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domingo, 9 de agosto de 2026

Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene



Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene

1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84; Romanos 9, 1-5;  Mateo 14, 22-33

Tambien nosotros muchas veces, como vemos a algunos en el evangelio, estamos pidiendo signos y signos extraordinarios para creer; nos encontramos en malos momentos en la vida porque quizás los problemas se nos acumulan, hay situaciones embarazosas que tenemos que sortear y no nos vemos con fuerza, nos llevan momentos de desabrimiento espiritual en que nos encontramos desanimados, no terminamos de despertar o hay oscuridades de dudas e interrogantes que nos inquietan y estamos poco menos que pidiendo un milagro para despertar.

Nosotros mismos nos lo habremos planteado o quizás haya llegado alguien con cierta inquietud en su corazón haciéndose preguntas para creer y nos está pidiendo pruebas dentro de la racionalidad de la vida para poder creer. ¿Sabremos responder? ¿Esos razonamientos teóricos y desde unos raciocinios llegan a convencer, llegan a convencernos a nosotros o les sirven de alguna luz a quienes nos están haciendo esos planteamientos? ¿Nos quedaremos al final compuestos y sin novia, como se suele decir, o esa sin motivaciones profundas para creer?

Creo que la Palabra de Dios de este domingo nos está dando respuestas, abriéndonos pistas, haciéndonos descubrir que quizás no es en esas cosas extraordinarios donde Dios se nos va a manifestar; otras tienen que ser nuestras búsquedas y nuestras sintonías. Empezando por el profeta Elías que está pasando por un mal momento en el enfrentamiento con la reina Jezabel que incluso está poniendo en peligro su vida. Se refugia en la montaña, ¿una nueva forma de volver al Horeb el monte donde Dios se había manifestado a Israel cuando viajaba por el desierto? Escondido en lo hondo y oscuro de la cueva – buena imagen para expresar cómo se sentía el profeta – no es en el paso de la tormenta ni en el terremoto que agrieta con fuerza la montañas donde puede sentir la presencia de Dios; será el silencio, en el susurro de la brisa donde Dios le está diciendo que es el compañero de su vida. Tendrá que verse envuelto en la violencia de las tormentas, pero Dios va a estar ahí en el silencio del corazón como un susurro.

Es también el episodio del evangelio. Después de la multiplicación de los panes Jesús embarca a los discípulos rumbo a Cafarnaún, pero Él se queda despidiendo a la gente y retirándose a la montaña para orar. Pero la travesía se les está haciendo costosa a los discípulos porque la noche avanza pero la barca se ve frenada por el viento en contra a pesar de sus esfuerzos. Y Jesús no está con ellos, que ahora lo necesitarían como cuando la tormenta en otra ocasión en medio de aquel mismo mar, de aquel lago de Tiberíades tan dado a tormentas inesperadas. Los miedos y desánimos, a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquel lago, comienzan a envolverlos porque les parece que están también viendo visiones de fantasmas. Alguien viene caminando sobre el agua y no saben diferenciar quién puede ser.

Será la voz de Jesús la que les haga recobrar el ánimo y Pedro se sentirá animoso para ponerse a caminar también sobre el agua. Aunque Jesús les ha hablado ‘ánimo, no temáis, soy yo’ para hacer que encuentren la calma el viento de la tormenta sigue arreciando y al ver las olas que se levantan enfrente Pedro se llenó de temor y comenzó a hundirse. Pero allí está la mano de Jesús a la que quizás Pedro no había prestado atención porque en lugar de mirar a Jesús se quedó solo mirando las tormentas que se acercaban. ¿No será bien significativo de lo que nos pasa tantas veces? Nos enfrascamos en nuestras tormentas, nuestras dudas, nuestros miedos y no somos capaces de levantar la mirada para ver la mano de Jesús que silenciosamente de muchas maneras se tiende hacia nosotros.

Sí, en medio de esas tormentas de la vida, sin ruido quizás por lo que debemos tener una sintonía especial, Dios viene a caminar con nosotros. La gracia de Dios no está tanto en que milagrosamente nos saque o aplaque esas tormentas, sino en la certeza que hemos de tener de que Dios está ahí con nosotros; El se detiene junto al camino como cuando los ciegos de Jericó o el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén; el permitirá quizás que se rompa el techo bajo el cual nos cobijábamos para decirnos que nos está esperando; Él se hará el encontradizo en la piscina probática de nuestra soledad para tendernos su mano y levantarnos para ponernos en camino de buscar el agua que limpie nuestros ojos encegatados; El se meterá en el embrollo donde con fervores medio enloquecidos nos vamos dando empujones los unos a los otros para darnos la oportunidad de que toquemos su manto para sentirlo más cercano a nosotros; El se hará esperar como cuando la muerte de Lázaro en Betania para que nuestra fe se aquilate y se fortalezca porque para nosotros habrá siempre vida y resurrección.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del Evangelio para descubrir cómo Dios llega a nosotros y no siempre serán necesarios grandes o extraordinarios signos sino que en el silencio y en las cosas normales de cada día hemos de descubrir esa presencia de Dios. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene.


martes, 3 de marzo de 2026

Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

 


Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

Es en el camino de la sencillez y de la humildad donde manifestamos nuestra verdadera grandeza. Eso lo sabemos todos porque aunque seamos como seamos sin embargo nos queda algo de sensatez en nuestro interior, en nuestro pensamiento; diríamos que es algo que hemos ido aprendiendo en la medida en que hemos ido madurando en la vida y quizás tras experiencias donde quizás un día nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad y al final salimos chamuscados, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo la tentación de la vanidad nos aparece continuamente en nuestra vida; porque nunca queremos quedar por debajo de los demás y haremos todo lo posible por estar en el escaño superior para intentar ver por debajo a los otros; algunas veces sin ser nada sin embargo nos creemos superiores y comenzamos a hacer nuestras discriminaciones en la vida; en el orgullo que se nos va metiendo por dentro nos cuesta aceptar que tenemos que mezclarnos con todos porque todos somos iguales y nos dejamos llevar por las aspectos externos que contemplemos en los otros o por lo vanidosos que nosotros nos presentemos; y vamos a decir algo más, pudiera ser que estemos dotados de especiales dones y cualidades, pero tenemos que pensar que cuanto enriquece nuestra vida no es para nosotros mismos sino para el servicio generoso y desinteresado con los demás.

