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jueves, 31 de julio de 2025

Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

 


Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Salmo 83; Mateo 13,47-53

Seguramente todos nos hemos llenado de impaciencia más de una vez, con ganas de entrar a fuego con todo, por decirlo de alguna manera, ante la revoltura de cosas, de actitudes, de manera de entender las cosas, de maldad de tantos quizás en nuestro entorno; quisiéramos algo así como un mundo perfecto, donde todos siempre fuéramos buenos, donde no existiera la maldad, donde hubiera desaparecido la injusticia y la violencia; es cierto que es a eso a lo que aspiramos, esa sería también nuestra tarea el conseguirlo, pero nuestro mundo es un mundo revuelto donde se entremezcla el agua cristalina con el barro y las basuras que nosotros mismos vamos arrojando en ese mar.

Quisiéramos quizás limpiarlo de un golpe, aunque fuera con la violencia, nos queremos convertir en inquisidores de los demás y vamos repartiendo condenas por doquier, queremos hacer desaparecer a los que nosotros consideramos malos; pero quizás tendríamos que pensar ¿por qué consideramos que son más malos que nosotros si también nos llenamos de violencia para quererlos arrasar?. Pero, recordando otro momento del evangelio, también tendríamos que preguntarnos, ¿quién puede tirar la primera piedra?

Hoy Jesús nos habla de una red repleta de peces. No todos son válidos, no todos son comestibles, pero ahí está esa red sacada del mar. Quizás observamos esa red y nos pudieran parecer todos iguales o todos comestibles. Será el sabio pescador el que al final podrá escoger los que son válidos, mientras los otros son arrojados de nuevo al mar. ¿No nos estará hablando de la paciencia de Dios con nosotros y con nuestro mundo?

¿No tendría eso que hacernos pensar en por qué nosotros vamos haciendo tantos juicios de los demás en la vida cuando quizás no nos miramos a nosotros mismos? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Aquí quizás tendríamos que recordar otras páginas del evangelio que nos invitan a reconsiderar nuestros pensamientos y a evitar esos juicios y condenas. ‘No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, algo así que nos dice Jesús en otro momento.

Esto tendría que ayudarnos a reflexionar en esa tensión que vivimos en lo social y en lo político, donde en lugar de aportar cada uno desde su manera de ver las cosas para colaborar con los otros en la construcción pacífica de nuestra sociedad, sin embargo todo es acritud, todo son enfrentamientos, todos parece que nos convertimos en enemigos que pareciera que nos queremos destruir los unos a los otros. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo, de nuestra sociedad? ¿Por qué no somos en verdad constructores que colaboramos los unos con los otros? ¿Cómo estamos educando las futuras generaciones con los ejemplos que les estamos dando? Confieso que son cosas que en verdad me preocupan mucho.

Jesús después de hablarles con todas estas parábolas a los discípulos les pregunta, ¿entendéis todo esto? ¿Llegaremos ciertamente a entender el mensaje del evangelio que tanta actualidad tiene, sigue teniendo en el mundo de hoy y que si lo escucháramos más en verdad estaríamos haciendo un mundo mejor? Esos valores que nos enseña el evangelio son fundamentales, son esenciales para nuestra vida.

Es la sabiduría del evangelio, como se nos termina diciendo hoy. ‘Pues bien, nos dice, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Saquemos a flote ese tesoro, esa sabiduría, esa prudencia de la vida, esa paciencia para no perder la paz ni la serenidad por mucho que veamos alrededor que nos inquiete, esa humildad para aceptar y para comprender, esa palabra buena que va a poner siempre paz en medio de nuestras guerras y violencias. Es la maravilla del evangelio de Jesús.

domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

jueves, 1 de agosto de 2024

Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

 


Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

En la red de los mares de la vida nos encontraremos variedad de peces. Como cuando echamos la red al mar para pescar, no solo vamos a encontrar en la red aquellos que más deseamos sino que enzarzados en la red encontraremos toda clase de peces, que unos nos servirán y otros no.

Es lo que nos vamos encontrando en la vida, en sus caminos, en nuestros encuentros, gente que nos parece bien y con quien estaremos más o menos en sintonía, pero también otros que piensan distinto o actúan en posturas bien contrarias a lo que son nuestros valores o nuestros principios. En ese conglomerado tenemos que navegar, tenemos que hacer nuestra vida, tendremos quizás que marcar nuestras diferencias porque queremos que brillen nuestros valores, pero no significa que dejemos de respetar a los que son de otra manera. En ese mundo tenemos que caber todos mientras nos guardemos el debido respeto y valoración, y sabiendo aprovechar también lo  bueno que pueda brillar en los demás.

Es la sabiduría con que tenemos que afrontar la vida, es la sabiduría que nos hace tener también una mirada amplia y llena de respeto, es la sabiduría con que aprovecharemos todo lo bueno que no significa que hagamos unas mezclas en las que al final todo nos parezca igual. No valen sincretismos de que todo vale, pero si tenemos que tener esa sabiduría para aprovechar todo lo bueno. No es fácil, podemos entrar en confusiones, si no tenemos los pies bien asentados en nuestros fundamentos podemos fácilmente deslizarnos de manera que al final no sabemos dónde estamos.

Nos ha venido Jesús hablando con distintas parábolas para irnos describiendo lo que es el Reino de Dios y los valores fundamentales de ese Reino de Dios. Nos ha hablado con distintas parábolas que nos hablan de la semilla, de las distintas respuestas del terreno donde ha sido sembrada, pero también de la maleza que se nos puede meter por medio, que sabemos bien que es una realidad, y que tenemos que saber sortear por una parte, o convivir con esa realidad intentando mantener la pureza de nuestra semilla y nuestras plantas, para que al final podamos obtener un fruto.

