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viernes, 2 de enero de 2026

¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

 


¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

1 Juan 2, 22-28; Salmo 97;  Juan 1, 19-28

Tú, ¿quién eres? Una pregunta que surge casi espontáneamente cuando nos encontramos a alguien a quien no conocemos, pero que por diversas circunstancias tenemos que entrar en relación con él; saber con quien estamos hablando, con quien tratamos, qué clase de relación podemos entablar con esa persona según sea su identidad. Pero la pregunta se puede volver más dura y más inquirente, cuando hay algo de lo que sospechamos, algo que quizás no termina de agradarnos, o por la forma cómo se presenta esa persona con lo que está haciendo. Tú, ¿quién te crees que eres?, como cuestionando su identidad o su autoridad para lo que está haciendo.

Con una pregunta parecida vinieron en embajada desde Jerusalén a Juan que estaba en el desierto en la orilla del Jordán para algo así como pedirle cuentas por lo que estaba haciendo.  ‘Tú, ¿Quién eres?, ¿un profeta?, ¿Elías?, ¿el Mesías? ¿Quién eres?, para que podamos responder a quienes nos han enviado’. La presencia de Juan en la orilla del Jordán había sembrado inquietudes e interrogantes en los de siempre, aunque no eran ellos los que venían a escucharle.

La gente sencilla venida de todos los rincones se arremolinaba en torno a Juan y compungidos por su predicación querían hacer penitencia, como Juan les invitaba. Se sumergían en el agua del Jordán como un signo de aquella penitencia y conversión que necesitaban. Pero se creaban desconfianzas en los que estaban acostumbrados a lo de siempre y donde ellos tenían especial parte.

Ya escuchamos la humildad de Juan que no se considera profeta, que no quiere compararse al profeta Elías, aunque más tarde Jesús diría de él que era más que profeta y que Elías ya había venido aunque no habían querido reconocerlo, y por supuesto no era el Mesías sino la voz que gritaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sin embargo había algo que sí señalaba claramente el Bautista. En medio de ellos estaba y lo conocían; en medio de ellos estaba Aquel a quien no se consideraba digno de desatarle la correa de sus sandalias; más tarde lo señalará como el que viene a bautizar no con agua sino con Espíritu Santo y fuego.

Este evangelio que a primera vista nos podría parecer fuera de lugar, porque más bien lo veríamos como más propio del tiempo del Adviento, nos viene bien escucharlo en este tiempo de Navidad. En medio de nosotros está, pero ¿lo conoceremos? Y no nos vale hacer ahora afirmaciones teóricas porque nos sabemos el credo de memoria.

Tenemos que preguntarnos si en verdad lo conocemos, si de la manera que hemos venido celebrando la Navidad estamos dando señales que en verdad lo conocemos. ¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad? ¿Solamente en un niño que vemos nacer pobre en Belén y recostado entre las pajas de un establo? ¿No adornaremos demasiado ese establo para a pesar de lo que es hacerlo muy confortable? O también tendríamos que preguntarnos qué tal es esa cuna que hayamos preparado en nuestro corazón y en nuestra vida para recibir a Jesús.

¿Quién eres tú?, es la pregunta que nos ha servido de base para comenzar nuestra reflexión, pero ¿habrá alguien que nos la  haga a nosotros desde lo que nosotros estamos haciendo para celebrar auténticamente la navidad o para manifestar la autenticidad y sinceridad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano? No le tengamos miedo a la pregunta, sino dejémonos interpelar por ella porque somos nosotros mismos los que tenemos que preguntarnos si estamos dando razón autentica de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir.

No tenemos que preocuparnos en responder con palabras sino presentar las obras de nuestro amor, nuestro autentico compromiso de nuestro ser cristiano, aunque no tenemos que avergonzarnos de confesar nuestra fe en Jesús ante quien nos lo requiera.

jueves, 2 de enero de 2025

En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

 


En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

1Juan 2, 22-28; Salmo 97; Juan 1, 19-28

No sé quien es del que me estás hablando, habremos dicho o nos habrán dicho en alguna ocasión cuando no terminamos de entender aquello de lo que nos están hablando o aquel de quien nos hablan. Si está ahí, a tu lado, nos vienen a decir, lo ves cada día pero no terminas de saber quien es; parece que pasa desapercibido en medio nuestro, no terminamos de ver las señales, no terminamos de reconocerle; quizás porque nosotros nos imaginamos otra cosa, nos habíamos hecho otra idea, nos habíamos dejado llevar por aquello que habíamos imaginado.

