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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

sábado, 23 de diciembre de 2023

Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

 


Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y  sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Aunque por nuestro orgullo nos cuesta reconocerlo, a la larga agradecemos que haya habido alguien que nos haya dicho la verdad, que nos haya llamado la atención sobre cosas que hacíamos que no tenían mucho sentido, y a posteriori nos han hecho pensar. Nos sentimos heridos quizás en aquel momento, nos parecieron fuertes las palabras que nos dijeron, nos creíamos que no merecíamos esa corrección porque nosotros con buena voluntad estábamos haciendo lo que nos corregían. Nuestro amor propio en aquellos momentos se sintió mal y quizá no reaccionamos como deberíamos hacerlo. Muchas veces solemos pensar tarde lo que tendría que ser nuestro camino.

Eso sucedió con Juan el Bautista, cuyo nacimiento nos ofrece hoy el evangelio. Su palabra y su testimonio era fuerte, pero esa era su misión. ‘Como fuego de fundidor, como lejía de lavandero…’ había anunciado el profeta que sería aquel que venía con el poder y el espíritu de Elías ‘para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’.

El fuego quema, la lejía abrasa, aparentemente duele y destruye, pero purifica y transforma. Era la voz fuerte que iba a sonar en el desierto para preparar los caminos del Señor, para que encontrara un pueblo bien dispuesto. ‘Para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’, como nos dice hoy el profeta Malaquías.  Una corrección a tiempo nos salva de tropiezos posteriores. Es lo que hacen los padres con los hijos, aunque a los hijos no les guste que los corrijan; cómo nos rebelamos en nuestro interior, pero es necesario pasar por ese fuego, ser abrasados por esa lejía para enderezar muchas cosas que andan torcidas en la vida. Aunque hoy nos estamos haciendo una generación de enclenques y consentidos, y ya nadie nos puede decir nada. Pero ya sabemos que quien nos corrige nos ama.

Esa era la misión de Juan. Como decíamos, hoy nos ofrece el evangelio el momento de su nacimiento con la alegría que suscitó en su entorno – ‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’ – y el relato del momento de la circuncisión que llevaba consigo la imposición del nombre.

Hoy los padres escogen para los hijos aquellos nombres que les gustan, que les llaman la atención, o que son de tradición familiar; en la antigüedad poner el nombre significaba algo más, era como destacar algo especial que había sucedido con su nacimiento o también venía a señalar lo que había de ser luego su vida. La gente quiere que el recién nacido se llame como Zacarías, su padre, no en vano era de raza sacerdotal y en su misión futura era como suceder a su padre en el sacerdocio del templo. Pero Isabel señala que su nombre ha de ser Juan, con la oposición de todos, hasta que preguntan por señas a Zacarías – aun estaba mudo desde la vuelta del templo y la aparición del ángel – que escribirá en una tablilla que ‘Juan es su nombre’.

¿Qué significaba el nombre de Juan? ¿Por qué era el empeño en que llevara ese nombre? Juan viene a significa ‘Dios es propicio’, ‘Dios se ha apiadado’, ‘Dios es misericordia’. ¿Qué había significado el nacimiento de Juan de aquellos padres ya mayores que tanto lo habían deseado? Ya las mismas gentes lo habían manifestado en su alegría por el nacimiento de aquel niño, cuya noticia había corrido por las montañas de Judea, ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’.

¿No era esa también la misión de quien iba a ser el Precursor del Mesías? Invitar a la conversión como Juan iba a hacer era invitar a reconocer la misericordia del Señor; su palabra venía a señalarnos nuestros errados caminos, pero para que purificáramos nuestra vida en el fuego de la misericordia del Señor. ¿No sería eso también lo que a continuación Zacarías iba a cantar alabando y bendiciendo al Señor por el nacimiento de Juan? ‘El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.  Y señalará la misión de Juan, ‘a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’.

¿No es el significado del nombre de Juan, ‘Dios es propicio… y se ha apiadado con su misericordia’? Agradezcamos el nacimiento del Bautista y cómo sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

 


Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día. Nos sentimos como en la gloria, decimos, y seguro que con entusiasmo quedamos para vernos otra vez y para volver a pasar unos ratos juntos. Son los encuentros de los amigos de siempre, con quienes hemos compartido la vida, caminado juntos en momentos felices como también en momentos tormentosos y difíciles, pero que seguimos queriendo encontrarnos y compartiendo.

En mis añoranzas de hombre mayor quizás, recuerdo como los vecinos a la fresca de la tarde salíamos a nuestros patios que se comunicaban unos con otros y allí a la puerta, sentados en cualquier sitio, pasábamos los ratos comentando las incidencias de la jornada, de los que nacían momentos gratos de ayuda y de colaboración para muchas cosas buenas. Momentos felices para el recuerdo, momentos ahora nos hacen valorar y revitalizar muchas cosas que parece que han quedado atrás, pero que han sido momentos de felicidad. Qué bien nos sentíamos y qué bien lo pasábamos.

