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domingo, 3 de mayo de 2026

Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

 


Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

En la vida queremos encontrar camino; podríamos decir que eso va inserto en el mismo sentido de la vida, porque haber encontrado ese camino es haber encontrado el sentido de la vida. Cuando queremos llegar a algo, a algún lugar o incluso al encuentro con los otros queremos saber cómo podemos llegar, cuales son nuestros pasos, qué es lo que tenemos que hacer, o lo que es lo mismo el camino que hemos de recorrer.

En nuestros terrenos humanos – y aquí podemos darle mucha amplitud a esta palabra – nos trazamos sendas o ponemos señales para tener la certeza de que no nos vamos a perder y podemos llegar a donde aspiramos. Algunas veces nos cuesta encontrarlo, no sabemos leer las señales, o se nos hace difícil hacer su recorrido, y nos quejamos del sin sentido de la vida porque quizás no podemos llegar a lo que ansiamos o soñamos. Y ya no se trata solamente de ir de un lugar a otro, sino de algo más profundo que es nuestro vivir.

Esto que lo podemos hablar de lo que hacemos cada día en la vida, y lo aplicamos al cumplimiento de nuestras responsabilidades, o a lo que es el desarrollo de nuestra vida con nuestros trabajos o con la expresión de todo lo que es nuestro vivir, no se nos puede quedar en lo que es la materialidad de la vida, sino que tiene que relacionarse con el sentido más profundo de nuestra existencia y cuando en verdad somos creyentes  en consecuencia de nuestra búsqueda de Dios y de lo que es su voluntad para nosotros.

¿Será algo así lo que Jesús nos está manifestando en el evangelio? Podríamos decir que en las palabras que hoy le escuchamos y que forman parte de aquella sobremesa, por decirlo de alguna manera, tras la ultima cena, viene a resumirnos todo lo que ha sido el sentido de su vida y lo que va a ser también el sentido de la nuestra.

Son momentos de despedida, de últimas palabras y recomendaciones, pero es el momento en que Jesús abre totalmente su corazón a sus discípulos. Trata de sembrar y mantener la esperanza, por eso no se deben de entristecer ni sentirse abandonados porque Jesús lo que quiere es tenernos siempre junto a El para que vivamos en El. Habla de las estancias del cielo que nos va a preparar que es decirnos como quiere llevarnos junto a Dios para vivir eternamente en El.

A los discípulos les cuesta entender y comienzan las preguntas y repreguntas. Quieren conocer al Padre, porque aun les parece poco lo que Jesús les ha hablado del Padre y es cuando Jesús algo así como que les recuerda todo lo que ha sido su vida que no ha sido otra cosa que manifestarnos lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso terminará diciéndoles que quien lo ha visto a El ha visto al Padre, que no hay otro camino para ir a Dios que Jesús; ‘nadie va al Padre sino por mí’, les dice.

Y es cuando Jesús hace esa maravillosa afirmación. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. En Jesús estamos encontrando ese sentido de nuestra vida y para llegar a esa plenitud de vida eterna que tantas veces nos ha prometido no tenemos que hacer otra cosa que vivir la vida de Jesús. No busquemos otras sendas, no busquemos raras señales, no nos distraigamos del camino emprendido, sigamos los pasos de Jesús. ¿No nos ha ido Jesús a lo largo de su vida manifestándonos lo que son las señales del Reino de Dios?

Ese ha sido su evangelio para nosotros, esa ha sido la buena noticia que nos ha querido trasmitir; en sus parábolas nos lo ha explicado cuando nos habla de semillas que se siembran para dar fruto o para hacer crecer la vida en frondosos árboles que nos acojan a todos igual que la mostaza permite que los pajarillos hagan en ella sus nidos, o en banquetes de bodas con todas sus características al que todos estamos invitados; en los milagros que realiza están los signos de lo nuevo que tiene que ir surgiendo en el corazón de los hombres cuando nos sentimos envueltos en el amor y la misericordia de Dios; en el mandamiento del amor que nos deja están los medios para la comunión y para el encuentro, para la compasión y la comprensión y misericordia con que hemos de tratar a los demás; en sus gestos de cercanía dejándose incluso apretujar por la gente en sus caminos está la muestra de cómo Dios quiere caminar con nosotros y así es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

¿Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que El es el Camino, y la verdad, y la vida? Pero ¿entenderemos también que nosotros hemos de mostrar también al mundo que nos rodea esas señales del Reino de Dios en nuestra nueva manera de actuar, en esas actitudes nuevas con que hemos de vivir, y en tantos gestos y detalles con los que hemos de manifestar que vivimos la vida de Jesús y nos hemos envuelto de su sabiduría?

martes, 27 de mayo de 2025

Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

 


Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

Hechos 16, 22-34; Salmo 137;  Juan 16, 5-11

Las despedidas son siempre costosas y tristes; confieso que a mi es algo que me parte el alma, pero tenemos que afrontarlas en la vida; es una ruptura pero es un arranque, porque se rompen unos lazos creando distancias, es cierto, pero es un arranque porque quien marcha se abre a otros caminos, descubre otros horizontes, se desprende de apegos y ataduras, comienza quizás una libertad nueva; arranque también para quien se queda porque comenzamos a creer más en nosotros mismos y comenzamos también a ver la vida, las cosas, las personas de manera distinta y no dependiendo siempre de nosotros, como confiar en el que marcha con sus posibilidades y sus potencialidades.

Pero como decimos, aunque sepamos todas estas cosas, siempre hay una tristeza que se nos mete en el alma. Cuando hay una despedida por una marcha siempre queremos dejar o queremos que nos dejen un recuerdo, algo que vamos a tener muy presente a nuestro lado para no olvidar a quien marchó. ¡Cuántos recuerdos en este sentido vamos acumulando en la vida!

Es la situación en la que nos encontramos hoy en las páginas del evangelio. ‘Os digo la verdad, nos dice Jesús hoy o le dijo entonces a los discípulos, conviene que yo me vaya’. Andaban tristes porque ellos presentían algo, aunque no habían terminado de comprender todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón’, les dice Jesús. Era consciente del mal momento por el que estaban pasando.