Sucedía con Jesús. Como nos dice hoy el Bautista ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis’. Las gentes se habían hecho una idea, la propia figura de Juan podía resultar engañosa, no porque Juan quisiera engañar, sino que su presencia profética podría parecer extraña o extraordinaria y por eso la gente podía pensar que Juan era el Mesías esperado. De ahí las preguntas que hoy le hacen, la embajada que le envían de Jerusalén. Pero El les dice y les repite que en medio de ellos está y no le quieren reconocer.

Bien sabemos también la idea que se habían hecho del Mesías, como un poder fáctico que aglutinara a la gente en contra de los que consideraban sus opresores porque eran los que en aquellos momentos dominaban Palestina, y se habían hecho la idea poco menos que de un Mesías guerrero, de un Mesías libertador, pero sin comprender bien las palabras de los profetas que hablaban de esa liberación, como Jesús mismo recuerda en la proclamación que hará en la sinagoga de Nazaret.

Venía, sí, lleno del Espíritu de Dios para ser la liberación de los oprimidos, y los ciegos recobrarían la vista, los inválidos el movimiento de sus miembros atrofiados, y los cautivos la libertad. Pero el profeta habla del Año de gracia del Señor, de otro sentido de esa amnistía. Por eso no reconocerán a Jesús que perdona los pecados antes de liberar al paralítico de su camilla; no entenderán que ofrezca el perdón a la mujer pecadora que le lava los pies con sus lágrimas; no entenderán que coma con publicanos y prostitutas porque el médico viene a sanar a los enfermos.

‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les dice Juan Bautista a los que vienen en embajada desde Jerusalén. Es el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego, porque será la verdadera transformación que quiere realizar en nuestra vida.

Nosotros decimos que confesamos nuestra fe en Jesús y le reconocemos, pero ¿seremos capaces de hacerlo presente de alguna manera en nuestro mundo para que el mundo le reconozca? ¿Seremos también capaces de reconocer a Jesús que se hace presente en medio de nosotros, en nuestro mundo, en cuanto nos sucede, en aquellos que están a nuestro lado?

Son también las señales de Dios que nosotros hemos de saber reconocer. Nos ha dicho que cuando hagamos a los demás, a El se lo hacemos, pero en los otros no sabemos verle, ni en el pobre ni en el que nos tiende la mano en el camino, ni en ese que ha llegado a nuestra tierra desde otros lugares y ahora seguramente vaga en medio nuestro buscando un trabajo o una acogida y nosotros dejamos pasar de largo porque con él no queremos mezclarnos, ni en ese anciano que calladamente sufre su soledad porque nadie atiende, porque nadie visita, para quien nadie tiene un momento para hacerse presente o tener una palabra de aliento y de consuelo, ni en ese que vemos sentarse solitario en la plaza y con quien nadie habla porque quizás su presencia nos intimida y tratamos de ignorarlo a causa de nuestros temores o nuestros prejuicios…

Son tantas las señales de Dios a nuestro alrededor y seguimos viajando con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios, y seguimos pasando sin prestar atención a esas cosas sencillas donde se hace presente Dios. Aunque en estos días hablamos mucho de un niño nacido en la pobreza de un portal y recostado humilde entre las pajas de un pesebre, con señales semejantes tenemos a mucho en derredor nuestro y no sabemos ver cómo a través de ellos nos llega la salvación de Dios, a través de ellos tiene que hacerse navidad en nosotros.

lunes, 2 de enero de 2023

Juan era un interrogante por su vida para quienes lo contemplaban en su tiempo, ¿nuestro actuar hoy es interrogante para la gente que nos rodea?


 

Juan era un interrogante por su vida para quienes lo contemplaban en su tiempo, ¿nuestro actuar hoy es interrogante para la gente que nos rodea?

Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

¿Quién eres tú? Nos habrán preguntado más de una vez, sobre todo personas que nos conocen, pero que nos ven actuar en determinadas situaciones de una forma que es lo normal que todo el mundo haga y no entienden cuál es nuestra función las razones que nosotros podamos tener para actuar de una determinada manera, o nos plantearán por qué nosotros actuamos de una manera distinta en lugar de simplemente dejarnos arrastrar por lo que todo el mundo hace.

