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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


domingo, 29 de diciembre de 2024

Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

 


Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La pertenencia a una familia es algo más que el hecho biológico de nacer de unos padres; la familia es un caldo de cultivo de la germinación de una nueva vida en todos los sentidos, es un semillero que hace germinar, pero también hace crecer y madurar la planta de la vida en una mutua relación con la rodea creando las mejores condiciones para el crecimiento y maduración, es el horno en el que se cuecen los mejores valores para hacerles sacar los mejores sabores a la vida, es la mejor escuela para aprender el sentido de la vida desde todo aquello que se vive en su entorno que nos enseña y transmite la más profunda sabiduría que da sabor y sentido a la existencia, y es hogar para aprender lo que es el amor y la unidad que se hace comunión… así podríamos seguir desgranando imágenes que nos hablen de su sentido y de su valor, de su razón de ser y de la luz para nuestra existencia.

Y ahí quiso nacer Dios hecho hombre; cuando en su amor quiere Dios hacerse presente en la vida humana, el eterno desde toda la eternidad quiere tener un principio y un inicio de vida humana naciendo como hijo en el seno de una familia humana. Es la familia de Nazaret formada por aquel matrimonio de José y María en la que quiso nacer y hacerse hombre, con todo lo que significa no solo el nacimiento sino el hacerse hombre como miembro de aquella familia. Es un misterio de Dios que solo en Dios podemos encontrar y podemos descifrar, porque podríamos decir que no entraría en nuestros razonamientos humanos. Así es el amor, que es la grandeza de Dios, pero que se manifiesta así en la humildad de nuestra carne; quiere necesitar ese caldo de cultivo, ese semillero y ese horno de vida, esa escuela y ese hogar.

Es lo que ahora es este marco de la Navidad nosotros estamos celebrando. No podía ser menos. Cuando contemplamos el misterio de amor de Dios que se hace hombre, no solo miramos a Belén sino miramos lo que fue aquella familia que se refugió en la gruta de Belén, miramos lo que sería luego aquel hogar de Nazaret donde como el mismo evangelio hoy nos dice aquel Niño que nosotros confesamos como Dios hecho hombre ‘iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres’.

Queremos ver en aquel hogar y en aquella familia de Nazaret, que nosotros llamamos Sagrada Familia, reflejadas todas aquellas imágenes que al principio hacíamos desfilar en nuestra mente como reflejo de aquella maravilla humana y podríamos decir también divina en la que creció Jesús, el Hijo de Dios, que vimos nacer en Belén.

En los breves trazos que nos da el evangelio en referencia a la infancia de Jesús podremos contemplar toda esa maravilla que es toda familia humana y que bien se refleja allí en Nazaret, con sus problemas y dificultades que no les faltaron como no faltan en nuestras familias – pensamos en su emigración a Belén para el censo como en su destierro a Egipto huyendo de Herodes, o en su caminar peregrina hasta establecerse de nuevo en Nazaret -, con los valores allí cultivados que hacían también brillar todas las luces del amor, con las expresiones de su religiosidad tanto en la subida al templo de Jerusalén para la fiesta de la pascua como en la costumbre, como luego se reflejará en la vida de Jesús y su presencia en otra ocasión en Nazaret, de la asistencia a la sinagoga en el sábado para la escucha de la ley y los profetas.

Hoy nosotros queremos mirar a la Sagrada Familia desde la realidad de nuestras familias en este mundo concreto en el que vivimos, con sus alegrías y también con sus penas, con nuestras luchas y nuestros esfuerzos de superación, con la trascendencia que le hemos de dar a nuestra vida elevando siempre nuestro espíritu a metas altas y espirituales, con la profundidad y la madurez que le queremos dar a nuestro amor, con el cultivo de esos valores en ese semillero precioso de nuestros hogares caldeando nuestro espíritu en el fuego del Divino espíritu, haciendo crecer nuestra vida y llenándonos también de la Sabiduría del espíritu de Dios.

Fuertes, es cierto, son los vientos que muchas veces soplan en contra y que quieren barrer muchos de esos valores que nosotros consideramos tan necesarios, pero no nos podemos desalentar; contemplamos a la sagrada Familia de Nazaret que también tuvo esos vientos en contra pero que se dejó conducir como vemos en esa imagen tan preciosa de los sueños de José que le hacían descubrir el misterio y la voluntad de Dios para sus vidas.

Dejémonos conducir nosotros también, abramos nuestro corazón al espíritu, no nos dejemos envolver por el materialismo de la vida, busquemos siempre la verdadera sabiduría que nos da esa madurez necesaria para afrontar las dificultades. Que el ejemplo de la Sagrada Familia sea espejo en el que nos miremos. Dejémonos bendecir por Dios.

viernes, 16 de agosto de 2024

Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

 


Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Es cierto que a nadie le gusta caminar con una carga pesada sobre sus hombros, y si podemos nos la quitamos de encima; hoy, por cierto, queremos aliviar nuestros trabajos y nos valemos de lo que sea para lograrlo, y de lo que nos cuesta queremos liberarnos porque además nos están educando en que solo buscamos lo fácil y el esfuerzo por alcanzar aquello que es difícil lo rehuimos, porque pensamos que todo en la vida tiene que ir por caminos de comodidad.

