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viernes, 2 de enero de 2026

¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

 


¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

1 Juan 2, 22-28; Salmo 97;  Juan 1, 19-28

Tú, ¿quién eres? Una pregunta que surge casi espontáneamente cuando nos encontramos a alguien a quien no conocemos, pero que por diversas circunstancias tenemos que entrar en relación con él; saber con quien estamos hablando, con quien tratamos, qué clase de relación podemos entablar con esa persona según sea su identidad. Pero la pregunta se puede volver más dura y más inquirente, cuando hay algo de lo que sospechamos, algo que quizás no termina de agradarnos, o por la forma cómo se presenta esa persona con lo que está haciendo. Tú, ¿quién te crees que eres?, como cuestionando su identidad o su autoridad para lo que está haciendo.

Con una pregunta parecida vinieron en embajada desde Jerusalén a Juan que estaba en el desierto en la orilla del Jordán para algo así como pedirle cuentas por lo que estaba haciendo.  ‘Tú, ¿Quién eres?, ¿un profeta?, ¿Elías?, ¿el Mesías? ¿Quién eres?, para que podamos responder a quienes nos han enviado’. La presencia de Juan en la orilla del Jordán había sembrado inquietudes e interrogantes en los de siempre, aunque no eran ellos los que venían a escucharle.

La gente sencilla venida de todos los rincones se arremolinaba en torno a Juan y compungidos por su predicación querían hacer penitencia, como Juan les invitaba. Se sumergían en el agua del Jordán como un signo de aquella penitencia y conversión que necesitaban. Pero se creaban desconfianzas en los que estaban acostumbrados a lo de siempre y donde ellos tenían especial parte.

Ya escuchamos la humildad de Juan que no se considera profeta, que no quiere compararse al profeta Elías, aunque más tarde Jesús diría de él que era más que profeta y que Elías ya había venido aunque no habían querido reconocerlo, y por supuesto no era el Mesías sino la voz que gritaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sin embargo había algo que sí señalaba claramente el Bautista. En medio de ellos estaba y lo conocían; en medio de ellos estaba Aquel a quien no se consideraba digno de desatarle la correa de sus sandalias; más tarde lo señalará como el que viene a bautizar no con agua sino con Espíritu Santo y fuego.

Este evangelio que a primera vista nos podría parecer fuera de lugar, porque más bien lo veríamos como más propio del tiempo del Adviento, nos viene bien escucharlo en este tiempo de Navidad. En medio de nosotros está, pero ¿lo conoceremos? Y no nos vale hacer ahora afirmaciones teóricas porque nos sabemos el credo de memoria.

Tenemos que preguntarnos si en verdad lo conocemos, si de la manera que hemos venido celebrando la Navidad estamos dando señales que en verdad lo conocemos. ¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad? ¿Solamente en un niño que vemos nacer pobre en Belén y recostado entre las pajas de un establo? ¿No adornaremos demasiado ese establo para a pesar de lo que es hacerlo muy confortable? O también tendríamos que preguntarnos qué tal es esa cuna que hayamos preparado en nuestro corazón y en nuestra vida para recibir a Jesús.

¿Quién eres tú?, es la pregunta que nos ha servido de base para comenzar nuestra reflexión, pero ¿habrá alguien que nos la  haga a nosotros desde lo que nosotros estamos haciendo para celebrar auténticamente la navidad o para manifestar la autenticidad y sinceridad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano? No le tengamos miedo a la pregunta, sino dejémonos interpelar por ella porque somos nosotros mismos los que tenemos que preguntarnos si estamos dando razón autentica de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir.

No tenemos que preocuparnos en responder con palabras sino presentar las obras de nuestro amor, nuestro autentico compromiso de nuestro ser cristiano, aunque no tenemos que avergonzarnos de confesar nuestra fe en Jesús ante quien nos lo requiera.

domingo, 7 de enero de 2024

El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

 


El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

En la hay momentos, en que por algo que nos sucede, una palabra escuchada, un testimonio recibido, nos marcan de alguna manera la vida, porque comenzamos a ver las cosas de otra manera, descubrimos cual es nuestra propia identidad y lo que algunos llaman su destino, nos hace dar una vuelta a nuestros planteamientos, pone interrogantes en nuestro interior que nos hacen cuestionarnos lo que hacemos o lo que podemos hacer. Son hitos de nuestra vida, momentos cruciales, arranque de nuevos caminos o de nuevas oportunidades, ocasión también de darnos a conocer y lo que podemos realizar. Y esto lo podemos en un amplio campo de nuestra vida, aunque para ello también hemos de tener una capacidad de reflexionar para saber leer esos acontecimientos, o eso que nos haya podido suceder, para descubrir esa luz que dé un nuevo giro en la vida. Una capacidad de reflexión, decimos, pero también un saber estar atentos a esos signos de vida que pueden aparecer en nuestra existencia.

Estamos en un momento de la vida de Jesús que diríamos que es crucial para el conocimiento que podamos tener de El y el plantearnos también por qué queremos seguirle. Aquel niño nacido en Belén, que hemos venido celebrando en este tiempo de Navidad, en un momento determinado se nos dice cómo en Nazaret crecía en estatura, sabiduría y gracia ante de Dios y los hombres. Una vida oculta durante largos años, como tantos momentos también de silencio que todos necesitamos en la vida.

Juan predicaba en la orilla del Jordán anunciando el tiempo inminente de la aparición del Mesías y cómo había que preparar los caminos del Señor, como incluso nosotros hemos contemplado sobre todo en el Adviento. En torno a Juan se reúne la gente para escuchar aquella Palabra nueva que anuncia la venida del Mesías, se hacen bautizar por Juan como un signo de conversión y de preparar sus corazones, hay ya un grupo de discípulos que estarán más cercanos a Juan, y Jesús desde Galilea bajó también a la orilla del Jordán junto a Juan.

Es el momento que hoy contemplamos y que casi parece como si el mismo Juan nos estuviera contando. Ante los interrogantes que le plantean a Juan sobre lo que hacía y si él era el Mesías o un profeta, responde, ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’. Sigue el anuncio de Juan de aquel que vendrá no para bautizar con agua sino con la fuerza del Espíritu Santo.

Y es ahora cuando el evangelista con toda sencillez nos narra lo acontecido. ‘Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’.

Todos comprendemos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de purificación. Quien había venido a hacer hombre para ser Dios con nosotros y que cargará con nuestro pecado y nuestra muerte para así redimirnos, solidariamente se pone en la fila de los pecadores que se acercan al bautismo de Juan. Y aquí está la Epifanía, la manifestación de quién era Jesús con aquellos signos que acompañan aquel momento. El Espíritu Santo que se manifiesta sobre Jesús con la voz del cielo que lo proclama como el Hijo amado de Dios, en quien Dios se complace.

