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sábado, 20 de mayo de 2023

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

 


No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Escuchamos estas palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena, cuyos textos hemos venido reflexionando en estos días, palabras que nos hablan de despedida, de marcha al Padre, precisamente cuando litúrgicamente vamos a celebrar mañana la Ascensión.

Como hemos venido notando en las reflexiones que en torno a la Palabra nos hemos venido haciendo hay algo en lo que insiste Jesús una y otra vez. Siempre la sensación de despedida es de abandona, de la soledad en que se van a quedar después de la despedida, como suele suceder en la vida. lloramos siempre la partida de alguien por la soledad que vamos a padecer los que nos quedamos, ya sea en la despedida de alguien que marcha a otro lugar, ya sea en la partida a la hora de la muerte.

¿Nos vas a dejar solos? Jesús está repitiéndonos insistentemente que no nos deja solos, estará siempre la presencia de su Espíritu, el Espíritu de la Verdad que, como hemos reflexionado, nos lo enseñará todo, nos irá recordando todo lo referente a Jesús. Pero ahora el texto nos insiste en la oración. Tendremos la certeza de que seremos escuchados, tenemos la certeza del Padre que nos ama y nos escucha. Como nos dice Jesús, no es que El interceda por nosotros, aunque en otro momento nos diga que será nuestro intercesor, sino que el Padre nos escucha porque somos sus hijos.

‘Aquel día pediréis en mi nombre, - nos dice y nos añade aun más - y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre nos ama por el amor que le tenemos a Jesús, por la fe que hemos puesto en Jesús.  Es hermoso. Es como si alguien nos dijera que nos ama y que nos escucha, porque somos amigos de su hijo, o aquello otro que decimos tantas veces, los amigos de mis amigos son mis amigos también.

Jesús se vuelve al Padre pero no nos deja solos. La maravilla de nuestra fe nos hace descubrir una presencia que no tenemos que ver con los ojos de la cara, es lo que podemos sentir en el corazón. Algunas veces en nuestros momentos de fervor nos llenamos de añoranzas y nos ponemos a pesar si nosotros hubiéramos estado allí, en aquellos momentos de los que nos habla el evangelio, cómo habría sido nuestra fe, como nosotros no le hubiéramos abandonado ni rechazado, con cuanto fervor hubiéramos vivido junto a El. Pero en la maravilla de nuestra fe, como decíamos, no necesitamos de esa presencia que palpemos con los ojos de la cara. Hay algo místico y maravilloso que nos hará sentir, nos hará vivir esa presencia de Jesús junto a nosotros. Es lo que ahora tenemos que intensificar.

Es lo que vivimos en nuestro sentido de Iglesia, es lo que vivimos en los sacramentos, es lo que vivimos con nuestra oración y mira que Dios nos escucha, pero es también lo que vivimos en el encuentro con los hermanos; cuando estamos reunidos en su nombre allí está en medio de nosotros. Pero es también que en cada hermano que viene a nuestro encuentro está viniendo Jesús a nosotros, en cada gesto de amor que nosotros tengamos para los demás es como si a El se lo estuviéramos haciendo. ‘Todo lo que hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis’, que nos dice Jesús.

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor.

jueves, 9 de junio de 2022

Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

 


Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26

Muchas veces habremos rezado el salmo 22, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta’. Hemos disfrutado de la belleza, sencillez y al mismo tiempo profundidad de ese salmo; nos hemos regocijado sintiéndonos servidos por ese pastor que nos lleva a los mejores pastos, nos ofrece las mejores fuentes, cuida de nosotros para reponer nuestras fuerzas o curar nuestras heridas; ese pastor que nos prepara una mesa en la que él mismo sirve ungiéndonos con el óleo de la alegría, ese pastor que nos hace gozar y disfrutar de la misericordia del Señor.

¿Quién es ese pastor? El evangelio nos habla del pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros; el pastor cuya voz conocen sus ovejas, pero conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre; el pastor que es capaz de dar su vida por sus ovejas porque cuando ve venir al lobo no huye sino que le hace frente, poniéndose por medio para salvar a sus ovejas. Y Jesús nos dice que El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas conocen y escuchan su voz.

Este salmo que hemos comenzado comentando y haciendo como una paráfrasis es precisamente el que nos ofrece hoy la liturgia en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que celebramos en este jueves posterior al domingo de Pentecostés. Si la liturgia nos lo ofrece a nuestra consideración y para nuestra oración mientras celebramos esta fiesta es porque viene bien a definirnos el sentido del Sacerdocio de Cristo.

Es el nuevo sacerdocio que en Cristo se establece. Hermosas son las consideraciones que nos hace la carta de los Hebreos sobre este nuevo Sacerdocio del Nuevo Testamento. No es en función de una herencia familiar como lo era en el Antiguo Testamento. Aarón fue consagrado por Moisés a la hora de constituir el pueblo de la Alianza a partir del Sinaí y serían los descendientes de Aarón, de la familia y tribu de Leví, los que constituirían ese sacerdocio.

Función del sacerdote era la de ser mediador y puente – por ese se le dice pontífice – entre Dios y el pueblo encargado de ofrecer en nombre del pueblo los sacrificios a Dios y de trasmitir de parte de Dios su palabra para el pueblo. Pero con Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, ¿quién podría expresar mejor lo que significaría ese nuevo sacerdocio para el nuevo pueblo de Dios? Es Jesús el verdadero mediador, en cuanto Dios y hombre verdadero, y quien no ofrece un sacrificio cualquiera sino que se ofrece a sí mismo dando su vida, derramando su sangre para nuestra salvación. Se constituye así Jesucristo en Sacerdote, víctima y altar, Sumo y Eterno Sacerdote como hoy lo proclamamos y celebramos.