He traído a la memoria estas que podríamos llamar añoranzas porque realmente nos pueden remitir a lo que Jesús nos está planteando hoy en el evangelio. Podríamos pensar que no nos está diciendo nada especial que nosotros no podamos hacer. Vivir juntos, vivir unidos, vivir compartiendo, vivir sintiendo preocupación los unos por los otros, vivir con corazón comprensivo para entender los errores de los demás pero también para ofrecer de nuestra parte lo que podamos hacer para que las cosas sean a mejor. Y viene terminando por decirnos Jesús, que cuando vivimos así, El está en medio de nosotros.

Seamos capaces de establecer buenas relaciones de amistad y de comprensión, sepamos vivir con un corazón del que hayamos alejado la malicia y la búsqueda de intereses egoístas, y todo saldrá bordado, como solemos decir, todo será armonía y paz; y nos ayudaremos a corregirnos y a crecer; y seremos comprensivos con los errores de los demás porque sabemos que también nosotros los podemos cometer; y seremos capaces de preocuparnos por los otros y no los dejaremos pasar necesidad porque el compartir generoso es la riqueza más hermosa que llevamos en nuestra vida.

Y por eso nos dice Jesús como hemos de saber corregirnos los unos a los otros llenos de humildad y de comprensión. La corrección no es hundir, un sacarle los colores a la cara, no es echar en cara, no es acusar para condenar; la corrección es tender una mano para ayudar a levantarse al caído; es decirle a la persona que seguimos confiando en ella a pesar de los tropiezos o de los errores; es ayudar a que se sienta capaz de reemprender de nuevo el camino enderezando lo que está torcido; es como dar un nuevo voto de confianza tantas cuantas veces sea necesario; es poner esperanza en el corazón que se ve hundido cuando reconoce sus tropiezos y ayudar para que no falte la ilusión y la alegría.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ y por eso podemos tener la confianza de que siempre seremos escuchados por Dios cuando somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo al Padre en su nombre. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos'.

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día, decíamos al principio. Sepamos vivir en esa dicha y felicidad.

lunes, 30 de enero de 2023

Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

 


Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20

Como me diría mi madre a veces somos tozudos; nos empeñamos en  lo que estamos haciendo y viendo que las cosas no funcionan seguimos intentándolo una y otra vez aunque nos salga mal, no por deseo de superación sino por nuestro capricho y nuestro orgullo que no queremos dar el brazo a torcer. Y ya no solo se trata de que en un trabajo que estemos realizando no tengamos el arte de sacarlo adelante, sino que muchas veces es en nuestra propia vida que no queremos corregirnos, no queremos reconocer el error, no tenemos la humildad de decir que no nos estamos o no nos hemos portado bien.

Rechazamos la corrección, rechazamos la mano que se nos ofrece para salir de esa situación, rechazamos el consejo y la palabra amable que quiere ayudarnos. Como decíamos, somos tozudos, somos orgullosos, estamos llenos de soberbia. Y así no llegaremos a ninguna parte.

Hoy en el evangelio nos encontramos con un hecho sorprendente. Cuando han atravesado el lago han llegado a una región que ya propiamente no es territorio judío; son otros los que allí viven, es Gerasa, junto al lago pero territorio palestino si queremos decir, pero no considerado territorio de Israel. Lo primero que se encuentran es a un hombre poseído por el espíritu del mal. Ya nos da muchos detalles el evangelista, de donde habita y de su modo de comportarse.

Además se encara a Jesús. ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Por qué nos importunas? Esto es territorio mío, déjame con mis obras, podríamos decir que algo así es lo que le4 dice a Jesús. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes’.

Su nombre es legión, porque son muchos. Se resiste a la acción de Jesús. Prefiere quedarse en su situación. ¿Nos recuerda algo de lo que son muchas veces nuestras posturas y actitudes? Como decíamos antes nos resistimos cuando no queremos escuchar un consejo, nos resistimos cuando nos negamos a que nos den la mano, nos resistimos obtusos en nuestro orgullo. Y ahora cuando escuchamos este pasaje del evangelio hasta quizás nos atrevemos a juzgar y a condenar a aquel hombre.

Finalmente Jesús lo expulsa aunque se apoderan, por así decirlo, de una piara de cerdos que por allí anda hociqueando con sus cuidadores y que se arroja acantilado abajo a las aguas del lago, pereciendo todos.

Ante todo el barullo que se ha formado, probablemente los cuidadores de los cerdos habrán ido al poblado más cercano contando lo sucedido, esto hace que las gentes del lugar salgan al encuentro de Jesús. Podríamos pensar que agradecidos porque se has visto liberados de aquel espíritu maligno que atormentaba a aquel hombre – ahora sentado allí a un lado sin saber quizá ni lo que le ha sucedido – pero le piden sin embargo que se marche a otros lugares. También rechazan la acción de Jesús. ¿Por qué veían peligrar con la muerte de los cerdos – para los judíos animales impuros pero para ellos no – su propio medio de vida? ¿No rechazaban a Jesús los principales del pueblo de Israel porque también podían ver en peligros sus influencias y manipulaciones?

