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domingo, 19 de julio de 2026

La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

 


La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Vivimos en unos tiempos que aunque llamamos de libertad y nos sentimos tan satisfechos con los logros que decimos que hemos conseguido y se nos llena la boca con la palabra democracia, sin embargo en todos los lados y no podemos pensar solo en un sentido se radicalizan las posturas fundamentalistas que llevan consigo la condena, la estigmatización y los rechazos de quienes no piensen o hagan las cosas como nosotros. Las condenas son inexorables, el querer arrancar de la vida comunitaria por ejemplo a quienes han hecho daño o se han portado injustamente están a la orden del día. Nos volvemos intransigentes con el mal que podamos ver alrededor, y no significa que tengamos que consentir el mal o la injusticia, pero detrás de eso están unas personas que pueden rectificar sus vidas, pero es que nos hacemos muy radicales en posturas y condenas. Entre muchas cosas pienso en lo que está sucediendo en nuestra vida social y política, pero en todas las tendencias o ideología donde prevalece la intransigencia y la condena con tanta facilidad, pero nunca vemos la viga que podamos llevar en nuestro propio ojo.

Mirando lo que contemplamos a nuestro alrededor, pero mirándonos a nosotros mismos que también fácilmente caemos en esas tendencias escuchamos la Palabra de Dios que nos ilumina; no podemos leer o escuchar el evangelio simplemente como si sacáramos una reliquia de otro tiempo sino con una lectura creyente de nuestra vida y de la vida que vivimos. Las parábolas como toda la Palabra de Dios no tienen una fecha de caducidad y de destino, como si fueran para otros tiempos, para otras personas, o para otras situaciones que no tengan que ver con el hoy de nuestra vida. Es Palabra para mi y para ti en el hoy de nuestra vida.

La parábola nos habla de una buena semilla sembrada en un campo, pero también de otra semilla mala que el enemigo ha sembrado para dañar nuestra cosecha. Aparece el trigo pero aparece también la cizaña. Nuestra vida, nuestro mundo, con su trigo y con su cizaña, con la semilla del bien, de lo bueno y de lo justo con lo queremos hacer un mundo mejor; pero al mismo tiempo con la semilla del mal que rebrota y florece por todas partes.

Y es aquí donde nos llega el mensaje de la parábola. Los servidores de aquel dueño de la finca le anuncian lo que está sucediendo y se ofrecen a ir a arrancar aquellos malos brotes. No se puede perder tiempo, piensan ellos. Pero el dueño les dirá que no, que hay que tener paciencia, que ahora no queda más remedio que dejar que crezcan juntos, que ya llegará el tiempo en que se haga justicia y se separen los malos frutos de los buenos. El mal nos rodea, es cierto, y nos gustaría arrancarlo de raíz; y vienen nuestras impaciencias y nuestras radicalismos, vienen nuestras condenas y nuestros descartes. Pero como nos está enseñando la parábola tenemos que aprender a seguir los ritmos de Dios.

Comencemos por pensar en nosotros mismos y aprender de nuestra propia vida; no somos santos porque todos cometemos errores, porque también nosotros nos hemos dejado arrastrar por el mal en tantas ocasiones, recordemos nuestra vida de pecado, recordemos la pobreza de nuestro amor, recordemos nuestros egoísmos insolidarios en tantas ocasiones en que quizás hemos mirado para otro lado para no prestar una ayuda o tener una atención con alguien, y cada uno puede pensar en mil cosas mas en la situación de su propia vida, pero Dios siempre ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces le hemos pedido perdón y confesado nuestro pecado y El nos ha regalado la gracia de su perdón; pero cuantas veces hemos reincidido pero Dios nos ha perdido la paciencia con nosotros.

Es la paciencia de la misericordia de Dios que siempre está esperando la vuelta del hijo pródigo y nos sale al encuentro de tantas maneras para movernos con su gracia a la vuelta a la casa del Padre. Con nosotros y con todos sin diferencia ni distinción. ¿No tendríamos nosotros que aprender para desprendernos de esos radicalismos e intransigencias con que nosotros actuamos tantas veces con los demás?

De eso tenemos que ser signo ante el mundo que nos rodea que precisamente no brilla por esas buenas actitudes. Se nos llena la boca con la palabra justicia para aplicarla de forma irremediable con lo que hacen los demás, pero cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos parece que una niebla nos envuelve para no tener que reconocerlo. Hay algo muy hermoso que nos ha traído hoy el libro de la sabiduría, unas sentencias que tendríamos que aprender a ponerlas como lema y pauta de nuestro actuar. ‘Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores’.

La grandeza de la persona está precisamente en saber ser indulgente con todos porque siempre ha de brillar nuestra humanidad. Las intransigencias no tienen nada de humano porque nos convierten en lobos feroces y ciegos.

sábado, 25 de octubre de 2025

La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

 


La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

Romanos 8, 1-11; Salmo 23; Lucas 13, 1-9

Algunas veces agotamos la paciencia de los demás; así somos de humanos, humanos porque en nuestra debilidad tropezamos tantas veces en la misma piedra y así molestamos a los demás con nuestro trato que no siempre es lo bueno que tendría que ser, con nuestras cosas y manías que muchas veces nos hacemos insufribles para los otros y así con no se cuentas cosas mas, aunque una y otra vez tratemos de disculparnos y pedir perdón pero una y otra vez volvemos a nuestras andadas. Pero humano es el que tiene que aguantarnos, tener paciencia con nosotros y algunas veces también se le puede acabar la paciencia; si es tan reincidente por qué tengo que perdonarlo una y otra vez, nos preguntamos muchas veces. Es nuestra condición tendríamos que decir.

Pero, ¿así somos también en nuestra relación con Dios? Reconozcamos nuestra reincidente debilidad pero también lo grande que es la misericordia de Dios, que es infinita, y siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón. ¿Dios se puede cansar algún día de nosotros? ¿Dios podrá dejarnos en el olvido porque podemos parecer ya un caso perdido? Algunas veces podemos pensar que agotamos la paciencia de Dios. La imagen de Dios que se nos va ofreciendo en la Biblia nos puede dar la impresión en algunas ocasiones que Dios se está cansando de amar al hombre, de amar a la humanidad.

Lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios es una llamada que se hace a nuestro corazón, una llamada a nuestra conversión. Por una parte vienen contándole lo que ha sucedido con aquellos galileos que se habían rebelado contra los romanos y que habían sufrido castigo, además en unas circunstancias que en cierto modo podían parecer escandalosas, pues fueron ejecutados en el templo.

