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viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.


miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


jueves, 27 de julio de 2023

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

 


Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Como solemos decir, oímos campanas y no sabemos donde. En otros tiempos en que no había tanto sonido o tanto ruido en el ambiente en nuestros campos oímos campanas en la lejanía y pronto percibíamos que es lo que nos estaban anunciando, ya fuera el toque de oración, la muerte de algún vecino, o la llegada del tiempo de las fiestas. Hoy hemos perdido la percepción del sentido de los toques de las campanas y además aunque oigamos no escuchamos para poder percibir el sentido de lo que se nos anuncia. Oíamos el toque de la campana y nos decíamos unos a otros, escucha y se hacia silencio para poder escuchar de verdad los sonidos que nos hablaban.

Una imagen que nos puede hablar mucho de lo que nos sucede hoy, pero también de aquello a la que Jesús está haciendo referencia, cuando le preguntan por qué les habla en parábolas. Ya también iban perdiendo es capacidad de escucha a la voz de Dios que les hablaba, y les sucedía como nos sucede también muy fuertemente hoy que no somos capaces de percibir esa voz de Dios que nos habla desde la naturaleza o nos habla de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o en nuestro entorno. Todo hoy quizás nos lo queremos explicar científicamente y ya no somos capaces ni de percibir el misterio ni de ser capaces de elevar nuestro espíritu para ver más allá de lo que los sentidos nos pueden señalar.

Jesús les recuerda las palabras de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Así nos sigue sucediendo, oímos, miramos, pero ni somos capaces de escuchar ni somos capaces de entender. Nos hemos insensibilizado para muchas cosas, hemos perdido un sentido espiritual de la existencia, todo lo convertimos en materia, o lo queremos convertir en ganancias pero que las reducimos a lo material; ya ni somos capaces de disfrutar de lo que vivimos, de esas cosas sencillas de nuestra vida, a las que no damos importancia y las pasamos por alto, no sabemos valorar porque hemos llenado la vida – y valga la incongruencia – de vacío. Hay una riqueza espiritual que nada tiene que ver con lo que resuena en nuestros bolsillos, ni con lo abultado de los números de nuestras cartillas bancarias, ni con aquellos oropeles con los que queremos envolvernos llenos de vanidad para dar una apariencia de lo que en realidad no somos.

Necesitamos de nuevo aprender la cartilla para que aprendamos a leer la vida; buscar el diapasón que afine nuestros oídos y que les dé sensibilidad  para sintonizar con lo espiritual; darle hondura a nuestra vida para que nuestras raíces lleguen a esos nutrientes que de verdad nos van a fortalecer el corazón; aprender a prestar atención alejándonos de los ruidos que nos perturbar porque será la manera de escuchar ese susurro de Dios; ponernos en el lugar adecuado para que cuando pase esa suave brisa como le sucedía al profeta en la montaña darnos cuenta que ahí está Dios.

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El. Podremos decir al final, ‘¡Bendito eres, Señor, en el templo de tu santa gloria!’

viernes, 10 de febrero de 2023

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

 


Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

Génesis 3, 1-8; Sal 31; Marcos 7, 31 - 37

‘Pero tú ¿estás sordo? ¿No estás oyendo lo que te estoy diciendo?’ Habremos dicho en alguna ocasión, o nos han dicho a nosotros porque no prestábamos atención a lo que se nos decía. Oíamos, sí, pero no escuchábamos. El sonido llegaba a nuestros oídos, pero no estábamos escuchando. También habremos escuchado en más de una ocasión aquello de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, no quiere prestar atención. Tantas veces nos hacemos oídos sordos en la vida. No nos queremos enterar, no queremos saber, no queremos complicarnos.

