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sábado, 1 de octubre de 2022

Preguntémonos cuál ha de ser nuestra prioridad al hacer el anuncio del evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y si respondemos al estilo de Jesús

 


Preguntémonos cuál ha de ser nuestra prioridad al hacer el anuncio del evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y si respondemos al estilo de Jesús

Job 42,1-3.5-6.12-17; Sal 118; Lucas 10,17, 24

Todos nos sentimos felices y contentos cuando creemos que las cosas nos salen bien, quizá encontramos personas que alaban aquello que nosotros hayamos hecho y no digamos nada si adquiere notoriedad y todo el mundo habla bien. Halaga nuestro ego que nos digan que hacemos cosas buenas, aunque tratamos de disimularlo aflora ese orgullo interior, que también manifestamos externamente si llega el caso, por esas alabanzas que recibimos. Y como solíamos decir por nuestras zonas, cuando no tenemos abuela que nos alabe, nos alabamos nosotros mismos.

Algo así podemos decir que sentían los apóstoles que habían sido enviados con todo poder para hacer el anuncio del Reino, y vienen contándoselo a Jesús. Ha sido un éxito. Hasta los demonios se nos sometían en tu nombre. Y Jesús les dice también ‘estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo’. Pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de algo mejor. ‘Vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Qué más da las alabanzas que aquí podáis recibir, son efímeras, halagan vuestro ego y vuestra vanidad. Tenemos que pensar en algo más profundo.

Y es que Jesús quiere enseñarles, quiere enseñarnos, cuales son los verdaderos caminos que hemos de recorrer para vivir y para anunciar el Reino de Dios. Y Jesús que todo lo convierte en oración comienza a bendecir y alabar a Dios que es quien realmente se nos revela en los corazones – recordemos lo que le decía a Pedro allá en Cesarea de Filipo que lo que ha confesado no fue porque lo supiera por sí mismo sino porque el Padre del cielo se lo había revelado en el corazón -, pero cuando somos sencillos y somos humildes.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños’. No es cuando vamos con nuestra autosuficiencia cuando vamos a encontrarnos con Dios para que El se nos revele en el corazón; es cuando nos hacemos pequeños, cuando nuestro corazón se vacía de nosotros mismos, cuando podemos llenarnos de Dios. Así se nos revela Jesús, así Jesús nos abre a los misterios de Dios.

serán los pobres a los que Jesús se acerca, como había proclamado en aquella profecía de Isaías en la sinagoga de Nazaret, ‘a los pobres se les anuncia una buena noticia’; serán los que sienten muchas limitaciones en su vida, los enfermos, los ciegos, los paralíticos, los leprosos, los que van a encontrar la verdadera liberación en Jesús; serán los que nadie quiere, los que son discriminados por cualquiera causa, aquellos que son llamados publicanos y pecadores, los primeros que van a participar de la mesa de Jesús para celebrar con alegría de fiesta el encuentro con Jesús, recordemos a Zaqueo, recordemos a Leví el publicano y los banquetes que ofrecieron a Jesús y quienes se sentaron a la mesa; serán aquellas multitudes que tienen hambre de pan y hambre de esperanza los que acudirán de todos lados para escuchar su buena noticia pero para ser alimentados con un alimento nuevo, con un pan nuevo que será la propia carne, la propia vida de Jesús.

¿Quiénes son los que hoy también son los primeros en escuchar la Buena Nueva del evangelio de Jesús? ¿Quiénes han de ser los primeros a los que la Iglesia lleve el anuncio del Evangelio? ¿Estaremos actuando a la manera de Jesús? ¿Sentiremos nosotros la dicha y la alegría que nos anuncia hoy Jesús en el evangelio de que nosotros podemos ver lo que tanto ansiaron ver los profetas y reyes del Antiguo Testamento? ¿Cuál es la verdadera alegría que debemos llevar en el corazón? ¿Qué personas son nuestras prioridades a la hora de evangelizar?

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

viernes, 29 de abril de 2022

Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

 


Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

¡Qué cansado estoy! Escuchamos decir con mucha frecuencia a gente a nuestro lado, o acaso nosotros también en muchas ocasiones tenemos esa sensación de cansancio. Es la tarea y el ritmo de la vida que nos exige, que nos responsabiliza, que nos hace estar emprendiendo tareas continuamente; muchas veces puede ser ese cansancio físico por el mucho trabajo porque tenemos que estar pendientes de muchos trabajos, porque las cuentas no nos salen; o es el cansancio de los que se aburren de buscar y no encuentran y la vida se les echa encima con responsabilidades y cosas que atender y no podemos sacar bien las cosas.