Es de lo que nos está hablando Jesús, partiendo de aquellas actitudes dominantes con las que se presentan los que se creen dirigentes de la comunidad por las funciones que quizás tengan que realizar; pero se olvidan de la sencillez y de la humildad como hemos venido diciendo, se creen maestros y con autoridad para imponer sus criterios a los demás, o para valerse de esa preponderancia para tener una actitud de dominio sobre los otros.

Por eso Jesús les dice que entre sus discípulos no pueden ser como ellos; nuestra actitud siempre ha de ser la del servicio y esa misión que quizás hayamos recibido o esos dones que pudieran adornar nuestra vida nos han de poner siempre en actitud de servicio. Recordamos lo que hizo Jesús en la última cena; ‘me llamáis y el maestro y el Señor, y en verdad lo soy’, les dice porque quizás se han sentido sorprendidos por el gesto que ha realizado Jesús de lavarles los pies a todos. Pero a continuación nos dirá que eso es lo que nosotros tenemos que hacer con los demás.

Por eso hoy, en el texto que se nos ofrece en este día nos dice que no nos dejemos llamar ni maestros ni padres, porque todos estamos a la misma altura, ‘todos vosotros sois hermanos’, les dice. El sí era el maestro, pero no le importó quitarse el manto, ceñirse la toalla y ponerse a los pies de los discípulos. Y nosotros vamos con nuestra prepotencia pidiendo reconocimientos y aplausos, mirando por encima del  hombro a los demás, no queriendo mezclarnos con todos, haciendo nuestras distinciones.

¿Tratamos igual a todos los que conocemos o a todos los que están a nuestro lado? Ya sé que es muy humano que haya simpatías y sintonías, pero eso no quita para que con aquel que no nos cae simpático también seamos amables, lo saludemos con una sonrisa, y le tendamos la mano con generosidad para hacer algo por él.  Cuántas oportunidades tenemos de ir sembrando sintonías a nuestro lado, no pases nunca a la distancia del otro cambiando de acera porque te cae mal. No es fácil, porque las fibras de nuestro corazón están dañadas y aparece pronto la discordancia, pero por encima de todo eso tiene que haber algo más. ¿Somos o no somos discípulos y seguidores de Jesús?

Vayamos, pues, despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias. Es el camino humilde y sencillo con el que vamos haciendo presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Cuando has comenzado a amar de verdad a todo el que está a tu lado es que has entrado en la sintonía del Reino de Dios.

sábado, 14 de febrero de 2026

Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

 


Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

Hechos 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

¿Cuál va a ser en definitiva nuestra reacción final si nos hemos ofrecido voluntarios para hacer una tarea que nos parecía, por decirlo así, interesante, pero que cuando nos la confían nos hablan de que no es una tarea fácil, que no vamos a contar con demasiados medios o recursos para llevarla a cabo y ya de antemano nos dicen que vamos a toparnos con una oposición bien encontrada? ¿Tiraremos la toalla si tan difícil nos lo ponen? ¿Intentaremos seguir adelante? ¿Buscaremos por nuestra parte nuevas iniciativas, recursos, lo que sea necesario para que realmente se realice y no quede por cuenta nuestra, por nuestra dejadez, el posible fracaso?

Realmente la cuestión es inquietante. ¿Cómo se sentiría aquel grupo de discípulos a los que Jesús les está confiando una misión en la que les dice que además de que hay mucho trabajo y son pocos los que se comprometen con ese trabajo, los envía como corderos en medio de lobos?

Tenemos que pensar que esa es la tarea y la misión que Jesús nos está confiando a los que creemos en El, la misión que le confía a la iglesia que tiene que quitar de sí toda imagen de triunfalismos para darnos cuenta que el anuncio del evangelio en el mundo en que hoy vivimos no es tan fácil. Además Jesús nos está pidiendo por parte nuestra una disponibilidad total pero también la conciencia de que no hemos de actuar a la manera de cómo actúan los hombres de este mundo. De entrada nos está diciendo que vayamos con nuestra pobreza, vacíos y liberados de todo signo de grandeza o de prepotencia para, a partir solo de unos medios o recursos humanos, realicemos esa tarea y esa misión cuya efectividad no va a surgir de esos más o menos importantes medios humanos con los que podamos contar.

De mucho tenemos que aprender a despojarnos. Porque Jesús incluso se quitó el manto para ceñirse solo con una toalla cuando se puso a lavar los pies de los discípulos. Y es lo que hoy tenemos que hacer, es la misión de la Iglesia hoy en medio de nuestro mundo. No podemos aparecer rodeados de esplendores de grandezas o de riquezas cuando vamos a anunciar el evangelio; sería una imagen que no casa con el espíritu del Evangelio que tiene que ser anunciado, tiene que ser buena noticia para los pobres.

Tenemos que aprender a sentarnos humildemente en una pobre silla o banqueta con los de la casa para hablar sosegadamente, amigablemente, para hacer el anuncio del mensaje que llevamos.

