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domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


viernes, 31 de agosto de 2012

El que está de guardia no se puede dormir
1Cor. 1, 17-25; Sal. 32; Mt. 25, 1-13

El que está de guardia no se puede dormir. Así de sencillo es el mensaje. La espera y la vigilancia no son una actitud o una postura pasiva. Es lo que hace el centinela o el vigía, es lo que tiene que hacer el controlador ya sea de un enorme complejo industrial o del tráfico aéreo. El que tiene la misión de vigilar tiene que estar siempre atento por lo imprevisto que pueda suceder, por lo que ha de tener preparado para que todo siga funcionando debidamente, o para recibir de la forma adecuada a quien pueda llegar, ya sea un personaje que esperamos o un ladrón que intentara robar o sabotearnos aquello que está a nuestro cuidado.

Es una actitud que ha de mantener en su vida el cristiano. Es el mensaje que quiere trasmitirnos Jesús con la parábola, que se nos adelantaba con la vigilancia a la que nos invitaba ayer o que se va a seguir prolongando en las parábolas de los próximos días.

En un momento de la parábola nos dice: ‘El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron’. Por eso cuando llega el esposo no todas tenían preparado lo previsto para recibir al esposo. Muchas se quedarían sin poder entrar al banquete de bodas porque les faltó el aceite, se apagaban sus lámparas y mientras fueron a conseguir más la puerta de la boda se cerró y se quedaron fuera.

Lo hemos escuchado muchas veces y repetidamente lo hemos meditado, pero en esa vigilancia que necesitamos mantener nos es bueno que lo recordemos y lo meditemos una vez más. Algunas veces pensamos que como ya somos cristianos porque estamos bautizados y pensamos que aún mantenemos nuestra fe aunque fuera sólo de manera elemental ya con eso pensamos que nos es suficiente. Y vamos por la vida acordándonos de Dios quizá solo cuando tenemos problemas, los sufrimientos nos aparecen en la vida o queremos conseguir algo que deseamos y hacemos para ello mil promesas. O simplemente nos vamos dejando llevar porque en realizamos algunos actos piadosos desde momentos de fervor o devoción o nos contentamos con ir cumpliendo con aquellas cosas más elementales de nuestra religión.

Pero, ¿podemos quedarnos en eso si en verdad queremos vivir una vida cristiana? Creo que nos damos cuenta que el seguimiento de Jesús es mucho más que todo eso. Porque ser cristiano, es seguir a Jesús. Cristiano es el discípulo de Cristo, aprendimos en el catecismo. Y el discípulo es el que sigue a su maestro. Seguir, ponernos en camino, vivir de una manera distinta porque es seguir el camino de Cristo, vivir el camino de Cristo. ‘Ya sabéis el camino…’ recordamos que nos decía Jesús en una ocasión. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida’, terminaría diciendo Jesús entonces.

No podemos seguir un camino si no lo conocemos; no podemos seguir un camino si estamos durmiendo; no podemos seguir un camino y no nos preparamos adecuadamente para ello; no podemos seguir un camino si nos quedamos cómoda y pasivamente sentados esperando que otros lo hagan por nosotros. Es la vigilancia de la que nos está hablando Jesús en estos días. Es el poner todo nuestro empeño para que se pueda mantener encendida esa luz que nos ilumine el camino, como nos enseña hoy la parábola. Es el estar atentos al Señor que llega a nuestra vida, que pasa junto a nosotros invitándonos a seguirle. Es poner esa disposición por nuestra parte para ponernos a caminar con El y a su manera. Es querer conocer más y más a Jesús para que no nos confundamos con falsos Mesías o falsas luces que en la vida tratan de encandilarnos para alejarnos del camino verdadero que nos lleva a la vida.