En el sentido que podían tener entonces sobre la vida, la enfermedad y la muerte podía parecer un castigo de Dios. No tiene que ser la óptica con la que nosotros miremos el sentido de la enfermedad o de la muerte. Por eso Jesús se pregunta y les pregunta ¿serán más culpables estos galileos que los demás? O recordando un accidente en que la caída de un muro de la piscina de Siloé había hecho que perdieran la vida algunos de los que allí estaban, también le hace preguntarse a Jesús ¿eran más culpables los que murieron que el resto de los que allí estaban? Y Jesús les dice que si no se convierten van a perecer todos lo mismo.

Pero esto da pie a una pequeña parábola que Jesús nos propone. La higuera que no da fruto y año tras año el dueño viene a buscar sus frutos y no los encuentra, decidiendo cortarla porque para qué va a ocupar terreno una higuera que no da fruto. Pero aquí aparece el agricultor que le dice que tenga paciencia, que la va abonar, que va a cavar a su alrededor, que va a darle especiales cuidados, para ver si finalmente algún día dé fruto.

¿No es eso lo que Dios está haciendo con nosotros? No pierde Dios la paciencia con nosotros porque no demos fruto, sino que continuamente nos está haciendo llegar sus llamadas de amor para que nos convirtamos a El. Nosotros en la vida tantas veces hubiéramos quitado de en medio a aquellos que nos molestan, a aquellos que obran injustamente, y pensemos en tantas situaciones más en las que nos sentimos incómodos y quisiéramos arrasar con todo. Pero pensemos en lo que es la historia de nuestra vida, que sí es cierto que ha tenido momentos de luz, pero que reconocemos que también hay muchos momentos oscuros en nuestra vida; cada uno sabe su historia, conoce sus reincidencias, es consciente del mal que ha hecho tantas veces, pero Dios no ha arrasado con nosotros.

La paciencia de la misericordia de Dios es infinita. ¿Llegaremos un día a dar fruto de conversión? ¿Florecerán las obras del amor algún día en nosotros para que también podamos ofrecer esos frutos de vida?

 

jueves, 31 de julio de 2025

Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

 


Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Salmo 83; Mateo 13,47-53

Seguramente todos nos hemos llenado de impaciencia más de una vez, con ganas de entrar a fuego con todo, por decirlo de alguna manera, ante la revoltura de cosas, de actitudes, de manera de entender las cosas, de maldad de tantos quizás en nuestro entorno; quisiéramos algo así como un mundo perfecto, donde todos siempre fuéramos buenos, donde no existiera la maldad, donde hubiera desaparecido la injusticia y la violencia; es cierto que es a eso a lo que aspiramos, esa sería también nuestra tarea el conseguirlo, pero nuestro mundo es un mundo revuelto donde se entremezcla el agua cristalina con el barro y las basuras que nosotros mismos vamos arrojando en ese mar.

Quisiéramos quizás limpiarlo de un golpe, aunque fuera con la violencia, nos queremos convertir en inquisidores de los demás y vamos repartiendo condenas por doquier, queremos hacer desaparecer a los que nosotros consideramos malos; pero quizás tendríamos que pensar ¿por qué consideramos que son más malos que nosotros si también nos llenamos de violencia para quererlos arrasar?. Pero, recordando otro momento del evangelio, también tendríamos que preguntarnos, ¿quién puede tirar la primera piedra?

Hoy Jesús nos habla de una red repleta de peces. No todos son válidos, no todos son comestibles, pero ahí está esa red sacada del mar. Quizás observamos esa red y nos pudieran parecer todos iguales o todos comestibles. Será el sabio pescador el que al final podrá escoger los que son válidos, mientras los otros son arrojados de nuevo al mar. ¿No nos estará hablando de la paciencia de Dios con nosotros y con nuestro mundo?

¿No tendría eso que hacernos pensar en por qué nosotros vamos haciendo tantos juicios de los demás en la vida cuando quizás no nos miramos a nosotros mismos? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Aquí quizás tendríamos que recordar otras páginas del evangelio que nos invitan a reconsiderar nuestros pensamientos y a evitar esos juicios y condenas. ‘No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, algo así que nos dice Jesús en otro momento.

Esto tendría que ayudarnos a reflexionar en esa tensión que vivimos en lo social y en lo político, donde en lugar de aportar cada uno desde su manera de ver las cosas para colaborar con los otros en la construcción pacífica de nuestra sociedad, sin embargo todo es acritud, todo son enfrentamientos, todos parece que nos convertimos en enemigos que pareciera que nos queremos destruir los unos a los otros. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo, de nuestra sociedad? ¿Por qué no somos en verdad constructores que colaboramos los unos con los otros? ¿Cómo estamos educando las futuras generaciones con los ejemplos que les estamos dando? Confieso que son cosas que en verdad me preocupan mucho.

Jesús después de hablarles con todas estas parábolas a los discípulos les pregunta, ¿entendéis todo esto? ¿Llegaremos ciertamente a entender el mensaje del evangelio que tanta actualidad tiene, sigue teniendo en el mundo de hoy y que si lo escucháramos más en verdad estaríamos haciendo un mundo mejor? Esos valores que nos enseña el evangelio son fundamentales, son esenciales para nuestra vida.

Es la sabiduría del evangelio, como se nos termina diciendo hoy. ‘Pues bien, nos dice, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Saquemos a flote ese tesoro, esa sabiduría, esa prudencia de la vida, esa paciencia para no perder la paz ni la serenidad por mucho que veamos alrededor que nos inquiete, esa humildad para aceptar y para comprender, esa palabra buena que va a poner siempre paz en medio de nuestras guerras y violencias. Es la maravilla del evangelio de Jesús.

domingo, 23 de marzo de 2025

Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

 


Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Salmo 102; 1 Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9

Cuando nos ponemos a pensar un poco y contemplamos las cosas que van sucediendo en el momento presente en nuestro mundo de alguna manera se nos mete el miedo en el cuerpo, por decirlo de alguna manera, y nos llenamos de muchos interrogantes que nos pueden hacer plantear muchas cosas; guerras provocadas por la maldad de los hombres – no podemos decir otra cosa u otra razón – con el sufrimiento y muerte de tantas personas, catástrofes naturales que se suceden y que también producen tantos estragos y se llevan a tantas vidas humanas por delante, y de eso tenemos hecho muy concretos, muy recientes y muy presentes, como muchas cosas de índole personal que nos van sucediendo y nos llaman la atención en cosas que nos pasan, en enfermedades que aparecen en nosotros o en los nuestros, en las limitaciones que vayamos sufriendo quizá por el paso de los años.