Y no es ya que no prestemos atención a las cosas que se dicen, los comentarios que se hacen, es que no queremos saber de problemas, es que no queremos complicarnos la vida, es que no queremos meternos con sinceridad dentro de nosotros mismos para ver aquello que nos están señalando, aquello que sabemos que no es bueno, pero que no queremos saber, no queremos cambiar, no queremos escuchar. Y no oímos el consejo de un amigo, no escuchamos la recomendación que nos hacen nuestros padres, no prestamos atención a muchas señales que podemos ver en la vida que nos tendrían que hacer pensar, que nos harían tomar decisiones que no queremos tomar, que nos harían cambiar o mejorar, pero preferimos quedarnos así, es más cómodo, mejor, pensamos, dejarnos llevar por la rutina de lo de siempre.

¿Queremos abrir nuestros oídos? Quizás vamos al especialista en audición para que nos ponga unos aparatitos en los oídos, pero no acudimos a quien puede abrirnos los oídos de la vida para encontrarnos con la verdad de la vida, para encontramos con la  verdad de nuestra propia vida.

Hoy le llevaron a Jesús – todavía andan en los exteriores casi del territorio de Israel  - a un hombre que era sordo y apenas podía hablar. Hemos escuchado el relato del evangelio. Jesús se lo lleva aparte, le metió los dedos en los oídos y le puso saliva en la lengua y le dijo: ‘¡Effetá!, ¡ábrete! Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Por eso decíamos que tenemos que ir a quien nos abra los oídos. Tenemos que dejarnos conducir, tenemos que dejarnos hacer. Que Jesús llegue a nosotros también y toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida. ‘¡Effetá! ¡Ábrete! Que se abran nuestros oídos, que se abra nuestro corazón, que salgamos de nuestras encerronas y de nuestras cobardías, que rompamos el ritmo de esa rutina, que nos despabilemos de una vez por todas y prestemos atención.

Quiero pensar en una cosa. ¿Cuántas veces hemos ido a la Iglesia, a Misa en la vida? ¿Cuántas veces ante nosotros se ha proclamado la Palabra del Señor? ¿La habremos escuchado? ¿Le hemos prestado atención o estábamos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en la preocupación de lo que teníamos que hacer después? Hemos estado sordos y no lo hemos reconocido; hemos estado sordos y no hemos escuchado; hemos estado sordos y la Palabra que se nos ha proclamado no ha llegado a nosotros. Seguimos siempre igual, seguimos siempre con lo mismo y pocas señales damos de que vayamos cambiando. Nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de hacer las cosas ha seguido siendo la misma. No escuchamos.

Estamos hablando de la escucha de la Palabra de Dios, pero podíamos pensar en muchas más cosas. Cómo es necesario que sepamos escucharnos unos a otros. Cuántos problemas se evitarían, cuánto aprenderíamos de los demás, cómo evitaríamos prejuicios y prevenciones ante los otros, cómo aprenderíamos a mirar con ojos nuevos y distintos a los demás descubriendo muchas cosas buenas y positivas, qué nuevas actitudes y posturas tomaríamos ante los otros. En muchas más cosas tendríamos que pensar.

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva.

martes, 4 de octubre de 2022

Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

 


Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Sentarnos a escuchar; qué cosa más hermosa; aunque hoy parece que estamos más preocupados por escuchar a los que están lejos que a los que están a nuestro lado. Qué hermoso si contemplamos una escena, donde sea, ya en casa o en el banco de un parque, donde la gente habla entre sí, y tenemos que decir, siendo también capaces de dejar los móviles a un lado para escuchar al que está a nuestro lado. Cuanto cuesta eso hoy en la nueva cultura que estamos introduciendo, en las nuevas costumbres que vamos implantando.

Por eso es idílica la imagen que nos presenta hoy el evangelio. Unos caminantes que suben a Jerusalén y que tras la larga subida desde el Jordán – son kilómetros extensos y fatigosos en la cercanía de lugares desérticos – que se encuentran un patio acogedor, unas puertas abiertas y un hogar en que son bien recibidos. Aunque en este texto del evangelio no se menciona que sea Betania por el paralelismo y correspondencia con el texto de otro evangelio se tratará de ese lugar, ya en las cercanías de Jerusalén. Jesús y sus discípulos que suben a Jerusalén son acogidos por aquellos hermanos, Marta, María y Lázaro en este gesto de hospitalidad tan hermoso.

