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domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


martes, 1 de abril de 2025

El hombre que está en su camilla en la orilla de la piscina y que nadie ayuda… lo mismo que Cristo te quiere levantar, quiere contar contigo para que levantes a muchos

 


El hombre que está en su camilla en la orilla de la piscina y que nadie ayuda… lo mismo que Cristo te quiere levantar, quiere contar contigo para que levantes a muchos

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45;  Juan 5, 1-16

Triste tiene que ser verse uno en el suelo sin que nadie lo levante.  En las redes sociales nos aparecen con frecuencia pequeñas historias de personas que en la calle, en el parque o en cualquier sitio se caen al suelo y mientras tratan de levantarse por si mismos, algunas veces con mucha imposibilidad, la gente pasa a su lado indiferente atendiendo a sus móviles, con sus carreras por llegar a donde quieren ir o absortos en sus cosas sin prestar atención a quien se debate en el suelo por querer levantarse. Nos puede parecer anécdota que algunas veces nos produzca incluso hilaridad porque dicen que no hay nada más gracioso que ver caerse a alguien en un descuido. Pero es una realidad que nos grita a nuestros oídos y conciencias cuando escuchamos que alguien que vivía solo lo encontraron muerto en su casa después de muchos días y muchas otras situaciones en ese estilo.

Hoy el evangelio nos da una gran lección y no sé si seré capaz de sacarle todo su jugo porque son muchas las cosas que nos dice. Ha entrado Jesús en dirección al templo por la puerta de las ovejas y allí hay una alberca, una piscina de la que están pendientes muchos enfermos e imposibilitados con la esperanza de poder meterse en el agua cuando se mueva, porque sería signo de una curación segura. Así llevan quizás muchos en su esperanza pero sin nadie que les eche una mano; a uno así se dirige Jesús. ‘¿Quieres curarte?’ pregunta Jesús. ‘Otros se me adelantan porque no tengo quien me ayude’, fue la respuesta de quien lleva casi cuarenta años en espera. Pero allí está Jesús. ‘Toma tu camilla y vete a tu casa’.

Jesús quiere introducirnos en ese río de agua viva, como nos ha hablado el profeta en la primera lectura que va llenando de vida sus orillas, y las plantas y los frutales y todos los árboles de su alrededor. Es Jesús ese río de agua viva que nos sana y que nos salva, que nos arranca de la postración de la muerte y nos llena de vida.

Pero tenemos que dejarnos encontrar por Jesús. El quiere acercarse a nosotros porque no quiere ver al hombre caído, pero nosotros en muchas ocasiones nos escondemos a ese regalo de gracia que nos ofrece. Jesús nos pone en pie y no solo es que nos libre de nuestras enfermedades corporales sino que quiere liberarnos desde lo más hondo. Es la salvación que nos ofrece, es la Palabra de vida que nos salva, es la gracia salvadora que transforma nuestra vida.

Toma tu camilla… nos está diciendo Jesús; esa camilla que es nuestra vida con sus tristezas y sus desánimos, esa camilla de nuestros problemas que nos hacen perder la esperanza, esa camilla de nuestras dudas e indecisiones, esa camilla en la que nos hemos enrollado en nuestros egoísmos e insolidaridades, esa camilla que nos paraliza con nuestras desconfianzas y nuestros miedos, esa camilla que ha puesto tantos abismos entre nosotros y los que nos rodean porque no a todos aceptamos, porque mantenemos nuestras reticencias y recelos, porque nos dejamos envolver por la violencia y nuestros desaires a los que están a nuestro lado… cuantas camillas hay en nosotros de las que tenemos que levantarnos, que viene Jesús a tendernos su mano para que nos levantemos.

Pero Jesús nos está enseñando a mirar a nuestro alrededor; pasamos por la vida sin enterarnos, que no solo es el que está tendido en la calle – que también hay muchos y pasamos de lado para no verlos – sino los que viven en sus soledades, los que son unos incomprendidos, los que miramos de una manera diferente quizás por su forma de pensar o de actuar y con quienes no queremos mezclarnos, los que caminan a nuestro lado con la sombra de la tristeza envolviendo sus rostros y sus vidas, aquellos que nadie quiere o todo el mundo desprecia.

Es el hombre que está en su camilla allí en la orilla de la piscina y que nadie ayuda. ¿Seguiremos pasando de largo? Detente y mira a tu alrededor. Lo mismo que Cristo te quiere levantar a ti, también quiere contar contigo para que levantes a muchos.

martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

viernes, 28 de octubre de 2022

Hay una buena noticia que nosotros podemos y tenemos que ofrecer y que no podemos callar, un agua viva que saciará en plenitud a nuestro mundo sediento

 


Hay una buena noticia que nosotros podemos y tenemos que ofrecer y que no podemos callar, un agua viva que saciará en plenitud a nuestro mundo sediento

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Cuando tenemos que tomar decisiones importantes nos lo pensamos muchos, dedicamos mucho tiempo a reflexionar para ver los pro y los contra de esa decisión que he de tomar si es un proyecto importante para la vida, o si son cosas que pueden afectar a otras personas; nos lo pensamos, le damos muchas vueltas por la cabeza y si tenemos oportunidad y confianza con alguien seguro que acudiremos en busca de un consejo, de una orientación, de otro punto de vista, pues realmente tenemos miedo de no aceptar, de equivocarnos y de poner quizás en riesgo circunstancias de otras personas.

