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martes, 12 de mayo de 2026

Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 


Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Nos sucede a nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos. Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de Jesús.  Por mucho que Jesús les dijera no querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.

¿Quién de nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús? Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos llegado?

Separamos quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta, porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?

Creo que tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos comprometidos en toda nuestra vida.

Hoy nos ha dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o según conveniencias?

Hay una certeza grande de que con los ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?

¿Mereceremos acaso condena por esas carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana? Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


lunes, 26 de mayo de 2025

Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

 


Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

Hechos 16, 11-15; Salmo 149;  Juan 15, 26 — 16, 4a

Alguna vez he escuchado algo así como que quien se mete de redentor al final sale redimido, en referencia a alguien que con buena voluntad quiso implicarse en la solución de algunos problemas, sobre todo tratándose de algún tipo de acción social en condenado por aquellos mismos por los que él quería trabajar. Suelen pasar cosas así, personas que con buena voluntad se implican en algo que signifique mejorar algo en el ambiente en que vive, por ejemplo, y luego al final en lugar de reconocimientos lo que va a encontrar son críticas y que si solo se quedan en críticas, no sale tan mal parado.

Es el riesgo que tenemos que asumir en la vida si no queremos quedarnos cruzados de brazos viendo como las cosas van de mal en peor; implicarnos muchas veces nos complica, ya desde el hecho de perder tiempo en nuestras cosas personales para hacer algo por los demás; pero es ahí donde aflora la generosidad del corazón, es ahí donde se manifiesta la madurez de nuestra vida, unas fuertes convicciones que le llevan a hacer el bien aunque luego no tenga reconocimientos; el mejor reconocimiento es el bien que vemos que le estamos haciendo a la otra persona, ver que la otra persona sale adelante, mejora su vida, encuentra luz para sus problemas.

Es en lo que muchas veces los cristianos tenemos miedo, nos parece que no somos capaces, nos sentimos débiles en esos vaivenes de la vida que quizás nos puedan como consecuencia producir alguna inestabilidad en nuestras cosas, pero es el camino que hemos de seguir con fe y con confianza. No estamos solos, no lo hacemos solo con nuestras fuerzas, no lo hacemos por nosotros mismos; siempre podremos tener la certeza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino y es nuestra inspiración y fortaleza. Pero aun así andamos tambaleantes.

Y es a lo que nos está invitando Jesús, la tarea que pone en nuestras manos. A los discípulos más tarde les dirá que tienen que ir por todo el mundo haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. No dice que sea fácil, porque Jesús no nos oculta nada. Hoy nos está hablando y diciendo cosas para que cuando llegue el momento no olvidemos que El nos lo dijo, nos lo anunció, pero también nos prometió la asistencia de la fuerza de su Espíritu.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús, es la garantía de que podemos dar nuestro testimonio, es la fortaleza del Espíritu del Señor en esos momentos que muchas veces se nos vuelven difíciles, oscuros, en que nos sentimos débiles, en que vemos el muro que en ocasiones tenemos enfrente, tenemos en contra. Pero podemos hacerlo, podemos dar ese testimonio.

‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios… para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho…’

No nos importa salir redimidos, como decíamos en aquella imagen que proponíamos al principio; no tengamos miedo a las incomprensiones, actuemos con rectitud y nos sentimos fuertes con la verdad. Es cierto que no somos perfectos, lo reconocemos como reconocemos nuestra debilidad, pero no nos quedamos con los brazos cruzados.

Muchos no lo entenderán, o no les interesa entenderlo, porque además estaremos dando un testimonio que les resulta contradictorio para su manera de ver las cosas, denuncia de alguna manera actitudes que no son tan justas. No será una expulsión de las sinagogas como dicen las palabras de Jesús, pero bien sabemos como en nuestra sociedad quiere ocultarse la verdad del evangelio y cuantas cosas vamos a encontrar en nuestra sociedad con lo quieren desprestigiar la Palabra de la Iglesia o el testimonio de los cristianos. De maneras muy sofisticadas nos encontraremos esa oposición y de alguna manera esa persecución. Ya nos lo ha dicho Jesús.

Es la valentía, pues, de nuestra fe, el arrojo con que tenemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio y saber que ahí podemos encontrar la salvación del mundo.

domingo, 25 de mayo de 2025

Nos sentimos amados y se desborda el amor, guiados por el Espíritu en el nombre del amor construimos la paz con los presupuestos del perdón y la reconciliación

 


Nos sentimos amados y se desborda el amor, guiados por el Espíritu en el nombre del amor construimos la paz con los presupuestos del perdón y la reconciliación

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal. 66;  Apc. 21, 10-14. 22-23; Jn. 14, 23-29

Muchas nos habremos escuchado a nosotros mismos decir ‘mi madre nos decía…’ ‘mi padre soñaba con…’ y plasmamos lo que fueron sus deseos, su manera de ver y de hacer las cosas, lo que realmente querían para nosotros y quizás no vieron realizados; y el mejor recuerdo que ahora podemos tener de ellos no es solo repetir sus palabras sino hacer realidad a través de lo que nosotros hagamos lo que fueron sus sueños o sus deseos; es el mejor monumento que podemos levantar en su memoria. ¿No es esa la mejor memoria que pueden tener los hijos de sus padres?