Hoy sobresalen o se mencionan especialmente a Marta y a María. Ansiosa una, Marta, por tener todo lo necesario para la acogida de aquellos huéspedes se afana en los intensos preparativos, mientras María se sienta como una discípula a los pies de Jesús para escucharle, lo que motivará los reclamos de su hermana.


Nada quiere María que la distraiga de la escucha de la conversación de Jesús por está allí absorta despreocupándose de otras tareas propias de los gestos de la hospitalidad de lo que se ocupa su hermana. Jesús dice que ha escogido la mejor parte, como respuesta a los reclamos de Marta. Está en eso tan importante que tenemos que aprender a hacer. Escuchar.

También vamos muchas veces locos en nuestras carreras por la vida, porque tenemos tantas cosas que hacer y no nos paramos a escuchar. Tenemos el peligro de pasar de largo ante la vida de las otras personas. Siempre hemos recalcado mucho lo de pasar de largo de aquel sacerdote y aquel levita de la parábola y no se detuvieron a fijarse en el hombre mal herido a la orilla del camino. Pero eso nos sigue sucediendo de mil maneras. Nuestras puertas siguen demasiado cerradas con nuestros miedos o con nuestros prejuicios. Pasamos por una calle y raro es que veamos una puerta o una ventana abierta, a alguien a la puerta que nos salude con una sonrisa y nos invite a pasar, o asomados a la ventana aunque sea para darnos los buenos días.

De muchas maneras vamos por la vida con las puertas cerradas pasando de largo porque vamos entretenidos con nuestros móviles para hablar con alguien al otro lado del mundo – y no digo que sea malo – pero no somos capaces de fijarnos y saludar al que pasa a nuestro lado, para estar atento a sus problemas, para escuchar sus angustias, para acompañar en sus soledades.

Es la soledad de las personas mayores que ya se han quedado en casa por sus dificultades de movilidad y sus hijos están en otro lugar en sus quehaceres, pero es la soledad también del que nadie escucha, del que tiene una necesidad y nadie le presta atención, de aquel a quien nunca le hacemos una llamada para al menos preguntarle cómo está o qué necesita, es la soledad de los que estando quizá juntos se encuentran tan lejos los unos de los otros porque como hemos dicho preferimos conectarnos con el que está lejos que interesarnos por el que está a nuestro lado.

Es quizá también la soledad en la que nosotros mismos nos hemos metido porque nos encerramos en nosotros mismos, porque rehuimos la comunicación y el compartir lo que sentimos o lo que vivimos. ¿A quien le has contado tus últimas preocupaciones? Quizás tendrías que preguntártelo para darte cuenta bien de cuáles son los abismos de incomunicación en que te has metido.

María de Betania se sentó a los pies de Jesús para escucharle. ¿Nos sentamos nosotros a los pies de Jesús para escucharle haciendo silencio en nuestro corazón? Dios sabemos que siempre nos escucha, aunque algunas veces podamos decir lo contrario, pero nosotros ¿siempre escuchamos a Dios? ¿Cómo tendría que ser hoy ese sentarse a los pies de Jesús para escucharle?

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.

jueves, 26 de agosto de 2021

Despertemos en nosotros la esperanza y pensemos en la vida eterna y estemos vigilantes para el encuentro con el Señor

 


Despertemos en nosotros la esperanza y pensemos en la vida eterna y estemos vigilantes para el encuentro con el Señor

1Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51

Estar de vigilia, y nos pasamos la noche sin pegar ojo, no porque tuviéramos ninguna obligación, sino porque nos desvelamos y no había manera que nos entrara el sueño. Cuántas vueltas en la cama, pero cuántas cosas pasan por la cabeza, se repasa el día, se hacen proyectos, aparecen sombras de la vida, preocupaciones de problemas que tenemos o que imaginamos, pesadillas de cosas que no nos podemos quitar de la cabeza, pero seguimos dando vueltas. No es porque nosotros queramos pasárnoslo de vigilia, pero no nos queda más remedio.