Ese sacerdocio de Cristo del que todos participamos en virtud de la consagración de nuestro Bautismo, pues con Cristo hemos sido ungidos para ser con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos nosotros los que nos unimos a esa ofrenda de Cristo ofreciendo con nuestra vida sacrificios agradables al Padre. Somos un pueblo sacerdotal unido al sacerdocio de Cristo.

Pero esta fiesta del Sacerdocio de Cristo es también la fiesta de aquellos que participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo, ejerciendo esa especial función dentro del pueblo de Dios, los presbíteros, participes de ese sacerdocio de Cristo de manera especial por el Orden Sacerdotal. Se configuran de manera especial con Cristo para con la fuerza del Espíritu ejercer ese ministerio sacerdotal en el pueblo de Dios. En nombre de Cristo se convierten en nuestros pastores, para que a imagen de Cristo, Buen Pastor, también nos conduzcan hacia fuentes tranquilas que reparen nuestras fuerzas en virtud de su ministerio.

Han de ser la imagen de Cristo, a pesar de sus debilidades, para traernos a Cristo y para atraernos hacia Cristo. Divina la función que tienen que ejercer y que solo podrán realizar con la fuerza del Espíritu del que tienen que sentirse revestidos con una fuerza especial. Cuidan del pueblo de Dios como pastores, pero han de sentirse cuidados por ese pueblo de Dios que escucha su voz, como escuchan a Cristo.

De ahí cómo tiene que arropar el pueblo de Dios a sus sacerdotes y no en una oración esporádica que hagan en un día como hoy que se recuerde el sacerdocio de Cristo, sino que ha de ser la oración constante del pueblo de Dios la que los sostenga para que el ángel del Señor los libere de todo mal, como liberó a Pedro de la cárcel por la oración de la comunidad cristiana que apoyaba a su pastor, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Recemos, pues, por los sacerdotes para que con la gracia del Señor se mantengan fieles a su ministerio y servicio al pueblo de Dios en las diversas funciones que han de realizar en la comunidad cristiana mientras se les permita realizar su función.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua pasando de la muerte a la vida

 


Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua pasando de la muerte a la vida

Isaías 49,8-15; Sal. 103; Juan 5, 17-30

El camino de cuaresma que vamos recorriendo se va acercando a su meta; aun nos quedan días, un par de semanas para llegar al triduo pascual, pero la Palabra de Dios que ha venido iluminando nuestro camino se va intensificando precisamente con los relatos en que aparece ya cómo los dirigentes judíos quieren quitarse de en medio a Jesús.

Lo consideran algo así como un hereje o un blasfemo porque la afirmación que va haciendo Jesús de sí mismo y tal como nos va apareciendo en el evangelio es algo que no pueden soportar, que no pueden admitir. Que Jesús llame a Dios Padre, aunque lo de menos serían las palabras a las que se podría dar muchas interpretaciones, sino la actitud con que se manifiesta Jesús como verdadero Hijo de Dios que se manifiesta en total fidelidad a lo que el Padre le ha pedido. Esto colma el vaso, podríamos decir, supera todo lo que puedan aceptar, tienen que quitarlo de en medio.

Son textos que nos ayudan a definirnos en referencia a Jesús, son textos que nos van manifestando toda esa intriga contra Jesús por parte de las autoridades judías y los que se consideran principales dirigentes del pueblo judío; toda esa inquina con la que irán preparando su muerte. Pero como nos dirá Jesús en otro momento, nadie le quita la vida, sino que El la entrega libremente, porque con una misión ha venido y ha llegado la hora del anuncio del Reino de Dios y su realización cuya culminación estará con su entrega en la cruz por nosotros y por nuestra salvación.

¿Qué nos queda a nosotros? Poner toda nuestra fe en El. Así obtendremos vida eterna. Como nos dice hoy; ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’. Podremos poseer la vida para siempre, la vida eterna, pasamos de la muerte a la vida. En nosotros se ha de realizar la pascua. Porque no es solo un recuerdo lo que nosotros vamos a hacer; vamos a vivir, a vivir la Pascua de Jesús, hacerla realidad en nosotros. Por eso hemos de pasar de la muerte a la vida. Con Cristo hemos de morir, el pecado ha de quedar sepultado para siempre en nosotros; lo hemos de arrancar y arrojar de nuestra vida.

Muchas señales de esa renovación hemos venido viendo a través del evangelio que hemos venido escuchando; pero esa renovación tiene que realizarse en nosotros. Siguen siendo momentos de reflexión, de examen de nuestra vida, de ver cual es la realidad que hay en nosotros, de analizar con todo detalle de todo aquello de lo que tenemos que arrancarnos y aunque nos cuesta dar los pasos necesarios de renovación, de encuentro con la gracia, de llenarnos de la vida nueva que nos ofrece Jesús.

Por eso es tiempo de mucha oración. No es algo que vamos a ir realizando por nosotros mismos. Es una gracia del Señor, pero tenemos que orar para abrir de verdad nuestro corazón a esa gracia, hemos de orar para sentir la fuerza de Dios en nosotros, la fuerza del Espíritu Santo que nos transforma, hemos de orar porque no será algo que hagamos solo por nosotros mismos sino que será con la fuerza del Señor.

Tiempo de oración y tiempo de acercarnos a la gracia sacramental. Es en el Sacramento donde se realiza ese momento de gracia, ese momento de renovación verdadera de nuestra vida; es el sacramento donde nos gozaremos en el perdón del Señor para tantas debilidades de nuestra vida, y es en el sacramento donde podremos llegar a sentirnos hombres nuevos de gracia porque comenzaremos a vivir a Jesús. ‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna… sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’, escuchábamos y repetíamos hace un momento.