Las palabras de Jesús hoy en el evangelio tienen aire de despedida y de últimas voluntades; y las últimas voluntades en aquellos que nos sentimos amados y que queremos amar también con la misma intensidad tienen que realizarse, tienen que cumplirse. Por eso nos está diciendo Jesús, ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.

Nos sentimos amados y amamos, es el gran testamento de Jesús, es la órbita nueva en la que debemos entrar. Y aquí está lo grandioso, lo maravilloso que Dios realizará en nosotros, ‘mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Nos sentimos amados y desde nuestra respuesta de amor se desborda el amor de Dios sobre nosotros de tal manera que nos llenaremos de Dios, ‘vendremos a él y haremos morada en él’.

Pero termina ahí la maravilla del amor de Dios, nos da su Espíritu. Como nos dice Jesús, cuando Él no esté con nosotros el Espíritu nos lo recordará todo,  ‘el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. Algunas veces en nuestro primer pensamiento o reflexión pensamos cómo aquellos discípulos – y lo vamos a ver cuando celebremos la festividad de Pentecostés – se sintieron llenos y fortalecidos por el Espíritu Santo y revivieron por la sabiduría del Espíritu todo lo que habían vivido con Jesús y todo lo que escucharon a Jesús. Hoy pensamos que tenemos los Evangelios porque aquellos discípulos con la inspiración del Espíritu Santo nos pudieron dejar por escrito cuanto Jesús hizo y dijo.

Pero tenemos que pensar algo más; como guió el Espíritu Santo a aquella Iglesia naciente sigue guiando a la Iglesia en el hoy de nuestra historia. Estos días pasados con la elección del Papa una cosa que decimos y repetimos es que el Espíritu es el que inspira y guía a los cardenales reunidos en el cónclave para la elección del Papa.

Nos hemos encontrado opiniones diversas que se escuchan desde el mundo hablando de tendencias o de luchas de candidatos como si de un parlamento cualquiera se tratara, y de alguna manera es normal que escuchemos esas voces que provienen desde quienes no ven este momento de la Iglesia desde un sentido de la fe. El cristiano desde la convicción de su fe tiene que decir y reconocer que es el Espíritu prometido por Jesús, como hoy hemos escuchado, el que ha dado a la Iglesia el Papa que hoy la Iglesia necesita y que también necesita nuestro mundo. Es el Espíritu que ‘os lo enseñará todo y os va recordando lo que yo os he dicho’, como nos decía Jesús.

Pero nos habla de algo más hoy el evangelio, porque nos habla de la paz, no una paz cualquiera, como la puede dar o buscar el mundo, sino como nos la da Jesús. ¡Qué difícil es entender lo que es la verdadera paz aunque todos la deseemos! Nos duele la falta de paz con todas sus consecuencias. Candentes están ante nuestros ojos y en nuestro espíritu las consecuencias de la falta de paz; las imágenes que nos llegan de todos los lugares donde hay violencia o donde hay guerra muchas veces nos aturden, aunque muchas veces olvidamos esa otra falta de paz que muchas veces tenemos más cercana cuando se rompen las relaciones entre las personas en nuestro entorno, o cuando seguimos manteniendo esa llama destructora de nuestros resentimientos o deseos de venganza ante cualquier situación complicada que vivamos en nuestras mutuas relaciones.

Y hoy Jesús nos habla de paz, de que nos viene a traer la paz; estas palabras fueron pronunciadas momentos antes de comenzar su pasión y la primera palabra que escucharemos luego en labios de Cristo resucitado será también la paz. Hoy nos dice Jesús que no se turbe nuestro corazón ni nos acobardemos, que bien necesitamos recordarlo cuando estamos atravesando o sufriendo las sombras y tinieblas de nuestras violencias; pero cuando Cristo resucitado salude con la paz a los discípulos en el cenáculo les enviará con la fuerza del Espíritu a llevar el perdón por el mundo.

Aquí podemos descubrir cómo es que la paz que Jesús nos ofrece no es como la que el mundo pueda ofrecer; la paz de Jesús nace del amor, provoca el camino del perdón y nos lleva siempre al reencuentro y la reconciliación. ¿No fue Jesús el que mientras lo crucificaban dijo aquello de ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’?