Pero no nos podemos quedar ahí, porque ese cansancio puede ser un estado anímico producto de la tensión en que vivimos, los problemas que se nos presentan, los roces que podemos tener con los que están a nuestro lado y no sabemos liberarnos de esos agobios para encontrar paz, no terminamos de curar heridas que se nos producen en nuestro interior, y todo eso nos crea una tensión que nos merma fuerzas no solo en lo físico sino anímicamente.

Es el cansancio de quien se siente desorientado en la vida y tiene que luchar y luchar pero sin saber por qué, porque no tiene un sentido, no tiene unos valores transcendentes por los que luchar, porque no hay un sentido para su vida. Se pregunta por qué y para qué, pero tiene que seguir luchando porque la vida se lo exige sin saber a dónde va, sino simplemente dejándose llevar por lo que la vida le va dando o presentando en cada momento.

Hoy escuchamos a Jesús decirnos en el evangelio, ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’. Palabras consoladoras son las de Jesús. Buscamos un descanso y Jesús nos lo ofrece. Algunos quizás no lo entenderán, quizá porque no saben bien ni lo que buscan en la vida, tan desorientados pueden estar; algunos no lo entenderán como nunca entienden las palabras de Jesús porque quizá queremos ponernos en un grado superior, nos sentimos tan autosuficientes que no somos capaces de reconocer que alguien nos puede dar una luz, alguien puede ofrecernos un nuevo camino que nos dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.

Necesitamos algo para poder entender las palabras de Jesús. Tener ese espíritu humilde de los pequeños y de los sencillos, porque serán los que estarán siempre abiertos a algo nuevo que pueda llenar sus vidas; no han llenado sus vida en sus autosuficiencias, no han llenado sus vidas dejándose arrastrar simplemente por lo material, por el afán de tener, por unas riquezas que al final son unos oropeles engañosos. Serán los que en verdad se abren a Dios y Dios se les revela en su corazón.

Es lo que nos dice hoy Jesús. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien’. Son los que van a entender las palabras de Jesús, son los que reciben con corazón abierto esa buena noticia del Evangelio. Eso que nos cuesta tanto aceptar en muchas ocasiones. Ya habremos escuchado a muchos decir a nuestro lado que el evangelio a ellos no les dice nada, pero son los que van desde su autosuficiencia con ese ojo crítico y con falta de humildad.

Sí, ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice Jesús. Vayamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios, vayamos con esa desorientación con que andamos en la vida y vayamos con esas heridas que tanto daño nos hacen en el alma y de las que tantas veces no sabemos liberarnos, no sabemos curarnos, vayamos con nuestra pobreza, Jesús es nuestro alivio y nuestro descanso.

Porque Jesús es la luz que nos da sentido a nuestra vida, porque en Jesús aprenderemos a relativizar tantas cosas que no son tan importantes aunque nosotros muchas veces las convirtamos en primordiales, porque Jesús nos ayuda a encontrar esa paz en nuestro espíritu que tanto necesitamos, porque Jesús es el que nos va a sanar por dentro porque nos ayudará a arrancar esos resentimientos, esos orgullos que no terminamos de curar, esos sentimientos heridos por los desaires que vamos sufriendo en la vida, porque Jesús nos hará encontrarnos con nosotros mismos para descubrir cual es la verdadera riqueza por la que tendríamos que luchar.

Dejémonos acoger por Jesús. Su corazón siempre está abierto para nosotros. Su corazón está lleno de mansedumbre y de esa mansedumbre y de esa paz nos contagiará. En El encontraremos de verdad nuestro descanso.

 

sábado, 2 de abril de 2022

Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

 


Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’, fue la respuesta que dieron los guardias a los sumos sacerdotes del templo que los habían enviado a prender a Jesús. ‘¿Por qué no lo habéis traído?’, preguntaban ante el incumplimiento de sus órdenes.

