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viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.


sábado, 9 de agosto de 2025

No nos quedemos dormidos pensando que otros ofrecerán su luz, la nuestra es muy importante y no puede dejar de iluminar

 


No nos quedemos dormidos pensando que otros ofrecerán su luz, la nuestra es muy importante y no puede dejar de iluminar

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Salmo 44; Mateo 25,1-13

Eso de quedarse dormido mientras estamos a la espera de algo que esta por llegar parece que no es nuevo ni es antiguo. Todos tenemos la experiencia de que las vigilias parecen ser los momentos en que más sueño nos entra. Somos los mayores que nos quedamos sentados, por así decirlo, contemplando la vida, quizás ya liberados de muchas ocupaciones, quizás tras los desvelos de una noche de insomnio que nos aparece cuando menos lo esperamos, quizás porque nos ponemos a pensar y a recordar, pero qué pronto nos quedamos dormidos. Pero, repito, no es solo que nos pase a los ancianos o los que tenemos muchos años, que todos en la vida muchas veces se han quedado dormidos, mientras escuchamos una clase o una conferencia, quizás cuando estamos esperando que nos terminen de preparar la comida, echamos, como solemos decir, una cabezadita.

¿Por qué nos extrañamos tanto y le damos tantas vueltas al hecho de que aquellas jóvenes que iban a formar parte del cortejo del novio para la boda y que tenían la función de iluminar primero el camino y luego la sala de la boda se hayan quedado dormidas?

Claro que inmediatamente decimos que no fue porque se quedaran dormidas en aquel momento, sino porque se habían ‘dormido’ en el cumplimiento de sus obligaciones porque no habían preparado debidamente la cantidad de aceite que iban a necesitar para aquella celebración.

¿Serán en ese estilo las principales ‘dormidas’ que nosotros hayamos tenido en la vida? Es lo que en cierta manera se nos está planteando. Porque claro aquellos que dormidas no habían tenido la previsión necesaria para tener la lámpara encendida se quedaron sin entrar al banquete de bodas, al banquete del Reino. Las cosas tienen sus consecuencias y tenemos que ser previsores hasta en los más pequeños detalles. Quien no sabe ser fiel en lo poco tampoco lo será cuando le confíen cosas importantes, como nos dirá en otra ocasión Jesús en el evangelio.  ¿Será eso aprender lo que tiene que ser la verdadera sabiduría de la vida?

La sabiduría de la vida la aprendemos en la vida misma. Es en la fidelidad a lo que somos y a lo que tenemos entre manos. Tenemos que ser conscientes del valor de nuestra propia vida, aunque nos parezca que no valemos para nada. Pero podemos estar manteniendo una luz y si esa luz se mantiene encendida alumbrará no solo nuestro camino sino también el camino de los demás, el camino de los que marchan a nuestro lado. Aquellas doncellas podían quizás haber pensado en su inconsciencia, porque falle una luz, no se va a dejar de alumbrar el camino, las otras lo mantendrán iluminado. Pero si todas piensan lo mismo y se descuidan ¿quien va a ser la que al final tendrá luz para alumbrar el camino? Puede ser que a todas se les apaguen las lámparas, nos puede resultar al final que llegamos tarde cuando hayamos conseguido el aceite y ya la puerta está cerrada.

Por eso decía que es importante la fidelidad a lo que somos y a lo que se ha puesto en nuestras manos. Y esa fidelidad la vamos a estar mostrando en el día a día de nuestro camino, en el día a día de nuestra vida. Eso que vamos haciendo, eso que vamos aprendiendo, eso que nos va haciendo madurar en el día a día, ese desarrollo de lo que somos, nuestras cualidades y valores, nuestras potencialidades y nuestras capacidades, serán las piedras que construyan nuestro camino, es el aceite que está alimentando esa lámpara de nuestra vida y hará posible que se mantenga encendida. Qué importante el cumplimiento de nuestras responsabilidad, que necesario es aprovechar esa formación que se nos va ofreciendo cada día, es lo que nos hará madurar, es lo que nos hará crecer interiormente, como personas, es lo que hará que en el futuro tengamos mayores posibilidades.

No lo podemos descuidar, no nos podemos quedar dormidos. No podemos permitir que  no se pueda mantener encendida esa luz, no podemos quedarnos sin emprender esa sabiduría que pondrá luminosidad en nuestra vida. No podremos descartar el mantenernos bien unidos al Señor, llenándonos de su Espíritu, porque es lo que hará posible que un día produzcamos buenos frutos.

