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domingo, 16 de noviembre de 2025

Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

 


Ante tanto catastrofismo que nos rodea no podemos responder ni con resignación ni con pasividad, hay una esperanza que nos anima, una luz que ilumina el camino

Malaquías 3, 19-20ª; Salmo 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

Esto ha sucedido en todos los tiempos, darle un sentido catastrófico y apocalíptico a lo que sucede, sobre todo cuando sentimos que las cosas marchan mal, vemos el revoltijo en que se ha convertido nuestra sociedad, e incluso las inclemencias de la naturaleza parece que se desbordan sobre nosotros; nos están hablando ahora continuamente del cambio climático y parece como si nos anunciaran el fin del mundo; a río revuelto todos quieren dar soluciones pero todos también nos presentan cuadros dramáticos como si nada tuviera ya solución. Y realmente escuchando uno tantas cosas al final se nos pueden sembrar una inquietud en nuestro interior que puede desembocar en angustia y hasta desesperación. Cada ciclo de la historia va acompañado por estas lecturas catastrofistas de la vida y de la propia historia y también hemos reconocer que aparecen salvadores por doquier.

Es el primer pensamiento que me surge hoy escuchando las lecturas del evangelio y de la Palabra de Dios, pero haciendo al mismo tiempo una lectura de nuestra historia, de nuestro hoy. ¿Tendremos en verdad motivos por la angustia y la desesperación? ¿Tenemos que ver nuestros tiempos, con lo que nos está sucediendo hoy, como tiempos apocalípticos? Claro que me gusta aclarar que no siempre le damos a esta palabra su verdadero sentido, porque por ejemplo el libro del Apocalipsis que tenemos como culminación de la Biblia no es un libro de derrotas sino de victoria, no es un libro para la angustia sino para la esperanza, porque ese es realmente el significado de la palabra aunque luego la hayamos versionado de otra manera.

El hablarnos Jesús de ello parte de la contemplación que están haciendo de la belleza del templo de Jerusalén. ¿Sería probablemente desde la contemplación que se tiene de la ciudad santa desde el bacón, podríamos decir así, del Monte de los Olivos precisamente teniendo en primer plano el templo?  Sigue siendo una contemplación maravillosa hoy desde ese escenario.

Pero la grandiosidad del templo en todo su esplendor y belleza le hace quizás pensar a Jesús en la futilidad de esa belleza externa que se puede quedar finalmente en una vanidad. Y Jesús les dice que todo eso se vendrá abajo, que toda la belleza de ese templo y esa ciudad va a ser destruida, no quedará piedra sobre piedra. No podemos dejar de tener en cuenta que cuando el evangelista nos narra estas palabras de Jesús, ya se había cumplido aquella palabra profética de Jesús, pues el año 70 Jerusalén quedó destruida a mano de los romanos. Algo que tendría que causarles dolorosa impresión a los que le escuchaban que comienzan a hacer preguntas sobre ese temor al fin del mundo que todos llevamos dentro.

Y es a lo que Jesús quiere hoy respondernos, porque la respuesta no solo fue para los discípulos de entonces, sino también para nosotros hoy que escuchamos la Palabra de Dios. Vendrán tiempos difíciles y precisamente para los que le siguen serán incluso tiempos de persecución. Serán llevados a los tribunales y a las cárceles, les dice Jesús.

¿Son palabras para el agobio y la desesperación? Las palabras de Jesús son siempre palabras que animan a la esperanza. No es la resignación la respuesta, sino la esperanza. No es la pasividad sino el movimiento positivo que ha de brotar dentro de nuestro interior.

Todavía algunas veces los cristianos seguimos pensando que la resignación y la pasividad son los valores que tenemos que cultivar. No es ese el sentido que nos da nuestra fe, porque paciencia no significa resignación; será una aceptación de la realidad a la que nos enfrentamos, pero eso para buscar salida, para saber encontrar una luz. Y cuando estamos en un túnel oscuro y tenebroso pero vemos que al final hay una luz, no nos quedamos pasivos esperando que la luz venga a nosotros, sino que buscaremos medios por acercarnos allí donde está la luz.

Por eso luchamos por la vida, creemos que las cosas pueden ser mejores, tenemos esperanza de que todo puede cambiar, nos sentimos impulsados a poner las piedras que tenemos a nuestros pies o en nuestras manos haciendo escalera para subir, abriendo camino para poder caminar, buscando esa superación de nosotros mismos cada día, tratando siempre en positivo de ver lo bueno que podemos encontrar o tenemos que construir. El vivir del cristiano no puede ser en la amargura, aunque tengamos sufrimientos, porque a esos sufrimientos le podemos dar un sentido, porque en ese dolor podemos poner todo nuestro amor.

