de algo bien distinto, de algo que nos viene de Dios. Por algo el catecismo nos decía que la esperanza era una virtud teologal.

Cuando hablamos de esperanza vamos más allá de esperar que sucedan cosas nuevas; no son cosas, es una inspiración y una fuerza que nos viene de Dios lo que hará posible porque seamos nosotros los primeros que cambiemos, poniendo otras actitudes y otras expectativas en nuestros corazones que nos conduzcan a esa plenitud que tanto ansiamos y que nos viene de Dios.

Por eso hablamos tantas veces que la esperanza no es una actitud pasiva, sino una actitud comprometida que tiene que haber en nuestra vida. No nos cruzamos de brazos esperando que todo nos lo den regalado, aunque bien sabemos que es un don de Dios que en verdad será quien transforme nuestros corazones. Pero hemos de querer, hemos de ponernos en camino, hemos de abrirnos a esa transformación de gracia que se realice en nosotros. Partimos de todos esos buenos deseos que tenemos en el corazón, pero nos dejamos alimentar de Dios que es quien nos conducirá a la verdadera plenitud.

Hoy estamos los cristianos iniciando un tiempo muy especial. Es el Adviento. Es el tiempo de la esperanza. Es el tiempo en que queremos abrir de manera especial nuestro corazón a Dios que viene a nuestra vida. Cuando recordamos y vamos a celebrar aquel momento histórico en que Dios se hizo  hombre en Jesús, a quien veremos nacer niño en Belén, no nos quedamos en el recuerdo y la conmemoración, sino que vamos a sentir y a experimentar como Dios sigue viniendo a nuestra vida y a nuestro mundo para ofrecernos esa salvación, mientras esperamos la gloriosa venida prometida para el final de los tiempos. Es la complejidad que tiene este tiempo del Adviento y las celebraciones que vamos a vivir y que tan necesario es preparar bien, para no quedarnos en lo superficial.

Sí, esperamos al Señor que viene y quiere hacerse presente cada día en nuestra vida; el Señor que viene y transformará nuestros corazones. Es lo que tenemos que estar dispuestos a vivir. He ahí el verdadero sentido de esperanza que tenemos que despertar en nosotros. Todo eso más hermoso que deseamos en nuestro corazón, y que forma parte también de nuestras esperas de cada día, tenemos la esperanza que sintiendo la presencia de Dios en nuestra vida se haga realidad. Pero hemos de estar vigilantes, una actitud que tiene que estar muy presente junto a nuestra esperanza.

Solo el que está vigilante podrá estar preparado para estar en el momento de la llegada; no podemos andar despistados. Las doncellas que se despistaron y no tuvieron suficiente aceite para sus lámparas no pudieron salir al encuentro del esposo que llegaba para la boda y se tuvieron que quedar fuera. ‘Es hora de espabilarse…’ nos dice hoy el apóstol san Pablo. ‘Estad en vela porque no sabéis el día ni la hora en que vendrá vuestro Señor’, nos recuerda Jesús en el evangelio.

Vamos a gritar muchas veces de muchas manera y en muchas ocasiones a lo largo de este Adviento que vamos a comenzar ‘Ven, Señor Jesús’; cada vez que recemos el padrenuestro, vamos a repetir ‘venga a nosotros tu reino’; y cuando estemos celebrando la Eucaristía lo hacemos con la actitud del caminante que lo hace con alegría y con ilusión ‘mientras espera la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.

Pero no son solo palabras que decimos y repetimos, son las actitudes vigilantes que tenemos en nuestra vida, son los compromisos que ya estamos haciendo para que sea posible ese Reino de Dios, son las espadas y las lanzas de nuestras violencias de las que estaremos forjando arados y podaderas, porque con lo que es nuestra vida, muchas veces pobre y mezquina, sin embargo queremos ser instrumentos de paz, mensajeros de amor, constructores de un mundo nuevo.

Cuando vayas logrando un poco más de serenidad en tu corazón, cuando vayas poniendo semillas de paz y de amor entre los que te rodean, cuando vayamos creando verdaderos lazos de fraternidad para que no nos enfrentemos sino que seamos capaces de caminar y de construir juntos, estamos haciendo presente el Señor en nuestro mundo, estaremos haciendo realidad ese Reino de Dios. Es la esperanza que ha reverdecido en el corazón y nos impulsa de verdad a una vida nueva y a un mundo mejor.