Eso lo hace cualquier persona, medianamente reflexiva, que se toma con responsabilidad sus decisiones y que quiere buscar lo mejor. Pero el creyente hace algo más; es su decisión, pero será en algo en lo que quiere ver lo que es la voluntad de Dios; por eso el creyente lleva la toma de decisiones así a la oración, para contar con Dios, para dejarse iluminar, no solo para no equivocarme porque cuente con la inspiración divina, sino para tratar de ver la situación por la que pasamos desde otra perspectiva, sentir esa perspectiva de Dios.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio en el actuar de Jesús. Nos dice el evangelista que se pasó la noche en oración. A la mañana siguiente estaban tomadas las decisiones. Llamó a los discípulos y escogió a Doce a los que constituyó apóstoles. Y el evangelista nos da detalladamente la relación de los doce escogidos, y escogidos con una misión. Iban a ser enviados con la misma misión de Jesús.

En esta fiesta de los Apóstoles san Simón y san Judas, la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio de Lucas, donde se señala la elección de los doce que habían de ser constituidos apóstoles, porque iban a ser los especialmente enviados de Jesús con su misma misión. A partir de este momento a lo largo del evangelio contemplaremos cómo Jesús con ellos tiene especiales detalles; es como la preparación, la formación que les va dando para que puedan cumplir su misión.

Sin embargo el texto que se nos ofrece no se queda en esta elección, sino que contemplaremos a Jesús en el cumplimiento de su misión. Al bajar de la montaña en la llanura se encontraron con una multitud que los estaba esperando. A ellos se entrega Jesús, enseñándoles, curándoles; todos acudían a Jesús porque en El no solo encontraban palabras de vida eterna, sino también todos los signos y señales de esa vida eterna. Eran curados, y no solo de sus cuerpos enfermos y dolores, sino de toda clase de males. Es la liberación que Jesús nos ofrece. Pero es también la tarea que pone en nuestras manos.

En nuestro entorno está también esa multitud, aquejada de tantos males y que buscan, aunque no saben muchas veces cómo, la liberación de todos esos males de su vida. A ellos tenemos que ir, porque a nosotros Jesús nos ha confiado su misma misión. Signos de liberación tenemos que convertirnos para los demás, porque llevamos el mensaje de Jesús, porque tenemos que realizar la misma misión de Jesús. También tenemos que curar a los enfermos de nuestra sociedad, sedientos de amor y de verdad, sedientos de vida.

El mundo tiene sed, el mundo se nos ahoga y no es porque con el cambio climático falte el agua para el uso cotidiano, sino porque no sabe encontrar lo que le sacie de verdad desde lo más hondo de sí mismo. Muchas aguas ponzoñosas y envenenadas están dañando a nuestro mundo cuando se le está ofreciendo no lo que de verdad va a dar sentido a sus vidas y les lleve por caminos de plenitud. Y ahí tenemos nosotros algo que ofrecer desde el evangelio. Sí, es el agua viva que saciaré nuestra sed en plenitud.

Hay una buena noticia que nosotros podemos ofrecer, nosotros tenemos que ofrecer y que no podemos callar. Cumplamos con nuestra misión. Llevemos todo esto a nuestra oración para descubrir en verdad lo que Jesús hoy nos está pidiendo que llevemos a nuestro mundo.

domingo, 8 de agosto de 2021

Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

 


Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

Esto sí que es vida, lo habremos escuchado, lo habremos dicho quizás; cuando encontramos algo que nos satisface plenamente, que nos parece que nos da la mejor felicidad, que trata de saciarnos en nuestros apetitos y deseos, cuando nos encontramos satisfechos y felices después de lo que hemos vivido, de la fiesta que hemos celebrado, de la comida que hemos compartido.

Es cierto que tiene ciertas connotaciones demasiado materiales en referencia aparentemente solo a nuestros apetitos y deseos, pero creo que de alguna manera no está diciendo algo más. Queremos vivir, queremos tener la mejor vida, queremos disfrutar de la vida, no queremos que esa felicidad se acabe, deseamos que una vida así dure para siempre.  Y cuando sentimos que eso además se nos da como un regalo, algo así como que más felices nos sentimos. Tenemos hambre y sed de muchas cosas que satisfagan nuestro vivir.

Me vienen a la mente dos peticiones a Jesús que aparecen en distintos momentos en referencia a ese vivir. Dame de esa agua para que no tenga más que tener que venir al pozo a sacar el agua, para que no tenga nunca más sed, le dice la samaritana a Jesús cuando El le dice que es el agua viva y que bebiendo de esa agua no se volverá a tener sed; comprendemos cómo entendía aquella mujer lo de la sed y del agua, pero manifiesta unas ansias que todos llevamos dentro. Y ahora en este pasaje del capitulo 6 de san Juan los judíos le dirán a Jesús que les dé de ese pan; les ha hablado de un pan que da vida y que quien lo come no tendrá más hambre jamás, y para verse así satisfechos, y ya sabemos cómo, le piden ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’.

Pero la felicidad que Jesús nos ofrece, la vida de la que Jesús nos está hablando, ¿se refiere solamente a lo material de la vida? Aquella felicidad de la que hablábamos cuando decíamos que ‘esto sí es vida’ ¿se refiere solo a esa vida humana con todas sus connotaciones materiales? ¿Es solo eso lo que buscamos y deseamos? Poniéndonos a pensar seriamente nos damos cuenta que vivir es algo más, y buscamos un sentido de la vida, buscamos una sabiduría del vivir que nos conduzca por otro camino que nos de una felicidad total. Y es lo que nos está ofreciendo Jesús; por eso nos pide escuchar su Palabra, por eso nos pide creer en El.