Y se preguntan por nuestra vida, por las razones que podamos tener para actuar como lo hacemos de una determinada manera. Nos extrañamos incluso de nosotros mismos, por nuestra valentía, por la nobleza de nuestro corazón, por ese actuar en momentos determinados pero desde unas razones. Son interrogantes por nuestra manera de actuar que no es lo que vemos todos los días. Y pudiera ser que nuestra manera de actuar cuestione lo que hacen los otros, da para pensar y para razonar; con demasiada frecuencia abandonados unos principio, ponemos en peligro la moralidad y la ejemplaridad de nuestros actos. ¿Quién eres tú? Que es algo más que una pregunta retórica. Vacía estaría nuestra vida si no interrogamos a nadie.

Había venido una embajada desde los principales de Jerusalén hasta Juan que estaba bautizando en el desierto, en las orillas del Jordán. Ya la misma presencia de Juan era un interrogante, por su forma de vestir y de vivir, por los alimentos que tomada, por aquel bautismo con que hacía bautizarse a los que escuchaban sus palabras y se mostraban en cierto modo receptivo del mensaje que anunciaba. Se preguntaban si era un profeta, allí estaba su forma de vivir. Ellos que esperaban la pronta venida del Mesías, pensaban si acaso Juan no lo era. Por Jerusalén andan inquietos por esos profetas que van surgiendo y que les hace sentirse incómodos y ahora vienen a preguntar a Juan quien era él, con que autoridad se atrevía a predicar, con qué autoridad bautizaba allá en Jordán. Se les estaban rompiendo los moldes a los que se habían hecho una religión a su medida o a sus intereses, y Juan les resultaba incómodo.

Y Juan da testimonio, ni es el profeta, ni es el Mesías, ni es Elías que ha vuelto, tal como creían muchos que había de suceder por algo que habían dicho algunos profetas desde antiguo. Y él les dirá: ‘Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia’. El es solo la voz,  él es solo el que da testimonio, el bautiza con agua porque solo es una invitación a la penitencia, pero vendrá el que lo transformará todo, porque será en verdad el salvador. ‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis’.

Pero será la pregunta que de una forma o de otra también le harán a Jesús. Con Jesús se sienten aún más incómodos. Y le preguntarán por su autoridad para hacer lo que hace, y hasta llegarán a atribuirle que lo que hace es con el poder de Satanás, o se escandalizarán porque se presenta como el que tiene poder para perdonar los pecados. Lo que hoy escuchamos en el evangelio es solo un anticipo.

Aquí quizás nos convendría hacernos algunas preguntas. ¿Nos sentimos interrogados por el actuar de Jesús como en aquellos tiempos se sentían interrogados por lo que hacía Juan, tanto como para enviarle una embajada a preguntar? Pero quizás tendríamos que hacernos alguna pregunta más directa aún. ¿Somos nosotros un interrogante para los demás por nuestra forma de actuar hoy, por la forma de vivir nuestra fe, por la forma cómo nosotros nos manifestamos como cristianos? ¿Alguien nos habrá hecho también esa pregunta ‘quién eres tú’? ¿Habrá visto la gente que nos rodea, por ejemplo, algo distinto en nuestra manera de celebrar la navidad?

Triste sería, hay que reconocerlo, que no fuéramos interrogante para los que nos rodean, porque no ven algo distinto en nosotros.

 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

 


A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Siempre hemos repetido hasta la saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.

Hacemos referencia a esto por lo que escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento algunos se fueron tras Jesús.

Pero Juan seguía teniendo discípulos incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.

En el evangelio vemos que Jesús no da respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’

Es la imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al encuentro con Jesús.

El refrán se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre desde lo alto en el Tabor.  Es en quien tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.  

Nuestro amor no es puro altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios. Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos, y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Tenemos que decidirnos de una vez por todas a escuchar esa voz de Dios que os habla en el corazón y nos da respuesta a nuestras dudas, confusiones e interrogantes

 


Tenemos que decidirnos de una vez por todas a escuchar esa voz de Dios que os habla en el corazón y nos da respuesta a nuestras dudas, confusiones e interrogantes

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

¿Por qué no le preguntas a él? Quizás nos ha aconsejado alguien en alguna ocasión; hablábamos de un tema en relación a una persona, lo que había hecho o lo que no había hecho, lo que había dicho o lo que pensaba, lo que otros decían que había hecho o dicho, al final estábamos en una confusión terrible, no sabíamos a qué quedarnos, pero alguien sabiamente nos dijo ¿por qué no se lo preguntas a él? El interesado podrá saber más o darnos la mejor respuesta.