Pero no les va a dejar solo un recuerdo, como nosotros cuando nos despedimos de alguien. Ya les había dejado unos signos diciéndoles que era algo que ellos tenían que hacer, cuando les había lavado los pies. Había dejado el mandamiento del amor, para que aprendiéramos a amar como El nos había amado. Pero ahora promete la asistencia de su Espíritu, que estará siempre con ellos, que les descubrirá todas las cosas, que les hará emprender una tarea nueva con su fuerza.

La Pascua era un arranque para algo nuevo, como antes decíamos, para un mundo nuevo, para una vida nueva. A partir de la Pascua era posible una vida nueva, era necesario que se sintieran firmes y seguros para no derrumbarse en lo que les podía parecer una hecatombe, ni seguir encerrados con sus miedos. Algo nuevo tenía que comenzar y era posible realizarlo, para eso les dejaba su Espíritu. Pero convenía que El marchase, para que sintieran la fuerza del Espíritu, para que se pusieran a caminar abriendo las puertas cerradas por el miedo. Lo vamos a contemplar cuando llegue Pentecostés y ellos se echen a la calle. Es lo que ahora les está anunciando Jesús. Las tristezas había que superarlas y un empuje nuevo iban a sentir en sus vidas.

Pero esto lo escuchamos no solo como algo dicho y sucedido entonces a los apóstoles, sino como una realidad que nosotros tenemos que vivir. Litúrgicamente nos encontramos en las vísperas de la Ascensión del Señor. ¿Una despedida? ¿Un quedarnos apesadumbrados y hundidos por la tristeza simplemente contemplando la marcha de Jesús al cielo? ¿Un ponernos de nuevo en camino?

La promesa de la presencia del Espíritu ahí está claramente en las palabras de Jesús. Es lo que tenemos que esperar, es a lo que tenemos que abrir el corazón, es el comienzo de un nuevo camino porque escucharemos que somos enviados por el mundo para llevar esa buena noticia, y podremos hacerlo, seremos capaces de hacerlo, creemos no solo en nosotros mismos sino en la presencia en nuestro corazón y en el corazón de la Iglesia del Espíritu del Señor.

lunes, 13 de mayo de 2024

Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

 




Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

Aunque los discípulos aquella noche en la cena pascual seguían confusos; eran signos distintos los que Jesús estaba realizando aquella noche con ellos, desde el mismo comienzo de la cena con el hecho de Jesús haberse puesto a lavarles los pies; lo que intuían que podía pasar por el sentido de las palabras de Jesús que por una parte les sonaba a despedida y recomendaciones como de quien se va a marchar y dejarlos solos; aquella intimidad que Jesús estaba mostrando haciendo como un desahogo de su corazón era algo que antes que tranquilizarles como Jesús pretendía sin embargo abría más interrogantes en sus corazones. Ahora parece que van comprendiendo algunas cosas.

‘Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios’, se atreven a decir. Pero esto provocará que Jesús les haga más anuncios en cierto modo desalentadores, aunque Jesús quiera de alguna manera levantarles la moral. ‘¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’.

Pero Jesús trata de que mantengan el ánimo pase lo que pase, porque aquello nunca será una derrota, aunque lo pueda parecer.  ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Han de tener puesta la mirada en la victoria final; claro que no lo comprenderán hasta que no haya vivido la totalidad de aquella pascua, no lo entenderán hasta la resurrección y cuando reciban la fuerza del Espíritu que Jesús les ha prometido. ‘Tened valor, yo he vencido al mundo’.

Necesitaban escucharlo y asimilarlo, como lo necesitamos nosotros también. Muchas veces nos sentimos desalentados de igual manera, tampoco terminamos de entender. Nos cuesta ese testimonio que tenemos que dar, pero nos cuesta dentro de nosotros mismos superarnos cada día y mantener ese espíritu de superación. El enemigo lo tenemos muchas veces dentro de nosotros mismos, porque nos cuesta amar, nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, nos cuesta dar pasos adelante, nos cuesta esa mirada nueva que hemos de tener a los que nos rodean. Y aparece la tentación y aparece el desaliento cuando nos sentimos débiles y no somos capaces de superarnos.

También nos vamos a la desbandada muchas veces, como les sucedió a los discípulos aquella noche a partir del prendimiento de Jesús. Nos sentimos débiles y nos sentimos sucios, porque nos decaemos, porque no damos el testimonio que tendríamos que dar, porque nos quedamos demasiado en palabras y no llegamos a hacer nada, porque nos entran miedos a la hora de hacer un anuncio y nos acobardamos.

Pero nos dice Jesús que nos está diciendo todas estas cosas para que nos mantengamos firmes, que sabemos de nuestra debilidad como El también cuenta con nuestra debilidad porque nos conoce, y luego lo único que nos va a preguntar una y otra vez es que si lo amamos. Como hizo con Pedro que lo había negado; y aquella negación aparentemente una derrota, puesto que fue caer en una debilidad, como nosotros tantas veces, fue un punto de partida para Pedro levantarse y porfiarle una vez su amor a Jesús.

Es lo que tenemos que hacer, porque con Jesús sabemos que podemos alcanzar esa victoria. El ya nos lo ha dicho y nos ha prevenido; El nos recuerda que estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu. En Jesús encontraremos siempre nuestra paz.

viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

sábado, 20 de mayo de 2023

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

 


No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Escuchamos estas palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena, cuyos textos hemos venido reflexionando en estos días, palabras que nos hablan de despedida, de marcha al Padre, precisamente cuando litúrgicamente vamos a celebrar mañana la Ascensión.

Como hemos venido notando en las reflexiones que en torno a la Palabra nos hemos venido haciendo hay algo en lo que insiste Jesús una y otra vez. Siempre la sensación de despedida es de abandona, de la soledad en que se van a quedar después de la despedida, como suele suceder en la vida. lloramos siempre la partida de alguien por la soledad que vamos a padecer los que nos quedamos, ya sea en la despedida de alguien que marcha a otro lugar, ya sea en la partida a la hora de la muerte.