Y nosotros ¿cómo recibimos a Jesús? Porque Jesús se nos está manifestando también en esos que quieren ayudarme, esos que quieren hacerme reflexionar sobre mi vida, en esas llamadas que sentimos tantas veces en el corazón pero que no queremos escuchar. Mira si acaso nosotros no estaremos actuando de la misma manera que aquellas gentes.

sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



miércoles, 16 de agosto de 2017

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18, 15-20
¿Cuál es nuestra reacción o nuestra manera de actuar cuando vemos algo que no nos gusta en alguien de los que están cercan de nosotros? Pudiera ser que en nuestra discreción nos callemos o  nos lo guardemos para nosotros, claro que siempre nos puede quedar la sospecha y la desconfianza hacia esa persona porque no nos gusta su manera de actuar. Pero hemos de reconocer que una salida fácil en la que caemos con demasiada frecuencia es el que pronto lo comentamos con el vecino, con el pariente o con aquel con quien nos decimos que tenemos mucha confianza.
Qué fáciles son las comidillas, los comentarios o los cuentitos que nos traemos los unos a los otros. No nos damos cuenta del daño que hacemos, aunque pretendamos disimularlo en decir que nosotros no levantamos ningún testimonio porque lo que contamos es bien cierto porque lo vimos con nuestros ojos.
Sembramos la desconfianza, contribuimos a quitar la buena fama o consideración que podamos tener de los demás, sin darnos cuenta quizá de que también nosotros somos débiles y tropezamos en tantas piedras en el camino de nuestra vida; bien que tratamos de disimular nuestros errores o debilidades, nos molesta que comenten de nosotros lo que hayamos hecho, y hasta tantas veces quitamos la palabra a quien sospechamos que haya podido hablar mal de nosotros.
Simplemente desde un lado humano de la vida, sintiendo que hacemos el mismo camino y todos podemos tropezar en las mismas piedras tantas veces, nuestra manera de actuar tendría que ser bien distinta. Claro que además tendríamos que considerar, pero a la inversa, aquella reacción de Caín cuando Dios le pregunta por su hermano Abel. ‘¿Es que yo soy el guardián de mi hermano?’ Digo que tendríamos que considerarlo a la inversa porque ya en el sentido que lo decía Caín lo vamos reflejando desgraciadamente tantas veces en la vida.
No nos podemos desentender de los demás, y más cuando nos tenemos que considerar hermanos. Bien que hemos de sentirnos si no guardianes sí hermanos de nuestros hermanos y lo que tendríamos es que tener preocupación por ellos queriendo que siempre caminen también por un camino recto. ¿Qué es lo que nos enseña Jesús en el evangelio?
Hoy nos habla Jesús de la corrección fraterna. Como  hermanos hemos de sabernos corregir con humildad. Nunca podemos considerar menor al hermano porque haya podido cometer errores en la vida, sino que con todo el amor del mundo, porque nos sentimos hermanos, y con toda la humildad de saber reconocer los tropiezos que nosotros también podemos tener, hemos de acercarnos al hermano para ayudarnos mutuamente.
El camino que hacemos no es una competición para ver quien llega primero o quien es mejor en la vida. Es un camino en que sabemos darnos la mano, un camino que hacemos juntos y nos estimulamos mutuamente para superar debilidades y cansancios, un camino en que sabemos alentarnos porque creemos en el hermano aunque lo podamos ver en algún momento hundido, pero sabemos estar a su lado, de la misma manera que vamos a sentir tantas veces que él también está a nuestro lado. Si supiéramos caminar así en la vida que distintas serian nuestras relaciones y nuestra convivencia, nunca nadie tendría que sentirse hundido ni verse menospreciado. Eso que quisieras para ti, trata de ofrecerlo siempre con amor a tu hermano.