Pero vigilia es estar esperando algo que llega, que puede venir a la hora que menos pensamos y allí estamos vigilantes a la espera. Es la persona que esperamos o el acontecimiento que sabemos va a suceder pero no sabemos cuando; En ocasiones se nos hacen largas y pesadas por la incertidumbre del momento, pero queremos actuar con responsabilidad por el valor de la persona o por la importancia de lo que va a suceder.

Vigilia es quedarse junto a la cama del familiar enfermo para vigilar su descanso y recuperación, para estar atento a lo que pudiera necesitar, o para consolar o calmar su dolor en sus momentos más difíciles; lo hacemos con amor y dedicación y estaremos atentos al más mínimo movimiento o al más mínimo gesto; no nos queremos dormir.

De vigilia está el centinela y bien saben los que han pasado por la vida militar la vigilancia y disciplina que hay que tener ante los posibles peligros, pero también por las exigencias de la disciplina de la vida militar; vigilantes son hoy los guardias de seguridad que nos encontramos en cualquier institución o para la vigilancia de grandes instalaciones o empresas, utilizando ya también los mejores medios técnicos para hacer más efectiva esa vigilancia.

Pero vigilancia es la responsabilidad de cada persona, para atender sus asuntos, para responder a sus responsabilidades, para realizar su trabajo, para el cuidado de su vida personal y familiar, para la atención de aquellos que están bajo su responsabilidad ya sea el ámbito familiar o ya sea el ámbito laboral, para cuidar de su entorno, para emprender todo cuanto sea necesario para hacer una sociedad mejor, para el desarrollo y crecimiento de sí mismo, de su persona, en el desarrollo de sus valores y cualidades. Es vigilancia, pero es responsabilidad, no es pensar solo en sí mismo, que también tiene que pensar en sí mismo con grande responsabilidad, sino en cuantos están en su entorno.

Parecía como que de broma comenzábamos a hablar de la vigilancia pero nos damos cuenta de que va mucho más allá de lo que quizá pensábamos en principio con cierta superficialidad; aún podríamos seguir ahondando mucho en muchos más aspectos. Y hemos comenzado hablando de esto por lo que nos decía Jesús en el evangelio. Un toque de atención para todo lo que sea nuestra fe y nuestra relación con el Señor, pero en el que no es ajena cualquier situación y cualquier aspecto de nuestra vida.

Nos dice Jesús ‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’ y nos habla del dueño de casa que tiene que cuidarla, o del sirviente que está atento a la puerta para cuando llegue su señor, o del administrador que tiene que estar atento y vigilante para atender a todos cuantos están a su cuidado en la casa. Pero nos lo pone Jesús como ejemplo de la vigilancia en que hemos de vivir para nuestro encuentro con el Señor.

Viene el Señor a nuestra vida, de mil maneras y en mil momentos se nos puede manifestar y hacerse presente, no siempre sabemos discernir los signos con los que se hace presente el Señor junto a nosotros. Es necesaria esa atención y esa vigilancia, esa sensibilidad para ser capaz de detectar y sentir esa presencia del Señor. Demasiado enfrascados estamos en nuestras cosas materiales y perdemos la sensibilidad de lo espiritual; tenemos que saber elevarnos para no quedarnos simplemente a ras de tierra sino tener esa sintonía del cielo, esa sintonía espiritual para sentir y disfrutar de esa presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida.