Hoy finalizando este capítulo donde el evangelista ha situado el conjunto de esas parábolas nos habla Jesús de la red arrojada al mar y en la que vamos a encontrar esa variedad de peces, aunque algunos tengamos que descartar porque no nos son válidos. Es lo que ahora hemos venido reflexionando y que de alguna manera resume lo que Jesús ha querido decirnos. Unas palabras, como lo son siempre las palabras de Jesús, que nos alientan en nuestro camino, en nuestras luchas, en nuestros esfuerzos por superarnos pero también por ser fieles a pesar de los vientos en contra que podamos encontrar. Nos agarramos fuerte a la luz para que no deje de alumbrarnos en el camino; así nos apoyamos en la Palabra de Jesús. Así vamos aprendiendo esa sabiduría del evangelio.

Por eso finalmente nos hablará del hombre sabio que sabe sacar del viejo arcón lo que es válido de verdad para nuestra vida, dejando a un lado lo que es inservible. Esa sabiduría que va creciendo poco a poco en nuestro interior, que es como ese poso que nos va quedando en el fondo lleno de los mejores sabores y olores después que en él hemos ido arrojando toda clase de sustancias. Habrá cosas que se diluyen y evaporan y parece que se olvidan porque ya no se tienen en cuenta, pero en el fondo ha quedado ese buen sabor, ese olor agradable que enriquece nuestra vida, es esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo con el paso de los años.

La sabiduría no está en los muchos libros que hayamos leído o estudiado, una biblioteca grande que hayamos formado con muchos tomos en lo que podríamos llamar estantes de nuestra vida, sino en ese conocimiento que en el fondo nos queda, podíamos decir que tomado de acá y de allá, y que nos da un sentido nuevo a cuanto hacemos o decimos.

Que crezca en nosotros esa sabiduría de Dios. Y ya sabemos cómo tenemos que hacerlo.


lunes, 21 de agosto de 2023

No son cosas que adosamos como un adorno ni las banalidades de los oropeles que nos dejan un vacío mayor, es la búsqueda de auténticos valores para sendas de plenitud

 


No son cosas que adosamos como un adorno ni las banalidades de los oropeles que nos dejan un vacío mayor, es la búsqueda de auténticos valores para sendas de plenitud

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22

¿Qué es lo que tengo que hacer? Una pregunta muy socorrida, una pregunta muy repetida, una pregunta que nosotros mismos nos habremos hecho en alguna ocasión o más de una vez.

Es lo que se pregunta el que tiene que hacer un trabajo y no tiene claro lo que tiene que hacer; es lo que se pregunta el que quiere obtener un trabajo y se pregunta a quien tiene que acudir, qué trámites tiene que realizar, qué pasos tiene que dar; es la pregunta que nos hacemos y que de alguna manera tiene relación con el futuro de nuestra vida; es la pregunta que le hace el niño o el joven a su padre aunque sea de una forma indirecta para ver cómo llegar a ser como su padre que es el ideal de su vida; es la pregunta fundamental que nos hacemos cuando nos planteamos la vida, cuando nos planteamos una vocación, cuando nos planteamos un futuro vital para nosotros mismos donde en el fondo estamos preguntando por algo más que por cosas. Es la pregunta que le hacemos a aquella persona de nuestra confianza y que va a ser el consejero de nuestra vida.

Es importante hacerse preguntas así; son las preguntas que nos llevaran por el camino de algo mejor, de algo que nos supera y nos hace superarnos a nosotros mismos, que nos hacen descubrir toda la riqueza de la vida; son las preguntas sobre el sentido de la vida, son las preguntas de las opciones fundamentales de nuestra existencia.

Hay algo importante para responder, que nos da la pauta de nuestra existencia, que nos señala metas pero también nos hace vislumbrar el camino, que nos hace entrar por una senda de rectitud y de búsqueda de la verdad de la existencia, por la búsqueda del sentido de la vida. Son cosas que nos tienen que hacer pensar, que van a dar profundidad a nuestra existencia, donde entonces no nos podemos quedar en la superficialidad de cosas que adosamos casi como pegostes a nuestra vida, pero que son tan débiles e inútiles que un día desaparecerán. Es cierto que tenemos la tentación de lo fácil y de lo menos costoso, pero en la respuesta se nos va a trazar una senda de superación que nos exige esfuerzo, lucha interior, pero lucha también en lo externo para desterrar vanidades y cosas superficiales, y esto muchas veces no es fácil, tiene su costo.

Jesús se ha sentido sorprendido en la petición de aquel joven y está viendo en él posibilidades de cosas grandes, de una grandeza de espíritu que podría alcanzar. Se regocija Jesús en aquel muchacho. Y simplemente le dice que cumpla los mandamientos.  Ahí tiene la pauta y la senda, donde no van a ser cosas sino actitudes nuevas las que tienen que surgir el corazón del hombre.

Pero aquello muchacho en un paso más dice que eso lo ha cumplido desde su niñez. El gozo en el espíritu de Jesús se va acrecentando. Hay un paso más que puede dar, desprenderse de cuanto tiene para que ese no sea el apoyo de su vida y compartirlo todo con los pobres. De ahí aquel joven ya no pudo pasar. Era rico, en muchas cosas había puesto todo el apoyo de su vida; ahora pensaba que con dar alguna de esas cosas era suficiente, como una compraventa. Pero ese no es el camino de Jesús que va por la vía del desprendimiento. ‘Vende lo que tienes y dalo a los pobres’, le dice Jesús. Ya fue un paso imposible para él; era muy rico, dice el evangelista.