viernes, 17 de marzo de 2017

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Hay ocasiones en que no nos sentimos bien, reaccionamos mal cuando alguien nos dice algo que no nos agrada o, por ejemplo, nos pide que seamos más coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos; no nos agrada que nos señalen lo que quizá no hacemos bien, o en forma positiva nos reclamen actitudes buenas, posturas claras y valientes en nuestros comportamientos.
¿Nos falta humildad para reconocer nuestros errores? ¿Miramos con malos ojos al amigo que se atreve a pedirnos una actitud buena, un buen comportamiento en un determinado momento? ¿No nos agrada buen consejo de un amigo que en fin de cuentas lo que quiere es nuestro bien pero que en nuestro orgullo rechazamos porque decimos que nadie tiene que meterse en nuestras cosas y nosotros sabemos lo que tenemos que hacer? ¿Volvemos la espalda a quien nos dice la verdad? Son cosas que en algunos momentos nos pueden pasar. Pero nos creemos demasiado buenos para reconocer que también cometemos errores y no siempre damos el ejemplo que tendríamos que dar.
Frutos buenos tendríamos que saber dar en nuestra vida; así tendrían que resplandecer nuestros valores, así tendríamos que ser también ejemplo para los demás. Hay cosas buenas en nuestra vida que quizá no desarrollamos debidamente, hay talentos que quizás hemos enterrado, hay cualidades que muchas veces no desarrollamos para el bien sino que tenemos la tentación de utilizarlas de manera egoísta y las podemos convertir en un mal en nuestra vida.
Hoy Jesús nos habla en la parábola de una viña bien cuidada y preparada. Nos recuerda esta parábola aquel cántico de amor del antiguo testamento del amigo por su viña. Una viña en esta parábola que el amo confía a unos viñadores que han de cuidarla y sacarle fruto, del que han de rendir cuentas.  La viña parece que está dando sus frutos, pero el dueño de la viña no ve su rendimiento porque aquellos viñadores se aprovechan injustamente de lo que no es suyo y terminan incluso maltratando a los enviados del dueño de la viña o matando al hijo también enviado.
Es cierto que la parábola en su contexto más próximo está haciendo una descripción de la historia de Israel que tanto ha recibido del amor de Yahvé pero que no está dando sus frutos e incluso está rechazando a los enviados de Dios – como tantas veces hizo con los profetas – como ahora está rechazando a Jesús. Bien lo entendieron los sumos sacerdotes y los fariseos que hablaba por ellos y ahora trataban también de echarle mano, aunque temían a la gente.
Pero la parábola hemos de saber leerla, saber escucharla en nuestro corazón en el contexto de nuestra propia vida. ¿Cuál es fruto que nosotros estamos dando a tanto como hemos recibido del Señor en nuestra vida? Todo cuanto recibimos ha de servirnos siempre para el bien; y los dones del Señor se nos manifiestan de muchas maneras. Es cierto ahí están nuestras cualidades, nuestros propios valores, las capacidades que tenemos en nuestra vida y hemos de saber desarrollar para el bien.
Pero también acojamos como un don para nosotros cuanto podemos recibir de los demás; ese buen consejo, esa palabra que trata de poner claridad en nuestras ideas y en nuestra manera de actuar, esa corrección amigable que recibimos acojámosla como esa cosa buena que nos beneficia y nos enriquece; tengamos la humildad de aceptar lo que recibimos también de los demás y no nos creamos tan autosuficientes que creemos que todo nos lo sabemos y que todo lo hacemos siempre bien. Necesitamos esa palabra, ese consejo, esa corrección y todo eso nos ayudará a crecer de verdad. Que se manifieste en los frutos de nuestra vida.

sábado, 20 de agosto de 2016

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

 Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12
Confieso que esto que voy a decir primero me lo aplico a mi mismo, porque me hace pensar mucho en lo que yo hago o he hecho y si acaso estoy en lo mismo. En la vida nos vamos encontrando siempre quien tiene algo que decir, algo que decirnos de cómo hemos de hacer las cosas, de cómo hay que arreglar el mundo y muchas cosas en este sentido.
Y ya no se trata solamente de la corrección fraterna que hemos de hacernos los unos a los otros para ayudarnos a mejorar, o de quien sabe ha de enseñar. Me refiero más bien a esa vanidad de la vida, a ese orgullo con que tenemos el peligro de ir señalando a los demás lo que tienen que hacer, pero por sí mismos, por mejorar su propia vida quizás no mueven un dedo. Fácilmente caemos en esa vanidad y en esos orgullos.
Las vanidades de las apariencias son tentaciones que todos podemos tener, y esto nos puede llevar a ser inmisericordes con los demás y hasta injustos en las apreciaciones que podamos tener de los otros. Yo no soy quien para juzgar al otro ni para condenarlo. Si algo hemos de hacer con humildad es ayudarnos mutuamente y con la delicadeza más exquisita nos decimos las cosas para tratar de mejorar en nuestra vida; pero no nos podemos convertir en maestros de nadie que con orgullo vayamos imponiendo nuestra manera de ver las cosas. 
De esto le hablaba Jesús a la gente, viendo la actitud y las posturas farisaicas de los maestros de la ley que buscaban la vanidad de la apariencia y el orgullo de sentirse o creerse superiores a los demás. Por eso en lo externo querían aparecer como buenos y que eso lo reconociera la gente rindiéndoles honores; buscaban primeros puestos y reverencias de las gentes, que señala Jesús.
En su vanidad llegan a escribir los mandatos de la ley del Señor en el borde de sus mantos, y cuanto más anchas fueran las franjas mejor porque así podría aparecer mejor su prepotencia. Así creían cumplir la ley del Señor que allá en el Deuteronomio les recomendaba tener muy presentes siempre los mandamientos del Señor, como si los llevaran siempre delante de sus ojos. De ahí esas filacterias y esos escritos en el borde de sus mantos, porque así lo llevaban materialmente delante de los ojos, pero ¿los llevarían de igual modo inscritos en su corazón?
No es ese el camino que hemos de seguir; Jesús nos pide humildad y espíritu de servicio para buscar lo bueno, para querer lo mejor para los demás, pero para con sinceridad de corazón también buscar nosotros humildemente los caminos del Señor. Esos caminos de humildad y de espíritu de servicio son los que nos hacen verdaderamente grandes y con los que podemos encontrarnos con el Señor.