Cuando hoy nos está diciendo que es el verdadero pan bajado del cielo y el que le come vivirá para siempre, de eso nos está hablando. Es Jesús ese pan que viene del cielo y nos sacia plenamente; es Jesús esa Palabra que nos viene de Dios y que nos revela la sabiduría más excelsa para que podamos llegar a darle un sentido de plenitud a la vida; lo que nos dice de vivir para siempre que es vivir en plenitud total, en una felicidad tal que no se ve mermada por ninguna cosa.

Como hoy nos vuelve a repetir, no se trata de un pan bajado del cielo, como el maná, que Moisés les dio en el desierto; claro que aquel maná tenía un sentido y un significado más grande y más intenso que las interpretaciones ordinarias que se hacían de él. No era solo un alimentar a unos cuerpos hambrientos, lo que Moisés les estaba ofreciendo, sino que con Moisés vino también la ley de Dios, que era todo un sentido de vivir. La ley no solo era una reglamentación de la vida y de la vida de aquel pueblo para saber lo que tenían o no tenían que hacer, sino que era un sentido de vivir desde la fe que tenían en Dios.

Ahora con Jesús vamos a tener no simplemente una ley sino toda una sabiduría que dará sentido de plenitud a todo nuestro vivir. Ya no era un maná que apareciera en las mañanas sobre el campamento, sino que es la misma sabiduría de Dios que Jesús va a sembrar en nuestros corazones para que le podamos dar todo el mejor sentido a nuestra vida. Creer en Jesús no es simplemente aceptar unas reglas o unas normas; creer en Jesús es comer a Jesús que se hace pan de vida y pan de sabiduría para nosotros.

Igual que el pan con que nos alimentamos se hace vida en nosotros porque sentiremos en nuestro cuerpo toda la energía que nos proporciona ese alimento, Jesús nos dice que El es Pan de vida para que le comamos; y comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús. ¿La energía de Dios? Comer a Jesús es impregnarnos de su vida de tal manera que ya no es nuestra vida sino la vida que El derrama y derrocha en nosotros. Y cuando comemos a Jesús de esa manera todo será nuevo para nosotros, todo es una vida nueva y distinta, todo será vivir en Dios para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’, nos dice.

Claro que le pediremos que nos dé ese pan para no volver a tener hambre, para tener la vida en plenitud. Y vivir la vida de Jesús sí que es vida, y de la mejor.

martes, 16 de marzo de 2021

Jesús va delante abriendo caminos, rompiendo barreras, haciendo visibles otros horizontes, dándole sensibilidad a la vida para encontrar un sentido nuevo de existir

 


Jesús va delante abriendo caminos, rompiendo barreras, haciendo visibles otros horizontes, dándole sensibilidad a la vida para encontrar un sentido nuevo de existir

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

El agua siempre decimos es fuente de vida, pues sin agua no podemos vivir y es la esperanza de todos los pueblos sedientos - ¿no andamos buscando indicios de agua en el planeta Marte para saber si allí hubo vida o allí un día podríamos vivir – pero también la podemos ver como causa de destrucción y de muerte como podemos contemplar en graves y grandes cataclismos de la humanidad, en torrentes que se desbordan, en lluvias torrenciales que todo lo inundan, o en aguas desbocadas que van produciendo destrucción a su paso por donde sea.

Igualmente podemos decir el agua puede ser círculo que nos encierre e incomunique, o al mismo tiempo camino que se abre en el mar que nos lleva otros horizontes, a otros lugares, o al encuentro con otros pueblos y personas.

Recuerdo hace muchísimos años asistiendo a un curso en Madrid, alguien que procedía no recuerdo bien de qué región española, al saber que yo vivía en las islas me decía que él no podría vivir en una isla porque se sentía encerrado en ella rodeado de mar por todas partes; yo le decía lo contrario, que no me sentía cerrado sino abierto a otros horizontes, que contemplar el horizonte en el mar que nos rodea me llevaba aunque fuera en la imaginación y en el deseo hacia otros mundos y hacia otros países, que el mar era para mi camino que me llevaba a otros lugares y me abría al contacto con otros pueblos.

No sé si a todos los que vivimos en islas les sucede así, pero mi experiencia desde niño al ver partir a mis hermanos primero y luego a mi padre en un barco que se hacía a la mar y que los llevaba a otros mundos buscando una vida mejor, era imagen que se había quedado grabada en mí y me abría a nuevos horizontes a pesar de lo traumático de aquellas despedidas.

Mucho significado y mucha riqueza podemos encontrar en la imagen del agua, signo de vida como puede ser signo también de purificación y de un renacer y de un revivir. Así nos la presenta la Biblia en muchísimas ocasiones, tal como hoy también escuchamos. El profeta nos habla del agua que manaba del templo del Señor y que llegaba al mar de aguas pútridas para purificarlo y llenarlo de vida; cómo a su paso van apareciendo las plantas y la vida, sus orillas se llenan de árboles frutales, como un signo de la vida y de la salvación que manan de las plantas de Dios.

Ha servido de texto de referencia para lo que luego escuchamos en el evangelio. Se nos habla de una piscina que con el movimiento milagroso de sus aguas también llenan de vida y salvación a los enfermos postrados en sus pórticos si a tiempo se pueden introducir en esa agua. Pero allí hay un enfermo que lleva muchos años, treinta y ocho nos apunta el evangelista, sin poderse introducir a tiempo en el agua porque no tenía quien le echara una mano. Nos habla de una discapacidad en su parálisis, pero nos habla en una soledad en la insolidaridad de los que le rodean. No puede llegar al agua de la vida y que podría traerle la salvación. Un pequeño salto desde el pórtico donde estaba postrado que se convertía en una barrera infranqueable que le impedía alcanzar la vida.