Cuando hoy buscamos paz para nuestro mundo, y tanto hablamos de treguas y de diálogos de paz  ¿estaremos pensando en una paz al estilo de lo que Jesús nos está proponiendo? La paz no puede ser solamente que se callen las armas, sino que sepamos construirla luego desde una verdadera reconciliación entre esos pueblos, o en esas situaciones cercanas en las que también nos vemos envueltos tantas veces en esa falta de paz. No olvidemos que los cristianos en nombre del amor que es nuestro distintivo siempre tenemos que llevar por delante el presupuesto del perdón y de la reconciliación. ¿Seremos capaces de hacerlo?


martes, 7 de mayo de 2024

La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

 


La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Todos sabemos de ausencias y de soledades. Es el amigo al que nos sentíamos muy unidos pero que por circunstancias de la vida tuvo que ausentarse y marchar a otros lugares donde ya se nos hace difícil el trato personal, la cercanía de quien incluso físicamente lo sentíamos a nuestro lado, que era para nosotros un apoyo grande en ese camino de la vida, que siempre tenía para nosotros la palabra amable y acertada, quizás el aviso y la corrección ante lo que pudiéramos hacer o lo que hubiéramos hecho, pero que ahora ya no podemos contar de la misma manera con su presencia. Deja soledades en el corazón, queremos aun en la distancia tenerlo cerca, buscamos los medios – hoy por supuesto con los modernos medios de comunicación lo tenemos más fácil – de seguir en contacto y en comunicación.

Pero es la ausencia más fuerte del ser querido que se nos va, que ha terminado su ciclo en esta vida terrena y la muerte nos lo arranca, y ya no podemos sentir ni el calor de su mano, ni la ternura de su mirada, y nos sigue doliendo su ausencia por mucho que sea el tiempo que pase y a lo que no terminamos de acostumbrarnos. Podríamos pensar en otras ausencias y en otras soledades que sentimos en la vida, tras una ruptura, tras un alejamiento del corazón, tras tantas barreras que en la vida tantas veces encontramos que nos destruyen por dentro, pero que a pesar de dolores del alma y sufrimientos nunca podemos dejar de recordar.

Son algunas experiencias humanas que he querido evocar al contemplar lo que está sucediendo en el corazón de los discípulos de Jesús en aquella noche de la cena pascual. Aunque Jesús les hablaba claramente, les era difícil entender, pero intuían algo por así decirlo misterioso al menos para ellos ahora que había de suceder. Las palabras de Jesús suenan claramente a despedida pero también a recomendaciones, pero también a sembrar nuevas esperanzas en los corazones, porque les está hablado de una presencia nueva y distinta que van a comenzar a vivir.

Como les dice Jesús es necesario que el vuelva al Padre. Es su glorificación, aunque aquella glorificación ha de pasar por la pasión y la muerte. Pero Jesús vive y vivirá para siempre. Nosotros seguimos en tiempo pascual que es celebrar precisamente esa vida de Jesús resucitado para siempre junto a nosotros. Ahora les dice que de alguna manera comprende la tristeza que está surgiendo en sus corazones. Pero les anuncia también algo nuevo. No estarán solos, porque no les faltará el Espíritu de Jesús, vuelve al Padre de donde será enviado el Espíritu consolador.

‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’

El nos enviará al Paráclito, al Espíritu Santo que va a transformar esa tristeza de los corazones en verdadera alegría. Será la fuerza de Dios en sus corazones para realizar la misión que Jesús les está encomendando. Será la Sabiduría divina que inundará sus corazones para que todo lo comprendan, para que todo lo puedan recordar, para que todo lo puedan vivir de un modo nuevo. Recordamos cómo Jesús les abría los corazones para que pudieran entender las Escrituras y su cumplimiento. Por eso con la fuerza del Espíritu es cómo vamos a sentir viva en nosotros la Palabra de Dios contenida en la Escritura Santa.

Es la fuerza de su Espíritu el que nos dará esa presencia viva de Jesús que nos llena de su gracia. Es la fuerza del Espíritu el que hará posible los sacramentos para que aquella agua del bautismo sea para nosotros fuente de vida eterna que nos hace hijos de Dios, que hará que aquel pan y aquel vino de la Eucaristía no sea solo un alimento para nuestro cuerpo, sino que alimentándonos del Pan de vida podamos tener vida para siempre y seamos resucitados en el último día; es el Espíritu que nos fortalece en la dificultad y en la enfermedad haciéndonos presente junto a nosotros al Jesús que da la vista a los ciegos, levanta de su camilla al paralítico o resucita a los muertos, es el Espíritu que hace posible en todos y cada uno de los sacramentos la presencia y gracia de Dios que en cada momento de la vida nos hace mantener el camino de nuestra fe.