A los pastores se les había anunciado el nacimiento de un Salvador; los Magos de Oriente contemplan la luz de la estrella que les hace camino para encontrarse con Jesús al que en su ofrenda reconocerán como rey, como hombre y como Dios; el anciano Simeón proclamará que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto a quien viene como luz de las naciones  y gloria de su pueblo Israel; Juan nos había anunciado que venía quien nos bautizaría en el Espíritu pero es ahora la voz del cielo quien le señala como el Hijo de Dios a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir. Más tarde lo veremos en las bodas de Caná dándonos ese vino nuevo, signo de la vida nueva que en El vamos a recibir.

Es el sentido de la fiesta de la Epifanía, manifestación de la gloria de Dios; momento crucial donde ya podemos conocer quién es Jesús a quien hemos de escuchar; momento a partir del cual Jesús comenzará a realizar su misión del anuncio del Nuevo Reino de Dios.

Pero momento importante también para nosotros. Este acontecimiento que estamos contemplando y celebrando como culminación de todas las fiestas de la Navidad no nos puede dejar en la rutina de siempre. Tentación tenemos que pasado el fervor y entusiasmo que hemos vivido en estas fiestas volvamos a la rutina de siempre, volvamos a lo mismo como si nada hubiera significado todo lo que estos días hemos celebrado. Sería algo en vano, entonces.

Tenemos que despertar de esos letargos en los que podemos caer, no podemos decir como era en el principio. Por eso contemplar el Bautismo de Jesús nos hace mirar a nuestro bautismo, en el que también un día vino el don del Espíritu Santo sobre nosotros para marcarnos con una vida nueva, con una dignidad nueva, porque también desde ese día hemos escuchado que somos los hijos amados de Dios. Es reavivar nuestro bautismo, es reavivar esa vida de hijos de Dios, es reavivar esa misión que también nosotros hemos de cumplir. Esta celebración también tiene que ser un momento crucial para nuestra vida, algo que no podemos olvidar, que nos hace ser conscientes de nuestra dignidad y de nuestra misión. Vivamos en consecuencia.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor


Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor

 Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

‘Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel’. Así reflexionaba el sabio del Antiguo Testamento sobre el profeta Elías.
Son palabras que luego recordaremos en el evangelio cuando el ángel le anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre los judíos de la época de Jesús había la convicción de que Elías había de volver antes de la llegada del Mesías. Tenían presente para ello también las palabras de uno de los últimos profetas que así lo había anunciado. Así lo enseñaban los escribas y los doctores de la ley y esto motiva la pregunta que le hacen a Jesús sus discípulos. Bajaban del monte Tabor donde a Pedro, Santiago y Juan se les había manifestado la gloria del Señor, apareciendo junto a Jesús Moisés y Elías, signos de la ley y los profetas en el Antiguo Testamento.
‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Es la respuesta que les da Jesús a su pregunta. Muchos no supieron ver claramente la misión del bautista. La venia a despertar las esperanzas del pueblo de Israel, quería que abrieran sus corazones a Dios y por eso era necesario purificarse. Algunos respondían, le escuchaban, se bautizaban en el Jordán, pero no terminaron de ver lo que Juan les señalaba. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Pocos fueron los que entendieron estas palabras del Bautista y se pondrían a seguir a Jesús. ‘No lo reconocieron y lo trataron a su antojo’, que diría Jesús.
Por supuesto, que no había que quedarse en el profeta, solo en la voz, sino que era necesario escuchar la Palabra. Aquella voz resonaba en el desierto, pero la dirección era hacia Jesús que era la Palabra de vida, de luz, de salvación. Era a quien habían de reconocer.
Pero ¿y nosotros? Estamos haciendo este camino del Adviento tan lleno de señales que nos tienen que conducir a la verdadera luz. Cuidado nosotros nos quedemos a medias también como tantos. Nos encandilan las luces que parpadean, pero no vemos al que es la verdadera luz. Tenemos que despertarnos los cristianos para no dejarnos arrastrar por el ambiente, por los cantos de sirena que suenan en nuestro entorno y que con palabras bonitas, con mensajes que utilizan lo cristiano sin embargo nos pueden llevar simplemente a un pasarlo bien pero sin buscar la verdadera felicidad, que nos ponen luces pero que nos ocultan la verdadera luz, que nos pueden hacer perder el verdadero sentido de la navidad.
Podremos hacer muchas fiestas de navidad, muchas comidas familiares y recibir muchos regalos de amigos y nosotros hacerlos igualmente, pero si no nos encontramos con Jesús para llevar la salvación a nuestra vida, hemos dejado pasar la verdadera navidad. No nos dejemos arrastrar por la corriente. Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor. ‘¡Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!’

