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martes, 7 de mayo de 2024

La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

 


La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Todos sabemos de ausencias y de soledades. Es el amigo al que nos sentíamos muy unidos pero que por circunstancias de la vida tuvo que ausentarse y marchar a otros lugares donde ya se nos hace difícil el trato personal, la cercanía de quien incluso físicamente lo sentíamos a nuestro lado, que era para nosotros un apoyo grande en ese camino de la vida, que siempre tenía para nosotros la palabra amable y acertada, quizás el aviso y la corrección ante lo que pudiéramos hacer o lo que hubiéramos hecho, pero que ahora ya no podemos contar de la misma manera con su presencia. Deja soledades en el corazón, queremos aun en la distancia tenerlo cerca, buscamos los medios – hoy por supuesto con los modernos medios de comunicación lo tenemos más fácil – de seguir en contacto y en comunicación.

Pero es la ausencia más fuerte del ser querido que se nos va, que ha terminado su ciclo en esta vida terrena y la muerte nos lo arranca, y ya no podemos sentir ni el calor de su mano, ni la ternura de su mirada, y nos sigue doliendo su ausencia por mucho que sea el tiempo que pase y a lo que no terminamos de acostumbrarnos. Podríamos pensar en otras ausencias y en otras soledades que sentimos en la vida, tras una ruptura, tras un alejamiento del corazón, tras tantas barreras que en la vida tantas veces encontramos que nos destruyen por dentro, pero que a pesar de dolores del alma y sufrimientos nunca podemos dejar de recordar.

Son algunas experiencias humanas que he querido evocar al contemplar lo que está sucediendo en el corazón de los discípulos de Jesús en aquella noche de la cena pascual. Aunque Jesús les hablaba claramente, les era difícil entender, pero intuían algo por así decirlo misterioso al menos para ellos ahora que había de suceder. Las palabras de Jesús suenan claramente a despedida pero también a recomendaciones, pero también a sembrar nuevas esperanzas en los corazones, porque les está hablado de una presencia nueva y distinta que van a comenzar a vivir.

Como les dice Jesús es necesario que el vuelva al Padre. Es su glorificación, aunque aquella glorificación ha de pasar por la pasión y la muerte. Pero Jesús vive y vivirá para siempre. Nosotros seguimos en tiempo pascual que es celebrar precisamente esa vida de Jesús resucitado para siempre junto a nosotros. Ahora les dice que de alguna manera comprende la tristeza que está surgiendo en sus corazones. Pero les anuncia también algo nuevo. No estarán solos, porque no les faltará el Espíritu de Jesús, vuelve al Padre de donde será enviado el Espíritu consolador.

‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’

El nos enviará al Paráclito, al Espíritu Santo que va a transformar esa tristeza de los corazones en verdadera alegría. Será la fuerza de Dios en sus corazones para realizar la misión que Jesús les está encomendando. Será la Sabiduría divina que inundará sus corazones para que todo lo comprendan, para que todo lo puedan recordar, para que todo lo puedan vivir de un modo nuevo. Recordamos cómo Jesús les abría los corazones para que pudieran entender las Escrituras y su cumplimiento. Por eso con la fuerza del Espíritu es cómo vamos a sentir viva en nosotros la Palabra de Dios contenida en la Escritura Santa.

Es la fuerza de su Espíritu el que nos dará esa presencia viva de Jesús que nos llena de su gracia. Es la fuerza del Espíritu el que hará posible los sacramentos para que aquella agua del bautismo sea para nosotros fuente de vida eterna que nos hace hijos de Dios, que hará que aquel pan y aquel vino de la Eucaristía no sea solo un alimento para nuestro cuerpo, sino que alimentándonos del Pan de vida podamos tener vida para siempre y seamos resucitados en el último día; es el Espíritu que nos fortalece en la dificultad y en la enfermedad haciéndonos presente junto a nosotros al Jesús que da la vista a los ciegos, levanta de su camilla al paralítico o resucita a los muertos, es el Espíritu que hace posible en todos y cada uno de los sacramentos la presencia y gracia de Dios que en cada momento de la vida nos hace mantener el camino de nuestra fe.

La vuelta de Jesús al Padre, la vamos a celebrar el próximo domingo en su Ascensión, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de gracia y santidad poniendo nueva alegría a nuestra vida. Como escucharemos en el día de la Ascensión de la misma manera que lo vemos irse subiendo al cielo, volverá junto a nosotros para hacernos sentir una presencia nueva.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

 


Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1Corintios 1, 3-9; Marcos 13, 33-37

La vida del creyente, y sobre todo la vida del creyente cristiano es una vida que está en espera. Y son importantes estas dos palabras ‘está’ y ‘esperanza’. Y decimos está porque vivimos el momento presente, el hoy y el aquí, en toda su cruda y al mismo tiempo dichosa realidad. Y decimos en esperanza, porque siempre estamos esperando, pero ¿qué esperamos? ¿Qué este momento presente cambie y mejore? También. ¿Qué en este momento presente sintamos la presencia del Señor? Por supuesto. ¿Porque se espera la venida del Señor? Es importantísimo aunque algunas veces parece que lo olvidamos, se nos diluye demasiado este aspecto.