¿Qué sucede? ¿Qué avisos pueden ser esas cosas para nuestra vida y para nuestro mundo? ¿De qué son señales esas cosas? Pero hemos de tener cuidado con los catastrofismos y radicalismos de planteamientos. ¿Dónde buscamos las culpas? ¿Serán acaso castigos divinos?, llegamos también a pensar. ¿Qué llamadas podemos ahí encontrar?

En el evangelio vemos que también van a contar a Jesús lo que ha sucedido recientemente en el templo, con la sangre de los galileos derramada en el lugar de los sacrificios desde aquellas represiones del poder dominante. Algo que realmente era muy indignante para los judíos por tratarse del lugar sagrado. Reacciones quizás de todo tipo se podían estar dando. ¿Estarían buscando quizás que quien parecía ser el Mesías se pusiera al frente de lo que pudiera suceder? también había acaecido otro suceso en la piscina de Siloé donde la caída de una pared había producido también algunos muertos.

Una forma de pensar y de reaccionar ante cosas así era el atribuir a un castigo del cielo porque aquellas personas eran pecadores. ¿No decimos nosotros también muchas veces que Dios castiga sin piedra ni palo?

Jesús les dice que no piensen que aquellos que murieron en tales acontecimientos eran más pecadores que los demás. No podemos pensar en castigos del cielo porque el actuar de Dios es de otra manera. Nos lo está manifestando en la misma presencia de Jesús que no teme estar en medio de los pecadores porque El es el médico que viene a sanar y a curar, no a castigar ni a llegar a la muerte como castigo. Qué distinto a nuestros criterios tan fáciles para juzgar y para condenar, pero fáciles para juzgar y condenar a los demás, porque a nosotros mismos no nos miramos.

Es lo que quiere Jesús, que nos miremos a nosotros mismos, no para hundirnos en nuestras culpas, sino para contemplar lo que es la misericordia de Dios. Y nos propone una pequeña parábola. El hombre que tenía una higuera y año tras año, y ya van tres, viene en su época a buscar higos, pero la higuera no da higos. Parece inútil e inservible en medio de su huerta y lo que no sirve se quita de en medio. Pero allí está el hortelano que le pide paciencia al dueño; él la va a trabajar con especial cuidado, cavará a su alrededor y la abonará en abundancia con la esperanza de que un día dé fruto.

Es la paciencia de Dios con nosotros, mejor tenemos que decir, el amor misericordioso de Dios que viene a buscarnos como hizo con el pueblo oprimido en Egipto y siempre está esperando nuestra respuesta. Continuamente nos está ofreciendo su gracia, pone a nuestro lado otro Moisés que nos haga llegar esa llamada de Dios y nos abra a nuevos caminos de liberación para nuestra vida, va dejando señales en nuestro camino para que en verdad nos convirtamos y hagamos nuestra vuelta al amor de Dios, nos regala continuamente su Palabra que nos llega no solo en aquellas celebraciones en las que participamos sino de mil medios y maneras se hace presente en nuestra vida, recibimos el testimonio de tantos a nuestro alrededor que son llamadas de Dios a nuestra vida. ¿Qué respuesta estamos dispuestos a dar?

El camino cuaresmal que ahora estamos haciendo es una gracia de Dios. Tiempo favorable, tiempo de salvación, tiempo propicio, hemos ido escuchando una y otra vez. No tenemos que irnos por tremendismos de interpretaciones forzadas de los acontecimientos de la vida – también puede ser un toque de atención – sino que en lo sencillo y en lo pequeño hemos de saber escuchar esa voz de Dios. Vayamos rumiando esa palabra que cada semana o cada día vamos escuchando y seamos capaces de abrir nuestro corazón a Dios. Escuchemos en el silencio de nuestro corazón esas llamadas de Dios.

martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


sábado, 22 de octubre de 2022

Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

 


Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

La pequeña parábola que nos propone Jesús en el evangelio es bien significativa. La higuera no da fruto, ¿para que la queremos en el huerto? Ocupando espacio, absorbiendo los nutrientes que podrían valer para otras plantas u otras hortalizas que tengamos allí sembrados, lo mejor es quitarla de en medio.

Es lo que hacemos tantas veces. Con aquello de que el mal hay que arrancarlo desde su raíz, no pensamos en la persona, no pensamos en una nueva oportunidad, sino que pretendemos quitarlo de en medio. Es el clamor que surge tantas veces en nuestro interior y que manifestamos de muchas maneras, cuando vemos este mundo injusto, tantas injusticias que hacen tanto daño a muchos y que de alguna manera están destruyendo nuestro mundo, y ahí estamos preguntándonos por qué Dios no quita de en medio a esos malvados.

Es la reacción que por otra parte dejamos salir con mucha facilidad cuando vemos que a alguien le sucede algo malo y enseguida pensamos que algo malo habrá hecho para que mereciera ese castigo. Nos volvemos justicieros, que no significa amantes de la justicia, y si de nosotros dependiera íbamos eliminando a tantos del camino de la vida porque los consideramos injustos, corruptos, malos desde la raíz, y no nos damos cuenta de cuáles son las actitudes que tenemos en nuestro corazón, muchas veces en esas ocasiones lleno de odio, con deseos de venganza, con ganas de eliminar todo lo que no sea como nosotros queremos o pensamos. ¿Dónde está el mal que habría que erradicar? Tenemos que pensarnos un poco más las cosas.

El motivo por el que Jesús les propuso la parábola a la que hacíamos mención, fue que vinieron contando a Jesús algo desagradable que había sucedido en aquellos días en el templo con la intervención del gobernador romano. Era considerado un sacrilegio, una profanación del lugar sagrado, y pronto comienzan a buscarse culpabilidades y a hacerse juicios de condena por aquellos hechos. Pero Jesús les recuerda, otro acontecimiento, el muro que se había caído de la piscina de Siloé y donde habían muerto varias personas. Ante la reacción que ante esos hechos se tiene con facilidad, Jesús se pregunta quienes eran realmente más culpables, quien merecería en verdad un castigo.

