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martes, 13 de diciembre de 2022

Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

 


Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

El arrogante que se cree autosuficiente nunca será capaz de pedir ayuda, el que se siente lleno y satisfecho no querrá probar otros sabores sino que en su glotonería se quedará con aquella que primero apetece, el que se cree sabio y entendido en todo y para todo cree tener una respuesta o una solución, no creerá que sea posible que haya algo distinto a lo que es su sabiduría y rechazará todo lo que se le presente. Son las vanidades de la vida en que nos creemos que nos valemos solo por nosotros mismos y nunca nos abriremos entonces a algo nuevo y distinto. Nos creemos perfectos y no tendré la humildad de que pueda haber algún error en mi vida, ni necesitaré pedir perdón, ni necesitaré corregir, ni buscará una salvación. Somos muchos los que andamos por la vida tan llenos de autosuficiencias que luego se traducirán en muchas incongruencias en la manera de actuar.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús les propone una parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les habla de los dos hijos a los que el padre quiere enviar a trabajar a su viña. Uno, que nos parece rebelde, dice rotundamente al padre que no irá; el otro muy obsequioso según abre la boca su padre ya se está ofreciendo y diciendo que sí irá; pero sucede lo contrario, quien se ofreció obsequioso para corresponder pronto a su padre, pronto lo olvidará y se marchará por otras cosas desentendiéndose de lo que le ha pedido el padre. Mientras que quien se había negado a ir, arrepentido pronto accederá a la petición del padre siendo el único que fue a la viña a trabajar.

Cuántas veces vamos de obsequiosos por la vida. no queremos llevarle la contra a nadie, para que todos vean que somos buenos, pero lo somos de palabra, porque en el fondo no estamos dispuestos a hacer aquello que se nos ha pedido; queremos quedar bien con la incongruencia de que luego nada hacemos; queremos quedar bien y decimos que estamos de acuerdo mientras en nuestro interior quizás estamos pensando en algo bien distinto; a todo bajamos la cabeza para decir sí y vean lo buenos que somos pero nuestros corazones están llenos de otras sombras.

Aquel que fue sincero, porque quizá en aquel momento no tenía ganas de hacer lo que le pedía su padre y había dicho no, luego recapacitó y volvió a la senda del buen camino haciendo lo que realmente le pedía su padre. Tuvo la osadía de negarse, pero tuvo luego la valentía de arrepentirse; quizás fue mal mirado por aquella primera rebeldía de querer hacer la vida a su manera, luego quizás nos costará reconocer la valentía de su arrepentimiento y siempre le estaremos cargando con el sambenito de su pecado. Porque hasta ahí llegan nuestros orgullos, nuestras autosuficiencias, nuestras incongruencias, pero no reconocer que es posible un cambio y un arrepentimiento para comenzar una vida nueva.

Qué necesaria es la humildad de reconocer como somos, con nuestras deficiencias, con nuestras debilidades y tropiezos, con las sombras que tantas veces nos han acompañado en la vida. Aunque ahora estamos intentando hacer las cosas bien, sin embargo nos cuesta reconocer que un día cometimos errores, nos parece que nos vamos a sentir humillados, cuando en verdad sería todo lo contrario, porque la grandeza no está en que nos sintamos siempre perfectos, sino en reconocer que no lo somos, que hemos tropezado y que somos capaces de levantarnos. Cuantos velos queremos poner en tantas ocasiones en nuestra vida que tapen esos sombras que un día hubo en nosotros.

Será así cuando en verdad busquemos la salvación; será así cuando busquemos la verdadera sabiduría; será así cuando en verdad busquemos a Dios y terminaremos sintiéndonos llenos de Dios.

jueves, 16 de septiembre de 2021

La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

 


La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

1 Timoteo 4, 12-16; Sal 110;  Lucas 7, 36-50

Nos sucede a veces que nos cruzamos con alguien con quien no nos gustaría tropezar, es más, que no nos gustaría que nos viesen con esa clase de personas; nos parecen mala sombra, la rehuimos, o nos hacemos los distraídos como si no las hubiéramos visto a ver cómo pasamos desapercibidos; que no se lo ocurra a aquella persona detenerse junto a nosotros, saludarnos o decirnos algo, pasaríamos un mal trago. Intentamos, quizás, que nadie se de cuenta, tratamos de disimular lo más posible, pero de alguna manera estamos huyendo de aquella persona, o más bien, queriendo desterrarla lejos de nosotros mismos.

Su mala fama, su conducta desordenada, algunas cosas muy escandalosas de las que la han acusado aunque realmente no tenemos pruebas ni seguridades de que lo que se dice de ellas es cierto, pero nosotros nos precavemos, mejor, como si no las hubiéramos visto. Aunque quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué sabemos del interior de esa persona? ¿Cuáles pueden ser las tragedias que esté padeciendo en su interior o incluso también en los desaires que recibe de los demás? Nada sabemos ni parece que nos pueda interesar.

¿Sería así el mal trago que estaba pasando Simón el fariseo en aquella comida en que tanto interés había tenido que fuera Jesús? ¿Lo estarían pasando mal de la misma manera el resto de comensales, amigos del fariseo y probablemente de su mismo partido? La comida parecía que se iba a desarrollar dentro de lo normal, pero de repente aparece aquella mujer que nadie sabe cómo llegó hasta la sala de comensales que se puso de rodillas a los pies de Jesús lavándoselos con sus lágrimas y ungiéndolos con costoso perfume. Todos sabían quién era aquella mujer en aquella ciudad y la fama que la acompañaba; estarían pasando un mal rato porque parecía que todo el festejo de aquel almuerzo se estaba viniendo abajo.