El creyente del Antiguo Testamento esperaba la venida del Señor, la venida del Mesías Salvador. Ese era su camino. Era el aliento de los profetas que querían preparar al pueblo, que querían tener un pueblo bien dispuesto; fue la tarea finalmente de la inminente venida del Mesías que realizaría Juan el Bautista allá en el desierto junto al Jordán. Nosotros seguimos viviendo en esperanza de algo inminente pero que no sabemos cuando. Sí. Esperamos la segunda venida del Señor. Como decimos en la liturgia ‘mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Y vivimos en el presente con nuestras luchas, con nuestras debilidades y con nuestras tentaciones, con los momentos de inquietud y con algunos momentos de serena paz por eso rezamos y pedimos vernos preservados de todo peligro y de toda tentación. También es nuestro grito como en el final del Apocalipsis ¡Ven, Señor Jesús!

Pero fijémonos que esta actitud de espera en la venida del Señor está muy presente en la liturgia y así tendría que estar presente en nuestra vida. Pero hemos de reconocer que muchas veces decimos palabras en la liturgia que no están reflejando de verdad lo que nosotros llevamos en el corazón, o nosotros no vivimos lo que queremos expresar en la liturgia. Vivimos como absortos en el hoy, en nuestras preocupaciones de cada día y en nuestras luchas y nos falta con demasiada frecuencia esa trascendencia de nuestra vida, ese ser conscientes de que un día llegará un final de nuestra historia y nuestra vida y viene el Señor a nuestro encuentro.

Nos decimos creyentes, decimos que creemos mucho, lo expresamos quizá en mil devociones pero no tenemos en cuenta ese aspecto de esa venida final del Señor, de ese encuentro definitivo que un día tendremos con El. Pensemos en el sentido que le damos, por ejemplo, a la muerte como un final que se convierte en amargo por lo que dejamos atrás, pero no pensamos en lo que vamos a encontrar, con quien nos vamos a encontrar.

Y ni estamos atentos a ese momento ni nos preparamos para ese encuentro; pensemos, por ejemplo, cómo lo queremos ocultar a aquellos que se encuentran en el trance de la muerte y no les damos la oportunidad de prepararse. A lo sumo la preparación la convertimos en un rito, pero que pase de alguna manera desapercibida para quien ha de tener más importancia, para aquel que va a encontrarse definitivamente con el Señor. Cuántos problemas a la hora que la familia ayude a bien morir a una persona, y digo bien morir preparándose para la vida, para la vida eterna; luego quizá muchos llantos, muchos rezos, muchas misas, pero en vida no le dejamos prepararse, no nos preparamos. Algo puede estar fallándonos en nuestra auténtica fe y en la verdadera esperanza que tiene que animar nuestra vida.

El tiempo de Adviento que hoy estamos iniciando tendría que ayudarnos en este sentido si llegamos a comprender todo el sentido del Adviento. El Adviento, podíamos decir, tiene como dos partes; normalmente hacemos mucha incidencia en lo que es la preparación para la celebración de la navidad, pero nos olvidamos de esta parte que tiene el Adviento como preparación para esa segunda venida del Señor. Como nos recordaba hoy san Pablo ‘mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo’. Los dos primeros domingos inciden especialmente en ello.

¿No decíamos al principio que el creyente y el creyente cristiano es el que está en espera? Es lo que ahora queremos expresar, esa espera de la venida del Señor, la segunda venida del Señor en gloria. Luego nos preparamos también para celebrar su primera venida en su nacimiento en Belén, lo que es la Navidad, que tampoco se puede quedar en un recuerdo emocionado.

Celebraremos su primera venida pero siendo conscientes de que el Señor viene, el Señor sigue viniendo a nuestra vida, haciéndose presente en medio de nosotros. Esa misma celebración de la navidad que entonces tendremos tiene que ser señal de que el Señor viene y nos preparamos entonces para ese encuentro que en el día a día de nuestra vida podemos y tenemos que tener con el Señor que llega a nosotros. Nos ha dejado muchas señales de su presencia, en la vivencia intensa del amor y en la celebración de los sacramentos.

Pero eso todo este tiempo será una invitación a estar atentos, a estar preparados, a no dejarnos adormilar sino tener los ojos bien abiertos para sentir y vivir esa presencia del Señor. ‘Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento’, nos decía Jesús hoy en el evangelio. Siempre presente en nuestra vida esa conciencia de que un día nos encontraremos definitivamente con el Señor y para lo que hemos de estar preparados. Qué sentido más bonito y profundo tendría este tiempo de Adviento si llegamos a descubrir toda su riqueza, pero quizá haya tantas cosas que nos distraigan aún cuando decimos que todo lo queremos hacer para celebrar la Navidad del Señor.

