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martes, 1 de septiembre de 2026

El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

 


El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

Hay cosas que nos dejan sin palabras; un hecho sorprendente, inesperado y maravilloso que sucede ante nosotros, una palabra que escuchamos que nos deja un interrogante en nuestro interior, un gesto o un detalle que observamos en alguien de quien no esperábamos que fuera capaz de hacer lo que hizo. Quedarnos sin palabras es no saber explicarnos por qué suceden tales cosas, la sorpresa que nos hace ver las cosas de otra manera a como nosotros pensábamos de siempre y para lo que parece que no encontramos razones pero que vemos que es distinto, algo que hace renacer de nuevo la ilusión y la esperanza porque encontramos una paz que no teníamos, porque nos sentimos sanados por dentro sin saber por qué ese cambio que se ha producido en nuestro interior… son interrogantes que se nos plantean, son preguntas de hasta dónde nos va a llevar esto nuevo que nos está sucediendo, son cuestionamientos de por qué hacíamos las cosas como las hacíamos y no habíamos caído en la cuenta de que podían ser de otra manera.

Claro que muchas veces no nos llevamos bien con esas novedades que nos van apareciendo porque casi queríamos seguir con la misma rutina de siempre, con lo que siempre se había hecho y no se nos había ocurrido que podía ser de otra manera; y puede surgir un rechazo, puede ser que queramos permanecer en nuestro conformismo de lo de siempre porque siempre se ha hecho así, o puede surgir el entusiasmo que nos hace buscar más y ponernos en camino hacia lo nuevo que se nos ofrece.

Son las reacciones que vemos que se van despertando en torno a Jesús, a su enseñanza y predicación y también a los signos que iba realizando como señal de que algo nuevo tenía que surgir. Están los que querían manipular el actuar de Jesús, como ayer contemplábamos en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, donde al final pretenderán incluso despeñarlo por un barranco; hoy contemplamos cuando está enseñando en la sinagoga de Cafarnaún ante la admiración y el beneplácito de la gente que surge la voz discordante de aquel hombre poseído por un espíritu maligno que de alguna manera se enfrenta a Jesús. ‘¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Pero la autoridad de Jesús se sobrepone sobre esta reacción. Era la señal de lo nuevo que Jesús quería realizar en el corazón del hombre. ‘Jesús le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!. Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño’.

Entonces el evangelista nos comenta que todos están asombrados preguntándose por aquella autoridad de la palabra de Jesús. Se quedaron sin palabras, como decíamos al principio. No era a lo que estaba acostumbrados, no era la forma de enseñar de los maestros de la ley o quienes en la sinagoga los sábados comentaran las lecturas de la ley y los profetas. No parecían palabras repetidas o aprendidas de memoria, sino que había algo que se estaba transmitiendo desde lo más hondo. Por eso se están preguntando quien era aquel Jesús. que de tal manera les hablaba y les enseñaba.

Y es aquí donde entramos nosotros. Porque no estamos simplemente aprendiendo una lección de historia recordando lo que en otro tiempo sucedió. Nuestra escucha del evangelio tiene que despertar algo nuevo y distinto en nosotros; tenemos que dejarnos sorprender, tenemos que abrirnos a esos nuevos horizontes que Jesús pone ante nuestra vida, tenemos que sentir como nueva esa palabra para que se convierta en palabra de vida para nosotros, tenemos que ponernos humildemente con nuestra realidad ante Jesús aunque nos sintamos incómodos, tenemos que reconocer esas influencias que recibimos de un lago y de otro que algunas veces nos hacen resistirnos ante la buena noticia del evangelio, la buena noticia que tiene que significar aquí y ahora Jesús para nosotros, tenemos que despojarnos de viejas visiones que nos seguirían encerrando en el conformismo y la rutina, tenemos que dejar a un lado el espíritu del mundo que nunca llegará a entender a Jesús para dejarnos envolver, como nos decía san Pablo, por el Espíritu de Dios que nos llena de sabiduría para llegar a saborear de verdad las cosas de Dios.


lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

viernes, 19 de junio de 2026

Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

 


Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

¿Cuál es la luz que de verdad ilumina tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.

Ya terminaba Jesús el texto que hoy se nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.

Actuamos según esos intereses que tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.

¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.

‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la verdadera grandeza de nuestra vida.

Pensando que solo lo material nos da felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía divina que nos envuelve con su amor.

‘Haceos tesoros allí donde no hay polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida? ¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de crecer desde lo más hondo.

sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

viernes, 1 de mayo de 2026

En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

 


En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

Hechos 13, 26-33; Salmo 2; Juan 14, 1-6

La vida no siempre se nos presenta fácil; queremos una vida de tranquilidad, quizás incluso nosotros estamos queriendo poner todos los ingredientes con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para obtener la mayor felicidad en nuestra vida, vamos a decir incluso que tratamos de vivir en la mayor rectitud, pero no siempre encontramos esa serenidad para afrontar la vida misma, para mantener ese esfuerzo porque nos vienen cansancios y desilusiones, pero además es que encontramos tropiezos en el camino que se nos vuelve así dificultoso; podemos sentirnos abocados al desánimo, a perder la esperanza de poder lograr eso bueno a lo que aspiramos, y nos sentimos agobiados.