Es lo que Jesús nos ha prometido cuando nos dice que no estamos preocupados por preparar nuestra defensa porque el Espíritu pondrá en nosotros las palabras que necesitamos y la fuerza que nos hace caminar. Ante tanto catastrofismo que nos rodea nosotros no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu, porque en nosotros hay una fe, porque una esperanza nos anima, porque el amor será siempre el motor de nuestra vida.

viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

lunes, 10 de julio de 2023

El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

 


El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

No todos reaccionamos ni nos enfrentamos a los problemas de la misma manera; todos en nuestro interior los sufrimos, algunos toman decisiones rápidas acudiendo inmediatamente a donde podamos solucionarlos no importándole incluso que se sepa la mala situación por la que estamos pasando, otros con timidez buscamos una solución pero no nos atrevemos con claridad enfrentarnos al problema aunque nos duela quizás por vergüenza a que sea conocido o buscamos maneras que nos puedan parecer confusas y diluidas también para encontrar una solución.

Quizás no tenemos confianza en nosotros mismos, entramos como en una rutina en que nos acostumbramos a todo, desconfiamos de cuanto hay a nuestro alrededor, porque quizás muchas veces nos hemos visto muy solos, no sabemos a quien acudir o no nos atrevemos a acudir allí donde podemos encontrar soluciones y ayudas para nuestra situación.

Nos encontramos a mucha gente que se resigna y aguanta, y quiere hasta convertir en virtud su resignación, pero esa pasividad le llevará aun a mayor sufrimiento. Necesitamos aprender a confiar, necesitamos tener decisiones firmes, nos hace falta una fortaleza de ánimo que algunas veces hemos perdido. Tenemos también que saber mirar hacia lo alto, porque en Dios aprendamos a poner nuestra confianza, con la certeza de que El nunca fallará.

La página del evangelio de hoy nos habla de dos diferentes maneras de afrontar una situación dura para sus vidas, pero hay algo que tienen en común, la fe. Primero contemplamos a este jefe de la Sinagoga, Jairo se le llama en otro evangelio, que acude a Jesús porque su hija acaba de morir. Tiene la confianza toda puesta en Jesús; si pone su mano sobre ella está seguro que no perderá a su hija. Y se ponen en camino. La tardanza en llegar por causa de otros encuentros tenidos por medio, le hará dudar, y al llegar a la casa todo es un ambiente de muerte con las plañideras incluso con sus gritos de dolor. Será necesario que Jesús insista en la fe de aquel hombre, porque la niña no está muerta, como le dice Jesús, sino que duerme, aunque estas palabras encuentren el desprecio de los que no tienen fe. Pero Jesús tomará a la niña de su mano y la levantará de su sueño de muerte.

Pero decíamos que en medio han sucedido otros encuentros. Una mujer que padece de unas hemorragias crónicas también piensa que Jesús podrá sanarla, cuando ya ha gastado toda su fortuna y sus esperanzas en quienes no podían darle solución a su problema. Para una mujer en aquella época era vergonzoso encontrarse en aquella situación porque sería considerada impura y por eso no acudirá públicamente a Jesús. Pero ella tiene una confianza, si al menos toca el manto de Jesús sabrá que podrá curarse, y eso hace.

Aunque todo ha sucedido en el secreto y la discreción de aquella mujer que no quiere hacerse notar, Jesús, sin embargo, querrá destacar la fe valiente, aunque parezca llena de cobardía por la forma de hacer, de aquella mujer. ‘Jesús se volvió y al verla le dijo: Ánimo, mujer, tu te fe ha curado. Y la mujer quedó sana’. Al final de estos episodios, el evangelista nos dirá que la gente sorprendida alababa a Dios y la noticia se divulgó por toda la comarca.