lunes, 22 de junio de 2015

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Bien sabemos que el evangelio tiene que traducirse en cosas concretas de nuestra vida de cada día, porque el evangelio no es solo un relato de historias bonitas que nos sean agradables en nuestra lectura y nos puedan entretener. El evangelio es vida y el mensaje que nos trasmite Jesús tiene que ser siempre buena noticia para nuestra vida; una buena noticia que nos trasforme, una buena noticia que nos llene de vida, una buena noticia que nos ponga en camino de actitudes nuevas y de acciones concretas de amor que hemos de vivir cada día.
La buena noticia de Jesús está transida de amor; es un mensaje de amor porque del anuncio que se nos hace del amor que Dios nos tiene pero que nos está pidiendo además una respuesta de amor; una respuesta de amor que, repito, se ha de traducir en esas cosas que cada día vivimos en nuestras responsabilidades personales y en nuestras responsabilidades que tengamos con los demás, ya desde el seno de nuestra familia, ya en el ámbito de nuestras obligaciones y trabajos, ya en nuestra vida social y en las relaciones que mantenemos con los demás.
Pero esas mutuas relaciones muchas veces se pueden ver enturbiadas porque siempre nuestro corazon no es limpio, porque podemos encontrar en los demás actitudes, posturas o acciones que no nos parezcan correctas, porque el mal muchas veces se nos va metiendo por dentro y nos hace flaquear en nuestra manera de ver a los demás, o en lo que hacemos que no siempre es correcto y podemos hacer daño a los otros.
De ahí que es necesario que en ese amor que nos tengamos mutuamente sepamos aceptarnos, pero sepamos también tendernos la mano para ayudarnos mutuamente a caminar juntos. En ese amor nos decimos humildemente las cosas, nos corregimos, nos ayudamos. Pero nunca desde la altura de nuestro orgullo o nuestro considerarnos mejores, sino siempre sabiendo reconocer que también en nosotros puede haber cosas que no son buenas. Es la actitud de humildad y de sencillez que ha de guiar nuestras relaciones.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio enseñándonos cómo tenemos que hacernos esa corrección que nunca puede estar guiada ni por el orgullo ni la superioridad, el juicio o la condena, sino siempre en la humildad, la verdad de nuestra vida y el amor. Por eso nos dice: ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Apoyándonos en la fe podemos hacer cosas tan grandes como ser capaces de ser comprensivos y misericordiosos con los demás

Apoyándonos en la fe podemos hacer cosas tan grandes como ser capaces de ser comprensivos y misericordiosos con los demás

Tito, 1,1-9; Sal. 23; Lc. 17, 1-6
Ojalá pudiéramos caminar en la vida sin tropiezos. Y no son ya solo los tropiezos con que nos podamos encontrar a causa de las discapacidades físicas que van apareciendo en nuestro cuerpo que nos van produciendo limitaciones para nuestra movilidad y nuestra vida, sino que quiero referirme, aunque estas tengan su importancia, a otros tropiezos más profundos que nos pueden poner en peligro quizá hasta nuestra fe y a la larga nuestra salvación.
Son las dificultades que nos pueden aparecer por nuestra propia debilidad espiritual, pero también pueden ser las influencias negativas que podamos sufrir desde quienes nos rodean que nos pueden llenar de dudas, que nos pueden hacer que nos sintamos más fuertemente inclinados al mal por algo que nos dicen y que nos hagan sentirnos débiles y tentados o incluso también por los malos ejemplos que nos pueden dar que nos inciten al mal. Es lo que llamamos escándalo. La palabra precisamente significa piedra de tropezar; y efectivamente un mal ejemplo que recibamos o una incitación al mal de quien puede influir en nosotros es una piedra que nos hace tropezar, una zancadilla a nuestra fe.
Jesús nos previene para que por una parte no nos dejemos arrastrar nunca por esos malos ejemplos que nos pueden llevar al camino mal, pero también para que nunca nosotros seamos causa de escándalo para los demás por nuestros malos ejemplos o porque con nuestra manera de actuar o de vivir arrastremos a otros al pecado. Y habla el Señor fuerte y duro en este sentido.
Pero a continuación sigue hablándonos de esas actitudes buenas y positivas que siempre hemos de tener en nuestro corazón para saber acoger a los demás con una capacidad de comprensión y de perdón muy grande. Sí, comprensión y perdón, que son actitudes muy importantes y fundamentales en nuestra vida y que como cristianos han de resplandecer de manera muy brillante en nosotros.
‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’, nos dice Jesús en las bienaventuranzas. ¿No le decimos al Señor cuando rezamos el padrenuestro que El sea misericordioso con nosotros porque nosotros somos misericordiosos con los demás? ¿Qué es lo que pedimos? ¿No le pedimos que nos perdone porque nosotros perdonamos las ofensas que nos puedan hacer los demás? Pero es que además, cuando somos compasivos y misericordiosos nos estamos pareciendo al corazón de Dios, que es compasivo y misericordioso.
Sin embargo, reconocemos, que es algo que nos cuesta ser. Somos más dados al juicio y a la condena. Yo diría que en principio es una falta de humildad por nuestra parte. Porque cuando juzgamos y condenamos a los demás, pareciera que nosotros somos tan perfectos que nunca fallamos. Y ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’, como nos dice Jesús en otro lugar del evangelio.
Por eso, aunque nos cueste, escuchemos con corazón abierto lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio. No estemos como Pedro preguntándonos cuantas veces tenemos que perdonar. ‘Tened cuidado, nos dice, si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; su te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’.
Es cierto que con la corrección fraterna - y subrayo esta palabra ‘fraterna’ - tenemos que ayudar al que falla o incluso nos pueda ofender, a que se corrija, reconozca su mal, y ayudarle con nuestra comprensión y cercanía a que haga las cosas bien; pero siempre tiene que estar en nosotros esa capacidad de comprensión y de perdón; la misericordia tiene que brillar en nuestro corazón.
A los discípulos estas cosas que les iba diciendo Jesús les costaba entenderlas y se les hacían difíciles. Ya recordábamos como Pedro hacia aquella pregunta de cuantas veces tenia que perdonar al hermano. Ahora los discípulos le piden al Señor que les aumente la fe. Y el Señor les señala cuantas cosas grandes pueden hacer si tienen fe aunque sea tan pequeña como un granito de mostaza. Y no es que vayamos arrancando moreras para que se planten en el mar, o moviendo las montañas de un sitio para otro. Pero sí, esas cosas que nos parecen difíciles o incluso imposibles en ese camino de superación y crecimiento en nuestra vida cristiana se pueden realizar.
Cuantas veces decimos que no podemos perdonar, que no podemos hacer tal o cual cosa que sentimos que el Señor nos pide en nuestra vida cristiana. ¿Has rezado? ¿Has contado con el Señor? ¿Has puesto a juego tu fe? Esa fuerza divina que el Señor nos da con su gracia, si ponemos toda nuestra fe en El, hará que podamos hacer grandes cosas que nos podrían parecer imposibles.