¿Nos vas a dejar solos? Jesús está repitiéndonos insistentemente que no nos deja solos, estará siempre la presencia de su Espíritu, el Espíritu de la Verdad que, como hemos reflexionado, nos lo enseñará todo, nos irá recordando todo lo referente a Jesús. Pero ahora el texto nos insiste en la oración. Tendremos la certeza de que seremos escuchados, tenemos la certeza del Padre que nos ama y nos escucha. Como nos dice Jesús, no es que El interceda por nosotros, aunque en otro momento nos diga que será nuestro intercesor, sino que el Padre nos escucha porque somos sus hijos.

‘Aquel día pediréis en mi nombre, - nos dice y nos añade aun más - y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre nos ama por el amor que le tenemos a Jesús, por la fe que hemos puesto en Jesús.  Es hermoso. Es como si alguien nos dijera que nos ama y que nos escucha, porque somos amigos de su hijo, o aquello otro que decimos tantas veces, los amigos de mis amigos son mis amigos también.

Jesús se vuelve al Padre pero no nos deja solos. La maravilla de nuestra fe nos hace descubrir una presencia que no tenemos que ver con los ojos de la cara, es lo que podemos sentir en el corazón. Algunas veces en nuestros momentos de fervor nos llenamos de añoranzas y nos ponemos a pesar si nosotros hubiéramos estado allí, en aquellos momentos de los que nos habla el evangelio, cómo habría sido nuestra fe, como nosotros no le hubiéramos abandonado ni rechazado, con cuanto fervor hubiéramos vivido junto a El. Pero en la maravilla de nuestra fe, como decíamos, no necesitamos de esa presencia que palpemos con los ojos de la cara. Hay algo místico y maravilloso que nos hará sentir, nos hará vivir esa presencia de Jesús junto a nosotros. Es lo que ahora tenemos que intensificar.

Es lo que vivimos en nuestro sentido de Iglesia, es lo que vivimos en los sacramentos, es lo que vivimos con nuestra oración y mira que Dios nos escucha, pero es también lo que vivimos en el encuentro con los hermanos; cuando estamos reunidos en su nombre allí está en medio de nosotros. Pero es también que en cada hermano que viene a nuestro encuentro está viniendo Jesús a nosotros, en cada gesto de amor que nosotros tengamos para los demás es como si a El se lo estuviéramos haciendo. ‘Todo lo que hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis’, que nos dice Jesús.

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor.

miércoles, 1 de junio de 2022

Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

 


Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

No sé qué experiencias de despedidas habremos tenido en la vida, bien porque tenemos que dar por concluida una misión, porque hay una ruptura en lo que realizamos y tenemos que dejarlo en manos de quien nos sustituya y se espera que pueda realizarlo quizás mejor, porque tenemos que marchar a otro lugar, porque hay un relevo y tenemos que dejar en manos de otro lo que nosotros estábamos realizando, o más drásticamente, porque la vida se nos termina, una enfermedad grave, por ejemplo, nos afecta que podría ser el final, pero los momentos son siempre duros, nos cuesta arrancarnos del lugar o de lo que estábamos haciendo, quizás por alguna circunstancia nos sentimos rotos por dentro, y desearíamos dejarlo todo atado y bien atado para que se mantenga al menos la continuidad o se siga realizando aquello en lo que habíamos puesto tanto empeño.

¿Cómo eran los momentos que se estaban viviendo en el final de aquella cena pascual? Vamos a contemplar lo que iba sucediendo en el corazón de Cristo en aquellos momentos. Todo había venido sonando a despedida en lo que allí se había ido sucediendo, en los signos que Jesús había realizado, en las propias palabras de Jesús. Ahora todo aquello se convierte en oración al Padre salida desde lo más hondo del corazón de Cristo. Sabía Jesús que había llegado su hora, por eso todos aquellos signos que habían acompañado la cena; ya incluso el traidor había marchado para hacer sus propios preparativos y realizar sus consignas; quedan los once con Jesús donde El sabía que había de haber una continuidad, aunque sabía también que los momentos iban a ser difíciles para ellos. Surge la oración de Jesús.

Los había cuidado, los había preparado, a ellos de manera especial se les había revelado, aunque no siempre lo entendieran porque hasta el ultimo momento todavía seguían con sus viejos pensamientos. Se iban a ver encontrados con el mundo que les rodeaba que a ellos también les odiaba, porque no eran como ellos. Jesús no los quiere sacar de ese mundo porque en ese mundo han de continuar la misión. Por eso ora al Padre, que un día se los había confiado, y en cuyas manos El los deja en este momento. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo… Santifícalos en la verdad…’ Ora Jesús.

Serán ahora ellos los enviados. Como Jesús era el enviado del Padre. Y la obra de Jesús había de seguir realizándose. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. En las manos de ellos quedaba, aunque todavía tuvieran que pasar por momentos de crisis, en que ni ellos mismos sabrían como salir adelante. Pero Jesús les ha prometido su asistencia, la fuerza de su Espíritu, y la tendrían. Habría antes que realizarse el paso de la pascua; y ese paso era de muerte a vida, lo cual lo haría difícil y doloroso. Pero cuando llegase la Pascua llegaría la alegría, se despertarían de nuevo las ilusiones y las esperanzas, ellos sentirían una manera nueva de estar Jesús con ellos y la misión continuaría.

Pero son los momentos duros por los que hemos de pasar también nosotros en muchas ocasiones. Tenemos que aprender a vivir la Pascua. No terminamos de entenderla y nos cuesta ese paso por la muerte, por todo aquello de lo que hemos de morir, de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús. También habrá rupturas en nuestros corazones, también habrá momentos en que tenemos que realizar un cambio, que dejar lo que hacemos en manos de otros, son momentos de pascua, que tenemos que ir aprendiendo a vivir. También nos encontramos envueltos en un mundo adverso y difícil y sonará que parece que nosotros no somos de ese mundo, pero en ese mundo hemos de estar porque es ahí donde tenemos que seguir llevando el mensaje, la buena nueva del Evangelio de Jesús.