Y eso es lo que estaba pensando en su interior el anfitrión de aquella comida. Si éste (Jesús) supiera quien es esta mujer… no le dejaría hacer lo que está haciendo. Pero Jesús le está leyendo los pensamientos. No hacía falta ser muy adivino viendo los rostros de circunstancias que todos estaban poniendo, aunque Jesús bien conocía el corazón de aquellas personas. Por eso es Jesús el que se adelanta para proponerle a Simón una pequeña parábola, los dos deudores que debían a su amo determinadas cantidades y a quienes su amo condonó la deuda en la generosidad de su corazón. ¿Cuál estará más agradecido? Seguro que aquel a quien se le perdonó más.

Y ahora es Jesús el que hace que todas las miradas se dirijan a aquella mujer. De alguna manera pone en un feo al anfitrión de la comida, porque no ha cumplido con los protocolos normales para esas ocasiones, de ofrecer agua y perfume a su huésped como signo de hospitalidad además del correspondiente saludo. Y Jesús le viene a decir que aquella mujer ha hecho todo lo que Simón había descuidado hacer. Pero que si aquella mujer lloraba hasta bañar sus pies es porque el amor de su corazón le hacía reconocer lo que había sido su vida y su pecado. Y a aquella mujer que estaba amando mucho, se le perdonaban sus muchos pecados.

Ya sabemos las reacciones de aquellos fariseos que no dan el brazo a torcer y no entienden de lo que es la misericordia. Les falta amor en su corazón y no entenderán nunca lo que es el perdón. Pero ahí queda el gesto de Jesús que nos tiene que hacer pensar, en nuestras discriminaciones y en nuestros juicios, en la hipocresía de nuestra vida y en las fáciles condenas que hacemos de los demás sin fijarnos en la viga que llevamos en nuestro ojo.

Un buen toque de atención que nos hace Jesús que nos hace mirar de manera nueva a los demás. Como decíamos antes no sabemos lo que hay en el interior del corazón de la persona, pueden estar las negruras que se van acumulando a lo largo de la vida, pero pueden estar también los buenos deseos que nos hacen levantarnos, pueden estar las tragedias que sufrimos a consecuencia de nuestros errores, pero puede estar también la intensidad del amor que ahora queremos poner porque queremos algo nuevo para nosotros.


martes, 15 de diciembre de 2020

Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

 


Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

A ver en qué parte realmente estamos nosotros. Porque ya sabemos, algunos mucho hablar y hablar y luego no hacen nada; otros calladamente, casi sin dejarse notar van haciendo sus cosas buenas, van sembrando la buena semilla, son los que buscan la paz, los que se preocupan en silencio de los demás. Ya sabemos cómo andamos en la vida, las apariencias, las fantasías, las vanidades, pero luego lo que encontramos es un vacío porque a la hora de la verdad falta compromiso, falta seriedad.

Cuanto somos capaces de hablar y de decir en nuestras tertulias o charlas de amigos, pero a la hora del compromiso todo el mundo se echa para detrás. Pero quizás no le hemos quitado el sambenito a alguien por algo en lo que se equivocó en alguna ocasión – errores y debilidades tenemos todos en la vida, tenemos que reconocerlo – pero fue el único capaz de arremangarse para echar una mano, para hacer por los demás, para resolver aquel problema. Y es que esa es otra cosa que nos sale fácilmente, los prejuicios; porque un día alguien cometió un error, ya lo tenemos condenado de por vida, no somos capaces de admitir que se haya arrepentido y cambiado de vida.

Es lo que nos quiere expresar hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos. Aquel que obsequiosamente cuando el padre le pidió que fuera a la viña a trabajar inmediatamente dijo que sí, pero que pronto lo olvidó y se fue a otras cosas; mientras que aquel que rebelde en principio se había negado, recapacitó y fue a trabajar a la viña de su padre.

Nos está haciendo reconocer Jesús esa forma nuestra de actuar, como veníamos comentando. Les recuerda cómo había venido Juan allá en el desierto y no le habían hecho caso, pero fueron los pecadores, los publicanos y las prostitutas, aquellos que eran malditos de todo el mundo, los únicos que escucharon a Juan y se arrepintieron. Como les dice Jesús, les cogieron la delantera en el Reino de Dios.

¿Nos estarán cogiendo también la delantera a nosotros? Cuidado no vayamos de vanidosos por la vida colgándonos las medallas de que somos cristianos de toda la vida pero realmente nuestra vida deje mucho que desear. Algunas veces nos encontramos con esas personas prepotentes, que todo se lo saben y que se dicen las más religiosas del mundo, pero a los que todo se les queda en apariencia y vanidad.

Seamos como aquella pobre viuda del evangelio que en silencio puso su moneda; seamos como la mujer pecadora que lloremos nuestros pecados a los pies de Jesús pero poniendo mucho amor para sentirnos en verdad perdonados por el Señor; seamos como aquel publicano, ya sea Zaqueo, el de la higuera, o sea Leví el que estaba detrás del mostrador de los impuestos, los que nos apresuremos a seguir a Jesús y participar de su banquete de vida que realmente es El quien nos lo ofrece.

El profeta que hoy hemos escuchado nos ha hablado como Dios siempre está dispuesto a acogernos y a ofrecernos su perdón. Con su voz profética ha recordado las infidelidades del pueblo de Israel que no siempre fue fiel a la Alianza, pero que llama y busca a su pueblo una y otra vez y le ofrece la misericordia y el perdón para que restaure de verdad su vida y su fidelidad. ‘Entonces purificaré los labios de los pueblos para que invoquen todos ellos el nombre del Señor y todos lo sirvan a una… pues te arrancaré tu orgullosa arrogancia, y dejarás de engreírte en mi santa montaña. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor’.