Pero aquellos guardias sencillos de corazón se habían sentido cautivados por la palabra de Jesús. Como la gente sencilla que le reconocían como el profeta, que casi le proclamaban como el Mesías. Aunque vinieran los entendidos de turno a argumentar que Jesús no podía ser el Mesías, simplemente por el hecho de que venía de Galilea, y el Mesías no sabían de donde vendría.

Aquel fariseo de noble corazón que una noche había ido a hablar con Jesús les argumenta que no se puede condenar a nadie sin haberle escuchado; pero también le rechazan como si fuera un ignorante, argumentando que sabían que Jesús venía de Galilea y de allí no había surgido nunca un profeta. Como si Dios tuviera unos límites para escoger a los profetas que enviase al pueblo para transmitirles su palabra. Los sabios y entendidos de siempre que todas se las saben.

Nos recuerda aquel momento en que Jesús da gracias al Padre porque los misterios de Dios los está revelando a los pobres y a los sencillos y no a los que se creen entendidos; el profeta también había anunciado que la buena nueva se le anunciaría a los pobres, porque una señal de la venida del Reino era que los pobres serían evangelizados.

Son los que escuchan a Jesús, son los que entran de verdad en la sintonía de Dios, serían los que le proclamarían como un profeta y que lo llamarían el enviado del Señor, reconociendo que en Jesús Dios ha visitado a su pueblo. Lo proclamaría proféticamente el anciano Zacarías que bendice a Dios que ha visitado a su pueblo por su entrañable misericordia. Es lo que vamos contemplando a lo largo del evangelio porque en Jesús se manifiesta la misericordia del Señor; son los que rodean continuamente a Jesús y hasta serán capaces de irse al desierto sin provisiones para estar con El, para escuchar su Palabra.

Lo contemplamos hoy en el evangelio en este camino que vamos haciendo con Jesús y su Palabra hasta la Pascua. Es lo que va alimentando ahora nuestra fe, para que seamos capaces también nosotros de entrar en la sintonía de Dios. ¿Qué necesitamos? El corazón de los humildes y de los sencillos, porque será a los que se revela el Señor. Es importante. Tenemos a veces la tentación de darle vueltas y vueltas al Evangelio, buscarle explicaciones o formas de aplicarlo a nuestra vida que podemos llegar a querer ser esos entendidos que a la larga con nuestros orgullos lo que hacemos es cerrar el corazón.

Muchas veces, por otra parte, creemos sabérnoslo todo y lo que hacemos es cerrar el corazón; cuantas veces cuando lo escuchamos ya vamos con nuestras respuestas, nuestras explicaciones o nuestras consideraciones previamente preparadas y no terminamos de abrir el corazón a la novedad que siempre ha de tener el evangelio para nuestra vida. Si lo despojamos de esa novedad ya no es noticia, ya no es buena noticia para nosotros y terminamos por hacerlo algo viejo en nuestra vida desvirtuando su mensaje de salvación que tiene que llegarnos al hoy de nuestra vida.

Aunque ya muchas veces lo hayamos reflexionado y rumiado, escúchalo ahora como si fuera la primera vez que lo escucharas para que se convierta de verdad en buena noticia, en evangelio para tu vida. Entonces sí que podremos decir nosotros también ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’.

miércoles, 14 de julio de 2021

No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

 


No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27

Todos nos hemos encontrado más de una vez en la vida con el ‘sabelotodo’, gente que va de sobrado en la vida, todo se lo saben, nada pueden aprender nunca de los demás y siempre se considerarán en un estadio superior. Habrán tenido ‘estudios’, como suele decirse, o quizás no, pero ellos se lo saben todo. Todo lo juzgan, todo lo critican, siempre están como en la distancia observando lo que hacen o lo que dicen los demás para poner sus ‘peros’, para sacar a relucir lo que ellos dicen sus sabiduría, su saber, nunca podrán reconocer que otro sabe más o puede hacer las cosas mejor.

Normalmente esas personas resultan incómodas, salvo que quieras entrar en su círculo de adulaciones y lisonjas y entonces sí que te aceptarán pero como el pobrecito que nada sabe y se fía totalmente de él, con lo que al final logran su manipulación que les lleva a querer subirse a pedestales. Y eso es cosa de todos los tiempos y lugares, en todos los aspectos de la vida. Siempre quieren ir de maestros.