¿Queremos comprar cosas que pongamos como adornos en la vida sin llegar a comprometernos más? Por otro lado van los derroteros del evangelio. No siempre es fácil dar el paso adelante, porque tenemos muchas cosas enredadas en nuestros pies, en nuestro corazón. Tenemos que quitar redes, tenemos que quitar pesos muertos, tenemos que arrojar lejos de nosotros tantas banalidades que nos dejan en la superficie sin enterrar bien nuestras raíces allí donde pueda nacer esa planta nueva, tenemos que dejar a un lado lo que de verdad nos lleva una plenitud en la vida.

jueves, 3 de agosto de 2023

 


Aprendamos de la vida siendo reflexivos, sabiendo detenernos para rumiar una y otra vez las cosas, para poder tener una mirada llena de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53

Algunas veces nos ponemos en plan de sabios, muy reflexivos y muy ‘filosóficos’ como queriendo dejar sentencias y nos decimos que la vida nos enseña, es la mejor escuela y el mejor maestro. No niego el aserto final pero si me digo que la vida nos enseña, pero si nos dejamos enseñar. Buenos maestros hemos tenido muchas veces y eso no significa que todos hayamos salido unas lumbreras, porque si no escuchamos al maestro, no quisimos aprender de él nada de su sabiduría se nos pegó.

Así me atrevo a decir, comentar o poner una pega a afirmaciones como esa. Tenemos que dejarnos enseñar, y para eso necesitamos reflexión, para eso necesitamos detenernos – eso que llamamos estudiar que no es solo aprendernos una cosa de memoria – para asimilar, para descubrir lo bueno y lo malo, lo que tenemos que aprovechar y lo que tenemos que descartar; y en eso tenemos que ir haciéndonos criterios, saber ir haciendo un juicio de valor a todo eso que nos va sucediendo o que vamos encontrando, para saber valorar y para saber descartar. No es solo lo que nos enseñen o nos metan a la fuerza en la cabeza, sino lo que nosotros vamos asumiendo.

Es lo que nos va a dar esa sabiduría de la vida, que no es fácil, que no lo conseguimos de un plumazo, que no es una nota que vayamos a conseguir aunque sea por lo raspado para decir que aprobamos. Es algo más y es algo distinto. Será lo que nos dará verdadera maduración a nuestra vida. Bien lo necesitamos.

Una hermosa tarea que tenemos que ir sabiendo hacer; no siempre es fácil, muchas vueltas tenemos que darle a las cosas, mucho tenemos que ir analizando lo que hemos experimentado en nuestra propia vida para irnos formando esos criterios, mucho también tenemos que dejarnos enseñar por quien nos pueda abrir cauces y horizontes para ver las cosas de otra manera, desde otra perspectiva, porque no todo nos lo vamos a tragar sea como sea. Será cuando nos encontremos a nosotros mismos, y seremos lo que tenemos que ser.

El evangelio hoy nos habla de la red echada al mar y que recoge toda clase de peces; será el sabio pescador el que cuando llegue a la orilla y hará recuento de los peces que ha recogido la red, verá los que son válidos y los que no, descartará a unos y recogerá a otros. Y nos dice Jesús que el Reino de Dios es así. ¿Nos estará hablando de esa sabiduría que hemos de tener en la vida? Como nos hablará también del hombre sabio que saber ir sacando del arcos donde tiene guardadas las cosas lo que es válido en cada momento. ¿Cómo ha llegado a descubrir lo que es valido en cada momento para sacar lo oportuno en su tiempo? Como solemos decir, porque lo ha estudiado, porque lo ha reflexionado, porque ha ido comparando una y otra cosa para descubrir lo que es justo y lo que es bueno, porque ha ido madurando en su interior para irse trazando esos principios para su vida, pero ha llegado a ello después de una madura reflexión.

Adolecemos de muchas superficialidades en la vida, vamos a lo loco, nos vamos dejando arrastrar por nuestros impulsos sin valorar si aquello que hacemos de verdad es valido para el crecimiento de nuestra vida, vamos mirando la vida y lo que hacemos muy a corto plazo sin darle verdadera perspectiva a lo que hacemos o a lo que nos sucede, y por eso vivimos en esa superficialidad, y todo se nos convierte en locura, y pensamos que solo disfrutar del momento sea como sea es lo que importa, nos vamos dejando arrastrar por nuestros caprichos, lo que satisfaga en este momento, nos vamos construyendo la vida como un castillo de naipes que pronto se nos puede desmoronar. Con cuantos infantiles nos vamos cruzando en la vida.

¿Aprendemos de la vida? Si sabemos ser reflexivos, si sabemos detenernos a contemplar lo que nos va sucediendo para irlo analizando, para ir descubriendo la bueno, para aprender donde no debemos tropezar, para saber comenzar de nuevo rehaciendo lo que hemos hecho mal, siendo capaces de ser humildes para dejarnos enseñar, y ser valientes para reconocer nuestros errores. Es la mirada de la persona reflexiva, es la mirada del sabio de verdad. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios fuente de nuestra verdadera sabiduría.

lunes, 7 de junio de 2021

Entremos en las redes del amor de Jesús y seremos los más dichosos alcanzando la altura de la felicidad que nos ofrecen las bienaventuranzas

 


Entremos en las redes del amor de Jesús y seremos los más dichosos alcanzando la altura de la felicidad que nos ofrecen las bienaventuranzas

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12

La felicidad. Todos la desean. Todos la buscamos. Pero no todos somos felices de la misma manera. Miramos a nuestro alrededor ¿y quienes son los que nos parecen más felices? Vemos a los triunfadores, los que parece que todo lo tienen, los que se sienten poderosos, los que ocupan los primeros puestos, los que parecen que disfrutan de la vida sea como sean, sin limites, sin escrúpulos, nos parecen felices, van derrochando risas y carcajadas por donde quiera que van, pero ¿serán los más felices? Muchos los envidian, quieren parecerse a ellos, quieren ocupar también esas cuotas de poder y de grandezas, y vienen las luchas y los empujones por alcanzar esa ansiada felicidad. ¿Nos sentiremos tentados nosotros a alcanzar una felicidad así?