Tenemos una certeza y es que Jesús nos ha dicho que estará siempre con nosotros hasta la consumación de los tiempos.

domingo, 22 de mayo de 2022

Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

 


Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

Cuando en la vida, por las circunstancias que sea, sabemos que tenemos que separarnos de una persona que ha sido importante para nosotros, que ha influido en nuestra manera de ser o nos ha ayudado a descubrir lo hondo de la vida, surge lo que llamamos tristeza que es ese sentimiento que se adueña de nosotros porque ya no podemos volver a estar con esa persona, no podemos escuchar sus palabras y sus consejos cuando volvamos a encontrarnos con problemas o situaciones difíciles de la vida, no podremos gozarnos de su presencia que tantas seguridades nos ha dado en la vida. Por eso se nos hacen tan dolorosas las despedidas, porque además nuestro espíritu se llena de inquietud ante lo que nos pueda devenir en el futuro. Muchas veces no queremos ni pensar en esas posibilidades de despedidas.

¿Era el estado anímico de los discípulos en aquella cena pascual que sentían que Jesús se les iba y que se iban a quedar solos? ¿Será el estado anímico en que nos podemos encontrar muchas veces los cristianos en nuestras luchas y en nuestras tareas que nos parece sentirnos solos? A una cosa y otra creo que nos puede responder hoy el evangelio.

Los discípulos estaban a gusto con Jesús, no se querían separar de El. Se había creado ese vínculo de amor que crea comunión y que hace comunidad. Así se sentían seguros con Jesús, querían escuchar sus palabras, hacían cuanto estaba de su parte por no separarse de El. Sin embargo, las palabras de Jesús eran presagio de tiempos que no iban a ser fáciles. Ya les había hablado de traiciones y negaciones, habían vislumbrado lo que sería su soledad sin su presencia. ¿Quién les iba a explicar una y otra vez las cosas cuando tan cerrados de mente eran que parecía que nunca terminaban de entender las palabras de Jesús?

Y podríamos decir que a todo eso, punto por punto, Jesús va respondiendo con sus palabras. No les dejaba solos y que se las entendieran por su cuenta cuando nada comprendieran. Promete Jesús la presencia de su Espíritu que les acompañará, les hará comprender todas las cosas y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón cuando vinieran los momentos difíciles. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Era cuestión de permanecer en su amor, porque eso los mantendría unidos – por eso su mandamiento era que se amaran los unos a los otros – pero era cuestión de mantenerse en el amor de Dios, porque así Dios se haría presente en sus corazones. ‘Vendremos y haremos morada en él’, les dice Jesús.

Y no les faltaría la paz en sus corazones. ¡Qué seguros se sentían con la presencia de Jesús a su lado! Ellos sabían ya que los principales del pueblo estaban buscando la manera de prender a Jesús, pero por ahora ellos se sentían seguros, porque Jesús estaba con ellos, y les parecía que no se iban a atrever y nada iba a pasar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Con Jesús tendrían que sentirse seguros. Aunque cuando llegase el momento de la prueba vendrían las huidas y los escondites y los encierros. Lo dejaron solo en Getsemaní y se encerraron en el Cenáculo.

Después de la resurrección, aunque les costó aceptarla, se darían cuenta. Con la venida del Espíritu en Pentecostés todo cambiaría en ellos. Es el estado en que nosotros estamos o deberíamos estar. También tenemos nuestros miedos, también sentimos nuestras inseguridades, también a veces nos cuesta luchar y seguir caminando hacia delante, también nos parece sentirnos solos frente al mundo que nos rodea. Algunas veces nos vemos tan poquitos en nuestras celebraciones, en nuestras comunidades y vemos lo amplio que es el mundo que nos rodea y al que tendríamos que llevar la Palabra de Jesús.

También nos acobardamos, nos encerramos y refugiamos en lo de siempre, como se suele decir. Nos quedamos tan contentos y satisfechos porque todavía hay un grupito que viene a la Iglesia. Quizás cuando estamos reunidos en nuestras celebraciones o en algunos momentos importantes de la comunidad sentimos que se renueva nuestra alegría, pero tememos salir fuera, salir al encuentro de ese mundo que nos rodea, nos sentimos que no sabemos cómo actuar, qué palabra decir, cual es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. 

Tenemos que escuchar esta Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece. Esa Palabra que es aliento y esperanza, esa Palabra que nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón. La promesa del Espíritu es para nosotros también; es el Espíritu el que está en medio de nosotros y sigue guiando a la Iglesia, es el Espíritu que nos hace conocer hoy la Palabra de Jesús para este hoy de nuestra vida, es el Espíritu que nos lanzará a la calle en Pentecostés, como escucharemos que lanzó a Pedro y a los Apóstoles a las calles de Jerusalén y a los caminos del mundo.

Reavivemos nuestra fe, sintamos esa paz y esa seguridad que nos da Jesús para que no vivamos acobardados, pidamos con fuerza que venga el Espíritu a nosotros, a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo. No es despedida para nosotros sino promesa de presencia nueva que nos llena de nueva vida.

viernes, 20 de mayo de 2022

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

 

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay momentos en que parece que son más propicios a una mayor confidencialidad, donde afloran los sentimientos más hondos de la persona, en que todo son recomendaciones y advertencias, últimos consejos porque de alguna manera todo suena a despedida. Se quiere dejar las cosas claras pero también se advierte de cosas que se han de tener en cuenta para siempre.

Podemos pensar, como es de suponer, en última despedida de la vida, pero sucede de alguna forma cuando por ejemplo el padre o madre de familia tiene que ausentarse y deja todo en manos de los hijos, o de igual manera son las recomendaciones del padre o de la madre para el hijo que marcha a emprender una nueva vida con nuevos horizontes, o la despedida del amigo querido por las circunstancias que sean. Salen a flote todos los sentimientos del corazón sin ningún tipo de pudor, o se tiene la valentía de advertirte en lo que no debes hacer, conociéndote como te conocen. 

