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viernes, 27 de marzo de 2026

No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

 


No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Ser profeta no es una tarea fácil; muchas veces nos hemos hecho una idea, no sé si decir muy idílica, sobre lo que es un profeta y cuál es realmente su misión. Lo vemos fácilmente como el que tiene visiones y desde esa visiones puede anunciarnos lo que va a ser el futuro, y nos agrada cuando nos parece que nos dice que nos sucederán cosas hermosas y gratas, aunque al mismo tiempo sentimos como cierto temor cuando nos parece que nos habla airado anunciándonos calamidades que vemos casi como si fuera el fin del mundo y el castigo de todo.

Pero estoy diciendo que es algo muy idílico que quizás nosotros nos hemos imaginado, también porque quizás no hemos sabido leer lo que son los oráculos de los profetas. Tendríamos que pensar en el profeta como el hombre de Dios que con su palabra, algunas veces quizás llenas de misterio, nos está ayudando a comprender la visión de Dios sobre la vida y el mundo y lo que son sus designios que nosotros podemos aceptar o no; es un testigo de Dios y no solo con su palabra sino con su vida misma, para aceptarnos confrontar nuestra vida con lo que son los designios de Dios. Y como nos hace ver la cruda realidad de nuestra vida no nos agrada quizás su misión profética y tratamos de acallarla de mil maneras o rechazarla porque se está convirtiendo en una exigencia para nosotros.

Bien comprendía el profeta Jeremías cuál era su misión pero cuál era el rechazo que le hacían sus contemporáneos; en una ocasión lo encerraron en una cisterna vacía para dejarlo allí morir de hambre, por citar algunos de esos momentos duros. Pero Él se fiaba del Señor que lo había llamado a pesar de su resistencia porque comprendía que era una misión difícil. ‘Pero el Señor es mi fuerte defensor, le escuchamos hoy, me persiguen pero caen indefensos’. Así hemos dicho nosotros con el salmista ‘yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador’.

He querido reflexionar sobre esto porque nos ayudará a comprender la situación en que se encuentra Jesús cuando también es rechazado por los judíos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que cogieron piedras para apedrearlo. ‘¿Por cuál de las obras buenas que hago por encargo del Padre me apedrean?’ Y era eso lo que les dolía, la forma en que Jesús hablaba de Dios a quien llamaba su padre. Lo acusan de blasfemo, ‘porque tú siendo hombre te haces Dios’. No llegaban a contemplar el misterio de Dios que en Jesús se estaba manifestando. En su ceguera, nos dice el evangelio, intentaron detenerlo pero no pudieron. Y Jesús se marchó a la otra orilla del Jordán, allí donde Juan había estadp bautizando, nos detalla el evangelista, porque aún no había llegado su hora.

Pero todo esto me hace pensar en nuestra tarea y en nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Recordamos que en nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Algunas veces lo olvidamos, no llegamos a vivir en integridad y con toda intensidad esa misión que hemos recibido. Quizá también como el profeta tenemos miedo, como decía Jeremías no soy más que un niño que solo sabe balbucir. Pero Dios le confió esa misión, como nos la confía a nosotros, ser profetas.

No, no vamos a ir por ahí anunciando cosas futuras, tampoco tenemos que ir clamando anuncios de muerte y destrucción para llenar de miedo a la gente. Nuestra tarea tiene que parecerse a la de Jesús para despertar esperanza, para poner ilusión en el corazón por algo nuevo y distinto, por algo mejor para nuestra vida y para nuestro mundo.

Tenemos que dar señales con nuestra manera de actuar, con nuestra manera de vivir de ese mundo nuevo que tenemos que construir. No siempre será fácil, porque también nosotros estamos llenos de debilidades y aparecen nuestros miedos y temores; no siempre es fácil porque tan pronto nos presentemos como testigos de algo nuevo vamos a encontrar el rechazo en tanto conformismo que encontramos alrededor.

No es necesario complicarse la vida tanto, nos dirán, y nos estarán invitando a que también nosotros nos acomodemos, no vayamos con tanta radicalidad, atemperemos nuestro entusiasmo. Pero no nos podemos doblegar, somos testigos y no podemos callar, llevamos una luz que no podemos poner escondida en cualquier rincón, llevamos una verdad que no podemos callar para no molestar a quienes quieren actuar de otra manera.