Nos sentamos poco en el camino para simplemente hablar con los que pasan, nos sentamos poco a la puerta de la casa para charlar amigablemente con los que en ella habitan. Es lo que nos está diciendo Jesús, que entremos allí donde nos abren la puerta, comamos lo que nos ofrecen y a ellos, teniendo en cuenta lo que es en verdad sus vidas, le hagamos el anuncio del Reino de Dios. No nos pide discursos, sino conversaciones, no nos pide grandes recorridos, sino que seamos capaces de detenernos a la vera del camino con quien pasa o con quien nos encontremos o simplemente nos sentemos a tomar un café.

¿Será eso lo que verdaderamente está haciendo la Iglesia, estaremos haciendo nosotros o andaremos más preocupados de organizaciones y de planes de trabajo cuando el trabajo es eso que nos va saliendo cada día al paso? Hoy hablamos mucho de una nueva evangelización pero nos preocupamos poco de esos encuentros personales, organizamos muy bien nuestros horarios de culto y celebraciones de nuestras fiestas, pero nos olvidamos del caminar del día a día, a pie de calle, o sentados alrededor de la mesa del comedor para tener una amigable charla donde trasmitamos esa paz que nos viene a traer el evangelio.

Y ya sé que no es una tarea fácil, porque no siempre habrá quien nos escuche o en muchas ocasiones sintamos el rechazo, como ovejas en medio de lobos que nos dice hoy Jesús. Pero eso no tiene que impedir que sigamos haciendo el camino porque tenemos que seguir haciendo el anuncio de la buena nueva de Jesús.

viernes, 19 de septiembre de 2025

Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

 


Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

1Timoteo 6,3-12; Salmo 48; Lucas 8,1-3

Darle plenitud y valor a la vida no significa que siempre tengamos que estar haciendo cosas extraordinarias; tenemos que aprender a valorar las cosas pequeñas y sencillas de cada día, que nos pueden parecer una rutina repetida porque nos parece que siempre estamos haciendo lo mismo. No tenemos que afanarnos por hacer cosas extraordinarias, sino que nuestra preocupación ha de estar más bien en hacer extraordinariamente bien esas pequeñas cosas de cada día. Ahí está la vida, lo que en cada momento vivimos, que es donde tenemos que dejar nuestra mejor huella. Será la que en verdad cautivará los corazones, será esa semilla plantada en silencio en lo que nos parece un campo cualquiera, pero que si la cuidamos bien nos dará una hermosa planta y generosos frutos.

Esto creo que tenemos que pensarlo en lo que es nuestra vida ordinaria, que serán nuestros trabajos o nuestra vida familiar, ese salir cada mañana al encuentro de los demás y esos gestos sencillos con que nos saludamos o nos preocupamos mutuamente los unos por los otros. Pero ha de ser también la pauta para lo que significa nuestro compromiso dentro de la comunidad o en el seno de la Iglesia. No son milagros que tengamos que ir haciendo a cada paso, sino en esa sencillez de nuestra vida y en esas cosas que hacemos cada día vamos dejando la impronta de nuestra fe, el perfume del evangelio.

Quizás algunas veces, sobre todo cuando ya vamos teniendo nuestros años, nos ponemos a mirar hacia atrás en el camino que hemos hecho en la vida y puede que podamos sentir el desaliento de que no hemos hecho grandes cosas. Seguro que una mirada atenta a esas cosas ordinarias que íbamos haciendo cada día nos hará descubrir muchas buenas huellas que hayamos dejado, aunque no hayamos hecho nada extraordinario, pero esa fidelidad de cada día, esas cosas que quizás repetimos una y otra vez con las que queríamos mostrar nuestro compromiso, nuestra fidelidad, o simplemente hacer sentir nuestra presencia pueden ser señales de esas obras maravillosas, que no nosotros, pero que Dios ha obrado a través de nosotros. Porque esto es importante, saber descubrir y sentir ese actuar de Dios que solo podremos apreciar desde la fe. No tiene que haber desaliento en nosotros ni por otra parte hacer resaltar nuestros orgullos y vanidades, sino humildad para saber dar gracias a Dios.

Hoy nos encontramos con una página del evangelio que parece que no nos dice nada, pero es una página de un día ordinario de la vida de Jesús. En este caminar de una lado para otro en aquellos caminos de Galilea visitando los diferentes lugares hoy no nos muestra nada extraordinario; solo habla de que iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Evangelio, menciona quienes le acompañaban, aparte de aquel pequeño grupo de discípulos a los que constituiría un día apóstoles con una llamada especial, simplemente nos dice que le acompañaba un grupo de mujeres, se mencionan algunas, pero quiere expresar ese grupo más grande de las que quieren ser fieles y estar siempre con Jesús, fidelidad que les llevará a compartir incluso sus bienes en ese actuar de Jesús.

¿Nos sentiremos nosotros quizás anónimos en ese grupo de los que siguen a Jesús? Pasaremos incluso por desconocidos y nuestro nombre no saldrá en ningún noticiario, pero ahí estamos con nuestra fidelidad, con nuestros deseos de estar con Jesús y seguirle, ofreciendo lo que somos y también compartiendo nuestra vida. No será nada extraordinario pero será sobre todo anuncio ante el mundo que nos rodea de la buena nueva de Jesús que vamos plasmando en la sencillez y humildad de nuestra vida.

¿Seremos capaces de valorar también a tantos que de forma anónima quizás o sin aparentar, desde su sencillez y su humildad están siendo también anuncio de esa buena nueva de Jesús a nuestro mundo? Tenemos que aprender a valorar a tantos que quizás nos pasan desapercibidos pero que están haciendo una gran labor en la Iglesia desde su silencio, pero desde su amor y su entrega.

