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sábado, 19 de septiembre de 2026

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

 


La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Salmo 55; Lucas 8, 4-15

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza. ¿Sabe él de antemano los frutos que va a recoger? Podrá hacerse sus previsiones en vista de lo que haya preparado la tierra para echar la simiente, pero siempre lo hace con una esperanza; se cumplirán o no sus previsiones, pero no quiere dejar ni un palmo de tierra sin que allí se eche la simiente y, como decíamos, siempre con la esperanza, como solemos decir que los tiempos vengan buenos, que no acechen las plagas, que la tierra se vuelva fecunda, que germine debidamente la semilla y no tenga obstáculo para crecer y para dar fruto.

Hoy nos habla el evangelio de un sembrador, y por lo que parece es trigo o semejante la semilla arrojada a la tierra, pero que nosotros desde nuestras experiencias y la multiplicidad de plantas que nos pueden dar fruto podíamos pensar en cualquier otra simiente. No quiere, como decíamos, el agricultor o el sembrador dejar ningún palmo de tierra donde se arroje la semilla para que, aunque sean muchas las dificultades que surjan de cualquier lugar podamos obtener un fruto.

Creo que entre otras cosas es también la intención de quien nos ofrece la parábola, de Jesús que es el sembrador que recorrerá todos los campos, llegará a los lugares más inverosímiles siempre con el deseo de sembrar la semilla, de regalarnos su amor. Ya de antemano la parábola nos está hablando de que en todos los lugares aquella semilla no pudo prender y si acaso germinó muchas veces se perdió; pero el sembrador en su esperanza no dejó de sembrar la semilla en todos los lugares.

Siempre cuando reflexionamos sobre esta parábola pensamos en qué clase de tierra somos, de cuáles son los pedruscos de nuestra tierra o la dureza del camino, cuáles son los zarzales de nuestros apegos o las cosas que nos distraigan de ese fruto que tendríamos que dar. Y ciertamente tenemos que hacernos esos planteamientos y esa reflexión.

Pero yo quiero fijarme hoy en el sembrador con su esperanza y con su esfuerzo por sembrar la semilla en todos los lugares aunque pudiera prever que no siempre iba a tener la tierra propicia para que germinara y llegara a dar fruto. ¿Y si en medio de aquellos pedregales hubiera un trozo de buena tierra que ayudará a la germinación de la semilla? ¿Y si en un momento determinado alguien pudiera desprenderse de esos apegos para hacer posible que al menos en alguna parte del campo se pudiera coger fruto? El corazón del hombre puede cambiar, ahora puede tener unos apegos, pero en algún momento podemos caer en la cuenta de que tenemos que liberarnos de esas cosas para emprender un buen cultivo de la tierra de nuestro corazón.

La esperanza de Dios, vamos a decirlo, así como una manera de hablar, tiene un sentido distinto de nuestras esperanzas que un día se nos pueden desinflar, pero cuando queremos actuar según el actuar de Dios de otra manera hemos de realizar nuestras tareas. Quiero pensar en esos desánimos que muchas veces rondan por nuestra cabeza o nuestro corazón cuando queremos trabajar por los demás y no siempre vemos el fruto que deseamos; cómo en nuestras tareas algunas veces descartamos el llegar a algún lugar, algún ambiente, algún campo de trabajo de la vida, porque nos parece que son lugares donde no se puede sacar nada y para qué, nos decimos, vamos a gastar esfuerzos ahí. Y rondan alrededor de nuestras iglesias, de nuestras comunidades bolsas de personas o de campo de trabajo que de antemano desechamos por difícil.

¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Dónde la confianza que ponemos en aquel que guía nuestra vida y nos acompaña? ¿Dónde está ese arrojo y valentía que nos impide quedarnos quietos superando los miedos que podamos tener a los posibles fracasos? Nuestras cobardías y miedos están impidiendo que la semilla del evangelio se siembre en todos los campos. ¿Es esa manera de actuar la que quiere el Señor de nosotros?


sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Campo de Dios y Edificio de Dios pero en el que todos somos colaboradores

1Cor. 3, 1-9;
Sal. 32;
Lc. 4, 38-44

‘Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios. Sois también edificio de Dios’. En esta frase final del texto de la carta a los Corintios que hoy se nos ha proclamado emplea el apóstol dos bellas imágenes para describirnos el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. Campo de Dios, edificio de Dios.
Nuestro labrador, nuestro constructor o Arquitecto de ese edificio es Cristo. Somos ese campo o ese edificio. Edificio de Dios construido sobre el cimiento de los Apóstoles, como nos dice también el apóstol y ha hemos meditado muchas veces, sobre todo en la fiesta de los Apóstoles. No podemos pretender ser nosotros por nosotros mismos los constructores o labradores de ese campo. Sin embargo nos dice el Apóstol que somos colaboradores de Dios, porque ahí nos confía también un misión.
Al apóstol Pablo le da ocasión para dejarnos este mensaje ciertos problemas surgidos en la comunidad de Corinto, que podrían también iluminarnos a nosotros en muchas situaciones. El apóstol incluso se pone un poco serio y les dice que son como niños porque hay entre ellos envidias y contiendas, rivalidades y enfrentamientos a causa de cierta división surgida entre ellos por unos que son partidarios de Apolo, que también allí ha contribuido a la predicación del evangelio, y otros partidarios del mismo Pablo. Cosas que sucedieron entonces y siguen sucediendo muchas veces también en el seno de nuestras comunidades. Que si este cura o este obispo es mejor que el otro, que si el párroco que estaba antes, que si aquel sí que trabaja, que si éste es más cercano o más amigo de todos, y no se cuántas cosas más que vemos muchas veces. Esa no tiene que ser nuestra mirada ni nuestra actitud. Escuchemos lo que dice el Apóstol.
‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo, y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Agentes de Dios, que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, fue Dios quien hizo crecer… el que cuenta es el que hace crecer, o sea Dios… nosotros somos colaboradores de Dios’.
Surgen entre nosotros muchas veces también divisiones y rencillas, y sucede también en el seno de la comunidad cristiana, de la Iglesia. Es bien iluminador este texto. Bien sabemos los pastores que nuestra misión es sembrar, anunciar el evangelio, hacer llegar la gracia de Dios a través de los sacramentos. Pero quien en verdad hace crecer la fe y la vida cristiana es Dios que llama al corazón, inspira con la fuerza del Espíritu, da la gracia. Y lo que importa es la vida divina sembrada en nuestro corazón, esa vida divina que nos hace hijos de Dios, nos llena de la santidad de Dios.
Contribuyamos con la santidad de nuestra vida a la fecundidad de ese campo de Dios que somos nosotros. Contribuyamos al crecimiento de ese edificio de Dios, a ese crecimiento de la vida de la Iglesia poniendo cada uno de nosotros los granitos de arena de su vida, de su santidad, de su bien hacer, de sus buenas obras, de esa semilla de la Palabra de Dios que con nuestra vida vamos sembrando cada día entre los que nos rodean. Eso es lo importante. Dios regará todo eso bueno que hagamos con su gracia y es el que por la fuerza del Espíritu hará crecer la santidad de su Iglesia a través de esa santidad que vivamos cada uno de nosotros.
Oremos al Señor para que en el seno de nuestras comunidades cristianas no surjan nunca esas rivalidades sino que siempre todos valoremos el trabajo de nuestros pastores cada uno en su función, en su propio ministerio, en el lugar al que el Señor le ha llamado a trabajar en ese campo de Dios. Pidámosle al Señor que nunca se rompa esa unidad de su Iglesia.