domingo, 14 de enero de 2018

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

En la vida somos mediaciones unos de los otros para muchas cosas. No podemos ser testigos directos de todo; no podemos estar en todos los lugares cuando suceden las cosas; por eso, digo, somos mediaciones los unos de los otros. Alguien que nos cuenta, noticias que nos llegan por distintos medios y hoy tenemos poderosos medios de comunicación que nos trasmiten al momento lo que pueda suceder en cualquier lugar del mundo.
Aunque también nosotros podemos leer en los mismos acontecimientos algo que va más allá del hecho en si descifrando algún tipo de mensaje o de lección que podemos recibir o aprender. Claro que para esto último tenemos que tener una especial sensibilidad, aprender a leer esos signos, tener una cierta profundidad en nuestra vida, en nuestro pensamiento o un sentido espiritual que nos haga trascender de verdad en la vida.
Esto en ocasiones nos cuesta porque quizá no tenemos bien calibrada esa sintonía del espíritu, o porque quizá nadie nos haya ayudado a descubrirlo. Vivimos quizá tan materializados en el día a día de las cosas presentes o que nos puedan dar una satisfacción en el momento que no nos hace gustar esos valores del espíritu y que pueden darnos una mayor altura a nuestra vida.
Tendríamos también que tener la humildad de dejarnos guiar, de acudir a donde podamos encontrar esa espiritualidad para nuestra vida, a esas personas que Dios va haciendo surgir también en nuestro entorno y que nos pueden ayudar en ello. Tenemos que pensar que solo por nosotros mismos no siempre conseguir mirar a esas metas más altas para nuestra vida.
Un poco de todo esto podemos ver reflejado en el evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en el comienzo de la vida pública de Jesús y son los momentos de los primeros encuentros, de los primeros discípulos. Dos discípulos del Bautista, allá en el desierto, se dejan guiar por el Precursor. Había, es cierto, una cierta sintonía en su corazón porque hasta las orillas del Jordán habían acudido para escuchar a aquel profeta que decía que preparaba los caminos del Señor.
Pero es la palabra de Juan las que les señala los primeros pasos. ‘Fijándose en Jesús que pasaba Juan lo señala: ‘Ese es el Cordero de Dios’. Y aquellos jóvenes inquietos se van tras Jesús; pero van preguntando buscando: ‘¿Qué buscáis?... Maestro, ¿Dónde vives?... Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. Juan, podíamos decir, había sido el medio, pero ellos se dejaron conducir. Juan les daba la noticia, pero ellos creyeron en su palabra y se fueron a buscar. Nos tiene que hacer pensar.
Encontraron lo que ansiaban sus corazones. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos discípulos del Bautista, va comentarle a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Siguen las mediaciones. Ahora es Andrés el que trasmite la noticia, el que sirve de cauce, de camino para que Simón venga también al encuentro con Jesús. La cadena continuará.
¿Cómo podrán creer en El si nadie se los ha anunciado?, se preguntaba Pablo en una de sus cartas. Esto es importante por una parte para que nosotros vayamos cada día más a un encuentro con Jesús, pero también para que pensemos qué es lo que nosotros estamos trasmitiendo. Es necesario el anuncio del Evangelio. ¿Cómo van a creer si nadie se los anuncia? Algunas veces tenemos la tentación de dar por sentado que ya el evangelio está anunciado y todos los conocen. Pero bien nos damos cuenta que la realidad es otra.
A cuántos en nuestro entorno, en esta sociedad en la que vivimos no les dice nada el evangelio, la religión, el hecho religioso, el cristianismo. Pero no les dice nada porque no se han encontrado con el evangelio, porque no se han encontrado con Jesús, porque no han descubierto de verdad el sentido cristiano, aunque luego todos hablen de religión y todos quieran expresar su opinión de lo que tiene que ser la Iglesia y lo que tendrían que hacer los cristianos. Y en esto tenemos nuestra parte los que nos decimos cristianos, los que venimos a la Iglesia. Quizá a nosotros mismos nos falte esa verdadera sintonía con el evangelio y con el mensaje de Jesús.
Pero además es que nosotros tenemos que hacernos portavoces de ese evangelio con nuestra vida, con nuestro testimonio, pero también con nuestra palabra. Juan no se calló, señalo a Jesús como el Cordero de Dios. Andrés no se calló, contó a Pedro que habían encontrado el Mesías. ¿A quien le contamos nosotros nuestra fe?
Hoy la Palabra nos ha hablado del niño Samuel que en sueños escuchaba la voz de Dios que le llamaba y no entendía quien le estaba llamando. Fue el Sacerdote Heli el que le ayudó a descubrir que Dios quería hablarle en su corazón. Le enseñó a decir ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que aprender a decirlo, a hacer silencio también en nuestro corazón para escuchar esa voz de Dios. Tenemos que ayudar a los demás a que también escuchen esa voz de Dios en su corazón. Qué hermosa sería la tarea de los padres que enseñan a rezar a sus hijos, que no solo le enseñaran oraciones aprendidas de memoria, sino que les enseñaran a sintonizar con Dios en su corazón. ¿Será esa también la tarea de nuestros catequistas en nuestras parroquias?
Escuchemos la voz de Dios que nos llama, que nos habla quizá a través de tan diversas mediaciones, pero no olvidemos que  nosotros somos también mediación para que otros puedan escuchar y saborear la llamada del Señor.