La vida del cristiano no puede ser una vida pasiva, donde nos dejemos adormilar. Es una vida llena de esperanza pero que tenemos que alimentar muy bien con esa luz con que Jesús quiere iluminarnos. Que no se nos apague la luz. Que no nos apartemos nunca de Cristo y de su gracia que El nos regala en sus sacramentos.

jueves, 9 de agosto de 2012

Necesitamos el aceite que nos mantenga siempre encendidas nuestras lámparas


Necesitamos el aceite que nos mantenga siempre encendidas nuestras lámparas

Os. 2, 16-17.21-22; Sal. 44; Mt. 25, 1-13

‘¡Que llega el esposo; salid a recibirlo…!’ Las doncellas estaban esperando la llegada del esposo para la boda; habían de tener las lámparas encendidas para iluminar el camino y para poder adornar debidamente la sala del banquete. Pero no todas tenían aceite suficiente. ‘Dadnos un poco de aceite que se nos apagan las lámparas’. Mientras fueron a buscarlo se cerró la puerta del banquete de bodas.

Muchas veces hemos escuchado, comentado y reflexionado sobre esta parábola que nos propone Jesús. Al final nos dirá: ‘Por tanto vigilad, porque no sabéis el día ni la hora’. Lo importante es tener la lámpara encendida; lo necesario tener el aceite que alimente esa lámpara para que se mantenga encendida.

¿Cuál es esa lámpara? ¿Cuál es ese aceite? Nos preguntamos como siempre lo hacemos cuando escuchamos esta parábola y queremos encontrar el mensaje. No creo que sea necesario esforzarse mucho para darnos cuenta cuál es esa luz y cómo hemos de mantenerla encendida. Hablamos de la fe; hablamos de la vida de gracia; hablamos de nuestra vivencia de Dios; hablamos de la necesidad de estar unidos a El.

Todos nos damos cuenta que necesitamos esa luz que Jesús nos viene a traer; somos conscientes de que a nosotros, al mundo le falta una luz que ilumine de verdad la vida, que nos dé sentido a lo que hacemos, que sea transformadora de ese mundo al que nosotros queremos hacer con Jesús el Reino de Dios, el Reino de los cielos. Y nosotros estamos llamados a llevar esa luz al mundo. Es misión que Cristo nos ha confiado. Es necesario, para nosotros y para el mundo, encontrar ese aceite que haga encenderse esa lámpara.

Son muchos los problemas que nos vamos encontrando en la vida y en el mundo en el que vivimos. Muchas veces andamos como desorientados sin saber por donde caminar o la meta a la queremos tender. Nos vemos envueltos en tantas ideas, en tantas cosas, en tantas y tan diferentes maneras de pensar que podemos vernos confundidos.

Si a una lámpara que tiene que encenderse e iluminar le mezclamos diferentes y hasta contradictorios combustibles, es difícil que pueda encenderse. Y eso nos puede pasar en esa confusión de ideas y de pensamientos que nos encontramos a nuestro alrededor. Y cuando queremos entrar en diálogo con ese para tratar de anunciarle lo que es nuestra luz, algunas veces parece que no sabemos cómo hacerlo o nos sucede que nos podemos encontrar turbados y confundidos.

Por eso tenemos que asegurar esa luz que da sentido a nuestra vida y que nosotros sabemos que encontramos en Jesús. Y ya sabemos donde podemos encontrar ese aceite que mantenga bien encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Por eso el cristiano tiene que preocuparse de formarse debidamente en su fe para que vaya creciendo y madure de verdad para que pueda dar frutos para nuestra vida y ser verdadera luz para nuestro mundo.

Qué importante ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra espiritualidad. Si así lo hacemos no nos encontraremos confundidos y tendremos la respuesta clara que dar a nuestro mundo desde el anuncio que hacemos de Jesús y de su evangelio.