¿Era lo que sucedía en aquellos momentos de la cena pascual? Muchas veces hemos comentado el ambiente especial que allí se vivía en aquellos momentos; las palabras de Jesús también suenan a despedida y a últimas recomendaciones; pero sobre todo se derrama la ternura del corazón sobre aquellos a los que ama de manera especial. ‘Hijitos míos’, dirá en algún momento, ahora les dice que no les llama siervos sino que los llama amigos. Es El quien se ha puesto en el lugar del siervo que está para servir cuando desde el principio de la cena se ha postrado delante de ellos para lavarles sus pies. Ahora les dice que les ama y les ama de manera que está dispuesto a dar la vida por sus amigos como realmente va a significar su entrega.

‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos
. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’
.

Fijémonos en sus palabras que habla del amor más grande que es capaz de dar la vida por sus amigos; y a continuación les dice ‘vosotros sois mis amigos… a vosotros os llamo amigos…’  ¿Puede haber un derroche de ternura más grande? Con ellos ha tenido las confidencias mayores. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’, les dice. Y ahora termina soltando todo lo secreto que lleva en su corazón.

Por eso les recomienda e insiste porque lo dice de una forma y de otra. Tenéis que amaros. Eso es lo importante. Eso es lo que hay que hacer. Ese es el testimonio que tenéis que dar. Esa es la Buena Noticia que tenéis que transmitir. Que no son solo palabras las que tenéis que pronunciar, que es una vida que hay que pronunciar, transmitir, testimoniar con el amor. Y como si pareciera poco, lo deja como mandamiento. ‘Esto os mando: que os améis unos a otros’.

Los hijos se quedan con las últimas palabras del padre o de la madre que saben que tienen que cumplir, es su última voluntad; el amigo guardará en su corazón esa última recomendación o ese último desahogo del alma que le ha hecho el que marcha. Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos, y es lo que tenemos que estar dispuestos a poner por obra.

martes, 19 de mayo de 2020

Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre



Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Las despedidas son siempre tristes. Es un desgarro del alma al tener que separarse del ser querido o apreciado. Por mucho que nos anuncien una pronta vuelta, por mucho que nos digan que quien marcha va hacia algo mejor, por muchas que sean las promesas de continua comunicación; aun hoy con los medios de comunicación que tenemos, con las redes sociales que nos permiten mantenerse en contacto incluso de contemplar su imagen o escuchar su misma voz. La tristeza nos embarga.
Pienso en mi niñez con la emigración familiares más allá del atlántico; pienso en tantos momentos a lo largo de mi vida en que he tenido que desprenderme de seres queridos, o yo mismo he tenido que marchar del lugar donde hacia mi vida. Por mucho que tratara uno de disimular las lágrimas se nos rompía el corazón. Hablo de esas despedidas impuestas por las circunstancias como podría mencionar las despedidas impuestas por las leyes de la vida cuando fallece un ser querido. No es necesario decir mucho porque por esas experiencias hemos pasado todos, aunque muchas más circunstancias podríamos recordar o resaltar.
Era la tristeza también que envolvía la cena pascual de Jesús con los discípulos; eran las mismas palabras de Jesús, era lo que los discípulos intuían porque no habían terminado ni de aceptar ni de comprender los anuncios que Jesús hacia, era la tensión que se vivía en aquellos momentos con tantos signos y gestos distintos que se iban sucediendo en aquella cena. La tensión y la tristeza se mordían en el aire.
Y sin embargo Jesús les dice ‘os conviene que yo me vaya’, aunque resulten palabras dolorosas. Les cuesta entender aunque las palabras de Jesús hoy nosotros las podamos ver un poco más claras. Recordemos textualmente las palabras de Jesús. ‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.
Nosotros hoy desde la perspectiva de lo que ya ha pasado podemos comprenderlas un poco mejor, aunque no sé si luego realmente lo llevemos a la vida. Diríamos que la misión de Jesús concluye porque llega el momento culminante de su Pascua, su muerte y su resurrección. No es un final. Es algo que tendrá luego que prolongarse y precisamente a través de quienes creemos en Jesús. Les dejará esa misión a los apóstoles y a los discípulos de entonces, como nos está confiando a nosotros también esa misma misión. El anuncio de la Buena Nueva, el anuncio del evangelio de salvación para que creyendo en Jesús se vaya realizando el Reino de Dios. Pero será una tarea que los discípulos no podrán realizar sin la fuerza del Espíritu que Jesús desde el Padre nos enviará. ‘Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito; en cambio si me voy os lo enviaré’, les dice y nos dice Jesús.
Si nosotros hoy podemos seguir celebrando a Jesús, si podemos hacer el anuncio del Evangelio, si llegamos a vivir ese compromiso de transformación de nuestro mundo según los valores nuevos del evangelio será porque tenemos el Espíritu que Jesús nos envía desde el Padre con nosotros. Es quien nos hace sentir la presencia de Jesús, es quien impulsa nuestros corazones al amor y a la comunión para sentirnos hermanos los unos de los otros, es el que mueve nuestros corazones para ponernos en camino de evangelio, caminos de evangelio en que nos sintamos evangelizados y caminos de evangelio en que llevemos ese anuncio al mundo que nos rodea.
Es despedida de Jesús pero es certeza de que estará con nosotros para siempre hasta la consumación del mundo pero que lo sentiremos y lo viviremos de forma nueva. Despedida de Jesús, que humanamente a los discípulos entonces les costaba lágrimas y angustias ante la incertidumbre de todo lo que iba a suceder, pero despedida que nosotros sabemos que podemos vivir de un modo nuevo. No son aquellas angustias de las que hablábamos al principio como experiencias que humanamente nosotros hubiéramos vivido. Es algo nuevo, es algo distinto, es la certeza de lo presencia de Jesús de un modo nuevo por la fuerza y por la acción del Espíritu.
Claro que todo lo que decíamos entonces nos tendrá que llevar quizá a unas actitudes nuevas desde el amor con la fuerza del Espíritu para quienes viven esas amargas experiencias de dolor en la separación de seres queridos; cómo nosotros allí a su lado hemos de saber estar con un mensaje de esperanza, con una presencia que conforte y consuele en el dolor, con un abrazo de amor que haga que no se sientan solos y abandonados por quienes pasan ese trance de la despedida y de la separación sea cual sea.


viernes, 8 de mayo de 2020

Fe que nos está pidiendo Jesús que llenará de esperanza nuestro corazón aun cuando muchas veces nos sigamos viendo envueltos en oscuridades y dificultades