¿Era simplemente la noticia de un taumaturgo que hacía cosas extraordinarias y curaba a las personas? Es algo distinto lo que quiere trasmitirnos hoy, la fe que nos sana y que nos salva, la fe que nos pone en camino de nueva vida y abre nuevos horizontes a nuestra existencia, la fe que nos hace valientes para luchar contra las sombras para llenar el mundo de vida, la fe que no es resignación sino nueva fortaleza para la lucha por la vida, la fe que nos hace encontrarnos con Jesús para sentir cómo se derrama el amor de Dios sobre nosotros, la fe que llena de confianza nuestra vida porque nos descubre que somos amados y si Dios nos ama importante es nuestra vida, importante somos ante los ojos de Dios, la fe que tendrá que divulgarse, de la que hemos de dar testimonio, que nos hemos de tener miedo de manifestarla públicamente porque lo que estamos haciendo es divulgar el amor que Dios nos tiene.

martes, 27 de junio de 2023

Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

 


Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Nos habrá pasado en alguna ocasión; estábamos realizando algo que estábamos haciendo con mucho gusto e ilusión, las cosas nos iban saliendo bien y estábamos viendo el resultado bello y bueno de lo que estábamos realizando, pero por un descuido, por una distracción, por querer quizás probar algo nuevo con lo que pensábamos que nos podría salir mejor, bajo la influencia de alguien que quiso atraernos a su idea o lo que él pensaba a su manera que podría ser mejor, y de pronto todo se nos echó a perder.

¿Circunstancias adversas? ¿Egolatría que íbamos alimentando con aquello que estábamos realizando? ¿Influencias externas que nos distrajeron de lo que era la idea original? ¿Tentaciones de vanidad? ¿Superficialismo que nos separó de lo que haciéndolo con profundidad nos hubiera llevado a cosas hermosas? Muchas cosas podríamos pensar, pero al final echamos a la basura algo que podía ser realmente hermoso.

¿No nos sucederá algo así, no en cosas externas o materiales que podamos hacer, sino más bien en lo mejor del yo profundo de nuestra vida que malogramos por un capricho, por una mala influencia? Podríamos pensar en muchas cosas; esa lucha interior de superación que vamos realizando en nuestra vida con la que vamos avanzando como personas, vamos dándole una profundidad y madurez a nuestra vida, pero que en un momento determinado lo echamos todo a perder, cuando perdemos la tensión del crecimiento, nos dejamos arrastrar por superficialidades y vanidades, cuando nos entran las modorras y los cansancios y ya no tenemos ganas de luchar, cuando contemplamos lo que hay a nuestro alrededor y nos parecen felices los que viven en la superficialidad de la vida y nos decimos que para qué tanto esfuerzo y tanta lucha.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio, por un nada, tiramos a los pies de los cerdos la perla preciosa que con tanto esfuerzo habíamos ido cultivando. Nos quiere precaver Jesús, que tengamos cuidado, que no nos dejemos engatusar por caminos que nos pueden parece fáciles, porque no queremos seguir en la misma lucha de superación. Equivocamos el camino, nos queremos ir por la senda espaciosa y que nos parece fácil pero que no nos va a llevar a alcanzar esas metas altas que de la otra manera hubiéramos alcanzado.

No es que tengamos que resignarnos a hacer esas cosas que nos cuestan esfuerzo, porque pensamos que no nos queda otro remedio. No es precisamente la resignación un valor demasiado evangélico, aunque tantas veces nos hayan aconsejado la resignación cuando nos llegan los momentos de sacrificio. Cuando tenemos una meta grande en la vida, cuando queremos alcanzar algo que en verdad merece la pena y sabemos que es lo que nos va a dar la verdadera felicidad, aquellas cosas que tenemos que hacer y que nos cuestan esfuerzo y sacrificio las realizamos con ganas, con ilusión, con entusiasmo porque lo que estamos deseando es alcanzar aquella meta.

Y en ese esfuerzo e incluso sacrificio sabemos ser felices, porque estamos pregustando la gloria de la victoria final. El deportista que se entrena duramente preparándose para una competición no lo hace de mala gana sino poniendo toda su ilusión en aquel esfuerzo de entrenamiento, de superación que está realizando. Somos felices en el camino de nuestra vida cristiana, no tenemos el esfuerzo, el sacrificio, no rehuimos el camino estrecho, sabemos a donde vamos, que es lo que queremos vivir, tenemos ya de antemano el gozo de la presencia del Señor que es nuestro premio.

