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jueves, 29 de mayo de 2014
Hoy es pascua para nosotros porque sentimos el paso salvador del Señor con su gracia en nuestros sufrimientos y debilidades

martes, 17 de enero de 2012
Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado
jueves, 2 de junio de 2011
Confortados con el don del Espíritu permanezcan en la fe y la esperanza
os adjunto la homilia preparada para la celebración del sacramento de la Unción de los Enfermos
Sant. 5, 13-16; Sal. 70; Mc. 16, 15-20
Cuando Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret su misión nos dice con el texto de Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’.
Lo anunciado de forma prográmatica, podríamos decir, en Nazaret lo veremos cumpliéndolo en las obras que va realizando con todo aquel que sufre, curando a los enfermos y anunciando la gracia salvadora del Señor que con El nos llegaba. Muchos son los enfermos que acuden a él con sus males y para todos tiene una palabra de salud, de salvación y de paz. Será el mandato también que dará a los apóstoles cuando los envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva del Evangelio y entre las cosas que han de ir realizando como señales de la llegada del Reino de Dios es curar a los enfermos.
Pero ¿el Reino de Dios era la curación de los enfermos o más bien esa liberación de la enfermedad, esas curaciones, eran señales del Reino nuevo de Dios que había de manifestarse en muchas más cosas? Nos quedamos con esta segunda respuesta. Eran las señales de esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros liberados de todo mal y de todo sufrimiento. Eran las señales de la salud total, de la salvación que El viene a traernos. Por eso exigirá siempre fe en El, les llenará de paz, y habrán de sentirse de una forma nueva tras ser curados por Jesús.
Lo que hemos escuchado de la carta de Santiago es la forma explícita y concreta de cómo se ha de ir realizando ese mandato de Jesús. Es la expresión de lo que va a ser el sacramento de Jesús para los enfermos, los sufren o los que se sienten debiles en su cuerpo o en su espíritu. Jesús nos deja signos de su presencia que son los sacramentos en los que por la fuerza del Espíritu Santo siempre podemos ver a Jesús y llenarnos de su vida y de su gracia.
Hoy lo queremos realizar y celebrar de forma extraordinaria aquí entre nosotros. Vamos a celebrar el Sacramento de la Unción de los Enfermos y vamos a sentir y experimentar en nosotros la presencia salvadora de Jesús. Vamos a cumplir con el mandato del Señor que ahora hacemos sacramento, realizando los signos sacramentales de la imposición de las manos y de la unción, pero que vienen como a recoger todo lo que es ese sacramento de Dios para nosotros que es la acogida que la Iglesia os hace en las personas de los que os atienden. Piensen queridos ancianos y ancianas que están acogidos aquí este hogar que todas las atenciones que reciben de las Hermanitas y de cuántos os atienden, no es sino el cumplimiento del mandado de Jesús de realizar su misma obra. En esos cuidados, en esas atenciones que día a día reciben aquí en este hogar tienen que ver siempre la mano de Jesús que os ama, os cuida y os atiende por manos de estas hermanitas y de cuantos prestan sus servicios para vosotros en este hogar. No hacemos otra cosa que cumplir con el mandato de Jesús, y ustedes, queridos ancianos y ancianas, sois para nosotros imagen de Jesús, porque a El lo vemos en vuestros rostros y con el amor que a El le tenemos así os queremos amar y servir a vosotros.
Vamos, pues, a celebrar lo que estamos realizando cada día. Son ustedes sacramentos de Dios para nosotros. Y ahora, realizando el rito sacramental, queremos hacer presente a Jesús de forma sobrenatural en vuestras vidas para que os llenéis de la gracia y la fortaleza del Espíritu que anime también vuestras vidas, os dé fortaleza en medio de la debilidad de vuestros años, sane vuestra alma dolorida también por tantas cosas y os llene de su gracia y de su paz.
Os invito a todos a vivir con profunda fe esta celebración. Os invito queridos ancianos que vais a recibir la gracia del Sacramento que en la mano del sacerdote sobre vuestra cabeza que os unge sintáis por la fe la mano del Señor que os hace llegar su gracia y su amor. Es Cristo que llega a nuestra vida, que camina a nuestro lado, que hace suyos nuestros sufrimientos, que nos da consuelo y paz, que nos inunda con su gracia y su perdón.