La vuelta de Jesús al Padre, la vamos a celebrar el próximo domingo en su Ascensión, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de gracia y santidad poniendo nueva alegría a nuestra vida. Como escucharemos en el día de la Ascensión de la misma manera que lo vemos irse subiendo al cielo, volverá junto a nosotros para hacernos sentir una presencia nueva.

martes, 16 de mayo de 2023

Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

 


Abramos nuestro corazón al Espíritu para llenarnos de esa fortaleza interior que nos inunda de verdadera esperanza en el anuncio del evangelio

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Sabemos que es así, que así son las cosas de la vida, ahora estamos llenos de entusiasmo que parece que nos vamos a comer el mundo, pero al rato o mañana caemos en un estado de desánimo que parece que es el mundo el que nos va a comer a nosotros. Circunstancias de la vida, cosas que nos suceden, pensamientos que nos pasan por la cabeza, anuncios que nos están haciendo llegar los malos momentos, necesitamos una fortaleza grande de ánimo, una fortaleza de espíritu para no caer en ese desánimo por cualquier circunstancia que nos bordee y nos llene de negros presagios. No es fácil mantener esa fortaleza de ánimo, pero será algo que tendremos que aprender a superar, aprender a transformar, aprender a madurar en nuestra vida.

Como decíamos necesitamos de mucha fortaleza interior. Una fortaleza interior que tenemos que saber ir cultivando, que sacamos de las buenas experiencias que hayamos tenido en la vida como también de aquellos momentos que hayan podido ser de fracaso pero que son hermosas lecciones para la vida. pero también la esperanza nos fortalece; la esperanza que nos hace ver que lo malo por lo que estamos pasando no va a durar siempre y un día podrá aparecer la luz y habremos salido de esas situaciones negras; pero es la esperanza que nace en nuestro corazón cuando sabemos que podremos encontrar ayuda, que cuando lleguen esos negros nubarrones no vamos a estar solos y a oscuras; la esperanza que se crece cuando contemplamos las luchas de los que caminan a nuestro lado, y vemos que ellos son capaces de salir adelante. ¿No podremos nosotros también?

Hoy Jesús quiere sembrar esa esperanza en el corazón de los discípulos que están pasando por un mal momento, que se sienten apesadumbrados, tristes y solos porque por las palabras y anuncios de Jesús intuyen lo que puede suceder y que un día El no va a estar con ellos. Les dice que sí es necesario que El se marche, porque de lo contrario no vendrá a ellos el Espíritu de Dios que en verdad les va a hacer fuertes.

‘Sin embargo, os digo, es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Conviene la marcha de Jesús aunque sea algo que ellos no entienden; Jesús trata de explicárselo, ‘si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito…’ Es la promesa que tendría llenarlos de esperanza, hacer cambiar su estado de animo, disipar aquellas tristezas que ahora están viviendo. Tendrán un Defensor, el Espíritu de la verdad.

Es el Espíritu que va a revelarles la plenitud de la verdad; es el Espíritu que les hará descubrir sus propias sombras, su propia realidad de pecado, pero es el Espíritu que nos ilumina con una luz nueva y nos hace comprender la belleza y la grandeza de la gracia; es el Espíritu que nos pone en camino de vivir de una manera nueva y distinta, pero es el Espíritu que nos mantendrá fuertes cuando aparezca la debilidad, pero también cuando aparezcan las adversidades que pudieran distraernos o alejarnos del verdadero camino; es el Espíritu que nos transformará desde lo más hondo, como una profunda revolución dentro de la persona, pero nos hará comprender cual es la libertad verdadera.

Los discípulos tendrán que experimentarlo en sus propias vidas para terminar de comprender la riqueza de gracia que el Señor nos regala. Han de pasar por la Pascua para encontrarse de nuevo con el Señor resucitado; tendrán que vivir la experiencia de Pentecostés y saldrán por el mundo sintiendo una presencia nueva de Jesús, sintiendo la fuerza de su Espíritu para transformar ese mundo por el anuncio del Evangelio. Que nos llenemos nosotros también de esa fortaleza y podremos vivir la alegría de nuestra fe.

domingo, 14 de mayo de 2023

Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

 


Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65;  1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando en el camino de la vida nos sentimos acompañados por alguien que por su prestigio, por su bien hacer, por sus características de líder y sentimos que de un momento a otros nos va a fallar, no lo vamos a tener a nuestro lado, nos sentimos mal, nos sentimos como abandonados y nos entran los temores de qué va a ser de nosotros, de nuestro grupo, de los proyectos que traemos en mano.