Es el camino que nos conduce a la vida, es lo que da sentido al camino que vamos realizando, es el gozo que sentimos en el espíritu que nos hace vivir la mejor felicidad. No tiremos a los cerdos las perlas preciosas que Dios ha puesto en nuestra vida.

martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


martes, 21 de mayo de 2019

Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea



Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
En el devenir de la vida aunque quisiéramos vivir siempre con sosiego y paz hay, sin embargo, muchos momentos en que perdemos ese serenidad y esa paz por las cosas que nos preocupan, la incertidumbre quizá del mañana, de lo que no sabemos, de las sorpresas que nos podemos encontrar, un accidente o un acontecimiento que no esperamos, o ante la separación de un ser querido, un amigo o un familiar, que nos deja, que marcha por otros derroteros o cuando incluso sabemos que la muerte nos lo arranca de nuestro lado.
Queremos enfrentarnos con serenidad ante esos momentos y no podemos. Previamente al hecho nos sentimos intranquilos, después de lo sorpresa de lo que no esperábamos y nos impactó, quizás nos quedamos nerviosos y no encontramos la manera de serenarnos, de seguir con el ritmo normal de la vida, o de centrarnos en lo que quizá por obligación tenemos que seguir haciendo.
Hace falta, es cierto, mucha fuerza interior para encontrar esa serenidad, tener la madurez suficiente para comprender y para aceptar, para darle un sentido a lo que nos sucede y encontrar caminos de luz, rayos de esperanza, fuerza suficiente para no perder esa calma que necesitamos y más aún en los momentos difíciles. Es el espíritu con que nos enfrentamos a la vida, el coraje con que la vivimos, los recursos humanos y espirituales que hemos de saber encontrar. No siempre es fácil por nosotros mismos. El apoyo de una persona fuerte a nuestro lado puede ser un ejemplo y un aliciente.
Pero quienes ponemos en la vida toda nuestra confianza en Dios sabemos que El es nuestra fuerza, la roca salvadora sobre la que podemos apoyarnos y que nunca nos fallará. Hay personas que ante cosas así hablan de resignación, pero creo que es actitud en cierto modo negativa no es lo que mejor nos puede ayudar, aunque muchos se refugien en ello por no haber sabido encontrar otro sentido.
Bien nos viene escuchar las palabras que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Los momentos que vivían los discípulos no eran fáciles, aunque les costara comprender toda la trascendencia de lo que estaba sucediendo; parece que tenían una venda sobre los ojos que no les dejaba ver claro, pero algo intuyan por la solemnidad de todo lo que había sucedido en aquella cena con aquellos signos especiales que Jesús había realizado. Porque no terminaban de comprender estaban como nerviosos e intranquilos.
Por eso Jesús les dice que no pierdan la calma. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice. Es bueno escuchar bonitas palabras pero hay que enfrentarse a los hechos y era lo que les costaba. Por eso les dice Jesús que les da su paz, una paz que no es como la que el mundo pretende darnos. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’.
No es la paz impuesta por la fuerza, la que se gana en batallas y guerras, es la paz que hemos de saber encontrar en el corazón, que es mucho más difícil y costosa en muchas ocasiones. Y es que Jesús les está diciendo que se va, porque se vuelve al Padre, pero les asegura su presencia. Es lo que tenemos que saber descubrir a pesar de las tormentas y de los miedos, la presencia de Jesús no nos falla.
Nos dirá que está con nosotros hasta el final de los tiempos, pero nos prometerá también que nos dará su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza y de verdad. Nos quita los miedos, nos hace sentirnos seguros y fuertes, nos descubre la verdad, nos revela en nuestro corazón todo el misterio de Dios, nos hace comprender cuando Jesús nos ha dicho y nos ha costado entender.
Es cierto que en los momentos oscuros parece que nadie está a nuestro lado, pero hemos de saber vislumbrar las rendijas de luz que nos hacen sentir que El está ahí y que a pesar de todo el corazón nos comienza a latir con fuer.za porque El está llenándonos por dentro. Pero rendijas de luz pueden ser también personas que se acercan a nosotros quizá de una forma ocasional y nos dicen una palabra, nos tienden una mirada, nos hacen sentir el calor de su amor, nos están haciendo sentir también la presencia de Dios.
Es entonces cuando comenzaremos a sentir paz a pesar de que las tormentas puedan ser fuertes. Porque la presencia de Jesús no es hacer el milagro para arrancarnos de esas situaciones, sino que la presencia de Jesús nos serena y da paz para mirar las cosas de otra manera, para encontrar un sentido, para sentir una fuerza interior que nos viene de Dios y que nos hace seguir caminando. Muchas señales de su presencia tenemos que saber descubrir y encontraremos la paz que necesitamos