Algunas veces quizás tengan que sucedernos cosas que nos abajen de nuestras arrogancias y vanidades, pero han de ser cosas que nos hagan pensar y reflexionar, que nos hagan ver con claridad donde está la luz. Estos mismos momentos que vivimos, tan duros y tan difíciles, estos momentos que nos obligan a aislarnos quizás o a tener que dejar a un lado costumbres ancestrales que parecía que lo eran todo para nuestra vida – pensemos a todo lo que tendremos que renunciar en la cercana navidad dada la situación en que vivimos – son una llamada, un toque de atención, un arrancarnos de vanidades y orgullos que nos hacían sentirnos quizás en la cumbre de la montaña, pero que pueden abrirnos a algo nuevo y a algo mejor para nuestra vida. Tenemos que discernir qué nos quiere decir el Señor.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

 


Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio podíamos decir que es algo que sucede todos los días; esa reacción diversa que podemos tener cuando se nos recuerda lo que tenemos que hacer podíamos decir que está a la orden del día; el rebelde que siempre está diciendo que no a todo lo que se le dice, pero que luego recapacita y hace aquello que se le ha señalado, pero también el que promete y promete pero al final de todo se olvida y nada hace.

Es algo que es demasiado frecuente porque solemos decir que estamos cansados de palabras y de promesas, porque todo el mundo nos promete poco menos que el paraíso en la tierra porque con su gestión las cosas van a marchar muy bien, se van a eliminar todas las corruptelas y las cosas funcionarán de maravilla; parece que tienen la varita mágica para resolver todos los problemas que otros no han sabido resolver. Y todos me entenderéis que podemos hablar de las famosas promesas electorales que todos nos hacen y con ellos todo seria una maravilla, pero la experiencia nos dice que se quedan en eso, en promesas electorales.

Pero no es necesario que nos metamos con el mundo de la política, que ya sabemos que es una realidad, sino que tenemos que darnos cuenta que eso nos sucede a todos, nos sucede a ti y a mi, personas sin mayor relevancia, pero que también en nuestra vida nos prometemos muchas cosas, porque vamos a cambiar, vamos a ser mejores, tras un momento en que recibimos un impacto fuerte en la vida nos prometimos y dimos la palabra de que la vida nos la íbamos a tomar de otra manera, pero bien sabemos que pronto lo olvidamos.

Porque claro aquí, cuando estamos escuchando la Palabra de Dios aunque también la Palabra nos haga un juicio sobre el estado de nuestra sociedad, pero sobre todo tiene que llegar a lo personal de cada uno y no temer verse denunciado en esas corruptelas que también tenemos en nuestra vida. Es una palabra que tendrá que interpelarnos en nuestra vida personal y hacernos ver, por ejemplo, cuan inconstantes somos en nuestros propósitos, cuantas veces nos decimos que vamos a ser mejor, pero seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas.

Pero esta Palabra que nos dirige el Señor hoy es también una invitación a la esperanza. Una invitación a la esperanza porque tenemos la certeza de que el Señor es paciente y siempre está a la espera de nuestra respuesta. Es una invitación a nuestro personal arrepentimiento, pero es también una invitación a tener una mirada distinta hacia los demás.

Somos fáciles al juicio y a la condena; ahora mismo cuando al escuchar la parábola veíamos por un lado al rebelde que no quería obedecer o al que prometía y no cumplía por otra parte, ya en nuestro interior estábamos haciendo nuestros juicios de condena. Vemos cualquier actitud o postura en los demás que no nos agradaba y ya estamos manifestando nuestro malestar, o lo que es peor nuestra condena, olvidándonos quizá de la viga que llevamos en nuestros ojos.

Digo que lo que hoy nos dice Jesús nos hace tener otra mirada comprensiva hacia los otros, porque empezamos por darnos cuenta de nuestra propia debilidad y entonces podemos comprender la debilidad de los demás. Porque sentimos la misericordia de Dios sobre nosotros mostremos esa misma misericordia siempre con los demás.

Pero es que Jesús les dice a aquellos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige directamente la parábola, que ellos se pueden considerar justos, pero que tengan en cuenta que los publicanos, los pecadores y las prostitutas se les van a adelantar en el Reino de los cielos, porque están más prontos a reconocer su pecado y arrepentirse.

Les recuerda lo que sucedía con la gente que iba a escuchar a Juan; nunca aquellos principales del pueblo se sometieron al bautismo penitencial de Juan - iban más bien pidiéndole credenciales al Bautista de por que hacía lo que hacia allá en la orilla del Jordán -, pero los pecadores reconocían su pecado y allá se sumergían en aquellas aguas purificadores como un signo de penitencia.

¿No será también esta Palabra una interpelación a la Iglesia para que sepamos buscar siempre y por encima de todo el espíritu y el sentido del evangelio abandonando algunas actitudes que podamos tener ante lo que sucede en el mundo? Algunas veces aparecemos demasiado puritanos y no mostramos las señales de la misericordia con todos los pecadores, sea cual sea el pecado en que hayan caído. No puede ser la iglesia juzgadora sino la Iglesia misericordiosa que muestra el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

martes, 19 de noviembre de 2019

Andamos refugiados tras muchos ramajes, nos cuesta dar el paso y tomar la iniciativa, pero dejémonos encontrar por Jesús


Andamos refugiados tras muchos ramajes, nos cuesta dar el paso y tomar la iniciativa, pero dejémonos encontrar por Jesús