Cuando hemos venido hablando de esos diferentes aspectos de la vigilancia en la vida hemos venido al mismo tiempo detectando una serie de valores o cosas a tener en cuenta; hemos hablado de atención y de responsabilidad, hemos hablado de dedicación y de amor, hemos hablado de poner todo de nuestra parte para que nada no distraiga, y hemos hablado de una cierta sintonía bien necesaria. Esto significa que cuando estamos hablando desde este sentido de la fe y de lo espiritual hemos de cuidar también todos esos valores que nos ayudarían en esa vigilancia espiritual de la que hoy en especial nos habla Jesús.

Y tenemos que comenzar porque en nosotros haya esperanza, nosotros esperemos algo, nosotros nos confiemos en las palabras de Jesús y queramos salir a su encuentro o dejar que El venga a nuestro encuentro. Algunas veces parece que los cristianos hemos dejado de pensar en la vida eterna, nos hemos materializado tanto que nos quedamos solamente en estos terrenos y ya no pensamos en el cielo, hemos dejado de darle trascendencia a nuestra vida y dejado de pensar en el más allá.

Son aspectos de nuestra fe y de nuestra esperanza que necesitamos reavivar dejándonos impregnar por esa espiritualidad del evangelio.

domingo, 26 de julio de 2020

Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios




Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-5
Frente a lo que habitualmente se piensa el hombre sabio no es de muchas palabras. Podríamos pensar que la sabiduría está en haber adquirido multitud de conocimientos sobre todas las ciencias y sobre todas las cosas, pero quizá esa multitud de saberes acumulados nos pueden dispersar y hacer que no nos centremos en lo más profundo del ser y de la vida.
La persona que rumia en silencio los aconteceres de la vida, lo mismo que esa cantidad de información o de conocimientos que pueda ir recibiendo será el que sabrá hacer una lectura certera de la vida y la que nos puede dar la pauta llena de sabiduría de lo que tenemos que no solo hacer sino sobre todo ser. Será el que tiene visión profética de las cosas, pero en ese silencio sabrá descubrir la visión de Dios, el sentido de lo que hacemos y el verdadero valor de nuestra existencia.
Hemos escuchado en la primera lectura que hoy se nos ofrece la oración de Salomón al Señor. No pide riquezas ni grandezas, pide saber estar atento, saber escuchar a su pueblo para poder discernir entre el bien y el mal y tener la sabiduría de saberlo gobernar. Estar atento, dice, porque el que está atento observa, escucha, mira con mirada distinta, es capaz de descubrir lo que verdaderamente es esencial.
En un librito que ha circulado mucho en los últimos años, ‘El principito’, hay una frase que casi como hoy diríamos se ha convertido en viral, ‘lo esencial es invisible a los ojos’. No es la mirada desde el exterior sino la mirada interior, no es solo lo que los ojos de la cara nos puedan señalar, sino lo que descubramos desde los ojos de nuestra interioridad lo que nos hará descubrir lo verdaderamente esencial, la verdadera sabiduría.
En este sentido podemos decir que van las parábolas que nos propone el evangelio. Nos habla del hombre del campo que encuentra un tesoro o del comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor. Podríamos decir que tanto en uno como en otro se prevé una atención y una búsqueda. Algo que parece al azar, que podemos considerar como un regalo que lo encontremos, pero que también presupone, repito, esa atención, porque podemos tenerlo a nuestros pies o incluso en nuestras manos y no verlo. Cuántas veces materialmente incluso nos suceden cosas así. Pero aquí estamos queriendo hablar de eso esencial, como se decía en el libro citado, que es invisible a los ojos.
Pero el tema no está solo en encontrarlo sino en convertirlo en la riqueza de nuestra vida. Tanto uno como otro en la parábola vendieron todo lo que tenían para conseguir aquel campo con el tesoro o para comprar aquella perla preciosa. Hay un detalle, para conseguir lo mejor tenemos que saber desprendernos de aquello que tenemos aunque lo consideremos muy bueno; pero si lo que vamos a conseguir es mejor, bien merece la pena ese desprendimiento. Es de hombre sabio, y volvemos con el tema de la sabiduría, el saberlo hacer, el saber conseguir ese preciado tesoro.
Todos estamos entendiendo a lo que se refiere ese tesoro. Ya Jesús al proponerlos estas parábolas no está haciendo la comparación con el Reino de Dios. Llegar al Reino de Dios es hacer como aquel hombre del campo, como aquel comerciante. Encontrarnos con el mensaje del Evangelio es la mayor riqueza que puede encontrar el hombre. Es que en Jesús tenemos todo el sentido y el valor de nuestra vida. Qué importante esa búsqueda de nuestra fe, qué importante que en verdad lleguemos a sorprendernos con el mensaje de Jesús, qué importante entonces que nos dejemos impregnar por el mensaje del evangelio. Malo sería que tanto nos hubiéramos acostumbrado de manera que ya no nos sorprenda, ya no nos diga nada.
Claro que sí, tendremos que desprendernos de muchas cosas para conseguir ese tesoro escondido. No podemos decir que nos hemos encontrado con Jesús en nuestra vida como sentido de nuestra existencia y que sigamos viviendo de la misma manera. Por eso no olvidemos que Jesús desde el principio nos está diciendo que hemos de convertirnos para creer en esa Buena Nueva que se nos anuncia.
Por eso necesitamos hacer ese silencio interior para poder escuchar, para poder saborear esa sabiduría de Dios. Y hacer silencio en nuestro interior nosotros lo llamamos oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios. Y esa oración no es cuestión de muchos rezos o muchas palabras – es quizá nuestro gran fallo - sino quedarnos en silencio saboreando esa presencia de Dios para llenarnos así de su sabiduría. Tenemos que aprender a hacer verdadera oración, tenemos que aprender a hacer silencio, porque solo así podremos escuchar a Dios, así podremos discernir en verdad lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios para nuestra vida y nuestro mundo.
Podríamos seguir diciendo muchas más cosas, pero vamos a detenernos y a hacer silencio. Solo así podremos estar atentos y encontrar ese verdadero tesoro.