En todo grupo humano siempre tenemos una persona así, que lo es todo para aquel grupo, que sabe mantenerlo unido, manteniendo en alto los ideales y metas; sucede hasta en cualquier grupo de muchachos como lo tenemos en cualquier organización. Hoy le ponemos diferentes nombres, será ‘coach’ como está ahora de moda, será dirigente, acompañante que es lo que realmente significa esa palabra mencionada, será maestro, será animador, será defensor, llamémoslo como queramos, pero si nos falta parece que el mundo se nos viene abajo, aunque la misión del líder es ponernos a caminar para que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

¿Por qué no podemos pensar que así se sentían los discípulos en relación a Jesús y que ahora en estos últimos momentos están sintiendo tantas palabras de despedida? La tristeza y la incertidumbre les embargan, porque aun no sabe lo que realmente va a suceder después de aquella cena tan llena de signos. La incertidumbre y la preocupación que también nos envuelve tantas veces a los cristianos frente al mundo y con la misión que en el mundo tenemos que realizar. También nos llenamos de miedos.

Pero Jesús les dice que no tienen por qué estar tristes, El marcha – es el momento de la entrega definitiva – pero les promete quien les va a acompañar siempre. El Espíritu de Jesús no les va a faltar. Les promete el Espíritu de la verdad, que se lo revelará todo, pero que será el acompañante, el Defensor que estará siempre con ellos. No se van a sentir solos, aunque ellos ahora no lo entienden.

‘No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…’ Les costará entenderlo a los discípulos y su consuelo, de alguna manera, es confiarse a las palabras de Jesús. Lo pasarán mal en aquella pascua, más tarde Jesús les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras, para que comprendan todo lo que El les ha anunciado. Cuando se sientan envueltos por el Espíritu en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán.

Tenemos que poner nosotros también toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Su Espíritu también ha inundado nuestras vidas porque desde el Bautismo nos hemos convertido en morada de Dios y en templos del Espíritu. Como don especial lo recibimos en el sacramento de la Confirmación y ya nosotros con la fuerza del Espíritu tenemos que ser testigos.

El Espíritu que abrió las puertas de la Iglesia para que se expandiera el mensaje del Evangelio, y llegara, como hemos escuchado hoy en la primera lectura, incluso a aquellos lugares a los que en principio tenían temor de llegar porque pensaban que no iban a ser recibidos. Fue el Espíritu el que impulsó a los que salieron de Jerusalén en aquellas primeras persecuciones para anunciarlo en Samaría, que para los judíos era una tierra maldita, y sin embargo vemos como acogen la predicación del diácono Felipe y bajarán luego Pedro y Juan para que por la imposición de las manos sobre ellos se realizara un nuevo Pentecostés.

¿Nos dejaremos conducir por el Espíritu para llegar también a las fronteras, esas fronteras que tenemos ahí cerca de nuestro lado, vecinos nuestros quizá en nuestro mismo pueblo en tantos a los que parece que no interesa el evangelio,  no interesa la Iglesia, para que también may hagamos un anuncio del mensaje del Evangelio?

Es el Espíritu que, como nos decía el apóstol Pedro en la segunda lectura de hoy, que nos hará dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza al mundo que nos rodea. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestra vida, que el mundo crea que hay razones para la esperanza, que el mundo vea que es importante mantener viva la fe; que con el testimonio de nuestra vida, por lo que hacemos y por lo que vivimos, por nuestro compromiso serio, por esa lucha que mantenemos contra el mal y la injustita, por esos gestos de humanidad y de cercanía con que nosotros caminamos tendiendo la mano, curando heridos de la vida, levantando caídos, acompañando soledades, poniendo el amor y la comprensión siempre por delante demos razón de la fe que anima nuestra vida, de la esperanza que llevamos en el corazón y que nos mantiene con espíritu alegre para poner alegría en nuestro mundo.

Y lo podremos hacer porque estamos llenos del Espíritu que nos ha dejado Jesús como nuestro acompañante y nuestro defensor, el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Abramos las puertas de nuestro corazón para dejarnos inundar por la fuerza del Espíritu.

 

martes, 24 de mayo de 2022

Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

 


Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Hay ocasiones en que nos ponemos tristes, nos ponemos tensos y agobiados solamente pensando en el futuro. Hay personas, y nos puede pasar algunas veces a nosotros, que solo pensando en lo que nos pueda suceder mañana, ya nos hace llenarnos de agobios; de alguna manera buscamos seguridades, buscamos seguridad ante el futuro. ¿Qué va a ser de mí? Si me sobreviene una enfermedad, ¿cómo la afrontaré? Y los padres se preguntan por el futuro de los hijos, o pensamos en nosotros mismos que nos podamos quedar solos en la vida. Muchas cosas que nos agobian. ¿Dónde encontrar la confianza que nos dé seguridad en la vida?