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

viernes, 30 de agosto de 2024

No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

 


No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

1 Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Ya tendremos tiempo, después de lo hacemos, ahora que estamos con esto aprovechemos que todo no va a ser andar preocupado, que tenemos que pasar un rato también. Más de una vez lo hemos dicho y hecho, dejamos las cosas para después, porque nos creemos que tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros, porque decimos que tenemos que tomarnos las cosas con calma y no andar siempre agobiados; y dejamos a un lado responsabilidades, no hacemos aquello que se nos ha confiado en el momento que teníamos que hacerlo, nos creemos capaces de hacerlo luego de cualquier manera… Son tantas las cosas que vamos dejando para después, son tantos los ejemplos que podríamos poner de cosas importantes de la vida, pero también de esos pequeños detalles que realmente son los que van conformando la vida.

Algo así pensarían quizás algunas de aquellas doncellas que tenían que salir a recibir al novio de su amiga que venía para la boda y para lo que tendrían que tener preparadas las luces que iluminasen el camino. Era un engorro eso de tener que estar llevando más aceite de repuesto, porque si acaso se hiciera tarde. Total, luego vamos corriendo y compramos lo que necesitamos, o alguien habrá que nos lo facilite, nos lo preste. Pero su desidia se les puso en contra, porque ni encontraron quien les facilitara el aceite que no tenían, ni llegaron luego a tiempo porque en la tienda tardaron también en obtenerlo. Se quedaron fuera, aunque ellas fueran también amigas de la novia.

Es la parábola que nos está proponiendo Jesús y que tantas veces hemos reflexionado. Pero de nuevo tenemos que vernos en su espejo, porque ahí estamos bien retratados con nuestras desidias, nuestros abandonos, nuestro dejar las cosas para más tarde que ya tendremos tiempo. Jesús nos está queriendo hablar de valores del Reino de Dios que son bien importantes en nuestra vida; pensamos con la trascendencia que tenemos que darle a nuestra vida con mirada también de eternidad, pero tenemos que pensar en esas pequeñas cosas de cada día a las que tantas veces no le damos la importancia que tienen; nos habla de nuestras responsabilidades que no solo es pensar en las grandes tareas que en un momento se nos pueden confiar, pero tenemos que pensar en esos pequeños detalles que crean nuestra relación entre unos y otros y no siempre cuidamos lo suficiente.

Sí, son las tareas de cada día que tenemos que asumir con responsabilidad y eficiencia que son con las que vamos construyendo nuestra vida, fundamentándola de verdad, dándole unos buenos cimientos; tenemos que pensar que cada momento de nuestra vida es una riqueza primero que nada para nosotros, y tenemos que saber aprovecharlos, darles rendimiento que no solo son las ventajas económicas que podamos obtener con nuestro trabajo, sino que es la riqueza humana y espiritual que va adquiriendo nuestra vida; cuántas veces más tarde nos decimos, si yo hubiera sabido hubiera puesto más empeño en aquellos estudios, por ejemplo, que me tomé a la ligera, en aquellas cosas que dejé de aprender por no esforzarme; nuestra vida sería otra con toda seguridad.

Hablamos en lo humano y hablamos en lo espiritual; hablamos en lo que nos atañe a nosotros mismos, pero tenemos que hablar de nuestro entorno social del que tenemos que aprender pero también al que tenemos que aportar desde la riqueza espiritual de nuestra vida. No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío.

Y tenemos que hablar, por supuesto, en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que tan a la ligera de forma superficial nos la hemos tomado a lo largo de la vida. ¿Dónde está ahora el verdadero tesoro que tendríamos que tener guardado en el corazón? Mucho tendríamos que pensar y reflexionar en este aspecto donde de una vez por todas tenemos que despertar. Es la vigilancia de la que nos está hablando hoy Jesús, el cuidado de nuestra fe, la atención a los valores cristianos, el compromiso de nuestra vida, nuestra participación en la vida y en la misión de la Iglesia.

Despertemos. Y ayudemos también a los que están a nuestro lado a despertar para estar vigilantes.

viernes, 9 de agosto de 2024

En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

 


En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

Oseas 2, 16b. 17 de. 21-22; Salmo 44; Mateo 25,1-13

Una vez escuchaba un comentario en referencia a una persona, a su manera de ser y de hacer las cosas, pero que parecía que nunca estaba a tiempo; ‘piensa bien, decían, pero siempre llega tarde’.