¿Dónde encontrar esos ánimos que necesitamos? ¿Cómo superar esos contratiempos que nos van apareciendo? ¿Cómo mantener esa serenidad de espíritu para no llegar a sentir esos agobios? ¿Habrá suficiente fortaleza en nuestro interior para mantener encendida esa llama de la esperanza? Preguntas que nos hacemos, búsquedas que vamos intentando, descubierto al tiempo de donde podemos sacar esa fortaleza. Lo necesitamos.

El evangelio de hoy ha comenzado con unas palabras de Jesús a sus discípulos para que no pierdan la calma, para que no se sientan embotados con tantos agobios. Sabemos que estas palabras fueron pronunciadas por Jesús en la última cena, la cena pascual que celebró con los discípulos antes de comenzar su pasión. En el ambiente se sentía esa carga de ansiedad por lo que seguramente sabían que se estaba tramando contra Jesús, pero también por los anuncios que Jesús había ido realizando. Los mismos gestos de Jesús en aquella cena sonaban a despedida, y eso estaba calando en el ambiente.

Como tantas veces nos sucede cuando barruntamos que nos pueden venir tiempos oscuros, que interiormente no nos sentimos bien, que parece que se nos cierra la mente y no podemos ver ni pensar con claridad. Necesitamos algo o alguien que nos serene, superponernos a esas ansiedades que van surgiendo en nuestro corazón, no adelantarnos a las negruras porque más negro se nos hace el camino.

Por eso escuchamos esas palabras de Jesús a sus discípulos en aquel momento en que les está hablando de su partida, pero quiere sembrar la esperanza y el buen animo en sus corazones. Más allá de lo que iba a significar la pasión que comenzaba, ellos estaban presintiendo que Jesús no iba a estar con ellos siempre, porque le hablaba de la vuelta al Padre. Por eso les habla de esas estancias junto a Dios que El va a prepararles. ‘Voy a prepararos sitios, volveré y os llevaré conmigo’, les dice.

Como luego seguirá prometiéndonos y ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello, le anuncia la presencia de su Espíritu que les hará sentir que Jesús siempre está con ellos, siempre está con nosotros. Por eso les dice que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Con Jesús, y la fuerza de su Espíritu nos lo hará sentir, lo tenemos todo, porque no tenemos que hacer otra cosa que vivirle a El, que es hacer sus mismos pasos, empaparnos de su Sabiduría dejándonos envolver por la Palabra de Dios, y vivir, no solo a la manera de Jesús, sino la misma vida de Jesús. ¿Qué será el amor para nosotros?

Es lo que tenemos que vivir en nuestro camino de fe, es lo que tenemos que vivir y expresar como Iglesia, es el sentido de evangelio que hemos de darle a nuestra vida. Y así encontraremos sentido para todo, así nos encontraremos con aquella fuerza que decíamos que necesitamos para no desencantarnos de la vida, para seguir con nuestros esfuerzos de superación, para buscar y encontrar esa paz y ese serenidad del espíritu cuando nos aparezcan los agobios y los momentos oscuros, para seguir encontrando la fuerza que necesitamos para seguir con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos aunque no seamos entendidos, aunque tiren piedras a nuestro paso para entorpecernos el camino.

Caminamos apoyados en el Señor, la presencia de su Espíritu es nuestra fortaleza.

jueves, 23 de octubre de 2025

Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

 


Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

Romanos 6, 19-23; Salmo 1; Lucas 12, 49-53

Estas palabras de Jesús hoy en el evangelio que hablan de fuego, de muerte o de división de alguna manera siempre nos han resultado controvertidas y nos ha costado entenderlas, porque habla de un fuego que ha de arrasar, de un bautismo de pasión y muerte y nos habla finalmente de división contraponiéndola a la concordia y la paz.

Confieso que de alguna manera algunas veces me quedo como bloqueado cuando trato de entender estas palabras de Jesús, porque podría que parecer que van a la contra de todo lo que anuncia en el evangelio cuando nos habla del reino de Dios. Pero creo que quiere hacer con ellas una afirmación rotunda de lo que es el Reino de Dios que quiere para nosotros y para nuestro mundo.

Todo lo que se desboca y se sale de control se convierte en destructivo aun en aquellas cosas que consideremos más buenas; lo que perdido control nos domina y termina destruyéndonos porque nos esclaviza; lo podemos pensar de las propias pasiones humanas que en sí mismas son fuerza que nos impulsan en la vida, pero cuando se descontrolan solo nos dejamos guiar por el instinto y no por la razón que tiene que estar por encima y que es la que de la un valor y sentido humano a esa nuestra fuerza interior. ¿Será un instinto incontrolado el que guía hoy nuestras vidas? ¿Qué hay de humano en lo que hacemos?