Ante los imprevistos que nos pueda presentar la vida hay quien se agobia sin que nada le haya sucedido. Nos tambaleamos muchas veces, nos sentimos inseguros, nos trabajamos unas seguridades en lo social para que tengamos las cosas resueltas y aun así nos agobiamos. ¿Serán las inseguridades que llevamos en nuestro interior? Nos faltan quizá certezas, queremos tener respuestas para todo y en ocasiones nos quedamos sin saber qué responder o cómo afrontar lo que nos puede venir. Y vienen las tristezas, la falta de una verdadera alegría por esa inseguridad en la que vivimos, por esa quizás desorientación que pudiera haber en nuestro interior. ¿Nos faltará valentía en la vida?

Necesitamos una fortaleza interior. Como el edificio que tiene que tener unos sólidos cimientos, pero también una muy elaborada estructura que no solo de forma, sino que dé fortaleza a todo el conjunto del edificio. Serán los valores por los que regimos nuestra vida, los principios que dan fundamento a lo que vamos haciendo en la vida, es esa riqueza interior que nos hemos ido creando para dar respuestas, para encontrar soluciones, para mantener la serenidad del espíritu frente a las tormentas que nos va ofreciendo la vida. Lo podemos llamar espiritualidad, o lo podemos llamar vida interior, es el alimento de nuestro espíritu que no es solo el alimento con que nutrimos nuestro cuerpo. De este alimento nos preocupamos, pero qué poco tenemos en cuenta ese otro alimento que nutra nuestro espíritu.

Hoy Jesús, ante la tristeza que se va apoderando de los discípulos por todo aquello que Jesús les está anunciado, les habla de la presencia del Espíritu que les enviará desde el seno del Padre. Físicamente van a dejar de ver a Jesús pero una nueva presencia van a sentir por la fuerza del Espíritu. No tendrán a Jesús que una y otra vez les corrija y les enseñe, tan duros como son de corazón y de mente, pero el Espíritu se los recordará todo.

‘Os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’, les dice Jesús. El Espíritu que nos hará ver el juicio de Dios, pero el Espíritu que será nuestra luz y nuestra fuerza, que nos liberará de las peores angustias porque hará que se caigan tantas cadenas que nos atan en la vida, el Espíritu que pondrá alegría en el corazón porque nos hará sentir de manera nueva la presencia de Jesús, aunque podamos estar por otra parte pasando por noches oscuras de sufrimientos o de problemas. Es el Espíritu que en verdad nos hará grandes porque no solo nos liberará de apegos o de angustias, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior.

 

lunes, 10 de mayo de 2021

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

 


Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

‘Ya te lo había dicho’, nos dice el amigo que nos había prevenido pero a cuyas palabras habíamos hecho poco caso. Y nos sucedió como nos lo había dicho el amigo. Son cosas que nos pasan en la vida, alguna cosa que queríamos emprender pero que el amigo quizás veía los peligros de fracaso o dificultad, una tarea en la que nos habíamos comprometido pero por nuestra falta de constancia no fuimos capaces de llevar hasta el final a pesar de que el amigo que nos conocía muy bien nos había prevenido.

Jesús también nos previene con todo cariño ante lo que nos puede pasar, aunque muchas veces nos parece que todo va a ir bien y quizás bajamos la guardia, no ponemos toda la atención y la intensidad que tendríamos que poner en muchos aspectos de nuestra vida cristiana. Es lo que hoy escuchamos en las palabras de Jesús, aunque lo hemos escuchado muchas veces; quizás nos pensamos que esos tiempos de persecución o dificultad son propios de otros tiempos, recordamos acontecimientos de la Iglesia del pasado, pero no somos capaces de abrir los ojos para ver lo que hoy también nos puede pasar.

Claro que cuando nos vemos incomprendidos, o no somos aceptados nos sentimos mal y hasta podemos amargarnos porque nos parece que no vamos a encontrar salida o no vamos a tener la fuerza para enfrentarnos a esas situaciones. Son cosas que nos pueden suceder hoy, de hecho en esta sociedad tan plural en la que vivimos, tan dominada por tendencias de todo tipo, tan esclavizada a un materialismo imperante o un sensualismo que pareciera que es lo único importante en la vida, cuando nosotros queremos ser fieles a unos principios y a unos valores nos vamos a encontrar un muro muy fuerte en contra.

Todos por otra parte estamos sujetos a muchas tentaciones de todo tipo y si bajamos la guardia en nuestra espiritualidad fácilmente nos vamos a ver debilitados y arrastrados por mil cosas que nos alejan del espíritu cristiano que tendría que envolver nuestra vida.