domingo, 31 de mayo de 2020

La fuerza del Espíritu hizo que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no habían fronteras de distancias ni lenguajes para escuchar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La fuerza del Espíritu hizo que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no habían fronteras de distancias ni lenguajes para escuchar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
La costumbre hoy es que andemos con las puertas cerradas. ¿Miedos? ¿Desconfianzas? ¿Prevención? ¿Una forma de refugiarnos a causa de nuestras inseguridades? ¿Para sentirnos más seguros lejos de molestias y de incomodidades? ¿Para poner barreras porque ese umbral solo los traspasa quien nosotros queremos? Pero la puerta cerrada no solo no deja entrar sino que tampoco deja salir. ¿Nos quedamos solo en la comodidad de nuestro hogar o nuestras cosas?
Habrá quien haga su análisis de estas costumbres que contrastan quizá con otros tiempos o lugares. Pero ya es muy habitual que cuando vamos por la calle nos encontramos siempre las puertas de las casas cerradas. Pero todo esto que nos pudiera parecer intrascendente sin embargo pueden ser imágenes que nos quieran hablar mucho.
Es una imagen que nos aparece tanto en el relato evangélico como en el de los Hechos de los Apóstoles. En uno y en otro caso las puertas del cenáculo estaban cerradas. En el evangelio se nos dice que era por el miedo de los discípulos a los judíos; no era para menos después de lo que habían hecho con Jesús en aquellos días. Pero luego en los Hechos nos encontramos también que los discípulos están encerrados en el Cenáculo, quizá no fueran ya los miedos aunque cierta cobardía sí que había, pero se puede justificar en aquella actitud de espera en la que estaban esperando que su cumplieran las promesas de Jesús. Sus temores y desconfianzas siempre rondaban por dentro, tenemos que reconocer.
Pero con la llegada de Cristo resucitado y la presencia del don del Espíritu aquellas puertas se abrirán porque ya no pueden contener el caudal de gracia que allí se ha derramado. En esta fiesta de Pentecostés nos encontramos con dos textos que nos hablan de esa efusión del Espíritu. Por una parte el evangelio de Juan nos dirá que cuando Jesús resucitado se presenta ante ellos derramará su Espíritu sobre ellos y ya los veremos con el don del perdón de los pecados. Puertas que se abren, podemos decir, porque se acaban los miedos y las desconfianzas, se nos arranca el pecado de nuestra vida con el perdón y el corazón se llena de alegría con la presencia del Espíritu.
En el texto de los Hechos de los Apóstoles esa efusión del Espíritu Santo se sitúa en otro momento después de su Ascensión al cielo. Les ha pedido Jesús permanecer en Jerusalén hasta que se cumpla la promesa del Padre y en el Cenáculo han quedado en oración – con ellos está María la Madre de Jesús además de otras mujeres – hasta que en medio de signos extraordinarios como el viento recio que parecía que hacían temblar los cimientos de la casa y las llamaradas de fuego sobre sus cabezas se manifiesta el don del Espíritu Santo prometido. Las puertas se abren, volvemos a repetir, porque será entonces cuando los apóstoles salgan a la calle al encuentro de la gente que se arremolina a su alrededor para hacer el anuncio gozoso de la resurrección del Señor.