Es lo que se va a realizar en nosotros. Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua.

jueves, 17 de septiembre de 2020

No nos quedemos en formalismos ni en ritualismos sino que busquemos siempre el encuentro vivo y sincero, el encuentro lleno de amor que nos llenará de vida

 


No nos quedemos en formalismos ni en ritualismos sino que busquemos siempre el encuentro vivo y sincero, el encuentro lleno de amor que nos llenará de vida

1Corintios 15, 1-11; Sal 117; Lucas 7, 36-50

Algunas veces hay cosas que en si mismas tendrían un hondo sentido humano, de cercanía y de amistad, pero que sin embargo tenemos el peligro de desvirtuar cuando no ponemos algo en aquello que hacemos como meramente formal. Una comida es signo y una muestra de amistad, sentamos en nuestra mesa a aquellos que apreciamos, y el encuentro en torno a una comida más que la comida en sí vale por lo que significa de encuentro y de tender lazos de amistad. Es algo de lo que vemos en el evangelio de hoy que además tiene muy hondos significados.

¿Por qué invitó aquel fariseo a Jesús a comer a su casa? No queremos entrar en juicios descalificatorios del actuar del fariseo, pero nos atenemos a lo allí sucedido. ¿Era una muestra de amistad y aprecio hacia Jesús? Bien sabemos que también había fariseos que querían escucharle y vemos cómo Nicodemo acude de noche a Jesús. ¿Quedar bien ante aquella situación que se iba desarrollando aunque aún no entendiera plenamente lo que Jesús pretendía? ¿Acaso poner a prueba a Jesús para ver sus reacciones, tal como vemos que en otras ocasiones hay fariseos y escribas al acecho de lo que hace Jesús?

Apreciamos sin embargo que aquella comida era meramente formal; quizá se sintiera presionado por sus otros compañeros fariseos que estaban también invitados a la misma mesa por aquello de los respetos humanos. No había cercanía porque le veremos luego con sus pensamientos y sospechas en su interior ante lo que va sucediendo y lo que Jesús realiza. La acogida con el agua que se ofrecía al huésped según llegara a la puerta, los besos de saludo a los que eran tan dados los orientales y los mismos fariseos habían faltado, los perfumes como era habitual para hacer más agradable la estancia de sus invitados brillaban por su ausencia. Esos ritos, llamémoslo así, que se ofrecían como signo de hospitalidad en esta ocasión no se habían realizado. Algo hondo había faltado en lo que se suponía tenía que ser un hermoso encuentro.

Pero lo sorprendente fue la presencia de aquella mujer, una pecadora pública, que se atreve a introducirse en la sala del banquete y llegar hasta los pies de Jesús. Tales son sus lágrimas que se ven lavados los pies cuando agua antes no se le había ofrecido; los besos humildes de amor se multiplicaban en los pies de Jesús y el frasco de alabastro lleno de caro perfume se derramó sobre los pies de Jesús inundando su perfume toda la estancia y a los comensales.

Por el interior del corazón y la mente del fariseo que había invitado a Jesús su sucedían imágenes contrapuestas y los deseos de expulsar a aquella mujer, pero también la sorpresa de ver que Jesús se dejaba tocar así por una mujer pecadora que le besaba de tal manera sus pies. ‘Si supiera quién es esta mujer…’ pensaba el fariseo en su interior, en un interior lleno quizá de rabia y de impotencia por no saber qué hacer o cómo actuar.

Pero es Jesús el que conoce los pensamientos de Simón y el que se adelanta a tomar la palabra. Ya conocemos la pequeña parábola que Jesús le propone de los dos hombres que fueron perdonados y donde pregunta Jesús quién le amará más. Resalta Jesús que sí conoce que aquella mujer es pecadora, pero que ha tenido los gestos de hospitalidad y cercanía que Simón no había tenido, porque aunque era pecadora había ahora mucho amor en su corazón y todas aquellas muestras eran de arrepentimiento. En aquella mujer no había formalidades sino que en aquella mujer había sinceridad y había amor. Por eso sus muchos pecados le eran perdonados, porque amaba mucho.

Hermosa lección la que podemos aprender hoy en este evangelio. Unos gestos y unos signos que nos están invitando a la sinceridad y a la autenticidad. Somos pecadores, pero seamos capaces de poner mucho amor en nuestra vida y en nuestro arrepentimiento.  Quizá tendría que hacernos pensar en cómo es la manera con que nos acercamos nosotros a Jesús buscando su perdón, cómo nos acercamos y vivimos el mismo sacramento de la Penitencia.

Cuántas veces vamos por puro formalismo, porque toca confesarnos, porque llega la semana santa o acaso hace tiempo que no lo hacemos y pensamos que tendríamos que hacerlo; pero quizá vamos por cumplir, porque nos falta en que queramos de verdad ir al encuentro del Señor que sabemos que nos ama y que nos ofrece su perdón. Se nos queda quizá muchas veces en ritualismo pero no hay encuentro, confesamos es cierto nuestros pecados, pero vamos a ver como terminamos lo más pronto posible y nos falta esa apertura del corazón, esas muestras verdaderas de amor para un auténtico arrepentimiento. Quizá mucho en este aspecto nos puede hacer pensar este pasaje del evangelio.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


jueves, 25 de mayo de 2017

Hemos de aprender a vivir toda la experiencia de la pascua, renaciendo de nuevo a nueva vida, reencontrándonos con el Señor y llenándonos de alegría

Hemos de aprender a vivir toda la experiencia de la pascua, renaciendo de nuevo a nueva vida, reencontrándonos con el Señor y llenándonos de alegría