Hoy el evangelio nos propone las bienaventuranzas; aquellos que nos dice Jesús que son dichosos y felices; pero nos da unas pautas que nos resultan incomprensibles, muy distantes de los caminos que veíamos antes que muchos recorrían para alcanzar la felicidad. Por eso tenemos el peligro de sentirnos confundidos y no entender las bienaventuranzas que nos propone Jesús y entonces querer hacernos unos arreglos para alcanzar esa bienaventuranza.

Y es que tenemos que comprender que nunca entenderemos las bienaventuranzas fuera de la órbita de Jesús. Solo quien se haya sentido cautivado por Jesús porque en El ha encontrado su esperanza y la razón de su existir podrá llegar a entender las bienaventuranzas y ponerse en camino para alcanzarlas.

Es cierto que tuvieron que causar gran sorpresa cuando fueron proclamadas por Jesús y para aquellas gentes atormentadas con tantos sufrimientos y decepciones eran unas palabras que en la sorpresa despertaban esperanza. Pero eran difíciles de entender si no nos ponemos en camino de seguir el camino de Jesús, el estilo y los valores que Jesús nos propone en el evangelio.

Solo quien se siente cautivado por Jesús entenderá lo que es el desprendimiento de esa pobreza de la que nos habla Jesús; solo desde Jesús se podrá entender que las lágrimas del sufrimiento o de la lucha interior por alcanzar un mundo mejor y más justo se pueden transformar en felicidad y alegría; solo quien está dispuesto a seguir ese camino de amor que se hace servicio y nos convierte en esclavos de los demás podrá entender la felicidad que se siente cuando amamos de verdad y nos damos y desgastamos por los otros. Sin Jesús no las entenderemos, sin Jesús no las podremos vivir, sin Jesús no podremos entender esa felicidad que El nos promete, sin contrastar esas palabras con todo el evangelio de Jesús no podremos disfrutar de esa felicidad que El nos ofrece.

Las bienaventuranzas no son solamente un código moral que tenemos que cumplir para salvarnos, no son unas normas o unas leyes que a fuerza tengamos que cumplir; es algo distinto, es un querer parecernos a Jesús porque nos sentimos cautivados por su amor porque el que entra en las redes del amor querrá parecerse, querrá imitar a aquel por quien se siente amado y al que quiere amar con un amor igual; cuando de verdad entramos en las redes del amor somos los más dichosos y los más felices.

lunes, 29 de junio de 2020

Como a Simón Pedro se nos está pidiendo que nos ciñamos y nos pongamos en camino hacia ese mundo al que tenemos que llevar la liberación de la buena nueva del evangelio




Como a Simón Pedro se nos está pidiendo que nos ciñamos y nos pongamos en camino hacia ese mundo al que tenemos que llevar la liberación de la buena nueva del evangelio