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10
‘Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad’. No parece que en principio tenga intenciones de detenerse. Solo quizá lo indispensable, porque su meta era llegar a Jerusalén y quedaba mucho camino por delante para subir desde el valle del Jordán hasta la ciudad santa. Era el camino habitual que hacían los galileos, evitando pasar por Samaría, bajar por el valle del Jordán para subir luego a Jerusalén entrando en la ciudad santa por el monte de los olivos después de cruzar también Betania y Betfagé. Y si atravesaba Jericó era lo habitual que el camino fuera enlazando pueblos y ciudades atravesando los mismos.
Algo sin embargo iba a suceder en aquella ocasión. Había un hombre que buscaba conocer a Jesús. Y Jesús había venido para encontrarse con las gentes, buscarlas incluso allá quizá donde incluso se escondieran, no en vano es Emmanuel, Dios con nosotros. Aquel hombre tenía sus complejos. Era el jefe de los publicanos de la ciudad y en consecuencia no era muy querido por las gentes, más bien despreciado. Pero además era bajo de estatura y no atreviéndose a meterse entre la gente para ver a Jesús se había adelantado en la calzada que atravesaba la ciudad para detrás de las hojas y ramaje de una higuera a la que se había subido ver el paso de Jesús. Para él era suficiente, no se atrevía a más. Nos contentamos tantas veces con poca cosa; nos refugiamos tras cualquier cosa cuando no queremos vernos comprometidos, como nos escondemos cuando o queremos dar la cara y buscamos disimulos y hasta disfraces.
Pero quien había venido a buscarnos – y ya un día hablará del pastor que busca la oveja extraviada entre laderas y barrancos – no podía pasar de largo. Quizá nadie había visto a Zaqueo subido en la higuera y hubiera podido pasar desapercibido, pero allí al pie de la higuera Jesús se había detenido, sin saber quizá la gente por qué. El pastor estaba buscando la oveja perdida. ‘Zaqueo, baja que quiero hospedarme en tu casa’.
Sorpresa para Zaqueo, como sorpresa también quizá para los que acompañaban a Jesús y no se habían percatado de la presencia de aquel pequeño hombre tras las ramas de la higuera; sorpresa además porque Jesús había dicho que quería hospedarse en aquella casa. ¿No había en Jericó alguien más digno donde Jesús se hospedase? Alguno quizá estaba ahora pensando por allá que él le hubiera ofrecido hospedaje a Jesús si hubiera sabido que Jesús quería detenerse en Jericó.
Si hubiera sabido… como pensamos nosotros tantas veces, pero después que las cosas sucedan. Yo también hubiera podido ofrecer mi hogar, pero nadie me lo sugirió, pensamos tantas veces pero tarde como siempre. Ahora vienen las buenas voluntades que decimos que teníamos, pero no nos habíamos adelantado. Y cada uno puede pensar en tantas circunstancias de la vida en que también decimos ‘si yo lo hubiera sabido…’ pero no nos adelantamos, no tomamos la iniciativa. Y quizá pensamos que nosotros somos mejores incluso que aquel o aquellos que se nos adelantaron en tantas cosas y tomaron la iniciativa cuando nadie esperaba que fueran capaces de hacerlo. Cuantas suspicacias, cuantos malos entendidos, cuantos juicios allá en nuestro interior, cuanta critica también a los que hacen cosas buenas queriendo descalificar…
Pero Jesús fue a hospedarse a casa de Zaqueo que se había bajado presuroso y alegre de la higuera porque Jesús quería ir a su casa. Y aun con las criticas de tantos Jesús se había hospedado allí y había participado en aquel banquete donde se mezclaban con los discípulos que acompañaban a Jesús los publicanos amigos de Zaqueo.
Y aquel fue un día de gracia. ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’. Y es que finalmente Zaqueo dio el paso hacia delante para hacer lo que Jesús a todos nos va pidiendo, lo que había pedido desde el principio de su predicación allá por los caminos y poblados de Galilea. Llegaba el Reino de Dios y había que darle la vuelta a la vida, había que convertirse. Y era lo que Zaqueo había hecho en aquella ocasión. Ya sabemos de las devoluciones en justicia, pero del compartir generoso de todo aquello que había ganado. Fue el día de la salvación. El encuentro de aquel corazón que llevaba quizá callado muchos interrogantes en su corazón pero que había encontrado la respuesta cuando se encontró con Jesús.
¿Nos producirá también muchos interrogantes a nosotros en nuestro interior este encuentro de hoy con la buena nueva de Jesús? Muchas mas cosas podríamos descubrir pero bástenos esto para que se mueva nuestro corazón. Aunque andemos refugiados tras muchos ramajes, ¿nos dejaremos encontrar por Jesús?