Creo que esto nos lo podemos aplicar también a nosotros mismos, tantas veces que metemos ‘la pata’ y luego nos dimos cuenta de donde estaba nuestro error; no nos fijamos, nos disculpamos, pero no siempre estamos atentos y alertas a lo que nos va sucediendo, vivimos demasiado superficialmente y no reflexionamos antes de dar una respuesta, antes de emprender una tarea, y luego vemos lo que nos pasa, fallamos, no estamos a la altura, no llegamos a tiempo. Y es que en la vida necesitamos ser más reflexivos, sopesar bien las cosas, darnos cuenta de las posibilidades o y hasta dónde podemos llegar, que muchas veces es mucho más allá de lo que habitualmente hacemos, a causa de nuestra superficialidad.

Hoy Jesús nos propone una parábola que habremos medita muchas veces y de la que siempre sacamos buenas conclusiones, pero es una parábola que ahora hemos de escuchar en el hoy de nuestra vida, porque siempre la Palabra de Dios es algo vivo para nosotros y que tenemos que convertir en vida. Conocemos el desarrollo de la parábola, unas jóvenes amigas de la novia que están esperando la llegada del novio para la boda, según las costumbres de la época. El esposo tardaba y cuando llegó el momento resultó que no todas aquellas doncellas tenían aceite suficiente en sus lámparas primero para iluminar el camino y luego también la sala de la boda. Mientras fueron a buscarlo, llegaron tarde.

A muchas situaciones de la vida podemos aplicarlo, pero creo que entre otras cosas nos ayuda a que sepamos discernir la presencia de Dios en nuestra vida, que se nos manifiesta de muchas maneras y de los modos menos esperados, aun en medio de las oscuridades y tensiones con que nos vamos encontrando. Pero la hora de Dios es cierta, es segura. Dios llega en su momento para nosotros, el momento que nosotros necesitamos, el momento que es de gracia para nosotros; podríamos decir que ni es antes ni después, porque Dios tiene su hora.

No es el retraso de quien llega, sino es la poca actitud del que espera. Es sí la vigilancia, la atención que hemos de poner, pero es la seguridad de la esperanza, la certeza de la llegada del Señor a nuestra vida en ese momento que es momento de gracia para nosotros. Es el significado del aceite que hemos de tener siempre de reserva para que nuestras lámparas no se apaguen, con la imagen de la parábola.

Aunque la parábola nos habla de esas luces que hemos de mantener encendidas, creo que en nuestra reflexión podemos ir más allá para saber descubrir esos puntos de luz que Dios nos va poniendo en el camino de la vida; los mismos acontecimientos de la vida tienen que enseñarnos, lo que vamos recibiendo de los demás son también señales de Dios, las posibilidades que se abren ante nosotros, las nuevas perspectivas que nos puedan aparecer, las oportunidades que van surgiendo, podemos decir que no son cosas que nos sucedan al azar, pueden ser esas señales de Dios que necesitamos y que por nuestra inconsciencia, por nuestras prisas y carreras, por no abrir los ojos para detectarlas, las dejamos pasar, muchas veces las perdemos.

Como decíamos antes, es la hora de Dios para nosotros, pero hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla. Hoy termina diciéndonos Jesús en la parábola, ‘por tanto velad, porque no sabéis el día ni la hora’.


domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


viernes, 1 de septiembre de 2023

No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor



 No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor

1 Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Para vivir no hace falta tanto. Expresiones así escuchamos algunas veces, desde el que se contenta vivir malamente, sin salirse de sus rutinas, y no tienen ansias de nada y se contenta con ir arrastrándose por la vida; pero son también los de la ley del mínimo esfuerzo, para que voy a andar agobiado, para que tengo que esforzarme tanto, para qué tengo que tener que estar estudiando tanto, porque, dicen, que ellos ven quienes no saben nada y les va bien en la vida, y no se preocupan por prepararse, de formarse para crear o alcanzar un futuro mejor; pero están también aquellos a los que lo único que les preocupa es pasarlo bien, divertirse, estar a la última, pero viven la vida con un vacío interior muy grande. en muchos que piensan de una manera semejante podríamos pensar, para vivir no hace falta tanto.