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
Simón, un rudo y fuerte pescador del mar de Galilea, del lago de Tiberíades. Siempre nos lo imaginamos así, un rudo pescador, un hombre fuerte acostumbrado a mil tormentas y batallas, al duro trabajo de la pesca, que sabe lo que es estar toda la noche bregando y también que al amanecer no haya pescado en la barca, porque esa noche nada se dio.
Un hombre fuerte y emprendedor, a estar disponible para todo, acostumbrado a tener la primera palabra, a ser un poco líder entre los demás compañeros que se van con él cada vez que sea necesario; pero es el hombre que busca, que lucha, que lo intenta una y otra vez, que sabe tener la humildad de aceptar la palabra que le dicen aunque no siempre lo vea claro, que cuando se entusiasma por algo o por alguien está dispuesto a todo, a sacar si es necesario la espada o hasta la dar la vida si es necesario, o que intentará convencer a quien ama que quizá lo que anuncia no es lo mejor y nada le puede pasar.
Pero el hombre que sin embargo y a pesar de tantas valentías tiene sus miedos, al que también en su interior le surgen dudas, que a pesar de su osada valentía habrá momentos en que se acobarda. El hombre sin embargo sensible en su corazón que no encuentra palabras para reconocer sus debilidades o para porfiar el amor cuando él también se siente amado.
Es el hombre con quien Jesús quiso contar. El que un día se encontró con Jesús porque su hermano Andrés le dijo que habían encontrado al Mesías, y ya desde entonces recibió en su corazón la mirada de Jesús y la palabra que le anunciaba que en él confiaría. Hasta se sintió cambiado en su nombre.
Es el que un día, estando en medio de las redes después de la tarea del día, escucha que Jesús pasa a su lado y le invita a seguirle porque quiere ofrecerle otros mares y otros horizontes para su pesca. El que ofreciendo generosamente su barca para que Jesús desde allí anuncie el Reino de Dios a la gentes se sentirá impulsado por Jesús para remar mar adentro para echar de nuevo las redes, aunque sabía que nada había, porque nada habían cogido en aquella noche; pero aprendió entonces que podría haber una pesca mejor, se siente pequeño y pecador ante las maravillas que contempla que les suceden y volverá a escuchar la invitación de Jesús para ser un día pescador de hombres.
Con Jesús se fue y aprendió de amores nuevos y de horizontes distintos que se abrían ante sus ojos en la medida que iba escuchando a Jesús e impregnándose de aquel sentido nuevo de la vida que era el Reino de Dios anunciado por el Maestro. Seguramente más de una vez se quedaría rumiando en su interior las palabras de Jesús porque no todas las comprendía y aquel nuevo sentido de servicio y de hacerse el último era algo que les costaba entender cuando tantas veces habían soñado con un Mesías triunfador y liberador de esclavitudes y de opresiones extranjeras. Ahora iba entendiendo que la liberación era algo que tenía que hacerse desde dentro como una semilla que calladamente se planta y desde el interior hará surgir una nueva planta, una nueva vida que daría un nuevo y distinto fruto.
Será el que haga acertada profesión de fe cuando Jesús pregunta que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero también qué piensan ellos; responder a lo que la gente pensaba era fácil porque testigos eran de las reacciones entusiasmadas de la gente, pero dar una respuesta personal será algo más difícil como a todos nos sucede; pero será el primero en hablar, aunque como le dirá Jesús no lo dice por si mismo sino porque el Padre del cielo se lo reveló en su corazón.
Vendrán momentos duros con los anuncios que Jesús hace que no le caben en su cabeza y tratará de convencer al Maestro que eso lo puede sucederle; será el momento de la desbandada porque a pesar de la espada allá en el huerto se había dejado dormir y no había permanecido vigilante; como una cascada se sucederá el abandono de todos y la negación de Pedro en su atrevimiento arriesgado de llegar hasta el patio del Pontífice; se había metido en la boca del león y el león estaba acechando a ver como podía hacerle caer. Cuando oye el canto del gallo llorará amargamente, y será para siempre, la negación en la que acaba de caer.
Pero será testigo de que la tumba estaba vacía y como se menciona casi de pasada en uno de los testimonios de la resurrección Jesús a él también se le aparecerá como a todos luego en el cenáculo y más tarde junto al lago de Tiberíades después de una nueva pesca milagrosa. ‘Tú sabes que te amo, tú lo sabes todo’, terminará poco menos que gritando con lágrimas de dolor, pero con la firmeza de una fe renovada en el amor porque Jesús seguirá confiando en él. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le confiará Jesús una vez más.
Este es Pedro, a quien hoy con gozo celebramos en su fiesta. Muchas consideraciones en consecuencia podríamos hacernos tras este recuerdo de su trayectoria. Vamos solo a fijarnos en lo que escuchamos en los Hechos de los Apóstoles. Pedro está en la cárcel y de allí es liberado por el ángel del Señor. ‘De repente; se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: Date prisa, levántate… Ponte el cinturón y las sandalias… Envuélvete en el manto y sígueme’.
Una nueva llamada y un nuevo envío. ¿Será signo de la llamada que nosotros hoy también escuchamos y de la misión que recibimos? Una liberación pero un envío que se nos hace a que nosotros vayamos a liberar también. Miramos nuestro mundo, miramos nuestra situación no muy buena ni fácil en muchas ocasiones y circunstancias si pensamos además el momento que vivimos, pero ¿no sentiremos el ángel del Señor que está también junto a nosotros y nos pide que nos pongamos el cinturón y las sandalias, que nos ciñamos y nos pongamos en camino?
Y es que no nos podemos quedar como encerrados en la cárcel de nuestros miedos, de nuestras cobardías, de nuestras dudas, de nuestras oscuridades, de nuestras debilidades y tropiezos, sino que aún con toda nuestra debilidad tenemos que ponernos en camino. Con nosotros está la fuerza del Señor. El nos ha confiado la fuerza del Espíritu y quiere seguir contando con nosotros.
¿No será éste el mensaje que recibimos este año en la fiesta de san Pedro?

sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. ‘En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo



Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11
Nos cuesta aceptar lo que nos digan los demás cuando nosotros nos creemos sabedores de la materia ¿Qué me va a decir a mí?, nos decimos runruneando en nuestro interior un tanto rebeldes.  Sobre todo cuando hemos estado batallando con el asunto y a pesar de todo lo que nosotros sabíamos sobre el tema nos vimos abocados al fracaso de no poder hacerlo. Decimos que tenemos experiencia, que tenemos conocimientos, que nosotros siempre lo hemos hecho… pero en cierto modo nos sentimos humillados porque venga otro a decirnos lo que tenemos que hacer.
Nos cuesta dejarnos guiar; queremos ser muy autodidactas y de alguna forma autosuficientes. Pero hemos de aprender a tener otras perspectivas en la vida, descubrir otras posibilidades, no quedarnos superficialmente en la orilla sino ser capaces de ir mar adentro, de adentrarnos con profundidad en la vida, de abrir otros horizontes. Y para eso nos hace falta dejarnos guiar, no pensar solo en nuestras corazonadas, sino que alguien nos ayude a descubrir algo nuevo, algo distinto para nuestra vida. Confiar, fiarnos, saber apoyarnos también en el otro que tanto nos cuesta por nuestra autosuficiencia.
Cuando lo hacemos, cuando ponemos confianza en la palabra del otro o en su mano tendida para emprender un nuevo rumbo, vemos que aquello que nos parecía tan difícil, casi imposible, se pudo realizar. Nos sentimos, entonces, incómodos dentro de nosotros mismos y en cierto modo avergonzados por no haber confiado antes; quisiéramos huir por la vergüenza pero no tenemos donde escondernos y a partir de entonces estaríamos dispuestos a todo, a lanzarnos a una nueva aventura si fuera necesario; pasada la cura de la humildad estaremos dispuestos a lo que sea, nos lanzaremos a cruzar otros mares si fuera necesario.
¿Será esto lo que nos está enseñando el evangelio de hoy? Jesús que estaba en la orilla del lago ve como mucha gente se reúne a su alrededor porque quieren escucharle; buscando una forma de situarse para poder hablar a todos se sube a una de las barcas, cuyos pescadores estaban ahora limpiando las redes después de una noche de faena. Desde allí habla a la multitud y cuando termina le pide a Pedro que reme lago adentro para echar de nuevo las redes para pescar.
Pedro se ve sorprendido por las palabras del Maestro, él que acaba de regresar después de una noche infructuosa. Bien sabía que no había nada que hacer después de la noche que han pasado. Además qué iba a saber el Maestro que era de tierra adentro, de Nazaret de las artes de la pesca. Eso que se lo dejara a él y su hermano o también a los Zebedeos que sí eran entendidos en las artes de la pesca. Muchas dudas surgieron en su interior.
Pero se fió, remó mar adentro y echaron las redes. ‘En tu nombre…’ porque tu lo dices me voy a fiar. Alguna confianza se había despertado ya en su interior después de escuchar a Jesús y se atrevió a lanzar de nuevo las redes quizá antes las miradas interrogantes y llenas de duda de sus compañeros de barca. Pero la redada de peces fue grande, se reventaban las redes, tuvieron que pedir ayuda. Algo había pasado, pero no era la exteriormente sino en su propia interior.
‘Apártate de mi que soy un pecador’, fue la reacción postrándose ante Jesús. Había sido posible y a él le costaba entender, pero había sucedido. Trágame tierra, o trágame mar, podía estar pensando sintiéndose avergonzado por sus dudas pero admirado por cuanto había sucedido. Era la obra de Dios que se estaba realizando en su interior.
‘De ahora en adelante serás pescador de hombres’, le estaba diciendo Jesús. Nuevos horizontes se estaban abriendo en su vida aunque no sabía bien a donde le iban a llevar, pero se confiaba. Ahora estaría para siempre con Jesús, aunque en ocasiones le vinieran las dudas ante sus palabras o lo que anunciaba y sucedía.
Lo que antes reflexionábamos como introducción a este comentario podría quedarse meramente en actitudes o comportamientos humanos, que también tenemos que iluminar con la luz de la fe, con la luz del evangelio. Esa apertura del corazón a nuevos horizontes tenemos que hacerla desde nuestro espíritu de fe, desde nuestra confianza en el Señor, desde ese dejarnos conducir por su Espíritu. Amplio es el campo que se abre ante nuestra vida, inmensa es la tarea, aunque algunas veces nos sintamos inútiles o pensemos que nada podemos hacer porque las cosas son como son.
Pero ese conformismo no es congruente con nuestra fe. Hay un confianza en nuestro corazón que nace de esa fe que tenemos que tiene que impulsarnos a algo nuevo, a nuevos horizontes y campos de trabajo. Es tanto lo que podemos hacer si con la confianza puesta en el Espíritu del Señor nos adentramos en ese mar de la vida donde tenemos que seguir lanzando las redes, lanzando la semilla, haciendo el anuncio del Reino de Dios.