No todo esfuerzo tiene que ser un calvario para nosotros, pero eso depende del sentido que le vamos dando a la vida, de lo que valoremos el esfuerzo y la superación, de los deseos que tengamos de alcanzar altas metas aunque sean costosas. ¿No estaremos haciéndonos una sociedad de cómodos y débiles porque no valoramos el esfuerzo y el sacrificio? Tendríamos que analizar mejor los valores por los que nos movemos, el motor que de verdad mueve nuestra vida, las motivaciones que ponemos en lo que hacemos.

¿No te gusta una cosa? Déjala a un lado, tírala y busca algo nuevo, es un poco el estilo por el que nos estamos manejando. Y ya ni nos preocupamos de cuidar las cosas que tenemos, porque si se estropea sabemos que inmediatamente la podemos sustituir por otra. ¿Podemos tener esto como  norma de nuestra vida, como la manera de hacer las cosas? Y esto ya no se refiere solo a las cosas sino que será también en el trato de las personas, que parece que poco menos que las utilizamos como cosas, que cuando no nos sirven las desechamos.

¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que pasa con los mayores que ya no nos son productivos sino que mas bien en su dependencia pueden estar costándonos y por eso también los arrimamos a un lado en la sociedad en la que vivimos, y si podemos los desechamos? Es mucha la amplitud en variedad de situaciones que le podemos dar a esta reflexión que nos venimos haciendo y a esa manera de actuar a la que nos vamos acostumbrando. ¿Cuál es realmente el valor que le estamos dando a la persona? Es algo serio lo que nos estamos planteando.

Pero esto no es nuevo, no pensemos que nos lo hemos inventado en los tiempos modernos, aunque sin embargo parece que se agravan estas situaciones. Hoy en el evangelio le están haciendo a Jesús este planteamiento en relación al matrimonio. Es la pregunta clásica de todos los tiempos. ¿Está bien o no eso de divorciarse? ¿Podemos o no podemos hacerlo? Un planteamiento al que hoy se le quiere dar una solución fácil.

Pero Jesús quiere ir a algo más hondo y nos recuerda donde está el origen del sentido del matrimonio. ‘¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.

Es algo más que una pasión. ¿Nos lo habremos planteado el matrimonio como un proyecto de vida que nace de un amor profundo, como para dejarlo todo para compartir una vida? Y un proyecto de tal envergadura no puede nacer solo del impulso de un momento, de una pasión que nos ciega, de un instinto de la naturaleza sino que ha de nacer de lo hondo de la persona poniendo buenos cimientos y comprometiéndoos seriamente en su edificación y conservación de cada día.

Un proyecto es algo que tiene que ir creciendo en cada momento, enriqueciéndose paso a pasa, realizándose en un camino en comunión. Tendrá sus dificultades, encontraremos cosas que nos cuesta realizar, nos exigirá un esfuerzo de superación, nos obligará a corregir las desviaciones que puedan ir surgiendo en el desarrollo del proyecto, no olvidar nunca y tener en cuenta siempre que es lo que estamos pretendiendo.

Pero claro en esta sociedad nuestra tan comodona, que se mueve tanto solo por lo que es fácil, un proyecto así le resulta costoso, como costoso ha sido también el poner unos buenos cimientos, pero que son necesarios para que el edificio no se nos venga abajo. Y costoso será el amor, y costoso será el aceptarnos mutuamente, y costoso es todo crecimiento para llegar a dar esos frutos de madurez.  

Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido antes de estar buscando soluciones fáciles y rápidas que siempre nos van a dejar secuelas en la vida.

 

sábado, 10 de agosto de 2024

Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

 


Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

2Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Es preciosa la flor de una planta y sabroso será el fruto que luego recojamos y comamos, pero ¿nos habremos parado a pensar en todo el proceso previo para poder llegar finalmente a saborear el fruto? Desde la semilla que se entierra para que pueda germinar y que de alguna manera es como morir a sí misma para poder hacer que surja una vida, como todo el proceso de crecimiento con sus cuidados correspondientes, la belleza de la flor que un día como que desaparece para que pueda hacer surgir lo que será el fruto que ha de llegar a su correspondiente maduración. Nos comemos el melocotón, por decir una sabrosa fruta, pero no pensamos en todo ese camino para llegar a ser ese sabroso fruto que así vamos a degustar.

Hoy Jesús nos habla de una semilla, como tantas veces lo hace en el evangelio, pero nos dice que la semilla tiene que morir para germinar. Pero no se queda Jesús en la materialidad de ese proceso de la naturaleza sino que nos está haciendo una comparación con nuestra vida. ¿Llegaremos un día a ese estado de la fruta madura como fruto de lo que hemos hecho o vivido? Lo podemos pensar meramente en el aspecto humano de la persona, del sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que somos. No podemos simplemente vegetar, estar ahí porque nos ha tocado estar ahí, como un cañaveral que está en un barranco o un zarzal que se enracima por la pared o por la ladera.

Estamos llamados a dar un fruto en esas obras que realizamos con las que no solo estamos haciéndonos a nosotros mismos sino que estamos siendo fructíferos y fecundos para los demás y para el mundo en el que vivimos; en lo que hacemos nos vamos plasmando, vamos dejando nuestro ser, nos hacemos creadores y creativos porque vamos repartiendo vida, vamos haciendo que nuestro mundo tenga vida.