Ojalá este año en que vemos mermadas muchas de esas fiestas de las que hemos rodeado la navidad y que algunas veces la diluyen nos ayude a descubrir su verdadero sentido y ya desde ahora vivamos un Adviento con verdadero sentido.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

jueves, 30 de mayo de 2019

Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere


Abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20
No entienden los discípulos lo que Jesús les quiere decir y le dan vueltas y vueltas a sus palabras para encontrarles un sentido. Refleja muy bien lo que nos sucede tantas veces. Nos cuesta entender. Serán situaciones que se nos tornan difíciles, enigmáticas, que nos cuesta aceptar o encontrarles un sentido. Serán palabras que escuchamos y no es porque no sepamos el idioma en que se nos habla, sino que se nos hace difícil interpretar; y nos preguntamos por qué nos dijeron eso, qué nos querían decir, qué interpretación tenemos que darle a lo que nos dicen. Como nos puede estar sucediendo ahora mismo cuando hemos escuchado el evangelio y no somos capaces de interpretar, no somos capaces de llevar sus palabras a nuestra vida.
Algunas veces el estado de ánimo que tengamos en ese momento también influye en que seamos capaces de entender lo que se nos dice. No está siempre el horno para bollos, como dice el refrán; pasamos por situaciones de prueba, no entender el rumbo que se va tomando en nuestro mundo, en nuestra sociedad, y hasta nos volvemos desconfiados con lo que se nos dice, no queremos ya creer, todo nos puede parecer mentira o falsedad, porque quizá no nos entendemos ni a nosotros mismos.
¿Qué hacer? busquemos serenar nuestro espíritu, busquemos sosiego y dejemos de correr tantas carreras en las que nos complicamos la vida, hagamos en cierto modo silencio en el corazón, pidamos la luz a quien en verdad puede dárnosla y dejemos que el espíritu divino actúe en nuestro interior.
Jesús les habla de que ahora le ven, le van a dejar de ver, pero que luego volverán a verle. En verdad que parece un trabalenguas. Les habla de momentos tristes que van a vivir, mientras los demás ríen, pero que llegarán momento de alegría completa. Por el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, en la última cena antes de comenzar su pasión, hay una clara referencia lo que van a vivir en aquellos días.
Parece que el mundo triunfa y por eso se ríe, porque han logrado prender a Jesús y su muerte les parece a ellos su victoria. Vendrán los momentos de la soledad del sepulcro, pero tras toda esa pasión vendrá la victoria de la resurrección. Incluso aquella muerte en la cruz es victoria de Cristo, porque es victoria sobre el mal, el pecado y la muerte. Cómo tendríamos que saber interpretar nuestra vida y lo que tantas veces nos pueda parecer fracaso, pero con Cristo no hay fracaso sino victoria.
Pero hay también una clara referencia a lo que será el tiempo de la Iglesia. Jesús tras su ascensión al cielo ya no estará visible para los ojos de la carne. Pudiera parecer orfandad y soledad, pero Jesús nos ha prometido que estará para siempre con nosotros, y para ello nos da la presencia del Espíritu. En el tiempo de la Iglesia, el tiempo que a nosotros nos toca vivir no veremos a Jesús con los ojos de la carne, pero Jesús está con nosotros. Hay momentos que se nos hacen duros, de soledad, de orfandad, de silencio, donde que quizás del entorno en que vivimos lo que vamos a recibir no sea nada bueno porque no nos faltarán las tentaciones, pero también porque estarán presentes las persecuciones.
¿Tiempos de tristeza? Tenemos que aprender a sentir la alegría de la fe en nuestro corazón; tenemos que aprender a valorar la presencia del Espíritu en nosotros; tenemos que saber descubrir que Jesús está siempre con nosotros, y vivimos su presencia en los sacramentos y en la Palabra que escuchamos, pero tenemos que aprender a descubrir la presencia de Jesús en el amor.
Abramos los ojos de la fe y comenzaremos a comprender el sentido de tantas cosas; abramos los ojos de la fe y dejándonos conducir por el Espíritu llegaremos a comprender las palabras de Jesús y el sentido nuevo que nuestra vida adquiere. Sentiremos entonces la alegría más honda en el corazón.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida



Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Todos entendemos la alegoría que nos propone hoy Jesús. Aunque no seamos del campo ni agricultores. Más o menos todos entendemos del cuidado de las plantas y de los árboles. Una planta que no es cuidada debidamente no nos dará ni la flor ni el fruto que de ella esperamos. Serán los cuidados de la tierra, la humedad necesaria, los nutrientes que necesita, la eliminación de ramas inútiles o que se secan, la poda que la fortalece.
Y Jesús nos dice que así tiene que ser nuestra vida. En la material, por así decirlo, ya tratamos de cuidarnos, de alimentarnos debidamente, de hacer los ejercicios que necesitamos para la agilidad de nuestros miembros o la fortaleza de nuestro cuerpo, de protegernos o de prevenir enfermedades y cuando surgen acudimos a quien nos pueda ofrecer remedio para recuperar nuestra salud. Hoy en la vida esto es algo que se tiene muy en cuenta, a pesar de tantas cosas nocivas que nos rodean y que pudiera atentar contra nuestra salud como atentan también contra la naturaleza. En eso hay como una nueva cultura y son muchas las campañas que surgen de un lado y de otro en este sentido. Y también el Señor quiere esa buena salud para nuestro cuerpo y para nuestra vida.
Pero bien sabemos que es mucho más lo que nos quiere decir hoy Jesús con esta alegoría de la vid y de los sarmientos que nos ofrece el evangelio. Porque tajantemente nos dirá que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Ya podemos recordar aquel episodio en que Pedro haciendo las cosas en nombre de Jesús, fiándose de la palabra de Jesús echó la red y la redada de peces fue muy grande.
Hoy nos está pidiendo que vivamos unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vida para que circule la savia, para que puedan llegar los nutrientes hasta sus ramos y sus hojas, para que pueda florecer el racimo y ofrecernos hermoso fruto. Es la gracia del Señor que necesitamos, porque es nuestra vida y nuestra fortaleza; porque es su Vida la que nos va a nutrir, la que tenemos que vivir, la que hará que tengamos buenos frutos.
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Tenemos que escuchar estas palabras de Jesús con mucha atención. Hemos de buscar la manera de permanecer bien unidos a Jesús. Quiere El estar presente en nuestra vida; hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra cosa la que vivamos.
Así tenemos que escucharle, así tenemos que meterle bien en nuestra vida, así tiene que ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Ahí está la escucha de su Palabra; ahí tiene que estar muy viva nuestra oración de cada día no hecha de una forma rutinaria sino de una forma muy viva porque es meter a Dios en nuestro corazón y nosotros meternos en el corazón de Dios; ahí está la vivencia de los sacramentos en los que El se hace presente con su gracia, porque los sacramentos no son sino presencia de Dios en nosotros.
‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’, termina diciéndonos hoy Jesús.

viernes, 26 de octubre de 2018

Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe



Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Vamos por un sendero en el que pretendemos seguir una ruta que nos lleve a alguna parte y tratamos de fiarnos de las señales e indicaciones que vamos encontrando a lo largo del camino para poder llegar a nuestra meta. Estaremos atentos a no tomar los senderos que nos aparten de nuestro camino, cuidaremos de prevenirnos de los peligros que se nos señalan que podrían no solo hacernos perder el camino sino incluso poner en peligro la vida, las señales indicadoras que vamos encontrando nos dan confianza de que vamos por el buen camino.
Hablamos de un sendero en nuestros campos, bosques o montañas, una carretera que nos enlaza entre unos lugares y otros, o de unas calles de ciudad donde podríamos encontrar muchas cosas que nos distraigan y nos hagan perder nuestro rumbo. Nos fiamos de las señales y estamos atentos a todas las que podamos encontrar. Nos dan seguridad en nuestro caminar.
Pero son las cosas a las que tenemos que estar atentos en la vida, que no es solo ir de un sitio a otro, sino que es la vida con sus metas e ideales, con el sentido que le queramos dar, o con la trascendencia de plenitud que sabemos muy bien nos señala verdaderos caminos en la vida. Son muchas las cosas que nos pueden distraer de nuestros objetivos, son muchos los caminos que se nos van abriendo delante de nosotros que nos pueden atraer, pero que nos alejarían de la meta que tengamos en la vida, son los momentos de desorientación en los que nos podamos encontrar en alguna ocasión, ¿quien nos asegura que podemos hacer un buen camino?
Es todo lo que es la vida misma, con sus luchas y responsabilidades, con sus trabajos o con sus momentos de ocio, con la familia con la que convivimos, los amigos que nos rodean, o la misma sociedad en la que tenemos que saber convivir con todos. Es compleja la vida con todas las circunstancias que la pueden rodear, con todas las personas con la que tenemos que convivir o relacionarnos, con los problemas que afectan al conjunto de la sociedad y los deseos que podamos tener en nuestro ser de querer un mundo mejor.
Pero es también el camino de nuestra fe, el camino de nuestra vida cristiana. Desde esa fe queremos seguir el camino de Jesús; desde esa fe nos confiamos en el evangelio, buena nueva de salvación para nosotros, y queremos vivir según sus parámetros. Desde esa fe sentimos la trascendencia y el valor de nuestra vida porque ponemos nuestra meta en el cielo y queremos vivir según los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone.
Pero también algunas veces se nos hace duro el camino, un camino lleno de confusiones, donde sentimos también tantas atracciones que nos podrían alejar del camino verdadero que queremos seguir. Nos podemos sentir desorientados en ocasiones, o también en algún momento podemos sentir la soledad, pero no estamos solos, no tenemos por qué perder la orientación. Jesús nos va dejando señales de presencia a nuestro lado de muchas maneras.
Es de lo que hoy nos quiere advertir en sus palabras en el evangelio. Nos dice que somos capaces de conocer las señales de los tiempos para saber si hace bueno o va a haber tormenta, y nos plantea por qué no somos capaces de reconocer esos otros signos de los tiempos que pone a nuestro lado para que no perdamos la orientación de la vida. Son las señales que tenemos que saber descubrir.
Sí, tenemos la certeza de que viene a nosotros en la Iglesia y en los sacramentos signos misteriosos y sagrados de su presencia, pero tenemos también su Palabra que nos habla al corazón, que llega a nosotros en las Sagradas Escrituras; pero nos había dicho también que cualquier cosa que le hiciéramos al prójimo a El se lo hacemos, pues ahí tenemos otro signo maravilloso de la presencia de Jesús que viene a nosotros en el hermano, y sobre todo en el pobre y necesitado.
Pero en muchas más cosas tenemos que saber leer las señales de su presencia. Y son los acontecimientos de la vida, los encuentros que podemos tener con los demás, pero también en cuanto nos sucede o sucede a nuestro alrededor. En cada acontecimiento podemos estar viendo una señal de su presencia, una llamada que nos está haciendo, una palabra que también nos habla al corazón. Son las señales para nuestro camino que tenemos que saber descubrir porque nos aparecen en el lugar más insospechado y que tenemos que saber leer para saber que hacer, qué nos está pidiendo el Señor en cada ocasión.
Que el Espíritu de Jesús que mora en nuestro corazón nos ayude a descubrir y leer esas señales que el Señor nos pone en nuestro camino de la vida, en nuestro camino de fe.



lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.

jueves, 8 de marzo de 2018

No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.


No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

No podemos bajar la guardia. Es cosa que todos sabemos. Esta frase tiene sus connotaciones quizá militares o de estrategia de defensa porque al que se le ha confiado la guardia de un puesto o una ciudad tiene que estar vigilante y no se puede dormir; en cualquier momento aparece el ladrón o el que ataca la ciudad y si nos coge desprevenidos nos robará o nos vencerá.
Pero es la vida de cada día, las metas que nos propongamos, los negocios en que nos metamos, las responsabilidades que hemos de asumir en cualquier ámbito social. Es aquel hombre que luchó y luchó para sacar adelante un proyecto y cuando estaba comenzando a pregustar las mieles del triunfo, de la meta conseguida, bajó la guardia, perdió la intensidad de sus preocupaciones y responsabilidades y pronto las cosas comenzaron a ir para detrás y el fracaso se atisbaba en el horizonte.
Es la tarea de la construcción de la propia vida con sus esfuerzos y sus luchas, con nuestro deseo constante de superarnos, de quitar malas costumbres o no dejar que el mal se vaya adueñando de nuestro corazón, es la intensidad con que hemos de vivir nuestro amor para que no se merme ni se enfríe, son esas ganas de mantener bien altas nuestras metas y no olvidarnos de adonde queremos ir o queremos llegar.
Es el camino de santidad que como cristianos queremos emprender y en donde tenemos que estar vigilantes para no caer en la tentación que nos lleve al pecado de nuevo, pero también la tentación de la tibieza o del cansancio que nos puede acechar en cualquier momento. Experiencia quizás tenemos de momentos de gran fervor, donde nos parecía que ya aquellas pasiones las teníamos controladas o aquellas situaciones difíciles las teníamos superadas y creíamos que no volveríamos a tropezar, pero un día nos encontramos débiles y volvimos a tropezar y caer en el mismo pecado.
Es como nos dice hoy Jesús en el evangelio el enemigo está al acecha, como león que nos está rondando, y las tentaciones se pueden volver más fuertes y sutiles y quizás nos habíamos debilitado, no manteníamos la misma tensión para luchar y parecía que todo se nos venia abajo. Nos sucede también en el ámbito de la fe, que si no la cuidamos nos aparecerán las dudas, nos entrará confusión con todo lo que vemos a nuestro alrededor e influye en nosotros y tenemos el peligro de perder la fe.
La vida del hombre en todos los aspectos, la vida del cristiano en este ámbito de la fe y de la gracia ha de ser siempre una ascesis, un deseo de crecimiento pero limando asperezas, enderezando lo torcido que nos pueda ir apareciendo en la vida aunque muchas veces nos duela, pero es la certeza de poder llegar a la meta.
El cristiano sabe que no puede enfriarse en su espíritu de oración, que no puede dejar de lado los sacramentos, que necesita continuamente revisarse y renovarse, que tiene que buscar siempre ese alimento de gracia que recibe en los sacramentos. Qué importante para todo cristiano el sacramento de la Penitencia; que necesaria y fundamental la Eucaristía alimento de su alma, viático para nuestro caminar.
No bajemos la guardia. Luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.