Creo que casi debemos detenernos ahí en este momento. Cuántas barreras que encontramos en la vida, que nos pueden encerrar, que nos pueden impedir incluso soñar con ir más allá, que son obstáculo para que nos abramos otros caminos en la vida. la barrera principal no era la discapacidad; la barrera y la discapacidad está en quienes podemos ayudar y no ayudamos, en quienes tendríamos que pensar en los que nos rodean pero solo pensamos en nosotros mismos, en quienes vamos poniendo obstáculos porque pensamos más en unos protocolos, normas o preceptos que en el dolor que puede haber en otros corazones, en quienes tendríamos que tener los brazos abiertos pero solo nos palpamos a nosotros mismos y a nuestros intereses, a quienes tendríamos que ser sensibles ante las limitaciones en que se podrían encontrar muchos de los que nos rodean, pero preferimos mirar a otro lado o hacernos los ciegos en nuestra insensibilidad.

Menos mal que Jesús va delante de nosotros abriendo caminos; no se deja notar porque ni siquiera aquel hombre curado sabrá quien es el que lo ha curado, pero ahí queda su obra, su salvación, su vida que va repartiendo por doquier. No se pone medallas por lo que ha hecho sino solo le pide la fe y la confianza a aquel hombre para que ahora comience a portarse de manera nueva no vaya a caer en las mismas insensibilidades de los que le rodeaban y le tenían sumido en la más terrible soledad.

Y nosotros ¿qué vamos a hacer? ¿Nos sentiremos igualmente encerrados o nos abriremos a los nuevos horizontes que Jesús pone delante de nosotros?

martes, 24 de marzo de 2020

Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado


Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16
Comienza el texto del evangelio explicándonos la situación. Junto al templo, la lado de la puerta que podríamos llamar de servicio porque era por donde eran introducidos los animales para los sacrificios llamada por eso de las ovejas había una piscina. Algo habitual por las purificaciones que continuamente tenían que hacer los judíos y probablemente también  como consecuencia de ser el lugar por donde eran introducidos los animales en el templo, como hemos dicho. Pero a las aguas de aquella piscina se les tenía como aguas especialmente milagrosas, porque en su movimiento se les atribuía unas facultades curativas. Allá estaban los enfermos esperando el movimiento de aquellas aguas en la espera y la búsqueda de su curación.
Es por allí donde Jesús se acerca y en medio del barullo de las gentes y enfermos que allí se agolpaban descubre a un paralítico que lleva mucho tiempo postrado en su camilla – 38 años – y aún no ha encontrado su curación. A él en especial se dirige Jesús. ‘¿Quieres curarte?’ es la pregunta; pregunta que el enfermo consideraría innecesaria porque para qué estaba él allí, pero estaba allí postrado en su soledad, nadie le ayudaba. Cuando por sus propias y menguadas fuerzas el llegaba a las aguas otros se le habían adelantado.
La soledad de quien sufre la insolidaridad de los demás. Nadie se fijaba en él, nadie se preocupaba de ayudarle, cada uno iba a lo suyo o solo pensando en los suyos. Amarga soledad que seguimos encontrándonos. O quizá no los encontramos porque a nosotros nos falta la solidaridad de saber mirar.
Cuando vamos caminando en medio de las gentes y solo vemos una masa, pero no nos fijamos en sus rostros; pasamos cuántas veces al lado de conocidos pero que en aquel momento desconocemos porque no tuvimos una mirada atenta. Y no nos enteramos, o nos queremos enterar de los sufrimientos de tantos a nuestro lado, de la soledad de aquellos a quienes nadie mira, con quienes nadie se detiene, que están quizá a nuestra puerta casi pero no nos enteramos de lo que pasa tras las puertas de esas personas en las que nunca nos fijamos.  Quizá pasan a nuestro lado y nosotros miramos para otro lado o no levantamos los ojos del suelo.
Creo que es la primera lección que hoy podemos aprender de este texto del evangelio. Pasó Jesús desapercibido pero no pasó desapercibido aquel paralítico para Jesús. No sabría luego el que había sido curado quien le había dicho que tomara su camilla y se fuera a su casa, pero Jesús si se detuvo y escuchó y tendió la mano y llenó de vida a aquel hombre haciéndole recobrar su dignidad. El solo hecho de haberse detenido junto a él ya había sido curación porque aquel  hombre se había sentido valorado cuando alguien se preocupaba por él.
Valoramos y nos fijamos en aquel que destaca, tenemos en cuenta y queremos incluso contar con aquel que se mueve, que habla, que parece que tiene iniciativas, pero descartamos quizás aquel que pasa en silencio a nuestro lado y nos parece que nada podemos esperar de él. Son los criterios de eficacia en que nos movemos, son las apariencias que nos deslumbran, es la manera en que buscamos con quien relacionarnos o con quien contar en la vida. Y no miramos a la persona, y no somos capaces de darnos cuenta de lo que hay en su interior, no detectamos su sufrimiento o sus deseos de ser alguien en la vida.
Aquel hombre que se había sentido solo y abonado junto a las aguas de la piscina, incluso después de haber sido curado sigue siendo minusvalorado por aquellos que se consideraban a si mismos más observantes y cumplidores porque le echan en cara que siendo sábado se atreve a cargar con su camilla. Ni ahora que el hombre ya estaba haciendo por sí mismo al cargar con la camilla de vuelta a su casa es valorado y ayudado sino más bien menospreciado porque estaba haciendo algo contrario a aquella ley que tanto les encorsetaba y que seguía queriendo paralizar la vida.
¿Descubriremos unas actitudes nuevas que tenemos que aprender a tener con los demás? ¿Se nos abrirán los ojos para ver pero sobre todo para hacernos solidarios de verdad con el hermano que camina a nuestro lado? Que el agua viva de Jesús nos sane de nuestras parálisis pero además revitalice nuestra vida y nos abra los ojos y los brazos para ver y cargar solidariamente el sufrimiento de los demás.