Desde nosotros mismos estamos alimentando la vida de ese mundo en el que vivimos; no somos unos zánganos que simplemente nos aprovechemos de lo que hay en ese mundo o de lo que hacen los demás. ¡Qué hermoso cuando encontramos ese sentido para nuestra vida! ¡Qué satisfacción más honda podemos sentir dentro de nosotros mismos!

Claro que eso significará también un proceso que hemos de ir realizando en nuestra vida para que haya ese crecimiento y lleguemos a esa madurez. Comenzamos por no centrarlo todo en nosotros mismos, encontraremos el sentido del amor como donación no solo como satisfacciones que recibimos de los demás o nos lleguen por los sentidos. Y ese sentir esa nueva vida, ese nuevo sentido de vida en nosotros algunas veces se nos vuelve doloroso porque habrá que arrancar muchas raíces de egoísmo o de orgullo que se nos van metiendo en los entresijos del alma. Y eso cuesta, como doloroso es el parto que hace hacer una nueva vida.

Por eso hoy Jesús nos hablará de ese morir a nosotros mismos para alcanzar la plenitud de la vida. Es lo que nos va describiendo de lo que significa seguirle, ser su discípulo, vivir ese camino nuevo que nos está señalando. Será costoso pero podemos sentir el gozo del amor del Señor que se derrama y derrocha sobre nuestra vida. Y eso nos hará generosos en nuestro amor, en nuestra entrega, en nuestra capacidad de servicio para los demás.

Hoy en la liturgia se nos están ofreciendo estos textos de la Palabra en razón de la fiesta que celebramos, San Lorenzo Mártir. Cuando lo recordamos a todos nos viene a la memoria la imagen de la parrilla en que fue martirizado, pero quizá no tenemos en cuenta todo lo que hay detrás en su vida; aunque era procedente de España sin embargo él era un diácono de la Iglesia de Roma, con el Papa Sixto V que precisamente hemos celebrado hace unos días. La función del diácono era la del servicio, sobre todo en la atención de los pobres y necesitados con lo que aportaban los cristianos de la Iglesia de Roma.

Después del martirio del Papa la voracidad del emperador de Roma quería apoderarse de los bienes y de las ‘riquezas’ de la Iglesia. ¿A quién reclamar? Al diácono Lorenzo como administrador de los bienes de la Iglesia. Y Lorenzo reunió a todos los pobres de Roma y se los presentó al emperador diciendo que esos eran la riqueza de la Iglesia. La reacción fue el martirio de Esteban, precisamente en ese tormento del fuego, por lo que es presentado con esa imagen de la parrilla.

Esteban bien conocía el pasaje del evangelio que nos ha dado pie hoy a nuestra reflexión, del grano de trigo que si no se entierra y muere no da fruto. No temió por su vida, sino que la entregó libremente, como había hecho Jesús en su subida al Calvario, porque así sabía que obtendría una vida que dura para siempre, la vida eterna.

Ahí tenemos el fruto de la vida de Lorenzo. ¿Seremos capaces nosotros también de llegar a dar esos frutos porque vivamos el sentido de este evangelio?


sábado, 16 de septiembre de 2023

Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación



 Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación

1 Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

Queremos tener buenas frutas que poner en la mesa, queremos tener hermosas y olorosas manzanas que poder ofrecer a quienes llegan a nosotros, plantemos un árbol frutal, plantemos un manzano y cuidémoslo debidamente; nos podrá dar al final buenos frutos y hemos cuidado con esmero nuestro manzano. Lo habremos de plantar en buena tierra, atender a su cuidado y su poda todos los años, hemos de abonar a su tiempo para que sus raíces puedan extraer sus nutrientes de aquella tierra bien cuidada y abonada, para al final recoger una abundante cosecha. Esas raíces están hundidas en una tierra abonada quizás con el estiércol que hayamos conseguido por otra parte en el cuidado de los animales, y aunque el estiércol pudiera parecernos apestoso y desagradable, sin embargo de la tierra abonada con ese estiércol el manzano extraerá sus nutrientes que nos darán hermoso y oloroso fruto.

¿Sabremos dar fruto con nuestra vida? ¿Seremos ese árbol bueno que produce buenos frutos como nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio? Creo que nos estaremos dando cuenta de cómo hemos de cultivar el árbol de nuestra vida, enraizarlo debidamente en buena tierra, pero también darle los abonos necesarios y convenientes para que tenga esos nutrientes que nos lleven a dar esos frutos que tenemos que ofrecer. Seremos malos o buenos, quizás también reconocemos que hay cosas desagradables en nuestra vida por nuestra condición de pecadores, pero ahi está la tarea se superacion, de crecimiento espiritual, de maduración que hemos de realizar en nosotros, purificando, es cierto, esas cosas que muchas veces nos pueden desviar de nuestras metas con una poda tan necesaria que hemos de realizar continuamente en nosotros.

En esa tierra que somos nosotros, también con nuestros defectos y debilidades, con nuestros errores y tropiezos, porque esa es nuestra condición humana iremos avanzando en la vida porque sabemos buscar la fuente que alimenta nuestro espíritu, toda nuestra vida. No podemos descuidar esa tarea de ascesis que continuamente hemos de ir realizando en nuestra vida; es la forma de nuestro verdadero enraizamiento en la fuerza del Espíritu y de nuestro crecimiento espiritual para que un día esos frutos puedan madurar.