El fuego, pues, descontrolado siempre nos resulta aterrador por lo destructivo y nos quedamos solo en esa imagen del fuego; un incendio de nuestros bosques que deja tras de sí desolación y destrucción, el incendio de una casa o una propiedad que nos hace perderla totalmente y no vamos más allá de lo que en sí mismo significa el fuego que es uno de los principio fundamentales de la vida y la existencia; porque no todo es destrucción sino que el fuego también es creador y transformador, o tras el fuego veremos renacer de nuevo la vida y la vegetación con nueva fuerza y nuevo brío, pero el descubrimiento del fuego y el control de esa llama fue uno de los pasos fundamentales en la vida del hombre pues también tras ese descubrimiento pudo haber luz en medio de la oscuridad, elaboramos nuestros alimentos, se convierte en motor de nuestros movimientos o de los medios que utilizamos para desplazarnos, como también podemos construir nuevas formas y nuevos elementos fundamentales para la vida del hombre; una llama parpadeante se convierte también en símbolo de vida. Cuántas imágenes de la luz y del fuego nos encontramos en la Biblia. Sería interesante hacer un repaso.

Jesús viene a prender ese fuego de vida en nuestros corazones y en nuestro mundo, como purificación por una parte si lo queremos ver también así, pero como principio de vida que ha de transformar nuestro mundo. La señal de la venida del Espíritu Santo, comienzo de la vida de la Iglesia en el envío de los discípulos por el mundo para anunciar el evangelio, fueron aquellas llamas de fuego que como imagen y signo se posaron sobre la cabeza de los apóstoles. Será ese fuego del corazón que nos hace intrépidos para el anuncio del evangelio que transforme en verdad nuestro mundo. ¿Nos extraña que Jesús nos diga que ha venido a prender fuego en el mundo y lo que quiere es que arda? Cuidado nosotros no apaguemos ese fuego del Espíritu con la frialdad de nuestra vida cristiana.

Entendemos así que Jesús nos hable de un bautismo por el que ha de pasar que significa muerte pero que significa vida también. Es la entrega del amor que nos hace morir a nosotros mismos pero para poder tener vida de la de verdad. Fue la pregunta que le hacía a aquellos dos que querían ocupar los dos primeros lugares en su reino, uno a la derecha y otro a la izquierda, ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros en el baal timo donde yo me he de bautizar?’

Una pregunta importante a la que no hemos de dar respuesta a la ligera, porque tenemos que calibrar bien las consecuencias a ver si somos capaces de llegar hasta el final. El evangelio no es para los enclenques y los que necesitan continuamente paños calientes; es un camino de exigencia porque es un camino de amor, y cuando queremos amar no lo podemos hacer a medias o con paños calientes, el que ama de verdad se da hasta el final. Se deja incendiar por ese fuego del amor divino, con todas sus consecuencias.

Y unas consecuencias que nos van a surgir es la incomprensión de los demás por esas actitudes radicales que nosotros tomamos en congruencia con nuestra fe. Es la división que nos vamos a encontrar, que es lo que nos está señalando Jesús. Y esa incomprensión nos viene muchas veces de los que están más cerca de nosotros. No quiere hablarnos Jesús de que las familias han de estar divididas, porque eso sería todo lo contrario a lo que pretende el evangelio, pero sí nos hace comprender que no siempre el camino será fácil, y no por los de fuera que pretenderán echarnos sus zancadillas, sino por la incomprensión de los más cercanos a nosotros.

Pero será ese vigor que sentimos dentro de nosotros por el fuego del Espíritu el que nos seguirá impulsando para continuar con nuestra tarea y misión, para ser esos testigos verdaderamente congruentes del evangelio en medio del mundo.


martes, 21 de octubre de 2025

Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

 


Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Salmo 39; Lucas 12, 35-38

No todos entendemos quizás el vivir de la misma manera. Muchos parece que simplemente se dejan vegetar, o sea, respiran, caminan, el corazón mantiene su ritmo de pulsaciones, simplemente van dejando pasar lo que sucede delante de sus ojos, pero como una película de la que no nos sentimos actores; muchos que se dejan arrastrar por lo que salga, pasivamente van respondiendo quizás a unos estímulos o impulsos que les de la vida misma o los acontecimientos pero por si mismos parece que nada tienen que ofrecer; quienes se dejan arrastrar por lo que dicen o hacen los demás pero parece que no tienen opinión propia, reaccionan según las influencias que reciban pero además a tono con esas influencias sin enriquecer nada porque no ponen nada de su parte.

Pero hay quienes quieren construir su vida, no simplemente dejarse arrastrar ni influir, sino que provocarán iniciativas, ideas, planteamientos, pero además quieren darle sabor a su vida poniendo emoción pero poniendo sobre todo el vigor del amor, que los hace creadores, revolucionarios incluso, pero que no se quedan solo a ras de la tierra, aunque pisan con fuerza el suelo sobre el que caminamos, pero se elevan dando una trascendencia a su vida, a lo que hacen, que va más allá del tiempo presente o de un futuro inmediato porque tienen visiones de eternidad.

La vida no puede ser pasiva aunque estemos llenos de esperanza; la vida tiene que ser constructiva porque ahí está todo lo que cada uno puede aportar; pero en la vida tenemos que estar con los ojos abiertos porque también vivimos en una interrelación y hemos de estar atentos a lo vamos poniendo para hacerlo siempre con sentido, pero abiertos también a lo que sucede a nuestro alrededor, como también a cuanto llega a nosotros que siempre nos enriquecerá.

