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domingo, 9 de agosto de 2026

Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene



Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene

1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84; Romanos 9, 1-5;  Mateo 14, 22-33

Tambien nosotros muchas veces, como vemos a algunos en el evangelio, estamos pidiendo signos y signos extraordinarios para creer; nos encontramos en malos momentos en la vida porque quizás los problemas se nos acumulan, hay situaciones embarazosas que tenemos que sortear y no nos vemos con fuerza, nos llevan momentos de desabrimiento espiritual en que nos encontramos desanimados, no terminamos de despertar o hay oscuridades de dudas e interrogantes que nos inquietan y estamos poco menos que pidiendo un milagro para despertar.

Nosotros mismos nos lo habremos planteado o quizás haya llegado alguien con cierta inquietud en su corazón haciéndose preguntas para creer y nos está pidiendo pruebas dentro de la racionalidad de la vida para poder creer. ¿Sabremos responder? ¿Esos razonamientos teóricos y desde unos raciocinios llegan a convencer, llegan a convencernos a nosotros o les sirven de alguna luz a quienes nos están haciendo esos planteamientos? ¿Nos quedaremos al final compuestos y sin novia, como se suele decir, o esa sin motivaciones profundas para creer?

Creo que la Palabra de Dios de este domingo nos está dando respuestas, abriéndonos pistas, haciéndonos descubrir que quizás no es en esas cosas extraordinarios donde Dios se nos va a manifestar; otras tienen que ser nuestras búsquedas y nuestras sintonías. Empezando por el profeta Elías que está pasando por un mal momento en el enfrentamiento con la reina Jezabel que incluso está poniendo en peligro su vida. Se refugia en la montaña, ¿una nueva forma de volver al Horeb el monte donde Dios se había manifestado a Israel cuando viajaba por el desierto? Escondido en lo hondo y oscuro de la cueva – buena imagen para expresar cómo se sentía el profeta – no es en el paso de la tormenta ni en el terremoto que agrieta con fuerza la montañas donde puede sentir la presencia de Dios; será el silencio, en el susurro de la brisa donde Dios le está diciendo que es el compañero de su vida. Tendrá que verse envuelto en la violencia de las tormentas, pero Dios va a estar ahí en el silencio del corazón como un susurro.

Es también el episodio del evangelio. Después de la multiplicación de los panes Jesús embarca a los discípulos rumbo a Cafarnaún, pero Él se queda despidiendo a la gente y retirándose a la montaña para orar. Pero la travesía se les está haciendo costosa a los discípulos porque la noche avanza pero la barca se ve frenada por el viento en contra a pesar de sus esfuerzos. Y Jesús no está con ellos, que ahora lo necesitarían como cuando la tormenta en otra ocasión en medio de aquel mismo mar, de aquel lago de Tiberíades tan dado a tormentas inesperadas. Los miedos y desánimos, a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquel lago, comienzan a envolverlos porque les parece que están también viendo visiones de fantasmas. Alguien viene caminando sobre el agua y no saben diferenciar quién puede ser.

Será la voz de Jesús la que les haga recobrar el ánimo y Pedro se sentirá animoso para ponerse a caminar también sobre el agua. Aunque Jesús les ha hablado ‘ánimo, no temáis, soy yo’ para hacer que encuentren la calma el viento de la tormenta sigue arreciando y al ver las olas que se levantan enfrente Pedro se llenó de temor y comenzó a hundirse. Pero allí está la mano de Jesús a la que quizás Pedro no había prestado atención porque en lugar de mirar a Jesús se quedó solo mirando las tormentas que se acercaban. ¿No será bien significativo de lo que nos pasa tantas veces? Nos enfrascamos en nuestras tormentas, nuestras dudas, nuestros miedos y no somos capaces de levantar la mirada para ver la mano de Jesús que silenciosamente de muchas maneras se tiende hacia nosotros.