miércoles, 6 de mayo de 2015

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Hechos, 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí…  el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Volvemos a escuchar estas palabras de Jesús que ya se nos proclamaban en la liturgia del pasado quinto domingo de Pascua. Es muy conveniente que insistamos. No podemos olvidar esa necesidad de estar unidos a Cristo.
¿Qué significa ese permanecer en Cristo? Nos lo explica Jesús con esta imagen de la vid y de los sarmientos. Es necesario que corra la savia, una misma savia, por toda la planta. Si no fuera así ni viviría la planta no podemos obtener los frutos que de ella esperamos. Permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros, nos dice el evangelio. Desde que nos unimos a El por la fe y el Bautismo una nueva vida hay en nosotros. Es la vida divina, que llamamos gracia en virtud de que es un regalo del amor de Dios. Llenarnos de esa vida divina es llenarnos del amor de Dios, en sentir en nosotros, es vivir en nosotros ese amor que nos da vida y con el que necesariamente tenemos también que dar vida. Es vivir a Dios en nosotros para que nosotros al mismo tiempo vivamos en Dios.
¿Seremos en verdad conscientes de todo lo que eso significa? San Pablo llegaba a decir que ya no vivía él, sino que era Cristo el que vivía en él. Vivir esa vida divina no es cualquier cosa. Vivir ese amor de Dios tiene que transformarnos totalmente. Ya no somos los mismos; algo distinto hay en nosotros que nos hará en consecuencia actuar de otra manera, vivir lo que es la vida de cada día de otra manera; hay otro sentido, hay otra fuerza, hay otro vivir.
Se tendrá así que manifestar la santidad de nuestra vida. Llenos de Dios, de la vida de Dios, tenemos que resplandecer de divinidad, tenemos que resplandecer de amor, tenemos que resplandecer de santidad. Cuando Moisés bajaba del monte de la presencia de Dios su rostro resplandecía, tanto que se lo cubría con un velo porque dañaba los ojos de los que le miraban. ¿No tendría que ser así como nosotros resplandezcamos? ¿No tendría que brillar así nuestra vida con nuestra santidad?
¿Acaso nos podrá estar sucediendo que no estamos viviendo con toda la intensidad necesaria nuestra unión con Cristo y por eso no resplandecemos de santidad? ¿No tendríamos que revisar nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, todo eso que tendríamos que realizar para vivir esa unión con Cristo?
Pensemos también que a través de nosotros ha de llegar esa vida divina a cuantos nos rodean. Quizá por nuestra mediocridad espiritual no somos buenos canales de gracia para los demás. Es algo serio para pensar y para buscar la forma de vivir cada vez más y más unidos a Cristo. 

sábado, 28 de marzo de 2015

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Salmo Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, es la pregunta que se hacen los fariseos y los príncipes de los sacerdotes ante todo lo que había venido sucediendo. Muchos habían ido a casa de Marta y María tras la resurrección de Lázaro y creían en Jesús; otros acudieron a los fariseos y a los sumos sacerdotes para contarles todo lo que había pasado. ‘¿Qué hacemos?’ se preguntan.
Ya escuchamos lo que proclama el sumo sacerdote, que como nos dice el evangelista habla proféticamente. ‘Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’. La sentencia, en cierto modo, estaba dictada.
‘¿Qué hacemos?’, nos preguntaremos nosotros también. Estamos en las vísperas de la semana de pasión que culminará con la celebración del Triduo Pascual. ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que vamos a vivir? Mejor, ¿cómo lo vamos  a vivir?
Creo que este sábado es un momento muy importante para prepararnos. No podemos entrar de cualquiera manera en esta semana. No vamos a ser meros espectadores, sino que la pasión y la pascua tiene que ser algo que vivamos con intensidad. No nos quedamos en el recuerdo. Nosotros decimos que hacemos memorial, como lo expresamos en la liturgia cada vez que celebramos la Eucaristía, porque la pascua, la pasión del Señor tiene que ser algo que esté muy presente en nuestra vida.
Cuando ya se acercaban los días de la pascua, nos dice el evangelista que la gente se preguntaba si Jesús iba también a subir a Jerusalén. Ya escuchábamos en el evangelio que se había retirado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, porque aun no había llegado su hora. Por eso somos nosotros los que nos preguntamos si vamos a subir a la Pascua, si vamos de verdad a meternos de lleno en la celebración del misterio pascual de Cristo. No lo miramos desde fuera.
Contemplamos y celebramos la entrega de Jesús, pero que tiene que ser también el camino de nuestra entrega. También tenemos que hacer nuestra ofrenda. También tenemos que sentir esa gracia de la salvación en nuestra vida. Por eso  nos abrimos a la Palabra de Dios y seguiremos cada día impregnándonos de ella, sembrándola de verdad en nuestro corazón. La gracia del Señor llegue a nuestra vida en la celebración de los sacramentos.
Que el Misterio pascual de Cristo nos transforme. Subamos con Cristo hasta la Pascua. No temamos porque caminamos hacia la vida y aunque nos cueste vamos de la mano del Señor.