 

viernes, 12 de julio de 2024

No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

 


No es la imposición de unas ideas o conceptos sino el contagio de una vida cuando estamos empapados de evangelio para transformar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Bueno, lo voy a decir así como me sale casi de forma espontánea, pero me gustaría me entendieran bien lo que quiero expresar. Una cosa es recibir una instrucción en la que se nos trasmiten unos conocimientos que bien o pueden ser hechos de la historia que nos vendría bien conocer – ¿a quien no le gusta conocer la historia de su pueblo, o de sus antepasados, por ejemplo? – ya sea el conocimiento de unas ciencias o unas materias  que necesitamos para manejarnos en la vida, y otra cosa es educarnos para la vida, trasmitirnos algo más hondo que nos ayude a encontrar el sentido de la vida misma y afrontar humanamente las diferentes circunstancias con las que nos vamos a ir topando. Es trasmitir algo más hondo porque diríamos nos va a enseñar a vivir, algo que tendrá que convertir en levadura que haga fermentar la masa de nuestro mundo.

Y eso, podríamos decir, es lo que nos quiere trasmitir el evangelio que hoy se nos ofrece. Esa es la misión que Jesús confía a quienes creen en El, a sus discípulos como lo que tienen trasmitir al mundo que les rodea; es el testimonio de lo que se vive, de lo que viven a partir de lo que significado su encuentro con Jesus.

No se contentarán los evangelistas con darnos unos datos biográficos de la vida de Jesús, sino de trasmitir el mensaje que ha sido la vida de Jesús para la humanidad. Son pocos los datos que podríamos llamar históricos que se nos ofrecen en los evangelios de Jesús, pero cuando nos están trasmitiendo lo que hizo y lo que dijo Jesús se nos está trasmitiendo un mensaje de vida desde lo que los propios evangelistas han vivido también en su encuentro con Jesús.

Y es lo que se nos está pidiendo a nosotros hoy, a los que creemos en Jesús, que hemos de convertirnos en testigos en medio del mundo. Un testimonio que no será fácil, porque de alguna manera implica una novedad, algo distinto frente a lo que se vive en el mundo. Por eso decimos es un mensaje de salvación, un mensaje de liberación, un mensaje que presente lograr una transformación para hacer un mundo nuevo, para hacer unos hombres nuevos.

Y eso será costoso porque se convierte en una contradicción frente al mundo. No siempre se querrá escuchar ese mensaje sobre todo cuando implica una renovación interior, una renovación desde lo más hondo de nosotros mismos; y nos cuesta cambiar, nos habituamos a lo que siempre hemos vivido y aunque no sintamos una satisfacción plena, sin embargo no queremos arrancarnos de ello para emprender algo nuevo. Es principalmente desde nuestro propio interior donde vamos a encontrar esa oposición al propio mensaje del evangelio.

Por eso hoy Jesús les dirá a los discípulos que los envía como corderos en medio de lobos, pero al mismo tiempo nos pedirá sagacidad y sencillez. Esa sabiduría de Dios que queremos vivir y transmitir al mismo tiempo nos dará como una visión nueva, nos hace descubrir un sentido nuevo, y nos motivará interior para descubrir los medios y caminos, la manera  de cómo hemos de llevar mejor ese mensaje a los demás. 

Pero no podemos olvidar la humildad y la sencillez, porque solo somos unos servidores de esa Palabra de salvación que hemos de trasmitir, no nos podemos presentar como poseedores absolutos que tratan de imponer dicho mensaje, dicho sentido de vida. Es la oferta que hacemos desde el amor, es la oferta que hacemos con sencillez y humildad. Pero es la oferta que hacemos con valentía sin temor a la oposición que podamos encontrar.

Nos habla Jesus de tribunales y de juicios, nos habla de cárceles y de persecución y es que el discípulo no es mejor que su maestro y ¿qué es lo que hicieron con Jesus? El nos promete la fuerza y sabiduría de su Espíritu que estará con nosotros, pondrá palabras en nuestros labios y fortaleza en el corazón. Porque es una vida lo que queremos transmitir, que primero hemos de vivir en nosotros mismos para luego poder contagiar a los demás. Es como una osmosis lo que tenemos que realizar, porque de aquello que nosotros estamos empapados, empaparemos al mundo que nos rodea.  

sábado, 25 de mayo de 2024

Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

 


Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

Santiago 5,13-20; Salmo 140;  Marcos 10,13-16

‘Pareces un niño’, quizás nos dijeron un día y no nos agradó mucho. ¿Me están diciendo que soy infantil? Todos queremos parece mayores, a todos nos gustaría que nos trataran como adultos; siendo jóvenes no nos agradaba que nos dijeran ‘niño’, porque eso nos parecía que nos ofendía, porque nos gustaba que nos trataran ya como mayores.

¿Parezco niño porque mi manera de actuar es infantil, llenos de caprichitos y de mimos? ¿Parezco niño porque parece que actúo con ingenuidad y no tengo malicia para vislumbrar la malicia que pueden estar ocultando los demás? Pero ¿qué tiene de malo la ingenuidad si me la tomo como un quitar malicias del corazón, no andar con segundas intenciones ocultas, mostrarme de una forma llana y sencilla?

Nos daría mucho que pensar eso de que nos traten o nos consideren como niños. Porque en la inocencia del niño hay algo que significa cercanía, humildad, sencillez; mientras no echemos a perder esa inocencia hay algo muy bonito en ese trato de unos y otros siempre llenos de alegría, siempre con la risa y la carcajada a flor de pies, podríamos decir, porque fácilmente se superan los orgullos, tenemos abierto el corazón y todos son mis amigos, como suelen decir los niños, aunque haga un momento que se hagan conocido, han jugado juntos con alegría y ya son amigos para siempre.

Creo que en la vida nos hace falta mucho de eso. Andamos demasiado envarados, demasiado metidos en nuestros castillos o subidos a nuestros pedestales, con demasiado orgullo que va creando rivalidades, resentimientos, envidias, desconfianzas. No terminamos de entender que este mundo no es para buscar exclusividades y poner barreras, sino para saber hacer camino juntos y tendiéndonos las manos los unos a los otros.