Jesús hoy les dice a los discípulos en su despedida – estas palabras corresponden a los discursos de despedida de Jesús en la última cena – que incluso van a ser expulsados de las sinagogas, lo que para un judío tenia que ser algo muy doloroso.

Pero Jesús al tiempo que les anuncia esas dificultades con las que se van a encontrar también les promete que el Espíritu Santo será su guía y su fortaleza, que El será luz en esos momentos de dificultad y oscuridad, pero será también la fuerza para mantenerse firmes porque incluso pondrá palabras en sus labios para responder a los ataques que puedan sufrir.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

El Espíritu de la verdad que procede del Padre. Es la promesa de Jesús que iremos escuchando repetidamente en estas semanas y días del tiempo pascual. Es el Espíritu divino que fortalece nuestra vida. No actuamos solos y por nuestra cuenta; no actuamos solo con nuestras fuerzas humanas por mucha fuerza de voluntad que digamos que tenemos. Aparece la debilidad de nuestra condición humana, aparece la debilidad que se puede llamar confusión, aparece la debilidad que nos llena de desanimo, aparece la debilidad de nuestros desencantos porque nos habíamos imaginado quizá un mundo muy irreal, aparece la debilidad cuando contemplamos fracasos en quienes creíamos fuertes y eso nos desalienta.

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y Jesús nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad que dará testimonio en nosotros. Pero frente a todas esas debilidades tenemos la seguridad de la fortaleza del Espíritu. Invoquémosle con fervor para sentir su gracia y su presencia.

martes, 19 de mayo de 2020

Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre



Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Las despedidas son siempre tristes. Es un desgarro del alma al tener que separarse del ser querido o apreciado. Por mucho que nos anuncien una pronta vuelta, por mucho que nos digan que quien marcha va hacia algo mejor, por muchas que sean las promesas de continua comunicación; aun hoy con los medios de comunicación que tenemos, con las redes sociales que nos permiten mantenerse en contacto incluso de contemplar su imagen o escuchar su misma voz. La tristeza nos embarga.
Pienso en mi niñez con la emigración familiares más allá del atlántico; pienso en tantos momentos a lo largo de mi vida en que he tenido que desprenderme de seres queridos, o yo mismo he tenido que marchar del lugar donde hacia mi vida. Por mucho que tratara uno de disimular las lágrimas se nos rompía el corazón. Hablo de esas despedidas impuestas por las circunstancias como podría mencionar las despedidas impuestas por las leyes de la vida cuando fallece un ser querido. No es necesario decir mucho porque por esas experiencias hemos pasado todos, aunque muchas más circunstancias podríamos recordar o resaltar.
Era la tristeza también que envolvía la cena pascual de Jesús con los discípulos; eran las mismas palabras de Jesús, era lo que los discípulos intuían porque no habían terminado ni de aceptar ni de comprender los anuncios que Jesús hacia, era la tensión que se vivía en aquellos momentos con tantos signos y gestos distintos que se iban sucediendo en aquella cena. La tensión y la tristeza se mordían en el aire.
Y sin embargo Jesús les dice ‘os conviene que yo me vaya’, aunque resulten palabras dolorosas. Les cuesta entender aunque las palabras de Jesús hoy nosotros las podamos ver un poco más claras. Recordemos textualmente las palabras de Jesús. ‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.
Nosotros hoy desde la perspectiva de lo que ya ha pasado podemos comprenderlas un poco mejor, aunque no sé si luego realmente lo llevemos a la vida. Diríamos que la misión de Jesús concluye porque llega el momento culminante de su Pascua, su muerte y su resurrección. No es un final. Es algo que tendrá luego que prolongarse y precisamente a través de quienes creemos en Jesús. Les dejará esa misión a los apóstoles y a los discípulos de entonces, como nos está confiando a nosotros también esa misma misión. El anuncio de la Buena Nueva, el anuncio del evangelio de salvación para que creyendo en Jesús se vaya realizando el Reino de Dios. Pero será una tarea que los discípulos no podrán realizar sin la fuerza del Espíritu que Jesús desde el Padre nos enviará. ‘Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito; en cambio si me voy os lo enviaré’, les dice y nos dice Jesús.
Si nosotros hoy podemos seguir celebrando a Jesús, si podemos hacer el anuncio del Evangelio, si llegamos a vivir ese compromiso de transformación de nuestro mundo según los valores nuevos del evangelio será porque tenemos el Espíritu que Jesús nos envía desde el Padre con nosotros. Es quien nos hace sentir la presencia de Jesús, es quien impulsa nuestros corazones al amor y a la comunión para sentirnos hermanos los unos de los otros, es el que mueve nuestros corazones para ponernos en camino de evangelio, caminos de evangelio en que nos sintamos evangelizados y caminos de evangelio en que llevemos ese anuncio al mundo que nos rodea.
Es despedida de Jesús pero es certeza de que estará con nosotros para siempre hasta la consumación del mundo pero que lo sentiremos y lo viviremos de forma nueva. Despedida de Jesús, que humanamente a los discípulos entonces les costaba lágrimas y angustias ante la incertidumbre de todo lo que iba a suceder, pero despedida que nosotros sabemos que podemos vivir de un modo nuevo. No son aquellas angustias de las que hablábamos al principio como experiencias que humanamente nosotros hubiéramos vivido. Es algo nuevo, es algo distinto, es la certeza de lo presencia de Jesús de un modo nuevo por la fuerza y por la acción del Espíritu.
Claro que todo lo que decíamos entonces nos tendrá que llevar quizá a unas actitudes nuevas desde el amor con la fuerza del Espíritu para quienes viven esas amargas experiencias de dolor en la separación de seres queridos; cómo nosotros allí a su lado hemos de saber estar con un mensaje de esperanza, con una presencia que conforte y consuele en el dolor, con un abrazo de amor que haga que no se sientan solos y abandonados por quienes pasan ese trance de la despedida y de la separación sea cual sea.