En el evangelio nos encontramos aquellos maestros de la ley que nada perdonaban a los demás, aquellos grupos que querían ser dominantes en la sociedad de su tiempo y ya andaban a la greña entre unos y otros, pero también desde todos esos grupos siempre andaban al acecho de quien consideraran ellos que se podía desviar de la ley y los profetas, pero conforme a la interpretación que ellos se hacían.

Son los fariseos y saduceos que rodeaban a Jesús no porque quisieran recibir aquel mensaje, aquella buena nueva que Jesús anunciaba, sino para estar al acecho porque el prestigio de Jesús, sus enseñanzas y luego sus seguidores podían poner en peligro el lugar preponderante que ellos querían ocupar en la sociedad de su tiempo. Eran también los maestros de la ley que venían con preguntas interesadas a Jesús porque no aceptaban que no siendo Jesús de sus escuelas rabínicas se atreviera a enseñar al pueblo.

Unos y otros estaban poniendo una barrera en sus vidas, y por mucho que ellos fueran a escuchar a Jesús nada de aquel mensaje recibían para sus vidas. Ellos eran los sabios y Jesús era aquel pobre profeta venido de la Galilea de los gentiles que poco podría enseñarles. Su prepotencia, su autocomplacencia y autosuficiencia, su orgullo era esa barrera que no dejaba entrar la semilla de la Buena Nueva del Reino de los cielos que Jesús anunciaba.

Claro que por allá andaban los que en verdad tenían hambre de Dios y venían de verdad a escuchar a Jesús. Eran los sencillos, eran los pobres, eran los que no tenían seguridades humanas, eran los que no estaban satisfechos de si mismos y siempre andaban en la búsqueda de algo mejor, los que eran capaces de sentir admiración por las cosas maravillosas que sucedían, eran los que mejor olfato de Dios tenían, porque eran humildes y reconocían su pequeñez y su nada, eran los que sabían discernir donde estaba la verdadera esperanza para sus vidas y entonces se dejaban conducir por el Espíritu, eran los que de verdad podían conocer a Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien’. Así exclama Jesús en esta oración de acción de gracias al Padre. La semilla podía encontrar tierra buena para germinar en el corazón de los pequeños y los sencillos. Allí se revelaba Dios.

La conclusión de toda esta reflexión que nos venimos haciendo es preguntar cual es la actitud con que nos ponemos ante el evangelio. No queremos decir que seamos como aquellos fariseos, saduceos o maestros de la ley del tiempo de Jesús pero acaso el hecho de que seamos ‘cristianos viejos’, nos decimos que venimos de una tradición cristiana porque cristianos han sido nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados y nosotros también cristianos de toda la vida, de alguna manera pongamos también algunas de aquellas barreras de los que ya todo se lo saben, porque qué me van a enseñar a mí ahora que yo ya no sepa.

¿Tendremos la curiosidad de los inteligentes ante el mensaje del evangelio, ante el mensaje de Jesús? El que es verdaderamente inteligente sabe que siempre puede descubrir algo nuevo, de que siempre podemos sentir admiración por lo grandioso que sucede ante nosotros porque no nos acostumbramos a ello. No nos parapetemos detrás del acostumbrarnos a las cosas porque es una forma de hacernos los engreídos y orgullosos que todo lo saben. Qué malo es acostumbrarse a las cosas, perdemos la riqueza y sabiduría de la novedad, y la vida tiene que ser siempre novedad, cuánto más el evangelio.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.

sábado, 17 de marzo de 2018

Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en el amor y la cercanía de Jesús


Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en el amor y la cercanía de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’. Son los sencillos los que lo reconocen. Mientras los que se creen entendidos, los poderosos andarán con sus discusiones, sus elucubraciones, sus interpretaciones interesadas porque ellos son los que saben, ellos son los que pueden, qué van decir esos incultos que no entienden nada. Que si el Mesías no sabemos de donde viene, que a éste lo conocen bien, que nunca ha salido un profeta de Galilea, veinte mil cosas que se dicen y se razonan para si mismos porque no quieren aceptar la realidad.
Nos pasa en la vida tantas veces. Nos creemos poseedores de la verdad que hacemos nuestra y buscaremos mil razonamientos para convencernos y para querer convencer a los demás; pero aquí es el bosque enmarañado de cosas y razonamientos interesados el que no nos deja ver al auténtico árbol.
Nos pasa en las apreciaciones que nos hacemos de los demás; nos pasa en la manera de entender las cosas y la solución de los problemas que no queremos dar razón nunca al que consideramos un contrincante; nos pasa en nuestros afanes de grandeza y de poder donde siempre queremos quitar de en medio a quien nos pudiera hacer sombra y quizá no permitirnos alcanzar aquel puesto o aquella ganancia en lo que estamos tan interesados.
Así andaban ofuscados la gente principal e influyente entre los judíos, a quienes molestaba aquel nuevo sentido de las cosas que Jesús venia a descubrirles. Pero a los sencillos que no andan tan interesados en la vida por sus influencias y ganancias, se les da despertado una esperanza con las palabras, los anuncios y los signos que Jesús va realizando que en verdad puede comenzar un mundo nuevo.
‘Jamás nadie ha hablado como este hombre’, razonarán aquellos que fueron enviados a prender a Jesús y que vuelven con las manos vacías. No habían podido prenderle, porque ellos eran los primeros que se sentían cautivados por las palabras y los gestos de Jesús aunque esto pudiera costarles el puesto. Estaban dispuestos a todo y por eso vuelven sin haber cumplido la misión que les habían confiado. Pero es que no había llegado la hora de Jesús.
Es el Dios que se revela a los pequeños y a los sencillos; es el Dios a quien podemos alcanzar solo desde los caminos de la humildad y del amor. Los signos de la presencia de Dios en el mundo solo los podrán sintonizar los que sepan sintonizar con el amor, los que sean sensibles en la vida para las cosas buenas, los que tienen generosidad en su corazón, los que caminan caminos de sencillez y de humildad, los que saben hacerse pequeños por el Reino de los cielos.
Sigamos nuestro camino de cuaresma queriendo sintonizar con el amor de Dios que se nos manifiesta tan palpablemente en Jesús. Toda su vida es un signo del amor que Dios nos tiene. Entremos, pues, en esa sintonía de Dios para escucharle, para vivirle, para que haya verdadera pascua en nuestra vida, porque haya paso de Dios por nuestra vida con su amor y así  nos sintamos verdaderamente transformados. Aprenderemos así a mirar con ojos distintos a cuantos nos rodean y la vida misma.


sábado, 1 de agosto de 2015

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12
Es de persona sabia el ir sacando lecciones de cuanto le sucede en la vida, sea bueno o sea malo. Es un querer aprender, es un deseo de saber y de todo cuanto le va sucediendo querer ir aprendiendo. De lo bueno, para sentir el estimulo de superación de si mismo como de querer aprender de lo bueno que ve en los demás; de aquellas cosas que no son buenas o son verdaderamente negativas para aprender a apartarse de ellas, no dejar que su veneno inocule nuestra vida y nos lleve también a la muerte de lo negativo.
Algunas personas cuando ven en la Escritura santa, en la historia del pueblo de Israel hechos que no son edificantes sino que son realmente pecaminosos piensan que quizá esos textos no tendrían que estar allí; pero hemos de darnos cuenta de que están como ejemplo del mal que existe en la vida, en el mundo que nos rodea y que nos puede envenenar a nosotros mismos y de lo que hemos de aprender la lección para nosotros apartarnos de un mal así.
El evangelio de este día nos narra un hecho realmente desagradable que nos refleja esas malas pasiones que nos pueden arrastrar hacia el mal o esas cobardías en las que podemos caer tantas veces y ante las que nos hemos de prevenir. Es el martirio de Juan el Bautista. Está por supuesto el testimonio de valentía profética del Bautista para denunciar lo mal aunque eso le lleve a la prisión y a la muerte. Pero a contraluz está toda la negatividad de la vida de Herodes.
Está su forma de vivir inmoral al vivir en adulterio con la mujer de su hermano que es lo primero que le denuncia Juan el Bautista; pero está su estilo de vida materialista, sensual, sus banquetes y su forma de vivir de manera superficial; pero están sus temores interiores y sus cobardías, su miedo al que dirán y sus promesas incongruentes de quien está acostumbrado a una vida fácil y superficial que tiene lo que quiere abusando de su poder.
Aparece desde un primer momento su mala conciencia; cuando oye hablar de Jesús, se acuerda del Bautista a quien había mandado decapitar; lo que oye de Jesús despierta su conciencia que ha querido quizá adormecer en su vida insulsa y sin sentido y le vienen los miedos y los remordimientos.
Cuidado nos pasen cosas así, cuando tenemos mala conciencia por aquello que hemos hecho y que quizá queremos acallar de cualquier manera. Si hiciéramos siempre el bien y lo justo no nos aparecerían esas malas conciencias y remordimientos. Pero nosotros sabemos que podemos acudir a quien restaure nuestra vida con el perdón si con humildad nos presentamos con verdadero arrepentimiento; y el arrepentimiento no es solo ese mal momento que pasamos cuando nos damos cuenta que hemos hecho el mal, sino tiene que ser la voluntad firme y decidida de corregir nuestros errores, de cambiar nuestra conducta, de enmendar lo hecho pero también reparando el daño.
Mucho más podríamos seguir reflexionando en torno a esta figura de Herodes para no caer en sus mismos males. Creo que nos damos cuenta de toda esa cadena que como en una espiral sin fin le ha llevado incluso a la muerte del Bautista. Rompamos esa cadena y esa espiral del mal en nuestra vida, revisando, corrigiendo, enmendando, purificando, mejorando con la ayuda de la gracia del Señor. Que no nos puedan las superficialidades de la vida; que no andemos simplemente con el miedo al que dirán; que tratemos de ser siempre justos y de darle verdadera profundidad a nuestra vida.
Seamos ese hombre sabio que sabemos sacar lecciones de la vida que nos valgan para nuestro crecimiento y maduración como personas y como creyentes en Jesús.