Sí, en medio de esas tormentas de la vida, sin ruido quizás por lo que debemos tener una sintonía especial, Dios viene a caminar con nosotros. La gracia de Dios no está tanto en que milagrosamente nos saque o aplaque esas tormentas, sino en la certeza que hemos de tener de que Dios está ahí con nosotros; El se detiene junto al camino como cuando los ciegos de Jericó o el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén; el permitirá quizás que se rompa el techo bajo el cual nos cobijábamos para decirnos que nos está esperando; Él se hará el encontradizo en la piscina probática de nuestra soledad para tendernos su mano y levantarnos para ponernos en camino de buscar el agua que limpie nuestros ojos encegatados; El se meterá en el embrollo donde con fervores medio enloquecidos nos vamos dando empujones los unos a los otros para darnos la oportunidad de que toquemos su manto para sentirlo más cercano a nosotros; El se hará esperar como cuando la muerte de Lázaro en Betania para que nuestra fe se aquilate y se fortalezca porque para nosotros habrá siempre vida y resurrección.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del Evangelio para descubrir cómo Dios llega a nosotros y no siempre serán necesarios grandes o extraordinarios signos sino que en el silencio y en las cosas normales de cada día hemos de descubrir esa presencia de Dios. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene.


sábado, 28 de marzo de 2020

Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús


Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Algunas veces somos demasiado sofisticados, nos complicamos la vida cuando con sencillez podríamos enfrentarnos a lo que nos sucede, lo que vemos alrededor o el juicio que nos podamos hacer de los demás. Buscamos razonamientos por todas partes, le damos vueltas y vueltas en la cabeza a las cosas que están claramente delante de nosotros, buscamos motivaciones raras en lo que la gente hace, nos hacemos interpretaciones complicadas de los acontecimientos de la vida. Nos complica nuestras relaciones con los demás, se nos hace dificultoso nuestro caminar cuando andamos con tanta desconfianza también en los que nos rodean.
No es que no tengamos que buscar razonamientos, que hagamos las cosas sin pensarlo, que le demos superficialidad a la vida, eso de ninguna manera. Pero no nos compliquemos con las que cosas que son tan fáciles. Claro que muchas veces nos complicamos la vida porque somos retorcidos, porque nos llenamos de desconfianzas, porque nos cuesta aceptar a los demás, porque quizá tengamos algunos pensamientos turbios en nosotros que tratamos de ocultar pero que ahí están, y como somos nosotros pensamos que son los demás. Aquello de que vemos según el color del cristal con que miramos, y si hay algo turbio dentro de nosotros veremos turbio cuanto haya a nuestro alrededor, si somos complicados veremos complicado todo cuanto suceda en nuestro entorno.
Había muchos intereses encontrados en torno a Jesús sobre todo en los dirigentes religiosos y sociales que quizá podían ver en peligro su situación y su influencia con el mensaje nuevo que Jesús estaba proponiendo. Por eso serán los que tienen un corazón sencillo a los que más fácil les es entender a Jesús y llenarse de esperanza con su mensaje. Lo vemos  hoy claramente en el evangelio.
La gente sencilla que escuchaba a Jesús suspiraba ya con esperanza porque en Jesús intuían al menos que podía ser el Mesías; incluso veremos que aquellos a los que encargan que sigan de cerca de Jesús y acechen sus palabras y tienen incluso en sus manos el prendimiento de Jesús, cuando llega el momento no pueden hacer nada. Les echaran en cara luego los dirigentes si es que se han dejado embaucar por las palabras de Jesús pero ellos dirán que nadie ha hablado como lo hace Jesús.
Aquel que había ido una noche a hablar con Jesús y que entonces había sido capaz de reconocer que Jesús no podía hacer las cosas que hacia si Dios nos estaba con El, porque había comprendido lo de nacer de nuevo, de cómo el corazón del hombre tiene que cambiar dejando atrás sus orgullos y su autosuficiencia para abrirse a lo nuevo de Dios, ahora venía también a intentar cambiar las posturas de los dirigentes judíos para que actuasen desde la rectitud y la sinceridad probando que escuchasen a Jesús para que pudieran entender mejor su mensaje. Sin embargo nada pudo hacer ante unos corazones cerrados en su ceguera y fanatismo para no querer ver.
El recelo de perder su poder de influencia, el rechazo al mensaje de Jesús que les pedía más autenticidad y menos vanidad en la vida, los intereses que pudieran tener en su vanidad y autosuficiencia les cerraban el corazón y siempre encontrarían desde los pedestales en que se habían subido los medios de manipulación de la gente sencilla a la que en el fondo despreciaban. No sabían interpretar el sentido de la fe que había en el corazón de la gente sencilla y eso les llevaba a rechazar a Jesús. Por algo Jesús clamaría un día dando gracias al Padre que había querido revelar su misterio a los humildes y los sencillos y no a los que se creían sabios y entendidos.
Pero cuando escuchamos este evangelio y tratamos de reflexionar no solo venimos a constatar lo que le sucedía a los judíos en los tiempos de Jesús, sino que vamos a mirarnos nosotros para ver con sinceridad cuales son nuestras actitudes y nuestras posturas cuando nos acercamos al Evangelio. Pidámosle al Señor que nos de esa apertura del corazón, esa sabiduría de los humildes y de los sencillos para conocer el misterio de Dios y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús.