¿Cuáles son los resultados? ¿Cuál es el sentido de vida que tienen? ¿Qué frutos van teniendo en la vida? Que cada uno juzgue, analice, compare, vea cual es su realidad. Es tanta nuestra pereza en ocasiones que ni eso somos capaces de pensar.

hoy Jesús nos está previniendo frente a actitudes asó que se convierten en malas costumbres en nuestra vida o nos llenan de rutinas y de vacío interior. Cuidado que nos sucede que no somos capaces de llenar nuestra vida con nada. Nos propone una parábola en la que parte de lo que eran las costumbres de la época. Era una boda y sus amigas habían ido a acompañarla; ahora tocaba salir al encuentro del novio que llegaba para la boda, pero había que llevar unas lámparas para iluminar el camino. Bueno, pensaban algunas, el camino no es largo, no va a tardar en venir con que llevemos la lámpara será suficiente. Pero no fueron previsoras de los imprevistos que pudieran surgir.Y es lo que pasó. Pensaban que con el aceite de la lámpara era suficiente y algunas no se preocuparon de llevar aceite de repuesto.Y a la hora de la llegada del novio se quedaron a oscuras; ya no tuvieron tiempo de buscar nuevo aceite y se quedaron sin poder entrar al banquete de bodas, que además se vería mermado en su iluminación.

Los que decían que para vivir la vida no hace falta tanto. Los que vamos por la vida al salto de mata, como se suele decir, a vivir solo lo del momento, sin previsiones de futuro, pero sin haberse cultivo interiormente para poder ser algo de verdad en la vida. La apariencia de la lámpara bonita, pero que no ilumina porque no tiene aceite. Los que nos falta esa interioridad en la vida y vivimos en la superficialidad y en la rutina. Los que no nos hemos preocupado de poner sólidos cimientos a ese edificio de la vida, y vendrán luego los vientos y las avenidas de agua y los barrancos lo arrastrarán todo porque no tenemos raíces que nos tengan bien anclados en la vida.

Es la superficialidad con que se vive la vida; es la huida del esfuerzo y del sacrificio; es la pérdida de valores que nos den riqueza interior pero también de metas en la vida que nos hagan soñar y tener aspiraciones a algo más alto y más grande; es la rutina que nos hace perder la ilusión y nos adormece y nos creemos que eso es lo de una vida tranquila y en paz; son las penumbras que tantas veces nos acompañan y nos perdemos y no sabemos encontrar el camino.

Qué importante y necesario saber cultivarnos por dentro para poder tener esa fortaleza interior. Qué importante esa búsqueda constante que tenemos que hacer que nos impulse a superarnos y a crecer, a madurar en la vida para poder dar los mejores y más sabrosos frutos; qué importante dejarnos envolver por esa mirada de Dios que nos llena de luz, que nos impulsa siempre a algo nuevo y mejor; qué importante escuchar esa voz de Dios en lo secreto de nuestro corazón que hará que nos estemos preguntando y planteando con verdadera madurez el sentido de nuestra vida.

 


miércoles, 26 de octubre de 2022

A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

 


A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

‘¿Son pocos los que se salvan?’ siempre hemos tenido esa preocupación, pero de una forma concreta saber si yo me voy a salvar o no. Y por eso nos hacemos preguntas, ¿qué tenemos que hacer? ¿Qué mandamientos hay que cumplir? Repetidamente lo vemos en el evangelio; será el joven rico, o será el maestro de la ley que poco menos que viene a hacerle un examen a Jesús. La pregunta que está en la mente de todos, ¿cuál es el mandamiento principal? Y los discípulos que con El están también se preguntan qué es lo que les va a tocar a ellos que un día lo dejaron todo por seguirlo.

Pero Jesús no da cantidades de los que se salvan o no, tampoco ofrece recetas, está pidiendo generosidad en el corazón. Cuando uno vino a decirle que estaba dispuesto a seguirle a donde sea, le dice que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, y que si entonces entiende eso de seguirle como una seguridades que nos lo van a dar todo hecho, no está entendiendo lo que es el Reino de Dios que El nos ofrece. Tiene que haber una nueva generosidad en el corazón, una disponibilidad grande sin estar esperando recompensas ni pagos, porque no son tantas cosas que hacer sino forma de vivir.

Por eso ahora habla de camino estrecho. ¿Significa que es una carrera de obstáculos la que hemos de correr? El camino es estrecho, la puerta es estrecha porque no podemos ir cargados con cosas innecesarias, que se van a convertir en un peso muerto que nos impedirá el poder actuar con total libertad, sin pesos que nos opriman. En otra ocasión hablará del camello que tiene que pasar por la puerta estrecha de la muralla, llamada aguja, pero que si va con excesivas cargas entre las jorobas y las angarillas por allí no podrá pasar.