sábado, 13 de octubre de 2012


La fe de los pequeños y los sencillos que tienen la visión de Dios

Gál. 3, 22-29; Sal. 104; Lc. 11, 27-28
‘Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz’ para echar bendiciones a la madre que había traído al mundo a quien cosas tan hermosas les decía y tantas esperanzas despertaba en su corazón.
Es el grito espontáneo de una mujer del pueblo. Una mujer anónima, sencilla que manifiesta así su fe y su entusiasmo por Jesús. Es la fe del pueblo sencillo que sabe descubrir las cosas maravillosas de Dios. Es la fe de los pequeños, de los humildes, de los que parece que nada saben pero tiene un visión de Dios en el alma. Es la fe de aquellos que parece que nada son, pero que Dios hace grandes, porque se les revela en su corazón.
Algunas veces pensamos que es necesario tener grandes inteligencias o grandes capacidades, o que solo los entendidos, los que parecen sabios porque saben muchas cosas de este mundo, por su cultura, por sus estudios, por las posibilidades que hayan tenido en la vida son los que pueden entender los misterios de Dios. Pero Dios se revela a los sencillos, busca a los pequeños, se manifiesta a los que tienen un corazón pobre y humilde.
Nos basta seguir los pasos del evangelio. ¿Quiénes son los primeros que tienen noticia de que en Belén ha nacido un salvador? Los pobres, los humildes pastores que se pasan la noche al raso cuidando sus rebaños son los que reciben la embajada del cielo para que se les anuncie el gran gozo, la gran noticia, la maravillosa alegría de que ha nacido el salvador.
Cuando Jesús comienza su predicación y va a la sinagoga de su pueblo lee el anuncio del profeta que dice que los pobres son evangelizados, a los pobres se les va a anunciar la Buena Noticia del Evangelio. Los que eran menos valorados de la sociedad, ciegos, cojos, inválidos, enfermos, pobres son los que van a recibir la Buena Nueva de Jesús.
Veremos a lo largo del evangelio que los letrados, los que se creen más sabios y cumplidores siempre estarán mirando a Jesús como a la distancia; van a ver en qué pueden cogerle, todo son dificultades y serán los que finalmente se opondrán y le llevarán a la muerte. Los pequeños y los sencillos gritarán aclamándole en la bajada del monte de los olivos y a la entrada de la ciudad y del templo; ahora esta mujer sencilla será la que prorrumpirán en alabanzas y bendiciones cuando escucha a Jesús, como serán los pobres y los enfermos los que le seguirán a todas partes.
Ya escucharemos a Jesús dando gracias al Padre porque ha escondido los misterios de Dios a los sabios y entendidos y es a los pobres, los humildes y sencillos a los que se los revela.  ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.
Es bueno reflexionar todo esto para que apreciemos cuáles han de ser las actitudes con las que nosotros también nos acerquemos a Jesús. En El vamos a encontrar la verdadera sabiduría. El es la Palabra de la Verdad que se  nos revela; con corazón humilde, pobre, vacío de nuestro yo acudimos a Jesús porque sólo El es quien puede llenar y cumplir nuestras ansias más profundas de verdad y de vida.
Vacíos de nosotros mismos nos vamos a llenar de Dios, vamos a dejar que se plante de verdad la Palabra de Dios en nosotros para que dé fruto. Cuando la tierra está llena de pedruzcos y de abrojos y zarzales la semilla no podrá producir el ciento por uno. Por eso preparemos la tierra de nuestro corazón para que caiga esa semilla en nosotros y dé fruto. ‘¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’
Cultivemos bien la tierra de nuestra vida; cultivemos nuestra fe. Desde nuestra pobreza, nuestra sencillez y nuestra humildad tendremos la visión de Dios que nos hace crecer en nuestra fe.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El hombre sabio y prudente construye sobre el verdadero cimiento de la Palabra de Dios