Y nos viene a enseñar Jesús que la manera de actuar de Dios no es a nuestra manera. Como se decía en los salmos los caminos de Dios no son nuestros caminos. En nuestros caminos buscamos siempre el castigo y la venganza pensando que ese es el camino de la verdadera justicia. Y nos viene a decir Jesús que Dios actúa de otra manera. Es la enseñanza de la parábola. El labrador de aquel campo no quiere arrancar la higuera; como ya nos había enseñado en otra parábola que la cizaña no se podía arrancar tan pronto porque podría dañar las buenas plantas de buena semilla. El labrador se ofrece a cavar de nuevo alrededor de la higuera, abonarla, podarla, cuidarla en la esperanza de que un día pudiera dar fruto.

Es la paciencia de Dios; es la misericordia y la compasión de Dios; es la verdadera justicia de Dios que siempre estará esperando nuestra vuelta, como el padre del hijo pródigo, como el pastor que busca a la oveja perdida. La justicia de Dios está en medio de los caminos del amor. Dios nos espera, Dios nos ofrece una y otra vez sus brazos, Dios quiere nuestra vuelta. ¿Por qué no vamos a esperar nosotros la vuelta de los que han errado el camino? ¿Por qué tenemos que arrancar de raíz esa planta?

Nos miramos a nosotros, con quienes Dios tantas veces se ha mostrado misericordioso, pero aprendemos a mirar a los demás, con los ojos de la misericordia de Dios. Seamos compasivos y misericordiosos como Dios, nuestro Padre, es compasivo y misericordioso.

domingo, 20 de marzo de 2022

Entremos en la sintonía de Dios para hacer una lectura creyente de lo que sucede descubriendo las señales de Dios

 


Entremos en la sintonía de Dios para hacer una lectura creyente de lo que sucede descubriendo las señales de  Dios

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9

Las señales que encontramos en el camino o en la carretera no son una trampa para que caigamos en el error y luego cebarse en el castigo sobre nosotros. Las señales nos indican el camino y nos previenen de los peligros, nos hacen estar atentos para no perder el rumbo y vigilantes para evitar el daño que nos podamos hacer. Creo que siendo verdaderamente sensatos les prestamos atención, siendo inteligentes no las tomaremos a mal como si estuvieran allí para que si no las cumplimos merezcamos todo el mal que nos estamos haciendo.

Y aunque nos parezca que estamos refiriéndonos a las señales de tráfico o las señales que nos puedan indicar los lugares que merece visitar, creo que entendemos que estamos queriendo referirnos a algo más. Dios también va poniendo señales en la vida, que son llamadas, que son invitaciones a seguir un camino, que nos quieren prevenir para que evitemos lo malo, que no las podemos mirar como castigos divinos por lo malvados que somos, porque Dios siempre estará llamándonos a que seamos capaces de dar buenos frutos en la vida.

Tenemos, es cierto, la tendencia errónea de estar viendo castigos de Dios por todas partes en lo que por la misma naturaleza sucede o lo que muchas veces también es consecuencia de la maldad de los hombres. Son los accidentes producidos por el discurrir de la naturaleza o son las catástrofes humanas que nos provocamos los hombres cuando nos llenamos de odio o de ambición y para conseguir nuestros objetivos o nuestras ambiciones no miramos el daño que podemos hacer a los demás. Llevamos unos tiempos en que se suceden muchas cosas que nos desconciertan desde el cambio climático con todas sus consecuencias, las pandemias o las guerras como lo estamos sufriendo.

Es cierto que esos sucesos o esos acontecimientos nos pueden producir muchos interrogantes en nuestro interior y hasta muchas angustias, pero tendríamos que esforzarnos por hacer esa buena lectura de lo que acontece. Hacer una lectura creyente de la vida no siempre es fácil, y claro que tendríamos que tener una sintonía de Dios para saber interpretar lo que en verdad Dios quiere decirnos. La lectura creyente nos hace descubrir las señales de Dios.

El evangelio comienza recordándonos algunos hechos desagradables que sucedieron Jerusalén en los mismos tiempos de Jesús. Escandalizados vienen algunos a comentárselo a Jesús pero Jesús les ayudará a hacer una buena lectura de aquellos hechos. Era fácil ver castigos divinos en aquellos hechos, unos sacrílegos acaecidos en el propio templo y otros accidentales como la caída del muro de la piscina de Betesda donde murieron algunos. ¿Castigo de Dios?, piensan algunos. ¿Habrán hecho algo malo en su vida para que merecieran una muerte así? Y Jesús les hace pensar ¿es que pensáis que eran más pecadores que nosotros mismos? Pero sí pueden ser llamadas de Dios para que obremos el bien, para que nos arrepintamos de lo malo que hemos hecho, para que nuestro actuar en la vida sea de otra forma, para que demos verdaderamente buenos frutos.

Y Jesús les propone la parábola del hombre que viene a su terreno donde tenía plantada una higuera y aunque estaba bien frondosa no daba frutos. ¿Vamos a arrancarla porque para qué tenerla ocupando espacio en el terreno que podría dedicarse a otras plantaciones? Pero el prudente agricultor le dice que va a cavar a su alrededor, va a abonarla una vez más, esperando que al nuevo año al final de fruto.

También nosotros nos llenamos de rabia tantas veces cuando vemos el mal que hay en el mundo e iríamos quitando de en medio a todos aquellos que nos parecen malos. O sea, que iríamos actuando con la misma medida de maldad, de odio, de revancha, de rencor quitando de en medio a los que nos parecen malos. ¿Es que tú no has pecado nunca? ¿Es que nunca has hecho lo que no debías hacer? ¿Por eso ya merecerías que te castigaran quitándote de en medio? ¿Dónde está el camino de la compasión y de la misericordia? ¿Dónde está la esperanza de que podamos un día cambiar nuestro corazón? Porque para nosotros pediríamos compasión y misericordia, pero para los demás siempre el castigo y la condena.

¡Qué distintos son los parámetros de Dios! ¡Qué distinto tendría que ser nuestro actuar! Sed compasivos nos dirá el Señor, como es compasivo y misericordioso el Señor tu Dios. Escuchamos las llamadas de Dios. Seamos capaces de ver las señales que Dios va poniendo en los caminos de nuestra vida que siempre nos invitan a la conversión, al amor, a la misericordia. Son los caminos de Dios, inescrutables muchas veces, pero que son los caminos que nos llevarán a la verdadera plenitud de nuestra vida.