Nos hablará de negarse a si mismo. ¿Qué significa ese negarse a si mismo? ¿Voy a negar mi identidad y mis valores? Significa escoger lo que son los verdaderos valores, lo que verdaderamente es importante, significa arrancarnos de tantas vanidades con que llenamos nuestra vida, no dejándonos encandilar por las apariencias, buscar lo que verdaderamente me hará grande; es dejar de pensar en mi yo que son mis brillos, que son mis ganancias, que con esas cosas con las que quiero relumbrar para que vean lo que valgo, lo que me encierra en mi mismo porque me lleva a pensar solo en mi mismo y me hace insolidario.

Será el cuidar que tenga suficiente aceite en la alcuza para que se puedan mantener encendida la luz de Cristo en mi vida. Entonces sí seremos reconocidos y podremos entrar al banquete de bodas, porque con esa luz de Cristo va a resplandecer el amor. Es lo que necesitamos. Porque Jesús nos va a reconocer porque un día compartimos nuestro pan con el hambriento, porque un día abrimos las puertas de nuestra casa y de nuestra vida para acoger al caminante, al peregrino, al que pasaba a nuestro lado aunque no lo reconociéramos, porque un día nos detuvimos junto a aquel que nos tendía la mano pidiéndonos una limosna y no paramos a hablar con él, a interesarnos por sus cosas y sus problemas, porque llevamos nuestra sonrisa a aquel que estaba triste en un rincón porque nadie se fijaba en él.

‘Cuando lo hicisteis con uno de esos, conmigo lo hicisteis, venid, benditos de mi Padre’, nos dirá Jesús. ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Ya sabemos cual es el sentido de estas palabras o el sentido de nuestra vida.

viernes, 26 de agosto de 2022

 


Cuidemos que no nos falte el aceite y nos encontremos desorientados en la vida sin saber dar respuesta desde un sentido cristiano a los problemas del mundo de hoy

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas…’ es la súplica y la petición que en este caso no es atendida. Y se quedaron sin aceite y en consecuencia las lámparas no funcionaban; y tuvieron que ir a comprarlo, y ya se les hizo tarde, se les pasó la hora, llegó el novio y ellas no estaban, no pudieron ya entrar porque la puerta estaba cerrada.

¿Se nos pasará el arroz?, como solemos decir cuando con nuestro despiste no estuvimos a punto, no tuvimos las cosas que teníamos que tener preparadas, se nos cerró la puerta y nos quedamos fuera. Y ya no valían las súplicas ni las disculpas.

¿Qué nos pasará en la vida en este sentido? Nos llegan los problemas y no estamos preparados para afrontarlos; se nos confía una tarea y una misión y no somos capaces de desarrollarla, cuando tuvimos la oportunidad de aprender, perdimos el tiempo; en la carrera loca del mundo y de la sociedad en la que vivimos nos van apareciendo problemas inesperados o a los que no habíamos dado suficiente importancia en los signos que nos lo iban anunciando, y ahora no sabemos como salir adelante. Lo estamos viendo cada día en lo que va sucediendo en nuestra sociedad que muchas veces se nos derrumba.

Nos falta aceite, no tuvimos en cuenta las previsiones necesarias, muchos perdimos el tiempo cuando era la hora de prepararnos para un buen futuro, pero no pensábamos que esas situaciones nos pudieran llegar, o que eso le tocaría a otros. Y estamos viendo que en muchas situaciones seguimos haciendo lo mismo, no terminamos de tomarnos en serio las cosas y buscar la mejor preparación y profundidad, seguimos con nuestras superficialidades, seguimos dando tantas facilidades que no terminamos de endurecernos lo suficiente para afrontar los temporales que se nos vienen encima. Así van los derroteros de nuestra sociedad.

Parece que estamos hablando excesivamente de los problemas humanos o sociales que nos vamos encontrando en el mundo de hoy, pero esto es una imagen de toda esa falta de profundidad con que andamos en nuestra vida. No estamos cuidando los valores más profundos de la persona que pueden darnos esa estabilidad y esa fortaleza; no estamos cuando los valores del espíritu, como no estamos cuidando nuestra fe.