Hoy la liturgia de la Iglesia está celebrando a una mujer que en su búsqueda de la luz - era filósofa - un día se encontró con Jesús y ya para siempre esa fue la luz que iluminó su vida y con la que quiso iluminar también el mundo en que vivía. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) no era cristiana y un día descubrió a Jesús. Se bautizó y se enamoró de tal manera de Jesús que se hizo religiosa, Carmelita Descalza, para así vivir profundamente su unión con Jesús. No quería que nunca le faltara el aceite que le mantendría con la lámpara de su fe y de su unión con Jesús, siempre encendida. Terminaría mártir del odio y de la intransigencia en momentos oscuros del siglo XX, perseguida por el nazismo por su raza judía y sería ejecutada en aquellos terribles campos de exterminio.

De ella además del testimonio de su fe hasta el martirio hemos de aprender también la búsqueda de ese aceite, en la sabiduría de Dios, para que su vida estuviera siempre iluminada por Cristo y así poder iluminar a los demás. Que así sea nuestra búsqueda de ese aceite de Cristo para que podamos dar el testimonio de su luz.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Que no se nos apague la lámpara…


Sab. 6, 12-16;

Sal. 62;

1Tes. 4, 13-18;

Mt. 25, 1-13

¿De qué nos vale tener una linterna si no tenemos la batería o la fuente de energía necesaria para hacer que nos pueda dar luz e iluminar el camino? ‘Se nos apagan las lámparas…’ dijeron aquellas doncellas que no fueron previsoras para tener el suficiente aceite para aguardar la llegada del novio en cualquier hora que viniese. Nos puede decir mucho de nuestra fe, de nuestra esperanza.

Viene el Señor pero no sabemos la hora. Viene el Señor, y pensamos en el tiempo final, su segunda venida, y nos puede parecer tan lejos que no nos preocupamos ni preparamos para su llegada. Viene el Señor, y pensamos en la hora de nuestra muerte y decimos que ya tendremos tiempo, que nos queda mucha vida por delante.

Viene el Señor, y no pensamos que llega ahora, en cualquier momento, en esta misma celebración, en cualquier acontecimiento, o en cualquiera que se acerca a nosotros desde su vida con sus problemas o con sus lágrimas, con sus necesidades o también con sus alegrías. Viene el Señor… ¿Tendremos aceite suficiente para mantener las lámparas encendidas? ¿Cuáles son esas lámparas que hemos de mantener encendidas?

La parábola que nos propone hoy Jesús en el Evangelio puede decirnos muchas cosas. Nos habla de una boda, según las costumbres de su época, en que las amigas de la novia salían con sus lámparas a iluminar el camino a la llegado del novio, y con cuyas lámparas se iba a iluminar luego la sala del banquete. Pero en los detalles que nos da Jesús en la parábola ya nos está indicando que no sabemos cuando puede llegar. ‘Como el esposo tardaba les entró sueño a todas y se durmieron’ hasta que sonó la voz que anunciaba la llegada del esposo. ‘Que llega el esposo, salid a recibirlo’

Vivimos en la vida, si no dormidos, al menos entretenidos u ocupados en nuestros trabajos, en nuestras obligaciones, en los avatares y aconteceres corrientes de la vida. Pero el creyente sabe que todas esas cosas que componen nuestra vida no son ajenas a nuestra fe, no son ajenas a la presencia de Dios que viene a nosotros. El verdadero creyente vive en vigilancia y en esperanza. ‘El justo vivirá de la fe’, que dice la escritura. Y desde la fe sabemos y descubrimos esa presencia de Dios en nuestra vida, también en medio de nuestros trabajos y nuestras luchas. Y tendríamos que estar atentos a esa presencia del Señor, vivir en esa presencia del Señor.

¿Nos dormimos? ¿Estamos tan entretenidos en nuestras cosas que nos olvidamos de esa presencia del Señor? ¿Tanto nos absorben nuestras preocupaciones o responsabilidades? ¿Se nos apagará esa lámpara de la fe que tendríamos que tener siempre encendida? ¿Se nos acaba el aceite que le dé energía, luz, vida?