martes, 17 de marzo de 2015

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para dar vida y salud. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo’. Y es Jesús el que se adelanta y viene a nuestro encuentro. ‘Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?’
Jesús llega a nuestra vida ofreciéndonos también su salud, su salvación, su gracia. ‘¿Quieres quedar sano?’, nos pregunta. Nos sentimos postrados en nuestros problemas, en nuestras necesidades, en nuestros sufrimientos. Nos parece sentirnos solos y sin que nadie nos ampare. También algunas veces en nuestro decaimiento nos parece que quizá nadie nos ayuda. Como aquel paralítico de la piscina también decimos, ‘no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’.
Pero hemos de tener una seguridad y una certeza, Jesús viene a nuestro encuentro, Jesús está a nuestro lado, Jesús nos tiende también su mano para levantarnos. ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’. No necesitamos que se mueva el agua de la piscina, porque tenemos a Jesús verdadera agua viva que nos llena de vida.
La primera lectura como en una imagen profética nos  hablaba del agua que manaba del templo y que allá por donde se iba derramando iba llenando todo de vida y de frutos. Es la imagen que nos  habla de Jesús que es el que verdaderamente nos llena de vida, nos salva, nos inunda con su gracia. Por algo le diría a la samaritana que El tenía un agua viva que el que la bebiera no volvería a tener sed.
Es cierto que Jesús nos ha dejado unas mediaciones, signos de su presencia que son los sacramentos. El agua del Bautismo es ese signo que nos llena de la vida de Jesús porque nos hace partícipes del misterio pascual de su redención. En el agua del Bautismo nacemos a una nueva vida; bien nos viene recordarlo en este tiempo de cuaresma; es más, en la cuaresma precisamente nos preparamos para hacer esa renovación de nuestro bautismo, de nuestro compromiso bautismal. Por eso luego en el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía renovamos esa gracia, alimentamos esa vida que hay en nosotros cuando comemos a Cristo, cuando nos llenamos de Cristo.
A nuestro lado Jesús va poniendo también personas, o permite que nos sucedan acontecimientos que nos hablan de su presencia, que nos hacen sentir su presencia de gracia. No nos podemos sentir solos porque siempre habrá alguna forma, algún signo que nos recuerde esa presencia de Cristo. Abramos los ojos de la fe; reavivemos nuestra fe y veremos cómo Cristo llega a nosotros, llega a nuestra vida, y siempre será para gracia, siempre será para salvación. También Jesús nos pregunta: ‘¿Quieres quedar sano?’ y nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’.
Recordemos además cómo también nosotros podemos y tenemos que ser signos de esa presencia de Jesús para los que caminan o que sufren a nuestro lado. 

lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Anhelamos la vida eterna y deseamos ese encuentro en plenitud y para siempre con el Señor

Anhelamos la vida eterna y deseamos ese encuentro en plenitud y para siempre con el Señor

Is. 2, 1-5; Sal. 121; Mt. 8, 5-11
‘Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob… ve, caminemos a la luz del Señor’. Hermosa invitación que escuchamos ya desde el inicio del Adviento. ‘Caminemos a la luz del Señor… El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas…’ ¡Qué mejor invitación podemos escuchar!
Como reflexionamos desde el primer momento del Adviento, es una invitación a la esperanza. Hemos de estar preparados porque viene el Señor y como tenemos la seguridad de su venida estamos alertas y atentos con esperanza, y con el gozo que nos da la esperanza cuando sabemos que lo que esperamos es bueno. El que espera no vive con tristeza y amargura; está pregustando la paz que va a encontrar. En la esperanza ya vamos pregustando el gozo y la alegría de lo bueno que vamos a encontrar. Como el que sabe que le van a ofrecer una suculenta y gustosa comida, que de solo pensarlo se le hace la boca agua.
¿No tendría que hacérsenos la boca agua y hasta, como se suele decir, derretirnos por dentro por el gozo y la dicha que vamos a encontrar en el Señor? Ese momento final no es la puerta de un abismo que se abre en el que vamos a caer sin saber donde; ese momento final sí es una puerta que se abre pero para el encuentro con Dios en plenitud, porque estamos llamados a la resurrección y a la vida eterna.
Claro que eso tiene unas exigencias para nosotros, estar preparados. Es en lo que la liturgia de la Iglesia nos quiere preparar de manera especial en este tiempo de Adviento. Algunas veces cuando hablamos de preparación pensamos solo en lo más inmediato; claro que eso tenemos que prepararlo, pero pongamos las luces largas para poder ver más allá de eso inmediato del ahora. Es por lo que decimos que los cristianos desde nuestra fe le damos trascendencia a nuestra vida. Sin dejar de hacer el recorrido de cada día pensamos en la eternidad, anhelamos la vida eterna, tenemos el deseo de Dios y de que en un día podamos vivir en plenitud con El.
Por eso este tiempo del Adviento no es solo la navidad ya cercana que hemos de aprender a vivir con verdadero sentido en lo que pensamos y para lo que queremos prepararnos; también lo haremos en su momento; en el Adviento estamos pensando en esa segunda venida del Señor, en ese final de los tiempos y de la historia, en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor; para ello queremos prepararnos de verdad. Y queremos que nos encuentre en vela, vigilantes, preparados. Por eso, decía, hemos de poner las luces largas para vislumbrar esa resurrección y vida eterna a la que estamos llamados.
Cuando el camino que ahora vamos haciendo en el día a día de nuestra vida lo vamos haciendo en fidelidad y en amor, no tememos ese momento final aunque reconozcamos también nuestras debilidades y limitaciones. Si vamos poniendo fe y amor significará que queremos hacer ese camino unido a Cristo y todo eso bueno que vayamos haciendo sabemos que en el Señor va a alcanzar plenitud.
De todas maneras el verdadero creyente, el auténtico cristiano sabe vivir su vida queriendo mantener siempre la gracia del Señor, por eso acude continuamente no solo a la oración diaria y a la escucha diaria de la Palabra de Dios como verdadero alimento de su vida, sino que también acudirá a la celebración de los sacramentos que renuevan y alimentan la gracia.
En la vida de un buen cristiano siempre está presente la Eucaristía, pero siempre estará presente también el Sacramento de la Penitencia para ir renovando su vida, reconciliándonos con el Señor, alcanzando ese don del perdón de sus pecados que tanto necesita. Un verdadero cristiano es alguien que ama y desea continuamente los sacramentos.
Lo que hemos escuchado en el evangelio, ¿no lo podemos ver como una imagen del sacramento en el que nos acercamos al Señor, sintiendo que no somos dignos, para que nos sane y para que nos haga llegar su salvación? Aquel hombre quería, aunque no se sentía digno, de que Jesús llegara hasta donde estaba su criado enfermo para que lo curara. ¿No es eso lo que hace el Señor a través del sacramento cuando recibimos el perdón de nuestros pecados?