sábado, 3 de agosto de 2019

Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias


Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias

Levítico 25,1.8-17; Sal 66;  Mateo 14,1-12
Cuando tenemos mala conciencia por algo que hemos hecho si hay un mínimo de sensibilidad en nosotros nos sentiremos inquietos, algo pesa dentro de nosotros que no nos deja tranquilos y llegamos incluso a ver en lo que luego nos está sucediendo como consecuencias de aquello malo que hicimos y de alguna manera nos arrepentimos y quisiéramos actuar en delante de otra manera.
Claro que también está el que ha insensibilizado su conciencia y trata de olvidar como si nada hubiera pasado, tratando así de acallar esas voces que pudieran surgirnos en nuestro interior. Quien no tiene conciencia seguirá actuando quizá de la misma manera porque hasta vería como natural el que actuáramos así. Diversas maneras que tenemos de afrontar nuestra propia vida y aquellas cosas en las que hemos errado o en con las que hemos hecho mal a los demás.
Herodes ha oído hablar de Jesús, del mensaje que enseña y de las obras maravillosas que hace. Pero se siente incómodo, como se sienten incómodos los que tienen mala conciencia de lo que hacen cuando se encuentran con una persona que actúa rectamente, que enseña lo bueno y que hasta es ejemplo de vida para los demás. Por eso su reacción es pensar si acaso Jesús, el profeta de Nazaret del que le hablan, no sería Juan Bautista al que él había mandado decapitar. 
Quizá en un primer pensamiento tendríamos que plantearnos cómo nosotros reaccionamos ante lo bueno que vemos en los demás si somos conscientes del mal que muchas veces se nos mete en el corazón.
El evangelio ve ocasión en estas reacciones de Herodes para narrarnos lo que había sucedido. La vida de Herodes no era precisamente una vida recta. Conocida es su vida libidinosa y como se dedicaba más que nada a sus fiestas y sus orgías. Sigue siendo la tentación de los poderosos que se aprovechan de su poder para vivir una vida muchas veces licenciosa. Cuántas corruptelas se ocultan tantas veces detrás del poder. En nuestra sociedad comienza a salir a flote tanta corrupción de los que se aprovechan de la forma que sea de su poder y de su influencia. Demasiado envueltos en maldad vivimos en nuestra sociedad y cómo tendríamos que estar alertas.
Nos narra el evangelista que a Herodes le gustaba escuchar a Juan, pero podía más en él al final sus deseos de placer y sus corruptelas. Juan le hablaba claramente y le denunciaba la situación de pecado en la que vivía. Y por las influencias de quien era causa de pecado para él, termina por meter en la cárcel a Juan. Pero Heroidas no parará hasta lograr quitar de en medio a quien era una denuncia para su vida. La ocasión la da una de aquellas fiestas convertidas en orgías en las que se rodeaba Herodes de sus cortesanos y en la que la hija de Herodías bailó para el rey.
Fue el momento de debilidad final cuando nuestro corazón está ensombrecido y nuestra mirada es turbia. Encantado con el baile de Salomé le ofrece lo que le pida aunque sea la mitad de su reino. Es la ocasión de Herodías que convence a su hija para que pida la cabeza de Juan Bautista. Quien está en la pendiente fácilmente rueda cuesta abajo y es lo que sucedió a Herodes, sus juramentos, sus respetos humanos, su prestigio real, toda la maldad acumulada en su corazón le llevan a dar la orden de decapitar al Bautista. Más tarde vendrá la mala conciencia de la que no se sabe cómo salir.
Un toque de atención a nuestra vida, una llamada. Cuidado con las pendientes en las que nos pongamos en la vida, que resbalamos hasta caer. ‘No nos dejes caer en la tentación’, decimos en el padrenuestro, ‘líbranos del mal’, le pedimos al Señor.

viernes, 15 de marzo de 2019

Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios



Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que consideramos importantes y que son buenas actitudes a tener en cuenta siempre en nuestra vida, pero de manera especial en este camino cuaresmal que estamos haciendo.
‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’, les dice Jesús a sus discípulos, nos dice hoy a nosotros. Es un reconocimiento de que podemos ser mejores, que tenemos que ser mejores. Es un reconocimiento de que no nos podemos considerar ya santos y justificados, porque sigue habiendo muchas debilidades en nuestra vida.
Jesús hace esta consideración y comparación porque los escribas y fariseos se consideraban ya justificados por si mismos, quieren presentarse con un aura de perfección delante de los demás, pero Jesús ha denunciado ya claramente muchas veces la falsedad e hipocresía que había en sus vidas. Por eso nos recuerda que tenemos que reconocer nuestras debilidades y pecados de los que tenemos que arrepentirnos; y nos recuerda muchas actitudes y comportamientos que podemos tener con los demás que necesitan una corrección y una purificación. 
Cuidado nosotros queramos presentarnos también con ese aura de santidad, de perfectos y santos cuando tantas debilidades tenemos en nuestra vida. Y nos es bueno revisar actitudes y comportamientos, revisar esos gestos y palabras que tenemos los unos con los otros, en los que muchas veces no está brillando precisamente la bondad y el respeto. Nos habla Jesús de esas palabras hirientes que nos decimos en tantas ocasiones.
Hoy nuestro lenguaje se ha vuelto vulgar, pobre, muchas veces insultante y ofensivo; nos hemos acostumbrado a esa violencia y vulgaridad de nuestras palabras que las que nos faltamos al respeto y parece que ya nadie se inmuta, todo el mundo lo ve tan normal. Vamos perdiendo delicadeza en la vida y cuando  no hay esa delicadeza en palabras y en trato nos hacemos vulgares, pero es que vamos deshumanizando nuestras relaciones, se va creando una acritud que termina en violencia y enfrentamiento. No son los mejores caminos del amor, pieza fundamental del Reino de Dios que queremos vivir.
Ese reconocimiento de esos tropiezos que vamos teniendo en la vida tiene que llevarnos necesariamente a una vuelta al reencuentro con los demás, a la reconciliación. Y Jesús es radical en su enseñanza, lo  absolutamente necesario que es ese reencuentro, esa reconciliación. No podría haber un verdadero encuentro con el Señor, si antes no nos hemos reconciliado con el hermano. Nuestra ofrenda no sería pura y agradable a Dios. Por eso ‘deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús.
Será así entonces cómo podremos volvernos de verdad y radicalmente a Dios, la autentica conversión. Necesarios esos pasos, pero necesario es que nos demos cuenta de que nos estamos volviendo a Dios, para que Dios sea en verdad el centro y el motor de toda nuestra vida.
Es un camino arduo, es cierto, porque necesitamos mucha humildad, despojarnos de nuestro yo egoísta para abrirnos de verdad al nosotros del encuentro y del saber caminar juntos. Tenemos que abajarnos del pedestal de nuestros orgullos para saber caminar al paso del hermano, sin tirantez ni acritud, con sencilla y con mucho amor, con delicadeza y exquisito trato, con gestos humildes y sencillos de cercanía y muchas muestras de lo que es un amor verdadero.

sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.