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20
‘¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver? Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’
No terminaban de entender los discípulos lo que Jesús les estaba diciendo. Lo comprenderían mas tarde; después de la experiencia de la pasión, muerte y resurrección, después de la experiencia pascual; lo comprenderían desde la presencia del Espíritu que Jesús les prometía y que les haría comprender todas las cosas. Es desde esa presencia del Espíritu desde el que podrán reconocer que Jesús es el Señor; será con la fuerza del Espíritu con el que pedro el día de Pentecostés proclamara que Dios ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos a aquel a quien ellos habían crucificado.
Lo que Jesús ahora les estaba diciendo iba a tener cumplimiento inmediato en la pasión a punto comenzar. Lo contemplarían muerto en la cruz y llevado al sepulcro. Ellos estarían tristes, pero para sus enemigos aquello podía parecer un triunfo. Pero con la experiencia de la resurrección se llenarían de alegría, con un gozo que ya nadie les podría quitar. Porque en la resurrección estaba la manifestación de ese triunfo, así podrían en verdad reconocerle como Señor y como Mesías. Habían de pasar por la experiencia de la pasión, de la muerte; era la experiencia de la pascua.
Será también nuestra experiencia por la que aprenderemos también a reconocer a Jesús. Es la experiencia de muerte que vivimos cuando caemos en el pecado. Si, por el pecado nos alejamos de Dios, la vida se nos llena de la negrura de la muerte y mientras permanecemos en el no podemos gozar de esa presencia de Dios, porque hemos arrancado esa gracia de nuestra alma. El pecado nos sumerge en la negrura de la tristeza porque nos falta el que nos puede dar la verdadera alegría.
Pero hemos de aprender a vivir toda la experiencia de la pascua, renaciendo de nuevo a nueva vida, recuperando a gracia en el sacramento. Es el gozo de la reconciliación, es el gozo del perdón. Un sacramento que vivimos con alegría renacida en nuestra alma porque nos reencontramos con el Señor. Es vivir el sentido de la pascua. Morir y resucitar, pasar de la muerte a la vida, llenarnos de nuevo de la gracia y de la vida. Volver a reencontrarnos con el Señor, como los discípulos después de la resurrección que se llenaron de inmensa alegría.
Es el sentido verdadero que hemos de darle al sacramento de la penitencia. No tenemos miedo, sino que llenos de esperanza porque confiamos en el amor del Señor vamos a su encuentro para la vida, para la alegría y para el gozo, para vivir la vida nueva del Señor.


viernes, 24 de febrero de 2017

Sintamos que el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida

Sintamos que el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12
‘Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Así responde Jesús a la pregunta que le hacen los fariseos. Así nos manifiesta lo que es la voluntad del Señor. Así nos esta recordando lo que es la grandeza y la maravilla del amor.
Tenemos que recordarlo. Es meta y es ideal. Es camino. Un camino hermoso, el camino del amor verdadero, del amor que sabe entregarse y hasta es capaz de olvidarse de si mismo por el amor que tiene. Es el camino del amor que lleva a la unión mas profunda, ‘ya no son dos sino una sola carne’, nos dice Jesús recordando el texto bíblico con lo que esta establecido desde el principio, que va en lo mas hondo y profundo de nuestro ser, lo que es la voluntad del Dios que nos ha creado, y nos ha creado a su imagen y semejanza.
Sin embargo reconocemos que no es fácil, porque muchas veces el amor se puede viciar, se puede enfriar y debilitar. Lo tenemos en la experiencia de la vida. Ya lo sentían como un problema en el tiempo de Jesús con los planteamientos que le están haciendo los fariseos que expresan la real inquietud que hay en ellos, como sigue siendo problema de todos los tiempos y de hoy mismo.
No sabemos muchas veces encontrar solución. Se nos rompen tantas veces las relaciones de las parejas que incluso nos parecían más estables, mas enamoradas. Pero bien sabemos que la construcción y salvaguarda del amor no es tarea de un día, sino que tiene que ser tarea permanente. Hemos de cuidar el amor, porque pueden ser muchas las cosas que nos tienten por acá y por allá.
Cuidarlo desde el principio abonando bien nuestra vida en una profunda y verdadera formación. Sabemos que las cosas de la vida no son fáciles y hemos de prepararnos y fortalecernos para afrontar los problemas, para preservarnos de los peligros, para fundamentar nuestra vida en verdaderos valores y en profundos principios que nos ayuden a encontrar esa estabilidad emocional.
Sentir siempre el amor con todas sus consecuencias de entrega y de sacrificio no como una carga sino como una alegría, la alegría de nuestra vida, porque nos lleva por los caminos de la realización personal pero no de una forma aislada sino precisamente compartiendo nuestra vida con el ser que amamos; y eso nos dará mayor plenitud, las mayores satisfacciones, las alegrías mas profundas.
Y hay un fundamento que el creyente, el cristiano ha de saber poner muy bien. El amor es algo que nos sobrenaturaliza porque nos llena de Dios y entonces a Dios hemos de saber sentirlo y hacerlo siempre presente en nuestro amor. Frente a la debilidad de nuestra condición humana que nos inclina al pecado la gracia divina es nuestra más profunda fortaleza. Hagamos presente de verdad a Dios en nuestra vida y con su gracia nos sentiremos divinizados y se fortalecerá de verdad nuestro amor.
Y sepamos comprender, sepamos tener entrañas de misericordia, nunca nuestros juicios ni nuestros prejuicios empañen nuestra mente hasta llevarnos a juzgar o condenar a nadie. Sepamos ser comprensivos para alentar, para animar, para apoyar, para saber estar al lado de los que puedan padecer problemas en esta tarea tan hermosa del amor matrimonial. Y también que nuestra oración los acompañe, para que nunca un matrimonio cristiano olvide esa gracia del Sacramento que no solo fue en aquel momento de la celebración, sino que esa gracia se hace presente en cada momento de amor, de encuentro, de alegría matrimonial y familiar y se hace presente también en los momentos de dificultad para dar fuerza en esa situación. 