domingo, 8 de enero de 2017

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo, 3, a3-17
Llegamos a la culminación de todas las fiestas de la celebración del misterio de la Navidad y Epifanía. Celebramos en este domingo después de la Epifanía la fiesta del Bautismo del Señor.
El evangelista Mateo nos dice que ‘fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara’. ¿Había formado parte Jesús en algún momento de aquellos que iban a escuchar a Juan? En torno al Bautista, allá en el desierto junto al río Jordán, se había ido formando un grupo de discípulos que le seguían y hasta querían imitarle. No solo eran los que ocasionalmente iban a escucharle y luego se sometían a aquel bautismo penitencial como un signo de conversión escuchando la invitación de Juan para preparar los caminos del Señor, sino que se había formado un grupo de discípulos como veremos más tarde que permanecen fieles incluso cuando Juan es encarcelado.
Ya tenemos mucha ocasión en meditar sobre el bautismo de Juan en el Adviento escuchando también nosotros sus palabras como una preparación para recibir al Señor en las fiestas de Navidad. El hecho es que Jesús se suma ahora a la fila de los que se acercaban a Juan para sumergirse en el Jordán para su bautismo y muchas cosas especiales van a suceder.
Cuando Juan invitaba a aquel bautismo ya decía que el bautizaba solo con agua pero que vendría el que bautizaría con Espíritu y fuego. Señalaba incluso ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis, el que os bautizará con Espíritu Santo’. Y ahora se manifiesta el Espíritu del Señor. Como nos ha dicho el evangelista ‘apenas Jesús se bautizó, salió del agua, se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El, mientras es escuchaba una voz del cielo: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.
Me atrevería a decir que estamos como en el quicio entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Juan todavía es de los profetas, como los profetas del Antiguo Testamento que vienen como testigos para señalarnos el camino de la luz. Comienza la hora del Espíritu desde el momento en que Jesús fue concebido en el seno de María. Escuchábamos en la anunciación decirle el ángel a María ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…’
Aquí está ahora el que está lleno del Espíritu, el que con la fuerza del Espíritu viene a realizar un mundo nuevo y hacernos a nosotros unos hombres nuevos. Comienza la hora de la Nueva Alianza que va a ser sellada con la sangre de Cristo, pero que por la fuerza del Espíritu nos va a hacer a nosotros también hijos de Dios.  Aquí está el Hijo amado de Dios que viene a bautizarnos a nosotros con un nuevo bautismo, el bautismo en el Espíritu que nos va a hacer participes de la vida divina para hacernos, repito, hijos de Dios.
Por eso decíamos que en este momento del bautismo de Jesús estamos como en el quicio, se nos abre la puerta a algo nuevo, se nos abre la puerta al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza, al nuevo pueblo de Dios. Podíamos decir que es como el sentido de esta fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos también como Epifanía, como manifestación de quien es Jesús en quien creemos, cuyos pasos queremos seguir, de cuya vida queremos impregnarnos.
La celebración de este día es también una buena ocasión para que pensemos en nuestro propio bautismo, ese bautismo recibido en el agua y en el Espíritu que necesitamos para nacer de nuevo como le dirá Jesús a Nicodemo. Se nos queda muchas veces nuestro propio bautismo como en penumbra, como algo lejano celebrado en nuestra niñez y no terminamos de considerar la grandeza de la nueva vida que en él recibimos. Se nos puede quedar como un rito lejano que casi pareciera que no tiene repercusión en nuestra vida. Sin embargo tenemos que reconocer que toda nuestra existencia está marcada por ese Bautismo, porque en El nos hicimos participes de la salvación que Jesús nos ofrece en su muerte y resurrección. El bautismo fue un sumergirnos en la muerte de Cristo para con Cristo renacer, por la fuerza del Espíritu, a una vida nueva.
Y eso ha marcado nuestra vida para siempre, aunque muchas veces lo olvidemos, porque si somos conscientes de verdad del bautismo recibido nuestro empeño estaría en vivir siempre esa nueva vida, en vivir siempre dejándonos conducir por el Espíritu, en impregnar ya en todo nuestra vida por los valores del Evangelio, por los valores nuevos del Reino de Dios. 
Como se dice en una de las oraciones de la liturgia de este día ‘transformarnos interiormente a imagen de aquel  que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad’. Por el Bautismo somos transformados a imagen de Jesús, hemos de transparentar ya para siempre a Jesús en nuestra vida, de manera que quien nos viera pudiera ver a Cristo en nosotros. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Isaías 11,1-10; Sal 71; Romanos 15,4-9; Mateo 3,1-12
¿Necesitaremos profetas en el mundo de hoy? ¿Hará falta que surja un profeta en medio de nosotros que con sus signos y palabras trate de despertar a los hombres y mujeres de Dios? Alguno podrá pensar que eso de los profetas son cosas de otros tiempos. Hoy con nuestro mundo tan tecnológico, tan informatizado, tan globalizado como en el que vivimos no podemos pensar en profetas porque no necesitaríamos de esas cosas, o personajes, que nos suenan a cosas y personajes de otros tiempos.
Pero creo que a pesar de todo ello en la experiencia de la vida sí podemos recordar sucesos, acontecimientos, personas que nos llaman la atención por lo que nos dicen, por su manera de actuar, o porque quizá nos parezca que van a contracorriente del ritmo de vida que vivimos y quizá pronto los dejamos caer en el olvido y entretenidos en otros juegos, vamos a decirlo así, no les prestamos atención pero seguramente nos estarán diciendo con sus hechos o con sus palabras muchas cosas importantes. Pareciera que nada nos sorprende ni nos llama la atención en la loca carrera que vivimos.
En un mundo de tan rápidas comunicaciones, por ejemplo, donde podemos estar en contacto al instante con personas del otro lado del planeta o recibir noticias en el mismo momento que están sucediendo por muy sorpresivas que fueran, o recibir comunicación de satélites o sondas espaciales que están ya casi perdidos en el espacio, sin embargo podemos tener el peligro de vivir en una tremenda soledad y no ser capaces de comunicarnos con el que está a nuestro lado.
Tantos medios, tantas cosas que tenemos a nuestra mano y sin embargo tenemos el peligro de endurecernos dentro de nosotros mismos poniendo costras que impidan la comunicación, la relación con quien está a nuestro lado y necesita que le prestemos atención en su soledad o en sus necesidades básicas, de subsistencia quizá. ¿Quién podrá despertarnos, hacernos ver esa realidad que tenemos quizá tan cercana y hacer que pongamos más humanidad en nuestras relaciones con quienes tenemos cercanos y quizá ya ni nos damos cuenta de sus sufrimientos? ¿Habrá algún profeta que nos llame la atención y nos despierte?
En este segundo domingo de Adviento la liturgia desde el evangelio nos presenta la figura de Juan Bautista. Alguien que apareció allá en el desierto en la orilla del Jordán y que nos llamó la atención y trató de despertar a aquel pueblo en un momento que iba a ser el punto culminante de la historia cumpliéndose lo que eran todas sus esperanzas. Profeta y más que profeta, diría más tarde Jesús de él.
El profetismo era algo muy presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Dios. Grandes profetas habían aparecido continuamente en medio del pueblo como los que recordamos porque conservamos sus profecías en el libro sagrado, pero era, repito, algo muy presente siempre en la historia de la salvación.
Aquellos hombres que Dios iba suscitando en medio del pueblo, en las diferentes circunstancias en que iban viviendo y por una parte les recordaban la Alianza de Dios con su pueblo y por otra parte mantenían despierta la esperanza en el Mesías que iba a venir. Hombres surgidos en medio del pueblo que se convertían con sus signos y con su palabra en voceros de Dios normalmente en torno al templo de Jerusalén o los otros santuarios repartidos por toda su geografía aunque no fueran sacerdotes o incomodaran a las autoridades religiosas constituidas ya fuera en el reino del norte, Israel, o en el reino de Judá.
Ahora había aparecido Juan en el desierto con grandes signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión. Su figura y sus palabras les recordaban lo ya habían anunciado los profetas como Isaías de la voz que iba a surgir en el desierto para preparar los caminos del Señor. ‘Convertíos, les decía, porque está cerca el Reino de los cielos’. Y aunque habían de realizar el signo purificatorio y penitencial de sumergirse en las aguas del Jordán la invitación radical era a la conversión, al cambio de vida, a enderezar los caminos, allanar los valles, preparar las calzadas para el Señor que venía y estaba cerca. Su bautismo era solo un signo de esa conversión del corazón, porque habría de venir el que bautizara con Espíritu Santo y fuego, anunciando así ya un nuevo bautismo. 