martes, 6 de marzo de 2012


El arrepentimiento y la conversión pasa por los caminos del amor

Is. 1, 10.16-20; Sal. 49; Mt. 23, 1-12
Escuchamos una nueva invitación a la conversión desde la Palabra del Señor que vamos escuchando en este camino de cuaresma. Siempre hemos de estar en camino de superación, de crecimiento espiritual, de renovación de nuestra vida.
En este camino de nuestra vida espiritual no podemos detenernos ni pensar que ya lo tenemos todo hecho o somos lo suficientemente buenos. La vida tienes que estar en continuo crecimiento. Si nos detenemos nos estancamos y fácilmente en la pendiente de la vida lo que hacemos es retroceder.
Bien sabemos cuántas influencias negativas recibimos de nuestro entorno que nos confunden y nos impiden avanzar como tendríamos que hacerlo en nuestro camino de seguimiento de Jesús. De muchas maneras recibimos influencia del espíritu del mundo que se convierten en tentación para nuestra vida. Por eso  no podemos cansarnos ante la llamada repetida que se nos va haciendo, que nos va haciendo el Señor para esa renovación de nuestra vida.
Además si prestamos atención a la Palabra de Dios que cada día llega a nosotros nos daremos cuenta cómo se nos van abriendo caminos, cómo nos van apareciendo como sugerencias de esas actitudes nuevas, de esas cosas mejores que podemos ir realizando en nuestra vida.
‘Oíd la palabra del Señor… escucha la enseñanza de nuestro Dios, nos decía el profeta; Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, aprended a obrar bien…’ En el Señor buscamos esa purificación. Es el Señor el que nos lava y nos sana con su gracia.
Pero esa gracia del Señor que nos conduce al arrepentimiento de lo malo que hayamos hecho, nos impulsa también a buscar lo bueno, a caminar por caminos nuevos de justicia, de amor, de solidaridad. ‘Defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda…’ No es sólo ya el apartarnos del camino malo, del camino del pecado arrepintiéndonos y convirtiéndonos al Señor, sino que hemos de comenzar a hacer obrar buenas de justicia y de solidaridad.
Por eso nos dirá que ‘aunque nuestros pecados sean como la grana, como nieve blanquearán, aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán…’ En el amor, en los gestos de solidaridad y justicia, encontraremos la purificación de nuestros pecados. El amor borra nuestros pecados, porque cuando estamos realizando las obras del amor estaremos llenándonos de la gracia del Señor, porque estaremos empapándonos del amor y de la vida de Jesús. ‘Al que siga buen camino le haré ver la salvación de Dios’, que fuimos repitiendo en el salmo.
Son las actitudes nuevas, los valores nuevos de los que nos habla Jesús en el Evangelio. No son los honores y las grandezas lo que tenemos que buscar en la vida, sino desde un espíritu humilde saber buscar lo que es en verdad la voluntad del Señor. Denuncia Jesús las actitudes de los fariseos y maestros de la ley. Nos enseña el camino de la humildad y del servicio.
Somos unos hermanos que caminamos juntos, que nos ayudamos y nos sentimos solidarios los unos con los otros. Ni padres, ni maestros, ni jefes, sino hermanos que nos amamos y nos ayudamos. Por eso siempre estaremos manifestándonos nuestro amor y el amor que es creativo sabrá encontrar en cada momento cómo mejor servir, ayudar, hacer el bien al que está a nuestro lado.
Por eso terminará diciéndonos hoy: ‘el primero entre vosotros será el vuestro servidor. El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido’.

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?...


Is. 54, 1-10
;

Sal. 29;

Lc. 7, 24-30

‘¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?...’ No era una caña cascada por el viento, que va y viene empujada por los vendavales; no era un personaje importante y poderoso vestido de ricos ropajes y joyas. Sus vestidos eran una piel de camello; sus alimentos, saltamontes y miel silvestre. La reciumbre de su personalidad le hacía firme en sus anuncios y sus palabras no buscaban halagar a nadie sino enseñar el camino de la rectitud.

‘Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta’. Era el mensajero que anunciaba los tiempos de la Alianza nueva y eterna, era el que preparaba los caminos del Señor. Se sentía pequeño y el último y en su humildad no se creía digno de desatar la correa del que había de venir. Su misión era preparar caminos y luego desaparecer.

‘Que El crezca y que yo mengüe’, llegaría a decir un día, porque sólo venía para dar paso al que traía la salvación. Preparar los caminos, preparar los corazones. Invitaba a la penitencia con su palabra y con la austeridad de su vida. ‘Arrepentios, convertios, porque está cerca el Reino de los cielos’, repetía a todos y a todos iba señalando lo que tenían que hacer. Y los hacía sumergirse en las aguas del Jordán, bautizarse, como señal del arrepentimiento de sus pecados.

Pero quien se creía el último sin embargo era grande. Es lo que enseñaría Jesús más tarde. El que quiera ser importante que se haga el último y el servidor de todos. Así fue con Juan que Jesús diría de él ‘que entre los nacidos de mujer nadie es más grande que él’. Grande era la misión y grande fue su fidelidad a su misión. Pero Jesús nos dirá también que nosotros podemos ser tan grandes como Juan o mayores que él, incluso, si somos capaces de seguir su mismo camino. Así es en el Reino de los cielos.

Nosotros seguimos contemplando y escuchando en este camino de Adviento que hacemos la figura de Juan y aprendiendo de él. Más aún, con la visión que de Juan nos está dando Jesús. Que es una forma de decirnos que es en ese mismo espíritu en el que tenemos que prepararnos, hacer este camino. Austeridad, humildad, pobreza, generosidad y desprendimiento, rectitud en nuestra vida, amor para ser capaces de hacernos servidores de los demás son cosas que hemos de tener en cuenta.