Todas esas señales nos están hablando del amor de Dios, nos están recordando cuánto nos ama el Señor, nos están diciendo la paciencia de amor infinito que Dios siempre tiene con nosotros, nos están señalando también esos nuevos parámetros con los que nosotros tenemos que tratar a los demás desde la compasión y la misericordia.

viernes, 28 de enero de 2022

Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

 


Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Sal 50; Marcos 4, 26-34

Lo que falta ya es que queramos recoger la cosecha antes de sembrar la semilla. Así andamos, con nuestras prisas y nuestras precipitaciones; todo lo queremos al momento; como estamos tan automatizados con la informática, creemos que todo podemos hacerlo así. Pero las cosas tienen su ritmo, aun las que vemos más automatizadas; es cierto que en ese tema informático por decirlo de una manera fácil tenemos unos aceleradores que nunca nos habíamos podido imagina, más allá de los sueños de un novelista o un poeta, sin embargo la vida tiene su ritmo, la naturaleza tiene su ritmo, la semilla que plantamos en la tierra tiene su ritmo, las personas con sus reacciones o con sus respuestas tienen también su ritmo.

Creo que algunas veces tendríamos que detenernos de esas velocidades de vértigo a las que queremos ir siempre por las autopistas de la vida. Hay un misterio en nosotros, en nuestro ser, que es algo bien distinto de esa automatización de todo a la que nos estamos acostumbrando. Porque tenemos que pensar en las personas, que además no todos somos iguales; cada uno tiene también su propio ritmo. Y esa maduración interna que tenemos que ir haciendo de las cosas que nos suceden o de las cosas incluso que se nos plantean tenemos que respetarla, no vayamos a caer en una inhumanidad  por insensibles.

Hoy Jesús en el evangelio ha vuelto a proponernos parábolas que hablan de semillas, de plantas que nacen y que crecen y que de una forma u otra pueden o tienen que llegar a dar sus frutos, los propios de cada planta. Si en la parábola del sembrador quizás teníamos que fijarnos mucho en el terreno donde se sembrara esa semilla y de su preparación, hoy la parábola parece fijarse en la semilla en si misma. Se planta, germina a su tiempo bajo tierra, brotará la planta que crecerá a su ritmo hasta que un día veamos florecer una espiga prometedora de ricos frutos. Y como dice la parábola el agricultor no ve lo que está sucediendo en aquella semilla, ni bajo tierra, podrá ver finalmente la planta que crece y sus frutos tan ansiados.

¿No sucede algo así en el interior de la persona? ¿Quién es capaz de decirnos con certeza lo que pasa en el interior de cada persona? ¿Quién conoce mi pensamiento si yo no lo manifiesto? ¿Quién sabe de las reacciones interiores que se provocan en mí ante lo que me sucede o lo que pueda entrar por mis oídos? ¿Quién sabe las cosas que tengo que superar, las dificultades que tengo que vencer, los cambios profundos que tenga que realizar para poder hacer lo que se me pide? Y no queremos hablar aquí de las respuestas que a todo esto nos puedan dar los sicólogos o los sociólogos – y no quiero por supuesto minusvalorar su función y su saber porque es cierto que pueden ser ayudas en mi vida -, porque por encima o detrás de todo eso está el misterio de mi ser, de mi vida, también de mi voluntad. La decisión última será la que yo haga con mi entera libertad después de haber hecho lo que ha sido mi propio recorrido, mi propio camino.

Nos está hablando Jesús con las parábolas que nos propone del Reino de Dios y cómo el Reino de Dios se va realizando en nosotros. pero cuando nos está hablando del Reino de Dios no nos está hablando de algo abstracto que se quede solamente en ideas, sino que está hablando de la realidad de nuestra vida y cómo en esa vida nuestra se ira realizando el Reino de Dios, como se irá transformando nuestra vida.

A veces los predicadores o los que tienen una función pastoral dentro de la Iglesia se cansan y se desaniman por lo que cuesta ver los frutos del trabajo que realizan. Tendríamos que leer y escuchar con mucha más atención estas parábolas que nos está ofreciendo hoy el Señor para que aprendamos a respetar los ritmos de las personas y en consecuencia también los ritmos de nuestras comunidades. Eso misterioso que sucede en el interior del hombre y que es un misterio de gracia, misterio de gracia en lo que Dios quiere realizar dentro de nosotros, pero misterio del hombre, misterio de la persona que ha de ir dando una respuesta, haciendo un recorrido, encontrando una disponibilidad, sintiendo una fuerza, la fuerza que le viene de lo alto, que será el que al final moverá su corazón.

Esto nos llevaría también a preguntarnos por qué nos volvemos tan exigentes con las otras personas cuando les pedimos algo, cuando esperamos algo de los otros. Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor. Es la paciencia de Dios con nosotros porque en Dios siempre hay amor.

domingo, 26 de diciembre de 2021

En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

 


En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

En este domingo que sigue al día de Navidad es tradicional en la liturgia de la Iglesia que se nos presente a nuestra consideración la Sagrada Familia de Nazaret. Aunque no son muchos los datos que nos ofrece el Evangelio de la vida de Jesús transcurrida en el seno de la familia esos pequeños cuadros que se nos ofrecen de la infancia de Jesús nos llevan a mirar a esta familia en cuyo seno quiso encarnarse y nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nuestra mirada se dirige a Nazaret, verdadera escuela de sabiduría para la familia cristiana.

El episodio que se nos ofrece hoy en el evangelio nos habla de ese momento en que Jesús niño se hacía hombre y según las costumbres judías en esa edad de la pubertad comenzaba ya a mirarse como hombre pudiendo incluso tomar sus decisiones. Pero ello, aunque sucedido en una subida al Templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua – algún significado puede tener también en relación a la Pascua en que Cristo se había de entregar haciendo su propia Pascua –, se enmarca en la estancia de Jesús en Nazaret, a donde se dice que bajó y estaba sujeto a ellos, queriendo significar ese vivir en el seno de aquella familia de Nazaret.

Este querer contemplar el cuadro de la Sagrada Familia de Nazaret nos vale para echar también una mirada a nuestras familias, con sus luces y con sus sombras, a las que nosotros pertenecemos o que nosotros formamos, donde hemos crecido como  hijos y hemos madurado como personas, donde nos hemos desarrollado aprendiendo todos esos valores humanos y espirituales que nos hacen crecer y que nos hacen madurar en la vida. Es variado como un abanico multicolor el sentido y la vivencia de la familia que podemos contemplar en nosotros y podemos contemplar en nuestro entorno.