Acudían de todas partes. Su palabra, sus gestos, su manera de vivir eran las señales del profeta que llamaban la atención y todos se llegaban hasta el Jordán. ¿Será un profeta? Se preguntaban y le preguntaban. ¿Será el Mesías que ha de venir? ¿Quién eres tú? Le vinieron a preguntar incluso de parte de las autoridades religiosas de Jerusalén como vemos en otros pasajes del evangelio. Y la gente estaba alerta, estaba atenta, y muchos querían en verdad prepararse y se convirtieron en discípulos de Juan.
Como nos preguntábamos al principio, ¿necesitaremos nosotros un profeta como Juan Bautista? Si queremos abrir los ojos de la fe no solo responderemos que sí lo necesitamos, sino que además también podríamos descubrir muchos signos y llamadas de parte del Señor en este momento de la historia que vivimos.
Tenemos, sí, la Palabra de Dios que se nos proclama cada día y con especial intensidad en este tiempo de Adviento, tenemos acontecimientos que se suceden en nuestro mundo en estos mismos tiempos que tendríamos que saber leer con ojos de fe, podemos descubrir figuras con voz profética que nos están llamando en las puertas de nuestras conciencias y a las que tendríamos que prestar más atención, está quizá también en nosotros, los que quizá estamos más cerca de la Iglesia, esa responsabilidad que tenemos de hacer el anuncio con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra solidaridad abriendo en verdad nuestro corazón a ese mundo que nos rodea y necesita una voz, una luz, alguien que haga el anuncio del evangelio.
Ahí está, si queremos escuchar, esa llamada continua del Señor que nosotros tenemos que escuchar y de la que tenemos que hacernos eco para los demás. Creo que este puede ser el gran mensaje que escuchemos en este segundo domingo de adviento mientras caminamos con esperanza al encuentro con el Señor en la cercana Navidad para poder vivirla con todo sentido.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18
En la medida que avanza diciembre vamos observando que cambia el ambiente de nuestras calles, de lo que es la vida comercial, la ornamentación que va apareciendo en nuestras calles y plazas, lo que son los programas de los medios de comunicación e incluso en nuestros hogares parece que surge algo nuevo y se vislumbra una nueva alegría o al menos un ambiente de fiesta. Ya incluso vamos escuchando felicitaciones de navidad que se nos desean desde distintos lados y hasta la música tiene como un nuevo sentido en unas canciones que llamamos navideñas.
Se acerca la Navidad. Suena algo distinto aunque creo que es necesario también un sentido critico para ver realmente cual es la motivación de esa fiesta y alegría e incluso analizar el sentido de muchas de esas canciones que llamamos de Navidad y en las que en muchas de ellas no aparece ni la más mínima referencia a lo que para nosotros es el verdadero sentido de la navidad. Podríamos hacernos muy diversas consideraciones en este sentido.
Nosotros, los cristianos que queremos dejarnos conducir de la mano de la Iglesia y con un profundo sentido de fe también escuchamos en la liturgia la invitación a la alegría por la ya cercana navidad. Los textos de la liturgia de este domingo han dado motivo para el nombre del gaudete o de la alegría con que mencionamos este tercer domingo de Adviento. Son las invitaciones que nos hace el profeta y repetidamente el apóstol Pablo en el texto de la carta a los Filipenses que hoy escuchamos. ‘Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres’, nos decía el apóstol. Mientras el profeta nos gritaba ‘regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén…’
Y ¿cuál es el motivo de ese grito que nos invita insistentemente a la alegría? Viene el Señor y con El llegará la paz a nuestros corazones; viene el Señor y se va a manifestar su misericordia que nos perdona todos los pecados; viene el Señor y nuestros corazones se sentirán transformados por el amor para vivir en un estilo y sentido nuevo; viene el Señor y se va a realizar algo nuevo en nosotros porque nuestras vidas se transformarán y viviremos en una paz y una nueva armonía que nos hará sentirnos verdaderamente felices haciendo más felices a los que están a nuestro lado.
Efectivamente, recojamos, sí, todos esos anhelos de alegría y felicidad que estos días parecen reinar de manera especial en el corazón de cuantos nos rodean; recojamos todo eso, sí, pero no para vivir una navidad más en la cual durante unos días vamos a ponernos buena cara y vamos a sentirnos un poco más unidos y luego todo pase y todo siga igual. Vamos a tratar de vivir con un sentido hondo la navidad y porque llega este momento precioso en que celebramos el nacimiento del Señor, vamos a tratar de hacer que en verdad llegue a nuestra vida y derribemos de verdad esos muros que tantas veces hemos interpuesto entre nosotros, no solo para vivir unos días en paz y alegría, sino para sentirnos en verdad transformados por la presencia del Señor y hagamos que ya para siempre las cosas sean distintas.
Y claro cuando tenemos esos verdaderos deseos dentro de nosotros ya comenzamos a pregustar la alegría de lo que vamos a vivir. No será una navidad externa, superficial, donde hagamos una serie de cosas simplemente porque toca, porque toca comer en familia, porque toca felicitarnos y tenernos buenos deseos los unos con los otros, o porque todo el mundo está de fiesta y nosotros no vamos a desentonar.
Vamos a darle profundidad a lo que hagamos; si Jesús ha venido para traernos la reconciliación y la paz, si El ha venido, como nos decía el profeta, para que se cancelen nuestras deudas y condenas, nosotros vamos a tener verdaderos gestos de reconciliación y de paz con todos, vamos a romper esas barreras que tantas veces nos separan o nos aíslan y vamos a acercarnos con buen corazón a cuantos nos rodean. Estaremos haciendo verdadera navidad y toda nuestra alegría tendrá hondo sentido. ‘Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio, nos decía el apóstol, custodiará vuestros corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús’.
En el evangelio hemos contemplado una vez la figura de Juan que predicaba en el desierto allá junto al Jordán preparando los caminos del Señor invitando a la conversión, al cambio de manera de vivir para acoger al Mesías que llegaba bautizándolos en el agua del Jordán. ¿Cuáles eran las pautas de esa transformación de sus vidas para preparar los caminos del Señor? La gente que se acercaba a El le preguntaba: ‘¿Entonces, qué hacemos?’ Es la pregunta que nosotros también tenemos que hacernos. ¿Qué hacemos para que nuestra alegría sea completa? ¿qué hacemos para vivir con profundidad la navidad que se acerca? ¿qué hacemos para que haya una auténtica alegría en nuestro corazón?
Según fuera la gente que se iba acercando a Juan con la pregunta él les iba respondiendo de forma muy concreta; y les invitaba a compartir de verdad los unos con los otros abriendo los ojos del corazón a las necesidades de los demás, a ser honrados y responsables en sus actividades y en lo que era toda su vida, a no dejarse confundir ni arrastrar por la violencia que imperaba en tantos ambientes en su alrededor, a ser justos en su actuación en todas las facetas de su vida no cayendo en redes de sobornos ni corrupción, a poner verdadera humanidad en sus corazones para no ser ásperos ni exigentes con los demás mientras nosotros vivimos a nuestro aire, a ser capaces de ser comprensivos con los demás ofreciendo generosos el perdón como compasivo y misericordioso es el Dios que nos perdona…
Muchas cosas les va señalando el Bautista con una claridad pasmosa - tan pasmosa que le llevaría a la cárcel porque incomodaba a Herodes y Herodías cuando les denunciaba claramente la vida impura que llevaban - y que tiene una clara traducción también en lo que es nuestra vida de hoy, en los errores en que nosotros podemos caer, o en el ambiente insolidario, injusto y corrupto en que se vive en nuestra sociedad.
¿Queremos nosotros vivir de forma auténtica la alegría de la Navidad ya cercana? Hagámonos con toda sinceridad la pregunta; hagamos silencio en el corazón para escuchar al Señor que nos habla y señala todo lo que tendríamos que transformar en nuestra vida; abramos de verdad nuestro espíritu a la llega del Señor a nosotros y dejémonos transformar por su gracia. Comencemos ya a poner paz y amor en nuestras relaciones con los demás; abramos bien los ojos para aprender a mirar con mirada nueva a cuantos nos rodean y a esa sociedad en la que vivimos que hemos de transformar; seamos signos de la misericordia divina que se derrama sobre nosotros pero para que alcance también a los demás y todos puedan conocer lo que es la misericordia y la gloria del Señor.