viernes, 12 de agosto de 2016

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

Amar no siempre es fácil. Hemos de reconocerlo sin miramientos ni complejos. Podemos llamar amar a muchas cosas, pero tendríamos que ver si realmente es amor. Amar entraña un darse, una donación de si mismo, un ir al encuentro del otro, un hacer suyos sus sentimientos porque ya me importa él (o ella) más que yo, no es anularse pero sí aprender a olvidarse de sí mismo, un pensar mas en la felicidad del otro porque será lo que verdaderamente me hará feliz, ser capaz de ser paciente y tener siempre esperanza, es confiar porque sé valorar a quien amo… cuántas cosas podríamos decir y no terminamos de explicar todo lo que significa amar de verdad. 
Y eso cuesta. Y tenemos que aprender a ir al encuentro del otro. Y muchas veces tendremos que decirnos no, aunque nos cueste, para hacer feliz al otro y yo seré entonces de verdad feliz. Cuesta porque en el fondo muchas veces seguimos pensando en nosotros mismos, en lo que podemos obtener, en lo que vamos a recibir y no somos capaces de vaciarnos de verdad. Cuesta porque ir al encuentro del otro significa aceptarle; y eso es aceptarle como es, también con sus limitaciones, pero aún así quiero amarlo. Y eso nos hará felices porque veremos feliz al ser a quien amamos. Por eso decimos que el amor es sublime, es grandioso, es una experiencia espiritual, será algo que nos transformará profundamente nuestro ser.
Por eso cuando encontramos el amor lo dejamos todo. Queremos estar con el amado y queremos que sea para siempre; y no queremos que nada se interponga, y superamos todo lo que haya que superar para seguir disfrutando de esa entrega, de ese amor que nos llenara de verdad por dentro. Amamos y nos sentimos poseídos por ese amor; no es ya poseer sino ser poseído.
No es fácil, nos cuesta. Parece muchas veces que el amor se rompe; quizá no pusimos los buenos cimientos para el encuentro y nos faltó garra en nuestra donación; quizá amenazaban atisbos de egoísmo que todo lo enturbiaban; en medio de la buena semilla que queríamos plantar podía aparecer la cizaña del orgullo, de la vanidad, del amor propio que parecían estropear aquel maravilloso campo del amor; muchas cosas podían confundirnos y hacernos perder la intensidad de la entrega; parecía que todo se podía echar a perder y tenemos el peligro de romperlo todo porque no sabemos superar los cansancios de la intensidad de la entrega.
Y Jesús nos recuerda hoy que el amor es uno y es para siempre. Que tenemos que saber desprendernos de todo para poder darnos totalmente por quien amamos y queremos hacerlo de verdad. Y eso vale para todo nuestro amor cristiano; y eso es especialmente importante en la sublimidad del amor matrimonial.
Y es que Dios está ahí en medio de ese amor; Dios es el que consagra ese amor y nos da la fuerza de su Espíritu para poderlo vivir en su total integridad. Y Dios quiere que no lo olvidemos, que sepamos contar con El; y en ese amor Dios se hace presente y ese amor es sacramento (signo verdadero) de la presencia de Dios. Y con Dios a nuestro lado será más fácil vivir la sublimidad del amor.

viernes, 20 de mayo de 2016

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Jesús hace camino con nosotros en la vida. Lo vemos en el evangelio yendo de un lado para otro siempre al encuentro con la gente. Muchos venían hasta El; El se acercaba a todos; a todos escuchaba, para todos tenía palabras de vida, palabras de luz que iban iluminando sus caminos no siempre fáciles.
Las situaciones vitales que muchos vivían no eran fáciles; estaban las dificultades de cada día por lograr la supervivencia en un pueblo pobre y con muchas necesidades; estaban sus carencias, sus limitaciones que se manifestaban en las enfermedades, en las discapacidades que iban apareciendo en sus cegueras, en su invalidez, en la sordera y así en muchas cosas más; pero estaban también las dificultades de la convivencia en el seno de las familias, en el encuentro con los demás motivados muchas veces desde egoísmos o ambiciones que lo hacían difícil.
Para todos tenía una palabra de luz y de vida; en El encontraban fuerza y esperanza; con El se abrían nuevos caminos para sus vidas. Era la salvación que llegaba con Jesús y a todos alcanzaba; era el Reino nuevo de Dios que se anunciaba y se iba instaurando en aquellos que aceptaban el camino de Jesús.
Vienen hasta Jesús con sus problemas, pero en ocasiones había personas interesadas en tratar de desprestigiarle, o de ponerle a prueba. Es lo que sucede hoy cuando le plantean el problema del divorcio. La respuesta de Jesús es contundente porque recuerda lo que es la voluntad de Dios desde el principio. El matrimonio ha de ser un encuentro de amor para vivirlo en plenitud. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Pero como decíamos en el inicio de la nuestra reflexión no siempre los caminos son fáciles. Hemos de tener bien claras cuales son nuestras metas y nuestros principios y por ellos hemos de luchar sabiendo que nos va a costar. Y esa es la realidad que nos encontramos en las familias y en los matrimonio. Nada tendría que llevarnos a la ruptura y al desencuentro; todo tendría que ir orientado siempre a esa comunión de amor y para eso será necesario superar muchas cosas que se nos atraviesan en el corazón y que crean esas rupturas. Somos conscientes de cuanto de todo eso sucede en nuestro entorno y no siempre se tiene la suficiente fortaleza para mantener esa unidad, para preservar esa comunión.
Cristo que se hace presente en nuestra vida con su gracia ha querido convertir la realidad matrimonial en un sacramento de su presencia. Por eso nos da la gracia del sacramento que santifique nuestro amor matrimonial. Sin la gracia del Señor, solo con nuestras fuerzas, seríamos incapaces de mantener esa unidad porque bien sabemos cuantas son las tentaciones que nos acechan y cuanta es la debilidad que hay en nuestro corazón. Pero la gracia sacramental no fue cosa de un momento, allá cuando celebramos el sacramento, sino que es algo que se prolonga en toda nuestra vida a través de cada gesto de amor. En ese amor se hace presente Jesús, nos llena de su gracia,  santifica nuestra vida.
Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial y así podamos preservarlo siempre de todo peligro para que todo, y en todo momento, nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor.

jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

jueves, 28 de mayo de 2015

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23; Sal. 39; Lc. 22, 14-20
‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios…’ Así hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
El es el Sacerdote eterno, que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la Nueva Alianza en su Sangre derramada para el perdón de los pecados; es nuestro Redentor y nuestro Salvador; es el Pontífice que está sentado para siempre a la derecha del Padre en los cielos, como confesamos en el Credo, intercediendo para siempre por nosotros.
Tenemos ya para siempre ‘entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ por el sacrificio de su vida. En la antigua alianza al Santuario no podía entrar sino el sumo sacerdote una vez al año; ahora ya tenemos la entrada libre porque Cristo nos ha abierto las puertas de los cielos; El se ha ofrecido, ha derramado su sangre para siempre para que para siempre podamos acercarnos a Dios. El se ha ofrecido en sacrificio por nosotros y nuestros pecados están perdonados; El en su Sangre nos ha consagrado haciéndonos participes de su vida para siempre.
Es lo que hoy celebramos contemplando a Cristo sumo y eterno sacerdote, pero que a nosotros, a todos en virtud del bautismo nos hace sacerdotes, para que podamos hacer ofrendas espirituales y agradables a Dios con nuestra vida. Al ser ungidos en el Bautismo con Cristo nos hemos convertido en sacerdotes, profetas y reyes. Todos tenemos que darle gracias a Dios; hoy es una oportunidad grande para hacerlo.
Pero como decimos en el prefacio de la misa de este día ‘El no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo tu pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de esta sagrada misión’. Como hemos escuchado en el Evangelio cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía instituye también el nuevo sacerdocio; ‘haced esto en memoria mía’, les dice a los apóstoles para que para siempre pudiéramos seguir haciendo presente de forma sacramental el sacrificio de Cristo. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte de Jesús, como nos dice san Pablo, estamos celebrando el sacrificio de Cristo en la Cruz; y eso por el ministerio de los sacerdotes.
Es por lo que este día se convierte en un día sacerdotal por excelencia; por el sacerdocio de Cristo del que todos somos partícipes, pero también por el sacerdocio ministerial de aquellos elegidos del Señor para este servicio del pueblo de Dios.
Como decíamos, un día de acción de gracias por el sacerdocio de Cristo y por los sacerdotes que El ha elegido para servir al pueblo santo; un día para orar con intensidad por los sacerdotes para que podamos vivir en la gracia del Señor con esa santidad de nuestro ministerio. Un día para pedir también al dueño de la mies que envíe suficientes operarios a su mies, para que sean muchas las vocaciones al sacerdocio; un día para pedir por las vocaciones. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret


La familia es la más hermosa escuela del amor. Si no lo fuera así se destruiría a si misma. No se puede fundamentar la comunidad familiar desde otros intereses o ambiciones. Nace y se fundamenta en el mismo amor de los esposos, del hombre y la mujer que se aman y se dan y quieren compartir su vida. Es el más hermoso caldo de cultivo de un auténtico amor. Y de ahí, de ese amor brotará el más hermoso fruto de ese amor que son los hijos.
Y cuando lo hemos cimentado todo en el amor como el más eficaz fundamento los hijos harán crecer ese amor al tiempo que crecerán alimentados en ese mismo amor. Es un amor abierto a la vida que crece y se enriquece más y más cuanto más se da, cuanto más se ama. Será el hermoso taller donde construimos la vida en su más profunda felicidad. De ahí cuanto hemos de cuidar la familia, cuánto hemos de cuidar el amor para que nunca se vea empañado por ninguna perturbación ni ninguna tentación a encerrarse en si mismo porque lo haría egoísta y lo destruiría.
Pero somos humanos y erramos muchas veces y nuestro corazón se contagia de muchas cosas que pueden perturbar ese amor. Pero el creyente cristiano sabe bien donde ha de alimentar ese amor, donde encontrará la fuerza que no solo lo mantenga sino que lo haga crecer. Es el abono de la gracia divina que enriquece la vida matrimonial y familiar con el sacramento del matrimonio.
El creyente sabe que no camina solo. Junto a él está la gracia divina que alimenta su amor, lo fortalece y lo enriquece. Y es que Jesús no nos deja solos nunca en el camino de la vida. Sabe de nuestras debilidades y flaquezas, que nuestro espíritu muchas veces tiende a atrofiarse y a enfermarse con muchos males, porque nos sentimos tentados al egoísmo y al encerrarnos en nosotros mismos, aparecen las ambiciones y nos malean los orgullos y los recelos.
El nos garantiza la seguridad y fortaleza de su gracia. Como solemos decir cuando una pareja cristiana celebra con todo sentido el sacramento del matrimonio no solo hay un compromiso adquirido por los propios contrayentes a vivir a ese amor según el sentido y el estilo de Cristo, sino que Cristo mismo se compromete a acompañar ese camino de amor de aquel matrimonio y de aquella familia que nace. Por parte de Cristo no nos faltará nunca la asistencia de su gracia. Tendríamos nosotros que saber contar más con El.
En el marco de la Navidad, del misterio de Dios que se hace Emmanuel, que quiere ser Dios con nosotros y para eso se ha hecho hombre, encarnándose en el seno de María, además de redimir nuestra vida de tantos males con los que la destrozamos, hoy se nos quiere mostrar el misterio de la Sagrada Familia de Nazaret, de aquel hogar de José, María y Jesús. Cómo tenemos que aprender de aquel hogar, de aquella sagrada familia de Nazaret. Quiso Cristo al asumir nuestra naturaleza humana nacer y crecer en el seno de un hogar, de una familia, para así mostrarnos todo lo que es la riqueza de su gracia que nos acompaña.
Si comenzábamos diciendo que la familia es la más hermosa escuela de amor, qué podríamos decir de aquella Sagrada Familia de Nazaret. En el amor de aquel hogar nació y creció Jesús. ‘El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba’, nos dice el evangelista. El niño crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia de Dios en el caldo de cultivo del amor de aquella familia de Nazaret.  ¡Qué hermoso pensamiento!