Y todo esto tiene que manifestarse en unos frutos muy concretos en vuestra vida. Por supuesto que es la gracia del Señor que os hace presente el amor de Dios que os perdona y os fortalece. Pero precisamente, por esa gracia que recibís, vuestra vida tiene que ser distintaK; distinta porque por la gracia del Señor descubráis ese sentido nuevo que tiene para vosotros vuestra debilidad y vuestra enfermedad; sentido nuevo porque sabréis uniros al sufrimiento de Cristo, a su pasión y a su cruz, con la pasión de vuestros sufrimientos y debilidades ofrecidos con amor. El amor de Dios, el amor de Cristo hizo que aquella pasión y aquella cruz tuvieran valor y sentido redentor. Pues, de la misma manera, poned amor y poned fe en la cruz de vuestros sufrimientos y cuánto valor salvífico pueden tener para nuestro mundo tan necesitado de la gracia del Señor en tantos problemas y necesidades que sufrimos hoy en nuestra sociedad.
Pero aún más, podemos decir, porque desde la gracia del Señor habrá una nueva forma de sufrir y de vivir. En el Señor encontraréis fuerza para llevar con paciencia vuestras flaquezas y dolores; en el Señor encontraréis fuerza también para saber superar esos malos momentos por lo que muchas veces pasamos a causa de nuestros sufrimientos, pero que quizá también en nuestra impaciencia, por nuestras angustias y desesperos, algunas veces podemos hacer pasarlo mal también a los que están a nuestro lado.
Que seamos capaces de superar malos humores; que sepamos superar nuestras tristezas y angustias y nunca llenemos de tristeza o de angustia a los que están a nuestro lado; que aprendemos a aceptarnos mutuamente como somos comprendiendo que si nosotros estamos sufriendo por nuestros males, el otro que está a nuestro lado también está pasando su sufrimiento, y asi en consecuencia mirándonos a nosotros mismos seamos comprensivos con los demás. Hay ocasiones que nos volvemos exigentes, antipáticos, hasta egoístas a causa del mal que llevamos en nuestra debilidad o dolor; pues que aprendamos a mejorar y a superarnos para no ser causa de sufrimiento nunca para los demás. La gracia del Sacramento a eso nos ayuda también.
En una de las oraciones de la liturgia de la celebración del sacramento, cuando se celebra con ancianos, pedimos ‘concédeles que confortados con el don del Espíritu Santo, permanezcan en la fe y en la esperanza, den a todos ejemplo de paciencia y así manifiesten el consuelo de tu amor’. Que esos sean unos frutos que se manifiesten en nosotros tras la celebración de este sacramento.
sábado, 8 de mayo de 2010
Una palabra de dicha para vosotros ancianos y enfermos de parte del Señor
‘Al ver Jesús el gentío se subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándolos…’ Es el comienzo del sermón del Monte que empieza proclamando las bienaventuranzas.
¿Quiénes formaban parte de aquel gentío? En medio de toda aquella multitud había gente que sufría en su corazón y estaban llenos de inquietudes en su espíritu; habría enfermos e impedidos, pues ya la fama de Jesús se había ido extendiendo y unos valiéndose por sí mismos a duras penas con la esperanza de la salvación y de la salud, otros conducidos en rudimentarias camillas por sus familiares y amigos, ciegos, cojos, sordomudos, paralíticos, atenazados por diferentes males y sufrimientos allí estaban ante Jesús.
¿Qué es lo esperan y qué es lo que van a escuchar y a recibir? Comienza Jesús con algo que podría resultar paradójico para muchos, pero que va a ser el meollo de su Buena Nueva, de su Evangelio. Comienza llamando dichosos a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed, y pasaría su mirada por cada uno de aquellos que allí estaban a su alrededor y llenos de esperanza; pero llamará también dichosos a los que tenían buen corazón y saber compadecerse y ser misericordiosos con los demás, a los que buscan el bien o a los que les toca sufrir precisamente por hacer o buscar lo bueno y lo justo. Es la paradoja de las Bienaventuranzas de Jesús.