domingo, 23 de agosto de 2015

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

Jos. 24, 1-2.15-18; Sal. 33; Ef. 5, 21-32; Jn. 6, 61-70
Hay ocasiones en la vida en que nos vemos en la tesitura de tener que tomar una decisión importante que incluso puede ser trascendental para nuestra vida. Bien sea por los problemas que se nos presentan que tenemos que afrontar con decisión y valentía, o bien sea por un futuro que se abre ante nosotros que quizá se nos puede presentar incierto y nos llena de dudas o también pudiera ser un campo nuevo que se abre ante nosotros prometedor de muchas esperanzas.
Estarán en juego muchas cosas; nos sentiremos como zarandeados en medio de un mar de dudas, podemos tener miedo ante ese nuevo planteamiento de la vida, se hace crisis en cierto modo en nuestro interior. Ahí tiene que manifestarse la serenidad con que afrontamos la vida y la madurez que vamos alcanzando.
Como decíamos son los problemas que tenemos que afrontar, o pudiera ser el planteamiento de una vocación o de un sentido de la vida. Son decisiones que hemos de saber tomar, es la confianza que podamos tener en nosotros mismos y en nuestra prudencia humana será también lo que nos confiemos a la orientación o consejo que podamos recibir de quienes nos rodean y en quienes nos confiamos. Todo esto en múltiples aspectos de la vida, como podemos comprender fácilmente.
Me estoy haciendo esta reflexión al hilo de los hechos que contemplamos hoy en la Palabra proclamada. Será por una parte Josué a la entrada de la tierra prometida el que le plantee al pueblo su adhesión a la fe del Dios de la Alianza que les ha liberado de Egipto y les ha conducido por el desierto atravesando primero el mar Rojo y luego el Jordán hasta la tierra que le había prometido. ‘Escoged a quién servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor’, les dice.
Por su parte en el evangelio contemplamos la crisis que se ha suscitado en los discípulos y todos aquellos que primero le habían seguido en el desierto cuando la multiplicación de los panes y ahora han venido hasta la sinagoga de Cafarnaún ante las palabras de Jesús que anuncian el Pan de Vida. ‘Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?’, y lo criticaban. ‘Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Incluso entre los más cercanos, los doce, parecía también que aparecían sus vacilaciones y dudas, de manera que Jesús les preguntará: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’
Allá en Siquén fue clara la respuesta y la confesión de fe del pueblo: ‘¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre los pueblos por donde cruzamos. Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios’.
Ahora en la sinagoga de Cafarnaún será Pedro el que tomará la palabra para responder en nombre de los doce: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. No había dudas aunque volvieran los momentos oscuros todavía muchas veces a la vida. Pero allí estaba la decisión firme y valiente, arriesgándolo todo por el Señor. ‘¿A quien vamos a acudir?’ Ponían toda su confianza en la Palabra de Jesús. Eran palabras de vida eterna. Como les había dicho Jesús: ‘Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida’. Y allí estaba Pedro reconociéndolo.
Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Podemos repetir esas mismas palabras de Pedro? ¿Podremos hacer una profesión de fe que implique toda nuestra vida reconociendo la acción de Dios en nuestra historia, como lo hacia el pueblo judío allá en Siquén ante la pregunta de Josué?
Tenemos que saber escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos esa Palabra de vida de Jesús y plantarla de verdad en nuestra vida. Nos entran dudas en muchas ocasiones, pasamos por crisis de todo tipo, nos preguntamos quizá si merece la pena, nos suenan los cantos de sirena de otras cosas que nos quieren atraer por otros caminos, nos vemos envueltos en múltiples incertidumbres. Otras veces los problemas nos agobian y nos hacen verlo todo oscuro; nos vemos obligados en ocasiones a tomar decisiones que van a afectar toda nuestra vida y no sabemos o no tenemos claro lo que va a venir después.
Pero hemos de aprender a fiarnos del Señor. Sus palabras son espíritu y vida. Esa experiencia de nuestra vida donde tantas veces hemos sentido tan cercana su presencia tenemos que revivirla en nosotros, hacerla formar parte de la profesión vital de nuestra fe. ¿A quien vamos a acudir? ¿Dónde vamos a encontrar esas palabras de vida eterna? ¿Dónde podremos sentir esa paz en nuestro corazón que solo sentimos cuando estamos con Dios?
Caminemos guiados por la fe y por la esperanza. Hemos venido escuchando cómo Cristo se hace Pan de vida porque quiere que tengamos vida para siempre. Pongamos toda nuestra fe en El y comámosle que sabemos que tenemos asegurada la resurrección y la vida eterna.

domingo, 13 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.