domingo, 15 de marzo de 2020

Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes



Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42
Un pozo de agua junto al camino; unos caminantes que vienen de larga caminata desde Jerusalén; mientras los discípulos se acercan al pueblo vecino a buscar algunas provisiones para comer, Jesús se queda, sin embargo, sentado junto al brocal del pozo esperando. El pozo es hondo, hay agua pero no hay medio de poderla sacar; solo cuando alguien del pueblo venga a buscar agua traerá lo necesario para poderla sacar. Y Jesús está allá esperando. ¿El agua? ¿Los medios para poder sacarla del pozo? ¿O a quien tenga verdadera sed de un agua viva que El nos pueda ofrecer?
Es serio estar sediento junto al agua y no poder beberla para calmar la sed. Como quien estaba junto a aquel pozo de Jacob sin tener con que sacarla. Hoy cuando de esa sed material se trata con los medios que tenemos nos es fácil llevar en nuestra mochila la cantimplora de agua o la conseguimos en cualquier sitio sin necesidad de buscar pozos ni fuentes. Pero bien sabemos que con esta imagen se nos quiere decir mucho más.
Pero es bien significativa la imagen por todo lo que el agua puede significar en la vida de la persona. Es fuente de vida no solo por cuanto nuestro cuerpo la necesita sino que la vemos como fuente también de nuestro espíritu muchas veces sediento sin saber donde encontrar lo que calme esas ansias profundas que la persona lleva dentro de si. ‘Dame de beber’ de alguna manera estamos pidiendo en esas búsquedas interiores, en esos interrogantes que se nos plantean en la vida, en ese deseo de un sentido para lo que hacemos o queremos vivir, cuando vemos también tantas cosas sin sentido a nuestro alrededor, tantas cosas que no nos satisfacen, tantas cosas o situaciones que muchas veces se nos presentan llenas de oscuridad. Las circunstancias de la vida nos llenan tantas veces de turbación y de negruras.
Es el diálogo que escuchamos hoy en el evangelio manifestando Jesús primero esa sed que le hacia pedir agua a la mujer que venía al pozo, pero que nos descubre que quien realmente estaba sedienta era aquella mujer que se veía envuelta también en interrogantes, en preguntas profundas, en sin sentidos de su vida que irá manifestando poco a poco en diálogo con Jesús.
Es un texto que nos manifiesta algo maravilloso porque  nos hace ver cómo Dios quiere hacerse el encontradizo con el hombre, porque realmente es El quien nos busca, aunque nosotros nos creamos que somos los buscadores. ¿Por qué se quedó Jesús junto al pozo y no se fue al pueblo con los discípulos que buscaban qué comer? Lo que buscaba Jesús era aquel encuentro y el corazón de aquella mujer. Era el encuentro que Jesús provocaba antes que los deseos de búsqueda que pudiera haber en aquella mujer. Aunque con las reticencias propias de personas pertenecientes a pueblos diferentes y que de alguna manera se consideraban enemigos, aquella mujer fue abriendo su corazón para comenzar pidiendo ella que le diera del agua que Jesús le ofrecía, y para terminar yendo al pueblo ya como evangelizadora portando la buena noticia de lo que había encontrado en Jesús.
Habían ido apareciendo sus inquietudes, las reticencias que se tenían los judíos y los samaritanos, los problemas de su búsqueda de Dios que no sabia encontrarlo con aquellas luchas y enfrentamientos religiosos que tanto los habían distanciado, como eran también las negruras que pudiera haber en su desordenada vida.
Pero demos el salto para no quedar solo en hechos pasado. En este tercer domingo de cuaresma nosotros también vamos a acercarnos al pozo que nos puede dar el agua viva. Vamos a comenzar sintiéndonos sedientos, reconociendo esa sed que quizá muchas veces queremos disimular y no reconocer pero también en nosotros hay cosas que nos inquietan, nos interrogan por dentro, nos hacen a veces sentirnos como desorientados, desde los problemas que vivimos en el hoy de nuestra vida, desde lo que nos cuesta a veces vivir nuestra fe y hacer que esa fe dé un sentido hondo a nuestra vida, desde las cosas que podemos ver incluso en nuestra iglesia que en ocasiones quizá no nos satisfacen o hasta nos puede escandalizar. Hay ocasiones incluso que nos parece que no sabemos a donde tenemos que ir a buscar el agua que nos dé vida de verdad.
‘Señor, dame de esa agua’, como decía aquello mujer, dame esa agua que tú nos ofreces, la que calma nuestra sed de verdad, la que va a dar un sentido de plenitud a nuestra vida, la que va a ser una luz en medio de tantas oscuridades y confusión, dame de esa agua para que no tenga que ir a buscarla a otros sitios, no sienta la tentación de ir a buscarla en otras fuentes. Tenemos que reconocer que la única fuente de agua viva es la que encontramos en Jesús, en su evangelio. No podemos buscar otros pozos que se nos ofrecen como espejismos en el desierto de la vida, aunque mucha sea la tentación en ocasiones.
No podemos hacer la ascensión a la Pascua que significa el camino cuaresmal que vamos recorriendo si nos falta esa agua que nos llena de aliento y vitalidad. Cuando vamos a subir a la montaña hemos de proveernos del agua que necesitaremos en el camino de subida. Con sinceridad cada día vamos a ir a la fuente de la Palabra de Dios para regar de verdad nuestro corazón y nuestra vida. Es la que va a hacer que resurjan esos nuevos brotes de vida que necesitamos en nosotros para hacer que demos frutos y frutos en abundancia. Así podremos hacer pascua.
En las circunstancias de los acontecimientos que estamos viviendo incluso nos puede parecer que nos va a faltar un alimento cuando no podremos ir en estos días a la celebración de la Eucaristía y poder comulgar el Cuerpo de Cristo. Será quizá un sacrificio y un acicate, pero sabemos que en nuestro corazón no nos va a faltar ese alimento de Dios porque espiritualmente podemos unirnos a El, podemos hacer lo que se llama la comunión espiritual. Así con más hambre y sed de Dios llegaremos a la Pascua y podremos entonces sentir – eso esperamos que podamos hacerlo – toda la alegría del aleluya de la resurrección.