lunes, 8 de julio de 2019

La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia


La certeza y seguridad de que Dios nos escucha no puede llevarnos a vivir una fe mágica y supersticiosa sino a abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos transformar por su gracia

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26
Cuando tenemos la certeza de que podemos conseguir algo no hay quien nos detenga, y sobre todo si la angustia es grande porque aquello que queremos remediar o conseguir afecta a la vida de alguien y mas si es un ser muy querido para nosotros. Nada ni nadie podía detener a aquel jefe de la sinagoga, cuya hija estaba en las últimas, si acaso no muerta ya.
Lo mismo podríamos decir de aquella mujer que para curar sus hemorragias se había gastado lo que tenía y lo que no tenía acudiendo a todos los médicos que pudieran curarla, pero que en lugar de curarse estaba cada vez peor. Quizá en su timidez no se atrevía a dar la cara para hacer su petición en medio de la gente, porque además aquel tipo de enfermedad era vergonzante para las mujeres y más en aquel contexto social e histórico.
Si Jairo se había postrado delante de todos para hacer su petición interrumpiendo incluso lo que Jesús estaba haciendo, aquella mujer había ido calladamente por detrás porque en su seguridad tenía la certeza de que solo era necesario tocar el manto. Ni en uno ni en otro podemos ver situaciones mágicas porque en uno y en otro se destaca la fe por encima de todo.
‘Tu fe te ha curado’ le dice Jesús a la mujer; ‘basta que tengas fe’, le dirá a Jairo cuando vienen a comunicar el fatal desenlace y que entonces ya no es necesario molestar al maestro. No quiere Jesús tampoco hacer espectáculo del milagro y cuando llega y se encuentra a todos llorando  - por allí andan ya las plañideras – dirá que no está muerta sino dormida y entrando solo con sus padres y tres de sus discípulos a donde estaba la niña, la toma de la mano y la entrega viva a su padre. Si antes se reían de Jesús ahora todo serán alabanzas haciendo que corriera la noticia por toda la comarca.
Esto nos plantea seriamente sobre la seguridad con que nosotros vivimos nuestra fe.  Es cierto que muchas veces damos la impresión de que todo el día le estamos pidiendo milagros al Señor en nuestras súplicas pero tenemos que analizar de verdad con qué seguridad confiamos en obtener lo que le pedimos al Señor. No puede ser, desde luego una fe mágica en la que parece que estamos esperando que el Señor nos toque con su varita mágica para que se realice todo aquello que le pedimos.
No podemos hacer supersticiosa nuestra fe, como tantas veces por ejemplo a través de las redes sociales nos llegan sugerencias de que recemos tal o cual oración, la enviemos a no se cuentas personas de nuestros amigos, y esa misma noche el milagro se realizará porque alcanzaremos todo aquello que estemos deseando dentro de nosotros.
Cuántas cadenas mágicas de oración nos llegan continuamente por las redes sociales para que hagamos unas determinadas cosas porque de lo contrario recibiríamos en castigo no sé cuantas cosas malas que caerían sobre nosotros. Y nos ponen como amenazas el testimonio del que hizo lo que se le decía y se multiplicaron sobre él no sé cuántas cosas buenas, y aquel que no lo hizo y se desentendió de aquella cadena le sucedieron no sé cuantas desgracias. ¿Es que ahora el medio de comunicarse el Señor con nosotros es a través de las redes sociales y ese es el camino de nuestra oración? ¿Ese es el nuevo camino del evangelio?
No es esa la fe y la confianza en su Palabra que el Señor nos está pidiendo. Ojalá tuviéramos la fe de Jairo o de la mujer de las hemorragias, para acudir con esa confianza al Señor. Pero es la fe que nos hace escuchar su Palabra y plantarla en lo más hondo de nuestro corazón para que como buena semilla germine y fructifique en nosotros dando señales por nuestra parte de una vida nueva, de una vida mejor y más santa.
El Señor quiere resucitarnos, es cierto, como a la hija de Jairo, o curarnos de nuestros males como a aquella mujer de evangelio. Es así como hemos de sentir que el Señor nos tiende su mano, deja que le toquemos su manto, y nos inunda con su gracia que nos transforma que nos hace sentirnos un hombre nuevo y renovado totalmente. Es la fe que nos transforma, nos resucita, nos cura, nos llena de nueva vida, porque nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en nosotros.