domingo, 13 de enero de 2013


En el Bautismo de Cristo en el Jordán se reveló que era el Hijo amado del Padre

Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Lc. 3, 15-16.21-22
‘Viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Juan estaba allá junto al Jordán. ‘El pueblo estaba en expectación y se preguntaban si no sería Juan el Mesías’. El bautizaba con agua. Pero allí está Jesús que también ha venido. ‘En un bautismo general, también Jesús se bautizó’.
Lo estamos celebrando hoy como culminación de todas las fiestas de la Navidad y la Epifanía. Jesús se ha ido manifestando. Es la fiesta del Bautismo del Señor. Los ángeles, los pastores; la estrella, los magos de Oriente son rayos de luz que nos han ido manifestando a Jesús. Durante esta semana de la Epifanía hemos ido escuchando las diferentes reacciones de aquellos que iban conociendo a Jesús que se nos ha ido manifestando como luz, como alimento, como presencia salvadora junto a nosotros, como el que nos libera y nos trae la gracia y el perdón. Hemos ido escuchando las confesiones de los primeros discípulos en ese camino de ir conociendo a Jesús. Hoy será la voz del cielo.
‘Mientras Jesús oraba después del bautismo, se abrió el cielo, nos dice el evangelista, y bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Quien estaba allí, Jesús que había venido de Nazaret, era quien estaba lleno del Espíritu de Dios; la voz del Padre desde el cielo nos lo está señalando; no son las voces humanas que puedan ir confesando lo que van descubriendo en Jesús.
Es la revelación de Dios, es la voz del cielo. Quien está allí es el Hijo amado de Dios que en tanto amor que Dios nos tiene nos lo ha enviado para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. ‘En el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo’, hemos confesado en la oración litúrgica.
Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como luego nos lo señalara el Bautista, que se había querido someter a aquel bautismo de Juan porque se había querido hacer en todo semejante a nosotros - era uno de tantos en medio de aquella fila de los que se sentían pecadores y querían bautizarse como una señal de su arrepentimiento y conversión - y, aunque en El no había pecado, había cargado con todos nuestros pecados, allí estaba siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado de Dios y como  nuestro Mesías Salvador. Es el Ungido del Señor.
‘Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio de tu Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado para anunciar la salvación a los pobres’.
Como expresaremos también en el prefacio ‘en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces ya no sería simplemente un bautismo de agua como el que Juan realizaba allí con los pecadores, sino que sería ya para siempre el Bautismo en el Espíritu Santo y fuego. ‘El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’ había dicho el Bautista. Allí ya se había manifestado el Espíritu Santo sobre Jesús.
Desde entonces cuando nos bautizamos en el nombre de Jesús, porque de verdad nos convirtamos a El, porque confesemos con toda nuestra vida nuestra fe en El, vamos a recibir el Espíritu Santo que nos trasforma y nos renueva y nos llena de nueva vida. Es el fuego renovador que todo lo purifica y nos limpia y arranca de nuestro pecado para entrar en los caminos de la gracia y de la salvación. Es el agua salvadora que nos purifica y nos llena de vida haciendo surgir en nuestro corazón esa agua viva, esa vida nueva que nos hace participes de la vida de Dios haciéndonos a nosotros también hijos de Dios.
También baja sobre nosotros el Espíritu del Señor en el bautismo que en el nombre de Jesús recibamos y ya escucharemos para siempre la voz del Padre que nos llama hijos; también nosotros somos los hijos amados de Dios. Es la dicha y el gozo que podemos sentir en nuestro corazón; es la dicha que nace en nosotros por la fe que vivimos, por la fe que profesamos, por la fe que compartimos y trasmitimos también a los demás.
Hoy es un día para dar gracias a Dios. Maravilla de revelación que nos da a conocer a su Hijo, lleno del Espíritu Santo. Hoy hemos de dar gracias a Dios por el nuevo Bautismo que nos ha dado que nos hace partícipes de su vida divina. Gracias porque nos llama a nosotros hijos también y lo somos, como diría san Juan en sus cartas. Gracias porque sobre nosotros también en nuestro Bautismo se derrama el Espíritu en nuestra vida para purificarnos y para vivificarnos, para llenarnos de nueva vida y para hacernos caminar por caminos de gracia y de santidad.
Es un momento propicio para considerar la grandeza y maravilla del Bautismo que hemos recibido. Recordarlo y renovarlo. El sacramento que hemos recibido no se puede quedar como un rito que recibimos en nuestra niñez y como si fuera algo que se quedó atrás en el tiempo. Hemos de vivir nuestra condición de bautizados lo que entraña esa santidad que ha de brillar en nuestra vida.
Fuimos ungidos también con el Espíritu, con el crisma santo, y ahora hemos de vivir como unos consagrados, hemos de vivir una vida santa. Y eso tenemos que irlo realizando en el día a día. Como ungidos somos otros ‘cristos’; así hemos de imitar a Cristo en nuestra vida, dejarnos transformar por El. ‘Concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en humanidad’, pedíamos en la oración. El Espíritu del Señor está en nosotros y hará posible esa transformación. Por eso es necesario dejarse conducir por el Espíritu, sentirse lleno del Espíritu divino que nos santifica y que nos hace vivir como hijos de Dios.

sábado, 12 de enero de 2013


El tiene que crecer y yo tengo que menguar

1Jn. 5, 14-21; Sal. 149; Jn. 3, 22-30
Algunas veces podemos sentir tanto celo por lo que son los nuestros o nuestras propias cosas que podemos sentir cierto recelo y hasta en cierto modo envidia cuando apreciamos cosas buenas en los otros. Esos recelos y envidias nos pueden cegar en ocasiones para no ser capaz de valorar lo bueno de los demás, lo que quizá tienen que hacer desde su propia misión o responsabilidad y llegar a pensar que eso solo es cosa nuestra o podemos hacer nosotros o los que son de los nuestros.
Hago este comentario, por supuesto desde tantas cosas similares que nos pueden suceder así en muchas ocasiones en la vida, pero también de lo que escuchamos hoy en el evangelio. Los discípulos de Juan sienten celos por Juan y cuando contemplan lo que Jesús está realizando, que también está bautizando (ahora comentaremos ese detalle) y que hay mucha gente que se va con Jesús, sienten ese escozor en el alma y vienen a comentárselo al Bautista.
‘Oye, rabí, le dicen, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando y todo el mundo acude a El’. Es la única vez que leemos en el evangelio que Jesús bautizase a la gente. Luego a lo largo del evangelio siempre lo veremos predicando, curando enfermos, acercándose a todos hasta entregar su vida por nosotros.
El Bautismo del que ahora se habla todavía es un bautismo semejante al que hacía Juan. Era una manera de invitar a la conversión para prepararse a recibir y acoger la Buena Noticia del Reino de Dios. Va en el mismo sentido en que en los sinópticos los reflejan las primeras palabras de Jesús al inicio de su vida pública. ‘Convertios y creed en el evangelio’. Esa era también el sentido del bautismo de Juan allá en el Jordán, una invitación a la penitencia y a la conversión.
La respuesta del Bautista a sus discípulos es maravillosa y ejemplar. No se atisban en él esos recelos y envidias. Sabe cuál es su misión, que ha cumplido con su predicación allá en el desierto, preparar los caminos del Señor invitando a la conversión. Su misión la da por cumplida y ahora lo que importa es que sepamos recibir a Jesús porque es en El en quien está la salvación. Nos da un maravilloso ejemplo de humildad. Se pone a un lado para dar paso al que tiene que venir; esa era su misión; era sólo el precursor del Señor. ‘Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de El’.
Es el amigo que se alegra con las alegrías de su amigo. ‘Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo’. Sabe cuál es su misión. ‘Esta alegría mía está colmada; El tiene que crecer y yo tengo que menguar’. Ya a partir de ahora el evangelio hablará de Jesús. La Buena Noticia es Jesús; con El llega el Reino de Dios. Es a Jesús a quien tenemos que escuchar y seguir. Aparecerá el Bautista desde la cárcel enviando a sus discípulos hasta Jesús para que vean por si mismos que en Jesús se cumplen las Escrituras. Solo se volverá a hablar del Bautista en el supremo testimonio de su martirio.
Es un hermoso colofón a esta semana de Epifanía que venimos celebrando que llegará a su cumbre cuando mañana domingo celebremos el Bautismo de Jesús con la gran manifestación que desde el cielo se nos hará diciéndonos quien es Jesús. Estos pasos que hemos ido dando durante la semana nos han ayudado a ir creciendo en nuestra fe en Jesús, conociéndolo más y más. Insistimos en este crecimiento y maduración de nuestra fe de manera especial cuando este año estamos celebrando el Año de la Fe al que nos ha convocado el Papa.
Mucho tenemos que reflexionar sobre ello y muchos pasos hemos de ir dando en ese conocimiento de todo el misterio de Dios para poder dar razón con toda firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza. Cuánto tenemos que preocuparnos de ese formarnos en nuestra fe. Que ese credo que profesamos no sean palabras abstractas que digamos porque nos lo hemos aprendido de memoria, sino que sea algo que en verdad vivimos porque lo llevemos en lo más hondo de nuestro corazón.
Y en ese aspecto humano con el que comenzábamos nuestra reflexión que no nos importe nunca que los demás crezcan en sus obras buenas o en sus obras de amor o destacando por la rectitud y responsabilidad de su vida, aunque nosotros podamos quedar en segundo término. Más bien tiene que ser un aliciente para nosotros para que lleguemos a destacar también por esas obras buenas y por nuestro compromiso y responsabilidad.