Es lo que tenemos que plantearnos los que nos decimos cristianos, los que nos decimos que seguimos a Jesús. ¿Estaremos guardando suficiente aceite del evangelio en nuestra vida para encontrar un sentido y una fuerza para lo que tiene que ser un seguimiento en serio de Jesús? Seguimos pensando que tenemos suficiente aceite, porque un día de pequeños hicimos la primera comunión y a lo más luego más tarde nos confirmamos, pero las vasijas en las que lo hemos guardado son las de cuando éramos pequeños, y nos damos cuenta que no son suficientes.

Yo aprendí el catecismo, decimos, pero luego no  nos hemos vuelto a preocupar de leer de nuevo con la madurez que nos va dando la vida el evangelio, de profundizar en él, de formarnos debidamente en nuestra fe. Y así nos va, se nos va agotando el aceite y muchas veces terminamos que se nos va apagando nuestra fe; queremos solucionarlo a última hora y corriendo, pero se necesita algo más que quizá no siempre los cristianos estamos haciendo al buscar esa formación honda que necesitamos.

Y claro, para afrontar todos esos problemas que ahora la vida nos va presentando no nos encontramos preparados, y flaqueamos, y no sabemos cómo actuar ni cuáles valores cultivar de verdad, y nos encontramos desorientados en la vida, y no sabemos dar una respuesta con el verdadero sentido de Cristo. Cuidemos que no nos falte el aceite.

martes, 9 de agosto de 2022

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

 


La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Según sean nuestros intereses o las prioridades que nos hayamos propuesto serán nuestras prisas o será la forma como nos preparemos para algo que nos anuncian o que podamos estar esperando. Es un familiar que por distintas razones tuvo que emigrar al extranjero y ahora nos anuncia la llegada, y según quizás la relación o el contacto que con él hayamos mantenido ahora nos alegraremos de su llegada y tendremos todo preparado o iremos dejándolo para ultima hora, pensando que ya habrá tiempo para preparar lo que fuera necesario.

Eso de dejar las cosas para ultima hora – ya tendré tiempo, nos decimos, que eso es pan comido - es algo en lo que muchas veces somos ‘especialistas’ – quizá para un trabajo o un proyecto que tenemos que presentar – y luego vienen los apuros de última hora, las carreras y las cosas que no salen. Con qué facilidad dejamos las cosas para última hora.

Esto algunas veces nos puede parecer cosa sin mayor importancia, pero puede ser una muestra del interés que pongamos en cosas que son fundamentales para la vida; nos puede mostrar nuestras actitudes, o las búsquedas o preguntas que hasta nos podamos hacer sobre el sentido de la vida; puede manifestar una cierta superficialidad cuando simplemente nos vamos preocupando por las cosas que en cada momento nos salen al paso, y nos olvidamos de darle un sentido hondo a nuestra vida.

Hoy Jesús nos propone una parábola, precisamente a partir de lo que eran las costumbres de la época. Se trataba de una boda y de la costumbre de que las amigas de la novia salieran al encuentro del novio de su amiga con lámparas encendidas para no solo iluminar el camino sino también luego la sala de la boda; esas cosas hoy no las entendemos tan fácilmente porque estamos acostumbrados a que nuestros caminos o nuestras calles estén iluminadas y tenemos la energía que ilumina nuestros hogares. Pero tratemos de ponernos en sus circunstancias para darnos cuenta de que algo que parecía tan sencillo como tener aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas, en este caso falló en algunas de aquellas doncellas y por la tardanza del novio ni lo pudieron recibir con sus lámparas encendidas ni participar luego en la sala del banquete.

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas’, suplicaban aquellas muchachas insensatas que no fueron lo suficientemente previsoras; pensaban que si fallaba pronto podrían encontrar aceite que supliera la carencia. ¿Pero no será eso lo que nos puede pasar en la vida cuando nos damos cuenta de que nos sentimos vacíos por dentro y sabemos responder a los retos que la misma vida nos va presentando?

Podemos llamarlo esa preparación humana de la que todos hemos de preocuparnos para ir madurando en la vida, podemos llamarlo el haber construido la vida sobre unos valores permanentes que nos den consistencia a lo que hacemos y vivimos y nos den fortaleza para los momentos difíciles, podemos llamarlo un sentido de la vida que dé profundidad a nuestro ser para saber qué es lo que buscamos, cual es el sentido de la vida, donde está la meta hacia la que caminamos, podemos llamarlo sentido de trascendencia o espiritualidad que nos haga pensar en metas altas, que nos abra a Dios.