Fe que nos está pidiendo Jesús que llenará de esperanza nuestro corazón aun cuando muchas veces nos sigamos viendo envueltos en oscuridades y dificultades

 Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Quizás nos encontremos a quien en un afán de aventura se lanza a los caminos sin tener meta clara a donde ir, rumbo a lo desconocido, ni las características de los caminos que ha de recorrer ni una idea aproximada de lo que se va a encontrar. Es cierto que hay quien tiene ese espíritu aventurero y también tiene su encanto ese caminar sin rumbo, sin meta, y haciendo caminos al andar como dice alguna canción.
Pero lo que entra dentro de lo normal es que queramos saber a donde vamos, a donde nos quieren llevar si es alguien que nos invita a hacer camino con él, que sepamos al menos de una forma aproximada lo que nos vamos a encontrar, aun con las sorpresas que en si tiene también todo camino, y que tengamos una idea de lo que va a ser el camino para ir debidamente preparado para realizarlo. Nos gusta la previsión en la medida que podamos y tener los preparativos adecuados.
Es la aventura de la vida, podríamos decir, pero es la vida con unas metas y unos recorridos a hacer aunque siempre vayamos predispuestos a aceptar lo nuevo que nos vayamos encontrando. Viajar siempre entraña un enriquecimiento porque nos descubre nuevas cosas, nuevos mundos, nuevos horizontes y nos hace ponernos a aspirar y soñar también con algo grande que nos podamos encontrar.
Demasiado preámbulo nos puede parecer quizá para lo que queremos comentar. Creo que lo podemos entender como una referencia a lo que es el camino de la vida, con nuestras metas, nuestros objetivos, nuestras búsquedas, el desarrollo de nuestras responsabilidades, lo que buscamos y aquello por lo que luchamos, aquello que son nuestros sueños y que son nuestras ilusiones y esperanzas. Cosa terrible en la vida de una persona es no tener metas, no tener sueños, no ilusionarse por nada, por alcanzar algo. ¿Para qué vivir, entonces? ¿Simplemente vegetando? ¿Simplemente dejándonos arrastrar por lo que vaya saliendo? ¿Cómo un juego quizás? Algunos algo así se lo toman, pero creo que es algo serio.
Las palabras de Jesús que hoy escuchamos fueron pronunciadas en la última cena cuando todo sonaba a despedida, pero los mismos discípulos estaban desorientados porque no terminaban de entender lo que iba a suceder ni siquiera las palabras de Jesús. Jesús las habla de que han de mantener la calma, que no han de perder la paz, porque toda su confianza tienen que ponerla en El. ‘No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí’, les dice. Y les habla del sitio que les prepara  y del que vendrá a buscarlos. Pero ellos no entienden; no terminan de ver clara la meta que Jesús les está proponiendo, la esperanza que Jesús les está ofreciendo, y por eso dicen que no saben ni a donde ir ni el camino que les llevará. Parece tiempo perdido en todo lo que les ha hablado Jesús.
No tenían clara la meta del cielo, no terminaban de entender la vida eterna que Jesús les prometía, no terminaban de llenar de trascendencia su vida y se está quedando de tejas abajo, solo en las cosas que ven con los ojos pero no terminan de abrir sus vidas a horizontes de eternidad. No saben que hacer ni qué camino tomar.
Y Jesús les dice que El es el Camino, que El es la verdad que buscan, que El es esa Vida que les ofrece. ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Son claras las palabras de Jesús. Es la meta y el camino que nos ofrece. Es el sentido pleno de nuestra vida que nos llevará por horizontes de plenitud. Es la fe que nos está pidiendo que llenará de esperanza nuestro corazón, aun cuando muchas veces nos sigamos viendo envueltos en oscuridades con los problemas que nos vamos encontrando en la vida, con las dificultades para avanzar. Siguiendo las huellas de Jesús, haciendo su mismo camino, viviendo como El vivió llegaremos a la plenitud del amor y de la vida eterna.


martes, 8 de mayo de 2018

Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre


Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Las despedidas no son agradables; a nadie le gusta despedirse. Hay un algo que nos embarga el alma cuando tenemos que despedirnos de alguien si sabemos que esa ausencia se va a prolongar mucho tiempo, o quizá no volvamos a encontrarnos. Multitud de sentimientos, de recuerdos, de añoranzas nos van surgiendo en nuestro interior; al tiempo la incertidumbre de cómo le va a ir a quien se separa de nosotros cuando hay un cariño sincero.
Y cuando la despedida es de improviso nos quedamos aturdidos muchas veces sin saber como reaccionar; quizá después pensamos cuantas cosas hubiéramos podido decirle, cuantos gestos de cariño o de amistad pudimos haber tenido con aquel ser amado. Queremos tener un recuerdo, un signo de su presencia junto a nosotros aunque él ya esté lejos, pero queremos seguir recordando, sintiéndole de alguna manera presente junto a nosotros; no queremos que aquel cariño o aquella amistad se pueda enfriar o deteriorar por ese distanciamiento forzado por las circunstancias.
Era el estado de ánimo que embargaba a los discípulos aquella noche en la cena pascual. Presentían que algo iba a suceder aunque no terminaban de entender todo lo que Jesús les había anunciado; y no lo habían terminado de entender porque no se creían que pudiera pasar todo aquello que Jesús les había dicho. Como les dice Jesús ahora, tan aturdidos estáis en vuestra tristeza que ninguno me pregunta a donde voy.
‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor’. 
Jesús les dejará algo más que un recuerdo o un signo. Jesús nos envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir la presencia de Jesús para siempre con nosotros tal como nos lo había prometido. ‘Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor’, nos dice.
Vamos concluyendo ya el tiempo pascual; estamos en la cercanía de la Ascensión de Jesús al cielo. Pero llega el momento de la culminación de la Pascua cuando celebremos Pentecostés y sintamos la venida del Espíritu Santo sobre nosotros. Pero tenemos que prepararnos, ponernos en disposición de recibir el Espíritu del Señor. En muchos lugares hay grupos de cristianos que se preparan con una novena al Espíritu Santo como una preparación. La liturgia nos va ayudando en estos días cuando nos va recordando las palabras de Jesús que anuncian la presencia del Espíritu.
Con la liturgia de la Iglesia rezamos:
Espíritu de Dios, la tierra llenas,
las mentes de los hombres las bañas en tu luz,
tú que eres Luz de Dios, divino fuego,
infunde en todo hombre la fuerza de la cruz.
Sé luz resplandeciente en las tinieblas
de quienes el pecado sumió en la oscuridad,
reúne en la asamblea de los hijos
los justos que te amaron, los muertos por la paz.
Acaba en plenitud al Cristo vivo,
confirma en el creyente la gracia y el perdón,
reúnelos a todos en la Iglesia,
testigos jubilosos de la resurrección.