Pero en esta trascendencia espiritual que los creyentes, los cristianos que seguimos a Jesús, queremos darle a nuestra existencia vivimos en la esperanza de la llegada del Señor a nuestra vida; y no pensamos solamente en el momento final de nuestra existencia – en el que también tendremos que pensar – sino en el hoy de nuestra vida donde Dios llega a nosotros y se nos manifiesta, podríamos decir, de mil maneras.

Es el Señor que con la fuerza de su Espíritu viene a actuar en nosotros inspirándonos todo lo bueno que hemos de realizar, hablándonos al corazón allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que hemos de estar sintonizados en esa onda especial de Dios; es el Espíritu de Dios que está nosotros fortaleciéndonos en ese camino y haciéndonos sentir su gracia y su fuerza para vernos liberados del mal. ¿No nos ha enseñado Jesús a orar pidiendo que nos veamos liberados del mal y no caigamos en la tentación? Pero aunque lo decimos con mucha prontitud y fidelidad cuando rezamos el padrenuestro luego no estamos atentos y vigilantes cuando nos pueda venir la tentación, para poder superarla con esa fuerza del Espíritu de Dios que está en nosotros.

Hoy nos está hablando Jesús de esa necesaria vigilancia que tendría que haber en nuestra vida, porque la esperanza no es quedarnos con los brazos cruzados y medios dormidos esperando pasivamente lo que nos pueda venir o suceder. El que espera y porque lo hace ya predispuesto con esa seguridad que le va a dar esa esperanza, estará vigilante, estará atento para sentir la señal, para dar respuesta, para ese nuevo actuar.

Y el que está vigilante a causa de eso que espera no se mete en la boca del lobo, sino que si sabe que el lobo está cerca – y la tentación nos acecha en todo momento y por toda partes por donde menos lo esperamos – vigilará para no acercarse allí donde sabe que está el peligro; quien padece de vértigo evita ponerse frente a un abismo porque sabe que en esas circunstancias va a sentir con mas fuerza ese episodio del vértigo. ¿Estaremos haciendo eso en nuestra vida?

‘Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…’

sábado, 19 de julio de 2025

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

 

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

Éxodo, 12, 37-42; Salmo, 135; Mateo 12, 14-21

Una cosa es que nos mantengamos en nuestros principios y valores siendo fieles a nosotros mismos, siendo fieles a la responsabilidad que tenemos en la vida, y otra es que nos presentemos con tozudez tratando de imponernos, incluso con la violencia de nuestras palabras o nuestros gestos. Es difícil muchas veces, por una parte porque nos podemos sentir confundidos y tratemos de hacer arreglos y cesiones que a la larga nos alejan de lo que son nuestros valores, pero también nos sucede que la oposición que encontramos nos lleve al enfrentamiento y si nos acaloramos o nos sentimos heridos en nuestro amor propio no sabemos al final cómo vamos a reaccionar.

Necesitamos alcanzar una madurez en nuestra vida para no perder la serenidad ni la paz, para seguir dando señales de aquello en lo que creemos, de seguir mostrando ese lado bueno de nuestra vida con nuestra dulzura que al final puede atraer mucho mejor a los que nos rodean desde ese testimonio que damos con nuestra paciencia y nuestra paz. Repito que no siempre es fácil, pero diríamos que para eso tenemos que entrenarnos, prepararnos.

Es en la situación en que se encuentra Jesús en el pasaje evangélico que hoy se nos ofrece. Por algunos signos que Jesús ha realizado, señales de lo que es en verdad el Reino de Dios que está anunciando, resulta que algunos grupos ya quieren quitarlo de en medio. Pero Jesús no deja de anunciar el Reino de Dios tal como es su misión y seguirá dejándonos sus señales. Señales que se van a manifestar precisamente en esa su forma de actuar.

Como nos dice el evangelista ‘Jesús se enteró – de aquella situación que se estaba provocando – se marchó de allí y muchos lo siguieron’. Pero El siguió realizando los signos del Reino, ‘curó a todos’ nos dice el evangelista, aunque recomienda que no se haga mucha publicidad.

Y el evangelista nos recordará lo anunciado por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco’. Nos recuerda las palabras escuchadas en lo alto del Tabor en medio de aquella espectacular teofanía. El siervo de Yahvé, el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. El que viene no como un fuego destructor, aunque en algún momento nos diga que ha venido a traer fuego a la tierra, sino el que viene a hacer que la llama aunque sea pequeña se mantenga encendida.

Por eso como dice el profeta ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles. Porque la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria’.

Seguirá mostrándose Jesús manso y humilde de corazón, seguirá repartiendo sus gestos de amor, seguirá deteniéndose al lado del ciego que no ve para abrirle los ojos, o levantando al que está postrado en la camilla para que camine y vuelva a su casa, se sentará junto al pozo donde sabe que va a venir alguien a buscar agua, o platicará sentado en el patio con las familias que le acogen, consolará a las que lloran junto a la calle de la amargura e irá despertando continuamente esperanzas en quienes parece que se sienten abandonados.