Es la lección que Jesús quiere darnos hoy. Ese corazón lleno de ternura de Jesús hacía que todos quisieran acercarse a El, estar a su lado, no perderse ninguna de sus palabras, sintiendo el gozo de su presencia. Diríamos que tenía que surgir de forma espontánea, que las madres llevaran a sus niños hasta Jesús para que los bendijera, para que impusiera sus manos sobre ellos; y ya sabemos que cuando los niños se sienten queridos se llenan de confianza, y entonces serían los propios niños los que buscarían a Jesús.

Pero como siempre sucede hay algunos que les molestan los gritos o las risas de los niños; allá estaban los discípulos cercanos a Jesús poco menos que haciendo guardia en torno a Jesús para que nadie se propasara; quizás lo querían solo para ellos; pero los juegos y los gritos espontáneos de los chiquillos podían convertirse en una molestia. Y no había que molestar al maestro. Por eso los veremos apartando a los niños para que no molestaran a Jesús.

Pero Jesús sale al paso de este fervor tan entusiasta de sus discípulos cercanos. ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios’. Jesús quiere que los niños estén con El. Pero es que Jesús les dice algo más. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.

Tanto que Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y ahora nos da una característica muy importante, que por supuesto no estaba olvidada en toda la predicación de Jesús. Pero ahora nos pone a los niños como ejemplo de lo que han de ser esas actitudes del Reino de Dios. Hay que ser como los niños. Y aquí aparece la inocencia y la ingenuidad de la que veníamos hablando, aquí viene la alegría y la cercanía, aquí vienen las confianzas que hacen pronto amistad porque todos tenemos que queremos como hermanos, aquí está la humildad y la sencillez con que hemos de saber caminos los unos junto a los otros, aquí está todo ese derribar barreras y pedestales para saber encontrarnos y para saber amarnos siempre. Es lo que tenemos que vivir en el Reino de Dios, que en los niños vemos reflejado, como nos dice Jesús hoy. 

Por eso nos hablará de acogida, acogida al niño y al pequeño – y qué importante era eso en aquella sociedad donde los pequeños y los pobres nada valían y nunca se contaba con ellos – como signo y señal de esa acogida que tenemos que saber hacernos en todo momento los unos a los otros. ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Que sintamos, entonces, sobre nosotros esa bendición de Dios, como Jesús bendecía a los niños.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

sábado, 29 de abril de 2023

Necesitamos aprender a confiar, despojándonos de soberbias y autosuficiencias, despertando la verdadera fe nuestra vida porque nos sentimos envueltos por el amor

 


Necesitamos aprender a confiar, despojándonos de soberbias y autosuficiencias, despertando la verdadera fe nuestra vida porque nos sentimos envueltos por el amor

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

Necesitamos en la vida aprender a confiar. Pero ¿en qué confiamos? ¿Qué nos merece esa confianza? Ahí está la sabiduría. El poderoso confía en su poder, el rico confía en sus riquezas, el que se cree sabio su autosuficiencia lo hace sentirse el ombligo del mundo, pero se nos acaba el poder, se nos gastan las riquezas, se diluye esa autosuficiencia de creer sabedores de todos porque pronto nos daremos cuenta de lagunas de nuestra vida, ¿en qué nos quedamos? Vacíos, indefensos, hasta nos sentimos inútiles. Por eso tenemos que saber tener esa sabiduría para encontrar lo que verdaderamente merezca nuestra confianza.

Son los pequeños, los sencillos, los que nada tienen los que entienden mejor lo que es la confianza; aprenden a fiarse y eso les dará más fortaleza espiritual para superar carencias y limitaciones, los hace humildes porque se han despojado de su autosuficiencia; en ese camino nos damos cuenta de la importancia de confiar porque aprenderemos apoyarnos en cosas que tengan verdadera hondura. Nuestro espíritu se eleva por encima de las materialidades dándonos cuenta de que somos más que un trozo de materia. Y aquí entramos en el ámbito de la fe que es dar nuestro voto de confianza, porque experimentamos como nadie lo que es sentirnos amados, aunque nos parezca que de tan pequeños que somos no tenemos ningún merecimiento.

Hoy vemos uno de esos momentos del evangelio en que Jesús llega a expresar incluso el gozo interior que le embarga, que le llena hasta rebosar. Podríamos decir que las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio son como una canción. Da gracias al Padre porque los pequeños y los sencillos lo han escuchado y Dios a ellos se ha revelado. Eran de verdad los más dispuestos a la confianza, entonces, a creer. No estaba la autosuficiencia de los que se creen sabios o poderosos, por eso se fían, por eso confían. Y Jesús da gracias al Padre porque a ellos se revela de manera especial.

Pero nos continua diciendo Jesús que sigamos confiando a pesar de lo duro que nos pueda parecer el camino, a pesar de que notemos nuestros cansancios y nuestras debilidades. El se nos ofrece como nuestro descanso, El nos manifiesta también la mansedumbre y la dulzura de su corazón para que así confiemos totalmente en El. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados… aprended de mi que soy manso y humilde de corazón… encontraréis vuestro descanso…el yugo no es tan duro’, es liviano porque está forrado del amor.

¿Cómo no vamos a creer? ¿Cómo no vamos a confiar? En El encontraremos la verdadera sabiduría, El será en verdad nuestra paz. El nos da confianza para que sigamos caminando a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque es Dios el que confía en nosotros, a nuestro lado está, nos hace sentir su amor, nos regala su perdón y nos envuelve con la fuerza del Espíritu. Quien se siente así amado confía, quien se siente así amado mantendrá firme su fe.