Que el Señor nos aumente la fe.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Los caminos de humildad y comprensión manifiestan la grandeza de nuestro espíritu

1Tim. 1, 1-2.12-14; Sal. 15; Lc. 6, 39-42
Solo los ojos limpios descubren la luz y a la luz de Jesús, el único Maestro, toda sentencia condenatoria se hace imposible. Ojalá descubramos esa luz, nos llenemos de esa luz. Creemos tener la luz, pero muchas veces estamos a oscuras, cuando no nos hemos encontrado con Cristo de verdad.
Si en verdad estuviéramos iluminados con la luz de Jesús nuestra mirada sería distinta, sería limpia, estaría llena de amor, aprenderíamos en verdad a ser comprensivos con los demás, seríamos humildes, seríamos en verdad constructores de vida, nuestras relaciones mutuas estarían siempre llenas de comprensión y armonía y nunca tendríamos juicios condenatorios hacia los demás.
Somos fáciles para juzgar y para condenar; somos muy dados a ver con mucha facilidad las cosas negativas de los demás, pero cuánto nos cuesta reconocer las nuestras. Quizá somos más exigentes con los demás que con nosotros mismos; lo que sabemos que tendríamos que exigirnos a nosotros mismos se lo exigimos a los demás.
La falta de comprensión hacia los demás denota la pobreza de nuestro espíritu, la mezquindad que anida en nuestra alma, porque si tuviéramos la humildad de reconocer nuestras propias debilidades seríamos más comprensivos con los otros y nunca seríamos exigentes con dureza de corazón.
Los caminos de la sencillez y de la humildad son los que construyen autenticas y verdaderas relaciones humanas entre unos y otros y son los que a la larga mostrarán la grandeza de nuestro espíritu y los que de verdad van a crear un mundo mejor por más humano y más justo. Desde la prepotencia de considerarnos siempre justos y santos lo que creamos son apariencias e hipocresía en nuestras mutuas relaciones mostrándonos intransigentes e insensibles antes los problemas o debilidades de los demás.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús ‘¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿no caerán los dos en el hoyo?’ Eso que podría valer desde la práctica de la vida en el caso de los invidentes, sin embargo en las palabras de Jesús quiere decirnos algo más hondo. Se trata de una ceguera más profunda que la falta física de visión a lo que se refería Jesús. Ciegos somos no solo por la falta de visión del sentido de los ojos, sino cuando el mal se ha metido dentro de nosotros llenando de malicia el corazón. Qué difícil le va a ser a una persona así, con esa malicia en el corazón, poder tener una visión positiva de las cosas o de los demás para ayudarte a que tú también tengas esa visión positiva.
Por eso nos pide Jesús que nos limpiemos primeros nuestros ojos, y ya sabemos a qué ojos se está refiriendo, porque la suciedad que hay en ellos que hay en nuestro corazón nos impedirá ver con claridad. ‘Sácate primero la viga de tu ojos y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Pero cuando somos humildes, nos damos cuenta de cuantos errores hemos cometido en la vida, en cuantas cosas hemos tropezado y sin embargo hemos sido capaces de levantarnos para corregirnos, para enmendar nuestra vida, eso nos enseñará a ser humildes en el trato con los demás.
Pidamos esa luz de Jesús que nos ilumine, que nos arranque de tantas tinieblas en las que nos vemos envueltos tantas veces en la vida. No nos creamos tan justos que digamos que nosotros nunca cometemos errores, tenemos fallos. Eso sería una ceguera terrible que se nos estuviera metiendo en la vida.
Vayamos con humildad hasta Jesús dejándonos iluminar por El, y dejarnos iluminar es dejarnos enseñar, aceptar la corrección que su Palabra va haciendo de nuestra vida, dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla allá en nuestro interior pero cuya voz puede llegarnos también de quienes están a nuestro lado para orientarnos, para caminar con nosotros, para decirnos una buena palabra, para alentarnos en ese camino de nuestra vida en el que con tantas dificultades nos encontramos en tantas ocasiones.