Hoy nos habla también el evangelio con otra imagen de cómo hemos de saber cimentar bien nuestra casa para que no se derrumbe ante el primer temporal que aparezca; y bien sabemos que serán muchos los temporales a los que tendremos que enfrentarnos a lo largo de la vida. Contratiempos y desviaciones del camino, cantos de sirena que nos atraen con muchas cosas pero que lo que pretenden es alejarnos de nuestra meta, malas tendencias e inclinaciones esclavizantes que pueden surgir de unas pasiones descontroladas, influencias que podemos recibir que nos invitan a una vida cómoda y a un dejarnos llevar y arrastrar por lo primero que nos salga al paso, orgullo y amor propio que nos tientan desde nuestro mismo interior, el materialismo de la vida y la vanidad que tan fácilmente nos ciega y nos esclaviza... muchos temporales a los que estamos sometidos continuamente.

Por eso nos está hablando Jesús de esa buena cimentación, no sobre una arena movediza de nuestros caprichos y vanidades, sino en la roca firme que fortalece nuestra fe y nos anima a caminar con paso firme. Desde esa casa bien cimentada y llena de fortaleza interior podremos incluso ser corazón de acogida para cuantos están a nuestro lado y ven como tantas veces se les derrumba su vida por no haberla bien fundamentado.

'El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien... porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca', nos dice hoy Jesus. ¿Cuál es ese buen tesoro que llevamos en el corazón?


jueves, 3 de agosto de 2023

 


Aprendamos de la vida siendo reflexivos, sabiendo detenernos para rumiar una y otra vez las cosas, para poder tener una mirada llena de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53

Algunas veces nos ponemos en plan de sabios, muy reflexivos y muy ‘filosóficos’ como queriendo dejar sentencias y nos decimos que la vida nos enseña, es la mejor escuela y el mejor maestro. No niego el aserto final pero si me digo que la vida nos enseña, pero si nos dejamos enseñar. Buenos maestros hemos tenido muchas veces y eso no significa que todos hayamos salido unas lumbreras, porque si no escuchamos al maestro, no quisimos aprender de él nada de su sabiduría se nos pegó.

Así me atrevo a decir, comentar o poner una pega a afirmaciones como esa. Tenemos que dejarnos enseñar, y para eso necesitamos reflexión, para eso necesitamos detenernos – eso que llamamos estudiar que no es solo aprendernos una cosa de memoria – para asimilar, para descubrir lo bueno y lo malo, lo que tenemos que aprovechar y lo que tenemos que descartar; y en eso tenemos que ir haciéndonos criterios, saber ir haciendo un juicio de valor a todo eso que nos va sucediendo o que vamos encontrando, para saber valorar y para saber descartar. No es solo lo que nos enseñen o nos metan a la fuerza en la cabeza, sino lo que nosotros vamos asumiendo.

Es lo que nos va a dar esa sabiduría de la vida, que no es fácil, que no lo conseguimos de un plumazo, que no es una nota que vayamos a conseguir aunque sea por lo raspado para decir que aprobamos. Es algo más y es algo distinto. Será lo que nos dará verdadera maduración a nuestra vida. Bien lo necesitamos.

Una hermosa tarea que tenemos que ir sabiendo hacer; no siempre es fácil, muchas vueltas tenemos que darle a las cosas, mucho tenemos que ir analizando lo que hemos experimentado en nuestra propia vida para irnos formando esos criterios, mucho también tenemos que dejarnos enseñar por quien nos pueda abrir cauces y horizontes para ver las cosas de otra manera, desde otra perspectiva, porque no todo nos lo vamos a tragar sea como sea. Será cuando nos encontremos a nosotros mismos, y seremos lo que tenemos que ser.

El evangelio hoy nos habla de la red echada al mar y que recoge toda clase de peces; será el sabio pescador el que cuando llegue a la orilla y hará recuento de los peces que ha recogido la red, verá los que son válidos y los que no, descartará a unos y recogerá a otros. Y nos dice Jesús que el Reino de Dios es así. ¿Nos estará hablando de esa sabiduría que hemos de tener en la vida? Como nos hablará también del hombre sabio que saber ir sacando del arcos donde tiene guardadas las cosas lo que es válido en cada momento. ¿Cómo ha llegado a descubrir lo que es valido en cada momento para sacar lo oportuno en su tiempo? Como solemos decir, porque lo ha estudiado, porque lo ha reflexionado, porque ha ido comparando una y otra cosa para descubrir lo que es justo y lo que es bueno, porque ha ido madurando en su interior para irse trazando esos principios para su vida, pero ha llegado a ello después de una madura reflexión.

Adolecemos de muchas superficialidades en la vida, vamos a lo loco, nos vamos dejando arrastrar por nuestros impulsos sin valorar si aquello que hacemos de verdad es valido para el crecimiento de nuestra vida, vamos mirando la vida y lo que hacemos muy a corto plazo sin darle verdadera perspectiva a lo que hacemos o a lo que nos sucede, y por eso vivimos en esa superficialidad, y todo se nos convierte en locura, y pensamos que solo disfrutar del momento sea como sea es lo que importa, nos vamos dejando arrastrar por nuestros caprichos, lo que satisfaga en este momento, nos vamos construyendo la vida como un castillo de naipes que pronto se nos puede desmoronar. Con cuantos infantiles nos vamos cruzando en la vida.