¿No es esto todo un programa para nuestra vida cristiana? ¿No es éste el mejor plan pastoral que podamos realizar para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo? Nos volvemos con la cabeza del revés locos en nuestras búsquedas de los planes que tenemos que hacer y con nuestras programaciones tan técnicamente elaboradas de cosas espectaculares y no somos capaces de acercarnos allí donde hay un anciano solo para acompañarle, un enfermo postrado en una cama para despertarle las ganas de vivir, una persona que sufre porque se siente desorientada y que no sabe a quien acudir, o ponernos a escuchar pacientemente tantas cosas que muchas personas tienen deseos de desahogar de su corazón.

¿Cuándo nos pondremos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y toda Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios?

lunes, 26 de mayo de 2025

Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

 


Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

Hechos 16, 11-15; Salmo 149;  Juan 15, 26 — 16, 4a

Alguna vez he escuchado algo así como que quien se mete de redentor al final sale redimido, en referencia a alguien que con buena voluntad quiso implicarse en la solución de algunos problemas, sobre todo tratándose de algún tipo de acción social en condenado por aquellos mismos por los que él quería trabajar. Suelen pasar cosas así, personas que con buena voluntad se implican en algo que signifique mejorar algo en el ambiente en que vive, por ejemplo, y luego al final en lugar de reconocimientos lo que va a encontrar son críticas y que si solo se quedan en críticas, no sale tan mal parado.

Es el riesgo que tenemos que asumir en la vida si no queremos quedarnos cruzados de brazos viendo como las cosas van de mal en peor; implicarnos muchas veces nos complica, ya desde el hecho de perder tiempo en nuestras cosas personales para hacer algo por los demás; pero es ahí donde aflora la generosidad del corazón, es ahí donde se manifiesta la madurez de nuestra vida, unas fuertes convicciones que le llevan a hacer el bien aunque luego no tenga reconocimientos; el mejor reconocimiento es el bien que vemos que le estamos haciendo a la otra persona, ver que la otra persona sale adelante, mejora su vida, encuentra luz para sus problemas.

Es en lo que muchas veces los cristianos tenemos miedo, nos parece que no somos capaces, nos sentimos débiles en esos vaivenes de la vida que quizás nos puedan como consecuencia producir alguna inestabilidad en nuestras cosas, pero es el camino que hemos de seguir con fe y con confianza. No estamos solos, no lo hacemos solo con nuestras fuerzas, no lo hacemos por nosotros mismos; siempre podremos tener la certeza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino y es nuestra inspiración y fortaleza. Pero aun así andamos tambaleantes.

Y es a lo que nos está invitando Jesús, la tarea que pone en nuestras manos. A los discípulos más tarde les dirá que tienen que ir por todo el mundo haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. No dice que sea fácil, porque Jesús no nos oculta nada. Hoy nos está hablando y diciendo cosas para que cuando llegue el momento no olvidemos que El nos lo dijo, nos lo anunció, pero también nos prometió la asistencia de la fuerza de su Espíritu.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús, es la garantía de que podemos dar nuestro testimonio, es la fortaleza del Espíritu del Señor en esos momentos que muchas veces se nos vuelven difíciles, oscuros, en que nos sentimos débiles, en que vemos el muro que en ocasiones tenemos enfrente, tenemos en contra. Pero podemos hacerlo, podemos dar ese testimonio.

‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios… para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho…’

No nos importa salir redimidos, como decíamos en aquella imagen que proponíamos al principio; no tengamos miedo a las incomprensiones, actuemos con rectitud y nos sentimos fuertes con la verdad. Es cierto que no somos perfectos, lo reconocemos como reconocemos nuestra debilidad, pero no nos quedamos con los brazos cruzados.

Muchos no lo entenderán, o no les interesa entenderlo, porque además estaremos dando un testimonio que les resulta contradictorio para su manera de ver las cosas, denuncia de alguna manera actitudes que no son tan justas. No será una expulsión de las sinagogas como dicen las palabras de Jesús, pero bien sabemos como en nuestra sociedad quiere ocultarse la verdad del evangelio y cuantas cosas vamos a encontrar en nuestra sociedad con lo quieren desprestigiar la Palabra de la Iglesia o el testimonio de los cristianos. De maneras muy sofisticadas nos encontraremos esa oposición y de alguna manera esa persecución. Ya nos lo ha dicho Jesús.

Es la valentía, pues, de nuestra fe, el arrojo con que tenemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio y saber que ahí podemos encontrar la salvación del mundo.

lunes, 17 de febrero de 2025

Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

 


Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

Génesis 4,1-15.25; Salmo 49; Marcos 8, 11-13

Hay personas a las que por muchas explicaciones que les demos nunca escucharán lo que les decimos; y son los que mas explicaciones nos piden, pero no escuchan, no entran en razones porque solo tienen en la mente sus ideas. Cuánto en este sentido habremos visto en discusiones por cualquier cosa, cuanto vemos en la vida social cuando cada uno desde su ideología se cree poseedor de la verdad absoluta; así contemplamos la crispación que se va creando en nuestra sociedad, porque además quienes tendrían que darnos ejemplo de diálogo y de búsqueda de caminos más se aferran a sus ideas y no solo no escuchan sino que tratan de descalificar a los adversarios aumentando la tensión; y ya sabemos cómo.