La Iglesia con su Magisterio esta a nuestro lado y a través del ministerio de nuestros pastores va señalándonos la senda buena que hemos de recorrer. Escuchemos la voz de la Iglesia que el Espíritu está siempre presente en ella y se nos manifiesta de muchas maneras.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La gracia del Señor para creer


Sab. 1, 1-7;

Sal. 138;

Lc. 17, 1-6

‘Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe’. Que sea esa también nuestra súplica, nuestra petición. Queremos creer y queremos que nuestra fe sea grande, sea firme, envuelva de verdad toda nuestra vida. Aunque tenemos todas las razones para creer, cuando tanto nos sentimos amados por el Señor, sin embargo muchas veces dudamos, nos sentimos débiles, se nos tambalea la fe.

Los discípulos le hacen esta petición al Señor después que Jesús les haya hablado de los escándalos que hacen tanto daño, pero también del arrepentimiento, de la corrección y del perdón. No les era fácil todo aquello que Jesús les decía; lo que Jesús les estaba pidiendo exigía que muchas cosas tenían que cambiar en el corazón y no siempre es fácil. Por eso, quieren creer en Jesús y le piden ‘auméntanos la fe’.

De lo que Jesús les habla también es actual para nosotros hoy. No podemos permitirnos hacer daño a nadie, ni que nadie haga daño a los otros. Pero ahí está esa realidad sangrante. Ya lo dice Jesús ‘es inevitable que sucedan los escándalos’, porque en nuestra debilidad podemos con nuestras malas obras, con nuestro mal ejemplo, inducir a otros al mal; que eso es el escándalo. Pero nos dice Jesús ‘¡cuidado!’ y hemos de estar atentos y vigilantes, para que nunca llevemos a nadie por caminos malos.

Por otra parte nos habla de la necesaria corrección que tiene que haber entre nosotros, que hemos de sentirnos como una familia; y los que se quieren se ayudan; y tenemos que ayudar al hermano que comete un error o hace algo malo para que se arrepienta, se corrija, se convierta al Señor.

Y en consecuencia tener esa disponibilidad también en nuestro corazón para perdonar. Cuánto nos cuesta. ¿Nos creeremos tan perfectos que no somos capaces luego de ser compresivos con el hermano que nos haya hecho malo o nos haya ofendido? Esa disponibilidad para perdonar ,y aquí nos recuerda san Lucas lo que se nos dice en otros lugares del evangelio en donde Jesús nos popondrá incluso una parábola, exige por nuestra parte humildad y mucha valentía, pero sobre todo mucho amor y generosidad en el corazón. ‘Si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decir; lo siento, lo perdonarás’. Lo que en otro lugar nos habla de las setenta veces siete en la pregunta de Pedro.

Son situaciones las que nos señala hoy el evangelio en las que necesitamos tener ese corage de la fe. Por eso los discípulos piden: ‘auméntanos la fe’. Como aquel hombre que venía a pedirle a Jesús que le curara a su hijo y Jesús le pregunta si tiene fe, y le pide con toda la fuerza de su corazón ‘Señor, yo creo, pero aumenta mi fe’.

‘Si tuviérais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera, arráncate de ahí y plántate en el mar, y os obedecería’. El poder de la fe. Todo lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe en el Señor. Y no se trata de ir arrancado moreras y plántandola en otro sitios, o cambiando las montañas de lugar. Pero sí se trata de sentir la fortaleza del Señor en nuestra lucha de cada día; sentir cómo el Señor está con nosotros en ese camino de superación; sentir la gracia de Dios que mueve nuestro corazón para lo bueno, para amar, para perdonar, para ayudar, para hacer el bien.

Le pedimos, sí, al Señor con toda nuestra fuerza. Creemos en ti pero auméntanos la fe.