lunes, 17 de febrero de 2020

Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje



Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje

Santiago 1, 1-11; Sal 118; Marcos 8, 11-13
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Siempre se ha dicho eso y es cierto. Cuántas veces contemplamos una diatriba o una discusión y hasta nos parece que están diciendo las mismas cosas una y otra parte. No se escuchan, no quiere ninguna parte entrar en razones, nadie quiere entender lo que el otro dice, sino que nos ofuscamos en nuestra idea y no sabemos ver las razones de la otra parte.
Pero no solo es en una discusión o como mejor tendríamos que decir en un diálogo, pero que no termina de ser diálogo, sino que es en la comprensión que vamos teniendo en la vida de los hechos que suceden, de lo que vemos en el actuar de los demás, de los planteamientos que se nos pueden hacer en que no somos capaces de ver lo que se nos dice, lo que sucede o de lo que se nos trata de plantear. Y pedimos más razones, y pedimos más pruebas, cuando las cosas están claras o ya se nos han ofrecido suficientes pruebas. Pero nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros prejuicios, en la manera en que nosotros vemos las cosas que no somos capaces de abrirnos a un nuevo planteamiento, a una nueva idea, a una nueva razón para vivir.
Jesús en el evangelio hay ocasiones en que les echa en cara a los fariseos, a los maestros de la ley, o a aquellos que no querían entender el mensaje nuevo del evangelio que son ciegos que no quieren ver, y que además son ciegos que pretenden conducir a otros ciegos, y al final los dos caerán en el hoyo.
Es lo que vemos que sucede hoy en el pasaje que nos ofrece el evangelio, una vez más vienen a pedirle a Jesús pruebas, signos, cosas extraordinarias para ellos poder aceptarle y creer. No les bastan los signos que Jesús cada día realiza cuando cura a los enfermos, cuando resucita a los muertos, cuando les ha dado de comer milagrosamente allá en el desierto. Podríamos decir que aun les parecen pocas pruebas. Y en este pasaje que nos narra san Marcos, Jesús termina pasando de ellos, empleando nosotros un lenguaje de los que se usan hoy día.
En otra ocasión les dirá que se les ofrecerá el signo de Jonás, al que incluso le costaba anunciar la Palabra de Dios, pero sin embargo el pueblo creyó, o Jonás el que fue engullido por el cetáceo y vuelto con vida a los tres días al ser vomitado por aquel cetáceo, signo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Hoy Jesús no les responde nada para que simplemente piensen en lo que están viendo cada día y los signos que Jesús continuamente realiza con sus milagros.
Pero tenemos que preguntarnos, ¿Nosotros vemos o no vemos? ¿Nos cerraremos los ojos y la mente también para no descubrir las obras maravillosas de Dios? ¿Andaremos también pidiendo o buscando pruebas, signos milagrosos para nosotros también creer? Ya bien sabemos cómo somos muy dados a las cosas espectaculares y allá donde nos dicen que ha sucedido algo extraordinario vamos corriendo para querer apuntalar nuestra fe.
Nos dejamos seducir muchas veces por cosas atractivas y parece que nos cuesta menos creer según sea la simpatía, por ejemplo, del sacerdote que conozcamos o de las cosas extrañas que pudiera hacer. ¿Buscamos la simpatía que nos atraiga o buscamos la verdad de la Palabra de Dios? algunas veces también los tienen la misión de guiar al pueblo de Dios se dejan arrastrar por esas cosas y pretenden presentarse como muy simpáticos para así, dicen, agradar a la gente y hacer más atractiva la Palabra de Dios.
Seguramente en las redes sociales les habrá llegado más de un video de si un cura en la boda de unos amigos cantó no sé qué canción que le gustaba mucho a la novia, o si en la misa se daba sus pasos de baile con vestiduras litúrgicas incluidas mientras se cantaban los cantos de la celebración, o si contaba no sé qué cosas llamativas cuando trataba de explicar la palabra de Dios. Me pregunta si es necesario que lleguemos a eso y por ese camino a quien estamos anunciando, ¿a Jesús y el mensaje del evangelio o al propio sacerdote que quiere ganarse unos enteros de simpatía con su gente?
Le pedían un signo a Jesús y Jesús no quiso darles ningún signo de lo que ellos le pedían.