Viene el Señor, ya lo decíamos antes, nos sale al encuentro. Nos sale al encuentro en una celebración, como ahora mismo quiere llegar a nosotros en su Palabra y en la Eucaristía. Pero nos sale al encuentro en los acontecimientos que vivimos, o en las personas con las que nos cruzamos en la vida o que conviven con nosotros. Nos sale al encuentro haciéndonos una llamada especial allá en el fondo de nuestro corazón desde una palabra que escuchamos, un consejo que nos dan, o en tantas cosas que nos suceden que si tuviéramos bien encendida nuestra lámpara seríamos capaces de verlo y escucharlo. Nos hace falta una luz especial.

Vigilancia y esperanza necesarias en la vida del creyente. Una lámpara encendida que no podemos dejar apagar. La imagen es hermosa y nos puede decir muchas cosas. La fe tiene que ser una luz – la Luz - que ilumine nuestra vida. Y la ilumine en todo momento. Porque la fe no es algo de quita y pon, de lo que echemos mano cuando nos apetezca, sino que la fe ha de envolver toda nuestra existencia, dar valor y sentido a todo lo que es nuestra vida.

Con la luz de la fe podemos y tenemos que ir haciendo esa lectura creyente de cuanto sucede a nuestro alrededor y cuanto nos sucede a nosotros. La luz de la fe nos abre caminos. Nos hace comprender muchas cosas. Es cada día más rápida y vertiginosa la carrera de nuestro mundo. Algunas veces nos podemos encontrar turbados o confundidos por la marcha de nuestro mundo.

Sentimos, por ejemplo, el sufrimiento de tanto dolor, de tanta muerte como los hombres vamos dejando meter en nuestra vida con nuestros odios y violencias, con tanta insolidaridad e indiferencia que nos hace insensibles, con ese materialismo o esa vida sin sentido que viven muchos. Pero desde esa fe nos sentimos fortalecidos en el Señor. Y nos sentimos al mismo tiempo impulsados a luchar y trabajar por hacer un mundo mejor, ir poniendo esos granitos de arena, esas pequeñas semillas de nuestra bondad y de nuestro amor para llevar paz y consuelo a tantos que nos rodean.

Por eso y por tantas razones más, no podemos dejar apagar esa lámpara de nuestra fe y de nuestro amor. Que no nos falte el aceite. Que no nos falte la gracia del Señor. Que no nos falte esa luz. Que sepamos en verdad buscar ese alimento de nuestra fe, ese combustible que alimente esa luz, en la Palabra del Señor que escuchamos, en nuestra oración, en la Eucaristía que nos alimenta, en la gracia de los sacramentos.

Decíamos antes, vigilancia y esperanza. Efectivamente, hemos de estar atentos para, por así decirlo, no bajar la guardia. Quizá en esa lucha de cada día, en esas nuestras carreras locas, porque decimos que hay tanto que hacer o porque nos vemos sobrepasados, podemos bajar la guardia de nuestra vigilancia y se merme nuestra oración, se merme toda esa vida de piedad que me mantenga unido al Señor para recibir su gracia.

El sarmiento tiene que estar unido a la vid, nos dice Jesús en otro lugar del evangelio. Y si no nos alimentamos permaneciendo unidos al Señor, nuestra lámpara se apaga, nuestro aceite se nos acaba y cuando llegue el momento que lo necesitamos nos vamos a encontrar a oscuras.

Que podamos entrar al banquete bodas; que seamos capaces de hacer de nuestro mundo ese banquete de bodas del Reino de los cielos porque con nuestro amor, con nuestra solidaridad, con nuestra preocupación por los demás tengamos presente esa luz, hagamos presente a Cristo en nuestra vida y en la vida de los demás. Es nuestra tarea y ha de ser nuestra preocupación. Que no nos falte el aceite de la gracia que mantenga encendida siempre esa luz.

viernes, 26 de agosto de 2011

Que no se nos apaguen las lámparas con que hemos de salir a recibir al Señor


1Tes. 4, 1-8;

Sal. 96;

Mt. 25, 1-13

El Reino de Dios es esperanza y es luz. Cuánta esperanza suscitó la llegada del Reino; cuánta esperanza suscitaba Jesús en medio de las gentes con su predicación, con sus milagros, con su presencia, con su amor. Por algo el principio del evangelio de san Juan nos habla tanto de luz, la luz que viene a iluminar a todo hombre, la luz que disipa tinieblas, la luz que nos llena de esperanza de vida nueva, de luz nueva.