domingo, 22 de agosto de 2010

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha


Is. 66, 18-21;
Sal. 116;
Heb. 12, 5-7.11-13;
Lc. 13, 22-30


No me regañes.
Seguramente que en más de una ocasión lo hemos oído cuando alguien tiene que decirnos algo que quizá no nos gusta en referencia a lo que hacemos o decimos. No me regañes. No nos gusta que nos digan algo, que nos llamen la atención por algo.
Comienzo con este comentario, porque a ello hace referencia el texto de la carta a los Hebreos, pero también porque creo que nos puede ayudar a la actitud con la que nosotros hemos de ponernos ante la Palabra de Dios. Nuestra actitud tiene que ser humilde y receptiva. No vamos a escuchar simplemente palabras que nos halaguen. No vamos sólo a aceptar lo que me agrada, porque quizá prefiramos simplemente dejarnos llevar por lo que buenamente salga o dejarnos arrastrar por nuestros impulsos o deseos.
Siguiendo con la carta a los Hebreos vemos que nos decía que ‘el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos’. Por eso nos decía: ‘hijo mío, no rechaces la corrección del Señor… aceptad la corrección porque Dios os trata como a hijos… después de pasar por ella nos da como fruto una vida honrada y en paz’.
Ser cristiano tiene sus exigencias. El camino del seguimiento de Jesús es exigente. Creo que lo veríamos claro si nos damos cuenta que ser cristiano no es otra cosa que imitar a Cristo, vivir la vida como Cristo lo hizo, con su misma entrega, con su mismo amor. Bien sabemos hasta donde llegó su entrega, hasta donde llegó su amor. Y bien recordamos que en otros lugares nos dice que si queremos seguirle hemos de tomar su cruz para ir tras El.
Sin embargo escuchamos también que a su Reino estamos todos llamados. Ya lo decía el profeta y nos lo dice también Jesús hoy en el evangelio. ‘Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, vendrán para ver mi gloria… y de todos los países – y nos hace el profeta una relación de distintos lugares bien distantes en el mundo antiguo – como ofrenda al Señor traerán a todos vuestros hermanos… hasta mi monte santo de Jerusalén…’ Es un anuncio de salvación universal. Todos los hombres, de toda condición o de toda raza están llamados. No se reduce a un pueblo o a una raza. Como dice en el Evangelio ‘y vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios’.
Pero, como decíamos, aunque está esa voluntad universal de salvación por parte de Dios, en el entrar a formar parte de su Reino tiene sus exigencias. Hoy nos lo dice Jesús con la siguiente imagen. ‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán…’
¿Qué significa ‘entrar por la puerta estrecha’? ¿qué nos querrá decir Jesús? Es su camino, no nuestro camino. Hay unos valores que hay que tener en cuenta, un sentido y un estilo de vivir. No se trata, como decíamos, simplemente dejarnos llevar por lo que nos apetezca, sino tratar de descubrir qué es lo que Jesús nos enseña en el evangelio.
Pasa por el camino de la fidelidad y de la fidelidad hasta el extremo, hasta el final. Nuestro sí al Señor, la obediencia de nuestra fe, tiene que ser total. No podemos andar a medias tintas. O con Jesús o contra Jesús. Es una fe, una fidelidad que tiene que hacerse vida; no es un disfraz o una vestidura externa que nos ponemos, sino que tiene que ir a lo más hondo de nosotros mismos.
Pasa por una camino de amor exigente, comprometido, no de buenas palabras o buenos deseos, sino que tiene que traducirse en gestos concretos, en unas actitudes profundas, pero también en unos actos comprometidos que expresen ese amor a los demás, en el compartir, en la búsqueda de una comunión auténtica, en un trabajo por la justicia y la paz en nuestras mutuas relaciones, también en una aceptación respetuosa del otro, en una capacidad de comprensión y en un perdón generoso. Y eso muchas veces cuesta porque fácilmente puede florecer en nuestro corazón el orgullo o el egoísmo.
Pasa entonces por el camino de saber negarnos a nosotros mismos porque lo que importa es que seamos capaces de darnos por los demás. Por eso Jesús nos habla de la cruz para seguirle. Una cruz en la superación de nuestras propias cosas negativas, como en la aceptación de aquellos sufrimientos que podamos padecer.
Esa puerta estrecha la vamos a encontrar en esas actitudes negativas que afloran muchas veces en nuestra vida y que tenemos que saber superar y vencer; en esas violencias que aparecen muchas veces en nuestras relaciones que tenemos que saber dominar; en esos caballos del orgullo y la soberbia de los que tenemos que saber descabalgarnos; en esas exigencias que hemos de saber tener con nosotros mismos para dominar una pasión descontrolado. Esa puerta estrecha está en nosotros mismos, no es algo externo que nos impongan – qué fáciles somos a echar siempre la culpa a los demás -. Es algo que tengo que imponerme yo a mi mismo.
Necesitamos coraje, humildad, caridad, sencillez, fidelidad, responsabilidad, disponibilidad. Necesitamos de la gracia del Señor. Y que poniendo todas esas actitudes buenas en la vida seamos reconocidos por el Señor. Que no se nos cierre la puerta, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, y no nos reconozca. No se trata sólo de decir es que yo rezo mucho, es que soy cristiano de toda la vida, es que en mi familia siempre hemos sido muy religiosos. Se trata de esa respuesta personal que cada uno vamos dando a esa gracia, a esa llamada del Señor, a ese ponernos en camino, a ser capaces de pasar por la puerta estrecha.
Para que un día podamos también sentarnos en la mesa de su Reino. Ahora aquí en la tierra participando de su Eucaristía, un día en el cielo gozando de su vida eterna, de su presencia para siempre, cantando para siempre la gloria del Señor.