Andamos muchas veces en la vida con esas confusiones; pero referente a muchas cosas; al juicio que nos hacemos de las personas, y nos llenamos de desconfianzas, y andamos quizás por detrás queriendo enterarnos. Y esas confusiones nos llevan a malos entendidos, y se crean tensiones entre las personas, y aparece la desconfianza, y al final quedamos peor de lo que estábamos. Podemos poner en peligro la fama de alguien porque con nuestras medias palabras quizás creamos más confusión, o hacemos dudar a la gente. Cuántos castillos en el aire que nos hacemos, pero cuánto daño nos podemos hacer los unos a los otros. Cómo tendríamos que aprender a ir a la fuente.

Confuso podía hallarse Juan el Bautista con las noticias que le llegaban de Jesús. ¿Estaba ya encarcelado por Herodes? Es posible. Pero lo que le decían que era la predicación de Jesús y el estilo de vida que Jesús llevaba parecía que distaba mucho de la imagen que él tenía del Mesías, y en cierto modo de parte de las palabras con las que había anunciado la llegada del Mesías. Porque de eso sí estaba seguro, que era el Mesías. Así lo había sentido impulsado por el Espíritu allá en su corazón y así lo había anunciado directamente a los discípulos. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, había dicho un día y algunos de sus discípulos se habían ido con Jesús. No le importaba porque tenía la humildad y sabiduría de saber lo que era su misión, preparar los caminos del Señor. El Mesías había de crecer aunque él menguara; era consciente de ello.

Pero quizás lo que le anunciaban podía crear confusión también en sus discípulos. Por eso había enviado aquella embajada. Era mejor preguntar directamente a Jesús para encontrar la respuesta. Era la forma más pedagógica también de ayudar a sus discípulos a discernir sobre su camino. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’

Jesús había realizado aquel día muchos signos de los que fueron también testigos los discípulos del bautista que habían venido en su nombre. ‘En aquella hora Jesús curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista’. ¿No era eso lo que habían anunciado los profetas? ¿No era la señal de un mundo nuevo, de un cielo nuevo y de una nueva tierra?

‘Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’ Allí estaban las obras de Jesús, allí estaban las señales del Reino. Directamente lo habían vivido y experimentado. No necesitaban preguntarle a nadie más.

¿También nosotros tendremos que irle a preguntar a Jesús? ¿Cómo lo haremos? Nos sentimos confusos también en ocasiones, parece que no terminamos de entender nada porque surgen nuevos problemas, se agradan los interrogantes, escuchamos decir tantas cosas a nuestro alrededor de la iglesia, de los curas, del Papa, de los cristianos que no sabemos en momentos en qué quedarnos. ¿Por qué no le preguntas a El?

Es lo que tendríamos que saber hacer, preguntar y saber escuchar, interrogarnos pero hacernos silencio por dentro para poder escuchar en verdad la voz de Dios, interiorizar de verdad buscando a Jesús, buceando en su evangelio, rumiando en nuestro interior, hablando con el Señor en nuestra oración.  ¿Seremos capaces de decidirnos de una vez por todas a escuchar en nuestro interior esa voz que nos habla, esa voz que nos revela el amor de Dios?

miércoles, 16 de diciembre de 2020

La pregunta del bautista es revulsiva para nosotros para ver las señales por las que se nos reconoce como discípulos de Jesús en la celebración de la próxima navidad

 


La pregunta del bautista es revulsiva para nosotros para ver las señales por las que se nos reconoce como discípulos de Jesús en la celebración de la próxima navidad

Isaías 45, 6b-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Juan bautista había comenzado su predicación en el desierto, a orillas del Jordán invitando a la gente a la penitencia y a la conversión porque llegaba el que había de venir. Sorprende a todos su figura austera y penitencial, vestido con una piel de camello se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Pero junto a su figura hierática estaban sus palabras que algunas ocasiones se volvían duras, porque ya la hoz estaba pronta para la ciega o el hacha cerca del tronco del árbol que si no daba fruto habría que cortar. Bautizaba a la gente en señal de penitencia pero anunciaba que el que había de venir bautizaría con Espíritu Santo y fuego.