viernes, 12 de diciembre de 2014

Atendamos bien a la Palabra del Señor que nos enseña y que nos guía para acoger a Dios que llega nuestra vida

Atendamos bien a la Palabra del Señor que nos enseña y que nos guía para acoger a Dios que llega nuestra vida

Is. 48, 17-19; Sal. 1; Mt. 11, 16-19
‘Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues’, pero tú no has atendido a mis mandatos; así viene a decirle el profeta al pueblo de Israel de parte de Dios. Como hemos recitado más de una vez con los salmos ‘ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis el corazón’. Nos viene bien recordarlo.
Los profetas ayudaban al pueblo de Dios recordándoles la fidelidad a la Alianza que habían de vivir. Eran el pueblo de Dios y como tal habían de comportarse, lo que les exigía fidelidad, vigilancia para no dejarse confundir ni arrastrar por malos caminos, apertura de corazón a lo que es la voluntad de Dios escuchando con fe su palabra. Pero cuántas veces se dejaron confundir y se dejaron arrastrar por caminos que no eran los caminos de Dios.
Nosotros ahora en este camino de Adviento que vamos haciendo también escuchamos a los profetas que también nos ayudan a nosotros en esta preparación para la navidad que es el Adviento que queremos vivir. Eso mismo que le pedían los profetas al pueblo de Dios está llegando a nosotros también como Palabra de Dios que nos ayuda, que nos despierta de nuestras modorras y rutinas, que aviva en nosotros también esos deseos de Dios, de su salvación, de su vida, de su gracia.
Son esas actitudes importantes y fundamentales a las que nos invita también la Iglesia para mantenernos en la espera de la venida del Señor. Algo importante es la vigilancia tan necesaria al que espera algo. Esperamos pero lo grandioso de lo que vamos a recibir nos hace estar atentos, vigilantes para que no nos encuentre desprevenidos ni dormidos. Lo grande y maravilloso es la presencia del Señor que llega a nuestra vida. El Bautista con el mismo sentido de los profetas nos ha dicho que tenemos que preparar los caminos.
Atentos junto a ese camino por el que llega el Señor a nuestra vida no nos podemos distraer con otras cosas de manera que pueda pasar inadvertida esa presencia de Dios. Y en nuestro entorno hay muchas cosas que nos pueden distraer por la manera de concebir, por ejemplo, lo que es la navidad para gran parte de la gente que nos rodea. Y si les hacemos caso y ponemos toda nuestra atención en esas superficialidades puede pasar inadvertido para nosotros ese paso de Dios, esa llegada de Dios a nuestra vida. Pensemos en cuantas cosas superfluas ponen como centro de atención de su manera de entender la navidad muchos de los que nos rodean.
Que no sean solo unos días para pasarlo bien, para quedar con los amigos o incluso con la familia, pero de manera que nos olvidemos lo que tiene que estar en el verdadero origen de lo que son las fiestas de Navidad. Porque nos podemos olvidar de Jesús muy preocupados por nuestros regalos o nuestras comidas.  Atentos, vigilantes para recibir al Señor que llega a nosotros en el Sacramento; atentos y vigilantes para vivir con todo sentido y profundidad nuestras celebraciones religiosas, no simplemente porque hagamos celebraciones bonitas, sino porque hagamos celebraciones vivas en que haya verdadero encuentro sacramental con el Señor y su gracia.
Atentos y vigilantes también para descubrir la presencia del Señor en los demás, en cuantos pasan a nuestro lado a los que tenemos que regalar nuestro amor, sobre todo y de manera especial en los pobres y en los que sufren, en los que se sienten solos o en los que van desorientados por la vida, en los que nadie quiere o en los sufren tantas discriminaciones. Que la atención y apertura de nuestro corazón para descubrir al Señor que llega a nosotros en esta navidad nos enseñe a tener una mirada distinta hacia los que nos rodean, pero que aprendamos no a hacerlo solamente estos días porque quizá haya una especial sensibilidad porque es navidad, sino que esa mirada sepamos seguir teniéndola todos los días de nuestra vida. Entonces haremos que sea navidad de verdad cada día de nuestra vida.
Es la manera de preparar bien los caminos del Señor. Es la mejor manera de seguir al Señor para encontrar la luz de la vida, como hemos dicho en el salmo. Que atendamos bien a lo que son los mandatos del Señor, a la Palabra del Señor que nos enseña y que nos guía, como nos decía el profeta.

jueves, 29 de mayo de 2014

Hoy es pascua para nosotros porque sentimos el paso salvador del Señor con su gracia en nuestros sufrimientos y debilidades



Hoy es pascua para nosotros porque sentimos el paso salvador del Señor con su gracia en nuestros sufrimientos y debilidades