Hoy hemos escuchado a Jesús decirnos eso en la parábola al mismo tiempo que enseñarnos cómo hemos de vivir esa esperanza, que nunca será una esperanza pasiva. ‘El Reino de los cielos se parecerá a Dios doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo’. Bella y rica la parábola. ‘¡Que llega el Esposo, salir a recibirlo!’ es el grito que se va a escuchar. Y allí tenía que estar la luz que lo iluminara todo.

Es la esperanza del Señor que llega y lo ha de envolver todo con su luz. ‘¡Que llega el esposo…!’ Viene el Señor y nosotros aquí estamos en laboriosa espera. Fue la esperanza del pueblo de Israel en la venida del Mesías prometido. Cómo preparaban al pueblo y alentaban su esperanza los profetas invitándoles a cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne. Cómo alentaba al pueblo y lo preparaba Juan Bautista invitándoles a la conversión y a las obras buenas porque la llegada del Señor era inminente.

‘Ven, Señor Jesús’, gritamos también nosotros una y otra vez, porque queremos sentir se presencia, su gracia, su amor. Y cuando somos conscientes de esa presencia del Señor que viene a nuestra vida, nuestro corazón se enardece y buscamos la manera de tenerlo ardiente de amor porque sabemos que en el amor y amor es la mejor manera de encontrarnos con El.

‘¡Ven, Señor Jesús!’, sigue gritando la Iglesia con el grito del Apocalipsis mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo y queremos vernos libres de toda perturbación, purificados de todo pecado, inundados de amor para realizar también las obras del amor. En ese encuentro definitivo y final que nos conducirá a la plenitud de Dios con esas lámparas encendidas en nuestras manos queremos estar. Se nos dio como signo en nuestro bautismo para que con ellas en nuestras manos y con nuestras vestiduras blancas de la gracia saliéramos al encuentro del Señor.

Son las lámparas que hemos de tener encendidas. Es la señal de nuestra esperanza y nuestra preparación,. Es signo de que no nos dormimos sino que siempre estamos buscando el aceite de la gracia que nos fortalece, que nos previene de los peligros, que nos mueve a las cosas buenas que serán siempre expresión de que estamos esperando y nuestra esperanza es viva y por eso no queremos dejar que se nos apaguen nuestras lámparas. Nuestra esperanza nunca será una esperanza pasiva, porque esperamos pero procuramos mantenernos despiertos, atentos, vigilantes, procurando que la lámpara esté encendida y no le falte el aceite, preparando nuestro corazón y nuestra vida a esa llegada del Señor.

Que no se nos apaguen nunca esas lámparas. Que no se nos apague el amor. Que tengamos siempre muy abiertos los ojos de la fe. Que mantengamos siempre la esperanza. Que busquemos tener siempre con nosotros el aceite de la gracia. Que no se nos ahogue nuestro espíritu de oración. Que no abandonemos la práctica de los sacramentos. Que anhelemos siempre vivir en la gracia y la amistad del Señor. Que sepamos ponernos muchas veces de rodillas ante el Sagrario. Que abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor. Que estemos atentos en todo momento a la llegada del Señor a nuestra vida. Que sepamos reconocerle también en el hermano que está a nuestro lado. Que no nos falte el amor en nuestro corazón.

martes, 9 de agosto de 2011

Queremos que su luz ni se merme ni se apague nunca


Os. 2, 16-17.21-22;

Sal. 44;

Mt. 25, 1-13

¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Cuando eschamos la parábola nos puede parecer absurdo lo que le sucedió a aquellas doncellas que habían de tener encendida la lámpara para cuando llegara el novio a la boda. Esa era su tarea. Su misión. Para eso las habían enviado al camino con aquellas lámparas que iluminasen la llegada del esposo. Pero se durmieron. No fueron previsoras. Cuando necesitaron la luz no tenían aceite suficiente para alimentar las lámparas.