Y conversión, arrepentimiento de nuestros pecados. No será ya un bautismo penitencial como el de Juan en el Jordán, pero sí hemos de saber pasar por el segundo bautismo que es el sacramento de la reconciliación y la penitencia. También tenemos que purificarnos, quitar tantos obstáculos que tenemos o ponemos en nuestra vida a la llegada del Señor. Por eso, tenemos que ir pensando en acercarnos al sacramento para restaurar la gracia perdida, para limpiar nuestro corazón y adornarlo con la gracia para poder acoger al Señor en nuestro corazón y nuestra vida. Lo necesitamos. Todos somos pecadores.

Hemos escuchado cosas hermosas hoy también en el profeta Isaías de la primera lectura. Es en cierto modo la historia de la infidelidad de nuestro pecado pero al mismo tiempo la llamada permanente del Señor al arrepentimiento ofreciéndonos de nuevo su perdón. ‘Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra… en un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero, dice el Señor, tu redentor… aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará, dice el Señor que te quiere’.

El Señor nos ama con misericordia eterna. Vayamos hasta El y gocemos con su salvación.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El que ama no puede permitir que nadie se enfangue con el mal


Ez. 33, 7-9;

Sal. 94;

Rom. 13, 8-10;

Mt. 18, 15-20

‘A nadie debáis nada, más que amor… porque amar es cumplir la ley entera’. Así podemos resumir el fondo del mensaje de este domingo. Todo es cuestión de amor. Y el que ama busca siempre el bien, no puede permitir que nadie se enfangue con el mal; el que ama quiere la comunión y la armonía; y cuando nos amamos de verdad también cuando nos dirigimos a Dios lo hacemos en comunión con los demás; es más, cuando nos amamos de verdad estamos haciendo presente a Dios, sentimos a Cristo en medio nuestro.

Casi no habría que decir nada más. Solamente que esto lo lleváramos de verdad a nuestra vida. Lo sintiéramos como una exigencia grande para nosotros de la que no nos podemos desentender. No podemos cerrar los ojos, ni volvernos para otro lado. Ya el profeta nos advierte con palabras fuertes de nuestra responsabilidad. No podemos endurecer el corazón porque donde hay amor de verdad el corazón se derrite en ternura y misericordia.

Si como hemos escuchado en otro lugar del evangelio ‘Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva’, entonces no podemos sentirnos indiferentes ante la situación del hermano. Nos preocupamos por él, por su bien. Y de ahí surge la corrección fraterna de la que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Corrección fraterna no es hacer juicio o buscar la condena sino animar a levantarse porque sabemos donde podemos encontrar la verdadera paz y la alegría más honda. Ayudamos a ver donde puede estar el error o el fallo humano pero ayudamos a encontrar caminos de renovación que nos lleven a vida nueva y más santa.

Corrección fraterna que no podemos hacer sino siempre desde la humildad y desde el amor. Es algo muy delicado y que tenemos que saber hacer bien. Cuando nos acercamos al hermano no lo hacemos desde la prepotencia de nosotros creernos santos y mejores, sino con la humildad del que también se siente pecador y que igualmente acepta ser corregido por el hermano; nos acercamos al que ha errado en su vida para ayudarle a encontrar el buen camino.

Nunca cabe la actitud orgullosa del fariseo que quiere imponer al otro sin mover un dedo de su parte, como nos dice Jesús en otro lugar del evangelio, y del que está siempre pronto para condenar, sino siempre la actitud humilde del que se sabe también pecador y perdonado tantas veces por el Señor.

Como decíamos al comenzar nuestra reflexión, todo es cuestión de amor. Es nuestra seña de identidad, nuestro distintivo. Y el amor siempre es comprensivo. Todo nace de un corazón compasivo y misericordioso, que ya Jesús nos dice que seamos así como compasivo es nuestro Padre del cielo. ¿Cómo no nos vamos, entonces, a derretir de amor? Pero además, ¿no tendríamos que hacer como Jesús que es el buen pastor que siempre va a buscar la oveja descarriada y perdida? A Jesús tenemos que parecernos.

Ya sé que media por otra parte nuestro corazón orgulloso y lleno de amor propio, autocomplaciente y que siempre buscamos o nos creemos tener razones para jsutificarnos. Costará en muchas ocasiones acercanos a los demás porque aparecen esos ramalazos de orgullo, de autosuficiencia, de justificaciones y muchas cosas más que harán que cueste aceptar el que alguien pueda decirnos algo o hacernos una corrección. Siento que es una lástima que como humanos nos comportemos con actitudes así y nos encerremos en los castillos de nuestro endiosamiento. De ahí, en consecuencia, la delicadeza, humildad y amor con que hemos de actuar siempre.

Jesús nos está señalando las actitudes fundamentales que tendría que haber entre los que se dicen sus discípulos, sus seguidores y van a formar parte de la comunidad de los creyentes. La forma de expresarnos Mateo estas palabras de Jesús pueden estar reflejándonos situaciones difíciles que ya pudieran estar dándose en aquellas primeras comunidades cristianas y con el evangelio, que era algo así como la catequesis para aquellas comunidades, trataba de corregir y enseñar con palabras de Jesús cuáles habían de ser esas actitudes fundamentales.

Es en el ámbito de nuestras comunidades cristianas donde primero hemos de poner en práctica esta enseñanza de Jesús. Se supone que en una verdadera comunidad cristiana vivimos esa comunión en el amor en el sentido y estilo de Jesús. Por eso nos señala el evangelio entre los pasos que se han de dar el contar con la comunidad que ha de buscar el bien, le arrepentimiento y la corrección de cada uno de sus miembros. Es lo que entre nosotros cristianos tenemos que aprender a hacer y a vivir, esa comunión de amor que nos ayuda a aceptarnos y a comprendernos, a amarnos y a ayudarnos mutuamente a vivir ese amor al estilo de Jesús.