¿Aprendemos de la vida? Si sabemos ser reflexivos, si sabemos detenernos a contemplar lo que nos va sucediendo para irlo analizando, para ir descubriendo la bueno, para aprender donde no debemos tropezar, para saber comenzar de nuevo rehaciendo lo que hemos hecho mal, siendo capaces de ser humildes para dejarnos enseñar, y ser valientes para reconocer nuestros errores. Es la mirada de la persona reflexiva, es la mirada del sabio de verdad. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios fuente de nuestra verdadera sabiduría.

lunes, 24 de julio de 2023

Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

 


Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

Éxodo 14,5-18; Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Es muy preocupante, al menos es una de mis preocupaciones nacidas desde el compromiso de mi misma fe, la decadencia, por llamarlo de alguna manera, que apreciamos en nuestro entorno de los sentimientos religiosos. El domingo contemplaba las naves prácticamente vacías de la Iglesia a la hora de la celebración dominical; y no es que vivamos en un pueblo despoblado – esos pueblos vacíos de los que hablan de muchos lugares – sino que ha entrado un enfriamiento religioso, como decía muy preocupante, en un pueblo que se llama cristiano, que presume de su devoción a su Cristo y se organizan grandes fiestas cuando llega su tiempo, pero en el día a día públicamente no se expresan esos sentimientos religiosos, estamos más prontos para una fiesta o un espectáculo deportivo que para cualquier acto religioso que se celebre e la comunidad.

Hemos ido dejando que se vaya creando una sociedad sin Dios, se asiste por compromiso social a algunas cosas tradicionales de tipo religioso, pero cada vez son menos los que se hacen presentes. Vivimos al margen de todo sentimiento  religioso, y más aun de lo que suenen a principios o valores cristianos. Me vais a decir que  no todos somos así, pero miro el mismo entorno donde vivo y veo ese vacoeligioso, esa despreocupación y alejamiento de lo que les suene a cristiano o a Iglesia.

No todos somos así, es cierto, pero me pregunto cómo los que aun seguimos manteniendo encendida esa llama de la fe somos testimonio atractivo para los que nos rodean. ¿Llama la atención nuestra manera de ser y de actuar precisamente porque estamos viviendo una fe? Confieso que si preocupante es la indiferencia religiosa que nos rodea, más preocupante es que los que somos cristianos no seamos una referencia atractiva que despierte la fe de los que nos rodean.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que por allí andaban los escribas y los fariseos pidiéndole pruebas a Jesús para creer en El. Testigos eran de las obras de Jesús, porque Jesús no realizaba nada oculto, y todos eran testigos de sus milagros, de las curaciones que realizaba que, es cierto, movían los corazones de los sencillos para creer en Jesús, pero no movía los corazones de aquellos escribas y fariseos. Les recuerda Jesús cómo los ninivitas se convirtieron con la predicación de Jonás, o incluso la reina del Sur había venido de lejos para escuchar y conocer la sabiduría de Salomón. Por eso les dice Jesús que no tendrán más signo que la señal de Jonás, y estaba hablando de su propia muerte y resurrección. Pero sus corazones estaban cerrados.

Y esto del evangelio me ha hecho pensar en lo que he venido reflexionando desde el principio. Nuestro mundo cierra los ojos para no ver; y estamos de ese mundo cercano a nosotros, que somos cristianos de toda la vida, como se suele decir, que en nuestra niñez y nuestra juventud hemos tenido una cercanía a la Iglesia con unas catequesis, con la preparación para unos sacramentos, donde se han vivido unas tradiciones que llamamos cristianas, pero ahora nos encontramos en esa situación que mencionábamos.

Da pena algunas veces cuando uno ve concursos tipo cultural que se hacen en las televisiones, que cuando surgen preguntas que pueden estar relacionadas con el hecho religioso y cristiano, da pena, digo, la incultura religiosa que tiene la mayoría de las personas, incapaces de responder a las cosas más elementales que hemos oído o contemplado toda la vida cuando hemos vivido cercanos a la Iglesia. Eso denota la despreocupación que se tiene por todo lo que suene, por decirlo así, a religión.

Comparto esta preocupación y quisiera que en nosotros los cristianos se despertara una inquietud. A veces parece que nos resignamos, pero esa resignación no casa de ninguna manera con nuestra fe. Preocuparnos, entonces, por nuestra fe, preocuparnos por alimentarla, preocuparnos por formarnos debidamente para poder dar una respuesta madura. Inquietud que nos tiene que hacer preguntarnos que estamos haciendo realmente y qué podemos hacer. Inquietud para que esa vivencia que nosotros llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno.

viernes, 12 de agosto de 2022

Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

 


Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6;  Mateo 19, 3-12

¿Qué hemos hecho del amor? ¿Un tópico del que todo el mundo habla? Poesía, música, romanticismo, palabras hermosas… todos tenemos algo que decir, pero al final se nos muere entre las manos, se nos escurre de nuestra vida como agua que se escurre de nuestras manos. Y aunque lo cantamos como lo más hermoso, terminamos diciendo que se nos murió el amor; y decimos que lo rehacemos y lo reconstruimos, pero ya vamos con la desconfianza de que no va a durar, que un día se nos puede escurrir también de esa vida que soñamos tan hermosa con el amor. No quiero entrar en ruedas de pesimismo que sabemos cómo acaban siempre, siento en el alma que nos cueste tanto entender el amor y lo perdamos, que nos sea tan difícil hablar del amor aunque todos queramos decir las cosas más hermosas.