sábado, 13 de septiembre de 2014

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

1Cor. 10, 14-22; Sal. 115; Lc. 6, 43-49
¿Las obras de nuestra vida denotarán el árbol bueno que llevamos en nuestro corazón? Será quizá la pregunta que tengamos que hacernos tras escuchar el evangelio proclamado. Porque viene el Señor a ayudarnos a que nos interroguemos por dentro con toda sinceridad por nuestra vida.
‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos está diciendo Jesús. Por eso, repito, tenemos que ver los frutos que damos en nuestra vida. Y no nos vale decir que nosotros somos buenos, que tenemos buenas intenciones, ni hasta que rezamos mucho. Tenemos que hacerlo, es cierto,  y tenemos que ser buenos, pero no solo porque lo digamos sino porque estemos dando frutos de obras buenas.
Pero, como decíamos, tenemos que analizarlo con toda sinceridad, porque bien sabemos cuales son nuestras tentaciones; hemos de ser sinceros y analizar con detalle nuestras palabras, nuestras obras, nuestros gestos, esos prontos que nos salen de dentro muchas veces llenos de violencias o de resentimientos, de desconfianzas o de envidias. Y esas cosas van manchando nuestra vida.
Ya en otra ocasión Jesús nos decía en el evangelio que no es lo que entra lo mancha el corazón del hombre y lo hace impuro, en referencia a todas aquellas normas y preceptos que se habían creado declarando cosas o animales puros o impuros y que se podrían comer o no porque podrían hacer impuro el corazón del hombre. El nos dice que lo que sale del corazón del hombre es lo que hace impuro al hombre, porque ahí dentro de nosotros tenemos la codicia y la envidia, la maldad y el egoísmo, los malos sentimientos y las malas ideas, y ‘lo que rebosa del corazón lo habla la boca’, como hoy nos dice.
‘¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?’ Ya nos decía en otro momento paralelo a este que ‘no todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre’. Y nos pone la comparación de los cimientos sobre los que edificamos la casa. ¿Serán roca firme o serán arena? A nadie se le ocurriría edificar sin tener una firme cimentación sobre roca, porque sabríamos de seguro que ante cualquier temporal la casa se nos vendría abajo.
Nos puede suceder que vamos edificando así nuestra vida. Con cuánta superficialidad vamos construyendo nuestra vida, porque simplemente nos vamos dejando llevar por lo más fácil o lo más cómodo o por lo que todos hacen. Siempre decimos que hemos de darle una espiritualidad profunda para que podamos lanzarnos a lo alto, a lo más grande, a lo más hermoso. Un árbol que no tiene raíces pronto lo veremos caer arrancado de la tierra donde está plantado. Para crecer tenemos que tener esas raíces hondas. Para crecer hacia arriba, antes hay que crecer en profundidad hacia dentro.
¿Dónde vamos a cimentar nuestra vida o donde vamos a ahondar esas raíces del árbol de nuestra vida? ¿Dónde tienen que estar las raíces o los cimientos de nuestra espiritualidad cristiana? No puede ser una religiosidad superficial basada en rutinas o banalidades. Es en Cristo donde tenemos que cimentar nuestra vida. Por eso es tan importante para nosotros su Palabra; que la escuchemos con fe y atención; que la meditemos, la rumiemos para ir de verdad impregnándonos del Espíritu de Cristo que nos transformemos en El.
Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano para unirnos a Cristo, para llenarnos de Dios, para sentir la luz y presencia de su gracia que nos orienta la vida y nos da fortaleza para nuestro caminar. Un cristiano tiene que ser siempre una persona de oración, pero de una oración profunda que le haga vivir la presencia y la fuerza del Señor. Importante también la vida sacramental para llenarnos de la gracia del Señor.
Será así como iremos ahondando en nuestra espiritualidad, poniendo los verdaderos cimientos de nuestra vida cristiana que nos harán mejorar, que nos harán crecer, que harán que lleguemos a dar frutos de verdad, como árboles buenos, tal como nos dice hoy Jesús. Mucho más tendríamos que hablar de todo eso.