Es la hora de Dios que tenemos que anunciar y proclamar para nuestro mundo.


sábado, 27 de septiembre de 2025

Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

 


Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cuántas veces nos sucede que presentimos que algo nos va a suceder y que quizás no sea agradable, pero no queremos pensar en ello; es como cuando una grave enfermedad nos afecta o afecta a alguien de nuestra familia y que quizás pueda ser presagio de una muerte que se acerca, o tenemos un familiar enfermo muy grave donde parece que se ha perdido toda esperanza, pero ni queremos pensar, ni queremos reconocer, ni queremos hablar de ello, nos lo queremos ocultar a nosotros mismos, pero también queremos como ocultarlo a los familiares que nos rodean sobre todo a los que nos parecen más sensibles, como lo ocultamos de todas formas a quien precisamente esta sufriendo o pasando por ese proceso; no queremos hablar, no queremos pensar, no queremos preguntar, queremos poner como un tupido velo, no queremos aceptar la realidad.

¿Es parte de nuestra debilidad humana? ¿Nos faltará la entereza necesaria para afrontar esos momentos? ¿Serán miedos que persisten en nuestra vida? Ahí queda ese pensamiento con esos interrogantes, que quizás algunas veces no nos queremos plantear. Daría mucho que pensar y reflexionar. ¿Qué tendríamos que hacer?

Nos vale esta experiencia bien frecuente en nuestra vida para entender lo que hoy nos dice el evangelio. Este episodio es como continuación de lo que ayer escuchábamos con la confesión de fe de Pedro ante las preguntas de Jesús. Pero no quiere Jesús que, de alguna manera, se les caliente la cabeza y se sientan inclinados a los triunfalismos. La respuesta de Pedro diciendo que Jesús era el Mesías entraba dentro de las esperanzas del pueblo de la pronta venida del Mesías prometido. Cercanas estaban los anuncios del Bautista en el Jordán diciéndonos lo cerca que estaba, pues en medio de ellos estaba y no lo habían sabido reconocer. Ya sabemos el sentido que le daban al Mesianismo en aquellos tiempos y hablar del Mesías les hacía pensar en cercanos triunfos y entrar en esa órbita de triunfalismo.

Ese no era el verdadero sentido del Mesías y Jesús quería dejarlo bien claro a sus discípulos. Por eso les habla de entrega y de muerte, porque esa además la realidad que tenían que afrontar y para lo cual Jesús quería prepararles. Ya escuchamos en el evangelio esos diversos momentos en que Jesús va haciendo ese anuncio. Pero siempre sucede lo mismo, los discípulos no entienden, y no se atreven a preguntar como sucede ahora también. ¿No es lo que nos pasa a nosotros en muchas situaciones duras de la vida?

Hoy mismo nosotros querríamos mejor una vivencia de cristiandad abocada también a muchos triunfalismos, que todo nos marchara bien, que nuestras Iglesias se llenen de nuevo de mucha gente, que podamos tener celebraciones esplendorosas, que podamos sacar de nuevo nuestras galas a la hora de hacer nuestras manifestaciones religiosas.

Pero ¿cuál es la verdadera realidad que estamos viviendo? No quiero andar con pesimismos porque mi fe me induce a ser positivo en la vida y a no perder nunca la esperanza, pero constatamos que en mucho a nuestro alrededor ya los valores cristianos no cuentan, aunque incluso tengamos magníficas y esplendorosas procesiones o la gente siga acudiendo a muchos santuarios religiosos. Pero hemos ido perdiendo ese sentido cristiano de la vida que ya no termina de impregnar la vida de nuestra sociedad, hay como un nuevo ateísmo a nuestro alrededor, mucha indiferencia y poco entusiasmo por nuestra fe.

Pero algunas veces cerramos los ojos y no queremos reconocerlo, y no somos capaces de volver a sacar toda esa energía interior para seguir proclamando el evangelio entre quienes nos rodean; nos falta compromiso, nos falta valentía, nos dejamos engullir por el materialismo y el sensualismo reinante en nuestra sociedad y no terminamos de hacer aflorar nuestros valores cristianos. Seguimos demasiado pasivos y sin esa valentía que nos tiene que dar nuestra fe para anunciarla con energía a nuestro mundo.