Is. 26, 1-6;

Sal. 117;

Mt. 7, 21.24-27

El hombre sabio y prudente no hace las cosas así porque sí, aunque sean cosas buenas que haga siempre. Será una persona reflexiva, que se plantea seriamente las cosas, revisa lo que hace y siempre está en el deseo de hacer las cosas mejor, darle una mayor profundidad y sentido a todo lo que hace, con deseos de crecimiento. Todo esto realizado en cualquier aspecto humano es algo que desde el sentido cristiano adquiere por así decirlo un mayor grado aún de exigencia.

El que quiere vivir con autenticidad su vida cristiana no se contenta con decir que ya es bueno, porque haga en determinados momentos cosas buenas e incluso porque rece pidiendo a Dios ayuda. Ha de actuar con las características antes mencionadas y el deseo de crecimiento interior es, si cabe, más intenso. No se contenta con el hecho de hacer algunas cosas en algunos momentos, porque sabe que el ser cristiano, la vida cristiana es algo que tiene que envolver todo su ser y en todo momento se ha de manifestar como tal.

Nos encontramos a veces con personas que dicen que son buenas, y por supuesto no lo negamos, pero que ellos no necesitan quizá el venir a la Iglesia o rezar sino hacer siempre lo bueno o hacer el bien. Por otro lado nos encontramos con quienes toda su vida cristiana la reducen a hacer unas oraciones, son muy rezanderos como se suele decir, pero eso no les repercute en el resto de su vida, viviendo sin mayores compromisos o deseos de cosas buenas.

Nos damos cuenta que unos y otros que estamos mencionando andan como cojos en lo que llaman su vida cristiana. Es necesario algo mas profundo para no quedarnos en lo superficial o lo aparente. Como nos enseña hoy Jesús en el evangelio es necesario poner unos buenos cimientos a nuestra vida, no sea que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se nos venga abajo ante el primer vendaval de dificultades o problemas que nos aparezca.

Hemos de rezar, es cierto, y no se podrá sustentar nuestra vida sin esa necesaria unión con el Señor por la oración. Pero a esa oración hemos de darle hondura, nos viene a decir Jesús. No nos basta decir, Señor, Señor, sino que es necesario algo más. ‘No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en cielo’, nos dice Jesús tajantemente.

Esa oración tiene que llevarnos a la vida, a una vida que hemos de vivir buscando y realizando siempre lo que es la voluntad del Padre del cielo. No puedo decir es que yo hago promesas y las cumplo, le llevo flores a la Virgen y voy a visitarla, llevo colgadas al cuello no se cuántas medallas – ahora ha entrado la moda de ponerse como collares los rosarios -, o tengo no cuantas imágenes en mi casa o en mi habitación. Pero, esos actos de piedad, esos actos religiosos, ¿me llevan a buscar siempre por encima de todo lo que es la voluntad del Señor para mi vida y para lo que tengo que hacer por los demás?

Tendría quizá que preguntarme como vivo la realidad y la situación de mi vida - y ahí tendría que pensar en lo que son todas las responsabilidades que tengo en la vida -, cómo me enfrento a los problemas o a las limitaciones que me aparecen desde la enfermedad, desde mis discapacidades y limitaciones por mis años o por lo que sea.