Es con la imagen que me quiero quedar en este Pentecostés. Llegamos hoy a la culminación de las celebraciones pascuales – hoy se termina el tiempo pascual – que hemos vivido este año en especiales circunstancias. El confinamiento por la alerta sanitaria decretada nos ha obligado a permanecer en nuestras casas y no nos ha permitido celebrar todo el misterio de Cristo con el esplendor externo de otros años, es más nos hemos visto limitados de manera que no hemos ni siquiera participar presencialmente en las celebraciones litúrgicas.
¿Puerta cerradas o puertas abiertas?, quizás aun nos preguntamos. Nos ha obligado cuando no hemos querido dejar pasar este tiempo de gracia para nosotros a buscar una interiorización que quizá necesitábamos. Yo quisiera verlo también como una moción del Espíritu que es el que conduce a su Iglesia y el que nos conduce a nosotros también. ¿No será una manera de decirnos el Señor que tenemos que abrirnos a algo nuevo, quizás a un nuevo estilo y camino de evangelización para llegar no solo a los que muchas veces con cierta comodidad nos encerramos en nuestros templos y en nuestras celebraciones y nos quedamos tan contentos? pero que necesitamos salirnos, emprender nuevos caminos y nuevos estilos, dar nuevas señales para llegar a todo ese mundo que está fuera y ya no oye anunciar a Jesús, o acaso de una manera muy diluida.
El Espíritu del Señor que es nuestra Sabiduría y nuestra fortaleza nos está impulsando a algo nuevo. Quizá el estar encerrados un cierto tiempo nos ha dado oportunidad para reflexionar en nuestro interior, desde esa inquietud y esa zozobra de sentirnos así confinados, de que hay cosas de mucho valor que habremos abandonado u olvidado, pero que también hay gestos sencillos que podemos realizar de cercanía a los demás y en especial a aquellos que siempre están más cercanos a nosotros, pero que por eso no les prestamos tanta atención.
Son las puertas de nuestras casas o de nuestras iglesias las que tenemos que abrir, pero son también las puertas de nuestra vida porque somos los que ponemos fronteros, barreras que no nos dejan acercarnos de verdad incluso a los que están más cercanos a nosotros aunque nos parezca una incongruencia. Préstale más atención a tu hermano o la hermana, a tu hijo, a tu padre o tu madre, a la esposa o al esposa, al abuelo que algunas veces arrinconamos y nos detenemos junto a él para escucharle una vez más sus historias, al vecino que pasa a tu puerta todos los días y que muchas veces no pasamos de un hola en el saludo, a ese compañero de trabajo que aparece arrinconado de todos porque nos parece más tímido o de poca conversación.
La fuerza del Espíritu hizo entonces que las puertas del Cenáculo se abrieran y ya no había fronteras de distancias ni de lenguajes porque todos podían escuchar el anuncio. Sintamos esa fuerza del Espíritu hoy en nosotros que abre también nuestras puertas y derriba muchas murallas. Que la alegría que vivimos en Cristo resucitado nos lleve a hacer ese anuncio gozoso a cuantos nos rodean.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida



Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27
Es duro y es triste que continuamente estemos oyendo sonidos que llegan a nuestros oídos, pero poco escuchemos y poco entendamos de lo que se nos dice. Es uno de los problemas que van apareciendo en aquellos cuyos oídos van perdiendo la sensibilidad para escuchar. No pueden estar en un ambiente ruidoso porque los sonidos se confunden en sus oídos y en su mente y poco podrán entender de lo que se les dice. Por eso diferenciamos entre oír y escuchar, porque la escucha necesita una mayor atención y una mejor sensibilidad.
Pero si estamos hablando de uno de esos problemas, llamémoslo fisiológicos, que nos van apareciendo en la vida, por el contrario tenemos que reconocer que aunque tengamos los oídos con la sensibilidad suficiente, sin embargo en la vida vamos muchas veces como sordos; vamos a lo nuestro y no prestamos atención, escuchamos aquello que nos interesa, vamos descartando pensamientos e ideas que pudieran ser una interpelación dentro de nosotros para llevarnos a cosas de mayor profundidad. Muchas veces vamos por la vida con mucha superficialidad y nos vamos haciendo un mundo ficticio, irreal, superficial, lleno de sueños y de pocas realidades que centren de verdad nuestra vida.
Nos sucede en nuestras mutuas relaciones en que poco nos escuchamos y quizá demasiado nos enfrentamos sin conocer realmente el pensamiento del que tenemos enfrente o a nuestro lado. Nos dejamos seducir y arrastrar por prejuicios que tengamos nosotros mismos, que nacen la mayoría de las veces de un desconocimiento, o por lo que puedan influir otros en nosotros. Vamos de flor en flor seducidos por colores llamativos pero no buscando aquella flor que nos puede dar un fruto hermoso para la vida.
De eso se vale la publicidad para inducirnos a coger unos productos o para llevarnos según unos intereses determinados, pero también muchas veces dirigentes interesados para hacernos ver sus ideas o su política llena de falacias y de tópicos. Así nos va en la vida, así van los derroteros de nuestra sociedad.
Necesitamos ser más críticos, pero para eso tenemos que darle una mayor profundidad a la vida, para eso tenemos que aprender también a escuchar y escuchar con deseos de aprender pero también con un sentido critico ante lo que se nos pueda ofrecer.
La persona madura ha sabido ir cultivando estos valores en si mismo. La persona madura es reflexiva, sabe escuchar y sabe discernir, tiene la curiosidad de la búsqueda porque siempre aspira a algo más y mejor, pero tiene el valor de ir rumiando todo cuanto va llegando a su mente o a su corazón para encontrar el jugo bueno que puede alimentar bien su vida.
Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, que quiere ir sembrando de forma honda en su corazón para que tenga buenas raíces como cimientos de su vida. Un árbol bien enraizado es más difícil que el viento lo arranque o se lo lleve, se verá zarandeado por las tormentas, pero permanece firme y pronto reverdece después de la pérdida de sus hojas o sus ramas. Es lo que necesitamos ser los cristianos que nos vemos sometidos a muchas tormentas en la vida y que no nos queremos quedar en palabras bonitas o palabras de una emoción pasajera que serán flor de un día. Es el cristiano que da frutos y que contagia con su vida a cuantos le rodean porque siempre será un interrogante y una interpelación para los demás.
Hoy nos habla Jesús de edificar la casa sobre roca, no sobre arena. Ya sabemos cómo tenemos que hacer.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.