Un camino nuevo emprendemos donde vamos a hacer gala de nuestra confianza. Aprenderemos a confiar en los demás, aprenderemos a caminar juntos, aprenderemos a creer en las personas y darle nuestro voto de confianza aunque tantas veces nos cueste, no defraudaremos a los demás porque hemos aprendido a caminar de manera distinta; el amor que nos ha envuelto ha transformado nuestra vida y nuestra vida estará ya siempre hecha para el amor.

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

 


Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

También nosotros queremos milagros, buscamos milagros. De muchas maneras lo manifestamos. Muchas veces nuestra vida religiosa se manifiesta de manera especial en torno a santuarios, ya sea de la Virgen, del Señor o de algún santo de nuestra devoción, que tengan una cierta relevancia, que de alguna manera se conozca por las cosas maravillosas que hemos escuchado que allí se han realizado.

Esta imagen es muy milagrosa, decimos con frecuencia cuando invitamos a alguien a que visite dicho santuario, le pasamos una imagen impresa, o nos acercamos allí en un día de fiesta especial o en momentos en que estemos en situaciones difíciles. ¿Cuál es nuestra oración? Que aquellos problemas se nos resuelvan, que nos veamos libres de aquellos peligros, que Dios se manifieste con su poder para vernos libres de aquella enfermedad, solucionar aquel problema, o que nos aparezca la suerte en la vida.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos la queja de Jesús sobre la gente que le rodeaba que no hacía sino pedirle signos, cosas milagrosas para creer en él, una tentación fácil que tenemos es criticar y juzgar a aquellas gentes porque teniendo a Jesús en medio de ellos no se les había despertado una auténtica fe, y lo que hacían era pedir milagros para creer en El. Pero, pensemos un poco, ¿qué es lo que en el fondo estamos haciendo nosotros con la manera que habitualmente expresamos nuestra religiosidad?

También queremos signos, también queremos pruebas, también buscamos en Dios muchas veces ese refugio y solucionador de nuestros problemas, también tenemos nuestras quejas de lo mal que anda el mundo, y pensamos en violencias y guerras, en miseria, pobreza, hambre de tanta gente, y de una forma u otra nos preguntamos dónde está Dios. Vemos el mal que se genera en nuestro mundo desde las ambiciones de los poderosos, desde las injusticias de tantos que solo quieren acaparar todo para si sin mostrar signos de compasión para los demás, y estamos pensando en cómo Dios no arrasa del mundo toda esa maldad, a todas esas personas que así obran. Son quizás los argumentos de tantos para terminar perdiendo la fe, para no creer.

¿Qué estamos realmente haciendo nosotros por mejorar nuestro mundo? Escuchamos de verdad – y en este caso quiero pensar en nosotros los que venimos a la Iglesia, los que decimos que tenemos fe y nos llamamos religiosos y muy cristianos – ¿escuchamos de verdad, digo, la palabra de Jesús en el evangelio y nos dejamos transformar el corazón para comenzar a actuar con actitudes y valores nuevos por hacer que nuestro mundo sea mejor?

Los signos tenemos que comenzar a darlos nosotros que nos decimos cristianos y seguidores del evangelio de Jesús. pero también tenemos que saber abrir los ojos para contemplar muchos signos en las cosas que cada día suceden en nuestro entorno, en las personas que están alrededor que con su generosidad saben compartir con los demás, que con sus gestos sencillos de ternura y cercanía van poniendo semillas de un mundo nuevo en nuestro mundo. Abramos los ojos para ver esas señales, porque en ellas se nos está manifestando Dios y nos está señalando esa nueva manera de actuar que hemos de tener nosotros en el compromiso de la vida de cada día.

No busquemos señales externas de cosas maravillosas sino seamos capaces de sentir y escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esas llamadas que Dios nos está haciendo a través de esas cosas sencillas que podemos descubrir en los demás. Sepamos abrir de verdad nuestro corazón para encontrar en Dios esa paz que necesitamos, pero que nos va a obligar, por así decirlo, a buscar la paz con los que me rodean, con los que están a mi lado, con los que muchas veces no tengo toda la paz requerida. Esos nuevos gestos de amor y de paz que voy a tener con los que me rodean, aunque muchas veces nos cueste, son ese verdadero milagro de Dios en nuestra vida que va a transformar nuestro corazón.

Que este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales de Dios en nosotros y en los que caminan con nosotros.

martes, 27 de diciembre de 2022

Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

 


Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

Hay días que son de especiales carreras. Y no quiero referirme ahora aquí a esos días llenos de agobios que tenemos que hacer muchas cosas y parece que el tiempo no nos da para nada y se nos va escurriendo entre los dedos como agua que queremos abarcar con nuestras manos. Podríamos referirnos a ello pero me refiero más a esos días que son de encuentro; buscamos algo con mucha ansia e ilusión, sabemos donde podemos encontrarlo y allá corremos antes de que llegue nadie para poder recogerlo para nosotros; son esos momentos en que estamos esperando a alguien que significa mucho para nosotros y salimos a su encuentro y parece que acercándonos por el camino más pronto lo encontraremos y correremos a sus brazos tan pronto vemos como se acerca; me vais a permitir no solo pensar en las personas, sino en el animalito que tenemos en casa como mascota y compañía y que está ansioso esperando a que lleguemos y sale a nuestro encuentro y se tira a nuestros brazos, aunque sea poco el tiempo en que hayamos estado ausentes, y no digamos cuando la tardanza ha sido mucha.

Corremos a buscar, corremos al encuentro, deseamos estar con quien es un regalo para nuestra vida, nos cuesta la lejanía o la ausencia de aquella persona a la que tenemos especial aprecio y amamos, salimos a la búsqueda o corremos al encuentro. Experiencias hermosas, momentos emotivos, búsquedas ansiosas y llenas de curiosidad por aquello que nos anuncian como algo hermoso para nuestra vida, ráfagas de luz y de esperanza que nos hacen estar atentos y vigilantes, deseos de lo mejor en ese encuentro que preparamos con ilusión y con mucha esperanza.