viernes, 27 de abril de 2018

No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El


No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

Los momentos de las despedidas suelen ser muy emotivos y fácilmente afloran todos los sentimientos y se convierten en lugar propicio para confidencias, para manifestaciones de afectos, para promesas de futuro en un recuerdo que no va a borrarse y en donde surge y resplandece lo más hermoso que llevamos en nuestro interior sobre todo hacia aquellos seres a los que más amamos.
Será en la partida hacia un viaje en que las distancias pondrán tentarnos por otra parte al olvido que no deseamos; será el momento en que nos desprendemos de los seres que amamos, como los hijos, porque van a emprender su propio camino; será el momento doloroso de la despedida final porque la vida del ser amado se acaba y quisiéramos expresarle ahora como en un torrente todo aquello que a lo largo de la vida no supimos o no tuvimos la ocasión de expresar.
Es lo que palpamos en lo que solemos llamar la última cena como nombre de lo que significo aquel momento de despedida de Jesús antes de su pasión, antes de su pascua. Era la cena pascual, pero que se estaba convirtiendo en anticipo de lo que sería la pascua definitiva. Los discípulos por su parte están perturbados porque presienten lo que todo aquello puede significa y porque tampoco terminan de entender los signos y gestos que Jesús está realizando.
Pero es el momento en que Jesús derrama sobre sus discípulos amados todo lo que se está desbordando de su corazón. Jesús marcha, pero les dice que seguirá con ellos; Jesús marcha pero les anuncia que quiere tenerlos para siempre junto a El; Jesús les habla de que les prepara sitio, aunque también les hace comprender que ellos también han de prepararse para todo lo nuevo que va a comenzar.
Es la ternura de un corazón que quiere quedarse junto a los suyos y que en la inventiva del amor sabrá encontrar modo para que le siga sintiendo para siempre junto a ellos. Es despertar en ellos también el deseo de emprender un camino que será camino de vida en plenitud; un camino donde hallarán la verdadera sabiduría de la vida, un camino que no puede ser sino vivir su misma vida, seguir sus mismos pasos, hacer su mismo camino, alimentarse de su verdad que les llenara de vida porque les llevará siempre a la plenitud de Dios.
Por eso les invita a poner toda su confianza en Dios, a creer plenamente en su Palabra. Se los asegura, Dios no les fallará. ‘Os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’, les dice. Y cuando le preguntan y se interrogan como hacerlo, les dice ‘yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mi’ No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama. Y les está señalando como ellos no han de desprenderse nunca de El, sino a El siempre han de permanecer unidos.
Se han de acabar para siempre los temores. La esperanza siempre tendrá que resplandecer en la vida, a pesar de tantas sombras que podamos encontrar. No nos faltará su luz, no nos faltará su vida, no nos faltará su gracia y su presencia. ¿Será así cómo verdaderamente nos encontramos y nos sentimos quienes creemos en Jesús y queremos seguir su camino? Nos podrán entrar tentaciones de duda y hasta alguna vez de desconfianza, porque somos así.
 Pero hemos de aprender a poner toda nuestra confianza en Jesús. Nos está descorriendo los velos que podrían ocultar todo el amor que encierra en su corazón. Su ternura de amor se está derramando sobre nosotros. Fundamentemos ahí toda la espiritualidad de nuestra vida.

sábado, 27 de mayo de 2017

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Juan 16, 23-28
Estamos en las vísperas de la Ascensión. Continuamos aun en el tiempo pascual que se prolonga aun hasta el próximo domingo en Pentecostés. Este día de la ascensión que vamos a celebrar mañana domingo, pero que antes hubiéramos celebrado litúrgicamente el pasado jueves, cronológicamente los cuarenta días desde la pascua, siempre tuvo una resonancia especial en la piedad popular con aquellas connotaciones que nos hablaban de los jueves que brillaban mas que el sol – jueves santo, corpus christi y día de la Ascensión -. Los ajustes laborales en la sociedad civil cada vez mas laica y alejada del sentido religioso de la vida ha trasladado a fiestas como esta al domingo, mientras quizás nos inventamos otras fiestas en el consumismo de la vida moderna.
Pero aparte estos comentarios un tanto ocasionales queremos en nuestra reflexión seguir dejándonos guiar por los textos que la liturgia nos ofrece como alimento para nuestro diario caminar. El texto del evangelio que se nos ofrece sigue la lectura continuada de lo que llamamos el discurso de la última cena de Jesús.
Las palabras de hoy tienen de nuevo esa resonancia de la despedida. ‘Sali del Padre y he venido al mundo, nos dice, otra vez dejo el mundo y vuelvo al Padre’. Ha cumplido su misión, el anuncio del Reino de Dios y nuestra redención. Como mañana escucharemos ahora nos deja su misión en nuestras manos para que nosotros anunciemos esa Buena Nueva y sigamos construyendo el Reino de Dios.
Vuelve al Padre donde vamos a tener un intercesor, mediador para siempre. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará’. Sentado a la derecha del Padre, como lo contemplaremos mañana a partir de la Ascensión y confesamos en el Credo, intercede por nosotros, es el Mediador definitivo y eterno que por nosotros ha ofrecido su sangre, para nuestra redención, para el perdón de los pecados. Por eso ahora, por esa mediación de Jesús, nos sentiremos amados de Dios para siempre. ‘Aquel día, nos dice, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogare al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Es nuestra fe. Creemos en Jesús enviado del padre, que ‘por nosotros y por nuestra salvación bajo del cielo’ como confesamos en el Credo; creemos en Jesús y amamos a Jesús porque nos sentimos inundados de su amor. Así sentiremos para siempre ese amor de Dios en nosotros. ‘El padre mismo os quiere’, nos dice. Nos recuerda aquello que ya habíamos escuchado en el evangelio. ‘Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su único Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Demos gracias a Dios por su infinito amor. Correspondamos con nuestra fe y con nuestro amor siguiendo el camino de Jesús. Anunciemos esa buena noticia a todos para que todos sepan que Dios los ama, para que todos nos sintamos amados de Dios. Sentirse amado de Dios es lo mejor que nos puede pasar.