Pero esa bienaventuranza la escuchamos los que esta mañana (tarde) aquí nos hemos congregado para esta celebración. A vosotros, queridos ancianos y enfermos, el Señor quiere llamaros dichosos, decir que la felicidad, la verdadera, es para vosotros también aunque os sintáis débiles por el paso de los años, o sufriendo por los dolores que de un lado de otro van apareciendo en vuestros cuerpos y en vuestras vidas. Pero es la felicidad y la paz que el Señor quiere daros con su presencia. Con paz, fortalecidos interiormente, queriendo darle un verdadero sentido y valor a la debilidad o al sufrimiento que vamos padeciendo, tenemos que salir de aquí hoy porque el Señor viene a vosotros, el Señor quiere hacerse presente aquí en medio nuestro y con El siempre encontramos paz y valor verdadero para nuestra vida.
Como expresaremos en el prefacio ‘has querido que único Hijo, autor de la vida, médico de los cuerpos y de las almas, tomase sobre sí nuestras debilidades para socorrernos en los momentos de prueba y santificarnos en la experiencia del dolor’. Como había anunciado el profeta ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras debilidades’, nuestras enfermedades. Por algo nos invita a ir a El ‘todos los cansados y agobiados, que yo os aliviaré’.
Jesús, el justo, el Hijo de Dios tomó nuestra condición humana y, además de compadecerse de nuestras miserias y nuestros dolores, pasó también por el sufrimiento, por el dolor, porque pasó por la muerte y la cruz. El ha ido delante de nosotros en ese camino de dolor y sufrimiento. El quiere ayudarnos a darle un sentido y un valor a la vida, pero también a las debilidades que aparecen en nuestra vida cuando nos aparece la enfermedad, la debilidad de la ancianidad y todo tipo de sufrimiento.
Ya sabemos cómo se acercaba a los enfermos para llenarlos de vida. Daba vista a los ciegos o hacía oír a los sordos, levantaba de la postración de sus camillas a los inválidos y curaba a los leprosos, hacía que cesara el sufrimiento de tantos atenazados por el dolor y daba vida a los muertos resucitándolos. Con Jesús llegaba la vida, la salud y la salvación.
Es lo que Jesús quiere seguir haciendo hoy. En su Iglesia ha dejado los signos sacramentales de su presencia, y en especial el sacramento con el que El quiere estar junto al que sufre, al enfermo, al que se siente débil. Es el Sacramento de la Unción que hoy queremos celebrar, estamos celebrando. ‘En el signo sacramental de la Unción , por la oración de la Iglesia, nos libras del pecado, nos confortas con la gracia del Espíritu Santo y nos haces partícipes de la victoria pascual’.
Por eso nos enseña Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará’. Es lo que Jesús les había mandado a los discípulos cuando los envió a anunciar el Reino de Dios. ‘Curad enfermos, resucitad muertos…’
Pero hay algo que no quiero dejar de subrayar. ‘Nos hace partícipes de su victoria pascual’. Cristo se hace presente a nuestro lado, en nuestro lecho de dolor o en nuestro sufrimiento para hacernos partícipes de su Pascua, para que nos unamos a El en su Pascua. Con nuestro dolor y nuestro sufrimiento, desde nuestra debilidad nos podemos unir a la pasión y a la cruz de Jesús, tenemos que aprender a unirnos a la pasión y cruz de Jesús con la certeza de la vida y de la resurrección, porque nos estamos uniendo al misterio pascual de Cristo.
Qué valor nuevo y grandioso adquiere nuestra vida aunque esté debilitada por el dolor y el sufrimiento. Es el valor redentor que Cristo le dio con su amor a la ofrenda de su pasión y de su cruz. Es la ofrenda de amor que nosotros hemos de aprender a hacer de nuestros sufrimientos y debilidades. Qué riqueza le da el amor a nuestra vida aunque nos parezca que nada valemos y que somos inservibles en las condiciones en que estamos.
Cuando aprendemos a hacerlo, cuando hacemos esa ofrenda de nuestra vida, sentiremos de manera especial a Cristo junto a nosotros y nos llenaremos de su fortaleza y de su paz, de esperanza y de paciencia, y nos sentiremos en verdad confortados en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.