Cuando Jesús nos propone una parábola no pretende solamente contarnos un episodio de un cuento muy bonito que nos agrade y nos entretenga. Jesús no es un simple narrador de cuentos. Con las parábolas El nos hablaba del Reino. La función de la parábola es enseñarnos y hacernos pensar. Hacer que intentemos vernos reflejados de alguna manera en los personajes de la parábola.

Por eso las preguntas que nos hacíamos al principio. ¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Claro que tenemos que pensar de qué luz se trata, cuales son esas lámparas que tenemos en nuestras manos y cuál es el combustible, el aceite que las haga mantener encendidas.

Ya lo decíamos, Jesús con las parábolas nos hablaba del Reino. ‘Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo’. Costumbres de la época que le valen a Jesús para darnos un mensaje de cómo hemos de vivir el Reino de los cielos, el Reino de Dios.

Continuamente nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Nos pedía desde el principio creer y convertirnos porque el Reino de Dios estaba cerca. Ha venido Jesús a instaurarlo, a inaugurarlo en nuestra vida. Cuando le hemos dado nuestro sí a Jesús, el sí de nuestra fe, hemos entrado en el Reino; cuando nos hemos unido a El por el Bautismo, hemos recibido el don del Reino de Dios plantándolo en nuestro corazón.

El Reino de Dios es vida. Reconocemos a Dios como nuestro Rey y Señor y El nos da el don de su vida por la fuerza del Espíritu y en virtud de la salvación, de la redención de Cristo. Y comenzamos, entonces, a vivir una vida nueva. Como una luz que hemos plantado en nuestro corazón y ya las cosas las vemos y las vivimos de manera nueva. Digo las cosas, lo que es nuestra vida, nuestro ser, lo que hacemos o lo que deseamos. Todo es distinto porque ya Dios ocupa el centro de nuestra existencia.

No nos importan luchas o trabajos, no tememos tentaciones o peligros, porque tenemos a Dios en el centro de nuestra vida. Ya hay un nuevo sentido, un nuevo existir, porque ya para siempre vivimos desde el amor. Y queremos que eso sea para siempre. Queremos que esa luz no merme ni se apague.

Decíamos que no nos importan luchas ni trabajos y no tememos tentaciones ni peligros, pero sabemos que ahí están. Que habrá cosas que nos distraigan, nos quieran alejar del rumbo que hemos querido darle a la vida, que nos adormecen para hacernos olvidar lo que es importante, que nos quieren arrastrar por otros caminos que no son precisamente los de la vida y del amor, sino los del mal y del pecado. Y todas esas cosas ponen en peligro la luz.

Tenemos que saber buscar donde alimentar esa luz; tenemos que tratar de que esa luz no se apague. Tenemos que saber buscar esa gracia de Dios que nos alimenta, que nos fortalece, que nos previene contra el mal y el pecado. Y esa gracia la encontramos en Dios, es un regalo de Dios que hemos de saber valorar y aprovechar.

Canales de gracia los tenemos en los sacramentos; canales abundantes de gracia encontramos en nuestra oración, en nuestra unión con el Señor; canales de gracia y de vida los tenemos en la Palabra que el Señor nos dice cada día, y que tenemos que saber escuchar, plantar en nuestro corazón. Si nos fallan esos canales, si rompemos esa conexión con la gracia del Señor porque abandonamos nuestra oración, porque no vivimos los sacramentos con toda hondura, porque no escuchamos su Palabra, esa luz se nos extinguirá. Sabemos donde podemos alimentarla, acudamos confiados al Señor. No nos durmamos para que podamos mantener encendida esa vida en nosotros.