Pero lo malo es que no nos gusta ni pensar en ello, seguimos con nuestros miedos y nuestros complejos, no damos el paso adelante que tendríamos que dar, aunque tengamos que nadar a contracorriente en el mundo en que nos ha tocado vivir.

Escuchemos sin temor las palabras de Jesús y planteémonos seriamente como tenemos que asumirlas y hacerlas realidad en nuestra vida.


jueves, 11 de enero de 2024

Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

 


Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres puedes limpiarme’, le dice el leproso a Jesús. Dura y desesperada era la situación. Un vivir sin vivir. Era la enfermedad, era la soledad, era la situación de abandono en que se sentían. Aislados, lejos de todos, apartados de sus seres queridos, ¿se podía vivir así? Era algo más que ese dolor de su cuerpo. Se atrevió a romper con todo, se atrevió a acercarse a Jesús, aunque estuviera rodeado de gente, lo que a él no se le permitía. Era la petición que ahora presentaba a Jesús, porque para él era su única tabla de salvación.

¿Seguirán sucediendo cosas así entre nosotros? ¿Encontraremos a alguien en situaciones semejantes? Si encontráramos gente que está sufriendo discriminaciones semejantes, ¿cuál sería nuestra reacción, nuestra manera de actuar? ¿Pondríamos trabas a quienes quieran liberarse de situaciones semejantes?  ¿Tendríamos una actitud valiente?

Miro en mi entorno y quizás me estoy cruzando con esos muchachitos que han llegado a nuestras costas en una patera, que quizás los han confinado en algunos centros esperando una resolución de sus casos, pero que ahí siguen día tras día, y nos cruzamos con ellos en la calle o en algún medio de transporte, y los miramos de lejos y quizás con desconfianza, a los que no nos atrevemos a dirigirles una palabra y mucho menos una sonrisa de comprensión o de amistad que abra puertas, y pasan ante nosotros sin que establezcamos ningún signo de comunicación.

¿Sabemos cómo se sienten? ¿Conocemos las inquietudes que llevan en el alma? ¿Intuimos los dramas que pudiera haber tras sus miradas? Y nos seguimos cruzando de brazos; y pensamos que la solución a esas situaciones no depende de nosotros, esperando que otros las resuelvan. ¿Su mirada nos estará diciendo como aquel leproso a Jesús, ‘si quieres puedes curarme’?

Muchas veces no sé qué hacer y me siento impotente. Mirando hoy el evangelio ¿podré comenzar a pensar en alguna situación, en alguna nueva actitud y postura? ¿Llegará a despertarse mi conciencia para comenzar a tender la mano, o aunque solo fuera, comenzar a tener una nueva mirada?

Me quedo aquí paralizado con mis miedos y mis cobardías. Pido al Señor que me dé esa osadía que tanto necesito para comenzar a ser valiente de verdad. Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando. ¿Cuándo comenzará a romper esos moldes? ¿Cuándo me decidiré a comenzar a actuar de manera distinta?

Dame, Señor, la fuerza de tu Espíritu.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 


Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

Cuando tenemos que hacer una petición, presentar una súplica o una instancia ante algún organismo o alguna entidad determinada, solemos muchas veces decir, bueno vamos a echarla a ver si tenemos suerte y lo conseguimos, que siempre con el no vamos por delante. Será mucha quizás la necesidad de aquello por lo que estamos suplicando, pero parece muchas veces que vamos con la derrota por delante, somos demasiado conformistas en si lo conseguimos o no lo conseguimos, nos falta confianza en nosotros mismos, pero también por supuesto desconfiamos del poderoso o de aquel que tiene en sus manos la resolución de lo que pedimos.

Pero eso nos sucede también en nuestra vida espiritual, en nuestra vida religiosa, y nos cansamos y aburrimos en nuestras oraciones no tenemos la confianza de una fe profunda en nuestro interior. Y claro, luego decimos, Dios no nos escucha. Pero ¿con qué confianza has presentado tu oracion? ¿Cuál es la seguridad interior que tenemos cuando nos presentamos a Dios?

Es todo lo contrario de lo que vemos hoy en el evangelio en el caso de aquel centurión que viene a pedirle a Jesús por el criado que tiene en casa muy enfermo. Tiene la seguridad de que Jesús le va a escuchar, que no será necesario ni siquiera el que Jesús vaya a su casa para curarle.