viernes, 26 de abril de 2019

Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús


Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
‘Y aquella noche no cogieron nada…’ Habían vuelto a Galilea después de todo lo que había acontecido en Jerusalén. Eran también las indicaciones del Maestro. Allá estaban de nuevo en su tierra y en sus casas. ¿Aburridos quizá cuando tanta había sido la actividad que habían tenido con Jesús? ¿Desalentados porque un poco se habían frustrado sus esperanzas? ¿Qué hacer? ¿Volver a la tarea de siempre? Allí estaban las barcas con todos sus aparejos.
Después de intensas actividades, cuando nos suceden cosas que nos desconciertan y tienen el peligro de apagar nuestras esperanzas, nos quedamos en ocasiones en ese tiempo o ese estado en el que no sabemos que hacer. Quizás aquello que habíamos emprendido con tanta ilusión parece que se nos viene abajo y algo tenemos que recomenzar. ¿Una tarea nueva? ¿Una nueva aventura de explorar nuevos campos? ¿Volvernos quizá a lo de siempre? Nos hace falta algo, un revulsivo que nos despierte; hacemos tentativas pero parece como que no estamos muy estabilizados en aquello que hacemos o las cosas no nos salen.
Es Pedro en este caso como en tantas ocasiones – madera de líder – el que se decide. ‘Me voy a pescar’ Y es cuando los demás dicen también ‘nos vamos contigo’. El evangelista nos detalla aunque no nos da el nombre de todos los que se fueron a pescar aquella noche. Pero una noche más de fracaso; después de tanto esfuerzo y trabajo no han cogido nada. ¿Un nuevo fracaso a añadir para la desilusión?
En la orilla hay alguien que pregunta que si han cogido peces. A la respuesta negativa – y vamos a ver con qué malos humores, porque todos somos humanos – aquel desconocido se atreve a indicarles que lancen la red por el otro lado de la barca. Por probar no pasa nada y se confían. Merecía la pena confiarse, porque la pesca resulto sorprendentemente muy grande cuando se habían pasado toda la noche faenando sin coger nada. Ahora sí que volvía la alegría a sus rostros a pesar del esfuerzo.
Pero es uno de los discípulos – el que era especialmente amado por Jesús – el que le susurra a Pedro que ‘es el Señor’. No hace falta nada más, pues Pedro los deja a todos en la estacada y se lanza al agua tal como estaba porque quería llegar pronto a los pies de Jesús a pesar de que solo estaban como a unos cien metros de la orilla. Es el impulso del amor, de quien tanto amaba a Jesús.
Allí estaba el que podía levantarles los corazones de nuevo, el que les hacia renacer las esperanzas, el que llenaba su corazón de alegría en el amor. Los demás discípulos arrastran la red a tierra y vienen también al encuentro con Jesús. Allí están ante Jesús llenos de alegría; allí están con las redes que habían sido de sus desilusiones pero ahora repleta porque Jesús les ha llenado de vida.
Como tenemos que aprender nosotros ir hasta Jesús, con lo que somos, con nuestros momentos negativos, pero también con esa luz que Jesús nos da y pone un sentido nuevo a nuestra existencia. Tenemos que dejarnos conducir por Jesús, porque no podemos caminar solos y a nuestra manera. Cuando nos quedamos en nuestro yo o en nuestras apetencias nada más, vemos que las redes se van a quedar vacías. No pensemos que por nosotros mismos sabemos manejar los aparejos de la vida, sino que tenemos que aprender a dejarnos llenar por la Sabiduría del Espíritu. Tenemos que aprender a realizar en todo la obra de Jesús.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión porque en esas cosas espectaculares que nos anuncian no encontraremos la salvación



Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión porque en esas cosas espectaculares que nos anuncian no encontraremos la salvación