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia. Y nos pasa en el camino de nuestra fe, que no cuidamos, que no alimentamos, que nos parece que con el aceite que recibimos en una catequesis en la infancia ya nos es suficiente. Así vivimos superficialmente nuestra fe y nuestra relacion con Dios, nos enfriamos, nos distanciamos de todo, se nos va apagando esa fe cuando nos encontramos un mundo muchas veces adverso precisamente a esas manifestaciones religiosas y cristianas.

No es cuestión solo de prepararnos para un día, o prepararnos, como muchas veces, pensamos para el último día, para la última hora; esa preparación ha de ser lo que cada momento con profundidad vivamos; seremos en el último día, lo que en el ahora estamos siendo. Dejemos que el evangelio nos interrogue, nos cuestione por dentro, nos haga hacernos preguntas, busquemos el camino de reencontrarnos con esa fe, de llenar de nuevo las alcuzas de nuestra vida de esa fe auténtica que nos haga mantener encendida la luz de nuestra vida.

¿Qué prioridad le damos en la vida a nuestra fe?

viernes, 27 de agosto de 2021

Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

 


Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13

Los ritmos de trabajo de la vida muchas veces se vuelven vertiginosos y nos vemos tan absorbidos por el día a día de la vida, de las responsabilidades, de los trabajos que parece que si no viviéramos sino para trabajar; terminamos porque no disfrutamos del trabajo y de lo que hacemos, pero es que no disfrutamos de la vida.

Eso nos hace olvidar también en muchas ocasiones de darle como más profundidad a la vida, de poner metas e ideales que nos eleven, y aunque no dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades hay el peligro de que al final nos sintamos vacíos, porque nos falta algo que le de sabor a lo que hacemos y a lo que vivimos. Parece incluso que hayamos perdido la alegría de la vida absorbidos por lo que vamos haciendo cuando nos olvidamos de lo principal.

Olvidamos detalles en nuestras relaciones con los demás que nos hagan más humanos, pero olvidamos detalles que nos den sentido y profundidad a nuestro ser. A veces nos parece que los engranajes de nuestra vida no funcionan con la suavidad que tendrían que funcionar y parece como que chirrían. ¿Faltará un aceite que facilite ese rodar de la vida con un sentido nuevo? No es cuestión solamente de estar, de pasar los días o de realizar unos trabajos, necesitamos algo más. Necesitamos algo que nos ilumine por dentro y también nos haga ver todo con un nuevo color. Pudiera ser que al final nos sintiéramos como cansados de la vida misma porque no la hemos sabido saborear en profundidad.

Necesitamos tener aceite suficiente en nuestra alcuza, en el depósito de nuestro corazón para que esa luz se mantenga siempre encendida. Hoy Jesús en el evangelio nos propone una parábola que habremos reflexionado muchas veces. El hecho de que la hayamos escuchado muchas veces no tendrá que impedirnos que en verdad la escuchemos con la novedad de la buena noticia que se nos quiere trasmitir.

Conocemos la parábola, una doncellas que según las costumbres de la época salen al recibir al esposo de la amiga que viene para la boda; dadas las circunstancias han de llevar lámparas encendidas para iluminar primero el camino y luego la sala de la boda; la tardanza del novio hizo que se quedaran adormecidas o que por otra parte se consumiera el aceite de las lámparas que cuando había que avivarlas ya no tenían el aceite necesario. Necesitaban un nuevo aceite que había que ir con prisas a buscarlo, pero ahora fueron algunas de aquellas doncellas las que llegaron tarde cuando la puerta estaba cerrada. Ya no pudieron disfrutar de la fiesta de la boda porque se quedaron fuera.

Nos quedamos fuera de la fiesta de la vida, como decíamos antes, quizás demasiado absorbidos por las mismas tareas que nos ocupan. Lo que nos sucede tantas veces cuando no le damos importancia a lo que verdaderamente tiene importancia, cuando descuidamos ese aceite y esa luz que dé color y sabor a lo que vivimos, cuando nos hemos olvidado de esos detalles que nos den mayor humanidad a nuestras relaciones, cuando aunque muy atareados vivimos muy superficialmente pensando solo en lo material o en las ganancias que podamos obtener, cuando pensando tanto en la vida presente nos hemos olvidado de darle trascendencia a lo que hacemos o cuando absorbidos por lo material hemos olvidado el sentido espiritual de nuestra vida, cuando quizá vivimos sí unas prácticas religiosas destinadas al cumplir por cumplir pero no le hemos dado profundidad a nuestra fe y a nuestra relación con Dios.