Cuando el centurión le cuenta a Jesús su problema, del criado que tiene enfermo de muerte, y Jesús le dice que El va a curarlo – Jesús que se quiere acercar junto al lecho del enfermo, como hizo con la hija de Jairo, como hizo con el paralítico de la piscina, como le vemos tantas veces a lo largo del evangelio – aquel centurión le replica. ‘Señor, no soy digno…’ tú puedes hacerlo con tu palabra, igual que yo le doy órdenes a mis soldados o a mis criados para que hagan las cosas. Pero es que yo no soy digno de que entres en mi casa.

¿Se sobresaltó aquel hombre porque Jesús le dijo que iba a ir a su casa? Ya sabemos que lo que predominaba en aquel corazón era la fe, una fe humilde, pero una fe grandiosa. Algunas veces quizás nosotros nos sobresaltamos por nuestros miedos, por no querer quizá comprometernos, porque la presencia de Jesús nos interroga por dentro, porque el encuentro con la gracia cambiaría quizás muchas cosas en mi vida.

Pedimos, pero quizás nos quedamos en unas posturas lejanas y poco comprometidas, unas posturas llenas de temores y de complejos, porque quizá no queremos que los demás se enteren. Y no dejamos que el sacerdote llegue junto al lecho de un familiar enfermo disculpándonos que el enfermo se va a morir del susto; y no queremos que nos vean que nosotros somos muy religiosos; y no nos manifestamos públicamente con nuestra fe, porque ahora no sé lo que van a pesar de mi; no queremos llevar visible un signo religioso porque parece que eso chocaría con la mentalidad de nuestro alrededor que decimos tan moderna; y disimulamos nuestras posturas o nuestros principios porque para la gente de ahora no son las cosas políticamente correctas… Cuántos disimulos, cuántas posiciones ocultas, cuántas cobardías, cuántos miedos, cuántos complejos…

Pero aquel centurión si no quería que Jesús fuera a su casa no era sino porque no se consideraba digno; él confiaba plenamente en la palabra salvadora de Jesús y era solamente eso lo que necesitaba; él no se quería poner con exigencias aunque desde su posición de poder como centurión pareciera que fuera una postura fácil, aunque con Jesús ya sabemos que eso no valía. Mereció la alabanza de Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Y aquel centurión no era un israelita, era un romano, era un gentil.

¿Necesitamos algo más? copiar la fe, la confianza absoluta y la humildad de aquel hombre.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

lunes, 26 de octubre de 2020

No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

 


No nos quiere Jesús que andemos encorvados y escondidos en nuestros miedos y complejos sino hombres libres que gozan de la nueva libertad y ofrecen su mano regalando libertad

Efesios 4, 32 — 5, 8; Sal 1; Lucas 13, 10-17

Aquella mujer pasaba desapercibida en medio del grupo que aquel sábado frecuentaba la sinagoga. Encorvado, encogida más bien diríamos nosotros en su complejo, en su dolor e imposibilidad, en su pobreza de espíritu, en su humildad allí estaba y si Jesús no se acerca a ella para levantarla y para curarla quizá nadie se habría fijado en ella. Como tantas veces pasa; gente en silencio que no hacen ruido en su humildad, gente encogida en sus complejos y en sus miedos, gente que parece meterse en el último y más escondido lugar casada quizás de luchas y de fracasos, gente en la que nadie se fija porque no relumbran como tanto nos gusta relumbrar y llamar la atención quizás a nosotros.

Pero Jesús vino a sacarla de su anonimato, Jesús quería levantarla, no podía permitir Jesús que siguiera encorvada con tantos sufrimientos que probablemente atenazaban su corazón, el que había venido a liberar a los oprimidos como había proclamado en la otra sinagoga, en la de Nazaret,  y a romper toda clase de cepos no podía dejarla con aquellas ataduras y la quería con una vida nueva, con un nuevo dinamismo en su vida. Y Jesús se acercó y la puso derecha, la mujer se levantó y la que había estado en silencio se puso a glorificar al Señor.