No somos quienes para enjuiciar esa variopinta realidad del sentido de familia que podemos contemplar donde siempre tenemos algo que aprender pero que tendría por otra parte que ayudarnos a clarificar el concepto y el sentido que desde nuestros valores cristianos nosotros queremos vivir. Cada uno puede tener su sentido desde sus propios valores y desde el sentido que le quiera dar a su vida. Nosotros, que decimos que el sentido de nuestra vida lo encontramos en nuestra fe en Jesús y en el espíritu del Evangelio, es desde ahí donde tenemos que ahondar, profundizar para vivir esa realidad de nuestra vida. Es lo que tenemos que clarificar con toda profundidad, con un respeto grande también a lo que puedan sentir o vivir lo demás, el sentido de nuestra vida desde nuestra fe en Jesús que será lo que llamamos un sentido cristiano.

En la carta a los Colosenses, que se nos ofrece en la liturgia de hoy, se nos presentan una serie de valores importantes para el crecimiento y maduración de los miembros de la comunidad cristiana que pueden ser en verdad piedras miliares que nos señalen un camino, verdaderos cimientos y fundamentos del edificio de nuestra vida. Se nos habla de revestirnos, que no es simplemente ponernos un vestido como un disfraz sino algo más profundo porque será dar la verdadera imagen de lo que tiene que ser nuestra vida.

‘Revestíos, se nos dice de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…’ y añade lo importante que es la aceptación mutua y el perdón cuando queremos caminar caminos de paz y de amor. Un camino de sencillez, un camino de autenticidad, un camino de humildad, un camino de acogida mutua ofreciendo de nuestra parte lo mejor de nuestra ternura. Podrían parecer cosas intranscendentes y que no tienen tanta importancia, pero son verdadero norte de nuestra vida. Aleja de nosotros la falsedad y la vanidad, aleja de nosotros el orgullo y todo tipo de violencia, pone en nosotros lazos que nos llevan al encuentro y a la unidad, van encauzando nuestra vida por todo lo que signifique diálogo y entendimiento.

Si fuéramos capaces de ir cultivando en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, y en este caso en nuestras relaciones familiares esos valores qué entorno de felicidad podríamos ir creando, qué semillero de vida haría florecer en nosotros las mejores virtudes, qué caldo de cultivo más maravilloso tendríamos para nuestro crecimiento y maduración como personas. Sería lo que querríamos hacer en el seno familiar en todos sus miembros y sería la mejor oferta que pudiéramos hacer para el crecimiento de los frutos de nuestro amor que son los hijos.

Hoy lo queremos contemplar en aquel hogar de Nazaret. ‘Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres’, nos describe el evangelista lo que significó para Jesús aquel entorno familiar de Nazaret. Es lo que hoy queremos aprender para nuestra vivencia personal y familiar. Nos decía también la carta a los Colosenses algo que no podemos olvidar para una familia creyente y para una familia que en Cristo quiere encontrar toda su luz y todo su sentido: ‘Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Solo en el Señor, con la fuerza del espíritu del Señor podremos conseguirlo; así ha de estar presente en nuestra vida nuestra acción de gracias y nuestra alabanza al Señor, pero también la escucha atenta de su Palabra. Es nuestra luz y nuestra fuerza. Es lo que contemplamos en Nazaret y es la oferta que nosotros podemos hacer también a nuestro mundo para esa riqueza grande que es el matrimonio y es la familia.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

 


Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Pedir signos, pedir pruebas, pedir milagros, pedir cosas concretas para fundamentar nuestra fe es un camino que de alguna manera todos recorremos. Pedimos pero no buscamos, pedimos pero no abrimos el corazón, pedimos pero no hacemos silencio para escuchar la respuesta, pedimos pero sin paciencia y sin esperanza porque ya casi damos por hecho que no vamos a tener respuesta. Pero ¿estaremos deseando de verdad encontrar esa prueba, ese signo, esa palabra que nos ilumine, que nos haga ver y creer?

Estamos en una generación en que apretamos un botón y se realizan mil cosas, muchas veces hasta sin tocar, con una lectura magnética quizá simplemente de nuestros ojos. Y como queremos que todo sea así no sabemos ponernos al paso del Dios que se nos revela, que no son nuestros pasos, que no son nuestras carreras ni superficialidades, que es algo mucho más hondo.

Y Jesús les dice que a esta generación no se les dará más signo que Jonás. Aquel profeta que Dios llamó para que fuera a predicar a Nínive. Pero un profeta que se nos presenta bastante contradictorio. Quizá por eso mismo Jesús nos dice que es nuestro signo, nuestra señal; porque quizá refleja mucho nuestras propias contradicciones, nuestras dudas y nuestros entusiasmos, nuestras vueltas atrás pero también las turbulencias que se nos presentan en el corazón porque queremos creer y no terminamos de creer, porque hasta algunas veces nos parece mucho lo que Dios está haciendo, mientras en otras protestamos porque no nos escucha.

Dios le llamó para que fuera a predicar a Nínive la gran ciudad, pero tuvo miedo. Se embarcó en sentido contrario. Pero los caminos se le fueron complicando, la tormenta no dejaba avanzar el barco, en sus creencias alguien con mala sobre podría ir en el barco y aquello era un castigo del cielo, se ofrece para ser arrojada al mar porque reconoce el error de ponerse en camino en sentido contrario. Y está por medio el cetáceo que se lo traga por tres días para regurgitarle sano y salvo y pueda emprender el camino hasta Nínive. Realiza la gran predicación y el pueblo responde. Pero ya en su misma predicación va con desconfianza, les pide que se vistan de saco y ceniza a ver si Dios se arrepiente de su amenaza y no se destruye la ciudad. No se siente seguro, por eso cuando el pueblo se arrepiente y Dios le perdona todavía tiene agallas para enfrentarse a Dios y decirle qué es que fue compasivo y misericordioso con aquel pueblo pecador.

Los vaivenes de nuestra propia vida; nuestras huidas pero también nuestros fervores, nuestras dudas y nuestros reclamos, nuestra inconstancia y la repetición de nuestras caídas después que tantas veces hemos sido perdonados. Pero Jonás será de verdad una señal para nosotros, un signo para que nos demos cuenta de nuestros vaivenes, para que de una vez por todas emprendamos el verdadero camino de salvación que Dios nos ofrece, para que creamos con toda nuestra fuerza en la misericordia y compasión del Señor que por nosotros se da y a todos ofrece siempre su perdón. Nos sentimos en ocasiones reconocedores de que no somos merecedores de ese perdón y de ese amor que Dios nos tiene y nuestro corazón se llena tantas veces de turbulencias y de dudas.