No hace mucho hemos escuchado en el evangelio hablarnos de las carreras de los pastores de Belén ansiosos de encontrarse con quien les había anunciado el ángel; para ellos no hubo dificultad en la oscuridad de la noche, o el desconocimiento exacto del lugar donde encontrarían aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre que les había anunciado el ángel. Tuvieron la intuición de encontrar pronto el camino y allí los contemplaremos en la presencia de aquel recién nacido contando todo cuanto les habían anunciado y contemplado. Estaban llenos de alegría, nos dirá el evangelista, dando gloria a Dios.

Hoy el evangelio nos habla de otras carreras. Otras eran las circunstancias que habían llegado de inquietud y hasta de angustia a los discípulos de Jesús, que tres días antes había sufrido la pasión y había sido crucificado. En el sepulcro habían depositado su cuerpo y en la espera, en cierto modo angustiosa, estaban por lo sucedido y por lo que podría suceder. Habían vuelto las mujeres que temprano habían ido al sepulcro con los buenos deseos de embalsamar el cuerpo difunto de Jesús, pero se habían encontrado la piedra corrida, no estaba el cuerpo de Jesús allí y una aparición de ángeles les habían dicho que había resucitado.

Ante las noticias que llegan serán dos de los discípulos los que saldrán disparados en carrera hasta el sepulcro. Aquel discípulo que era más joven había llegado primero pero había tenido la deferencia de esperar a que llegara Pedro y entrara primero para inspeccionar el sepulcro. Estaba vacío como habían dicho las mujeres, las vendas tendidas por doquier pero el sudario bien envuelto estaba en un lugar aparte. Juan también había entrado, y nos dice él mismo en el evangelio que ‘vio y creyó’. Había sido también una carrera porque era necesario encontrar a Jesús, y aunque allí ya no estaba sin embargo la fe se había despertado en su corazón. Seguro que a la vuelta de nuevo hasta el cenáculo una alegría nueva llevaba en el corazón.

Los pastores cuando vieron lo anunciado por los ángeles creyeron; Juan cuando contempla el sepulcro vacío también creyó. El corazón de los pastores pobres y desprendidos de todo estaba dispuesto para creer en los misterios grandes de Dios que solo se revelan a los sencillos. El corazón de Juan que se había vaciado de si mismo porque solo se había llenado de la música del amor era capaz de sintonizar con el corazón de Cristo, sobre el que se había incluso recostado en la última cena y ahora sintonizaba con el misterio que se le revelaba en hechos que podían parecer incomprensibles, pero que solo desde la sintonía del amor podemos llegar a comprender y creer.

¿Seremos capaces nosotros de correr así al encuentro de Cristo, al encuentro de Dios que viene a nosotros? Pero ya sabemos cual es la sintonía que hemos de tener disponible en nuestro corazón, la de la sencillez de los pastores, la de la disponibilidad de Juan, a quien hoy estamos celebrando, la del amor verdadero que podría sintonizar con lo que es el amor de Dios.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

 


Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Me van a decir algunos que no, pero hemos de reconocer que queremos ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes, en una palabra, que queremos ser los mejores en todo; y no es porque nos estemos esforzando quizás mucho por ser los mejores, pero que venga alguien y ocupe en lugar nuestro aquel lugar con el que soñábamos, que venga alguien y quede por delante nosotros porque en la carrera corrió más, o porque supo ser más sagaz para ponerse por delante y no hubo manera que nosotros le venciéramos; nos sentimos mal, en cierto modo humillados si nos relegaron a un segundo puesto cuando nosotros creíamos que teníamos asegurado el primer puesto.

En esa andaban los discípulos de Jesús, aquellos que andaban más cerca de Jesús en todo momento, aquellos a los que Jesús había elegido para ser sus enviados. Ahora andaban discutiendo por quien valía más, quien era el primero en aquel grupo ya fuera porque se creyeran los más antiguos, los primeros que comenzaron a seguir a Jesús, o porque se consideraban con más derechos o privilegios que los demás para ocupar los primeros puestos cuando Jesús no estuviera. Como nosotros cuando en la vida nos vamos dando empujones porque queremos salir bien en la foto… a ver cuanto más cerca que podamos del personaje que consideramos principal.

¿Esos codazos y esas zancadillas tienen sentido en un grupo de hermanos? ¿Qué sentido y que valor tiene que andemos en esas carreras, con esos empujones cuando formamos parte de una misma humanidad que entre todos tendríamos que preocuparnos de hacer que cada día sea más humanidad? Cuando vemos que Dios nos ha puesto el mundo en nuestras manos para que entre todos los hagamos caminar, no tienen sentido nuestras rivalidades ni nuestras envidias, nuestros orgullos o mal disimulado amor propio cuando tendríamos que aprender a valor lo que realmente cada uno vale y la función que cada uno tiene en ese mundo que es de todos.

Cuánto nos gustan los protagonismos, que aparezcamos nosotros, que parezca que somos los únicos salvadores, que acapararemos todos los méritos, que nos pongan sobre pedestales. Y cuando aparece alguien que nos pueda dar sombra o quitar protagonismo nos recomemos por dentro y surgen los recelos y las envidias, el desprestigiar o el quitar méritos, creyendo que somos los únicos que podemos hacerlo.

Y Jesús nos da la gran lección, a la chita callando, como se suele decir. Solamente cogió un niño y lo puso en medio de ellos y les digo que todos teníamos que comenzar por ser como niños. ¿Nos quiere infantilizar Jesús? Ni mucho menos. Necesitamos de la virtud de la humildad y de la sencillez, el espíritu abierto de un niño que con todos se junta y con todos juega y reaviva sus sueños, en el que no caben personalismos porque aun en él no hemos despertado los orgullos y los sueños de grandiosidades, que se deja querer y a todos ofrece la limpieza de sus ojos.