Vivamos con fe este momento. Sintamos que es el Señor el que viene y nos pone su mano sobre nosotros. Médico de los cuerpos y de las almas, Cristo llega a nuestra vida y ese signo de la unción con el óleo santo nos lo está haciendo presente. Claro que sí, es a nosotros a quien Jesús nos llama dichosos. ¿No nos llenamos de dicha y de paz con su presencia? Es lo que hemos pedido en la oración, ‘concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad, la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo’. Para vosotros es el reino de Dios.
Pero una cosa, también llama dichosos a los que son compasivos y misericordiosos, los que tratan de enjugar una lágrima o hacer brotar una sonrisa y un nuevo aliento. Que seamos muchos los que vivamos también esa dicha porque así llenemos nuestro corazón de misericordia para con los demás. Es una palabra que el Señor quiere deciros religiosas, voluntarios, trabajadores en este hermoso campo de la salud, enfermeros/as, médicos y tantos que cuidan de una manera o de otra a los enfermos, a los ancianos o a todos los que sufren alguna limitación en su vida. Sentid vosotros también ese gozo en el corazón de esa Palabra de dicha que el Señor os dirige. Vosotros con vuestro amor estáis haciendo presente también el Reino de Dios.
viernes, 7 de mayo de 2010
El Espíritu para la concordia y para el amor verdadero
El texto hoy proclamado de los Hechos de los Apóstoles, junto con los escuchados en días precedentes nos relatan lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén. Habían surgido algunas controversias, como hemos venido escuchando, al ir creciendo el número de los que se adherían a la fe y sobre todo al anunciársele el evangelio también a los gentiles.
Algunos querían seguir imponiendo las costumbres de la ley de Moisés y por ello desde la comunidad de Antioquia se envía a Bernabé y Pablo a consultar a los ancianos y apóstoles de Jerusalén. Se discute y se llega a un acuerdo, pues como Pedro reconocería ‘Dios me escogió para que los gentiles oyeran de mi boca el mensaje del Evangelio y creyeran. Y Dios que penetra los corazones, mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros’.
Es por eso por lo que tras tensa discusión envían la solución del conflicto con una carta a aquellas comunidades desde donde habían sido enviados Pablo y Bernabé. Y es aquí donde quiero fijarme de manera especial. ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Eran conscientes de que en medio de aquella discusión el Espíritu Santo era el que les iluminaba y les guiaba. Y con esa fuerza del Espíritu encontrarán la solución para evitar las discordias y los enfrentamientos. Es el Espíritu Santo el que les lleva a la concordia y a la paz en medio de la Iglesia.
El Espíritu que Jesús había prometido que lo enseñaría todo y os recordaría el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo que sigue obrando y actuando en la Iglesia de Dios, a pesar de que los hombres que formamos la Iglesia no siempre seamos lo buenos que tendríamos que ser, por decirlo de alguna manera.
Es el Espíritu del amor y de la unidad. El Espíritu que nos congrega como Iglesia para alabar y bendecir al Señor. ‘Con la fuerza de tu Espíritu das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística.
Por la fuerza del Espíritu Santo que se derrama sobre los dones del pan y el vino de la Eucaristía serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor, por eso en la segunda invocación del Espíritu Santo en la segunda plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’.
Muchas veces estas palabras de la oración eucarística nos pasan un tanto desapercibidas porque las escuchamos y decimos tantas veces que tenemos el peligro de no ahondar lo suficiente en su sentido y profundidad pero nos recuerdan algo muy importante, que es la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada día de los cristianos.
Así podríamos pensar en todos y cada uno de los sacramentos que tienen su virtualidad y fuerza por la acción del Espíritu Santo. Ya que estamos en estos días por otro lado reflexionando sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, así lo manifestamos en la fórmula del sacramento, o sea en las palabras que dice el Sacerdote al hacer la Unción. ‘Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo…’
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del mandamiento del amor. ‘Que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. ¿Cómo podremos llegar a un amor así? Porque la medida del amor que Jesús nos propone es bien alta. Sólo con la fuerza del Espíritu podemos realizarlo. Muchas veces decimos que es a mi me cuesta amar a aquella persona… ¿has probado de pedir la fuerza del Espíritu Santo para que pueda llenar tu corazón de amor y de amor de una forma concreta a esa persona que tanto te cuesta amar?