Lo estamos contemplando en el evangelio, en la postura de los que no quieren aceptar el mensaje de Jesús; les resultaba molesto y andaban siempre buscando explicaciones que les pudieran favorecer, pidiendo continuamente pruebas cuando solamente tenían que contemplar el actuar de Jesús. Como Jesús mismo replicará cuando le piden explicaciones ante el tribunal del Sanedrín nos dirá que El siempre ha hablado y actuado en público, que pregunten a quienes han querido escucharle que les podrán dar todas las explicaciones.

Hemos venido viendo cómo Jesús les resulta incómodo porque está pidiendo nuevas actitudes sin las cuales es imposible acoger y aceptar el Reino de Dios; Jesús pide más autenticidad en la vida, que nos quitemos las caretas con las que pretendemos dar una cara que no es lo que realmente llevamos en el corazón, fuera las vanidades y las auto justificaciones y más sinceridad de vida para ser en verdad leales y fieles a lo que es la voluntad de Dios. Pero cuando hemos conseguido unos posicionamientos en medio de la sociedad, unas influencias que nos pueden beneficiar desnudarnos de esos mantos de vanidad nos cuesta más. Por eso andarán siempre buscando la forma de desprestigiar a Jesús.

Hoy la postura de Jesús es tajante. ¿Qué no quieren escuchar? ¿Qué no hacen sino pedir señales cuando las tienen delante de los ojos en lo que es la vida misma de Jesús y lo que hace? Jesús marcha a otra parte donde haya quien quiera escucharle. Porque no hay peor sordo que el que no quiere oír. Ha venido Jesús a abrir nuestros oídos – signo de ello son todas las curaciones que veremos en el evangelio de sordomudos a los que hace hablar – y es lo que Jesús quiere seguir realizando, pero en aquellos que en verdad quieren abrir sus oídos y sus ojos para escuchar y para ver las señales del Reino que Jesús está realizando. ‘Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla’, nos dice el evangelista.

Escuchemos este evangelio en nuestra vida. Tengamos esa sinceridad y esa autenticidad que nos pide Jesús. No temamos que tengamos que despojarnos de los mantos de las vanidades; son mantos de vacío interior, son ornamentos que no nos dan lo que es la verdad de nuestra vida; dejémonos curar por el Señor, que se realicen en nosotros esos signos que Jesús quiere realizar. No seamos sordos ni ciegos para ver las obras de Dios que nos acompañan en nuestra vida.

También muchas veces nos ofuscamos y nos llenamos de dudas; también habrá momentos que tengamos que decirle una vez más como hacían tantas veces los discípulos que querían ser fieles, ‘explicanos esta parábola’, danos la fuerza de tu Espíritu y su sabiduría para nuestro corazón se abra y podamos llevar la semilla a tierra buena en nuestra vida. Cuando con humildad, reconociendo nuestra ignorancia, acudimos al Señor para mejor escucharle y entenderle, El nos dará la fuerza de su Espíritu, nos llenará de la sabiduría del cielo.

Y aprendamos también para sabernos escuchar los unos a los otros, que tantas veces nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de ver lo bueno que nos quieren trasmitir. Que tengamos en la vida siempre un diálogo de amor con los demás.

viernes, 31 de enero de 2025

Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

 


Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

Hebreos 10,32-39; Salmo 36; Marcos 4,26-34

Algo importante por lo que al menos tendríamos que comenzar es por sembrar la semilla; no podemos pretender recoger frutos si antes no hemos sembrado y cultivado. Es nuestra tarea y nuestra función en la vida; es cierto que nos sentimos tentados a la pasividad y que todo nos lo den hecho, algunas veces es la sensación que damos con algunas maneras de plantear la vida y plantear la sociedad; no sé si de alguna manera estaremos provocando una cierta pasividad cuando no somos capaces de poner nuestro esfuerzo personal sin que antes medien no sé cuantas oportunidades que hasta exigimos en formas de ayudas para poder emprender algo o desarrollar propias iniciativas. ¿Qué sociedad nos estaremos creando cuando no promovemos que surjan y se desarrollen esas iniciativas personales desde ese esfuerzo que cada uno hemos de poner? Por eso al final pretendemos que todo nos lo den hecho. Pudiera parece que me he alejado de lo que es el mensaje del día, pero también sobre todas estas cosas hemos de reflexionar, no estoy tan lejos.

Seamos capaces de sembrar semillas, aunque algunas veces podamos ser conscientes de que no todos los terrenos son igualmente propicios. Semilla sembrada siempre tiene la posibilidad de que de alguna manera algún día brote una flor, lo cual será señal de que luego podamos recoger un fruto. La semilla guardada en el granero no va a producir fruto; quizás haya semillas en nuestra vida que dejamos pudrir en el granero porque no las sacamos y sembramos en tierra dándole la posibilidad de dar un fruto. ¿Tendremos valores guardados y enterrados en nosotros mismos que no sacamos a flote y desarrollamos por los miedos que nos coartan y nos impiden actuar?