Nos habla Jesús de atar y desatar. Está en nuestra manos. ‘Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo’. Una primera interpretación que hacemos siempre de estas palabras es la referencia al perdón de los pecados, poder del perdón de los pecados que Dios ha puesto en manos de la Iglesia. Estas misma palabras las dirá Jesús a Pedro cuando la confía ser esa piedra sobre la que se fundametará la Iglesia. Pero podemos hacer una referencia o interpretación a todo lo que con nuestro amor podemos hacer siempre a favor de los demás. Atemos con lazos de amor nuestras relaciones, nuestro trato; desatemos todo aquello que nos pueda esclavizar desde nuestros orgullos, nuesros egoísmos o nuestras ambiciones.

Y es que además, como nos enseña el evangelio, con nuestro amor tenemos que hacer presente a Jesús. Porque allí donde ponemos amor verdadero estamos haciendo presente a Jesús. ¡Qué hermoso lo que nos dice! ‘Porque donde dos o tres estám reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Hagamos presente a Jesús en medio de nuestro mundo con nuestro amor, con nuestra comunión. Y es que el testimonio de amor, de comprensión, de misericordia, de compasión que nosotros demos ante los demás estará convirtiéndose en anuncio de Jesús, en anuncio de evangelio.

Y esta unión y comunión de hermanos nos sirve además para engradecer nuestra oración, para hacerla más auténtica y más viva, porque nos asegurará que cuando rezamos unidos, cuando oramos en comunión los unos con los otros tenemos la garantía de la presencia y de la intercesión de Jesús. ‘Si dos o más se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre’, nos dice Jesús. Y ya nos dice en otro lugar que ‘cualquier cosa que pidáis en mi nombre, os lo concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo’.

¡Qué importante y valiosa la oración comunitaria! ¡Qué importante que sepamos darle de verdad este sentido de comunión a nuestras celebraciones litúrgicas en las que nunca cada uno debe ir por su lado! ¡Cuántas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto para nuestras celebraciones, para nuestro sentido de iglesia y de comunidad que tendríamos que vivir con toda profundidad!

‘A nadie debáis nada, más que amor’, nos decía san Pablo. ‘El que ama a su prójimo no le hace daño – es más siempre buscará su bien – por eso amar es cumplir la ley entera’.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Para que el mundo se salve por El

Para que el mundo se salve por El

Hechos, 5, 17-26; Sal. Sal. 33; Jn. 3, 16-21

Es cierto que en ocasiones nos vemos abrumados por el peso de nuestros pecados cuando somos conscientes de que hemos hecho mal; hemos de sentir, es verdad, arrepentimiento, y como decimos en la preparación para el sacramento dolor de corazón, ese arrepentimiento que nos hace dolernos por nuestro pecado ante lo que es el amor de Dios.

Pero el sentirnos abrumados nunca nos puede llevar a la desesperanza y al abatimiento, porque, como hemos escuchado tantas veces en el evangelio ‘Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva’, o como nos dice hoy ‘Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’.

La fe que tenemos en el Señor y lo que El ha querido revelarnos de su corazón a pesar de nuestro pecado nos hace sentirnos en esperanza porque grande es el amor que el Señor nos tiene que siempre está dispuesto a ofrecernos su perdón. Para eso nos ha enviado a Jesús. Mucho lo hemos oído y reflexionado y no importa que lo repitamos muchas veces para que se mueva nuestro corazón a la conversión y al amor. Y Jesús viene como nuestra salvación. Jesús viene para darnos vida, para llenarnos de la luz de Dios.

‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’. Si tal es el amor que Dios nos tiene, no podrá querer nunca la condenación si arrepentidos volvemos a El.

Pero qué débiles somos y con cuánta facilidad nos confundimos y olvidamos el verdadero camino del amor del Señor. Dios nos ofrece la luz y nosotros preferimos las tinieblas. Dios quiere que andemos en la luz, en las obras de la luz, pero preferimos las obras del mal. Como nos dice hoy el evangelio ‘ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas’. Somos nosotros los que nos buscamos la condenación cuando nos llenamos de tinieblas y de pecado. El Señor quiere siempre ofrecernos su luz y su salvación. Como hemos repetido muchas veces ‘el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?’ Por eso siempre queremos bendecir y alabar al Señor: ‘Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… proclamad conmigo la grandeza del Señor’.

Parecería que padecemos de daltonismo, que es una afección de la visión que nos hace confundir los colores, sobre todo entre el rojo y el verde. Padecemos un daltonismo espiritual, casi podríamos decir, porque nos confundimos de tal manera que nos puedan parecer luminosas y buenas las obras del mal. Nos ciega la tentación, nos ciega el pecado. Creo que somos conscientes todos de cuántas veces nos sucede cosas así. Nos prometemos ser buenos, resistir a la tentación, mantenernos en una fidelida de amor al Señor, y nos vemos envueltos por el pecado y caemos.

Pero, como decíamos, tenemos que considerar una y otra vez lo que es el amor del Señor y cómo no busca nuestra condenación sino nuestra salvación. ‘Tanto amó Dios al mundo…’ tanto nos ama Dios. La gran prueba la tenemos en Jesús enviado por el Padre para nuestra salvación. Y si recorremos las páginas del envangelio iremos contemplando lo que Jesús nos dice, pero cómo se manifiesta El con los pecadores siempre dispuesto al amor y al perdón.

A Dios acudimos con espíritu humilde y arrepentido. A Dios queremos acudir con un corazón, aunque lleno de debilidades y flaquezas, pero en el que queremos poner mucho amor. A Dios acudimos con la confianza de los hijos que se saben amados del padre. Porque Dios nos ama, porque es nuestro Padre, un padre lleno de ternura y misericordia; porque es el Dios compasivo y misericordioso como tantas veces hemos repetido; porque nos regala su vida, porque nos inunda con su amor.

Acudamos humildes y llenos de amor a Dios.