En esa oración pediré, es cierto, al Señor que se haga presente en mi vida y me ayude en los problemas a los que tenga que enfrentarme, pero en esa oración he de saber escuchar al Señor en lo hondo de mi corazón para ir descubriendo lo que es su voluntad para mi vida y luego eso llevarlo a la práctica de cada día. Escuchar al Señor, descubrir su voluntad, abrirme a la Palabra de Dios que me haga reflexionar, ahondar dentro de mi mismo para verla reflejada en mi vida, en mis actos, en mis actitudes, en todo lo que voy haciendo.

Nos dice Jesús que si no plantamos así su palabra en nuestra vida llevándola a la práctica de cada día, seremos como el hombre necio que construyó un edificio ruinoso porque lo cimentó sobre arena. Oremos, reflexionemos, plantemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llevémoslo a la práctica de la vida. Que en nuestra vida, en nuestras obras se vea bien cómo llegamos a vivir una auténtica vida cristiana.

miércoles, 14 de julio de 2010

Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra

Is. 10, 5-7.13-16;
Sal. 93;
Mt. 11, 25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ proclama Jesús en el Evangelio. Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, queremos proclamar nosotros también. Estamos celebrando Eucaristía. Estamos celebrando acción de gracias. Ahora, en la celebración. Cada momento de nuestra vida tiene que ser acción de gracias, tiene que ser Eucaristía.
Es un acto de fe, una proclamación de nuestra fe. Reconocemos, es el Señor; el Señor de toda la creación, Señor de cielo y tierra; el Señor, único Señor de nuestra vida al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Reconocemos su grandeza y reconocemos su amor, le llamamos Padre, como nos lo enseñó Jesús. Un acto de fe, pero una proclamación de amor y de acción de gracias. Es el Padre que nos creó y que nos ama.
Da gracias Jesús porque el Señor del cielo y de la tierra se nos manifiesta, se nos da a conocer. Es Jesús quien nos lo da a conocer; es el Verbo divino, es la Palabra del Padre, es la revelación de Dios. Todos podríamos conocerle porque a todos se nos quiere revelar – ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ -, sin embargo no todos tenemos siempre las verdaderas actitudes en nuestro corazón para poder conocerle. Sólo los humildes, los pequeños, los sencillos podrán conocer a Dios, porque Dios rechaza a los que son soberbios de corazón.
‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’, reconoce Jesús. ¿Quiénes son los que escuchan a Jesús? El se mezcla entre los hijos de los hombres, pero serán los pescadores, los hombres y mujeres sencillos del pueblo, los que labran la tierra y la trabajan con el sudor de su frente, los que son capaces de admirarse ante las maravillas de Dios porque aún tienen un corazón sencillo, son los que escuchan a Jesús y lo reconocerán como profeta porque nadie ha hablado como El, nadie ha hablado cosa igual.
Los que vengan con humildad y corazón abierto hasta Jesús podrán llegar a conocer los misterios de Dios sea cual sea su condición porque lo que importa es el corazón. Habrá entre los principales del pueblo quienes le rechacen y le lleven incluso a la muerte, pero otros, aunque sean principales como Nicodemo, maestro de la ley, o Jairo, el jefe de la sinagoga, o el centurión romano con todo su poder, por citar algunos que aparecen en el evangelio, porque vienen con fe y humildad hasta Jesús podrán conocer los misterios de Dios y alcanzar la gracia con la que el Señor quiere regalarles.
Vayamos nosotros hasta el Señor con ese mismo espíritu de fe, de humildad, de acción de gracias. Como decíamos estamos celebrando la Eucaristía y en ella decimos al comenzar con el prefacio la plegaria eucarística ‘en verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… por Jesucristo, nuestro Señor’.
Por eso le damos gracias ‘porque nos haces dignos de servirte en tu presencia’, como decimos en otro momento en la plegaria eucarística. Y aún decimos más ‘pues, aunque no necesitas nuestras alabanzas ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias para que nos sirva de salvación por Cristo, Señor nuestro’.
Que toda nuestra vida sea siempre Eucaristía, sea acción de gracias nos convirtamos nosotros también en ofrenda viva que en Cristo nos ofrezcamos con lo que somos y lo que vivimos al Señor.