Claro que habrá siempre quien prefiera que los que están acobardados y escondidos así permanezcan para que no produzcan ninguna perturbación; hay quien prefiere que la gente siga calladita y perdida anónimamente en medio de la multitud no sea que vayan a decir o a mostrar algo que nos desestabilicen esa paz que artificialmente nos hemos creado. Ya habrá razones que invocar para que los que están oprimidos no se les suelte la lengua y comiencen a hablar; mejor todos calladitos y nadie se ofende, y se buscarán razones hasta espirituales y religiosas queriendo escudarnos en Dios cuando precisamente Dios no es eso lo que quiere para la humanidad. En este caso era sábado y había que guardar el descanso sabático, no importaba quien siguiera esclavizado. Para algunos parecía más importante soltar el borrico para que fuera a abrevar aunque fuera sábado que una persona se viera libre de su enfermedad o de sus opresiones.

No olvidemos que Jesús nos quiere con los hombros bien levantados, en disponibilidad de ir siempre al encuentro del otro, con la cintura ceñida porque estamos siempre dispuestos a servir y hacer el bien y con la lámpara encendida en nuestra mano porque tenemos que salir a los caminos a alumbrar los senderos de los hombres para que alcancen la verdadera luz. Nos quiere humildes y serviciales, si, pero nunca humillados y oprimidos, nos quiere hombres libres con la nueva libertad del hombre nuevo que Jesús nos ofrece porque siempre su presencia ha de ser para nosotros un año de gracia del Señor.

Es lo que hemos de ir haciendo nosotros por los demás, encontrando esas personas que pasan desapercibidas, esas personas a las que la vida ha hundido quizás y se sienten incapaces de levantarse, a esas personas que no saben valorarse para que les demos confianza en sí mismas y sepan ponerse a caminar. Somos los que tenemos que ir proclamando la libertad que Dios nos ofrece a todos y ayudando a todos a que se liberen de sus esclavitudes, somos los que tenemos que sentir esa mano amiga de Jesús que se nos ofrece para levantarnos y ser nosotros esa mano de Jesús que ayude a levantarse a los demás.

Todos al final cantaremos la gloria del Señor.

sábado, 18 de julio de 2020

No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás


No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás

Miqueas 2, 1-5; Sal 9; Mateo 12, 14-21
Nos dice el evangelista que ‘al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús’. ¿Qué había sucedido en la sinagoga? Leyendo el texto anterior vemos que había allí un hombre con un brazo paralizado y Jesús lo había curado. Era sábado. De ahí la postura de los fariseos, porque para ellos Jesús les está destruyendo la religión. El sábado era del día del descanso porque era el día del Señor y no se podía realizar ningún trabajo. ¿Tampoco se podía curar a una persona de sus sufrimientos?
Los que en verdad estaban paralizados eran los fariseos con su manera de ver las cosas, con sus intransigencias y con ese cumplimiento minucioso de tantas normas que los atosigaban y hasta les quitaban la dignidad porque estaban carentes de humanidad. Jesús quería liberarles de esas ataduras, pero no se dejaban liberar. Si en la sinagoga de Nazaret había proclamado con el texto de Isaías que el Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había enviado para liberar a los oprimidos, era lo que Jesús estaba queriendo realizar. Pero ellos seguían encerrados tras sus barreras.
Recordamos aquel hecho del evangelio en que unos hombres se habían saltado todo lo imaginable para llegar hasta Jesús, hasta se habían atrevido a romper el techo de la casa para descolgar al paralítico y pudiera llegar a los pies de Jesús ahora, como entonces, nos encontramos quienes ponen barreras. Entonces cuando Jesús había hablado del perdón de los pecados como la verdadera liberación del hombre no lo había querido entender y habían querido declarar que Jesús era un blasfemo. Ahora planean el modo de acabar con Jesús.
Pero esto tiene que hacernos pensar. Muchas veces también nos paralizamos nosotros tras las barreras que nos vamos poniendo en la vida y no terminamos de llegar a Jesús para encontrar esa liberación. Y es que algunas veces también vamos demasiado insensibilizados por la vida y no queremos ver el sufrimiento de los demás. A aquellos fariseos de la sinagoga parece que les importara poco el sufrimiento de un hombre que no podía hacer nada a causa de su invalidez y discapacidad. Ellos estaban sanos, o creían estarlo, y poco les importaba el sufrimiento de los otros. No nos pase a nosotros lo mismo.
Podemos ir ciegos por la vida, tan miopes que parece que no vemos sino lo que a nosotros nos pasa y no terminamos de sensibilizarnos con el sufrimiento de tantos a nuestro lado. Nos parece que todo marcha bien; hay algunos problemas puntuales a los que podemos quizá prestar un poco más de atención, pero silenciosamente hay un camino de angustias y de sufrimiento que no siempre descubrimos. Son las necesidades materiales que podríamos apreciar en tantas carencias que viven muchos, pero si somos capaces de tener una mirada más honda podríamos descubrir tantas oscuridades, tantos interrogantes, tan inquietudes e incertidumbres de futuro que pueden angustiar a tantos hermanos aunque no nos digan nada, pero que se nota que les falta una felicidad honda en sus corazones.
Problemas en las relaciones humanas, problemas en las familias, problemas de convivencia en la vida diaria con aquellos que están más cercanos a nosotros, muchas cosas podríamos descubrir donde veremos que no hay paz, que no hay seguridad interior, que falta un buen espíritu que nos haga superar las pruebas, que hay demasiada superficialidad. No podemos ser insensibles, tenemos que saber sintonizar con esos corazones rotos, tenemos que saber decir una palabra de ánimo o una presencia aunque fuera silenciosa pero que da fortaleza para caminar.
Son las parálisis que Jesús quiere arrancar de nuestro mundo, pero primero que nada quiere arrancar de nuestros corazones para que nunca más nos parapetemos detrás de nuestro yo y aprendamos a un decir nosotros porque así sepamos caminar al lado de esos hermanos. Que nunca unas posturas de falsa religiosidad – también en este aspecto nos llenamos de muchas normas y costumbres que tendríamos que preguntarnos si están en verdadera consonancia con el evangelio – que nada de esas cosas nos impidan acercarnos al hermano para ofrecerle la verdadera liberación. Pongámonos en camino sin miedos ni complejos sino con la confianza y seguridad de que con nosotros va el Señor.