Es testigo Juan y de ello da testimonio de lo sucedido con Jesús en un bautismo general en el que había aparecido para someterse también a ese bautismo. Y había visto descender sobre El el Espíritu del Señor en forma de paloma y había sentido y escuchado lo que Dios le revelaba en su corazón. Por eso a sus discípulos señala a Jesús que pasa como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Algunos de sus discípulos se van tras Jesús al escuchar las palabras de Juan y con Jesús se quedan porque han encontrado al Mesías como pronto comenzarán a proclamar y difundir.

Cuando los enviados de Jerusalén le preguntan dice claramente que no es el Profeta ni es el Mesías, que solo es la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero que en medio de ellos está uno que no conocen que los bautizará con Espíritu Santo. Es la respuesta que llevarán a Jerusalén aquellos enviados, que quizás poco les valdrá para decir lo que sucede en el desierto en la orilla del Jordán.

Ahora que está en la cárcel, tiempo de duro silencio para meditar, para reflexionar, para orar, quizá le vengan dudas de si realmente ha cumplido con su misión. Todos cuando nos encontramos en situaciones así nos damos a pensar y a repasar nuestras vidas viendo quizá carencias como también aciertos, pero no termina de entender la obra que Jesús está realizando acosado quizá por las noticias que le traen los discípulos que aun le quedan. Por eso es ahora él quien envía una embajada pero la envía hasta Jesús. ‘¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ como preguntando ¿eres tú en verdad el Mesías?

Jesús no les responde con palabras sino con las obras que realiza. ‘Id y contar a Juan lo que habéis visto y oído… los ciegos ven, los cojos comienzan a caminar, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’. Con esto será suficiente para que Juan entienda y comprenda y no se sienta defraudado. Parece como que al evangelista le gusta aquel pasaje de Isaías – ayer lo escuchábamos – y que fue proclamado en la Sinagoga de Nazaret. Jesús en verdad era el que venia lleno del Espíritu de Dios, porque es el Hijo  de Dios y las señales están en las obras que realiza, la curación de los enfermos, la vista de los ciegos, los leprosos que ven limpia su piel, los que eran considerados impuros que se ven limpios de su impureza, el nuevo caminar de los paralíticos, la alegría que sienten los pobres cuando escuchan la Buena Noticia de la Salvación, el año de gracia del Señor.

Claro que esta pregunta del Bautista se vuelve revulsiva para nosotros. Es una pregunta que nos interroga, que nos interpela fuertemente. Si aquellas eran las señales por las que se conocía que Jesús era el Mesías, cuáles son las señales por las que se reconoce que nosotros somos sus discípulos y seguidores, llevamos a toda honra el nombre de cristianos. ¿Se notará en nuestra vida que nosotros damos las mismas señales de Jesús porque estamos dando las señales del amor?

Creo que es algo que tiene que interpelarnos de verdad cuando estamos haciendo este camino de Adviento y ya nos faltan pocos días para la fiesta del nacimiento de Jesús. A un extraño a nuestra fe que llegara ahora a nuestras casas y a nuestra vida, contemplara lo que hacemos, lo que son los preparativos que nosotros estamos haciendo para la navidad, ¿qué es lo que verá? Quizás hasta este año nos encuentre tristes porque no podemos hacer las fiestas que hacíamos otros años, nos encuentre desconcertados porque decimos que nuestra celebración de navidad este año no será la celebración que nosotros ansiamos porque no nos podemos reunir, porque no podemos hacer nuestras comidas, porque nuestras fiestas se ven reducidas a la mínima expresión. ¿No se preguntará qué navidad es la que nosotros celebramos?

¿En qué hemos puesto la navidad? ¿Cuáles son las señales de verdad que damos de nuestra fe en Jesús y de que ciertamente le seguimos? ¿Se estarán viendo unas señales como aquellos signos que Jesús realizó cuando vino la embajada de Juan? ¿No podría ser una oportunidad este cambio forzado que tenemos que realizar para que busquemos esos verdaderos signos que tendríamos que dar?

Una cosa, sin embargo me temo y no quisiera que sucediera, y es que estas reflexiones sean un grito en el desierto pero que nadie quiere escuchar.