Y Jesús nos viene a decir que no, que no nos dejemos embaucar por esos senderos de derrotismo; que seamos capaces de empezar soñando, si queremos, pero que no dejemos que entre por ninguna esquina ninguna sospecha ni desconfianza, pero tampoco dejemos que sea la pasión la que domine, aunque la pasión tenga que venir; que comencemos a amar de verdad pero buscando la verdad del amor, lo más puro del amor, lo más noble y hermoso del amor; que no construyamos la casa queriendo comenzar por el tejado, porque antes hemos de poner unos sólidos cimientos, una estructura firme, unos valores fundamentales que no pueden faltar, porque será la forma de que la casa no se derrumbe aunque vengan los peores temporales.

Es algo más que un flechazo que se puede quedar en algo pasajero como una flecha que nos roza y pasa de largo. Es algo que tenemos que saber ir construyendo poco a poco, desde la maduración de la propia persona, pero la maduración también en la relación con los demás; que no es solo la relación con la persona que decimos que amamos de manera especial – que también hemos de saber construir y madurar – sino con todos.

Muchas veces nuestra relación con los demás se nos queda inmadura, se nos queda en lo superficial, no sabemos afrontar luchas y dificultades, fácilmente ante la menor dificultad queremos desentendernos de todo e irnos cada uno por nuestro lado y no sabemos mantener una amistad duradera sabiendo reconstruir, corregir, rehacer; no sabemos encontrarnos, y llenamos la vida de banalidad. No sabremos entonces afrontar lo que es una verdadera relación de amor para que sea permanente, para que pueda permanecer para siempre.

Cuando vivimos la vida con esa superficialidad, incapaces del sacrificio para alcanzar algo que consideramos superior, y no hemos aprendido de esa virtud de la constancia y perseverancia aunque no veamos tan pronto como queramos los frutos de la planta que estamos cultivando, no nos extrañe que pongamos tantas pegas a un amor permanente, que no lleguemos a entender la fidelidad que nos pide Jesús en el amor matrimonial, que comencemos a hablar enseguida de rupturas, de separaciones y de divorcios, que rechacemos esa indisolubilidad del matrimonio de la que nos habla Jesús en el evangelio. Lo vemos todo tan lógico y queremos decir tan humano.

Y Jesús nos recuerda que ya no son dos sino una sola carne, así de profunda es la unión del amor verdadero, pero nos dice también que lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Y es que esa capacidad de amor nos viene de Dios, esa posibilidad del amor se la debemos a Dios, ese modelo de amor lo tenemos en Dios.

¡Qué hermoso el texto del profeta que se nos ofrece también hoy en la liturgia! Viene a hablarnos de esa fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Y si Dios está en medio de ese amor ¿cómo es posible que falle el amor? porque Dios no nos falla nunca.

Los discípulos se quejaban, como lo hacemos nosotros también, lo difícil que era entender todas esas cosas de las que les hablaba Jesús. Y Jesús no lo reconoce, ‘es cierto que no todos lo entienden, sino los que han recibido ese don’. Pidamos a Dios que nos conceda a nosotros también ese don.

martes, 21 de junio de 2022

Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

 


Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Es de sana pedagogía el saber respetar el ritmo de las personas; nosotros podemos verlo todo claro, pero quizás el que está a nuestro lado no lo entiende; y algunas veces nos volvemos exigentes con nuestros ritmos; no es malo que seamos exigentes con nosotros mismos porque cada día deseemos lo mejor, tengamos deseos de superarnos y mejorar nuestra vida, pero lo que nos exigimos a nosotros mismos no lo podemos exigir de la misma manera a los demás. Si yo lo he hecho, él puede hacerlo, decimos; es cierto que si yo lo he hecho el otro puede hacerlo, pero en su tiempo, en su ritmo, en su momento dará la respuesta.

Decíamos al principio que es sana pedagogía, y nos vale en todo el tema educativo, o en lo que nosotros queremos ayudar a los demás a crecer y a madurar. Es cierto que podemos inculcar esa actitud en el otro, pero será el otro el que ha de responder. Es el respeto que mutuamente hemos de tenernos, porque cada uno tiene su dignidad y su grandeza, pero significa respetar el camino que va haciendo el otro que no sabemos lo que a él le cuesta, las dificultades que en su propio interior puede ir encontrando; él tiene su mundo.

Es la tarea que como testigos de un evangelio nosotros queremos hacer con los demás. Ofrecemos la luz, pero hay quien prefiere la tiniebla, o no ha llegado el momento en que haya aprendido a saborear esa luz que le ofrecemos; pero eso caminamos al paso de los otros, pero siguiendo su ritmo; es la muestra del respeto que le tenemos y de la valoración que hacemos de sus actos, de su vida. Pero eso en el momento oportuno daremos señales de esa luz que llevamos dentro, para que el otro la descubra y la desee, porque nunca nuestra tarea es imponer, sino ofrecer y regalar; todo es gracia que nos viene de Dios, todo es regalo de Dios para nuestra vida.

Me vengo haciendo esta reflexión desde la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece pero desde ese respeto que tenemos hacia aquellas personas que están a nuestro lado y a los que queremos ofrecer la luz. Hay una frase un tanto enigmática que hoy Jesús nos dice sobre las perlas que son arrojadas a los cerdos; ¿qué saben los cerdos lo que es una perla? La hociquearán y la revolverán en la basura en la que se revuelcan. Esa perla preciosa de la Palabra de Dios hemos de saber ofrecerla a los que están a nuestro lado, para que descubran su valor y para que se dejen iluminar por ella, pero no vamos a imponer, vamos a ofrecer el regalo de un don de gracia.