sábado, 28 de marzo de 2020

Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús


Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Algunas veces somos demasiado sofisticados, nos complicamos la vida cuando con sencillez podríamos enfrentarnos a lo que nos sucede, lo que vemos alrededor o el juicio que nos podamos hacer de los demás. Buscamos razonamientos por todas partes, le damos vueltas y vueltas en la cabeza a las cosas que están claramente delante de nosotros, buscamos motivaciones raras en lo que la gente hace, nos hacemos interpretaciones complicadas de los acontecimientos de la vida. Nos complica nuestras relaciones con los demás, se nos hace dificultoso nuestro caminar cuando andamos con tanta desconfianza también en los que nos rodean.
No es que no tengamos que buscar razonamientos, que hagamos las cosas sin pensarlo, que le demos superficialidad a la vida, eso de ninguna manera. Pero no nos compliquemos con las que cosas que son tan fáciles. Claro que muchas veces nos complicamos la vida porque somos retorcidos, porque nos llenamos de desconfianzas, porque nos cuesta aceptar a los demás, porque quizá tengamos algunos pensamientos turbios en nosotros que tratamos de ocultar pero que ahí están, y como somos nosotros pensamos que son los demás. Aquello de que vemos según el color del cristal con que miramos, y si hay algo turbio dentro de nosotros veremos turbio cuanto haya a nuestro alrededor, si somos complicados veremos complicado todo cuanto suceda en nuestro entorno.
Había muchos intereses encontrados en torno a Jesús sobre todo en los dirigentes religiosos y sociales que quizá podían ver en peligro su situación y su influencia con el mensaje nuevo que Jesús estaba proponiendo. Por eso serán los que tienen un corazón sencillo a los que más fácil les es entender a Jesús y llenarse de esperanza con su mensaje. Lo vemos  hoy claramente en el evangelio.
La gente sencilla que escuchaba a Jesús suspiraba ya con esperanza porque en Jesús intuían al menos que podía ser el Mesías; incluso veremos que aquellos a los que encargan que sigan de cerca de Jesús y acechen sus palabras y tienen incluso en sus manos el prendimiento de Jesús, cuando llega el momento no pueden hacer nada. Les echaran en cara luego los dirigentes si es que se han dejado embaucar por las palabras de Jesús pero ellos dirán que nadie ha hablado como lo hace Jesús.
Aquel que había ido una noche a hablar con Jesús y que entonces había sido capaz de reconocer que Jesús no podía hacer las cosas que hacia si Dios nos estaba con El, porque había comprendido lo de nacer de nuevo, de cómo el corazón del hombre tiene que cambiar dejando atrás sus orgullos y su autosuficiencia para abrirse a lo nuevo de Dios, ahora venía también a intentar cambiar las posturas de los dirigentes judíos para que actuasen desde la rectitud y la sinceridad probando que escuchasen a Jesús para que pudieran entender mejor su mensaje. Sin embargo nada pudo hacer ante unos corazones cerrados en su ceguera y fanatismo para no querer ver.
El recelo de perder su poder de influencia, el rechazo al mensaje de Jesús que les pedía más autenticidad y menos vanidad en la vida, los intereses que pudieran tener en su vanidad y autosuficiencia les cerraban el corazón y siempre encontrarían desde los pedestales en que se habían subido los medios de manipulación de la gente sencilla a la que en el fondo despreciaban. No sabían interpretar el sentido de la fe que había en el corazón de la gente sencilla y eso les llevaba a rechazar a Jesús. Por algo Jesús clamaría un día dando gracias al Padre que había querido revelar su misterio a los humildes y los sencillos y no a los que se creían sabios y entendidos.
Pero cuando escuchamos este evangelio y tratamos de reflexionar no solo venimos a constatar lo que le sucedía a los judíos en los tiempos de Jesús, sino que vamos a mirarnos nosotros para ver con sinceridad cuales son nuestras actitudes y nuestras posturas cuando nos acercamos al Evangelio. Pidámosle al Señor que nos de esa apertura del corazón, esa sabiduría de los humildes y de los sencillos para conocer el misterio de Dios y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús.