martes, 19 de febrero de 2019

Necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo que bien sabemos que solo en Jesús podemos encontrar


Necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo que bien sabemos que solo en Jesús podemos encontrar

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10; Sal 28;  Marcos 8,14-21

Atravesaban el lago en la barca y en las provisiones se habían descuidado y no llevaban más que un pan. Suele pasar, salimos en alguna ocasión con prisa porque queremos acudir a algún sitio, teníamos que proveernos de muchas cosas que teníamos que llevar y algo se nos quedó atrás. Como solemos decir en ocasiones, lo que más falta hacia eso fue lo que se quedo olvidado en casa.
En la costumbre habitual de la época una de las cosas que no podían faltar a un caminante era llevar suficiente pan en la alforja por las diversas situaciones en que se pudiera encontrar. Recordamos como se habían pasado varios días con Jesús y las provisiones se habían acabado y allá estaban en descampado sin tener que comer y solo lo que aquel muchacho pudo ofrecer de lo que le quedaba aún en la alforja.
Ahora, por las razones que fuera, solo llevaban un pan en la barca y, como dirían en otra ocasión, que era eso para todos los que iban en la barca. Pero es que Jesús les dejó caer una frase que a ellos les costó interpretar y casi lo vieron como un reproche por no llevar suficiente pan, aunque era algo más lo que Jesús quería decirles. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’.
No era la falta de pan sino la levadura que se utilizara para hacer el pan. Ya sabemos cuáles son las propiedades de la levadura y como es necesaria en la elaboración del pan y cuantas cosas podamos preparar con la harina. Hablar de levadura era hablar de fermentación y era hablar por así decirlo de sabor. La levadura que hace fermentar la masa y hará que esa masa puesta al horno tenga las propiedades del pan. ¿Puede haber una levadura que estropee el pan o que le pueda dar otro sabor? Por ahí quizá iba Jesús con aquella recomendación.
Frente al sentido nuevo de vida que Jesús iba proponiéndoles en el anuncio del Reino de Dios, los fariseos se oponían y con sus reglamentos y con sus normas proponían un sentido distinto de la relación con Dios y de la vida misma. Ya en estas primeras páginas del evangelio de Marcos que vamos escuchando va apareciendo la oposición que los fariseos hacen a Jesús; están al acecho por si Jesús se salta la ley de Moisés en el ayuno o el descanso sabático, critican el que Jesús no les exija a sus discípulos y a los que le siguen aquellas estrictas y escrupulosas normas que habían ido imponiendo ellos en su interpretación de la ley y los profetas, tenían otra visión de lo que había de ser la función del Mesías esperado.
Con sus maneras de presentarse los puros y los cumplidores trataban de influenciar al pueblo, aunque en su falsedad e hipocresía eran más bien como les diría Jesús sepulcros blanqueados por fuera pero llenos de podredumbre por dentro por sus malas intenciones y deseos. Eran una levadura distinta del sentido nuevo de libertad y de amor que Jesús les enseñaba. Por eso Jesús les dirá que se anden con cuidado con la levadura de los fariseos no fueran ellos a verse también influenciados por esa religiosidad tan farisaica.
Necesitaban conservar la buena levadura que Jesús iba ofreciéndoles; necesitaban que nunca les faltara el verdadero pan que les alimentara y les diera vida, ya en algún momento les hablara de ese pan de vida que Jesús les ofrece y que es él mismo. Necesitaban que nunca se les apague la verdadera luz que ha de iluminar sus vidas y las alcuzas han de estar siempre llenas del aceite que las mantenga encendidas. Necesitaban el agua viva que calma para siempre la sed para que no busquemos nunca agua en pozos agrietados y resecos, sino que siempre tengamos esa agua viva que nos da vida, esa agua viva que se va a convertir en vino nuevo que nos llena el corazón de la alegría de la fe.
He venido diciendo necesitaban en referencia a lo que Jesús les ofrecía a los discípulos, pero más bien tendríamos decir que necesitamos nosotros esa buena levadura, ese pan de vida, esa agua viva, ese vino nuevo y que bien sabemos donde lo vamos a encontrar porque solo es Jesús el que nos lo puede dar.