Jesús en estas como sentencias que nos va dejando en el sermón del monte nos da unos criterios para la manera de actuar que hemos de tener con los demás. Hemos venido hablado de ese respeto que hemos de tener a los otros y a sus ritmos, pero eso se ha de traducir también en el trato que tengamos con los otros.

¿Cómo nos gustaría que nos tratasen a nosotros? ¿De una manera dura y exigente? Ya sabemos que la humildad y la sencillez de los otros nos gana el corazón. Pues esa ha de ser nuestra manera de actuar con los demás, desde esa dulzura, desde esa sencillez, desde esa humildad, desde esa sonrisa que a nosotros también nos gusta recibir. Actúa así con el otro y no te equivocarás nunca; pon amor en tu trato con los demás, y aunque quizás ahora no comprendan tus gestos de amistad, la semilla está sembrada y algún día resplandecerá también en sus vidas.

No es un camino fácil. Cuando no queremos ser exigencia para los demás sin embargo nos convertimos en exigencia para nosotros mismos; es la exigencia de nuestra paciencia, del dominio de nosotros mismos para no convertirnos en exigencia para los otros, de búsqueda de nuestro crecimiento interior porque será donde en verdad vamos a encontrar la fortaleza para nuestro darnos, para nuestra entrega.

Hoy nos contrapone Jesús la puerta amplia y espaciosa, con la puerta estrecha; el camino fácil donde simplemente lo que hacemos es dejarnos llevar por lo que salga en el momento, o el camino estrecho de exigencia, de superación de nosotros mismos, de negación de mí mismo para buscar siempre primero el bien de los demás. Puerta estrecha, camino angosto de exigencias, pero nunca camino imposible; nada hay imposible para Dios, y Dios camina con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta y hace con nosotros el camino. ¿Queremos mayor estímulo y ayuda?

miércoles, 3 de noviembre de 2021

No olvidemos el valor que la fe dará a nuestra vida llenándola de profundidad y haciendo cada vez más hermoso el amor que le tenemos a los demás

 


No olvidemos el valor que la fe dará a nuestra vida llenándola de profundidad y haciendo cada vez más hermoso el amor que le tenemos a los demás

Romanos 13, 8-10; Sal 111; Lucas 14, 25-33

‘Cada cosa en su sitio’, es una frase con lo que habitualmente queremos manifestar que es necesario un orden, para ‘poner las cosas en su sitio’, para darle importancia primaria a lo que verdaderamente lo tiene y sin mermar la importancia de las demás cosas cada cual tenga su sitio, su lugar propio; por eso solemos terminar esa frase diciendo y ‘un sitio para cada cosa’.

Como comprenderéis no estamos aquí dando lecciones de cómo ordenar nuestro cuarto, nuestra biblioteca, nuestros armarios o el cajón de las herramientas, por mencionar algunos sitios. Creo que entendemos que el sentido de lo que estamos diciendo va más allá de lo material y será algo que afecte a nuestra vida, a nuestros principios, a nuestros valores, o a aquello a lo que en verdad queremos dedicar nuestra vida.

Es en lo que Jesús quiere hoy hacernos reflexionar en el evangelio que se nos ha ofrecido. Y nos habla del que quiere construir una torre como del rey que con sus ejércitos quiere hacer frente a sus posibles enemigos. Pensar en lo que tengo, o mejor, pensar en lo que soy y cuando estoy hablando de lo que soy estoy hablando profundamente de esos valores que tengo en la vida, como estoy hablando de las cualidades que acompañan mi existencia con las posibilidades de crecimiento de mi mismo y de una maduración que me conduzca a mayor plenitud de vida.

Algunas veces no llegamos a saber lo que valemos; quizás vamos arrastrados por la inercia de la vida, de lo que va saliendo en cada momento y no hemos llegado a descubrir nuestras verdaderas posibilidades; quizá cuando tenemos que enfrentarnos a momentos difíciles y duros y nos damos cuenta de que tenemos que salir adelante es cuando llegamos a darnos cuenta de lo que hay en nosotros y hasta dónde podríamos llegar.

Precisamente cuando estaba preparando esta reflexión cayó en mis manos un pequeño video en el que se mostraba como un hombre que tenía su trabajo en una empresa y se consideraba ya seguro para la vida, de la noche a la mañana se quedó sin empleo; hundido no sabía qué hacer, pero accidentalmente viendo la actividad de otras personas como él, se dio cuenta de que podía emprender otras tareas, abrir otros caminos para su vida y con esfuerzo y tesón logró en pocos años levantarse del hundimiento que llegó a vivir para tener sus propias empresas logrando una vida más floreciente que la que tenía. La dificultad no le arredró, sino que le hizo pensar en sí mismo, en su capacidad para salir adelante y lo logró.