jueves, 31 de octubre de 2019

Inseguridades, miedos y complejos no nos faltan en muchas ocasiones pero no olvidemos la fortaleza del Espíritu para proclamar nuestro testimonio por Jesús


Inseguridades, miedos y complejos no nos faltan en muchas ocasiones pero no olvidemos la fortaleza del Espíritu para proclamar nuestro testimonio por Jesús

Romanos 8, 31b–39; Sal 108; Lucas 13, 31-35
Hay ocasiones en podemos sentirnos acobardados ante el encuentro con determinadas personas que se manifiestan quizá autoritarios o superiores a los demás porque todos tienen que pensar o actuar a su manera, o acaso sabemos o sospechamos que no les pueden gustar nuestros puntos de vista, nuestra manera de actuar y hasta podrían hacernos la vida difícil o imposible.
En ocasiones quizá no sea la otra persona ante la que nos sentimos acobardados sino quizá la inseguridad que sentimos en nosotros mismos y en una humildad mal entendida quizá preferimos anularnos nosotros antes de que nos puedan decir algo o llamar la atención por lo que hacemos.
Parece que no, pero muchas veces caminamos en la vida llenos de cobardías renunciando incluso a nuestros valores y nuestros principios, decimos por mantener la paz, pero la paz no se puede conseguir de esa manera. Miedos que nos echan los demás, porque también hay quien quiere manipularnos, o miedos que nos creamos nosotros mismos. Es quizá nuestra inmadurez o nuestra superficialidad que nos hace sentirnos inseguros y fácilmente nos ponemos en huida. Cuántas veces incluso llegamos a dejar de hacer cosas que son fundamentales en nuestra vida por esos temores que nos atenazan.
Hoy le vienen a decir a Jesús que Herodes lo anda buscando. Quizá vinieron con buena voluntad para que Jesús se pusiera a buen recaudo porque todos sabían de la tiranía con que actuaba y cómo había decapitado a Juan el Bautista, al que primero había metido en la cárcel. Pero Jesús no tiene miedo. El tiene una misión que cumplir y es fiel hasta el final. Se atreve a contestar incluso con palabras fuertes. Ya en una ocasión hasta sus propios enemigos le habían alabado que era sincero y veraz y no tenía miedo a nadie. Ahora les responde a los que vienen con el recado. ‘ld a decirle a ese zorro: "Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término." Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’.
Sabe Jesús además que en Jerusalén es donde será su pascua, donde ha de morir. Lamenta que Jerusalén haya sido sorda a sus llamamientos y a sus palabras, pero Jesús continúa con firmeza caminando hacia Jerusalén, aunque se meta en la boca del lobo. Allí en Jerusalén al final se va a encontrar con Herodes que querrá aprovechar la ocasión para hacer una fiesta para sus cortesanos a costa de Jesús, Pero entonces Jesús callará y no proferirá palabra ante Herodes que lo tomará por loco y así con vestiduras de loco se lo devolverá a Pilatos.
Una página del evangelio estimulante para nuestra vida. Cuantas veces nos llenamos de miedos y de complejos y no sabemos como reaccionar ante un mundo que sí sabemos que es adverso. Ya Jesús en otros momentos nos habla de la fortaleza con que hemos de vivir nuestra vida y proclamar nuestro testimonio.
No nos faltará la fortaleza del Espíritu. Pero seguimos con nuestros miedos, no nos gusta que nos hagan frente, no nos gusta la tensión ni el sufrimiento; algunas veces da la impresión que quisiéramos ocultarnos debajo de las piedras. Pero tenemos que dar la cara por Jesús, tenemos que ser testigos, tenemos incluso que sentirnos dichosos, como los apóstoles cuando el sanedrín los castigaba, de padecer por el nombre de Jesús. No temamos al sufrimiento por el Señor es nuestra fortaleza.