domingo, 19 de marzo de 2017

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Éxodo 17,3-7; Sal 94; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
Un encuentro aparentemente casual y una conversación que comienza por las necesidades perentorias de cualquier ser humano. Venia de camino desde Judea y hacían allí un alto para reponer fuerzas. Que mejor sitio que junto a un pozo de donde se pueda sacar agua y en la cercanía del pueblo en el que se podrían encontrar los necesarios alimentos. Pero no iba a ser un encuentro cualquiera y todo iría mucho mas allá de saciar una sed de agua o la recuperación de las fuerzas en un descanso.
Allí hay un encuentro de personas en que a pesar de las reticencias y desconfianzas de dos pueblos que no se entienden y se llevan mal, sin embargo la conversación va surgiendo en el interés de ese encuentro que se va a hacer comunicación profunda. Cuantas veces también tras un encuentro casual, tras unas elementales palabras de saludo y cortesía la conversación se va ahondando y se llega a encuentro personal, a un encuentro de corazones.
No siempre quizás lo sabemos hacer, porque vamos con nuestros intereses, quizás con nuestras desconfianzas, muchas veces también con reticencias y sacando a flote cosas innecesarias que puedan llevar a un enfrentamiento en lugar de un encuentro. Cuanto tendríamos que aprender, porque aprendiendo siempre hemos de estar en la vida.
Es que allí está Jesús que viene a nuestro encuentro, que viene a buscar a la persona sin prejuicios ni condenas previas porque El siempre quiere ofrecer vida y salvación. Tras la desconfianza de la mujer, en primer lugar hacia un hombre con el que no se hablaba en lugar descampado o apartado, pero también a causa de las rencillas o resentimientos entre judíos y samaritanos, comienza Jesús a ofrecer un agua que sacia plenamente. No será un agua como la de aquel pozo al que hay que venir todos los días a buscarla de nuevo, sino que será el agua que calmará la sed más profunda del hombre para siempre.
Le cuesta entender a aquella mujer, como nos cuesta entender a nosotros tantas veces que andamos con nuestras ideas y pensamientos y no terminamos de escuchar lo que se nos ofrece o se nos dice. Será cuando aquella mujer comienza a vaciarse por dentro de tantas cosas que le pesan en su corazón, de tantas dudas o de tantos tormentos como ha sido su vida, cuando comience a vislumbrar lo nuevo que le está ofreciendo Jesús, aunque ella sigue sin saber ni entender quien es el que le está hablando.
Nos cuesta vaciarnos de nuestro interior a veces tan recargado, porque quizá nos da vergüenza reconocer cuantas negruras podamos tener en el corazón; nos cuesta vaciarnos porque terminamos por acostumbrarnos a vivir así con esas corazas o con esos lastres dentro de nosotros sin darnos cuenta de la libertad que vamos a encontrar cuando en verdad nos liberemos de todas esas cosas.
No tendríamos que tener miedo a lavar el corazón. El agua que Jesús nos ofrece no solo calmará nuestra sed porque nos hará encontrar el sentido más hondo de lo que es nuestra vida, sino que también será un agua purificadora y un agua que nos llena de vida. Como aquella agua que manaba por debajo de la puerta del templo que decía el profeta y que allí por donde pasaba iba purificando de toda putrefacción, e iba haciendo surgir árboles rebosantes de hermosas y gustosas frutas.
Es lo que Jesús está haciendo con aquella mujer a la que le ayudará a encontrar el verdadero sentido de Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad sin necesidad de acomodarnos a un sitio o lugar determinado; es lo que va haciendo a aquella mujer que terminará reconociendo su vida desordenada y hará surgir el deseo en ella de una vida nueva; es lo que va haciendo en aquella mujer a la que llena de esperanza y la hará desear con todo sentido la venida del Mesías, que allí está ya para ella con su profundo sentido salvador.
¿Nos dejaremos hacer nosotros por Jesús? ¿Aceptaremos ese encuentro vivo y salvador con Jesús que viene a nosotros? Estamos escuchando y meditando este evangelio en medio del camino cuaresmal que vamos haciendo y que nos lleva a la pascua. El Señor está viniendo a nosotros para realizar su pascua salvadora en nuestra vida. Y ese paso de Dios con su salvación lo tenemos que ir viviendo ya, lo tenemos que ir viviendo en el hoy de nuestra vida.
Por eso cuando escuchamos este evangelio en este tercer domingo de cuaresma así hemos de dejarnos encontrar con el Señor. Viene a calmar nuestra sed, viene a purificarnos de ese hombre viejo que sigue estando en nosotros, viene a llenarnos de una nueva vida, a vivificar enteramente nuestro corazón para que en verdad demos frutos de santidad y de gracia.
Te invito a que como conclusión de esta reflexión que nos estamos haciendo vuelvas a coger el evangelio en este encuentro con Jesús y la samaritana y vuelvas a leerlo (Juan 4,5-42) pero poniéndote tú en el lugar de la samaritana; léelo y escúchalo en tu interior pausadamente dejando que afloren tus dudas, tus reticencias, tus desconfianzas también, tus rutinas, las suciedades del hombre viejo que llevamos ahí en nuestro corazón; dejémonos interrogar por el Señor al mismo tiempo que le vayamos haciendo nuestras preguntas, presentando nuestras dudas, confesando nuestras oscuridades; nos sentiremos llenos de una nueva luz, sentiremos el gozo del paso del Señor por nuestra vida, nos gozaremos en verdad con su salvación.