Jesús en el evangelio repetidamente nos compara el reino de Dios con una semilla; diversas parábolas nos hablan de ello. Y hoy nos habla de esa semilla sembrada en silencio y que aparentemente en silencio queda bajo tierra, y como nos dice Jesús sin que el agricultor sepa cómo un día aquella semilla germinó y llegar a producir fruto.

Esa semilla que vamos sembrando con nuestro testimonio, esa semilla sembrada con una palabra amable o un gesto generoso, esa semilla de la rectitud con que andamos por la vida y ese compromiso que tenemos con todo lo bueno, esa semilla que será nuestra presencia que parece que no dice nada pero que está manifestando la integridad de una fe, esa semilla del día a día que vivimos con responsabilidad y con sentido trascendente.

Serán semillas silenciosas quizás pero que dejan huella, que hacen que nos hagamos preguntas, que impulsan a mirar las cosas de manera distinta, que elevan la altura de miras de los demás para comprender que puede haber otras metas, que hay otros ideales, que hay una luz que ilumina caminos en las peores tormentas que nos podamos encontrar. Es lo que tenemos que ser los cristianos en medio del mundo. Como nos dirá Jesús en otros momentos y con otras imágenes, como la silenciosa levadura que desde dentro hace fermentar la masa. Así tenemos que ser, así tiene que ser nuestro testimonio, así tenemos que ser evangelio para los demás.

No buscaremos apoyos humanos, pero sí sabemos que con nosotros está el que dará fuerza y vigor para que la semilla pueda germinar. No nos sentiremos solos porque es el Espíritu del Señor el que está haciendo surgir todo eso bueno dentro de nosotros, está inspirando esos gestos y esas iniciativas, estará dándonos fuerzas cuando nos parezca que todo es adverso, pero tenemos la certeza de que podemos seguir, podemos dar ese testimonio, tenemos la esperanza de que la semilla un día germinará y dará fruto. Es la paciente espera del sembrador y del agricultor con la que nosotros esperamos que un día podamos ver un mundo nuevo, un mundo mejor. Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo.

viernes, 3 de enero de 2025

Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

 


Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

No siempre es fácil ocupar cada uno su lugar, sobre todo cuando tenemos que dar paso a quien sabemos que es superior a nosotros; no porque hayamos llegado en primer lugar, no porque nosotros tengamos cosas importantes que hacer, misiones importantes que nos han encomendado tenemos que sentirnos superiores cuando precisamente nuestra misión ha consistido en facilitar, por decirlo así, el acceso al otro a ocupar el lugar que le corresponde.

Ya sabemos cómo fácilmente se crean conflictos de intereses entre unos y otros cuando nos falta la humildad suficiente para reconocer nuestro sitio y nuestra función; por esa falta de humildad, que a la larga es falta de grandeza en nuestra vida, no somos capaces tantas veces de reconocer el valor de los otros. En muchas situaciones así nos encontramos muchas veces en la vida que nos lleva a sufrimientos innecesarios. Saber dar paso al otro manifiesta también la grandeza de nuestro espíritu, aunque nos parezca que nuestro lugar es inferior.

Eso lo tenía muy claro Juan Bautista. En otro momento llegaría a decir que lo importante era que ‘El crezca y que yo mengüe’ en su referencia a Jesús. Ahora nos dirá claramente que él ha venido para dar testimonio, su misión solamente era preparar el camino, recordando así lo anunciado por los profetas. El era solo la voz que sonaba en el desierto, pero era la Palabra la que había de resonar de verdad. ‘Yo no lo conocía, nos dirá, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’. Y era la misión que estaba realizando.

Así lo había manifestado a aquella embajada que había llegado de Jerusalén, preguntándole por qué bautizaba, qué hacía realmente allí en la orilla del Jordán, y claramente había dicho que no era el Mesías, pero que en medio de ellos estaba aunque no lo conocieran.

Hoy vemos un testimonio directo y claro al paso de Jesús, a quien señala a sus discípulos que es ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y lo hace valientemente y con decisión, aunque sus discípulos se marchen detrás de Jesús. Era su misión, señalar el camino.

‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y da testimonio claramente. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Es la humildad y la grandeza de quien sabe dar paso a quien tiene que ir por delante. ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’, nos dirá. Por algo Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer nadie mayor que él; su humildad está manifestando su grandeza. Su misión señalar el camino y es lo que realiza. Con qué gozo en el corazón tenemos que escucharlo, recibir su testimonio. Por algo la Iglesia desde siempre ha considerado la grandeza de la misión del Bautista.

Creo que son buenas lecciones para nuestra vida, como ya considerábamos al principio de esta reflexión. Aprendamos a saber ocupar nuestro lugar; y ocupar nuestro lugar no es ocultarnos o desaparecer, sino estar ahí en el momento oportuno, ahí con la palabra adecuada, ahí con el testimonio claro pero también con humildad; es saber reconocer lo nuestro en su cruda y grande al mismo tiempo realidad, pero para aprender a aceptar, comprender y valorar a los demás, lo que hacen, lo que es su función en la vida, su responsabilidad. Aunque nos cueste, aunque nos sintamos tentados, como tantas veces sucede, a las zancadillas; no seremos mayores cuando ocupemos un lugar o una función después de una zancadilla, sino cuando tengamos la grandeza de reconocer el valor del otro para que ocupe el lugar que le corresponde.