‘La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (Cf. Mt 4,24) son un signo maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca’.  Dios ha visitado a su pueblo confesaba la gente cuando contemplaba las obras de Jesús sanando a los enfermos, expulsando demonios, resucitando a los muertos.
Esta mañana nosotros hemos de decir lo mismo: ‘Dios ha visitado a su pueblo’, Dios está con nosotros, pasa el Señor por nuestra vida con su Pascua. Estamos aun en el tiempo pascual, aunque quizá tendríamos que decir que para el cristiano siempre es pascua, porque vive  del misterio pascual,  pero también porque cada día con los ojos de la fe bien abiertos ha de contemplar ese paso salvador del Señor por su vida. Pero hoy de manera especial es Pascua entre nosotros. Es lo que hoy también nosotros estamos celebrando; decimos la ‘pascua del enfermo’, y queremos en verdad sentir la presencia salvadora de Jesús en nuestra vida.
No es necesario detenernos a recordar con mucho detalle lo que tantas veces contemplamos en el Evangelio. Jesús que está siempre al lado y de parte de los que sufren. ‘El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras debilidades’, como había anunciado el profeta. Se muestra siempre compasivo y misericordioso allí donde hay un hombre que sufre. No pasa nunca de largo; tenderá su mano para levantar al que está tendido ya sea en una camilla o en cualquier otra postración, tocará con su mano el cuerpo enfermo para sanarlo, palpará el cuerpo enfermo o los sentidos atrofiados, se dejará tocar por la gente que se apretuja a su alrededor, siempre tiene una palabra de paz, de aliento, de vida para todos los que están a su lado sufriendo. Con El llega la vida y la salvación, la salud para los cuerpos pero sobre todo la salvación más profunda que nos inunda con su amor y con su paz llenando nuestros corazones de alegría.
Hoy nosotros también nos acercamos a Jesús. El dejó encargado a sus discípulos que habían de hacer lo mismo que El había hecho, por eso cuando los envía a anunciar el Reino de Dios los envía a curar enfermos y resucitar muertos, a llevar la salvación y la vida, la esperanza y la paz a todos los corazones.
Nosotros venimos con nuestros cuerpos enfermos o debilitados por el paso de los años; pero nosotros venimos también con muchas penas en el alma, muchas soledades quizá, muchas cosas que nos pueden amargar el corazón, muchas tristezas y desencantos porque con el paso de los años las cosas quizá no han caminado como nosotros pensábamos que iban a caminar y ahora nos encontramos aquí.
Pero tengamos paz, porque en el Señor la vamos a encontrar; dejemos que brille su luz sobre nuestras vidas. Quizá nuestros cuerpos sigan doloridos o debilitados y probablemente cada día más, pero el Señor viene a llenar de vida nuestros corazones. El con su presencia nos da el consuelo más profundo porque nos está llenando de su amor; un amor del Señor que se hace patente en nuestra vida en el amor y cariño de aquellos que nos atienden; en el amor y cariño de tantas almas generosas que ponen su granito de arena para que sea posible lo que aquí encontramos. Tenemos que darle gracias al Señor por tantas cosas que recibimos.
Vamos a celebrar el sacramento que nos sana y nos llena de vida el alma, y si ponemos toda nuestra confianza en el Señor veremos que también es posible que vivamos nuestros sufrimientos y debilidades de manera distinta y nos podamos sentir curados de esas enfermedades que nos entristecen el alma. El Señor con su pascua viene a nuestra vida y su paso va a ser salvador para nosotros. La fuerza del Espíritu divino va a estar con nosotros y nos sentiremos transformados por dentro lo que ha de manifestarse y expresarse luego en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestra manera de ser más comprensivos con los demás, en la manera cómo vamos a poner todo nuestro empeño para que cada día haya más paz y armonía en nuestras relaciones y nuestra convivencia va a ser mejor cada día.
Con la fuerza del Espíritu del Señor en nosotros nos daremos cuenta del valor que tiene nuestra vida y también nuestros sufrimientos y dolores, porque podremos unirnos a la pasión del Señor y con esa cruz nuestra de cada día vamos a caminar al lado de la cruz de Jesús sintiendo además que El va a ser nuestro Cireneo que nos ayudará a hacer más liviana nuestra cruz. Tengamos fe y seamos capaces de ponernos al lado de la cruz de Cristo y veremos como nuestra cruz se transforma con el oro del amor.
Ahí está la gracia del Señor que nos acompaña y nos hará vivir de una forma nueva y distinta estos últimos años de nuestra vida. Mirando la cruz de Jesús y sintiéndolo a nuestro lado nos daremos cuenta de la trascendencia que tiene nuestra vida y no nos dará miedo mirar más allá para contemplar la vida eterna y dichosa que nos espera junto a Dios.
En el Bautismo comenzamos a conformarnos con la muerte y la resurrección de Cristo, ahora recibiendo este Sacramento de la Unción, podríamos decir, que estamos llevando a plenitud ese configurarnos más y más con Cristo porque le estaremos dando un sentido y un valor a nuestro sufrimiento y a nuestra debilidad. Nos estamos uniendo a la Pascua salvadora de Cristo con nuestra vida,  con nuestro dolor, con nuestra debilidad, con nuestros muchos años y todo eso se convierte en vida para nosotros y en vida para nuestro mundo.
Nos unimos a Cristo y ya no pensamos solo en nosotros mismos sino que miramos nuestra mundo que todos deseamos que sea mejor y vamos a poner nuestro grano de arena para ello ofreciendo nuestra vida por nuestro mundo, por la salvación de los pecadores, por la santidad de la Iglesia, por todos aquellos que luchan y trabajan por hacer un mundo  mejor para que no les falte nunca la gracia y la fuerza del Señor. Nosotros con la ofrenda de nosotros mismos que hoy hacemos estaremos contribuyendo a ello para que a todos llegue la gracia del Señor. Qué valiosa se vuelve así nuestra vida con la gracia del Señor para bien de nuestro mundo y de nuestra Iglesia.
Vivamos con hondo sentido pascual nuestra celebración. Que podamos decir cuando terminemos nuestra celebración con todo sentido ‘Dios ha visitado a su pueblo’, porque en verdad sintamos muy vivamente su presencia y su gracia.