martes, 17 de marzo de 2015

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para dar vida y salud. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo’. Y es Jesús el que se adelanta y viene a nuestro encuentro. ‘Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?’
Jesús llega a nuestra vida ofreciéndonos también su salud, su salvación, su gracia. ‘¿Quieres quedar sano?’, nos pregunta. Nos sentimos postrados en nuestros problemas, en nuestras necesidades, en nuestros sufrimientos. Nos parece sentirnos solos y sin que nadie nos ampare. También algunas veces en nuestro decaimiento nos parece que quizá nadie nos ayuda. Como aquel paralítico de la piscina también decimos, ‘no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’.
Pero hemos de tener una seguridad y una certeza, Jesús viene a nuestro encuentro, Jesús está a nuestro lado, Jesús nos tiende también su mano para levantarnos. ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’. No necesitamos que se mueva el agua de la piscina, porque tenemos a Jesús verdadera agua viva que nos llena de vida.
La primera lectura como en una imagen profética nos  hablaba del agua que manaba del templo y que allá por donde se iba derramando iba llenando todo de vida y de frutos. Es la imagen que nos  habla de Jesús que es el que verdaderamente nos llena de vida, nos salva, nos inunda con su gracia. Por algo le diría a la samaritana que El tenía un agua viva que el que la bebiera no volvería a tener sed.
Es cierto que Jesús nos ha dejado unas mediaciones, signos de su presencia que son los sacramentos. El agua del Bautismo es ese signo que nos llena de la vida de Jesús porque nos hace partícipes del misterio pascual de su redención. En el agua del Bautismo nacemos a una nueva vida; bien nos viene recordarlo en este tiempo de cuaresma; es más, en la cuaresma precisamente nos preparamos para hacer esa renovación de nuestro bautismo, de nuestro compromiso bautismal. Por eso luego en el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía renovamos esa gracia, alimentamos esa vida que hay en nosotros cuando comemos a Cristo, cuando nos llenamos de Cristo.
A nuestro lado Jesús va poniendo también personas, o permite que nos sucedan acontecimientos que nos hablan de su presencia, que nos hacen sentir su presencia de gracia. No nos podemos sentir solos porque siempre habrá alguna forma, algún signo que nos recuerde esa presencia de Cristo. Abramos los ojos de la fe; reavivemos nuestra fe y veremos cómo Cristo llega a nosotros, llega a nuestra vida, y siempre será para gracia, siempre será para salvación. También Jesús nos pregunta: ‘¿Quieres quedar sano?’ y nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’.
Recordemos además cómo también nosotros podemos y tenemos que ser signos de esa presencia de Jesús para los que caminan o que sufren a nuestro lado. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Juan el testigo que desde el amor nos hablará de lo que ha palpado en Jesús

Juan el testigo que desde el amor nos hablará de lo que ha palpado en Jesús


Juan el Bautista había sido la voz que anunciaba que llegaba la Palabra; Juan, el evangelista, es el testigo. Aunque al principio de su evangelio nos hable de que el Bautista había venido como testigo, para dar testimonio simplemente era un anuncio del que iba a venir; así lo señalaría como el que venía detrás de él con bautizando no ya con agua sino con el Espíritu.
Pero en verdad sí podemos decir que Juan, el evangelista, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago es el testigo que nos va a hablar de lo que ha visto y ha oído, de lo que ha palpado incluso con sus manos. Era el discípulo amado de Jesús, así se presentará a sí mismo en su evangelio, y desde ese amor que sentía por Jesús y desde ese amor de Jesús que sentían tan hondamente en él podrá decirnos cosas grandes de Jesús.
Los otros evangelistas, a los que llamamos sinópticos, nos describen a Jesús por lo que hizo y también por lo que dijo. Son muy expresivos en detallarnos, describirnos la vida de Jesús. Juan, sin dejar de describirnos las acciones de Jesús y trasmitirnos sus palabras, en pocas palabras nos dará una alta definición teológica de Jesús. 
Es en Juan donde oiremos decir repetidamente a Jesús ‘yo soy…’ Cuando a la hora del prendimiento se adelanta hacia aquellos que vienen les pregunta ‘¿a quién buscáis?... a Jesús Nazareno’, le responden. ‘Yo soy’, exclama Jesús.
En el principio del evangelio en la descripción que nos adelanta de Jesús nos dice que es la luz que viene a iluminar nuestras tinieblas; pero más adelante en el evangelio nos dirá ‘Yo soy la luz del mundo’.
A la mujer samaritana le ofrece un agua que calmará para siempre su sed, más adelante nos dirá que El es el agua viva y que quien tenga sed que venga a El y beba.
Nos dice que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Luego nos dirá ‘Yo soy la vida’. Por eso nos hablará de no morir para siempre si en verdad creemos en El como le explica a Marta cuando la resurrección de Lázaro: ‘El que cree en mi vivirá para siempre porque Yo soy la resurrección y la vida’.
Nos hablará de un pan bajado del cielo que quien lo coma tendrá vida para siempre; luego  nos dirá ‘Yo soy ese pan bajado del cielo, el que me coma tendrá la vida eterna… y yo lo resucitaré en el último día’.
Cuando les dice a los discípulos que ya conocen el camino para ir al Padre, ante las dudas de los discípulos que no terminan de entender terminará afirmando ‘Yo soy el Camino y la Verdad, y la Vida’.
Ha venido para dar testimonio de la verdad, le responde a Pilatos que le preguntará y cuál es la verdad, aunque no quiera oír la respuesta en su escepticismo, pero aquí se correspondería esa definición que de sí mismo ha dado cuando nos ha dicho como recordábamos ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Por eso terminamos esta reflexión con las palabras que le hemos escuchado a Juan en su carta: ‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo’.