Dios quiere siempre abrir caminos delante de nosotros, aunque haya momentos en que parezca que pasamos por túneles oscuros; pero el afán de superación, el ser capaz incluso de renunciar a algo que nos parecía bueno por conseguir algo mejor nos hace abrirnos a nueva vida. Y de eso nos está hablando Jesús, cuando nos dice que tenemos que ser incluso capaces de negarnos a nosotros mismos, porque no es nuestro yo o nuestro capricho lo que tiene que prevalecer, hay algo más grande a lo que podemos aspirar. Significará cruz, sacrificio, esfuerzo, pero significará ir al encuentro con la vida, porque sabemos que detrás de la cruz viene siempre la resurrección.

Cada cosa en su sitio, comenzábamos hoy diciendo en nuestra reflexión. Y ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Qué valoración hago de mi fe? ¿De qué manera mi fe está iluminando mi vida para darle un nuevo sentido, el sentido de Cristo y entonces pueda decir que es una vida cristiana? Es lo que va a ser el motor de mi vida, es lo que dará profundidad a todo cuanto hacemos, es lo que hará que el amor que tengamos a nuestros seres queridos, pero también a cuanto nos rodean sea cada vez más hermoso.

viernes, 13 de agosto de 2021

Que sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman

 


Que sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Por las redes sociales circulan muchos dichos y sentencias que quieren hacer reflexionar y que, aunque muchas veces no estemos de acuerdo en la totalidad de lo que nos dicen, sin embargo nos ayudan a pensar y en cierto modo a ser de alguna manera críticos incluso con esas sentencias que se nos ofrecen; ya sabemos que no todo tenemos que tragárnoslo porque lo veamos presentado de una forma bonita y llamativa, sino que tenemos que interiorizar y confrontar aquel pensamiento para sacarle la mejor lección. Son algunas de las cosas buenas que pueden tener para nosotros cuando nos ayudan a pensar y a reflexionar para tener nuestro propio criterio.

En uno de esos mensajes se nos presenta a alguien que hace unas preguntas a un sabio de la antigüedad y entre otras cosas le pregunta por qué en un momento determinado los amigos se separan y parece que se rompe la amistad; aquel sabio le responde que si así sucede es porque allí antes no hubo verdadera amistad.

Hay palabras, conceptos, sentimientos que no nos podemos tomar a la ligera, sino que hemos de saber reflexionarlos para encontrarle su verdadero sentido y no nos suceda que nos confundamos y algunas veces hagamos unas mezcolanzas que al final no sabemos por donde andamos. La gente desde que se conoce en un primer contacto ya dice que somos amigos y cuando hablamos de amistad fácilmente derivamos en la confianza que decimos que nos da la amistad hacia intimidades y confianzas que no tienen que ver con lo que realmente es una verdadera amistad. Una simple atracción porque alguien me caiga bien no tenemos que decir ya de entrada que somos amigos íntimos y nos queremos permitir confianzas y cosas que van más allá del respeto que nos supone una verdadera amistad.

Decimos la amistad o decimos el amor, que muchas veces quiere convertirse en posesión y en dominio, con el peligro de que incluso terminemos intentando anular a la otra persona. La cercanía que nos da la amistad y la unidad a la que nos lleva el amor nos puede hablar de comunión, pero no tiene que hablarnos de dominio; el yo de la persona es algo bien sagrado que compartimos para hacer un nosotros, pero que no anulamos. Nunca la persona que amamos tiene que ser como una cosa para mi sobre la que yo tengo dominio absoluto. Eso es amor.

El amor y llegar a vivirlo de verdad es un camino largo que tenemos que hacer donde tenemos además siempre muchas cosas que aprender; por eso el amor tiene que madurar y es entonces cuando nos da seguridad, es cuando podemos llegar a esa entrega total. Son tantos los pasos que se han de dar, los escalones que se han de subir, las cosas que tenemos que aprender para llegar a esa maduración que nos dé plenitud de verdad al amor. No siempre hacemos ese camino, no siempre llegamos a esa madurez, muchas veces nos quedamos en un amor infantil de posesión, como el niño pequeño que quiere una cosa y que sea exclusivamente para él y nadie más pueda tenerla incluso en sus manos. Un proceso humano de maduración que no siempre hemos sabido hacer en la vida y que nos lleva tantas veces al fracaso.

Hoy en el evangelio los fariseos le plantean a Jesús el tema del divorcio, planteamientos que seguimos haciéndonos en todos los tiempos. ‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?... ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?’

Recuerda Jesús lo que fue la voluntad de Dios desde el principio, que además quería que la unión del hombre y la mujer fueran hacerse una misma carne. ¿Para qué nos ha creado Dios? Tendríamos que responder que para el amor. Es la capacidad más sublime que Dios ha puesto en el corazón del hombre, llegar a esa donación de sí mismo hacia el otro ser al que amamos. Es la base de todas las relaciones humanas, que ya sabemos que rompemos tan fácilmente cuando dejamos meter el egoísmo y el orgullo en nuestros corazones. Tiene que ser el motivo profundo por el que un hombre y una mujer llegan a compartir su vida de la forma más profunda, más absoluta y más sublime. Pero tiene que ser un amor verdadero el que esté en el cimiento de esa relación, en el fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman.

Es lo que tenemos que buscar para no dejarnos arrastrar por nuestras terquedades como decía Jesús para responder al por qué Moisés les permitió el repudio matrimonial. Es una tarea hermosa, es una hermosa y bella construcción de la persona, será el bello edificio del amor, del matrimonio y de la familia, pero que tenemos que saber cuidar. Que exista siempre ese cimiento del verdadero amor, despojado de orgullos y de egoísmos.