Pero nos dice aun algo más Jesús, no solo hemos de ser como ellos sino también saber acogerlos a ellos, aunque nos parezcan pequeños y nada nos exijan. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Cuantas veces vamos por la vida apabullando a todo el que nos parece menos, a todo el que nos parece pequeño e insignificante. ¡Qué sabes hacer tú!, le decimos a aquel que nos parece inferior, ¿me vas a dar lecciones a mi?

Y Jesús nos está diciendo que nos dan lecciones los niños, que nos dan lecciones los pequeños, que nos dan lecciones aquellos que menos consideramos y a los que quizá no queremos dejar que hagan algo para que no ocupen nuestro lugar. Por allá vinieron a decirle a Jesús que a uno que no de su grupo pero que también echaba demonios en nombre de Jesús se lo habían querido prohibir. ‘El que no está con nosotros, está a favor nuestro’, les viene a decir a Jesús para que nadie se crea el único protagonista o el único que sabe hacer las cosas bien.

Qué distinto es el estilo de Jesús; qué amplitud de miras tiene su corazón; qué apertura a lo bueno, venga de donde venga, porque siempre será construir el Reino de Dios; en qué caminos nuevos nos está poniendo Jesús. No se trata de carreras para ver quien llega primero, sino para ver quien es el que mejor sirve a los demás.

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

martes, 21 de junio de 2022

Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

 


Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Es de sana pedagogía el saber respetar el ritmo de las personas; nosotros podemos verlo todo claro, pero quizás el que está a nuestro lado no lo entiende; y algunas veces nos volvemos exigentes con nuestros ritmos; no es malo que seamos exigentes con nosotros mismos porque cada día deseemos lo mejor, tengamos deseos de superarnos y mejorar nuestra vida, pero lo que nos exigimos a nosotros mismos no lo podemos exigir de la misma manera a los demás. Si yo lo he hecho, él puede hacerlo, decimos; es cierto que si yo lo he hecho el otro puede hacerlo, pero en su tiempo, en su ritmo, en su momento dará la respuesta.

Decíamos al principio que es sana pedagogía, y nos vale en todo el tema educativo, o en lo que nosotros queremos ayudar a los demás a crecer y a madurar. Es cierto que podemos inculcar esa actitud en el otro, pero será el otro el que ha de responder. Es el respeto que mutuamente hemos de tenernos, porque cada uno tiene su dignidad y su grandeza, pero significa respetar el camino que va haciendo el otro que no sabemos lo que a él le cuesta, las dificultades que en su propio interior puede ir encontrando; él tiene su mundo.

Es la tarea que como testigos de un evangelio nosotros queremos hacer con los demás. Ofrecemos la luz, pero hay quien prefiere la tiniebla, o no ha llegado el momento en que haya aprendido a saborear esa luz que le ofrecemos; pero eso caminamos al paso de los otros, pero siguiendo su ritmo; es la muestra del respeto que le tenemos y de la valoración que hacemos de sus actos, de su vida. Pero eso en el momento oportuno daremos señales de esa luz que llevamos dentro, para que el otro la descubra y la desee, porque nunca nuestra tarea es imponer, sino ofrecer y regalar; todo es gracia que nos viene de Dios, todo es regalo de Dios para nuestra vida.

Me vengo haciendo esta reflexión desde la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece pero desde ese respeto que tenemos hacia aquellas personas que están a nuestro lado y a los que queremos ofrecer la luz. Hay una frase un tanto enigmática que hoy Jesús nos dice sobre las perlas que son arrojadas a los cerdos; ¿qué saben los cerdos lo que es una perla? La hociquearán y la revolverán en la basura en la que se revuelcan. Esa perla preciosa de la Palabra de Dios hemos de saber ofrecerla a los que están a nuestro lado, para que descubran su valor y para que se dejen iluminar por ella, pero no vamos a imponer, vamos a ofrecer el regalo de un don de gracia.

Jesús en estas como sentencias que nos va dejando en el sermón del monte nos da unos criterios para la manera de actuar que hemos de tener con los demás. Hemos venido hablado de ese respeto que hemos de tener a los otros y a sus ritmos, pero eso se ha de traducir también en el trato que tengamos con los otros.

¿Cómo nos gustaría que nos tratasen a nosotros? ¿De una manera dura y exigente? Ya sabemos que la humildad y la sencillez de los otros nos gana el corazón. Pues esa ha de ser nuestra manera de actuar con los demás, desde esa dulzura, desde esa sencillez, desde esa humildad, desde esa sonrisa que a nosotros también nos gusta recibir. Actúa así con el otro y no te equivocarás nunca; pon amor en tu trato con los demás, y aunque quizás ahora no comprendan tus gestos de amistad, la semilla está sembrada y algún día resplandecerá también en sus vidas.

No es un camino fácil. Cuando no queremos ser exigencia para los demás sin embargo nos convertimos en exigencia para nosotros mismos; es la exigencia de nuestra paciencia, del dominio de nosotros mismos para no convertirnos en exigencia para los otros, de búsqueda de nuestro crecimiento interior porque será donde en verdad vamos a encontrar la fortaleza para nuestro darnos, para nuestra entrega.

Hoy nos contrapone Jesús la puerta amplia y espaciosa, con la puerta estrecha; el camino fácil donde simplemente lo que hacemos es dejarnos llevar por lo que salga en el momento, o el camino estrecho de exigencia, de superación de nosotros mismos, de negación de mí mismo para buscar siempre primero el bien de los demás. Puerta estrecha, camino angosto de exigencias, pero nunca camino imposible; nada hay imposible para Dios, y Dios camina con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta y hace con nosotros el camino. ¿Queremos mayor estímulo y ayuda?