miércoles, 4 de febrero de 2015

La fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende

La fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6
Si ayer decíamos que el texto del evangelio era como un canto a la fe, porque todo nos estaba hablando de la fe que teníamos que despertar en nuestro espíritu - ‘basta que tengas fe’, le decía Jesús a Jairo, ‘hija, tu fe te ha curado’ le decía a la hemorroisa -, hoy cuando Jesús va a su pueblo ‘se quejó de la falta de fe’ de sus paisanos.
Muchas veces queremos filtrar todo lo que vemos o lo que nos sucede solamente desde nuestros criterios demasiado racionalistas; la fe es confianza; la fe es fiarnos; la fe es abrirnos al misterio de Dios que se nos manifiesta y nos trasciende; con la fe tenemos que elevar nuestro espíritu y saber descubrir el misterio de Dios que está detrás o dentro de todo.
Cuando Jesús va a la sinagoga de su pueblo la gente se admira de cómo habla y de las cosas que cuentan que ha realizado en otros sitios. ‘La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José, Judas y Simón?... y desconfiaban de El’. Se quedan en aquel niño o aquel joven que han visto crecer entre ellos. Les era difícil, es cierto, quitarse de la cabeza las prevenciones que pudieran tener porque lo habían conocido de siempre. ‘Se extrañó Jesús de su falta de fe’. No habían sabido dar el paso adelante para no quedarse solo en lo que veían sus ojos o los razonamientos que podrían tener en su cabeza y abrirse al misterio de Dios que se les revelaba.
Nos cuesta también en muchas ocasiones dar el paso de la fe, de la confianza, de fiarnos de Dios. Pedimos quizá con fe desde nuestras necesidades o problemas pero no terminamos de creer en la respuesta de Dios a nuestras oraciones. Al tiempo que vamos pidiendo, y decimos que queremos hacerlo con fe, seguimos con nuestras prevenciones y razonamientos y nos falta la confianza, el fiarnos de verdad de Dios. Es necesario aprender a dar ese paso. Es necesario dejarnos conducirnos por Dios, porque será su Espíritu que actúa en nosotros el que nos ayude a darlo y a poner a tope nuestra fe.
Nos pasa en muchas situaciones y en muchos aspectos de la vida. Porque también nos pasa en nuestra relación con los demás. Ponemos por delante nuestros prejuicios ante la actuación de las personas que nos rodean y no siempre actuamos con la debida confianza. Y cuando hay desconfianza no hay apertura al otro, no sabemos caminar juntos, no terminamos de colaborar desinteresadamente con los demás.
Pidámosle al Señor que aprendamos a confiar. Que crezca nuestra fe. Que sepamos dejarnos conducir por el Señor. Será distinta nuestra relación con Dios; será más grande la paz que podamos sentir en nuestro corazón; haremos más fraternal nuestra relación con los demás.