lunes, 18 de mayo de 2020

Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad


Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a
Un padre prepara a su  hijo para el día de mañana, porque la tarea del padre no se reduce a trabajar para ganar un dinero con el que tener el sustento de aquellos que están bajo su responsabilidad, sino que su labor como padre es educadora, porque es enseñar a vivir, aconsejar y orientar, ayudar a fortalecer los ánimos y el espíritu del  hijo para que el día de mañana sepa enfrentarse a los problemas de la vida y salir adelante.
Es como la tarea del educador, de todo educador, que no se reduce a enseñar unas materias o tener unos conocimientos podríamos decir intelectuales y unas capacidades técnicas para unos trabajos o para pasar un examen y obtener un titulo, sino que es formar y dar valores para que tengan un fundamento básico que les ayude a vivir con intensidad la vida; y eso es tarea de todo educador, de todo aquel que tiene una misión de enseñar al estar al cuidado de cualquier grupo comunitario. Una tarea ardua que ayuda a prevenir, que hace abrir los ojos a un sentido de la vida, que fortalece los espíritus, que hace crecer no solo conocimientos o técnicas sino algo más hondo que es la persona para ayudarla a llegar a una madurez.
Hoy vemos a Jesús con esa preocupación por sus discípulos; los quiere fuertes y que sepan además donde pueden encontrar esa fuerza; les recuerda que la misión que se les encomienda no es fácil porque van a encontrar oposición y persecución; les previene ante su propia debilidad que les puede llenar de miedos y hacer que se encierren en la vida olvidando el testimonio que tienen que dar.
Por dos veces se lo repite en este corto texto que hoy hemos escuchado. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis’. Bien sabe Jesús lo mal que lo van a pasar cuando lleguen momentos de persecución. No quiere que se sientan solos y como abandonados porque su presencia física ya no esté con ellos. Y vuelve a repetirles ‘os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Y en lo que Jesús quiere insistirles es que no se van a sentir solos, que aunque ahora muchas veces no entienden bien lo que Jesús quiere decirles, van a tener quien les recuerde todo y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón para hacer ese anuncio, para dar ese testimonio. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.
Es el anuncio que repetidamente vamos a escuchar en estos días en que vamos finalizando el tiempo de la Pascua y en que ya se acerca la fiesta de Pentecostés donde celebraremos la venida del Espíritu Santo. Podríamos decir que es casi como una novena del Espíritu Santo lo que vamos haciendo en estos días por el mensaje repetido de Jesús en que nos anuncia la venida del Espíritu Santo.
Es una palabra de Jesús que necesitamos recordar en todo tiempo, es cierto, pero que en las circunstancias que estamos viviendo a nivel de nuestra sociedad bien nos viene recordar. Este aislamiento social que nos ha tocado vivir, esta situación de inestabilidad que tenemos, estos miedos que se nos van metiendo en el alma porque no sabemos ni cuanto durará esta situación ni como terminaremos por vernos afectados mucho más todavía, nos puede hacer mucho daño por dentro.
Pero tenemos que sentirnos fortalecidos e iluminados para afrontar toda esta situación. Como creyentes en Jesús bien sabemos que no nos podemos sentir solos ni tan debilitados que no sepamos como salir adelante. Con nosotros está el Espíritu de la verdad, como hoy lo llama Jesús, el Defensor y fortaleza de nuestras vidas. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios si el Espíritu del Señor está con nosotros? El Espíritu del Señor es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.