Qué triste lo que contemplamos tantas veces en nuestro mundo, ese testimonio negativo que tantas veces nos ofrecen incluso nuestros dirigentes en todos los ámbitos; una cosa que tenemos que saber cuidar también en nuestras comunidades, porque a ello también nos sentimos tentados y demasiadas veces aparece la envidia y los celos cuando vemos a otro avanzar en la vida, en responsabilidades o en funciones que quizás nosotros apetezcamos también ocupar.

Sepamos, pues, descubrir nuestro lugar sintiéndonos orgullos de él, aunque nos parezca un lugar pequeño o parezca que pasa desapercibido, pero por algo y para algo está ese engranaje que nosotros podamos ser y con ellos podremos contribuir a cosas grandes, nos hace falta esa humildad de corazón que será lo que verdaderamente nos dará grandeza.

jueves, 2 de enero de 2025

En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

 


En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

1Juan 2, 22-28; Salmo 97; Juan 1, 19-28

No sé quien es del que me estás hablando, habremos dicho o nos habrán dicho en alguna ocasión cuando no terminamos de entender aquello de lo que nos están hablando o aquel de quien nos hablan. Si está ahí, a tu lado, nos vienen a decir, lo ves cada día pero no terminas de saber quien es; parece que pasa desapercibido en medio nuestro, no terminamos de ver las señales, no terminamos de reconocerle; quizás porque nosotros nos imaginamos otra cosa, nos habíamos hecho otra idea, nos habíamos dejado llevar por aquello que habíamos imaginado.

Sucedía con Jesús. Como nos dice hoy el Bautista ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis’. Las gentes se habían hecho una idea, la propia figura de Juan podía resultar engañosa, no porque Juan quisiera engañar, sino que su presencia profética podría parecer extraña o extraordinaria y por eso la gente podía pensar que Juan era el Mesías esperado. De ahí las preguntas que hoy le hacen, la embajada que le envían de Jerusalén. Pero El les dice y les repite que en medio de ellos está y no le quieren reconocer.

Bien sabemos también la idea que se habían hecho del Mesías, como un poder fáctico que aglutinara a la gente en contra de los que consideraban sus opresores porque eran los que en aquellos momentos dominaban Palestina, y se habían hecho la idea poco menos que de un Mesías guerrero, de un Mesías libertador, pero sin comprender bien las palabras de los profetas que hablaban de esa liberación, como Jesús mismo recuerda en la proclamación que hará en la sinagoga de Nazaret.

Venía, sí, lleno del Espíritu de Dios para ser la liberación de los oprimidos, y los ciegos recobrarían la vista, los inválidos el movimiento de sus miembros atrofiados, y los cautivos la libertad. Pero el profeta habla del Año de gracia del Señor, de otro sentido de esa amnistía. Por eso no reconocerán a Jesús que perdona los pecados antes de liberar al paralítico de su camilla; no entenderán que ofrezca el perdón a la mujer pecadora que le lava los pies con sus lágrimas; no entenderán que coma con publicanos y prostitutas porque el médico viene a sanar a los enfermos.

‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les dice Juan Bautista a los que vienen en embajada desde Jerusalén. Es el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego, porque será la verdadera transformación que quiere realizar en nuestra vida.

Nosotros decimos que confesamos nuestra fe en Jesús y le reconocemos, pero ¿seremos capaces de hacerlo presente de alguna manera en nuestro mundo para que el mundo le reconozca? ¿Seremos también capaces de reconocer a Jesús que se hace presente en medio de nosotros, en nuestro mundo, en cuanto nos sucede, en aquellos que están a nuestro lado?

Son también las señales de Dios que nosotros hemos de saber reconocer. Nos ha dicho que cuando hagamos a los demás, a El se lo hacemos, pero en los otros no sabemos verle, ni en el pobre ni en el que nos tiende la mano en el camino, ni en ese que ha llegado a nuestra tierra desde otros lugares y ahora seguramente vaga en medio nuestro buscando un trabajo o una acogida y nosotros dejamos pasar de largo porque con él no queremos mezclarnos, ni en ese anciano que calladamente sufre su soledad porque nadie atiende, porque nadie visita, para quien nadie tiene un momento para hacerse presente o tener una palabra de aliento y de consuelo, ni en ese que vemos sentarse solitario en la plaza y con quien nadie habla porque quizás su presencia nos intimida y tratamos de ignorarlo a causa de nuestros temores o nuestros prejuicios…

Son tantas las señales de Dios a nuestro alrededor y seguimos viajando con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios, y seguimos pasando sin prestar atención a esas cosas sencillas donde se hace presente Dios. Aunque en estos días hablamos mucho de un niño nacido en la pobreza de un portal y recostado humilde entre las pajas de un pesebre, con señales semejantes tenemos a mucho en derredor nuestro y no sabemos ver cómo a través de ellos nos llega la salvación de Dios, a través de ellos tiene que hacerse navidad en nosotros.