viernes, 6 de febrero de 2015

Nuestra manera de reaccionar ante las contrariedades un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas

Nuestra manera de reaccionar ante las contrariedades un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29
¿Cómo reaccionamos ante las contrariedades que nos vamos encontrando en la vida ya sea porque las cosas no sucedan a nuestro gusto, o ya sea porque quizá nos hagan reconocer de alguna manera que lo que hacemos no está bien? Puede ser un buen termómetro para medir nuestra propia madurez o para analizar cuales son las actitudes de fondo que hay en nuestra vida; puede ser también un buen medidor de nuestras actitudes y posturas cristianas.
Inicio esta reflexión con estos pensamientos precisamente contemplando la página del evangelio que tenemos hoy ante nosotros en la liturgia, que terminó con el martirio del Bautista. Ahí podemos ver algunas de esas reacciones que pueden surgir en nosotros tantas veces.  Una reacción de revancha, por así decirlo, queriendo eliminar al mensajero que nos hace ver nuestros errores o las cosas que no son buenas en nuestra vida. Ahí está la situación de Herodes que el Bautista denuncia porque le señala como inmoral la vida que está viviendo; ‘Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio’, comenta el evangelista. A su instigación Herodes ha mandado prender a Juan y meterlo en la cárcel.
Pero está por otro lado la indecisión de Herodes, que apreciaba a Juan, a quien gustaba escuchar, pero no tiene la valentía de enfrentarse a los hechos para actuar justamente; finalmente, por una parte el desenfreno de su vida y por otra parte los miramientos humanos le conducirán como en una espiral al sacrificio de Juan. Ya lo hemos escuchado; la fiesta, el baile de la hija de Herodías, el entusiasmo de Herodes para ofrecer lo que sea con juramento, la petición de la cabeza de Juan a lo que Herodes en su cobardía no se resistirá.
Diversas reacciones, diversas formas de actuar desde nuestros complejos y cobardías o desde nuestros resentimientos, desde nuestros miedos a enfrentarnos con la realidad o desde la falta de serenidad para afrontar las dificultades y no perder la paz, desde una falta de valores y principios o desde nuestra debilidad que quizá nos hace o arrastrarnos o reaccionar con nuestras violencias y revanchas.
Enfrente tenemos la valentía de Juan para proclamar la verdad, para denunciar lo malo, para mantenerse firme en sus principios aunque eso le haga sufrir, como en este caso primero la cárcel y después la muerte. No teme lo que le pueda pasar porque se sabe en las manos de Dios y es fiel a su misión. Era un hombre lleno de Espíritu del Señor y ahí estaba su fortaleza. Es la fortaleza de los mártires como tantas veces celebramos que aun ante la muerte inminente nunca perderán la paz.
Que no nos falte esa paz en el corazón; que sintamos también la luz y la fortaleza del Espíritu en nuestra vida para afrontar las dificultades de la vida. En el Señor siempre nos sentimos seguros. Siempre queremos ponernos en sus manos y que sea su Espíritu el que guíe nuestra vida.