La señal de Jonás que es su vida misma. La señal de Jonás que es como una resurrección cuando vuelve a la vida después de estar tres días en el vientre del cetáceo; enterrados estamos nosotros en nuestro pecado, pero estamos llamados a una vida nueva. Es un camino de pascua toda nuestra misma vida. En cuaresma hacemos camino hacia la pascua, pero tenemos que ir haciendo pascua en nuestra vida aprendiendo a morir al pecado para renacer a una vida nueva. ¿Podremos ser signos también nosotros para los demás?

domingo, 12 de julio de 2020

Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio



Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
Como hijo de trabajadores del campo de niño ya comenzaba a sentir como admiración ante ese misterio de vida que palpamos de alguna manera en las plantas sobre todo cuando observamos el ritmo que tiene su germinación y su crecimiento. Admiración también ante el agricultor que siembra su semilla y sabe que hay un proceso misterioso de germinación que tiene sus ritmos y sus tiempos; aunque ahora técnicamente podemos yo diría que de una forma química adelantar esos ritmos, sin embargo el agricultor pacientemente espera esos primeros brotes que Irán surgiendo de la tierra allí donde sembró la buena semilla. Pero tiene la certeza de que de esa semilla brotará una nueva planta que un día nos ofrecerá también su fruto.
Cuánto necesitamos también en nuestras tareas de esa paciencia del agricultor. Una paciencia llena de esperanza. Espera el fruto que llegará a su tiempo, no podemos adelantar los ritmos de la naturaleza. Y así en la vida humana, así en nuestras tareas, así en los proyectos que emprendemos, así en toda esa lucha que es la vida; es el proceso de las personas y es el proceso de los pueblos.
No le pedimos al niño el fruto maduro que nos tiene que dar un adulto, no podemos pedir a todas las personas la misma capacidad de respuesta; cuidamos la planta, cuidamos la vida, cuidamos el crecimiento de la persona, hemos de cuidar también el proceso del desarrollo de los pueblos, sabiendo que nos vamos a encontrar tierra endurecida, abrojos y zarzales, o cizaña que alguien se encarga de sembrar junto a la buena semilla.
Hoy comenzamos en el evangelio a escuchar una serie de parábolas que Jesús nos propone para que comprendamos lo que es en verdad el Reino de Dios y que el evangelista Mateo congrega en parte en este capítulo trece de su evangelio. Hoy comenzamos con la parábola que llamamos del sembrador por la imagen que se nos presenta del que salió a sembrar la semilla por todas partes, pero que en fin de cuentas quiere que nos fijemos más bien en la semilla que se siembra.
Ahí está precisamente el centro del mensaje, de lo que quiere hablarnos Jesús, la semilla. Es cierto que en los diferentes terrenos donde cae la semilla nos vemos reflejados nosotros en esa diferente actitud y escucha que podamos tener y hacer ante la Palabra de Dios recibida, pero de lo importante que nos quiere hablar Jesús es de la semilla. Esa semilla con su virtualidad propia, capaz de germinar y dar fruto, porque incluso en aquellos lugares difíciles intentará germinar y brotar, porque tiene vida en si misma.
Yo pienso que Jesús aquí nos está enseñando cómo siempre hemos de estar dispuestos a la siembra de la semilla, con la paciencia del agricultor, como decíamos antes, que aguarda pacientemente que un día habrá de germinar y un día puede llegar a dar fruto; consciente además que quizá no siempre será lo mismo de abundante, como nos sucede a nosotros en nuestra vida que no todos tenemos que dar la misma cantidad, el mismo fruto. Ya nos dice en la parábola que incluso en aquella tierra buena y bien labrada unos dieron el ciento, pero otros el sesenta o el treinta por uno, pero dieron fruto; y eso es lo importante.
La parábola, es cierto, quiere que nos centremos esa riqueza maravillosa de la semilla, de la Palabra de Dios que se siembra y que nosotros hemos de acoger. Pero es lección para los diferentes aspectos o apartados de nuestra vida.  Si podemos pensar en la tarea educadora de los padres con sus hijos que nunca se han de cansar de sembrar la buena semilla en sus vidas con la esperanza de que un día aparecerá ese fruto, también en cuanto realizamos en medio de la sociedad por la que nos preocupamos y nos afanamos en hacer que cada día nuestro mundo sea mejor lo hacemos siempre con la esperanza de que esas buenas semillas que nosotros vayamos sembrando harán florecer un día ese mundo haciéndolo mejor.
No nos cansemos de ser sembradores de esperanza y de ilusión, sembradores de bondad y de buenos sentimientos para con los demás, sembradores de sonrisas que hagan cada día más agradable la convivencia entre todos en nuestro mundo, sembradores de amor, de paz, de justicia porque sabemos que podemos hacer un mundo mejor.
Y claro no podemos olvidar toda la tarea que hacemos desde el compromiso de nuestra fe en el anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo. Una tarea inmensa e impresionante la que nos espera, sabiendo además que el terreno no siempre está bien dispuesto; ya nos lo describe Jesús en la parábola al hablarnos de esos distintos terrenos donde cayó la semilla. Pero el sembrador seguía sembrando la semilla, y es que nosotros sabemos que contamos con la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor que es quien cambia y transforma los corazones. Contamos con esa fuerza de gracia, como hemos de saber contar con la paciencia, como decíamos, del agricultor para saber esperar el tiempo y el momento en que esa semilla germine y esa nueva planta llegue a dar fruto.
No nos podemos sentir cansados los cristianos en esa tarea; no la podemos abandonar porque no veamos el fruto que esperamos; todo es gracia y todo depende también de la respuesta del corazón del hombre, pero ese corazón también lo puede mover la gracia del Señor. Los que desde el compromiso de nuestra fe nos sentimos llamados a evangelizar hemos de seguir haciendo esa tarea, cumpliendo esa misión. Tenemos la esperanza que nos da la certeza del Señor de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Yo quiero también ser sembrador, utilizando los medios que las redes sociales nos ofrecen hoy, seguir sembrando la semilla de cada día, como lo intento hacer a través de este medio.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret



Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23
Seguimos celebrando la Navidad. No es solo el ambiente externo navideño que aún no ha abandonado nuestras calles y nuestros ambientes, aunque pronto se transformará en las fiestas de fin de año y año nuevo, sino que quienes hemos querido meternos hondamente en el misterio de la Navidad lo seguimos sintiendo hondamente y sigue impulsándonos a ese encuentro vivo con el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos inunda de su amor y salvación.
Pasará todo este ambiente navideño que vivimos en lo exterior y como hojas que se lleva el viento o planta que no se riega y se cuida debidamente pronto poco a poco se irá acabando y lo sustituiremos por otras fiestas o acontecimientos de la sociedad que llevaran pronto al olvido cuando antes habíamos vivido hasta de una manera loca. Pero el sentido vivo de la navidad no pasará sino que irá dejando huella en nosotros y ojalá fuéramos capaces de ir marcando también con ello la vida de nuestra sociedad para acercarla más al evangelio. Es tarea que tenemos que realizar.
Este domingo siguiente a la navidad tiene un sabor especial. Queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret. En la sabiduría y providencia de Dios pudo encarnarse y hacerse hombre de mil maneras, podríamos decir. Pero quiso encarnarse en el seno de María y nacer en el seno de una familia y de un hogar, en el hogar de Nazaret. Nazaret es una gran lección todavía hoy para toda la humanidad. Y es que en Nazaret, un pequeño pueblo que había permanecido en el silencio y en el anonimato a lo largo de la historia, estaba aquel hogar humano, aquella familia en la que había de nacer y crecer nada menos que el Hijo de Dios, hecho hombre.
Nuestra mirada se dirige hoy a aquella familia, en los distintos avatares por los que tuvo que pasar que no fueron nada fáciles, para en ella encontrar ejemplo y estímulo para nuestras propias familias cuando queremos vivir esa realidad desde el sentido de la fe y desde el sentido del evangelio, un sentido cristiano.
Una familia es algo más que una pareja de un hombre y una mujer que porque se aman un día quieren contraer matrimonio. La urdimbre de esa pareja para ser una auténtica familia tiene que estar bien construida, bien conjuntada para crear lo que le va a dar una estabilidad y una hondura, una fortaleza al mismo tiempo que un calor humano y hasta divino que mantenga todas esas condiciones necesarias para ser una verdadera familia.
Allí donde todos van a ser los unos para los otros, porque cada uno va a sentir como propio cuanto le suceda a los demás miembros de la familia, allí donde mutuamente se van a sentir como entrelazados los unos con los otros para hacer un mismo camino aunque cada uno tenga sus características y dones particulares, pero donde siempre van a sentir ese apoyo mutuo que les fortalece y les enriquece y que les da una profunda estabilidad emocional y vital.
Hablando de esa urdimbre, de esa conjunción mutua y de ese sentirse entrelazados los unos con los otros para crear esa unidad familiar me vino a la mente aquellas traperas canarias realizadas en aquellos telares artesanales que hace años aun veíamos en nuestros pueblos y en nuestros campos. Recuerdo ver trabajar en uno de aquellos telares artesanales para realizar una de esas traperas que aun conservo en casa; cómo se preparaba debidamente la urdimbre que iba a ser la base de toda la tarea y por otra parte aquellas tiras con las que se elaboraba la trapera y que en la variedad de colores le daban su vistosidad y su belleza; pero del trabajo de tejer con todo cuidado con todos aquellos materiales y lanas surgía la fortaleza de la trapera elaborada pero también el abrigo que iba a dar para cubrirse de los malos tiempos.
Perdónenme la extensión de la comparación, pero de alguna manera así veo como se han de conjuntar los miembros de una familia entrelazándose mutuamente en el amor que le va a dar fortaleza y estabilidad a la institución familiar. Cada uno ponemos nuestro color que son nuestras cualidades y valores pero con los que mutuamente nos enriquecemos para darle colorido y belleza a la vida. Pero mutuamente nos apoyamos saliendo los unos por los otros en cualquiera de las dificultades que nos puedan ir apareciendo en la vida para en esa unidad sentirnos verdaderamente fuertes. Es el calor humano que nos ofrecemos los unos a los otros porque nunca entonces nos veríamos desamparados.
Es cierto que muchas veces nos aparecen grietas en la vida por donde nos puede entrar aquello que nos corroe y nos destruye, sobrevenidas de las mismas circunstancias de la vida, del carácter y peculiaridad de cada uno que no siempre hemos madurado lo suficiente y la vida se nos puede llenar de fríos que hacen mella en el corazón y nos pueden hacer olvidar aquellos buenos valores que tendríamos que saber cultivar.
Pero es entonces, como cristianos que queremos seguir a Jesús, cuando elevamos nuestra mirada y por una parte contemplamos a esta Sagrada Familia de Nazaret que hoy celebramos, pero también escuchamos en lo más hondo de nosotros la buena nueva del evangelio que una vez más viene a iluminar nuestras oscuridades.
Hoy contemplamos la fortaleza de José, el padre de familia de aquel hogar de Nazaret, para afrontar las dificultades y problemas que van surgiendo buscando siempre lo mejor. Pero es la fortaleza de un hombre creyente, del hombre que busca y quiere encontrar lo que son los caminos de Dios, lo que es la voluntad del Señor y se deja conducir. Cuánto tendríamos que decir en este sentido de esa madurez humana y espiritual que en José podemos contemplar.
Hoy por otra parte en la carta a los Colosenses se nos recuerda una serie de valores y virtudes que si las cultivamos debidamente van a ser como esa urdimbre base de lo que va a ser esa hermosa pieza de nuestra familia. Unos valores y unas virtudes que nos ayudan a entrelazarnos fuertemente los unos con los otros y que van a dar hondura y fortaleza a nuestras vidas y a nuestras familias.
Nos habla el apóstol de compasión entrañable, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; de sobrellevarnos mutuamente que significa aceptarnos y respetarnos, de ser capaces de perdonarnos, pero siempre de amarnos y amarnos sin límites buscando siempre la paz. Pero también algo muy importante, que la Palabra de Dios esté siempre plantada en lo hondo de nuestro corazón, para también saber dar gracias, alabar y bendecid al Señor, contar siempre con la fuerza y la gracia de su Espíritu.
Ojalá supiéramos tejer nuestra vida con todos estos valores que así nuestras familias cristianas tendrían otro brillo y otro colorido.