¿Cuál es el aceite que tendríamos que buscar? ¿Qué sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna? cultivemos y profundicemos en nuestra fe.

lunes, 9 de agosto de 2021

Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

 


Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Salimos al camino o bien porque nos vayamos a poner en camino para ir hacia alguna parte, o porque esperamos a alguien. Más de una vez lo habremos hecho o habremos visto a alguien a la puerta de su casa como si estuviera esperando a alguien; alguien nos ha avisado que llega y quizás en cierto modo impacientes nos asomamos al camino para ver si atisbamos por donde viene; quizás tengamos que indicar con claridad al que llega cual es el lugar, o por el respeto que nos merece la persona que llega mantenemos la puerta abierta y en cierto modo preparamos algo para recibirle. Había muchos gestos y signos que se realizaban para expresar la acogida que dispensábamos al que llegaba.


Jesús al proponernos hoy la parábola utiliza la imagen de las bodas, en las que las amigas de la novia habían de salir al camino con lámparas encendidas para iluminar el camino y para hacer la acogida del novio que llegaba con sus amigos para la boda. Y aquí era algo importante la luz; era la carencia de luz, algo normal en aquellos caminos, pero la luz que había de servir también para iluminar la sala del banquete de bodas; y era importante la previsión del aceite suficiente para poder mantener las lámparas encendidas.

La parábola habla de una tardanza; los caminos podían ser largos y dificultosos y en el camino siempre nos podemos encontrar contratiempos que nos hagan retrasar la llegada; en el mundo de las puntualidades en el que vivimos en el presente bien sabemos que también se producen los retrasos por lo que siempre hemos de estar atentos al momento de la llegada con los preparativos necesarios.

Es lo que nos sucede en el ritmo ordinario de la vida, esperamos y algunas veces nos llenamos de impaciencia; se nos anuncia que algo va a llegar o a suceder y quizás andamos distraídos en otras cosas y quien llega se nos puede presentar de improviso, porque además nos puede adelantar su llegada. Me estaba acordando ahora de aquel prior del convento que sabía de la llegada del Obispo aquel día a visitar el convento, pero el obispo se presentó antes de la hora prevista y para sorpresa del propio prior se encontró en ropa de faena regando los jardines del claustro, y nada estaba aún preparado pasando sus correspondientes apuros.

Cuando Jesús nos está proponiendo esta parábola está señalándonos la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida porque Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos. Es el ojo del creyente atento a ese actuar de Dios en su vida; las cosas se nos van sucediendo una tras otra y seguimos con normalidad el ritmo de nuestra vida, pero el verdadero creyente sabe tener una sintonía especial para descubrir esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa Palabra de Dios que nos llega a través de esos mismos acontecimientos ordinarios que vamos viviendo.

La parábola habla del aceite suficiente que se ha de tener preparado porque parte de esa imagen de las lámparas de aceite que se han de tener encendidas. Decimos el aceite y decimos esa sintonía espiritual para captar las señales de Dios; decimos el aceite y estamos diciendo esos ojos de fe para saber estar atentos y a la escucha; decimos el aceite y hablamos de nuestro espíritu de oración para estar a la escucha; decimos el aceite y estamos hablando de esa capacidad de reflexión para pensar y para repensar lo que nos sucede; decimos el aceite y estamos diciendo esa vigilancia y atención para no dejarnos embaucar ni seducir por falsos cantos de sirena en tantas cosas que nos pueden distraer en la vida; decimos el aceite y decimos ese cultivo espiritual que hemos de hacer en nosotros mismos para que sepamos ver más allá de lo material que tantas veces nos ciega.

No importa que tarde o venga fuera de hora incluso adelantándose a lo que quizás teníamos previsto, porque en nosotros hay esa sintonía espiritual para captar la señal, para captar esa honda de Dios.

Hoy estamos celebrando a santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein como era conocida antes de ser religiosa, que un día supo escuchar la voz de Dios, aunque estaba fuertemente enfrascada en sus estudios filosóficos, para entrar por los caminos de la fe y aceptar a Jesucristo como única sabiduría de su vida. La ciencia y el conocimiento filosófico no fue un obstáculo para ella encontrarse con Jesús y consagrarle totalmente su vida.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.