Que un día podamos entrar en el banquete eterno de las Bodas del Reino de los cielos. Que el Señor nos reconozca porque hemos sabido tenerle como centro de nuestra vida y a pesar de nuestras debilidades siempre hemos sabido acudir a El; muchas veces quizá para pedirle perdón por nuestras infidelidades, nuestros olvidos y abandonos; muchas veces invocándole para obtener su gracia; siempre queriendo cantar sus alabanzar, queriendo cantar desde lo más hondo de nosotros la gloria del Señor.

Tenemos hoy el testimonio de quien un día encontró esa luz, porque la buscaba y porque el Señor la llamó y la iluminó, y ya nunca se apagó esa luz y esa vida en su corazón siendo capaz incluso de dar su vida a causa de su fe, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Viene el Señor con gran poder y gloria, se acerca vuestra liberación

Dan. 6, 11-27
Sal. Dan. 3, 68-74
Lc. 21, 20-28


‘Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’, nos ha dicho Jesús hablándonos de su venida al final de los tiempos.
Cuando pensamos en esa venida del Señor, en ese final de los tiempos, en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor como en nuestra propia muerte son distintas las formas de reaccionar que tenemos. Podríamos pensar, por supuesto, en aquellos que no tienen fe y que entonces todo esto no les dice nada y viven la vida sin ningún sentido de trascendencia, lo cual nos resulta preocupante y tendría que ser motivo de oración por nuestra parte para pedir que el Señor les ilumine con el don de la fe.
Pero, sin dejar de pensar en esto, quiero referirme más bien a los que nos decimos que tenemos fe y sí creemos en las palabras de Jesús, pero que sin embargo para muchos son un motivo de angustia y de temor. Temen la muerte, temen ese encuentro con el Señor y y temen ese juicio de Dios. Hay una cosa que es el temor del Señor, que es también un don del Espíritu, pero el temor del que ahora hablamos es más bien un miedo que llena de angustia.
De alguna manera nos lo expresan las palabras del evangelio. ‘Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas… los hombres se quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad…’
Para un creyente que ha experimentado el amor de Dios en su vida, ¿esa sería lo que podríamos llamar la postura normal? Pienso que quien ha descubierto y ha tratado de vivir en su vida ese amor infinito de Dios que tanto nos ama, que nos da a su Hijo, que nos perdona y que nos llena de su vida haciéndonos hijos, aunque sintamos el peso de nuestros pecados e infidelidades sin embargo tendríamos que tener una como confianza en la misericordia del Señor.
Creo que es lo que Jesús quiere realmente trasmitirnos. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Sentimos, es cierto el peso de nuestros pecados y tantas infidelidades de nuestra vida, pero hemos de saber alzar nuestra cabeza porque viene a nosotros el Señor que nos salva y nos libera. ‘Se acerca vuestra liberación’, nos dice Jesús.
Sabiendo lo que será el final, creo que todo esto tendría que movernos a que en verdad le vayamos dando un sentido a nuestra vida. Es la preparación y la atención de la que nos habla continuamente el Señor. Es el saber tener encendidas las lámparas en nuestras manos como aquellas doncellas prudentes de las que nos habla Jesús en sus parábolas. Es cuidar de mantener blanca y pura aquella túnica que vestimos en nuestro bautismo como signo de nuestra dignidad de cristianos. Es el lavarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario en la sangre del Cordero, como aquellas muchedumbres de las que nos habla el Apocalipsis, porque hayamos sabido acudir a los sacramentos que nos purifican y que nos dan vida.
La confianza en la misericordia del Señor no nos lleva a la presunción, sino a la vigilancia y al estar atentos para acoger al Señor que llega a nuestra vida y nos llena de su salvación. Viene el Señor con gran poder y gloria. Que en verdad deseemos y hagamos todo lo posible por escuchar su voz que nos invita a pasar al Reino eterno preparado por el Padre desde todos los siglos.