viernes, 4 de enero de 2013


Maestro, queremos saber de ti, queremos conocerte

1Jn. 3, 7-10; Sal. 97; Jn. 1, 35-42
Algunos acudían a Juan porque sus gestos y sus palabras despertaban en sus corazones la esperanza de una pronta venida del Mesías; otros venían preguntando, algo así como a pedirle cuentas, quién era él y por qué hacia lo de bautizar y su estilo de vida; a todos les señalaba que él no era el Mesías, e incluso que en medio de ellos estaba y no lo conocían; en un momento incluso lo señaló de forma directa - lo escuchamos ayer - como el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo dando testimonio de lo que él había sido testigo.
Hoy contemplamos un paso más. Pasa Jesús y lo señala de nuevo a sus discípulos: ‘Este es el Cordero de Dios’, y serán dos de sus discípulos los que se van tras Jesús. La palabra de Juan les había llegado al corazón y querían conocer por sí mismos.
El diálogo que surge entre aquellos dos discípulos y Jesús es muy parco en palabras, pero significará iniciar un camino. ‘¿Qué buscáis?... Rabí, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis’. Y se pusieron en camino.
‘Maestro, ¿dónde vives?’ Queremos saber de ti, queremos conocerte. ¿Dónde vives? ¿quién eres? ¿qué nos dices? ¿qué nos vas a proponer? ¿eres en verdad el Mesías, el Salvador? ‘Maestro, ¿Dónde vives? La pregunta tiene mucha hondura. No buscan una casa o un lugar. Buscan a una persona, buscan una luz, una verdad. Si en verdad eres el Mesías tenemos que conocerte para poner nuestra fe y nuestra confianza en ti.
Algo estaba moviendo el corazón de aquellos discípulos. Había inquietud en sus corazones cuando ya se habían desplazado desde Galilea hasta la orilla del Jordán, probablemente en Judea, para escuchar a Juan y hacer lo que Juan les iba señalando. Disponibilidad tiene que haber en sus corazones para ponerse a caminar. Nos cuesta tanto ponernos a caminar si no estamos bien seguros de alcanzar lo que queremos. Estamos buscando siempre seguridades. ¿Y si me equivoco? ¿y si no es eso lo que busco o lo que a mi me conviene? Y vienen las dudas, y las pegas, y las dificultades que ponemos para emprender algo nuevo, un camino nuevo. Pero en aquellos discípulos había disponibilidad, ansias de algo nuevo, de una vida nueva. Y se fueron con Jesús.
Y vaya si encontraron algo nuevo. Se encontraron allá en lo más hondo de si mismos con Jesús. ‘Vieron donde vivía y se quedaron con el aquel día’, nos dice el evangelista señalándonos además que la hora del encuentro sería como a las cuatro de la tarde.
A las cuatro de la tarde, o a las nueve de la mañana, sea cual sea la hora Jesús está pasando a nuestro lado y también estamos sintiendo quien nos lo señala: ‘Este es el Cordero de Dios’. Probablemente habría más gente escuchando las palabras del Bautista, pero sólo estos dos se fueron con Jesús preguntando, buscando y encontraron. ¿Nos iremos también nosotros detrás de Jesús? ¿Queremos en verdad conocerle más y también le hacemos la pregunta ‘maestro, donde vives’?
Tenemos que estar dispuestos a esa búsqueda de fe, sin prejuicios, sin miedos ni cobardías. Muchos cantos de sirena suenan en nuestros oídos que tratan de distraernos. Muchos podrán decirnos para qué nos metemos en esos líos, porque vete tú a saber en qué puede acabar todo. Muchos quizá temerán la luz porque les puede hacer ver la auténtica realidad de sus vidas que tendrían que transformar. Muchos querrán quedarse en la comodidad de sus rutinas porque nos cuesta emprender caminos nuevos. En muchos podrá mucho el orgullo que han dejado meter en su corazón y no querrán bajar la cabeza para reconocer que sus vidas están sin sentido porque les falta esa luz de la fe.
Aquellos dos discípulos de Juan que a partir de ahora ya serán discípulos de Jesús encontraron la luz y encontraron la vida. Y ya no querrán esa luz sólo para ellos sino que comenzarán a iluminar a los de su entorno. ‘Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra a su hermano Simón y le dice: hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó a Jesús’.
No olvidemos nunca que la luz de la fe no la podemos ocultar bajo la mesa sino que tenemos que ponerla bien alta para que alumbre a los demás. Que brille fuerte la luz de tu fe que tanta alegría lleva a tu vida.