viernes, 12 de mayo de 2017

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Cuando le tomamos aprecio a alguien es normal que nos agrade su presencia y nuestro gozo sea estar con esa persona, compartir nuestro tiempo, nuestras conversaciones y no nos gustaría separarnos de el. Si vislumbramos que tenemos que separarnos y quizás pasar largo tiempo separados seguro que sufriremos mucho por ello y haríamos todo lo que fuera necesario por nuestra parte que esas cosas no sucedan. Es el amor que se hace cercanía como la cercanía alimenta el amor. Es el amor que crea una unión espiritual entre las personas que se aman y es lo que seria tan necesario para crear esa comunión que entre todos tendría que reinar.
Pensamos en un plano humano y necesariamente espiritual, porque es ahí dentro de nuestro espíritu donde mejor experimentaremos esa comunión de amor. Es importante si esa cercanía y esa presencia física, pero es algo que va mucho mas allá y se hace muy profundo en la persona.
En ese plano humano y espiritual sentimos y experimentamos también lo que es ese sentido cristiano que nos anima desde nuestra fe. Es ese amor y esa comunión que también desde nuestra fe vivimos con Jesús como lo estaban viviendo los apóstoles cuando Jesús estaba en medio de ellos, pero que por la fuerza del espíritu tendrían que aprender a vivir de una forma nueva. Es lo que tenemos que cultivar en una verdadera espiritualidad cristiana.
‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí…’ les dice Jesús a lo largo de la cena pascual a los discípulos. Hay tristeza en sus corazones porque intuyen que algo va a pasar, aunque tendrían que saberlo pero no supieron entender los anuncios de Jesús. Les esta hablando de su marcha – ha llegado su hora, había comenzado diciendo el evangelista al principio del relato de la cena – y era el momento de la glorificación. No lo entienden, y de ahí su tristeza. Por eso les dice Jesús que no se acobarden, ‘no tiemble vuestro corazón…’
Y les habla Jesús de la trascendencia de sus vidas, les esta hablando de una nueva vida que va mas allá de esta vida terrena. El nos prepara sitio, quiere que estemos con El. ‘Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros…’ Es ahora Jesús el que no quiere separarse de nosotros, el que quiere que estemos siempre con El. Para eso ha venido para darnos vida y vida en abundancia, para que vivamos y podamos vivir en El para siempre.
Queremos estar con Jesús; Jesús quiere que estemos con El. No tenemos otra cosa que hacer que seguir el camino que El nos ha trazado, el camino que es El mismo. Se preguntan los discípulos como pueden saber el camino, y será Jesús el que proclame: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mi’.
Vivamos a Jesús, su vida, su verdad y estaremos haciendo su camino. Vivamos en su amor porque nos llenemos de Jesús y estaremos haciendo el camino. Estando con Jesús no caben los temores. Estando con Jesús nos sentimos seguros. Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrán separar del amor de Dios, como nos diría san Pablo mas tarde.

martes, 10 de mayo de 2016

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Las palabras que vamos escuchando estos días en el evangelio son el final de aquel discurso de despedida después de la cena pascual en que Jesús iba abriendo su corazón a los suyos dejando entrever su ternura y su amor. Los momentos de despedida son propicios para ese desnudar el corazón dejando entrever todos los entresijos del  alma; momentos de confidencias, momentos en que uno descubre la intimidad más profunda del alma.
Todos lo habremos experimentado en alguna ocasión, cuando hemos tenido que arrancarnos de aquellos que amábamos con un amor especial. Son palabras de testamento no solo en el sentido de últimas voluntades sino más bien querer recordar con especial intensidad todo aquello que hayamos vivido; y vienen los recuerdos y las recomendaciones, los buenos deseos y las promesas de fidelidad y de amor que nunca quiere acabarse.
Jesús les habla de su gloria y de la gloria de Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. ¿En que se va a manifestar esa gloria de Dios? ¿Cómo va a ser glorificado Jesús? Va a dar la vida eterna a los que el Padre le había confiado. Ahí está la gloria de Dios.  ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
En la entrega suprema de la cruz se nos revela la gloria de Dios; porque en la entrega suprema de la cruz se va a manifestar el amor más grande. El sacrificio de Cristo es la gloria del Señor. Por eso nosotros queremos dar gloria a Dios y la hacemos en el sacrificio del altar, que no es otro que el sacrificio de la cruz. Todo honor y toda gloria, decimos, con Cristo, por Cristo, en Cristo. Todo honor y toda gloria al Padre de la gloria para siempre desde el sacrificio de Cristo, desde el amor de Cristo.
Y ahora Jesús dice que ruega por nosotros, que estamos en el mundo aunque no somos del mundo. Ruega por nosotros que tenemos que continuar nuestra tarea en medio del mundo, porque ahí tenemos que manifestar la gloria del Señor, para que nos sintamos seguros, para que no sintamos su ausencia. Es el padre, el amigo, el hermano que no nos quiere dejar solos, que nos quiere dar garantías de que estará siempre con nosotros. En el fondo está la promesa del Espíritu que nos va a enviar desde el seno del Padre.
Hacemos nosotros también esta oración sacerdotal de Jesús para sentir su fuerza y su gracia, pero hacemos esta oración sacerdotal de Jesús porque en nuestro corazón tienen que caber todos los hermanos y por ellos también nosotros hemos de pedir. Es la oración que con verdadero sentido eclesial  hemos de saber hacer siempre.