Que se derrame sobre nosotros el Espíritu del amor, de la unidad y de la paz.
jueves, 4 de febrero de 2010
Enviados para realizar los mismos signos de salvación de Jesús
Salmo: 1Cro. 29, 10-12
Mc. 6, 7.-13
‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos… ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’
No hace muchos días escuchamos cuando Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El, ‘los hizo sus compañeros’, decía el evangelista. Iba a confiarles su misma misión. Hoy vemos cómo Jesús los envía para que realicen lo mismo que El ha estado realizando. El anuncio del Reino de Dios que exige la conversión; el Reino de Dios que se ha de manifestar en la transformación de la vida desde el perdón, la misericordia y la compasión; el anuncio del Reino de Dios que lleva vida y salvación a los hombres. Es lo que vemos reflejado en este texto que nos resume lo que hacían los apóstoles enviados por Jesús.
‘Echaban muchos demonios…’ dice el evangelio. ¿Qué viene a realizar Jesús sino arrancar el mal del corazón del hombre? Es lo que realizan los apóstoles en su predicación realizando signos y milagros como Jesús. Es la tarea de la Iglesia, que la Iglesia sigue realizando, desde el anuncio de la Palabra de Dios que invita a la conversión, que nos ofrece el perdón y la gracia del Señor. Es misión de la Iglesia llevar a los hombres hasta Dios para que se llenen de su gracia y de su vida.
Y nos dice también que ‘ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’ Ungir con aceite es un signo del amor y de la compasión; es el bálsamo que cura y que sana; es el bálsamo del amor que viene a sanarnos desde lo más hondo de nosotros; es la expresión de la misericordia. Diríamos que el aceite era como una medicina que se empleaba para calmar los dolores o curar de la enfermedad. Podemos recordar cómo el buen samaritano unge con aceite al hombre malherido que está tirado junto al camino y lo lleva a donde lo puedan curar.
Es la expresión de lo que la Iglesia misericordiosa y compasiva, que quiere reflejar el rostro misericordioso y compasivo de Dios, ha realizado también a través de todos los tiempos. Ahí están tantas obras de misericordia y de amor; ahí están tantas obras de la Iglesia en todos los tiempos para la atención y cuidado de enfermos, ancianos, de todo el que se siente abandonado en su pobreza. Ha realizado y sigue realizando en tantas y tantas instituciones de la Iglesia, en tantos religiosos y religiosas que tienen el carisma de la misericordia y del amor para con los más necesitados, enfermos, ancianos, marginados de la sociedad; en tantos cristianos comprometidos que atienden a los pobres, visitan a los enfermos, se comprometen en voluntariados generosos de atención al prójimo.
Pero estos signos. de los que nos habla el evangelio hoy que realizaban los apóstoles enviados por Jesús, pueden indicarnos algo más de esa salvación de la que la Iglesia es portadora. Son los sacramentos por los que nos llega la gracia y la salvación de Jesús. Signos sagrados que significan y son la gracia del Señor, según la definición tradicional. Cuando se nos anuncia el Reino de Dios al que hemos de convertirnos, al aceptarlo nos unimos a Jesús para vivir su misma vida, para hacernos partícipes de su salvación. ¿Cómo realizamos esa unión con Cristo y esa participación en su vida salvadora? A través de los sacramentos nos llenamos de la gracia de Jesús.
Ese ungir con aceite a los enfermos nos recuerda precisamente uno de los sacramentos, en concreto el sacramento de la Unción de los Enfermos. Ese, como todos sabemos, es el signo del sacramento, la imposición de manos y la unción con el óleo santo, para hacernos presente a Jesús que nos sana y nos salva con su gracia.
La Iglesia, enviada como los Apóstoles, sigue realizando el mismo mandato de Cristo, sigue realizando la misma salvación de Cristo. Es la obra del amor, de la misericordia, de la compasión que nosotros hemos de realizar también con los demás.