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17,20-25

Aunque hoy parece que nos lo sabemos todo y pensamos que a nosotros nadie nos engaña sin embargo en ocasiones vivimos en una ingenuidad que nos hace dejarnos confundir con cualquier cosa que aparezca fuera de lo normal o cualquier cosa que nos digan que si hacemos esto o lo otro no se cuantas veces vamos a conseguir suerte y no sé cuantas cosas milagrosas; decimos que no nos lo creemos, pero por si acaso que me cuesta hacer eso que me piden y total al final quedaremos igual.
Ya hoy todo el mundo se manifiesta no creyente o agnóstico, porque parece que eso de está de moda, pero luego creemos en cualquier superstición que nos presenten como milagrosa o nos dejamos influir por no sé qué espiritualidades que aparecen por aquí o por allá y ante la novedad enseguida lo vemos como cosas maravillosas en las que comenzamos a creer o, al menos, dejarnos influenciar. Hemos sido cristianos de toda la vida, no hemos cultivado nuestra fe ni nuestra propia espiritualidad cristiana pero enseguida nos vamos tras cualquier corriente de pensamiento, porque ahí, si decimos, que encontramos algo espiritual que nos eleva y nos hace ser distintos.
Creo que estamos en momentos de gran confusión. Ahora quizá se resalta más esa confusión porque con los medios de comunicación que tenemos cualquier cosa se desparrama por el mundo en un instante, pero creo que en todos los tiempos históricos siempre ha habido momentos de gran confusión. Hoy como decíamos con los medios de comunicación que tenemos se crean redes de manipulación o de extensión de esas confusiones.
¿Quién que utilice las redes sociales del momento no ha recibido más de una vez no se cuantas cadenas que nos prometen milagros mil, imágenes de tipo religioso que esconden detrás muchas cosas raras, o que nos ofrecen nuevas visiones de las cosas, nuevos enfoques que además nos piden que los divulguemos? Tras muchas frases bonitas muchas veces se nos ofrecen, incluso con un cariz religioso, pensamientos que entran en profunda contradicción con el pensamiento de un cristiano; con aquella imagen sugerente, con aquellas palabras bonitas nos dicen cosas muy dispares y que si no las razonamos bien pueden entrar en confusión y contradicción con nuestra fe cristiana.
Por algo Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión. Nos dirán que está aquí o está allí, pero El nos dice que el Reino de Dios está dentro de nosotros. Nos hablaran de cosas espectaculares, de milagros y hechos extraordinarios, pero nos invita que no nos dejemos confundir. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros… Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día’.
Es en el evangelio que Jesús nos ha anunciado en lo que tenemos que creer. Lástima que los cristianos primero nos dejemos arrastrar por esas cosas que nos crean confusión antes que ponernos a escuchar el evangelio en nuestro corazón. Queremos todos dar opiniones, queremos que las cosas sean de una forma o de otra y expresamos nuestros gustos, que muchas veces son escaquearnos de la radicalidad y exigencia del evangelio. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús y mantengamos nuestra fidelidad aunque muchas veces nos cueste o nos parezca que se nos hace cuesta arriba. Siempre la Pascua en toda su amplitud va a estar presente en nuestra vida.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender y dejarnos cautivar es la respuesta de nuestra fe ante la sorpresa del amor de Dios


Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender y dejarnos cautivar es la respuesta de nuestra fe ante la sorpresa del amor de Dios

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

Hay sorpresas que nos da la vida que nos causan un gran impacto y dejan huella en nosotros de manera que parece que todo cambia a partir de ese momento. Vivimos normalmente en la rutina de las cosas que hacemos todos los días y dependiendo de la actitud que nosotros tengamos o pongamos ante lo que hacemos nos parece que en la vida todo es igual y tenemos incluso el peligro de dormirnos en esa monotonía. Ya decía depende de la actitud con que nosotros nos enfrentemos a la vida de cada día, a lo hacemos, para que seamos capaces de darle una mayor profundidad y sentido, de darle más valor a lo que hacemos.
Sin embargo, como decíamos, hay momentos en que la vida nos da sorpresas, porque nos sucede algo que no esperábamos o que no entraba en nuestros planes; cuando todo  nos parecía igual en esa monotonía, y ya de alguna manera teníamos previsto incluso esa monotonía aparece algo que nos sorprende, que nos llama la atención, que nos despierta, que nos hace ver las cosas de otra manera.
Claro que es necesario que estemos abiertos también a esa sorpresa y tener la capacidad de admirarnos ante lo que nos sucede. Incluso aquello que nos parece igual si tenemos esa sensibilidad en nosotros para dejarnos sorprender seremos capaces de descubrir eso nuevo que nos dé como una nueva ilusión o esperanza y hasta descubrir un nuevo matiz de la vida en el que quizás no habíamos caído en la cuenta. Algunas veces el desaliento en que vivamos nos hace hundirnos más en esa monotonía que se convierte en rutina que nos oscurece el alma.
Aquellos que iban a ser sus primeros discípulos eran pescadores en el lago de Galilea. La rutina de sus vidas cada día era salir al lago a pescar aunque había ocasiones en que su trabajo se volvía infructuoso; en aquella mañana estaban recogiendo y arreglando sus redes pensando en otro día de pesca que tuviera mejores resultados, y por allí apareció aquel nuevo profeta al que les gustaba también escucharle, porque despertaba nuevas esperanzas en su corazones. Alrededor en la orilla del lago se había arremolinado una cantidad grande de gente que quería escucharle y Jesús había aprovechado una de las barcas para sentado en ellas hablarles a las gentes.
Hasta ahora todo normal y nada extraordinario había en ello. Pero cuando Jesús terminó de hablar les pide que enfilen de nuevo lago adentro y que echen las redes para pescar. Ellos en el conocimiento que tenían del lago y lo que les había sucedido en la noche anterior sabían que ahora por aquella zona no había posibilidades de pesca. Pero Pedro había sentido algo en su corazón al escuchar a Jesús y se decide a lanzar la red solamente confiando en la palabra de Jesús. ‘Por tu nombre, porque tu lo dice, echaré las redes’.
La sorpresa fue grande. Pero su corazón fue capaz de descubrir las maravillas de Dios. Ante tanta grandeza, ante tanta maravilla, es normal que se sintieran pequeños, se sintieran pecadores indignos de estar en su presencia. Es la reacción de Pedro y es la reacción de los otros pescadores, a los que habrá que llamar también para que les ayuden, pero para que sepan admirar las maravillas de Dios.
Su vida va a cambiar, va a ser distinta, van a ser lo que siempre estarán con Jesús, porque Jesús para ellos también tiene una misión. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y ellos se dejaron cautivar por aquella maravilla, ellos se dejaron cautivar por Jesús.
Cuantas conclusiones tendríamos que sacar también nosotros para nuestra vida. Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender; admirar las maravillas de Dios y dejarnos cautivar. Para nosotros también Jesús tiene una misión.